¡Buenas!

Ya estoy de vuelta. Esta vez he tardado un poco más en actualizar. La verdad es que últimamente he estado un poco desganada, y la verdad es que no siento que este capítulo haya quedado todo lo bien que debería de haber quedado. Vosotros me diréis qué tal. La verdad es que las escenas de acción no son lo mío.

En fin, tengo dos noticias:

1. La mala: este fanfic ya llega a su fin. Tendrá un capítulo más y se acabó.

2. La buena: seguiré con el fic PARTE DE TU MUNDO, cuyo capítulo dos está ya subido en Fanfiction. Y como siempre, os invito a pasaros por él a echarle un vistacito.

Dicho esto, os dejo leer y nos vemos pronto.

¡Hasta la próxima!


CAPÍTULO 19: VOLVER A PASAR POR EL CORAZÓN

Estaba todo preparado. Decenas de héroes se arremolinaban alrededor del hotel de cinco estrellas donde Arata mantenía a todo su personal. A esas alturas, ya debían de saber que estaban allí. Izuku se sintió orgulloso de que toda la clase 1-A hubiera acudido a su llamada de ayuda. Todos, sin excepción, habían pedido permiso en sus agencias para contribuir en la misión y, a su vez, habían traído compañeros que aumentaban el número de héroes.

All Might había querido dirigir la misión para ayudar a sus antiguos alumnos y los guiaba a través de micrófonos transmisores desde una oficina de seguridad llena de pantallas que trasmitían la posición de cada uno de ellos y altavoces con los que poder comunicarse.

El plan era sencillo: se dividirían por grupos que se dirigiría a las distintas plantas del hotel para neutralizar a todo el que se encontrara dentro. Deku y Dynamight se encargarían de Arata. Con él irían Shoto y Red Riot para abrirles el camino hasta el jefe, cuya oficina se encontraba en la novena planta del edificio.

All Might dio la señal y todos corrieron a sus posiciones. Deku y Dynamight se tomaron un momento de la mano y se besaron antes de que Izuku se pusiera su capucha y su protector metálico en la boca. Estaban decididos a luchar para vencer.

—Vamos —dijo Deku, impulsándose hacia la novena planta con el One for all.

Dynamight lo siguió de cerca impulsándose con explosiones, y Shoto elevó a Red Riot consigo con una columna de hielo. Destrozaron el cristal de una de las ventanas y se introdujeron en el edificio por ella. No habían pasado ni dos minutos cuando empezaron a salirles al paso varios villanos. Red Riot y Shoto actuaban de escudos con su fortaleza y sus barreras de hielo, mientras Deku y Dynamight cargaban con la parte ofensiva de la operación. Los estruendos de sus explosiones y los impactos del One for all atraían a más y más criminales que salían de las habitaciones preparados para atacar.

Deku tomó impulso y le propinó una patada al último de los criminales antes de que Dynamight pudiera acceder a la oficina de Arata, pero allí no había nadie.

—Hubiera sido demasiado obvio que se encontrara ahí, ¿no? —dijo Shoto.

Por boca de uno de sus secuaces, se enteraron de que Arata se encontraba en ese momento en el sótano con uno de los científicos ultimando los preparativos de su máquina para borrar la memoria de forma permanente.

—¿En el sótano? —repitió Red Riot—. ¿Vamos a tener que bajar?

—Eso parece —dijo Deku, mientras Dynamight dejaba fuera de combate al hombre que les había dado la información.

Informaron a All Might de la eventualidad. Aquello les haría perder mucho más tiempo del deseado. Preguntaron si debían volver a salir al exterior, pero All Might les explicó que fuera del edificio también se había iniciado una batalla con miembros de la banda de Arata y que sería más seguro si accedían al sótano sin salir del edificio. Al fin y al cabo, había héroes distribuidos en cada planta luchando.

Red Riot miró instintivamente hacia el ascensor.

—Mala idea —dijo Shoto, adivinando sus intenciones—. Si se estropea o si alguien destruye los mecanismos en mitad de la lucha y nos quedamos encerrados, perderemos mucho más tiempo.

—Nos toca bajar escaleras —dijo Dynamight, liderando el camino.

Al bajar al octavo piso, una humareda les nubló la visión. Se escuchaban golpes y gritos. Era imposible saber quién iba ganando. Deku hizo de tripas corazón. Sabía que en esa planta se encontraban Uravity, Ingenium y Froppy. Esperaba que se encontraran bien.

Pasaron al nivel siete sin mayor impedimento, pero en las escaleras que conducían a la planta seis, se vieron atacados por un hombre capaz de cambiar la forma del edificio a su antojo. Las escaleras se movieron, la barandilla se deformó y Deku estuvo a punto de caer al vacío. Dynamight lo agarró justo a tiempo, y Shoto creó un tobogán de hielo que bajaba por el hueco de la escalera hasta el último piso.

—¡Id! —les dijo—. Nosotros nos encargamos.

Dynamight agarró a Deku por la cintura y ambos saltaron al tobogán. Bajaron a toda velocidad. Deku utilizó su don para flotar en el último momento para evitar que ambos se estamparan contra el suelo. Después, corrieron hacia la puerta que daba al sótano sin volver la vista atrás.

Bajaron un último tramo de escaleras y llegaron a un espacio enorme y bastante oscuro.

—No te separes de mí —dijo Katsuki mientras avanzaban despacio y alertas.

Deku detectó un sonido que se acercaba rápidamente desde la derecha.

—¡Cuidado! —dijo, tirando a Katsuki al suelo. Una lanza de metal había atravesado el aire, clavándose en la pared contraria—. Smash! —gritó Deku, apuntando hacia el lugar del que había surgido cuando escuchó que otra se acercaba.

Un hombre que se encontraba escondido entre las sombras cayó al suelo y se golpeó la cabeza. Katsuki agarró a Izuku y lo levantó con rapidez, intuyendo otro ataque pronto. No se equivocaba: uno a uno, media docena de hombres aparecieron para plantarles cara. Por supuesto, ninguno de ellos era Arata, que debía encontrarse oculto como la rata que era.

Dynamight y Deku unieron sus espaldas para disparar a diestro y siniestro contra aquellos enemigos. Uno de ellos atacó desde lejos. Lanzaba ráfagas de viento tan afiladas como cuchillos. Deku sintió que le rasgaba la mejilla izquierda y parte del brazo. Dynamight no tardó en utilizar su AP shot para acabar con él.

—One for all full cowl shoot style! —exclamó Deku antes de propinar una patada en el estómago de un gigante que corría hacia ellos y en su camino destrozaba las baldosas del suelo con sus pisadas.

Quedaban cuatro. Uno, pequeño y delgado, escupió en su dirección y el suelo que había alrededor de ellos comenzó a disolverse bajo sus pies.

—¡Cuidado, es ácido! —advirtió Dynamight.

Deku utilizó su air force para hacer que el acido se volviera en contra de su propietario. Al notar cómo parte de él le caía en la cara, el villano comenzó a gritar y a retorcerse en el suelo. Dynamight derrotó a la vez a dos más, uno que lanzaba canicas metálicas con tanta fuerza que se asemejaban a las balas de una pistola, y otro que lanzaba rallos láser por los ojos. Segregó toda la nitroglicerina que pudo y les envió una gran explosión que hizo tambalear los cimientos del edificio hasta que parte del techo cayó encima de ellos. Ya solo quedaba uno.

—¿Dónde está? —preguntó Deku, mirando a un lado y a otro.

De repente, todo se había quedado demasiado tranquilo y silencioso.

—Esto no me gusta…

Unas enredaderas salieron del suelo con fuerza y sujetaron a Katsuki por los pies. Se disponía a disparar contra ellas cuando otras, aún más gruesas, lo agarraron de los brazos.

—¡Kacchan! —gritó Izuku.

Katsuki tiró de ellas y gruñó. Comenzó a crear explosiones con sus manos, pero estas fueron desapareciendo a medida que un extraño mareo empezaba a invadirlo. Cayó de rodillas. La cabeza le daba vueltas. Sentía que le estaban drenando la energía. Su cuerpo se sentía pesado y no tenía fuerzas para levantarse.

Alzó la mirada y vio a Izuku atrapado en las mismas enredaderas que extraían la energía de su cuerpo. Intentaba luchar en vano. Sus poderes se habían desvanecido al igual que los de Katsuki.

—No lo intentéis —les dijo la voz de Arata. La rata por fin había salido de su escondrijo y se dirigía hacia ellos con pasos tranquilos—. Cuanto más os mováis, más energía os drenarán las enredaderas de Riku. Si os resistís, podrían llegar a mataros.

Katsuki dejó de moverse e intentó hacer contacto visual con Izuku. Le preguntó si se encontraba bien moviendo los labios sin pronunciar sonido. El chico asintió, pero parecía tremendamente agotado.

—Al final, me habéis hecho las cosas más fáciles —comentó Arata, caminando hasta Katsuki y levantándole el mentón para poder mirarlo a los ojos—. Qué ironía, Katsuki. Pensaba que querías mantener a salvo a tu querido héroe y vas y me lo sirves de nuevo en bandeja. Sinceramente, pensaba que no volvería a verte por aquí después de que me traicionaste entrando en las instalaciones del bosque. No sabría decir si eres muy valiente o muy estúpido.

—Tú nunca nos habrías dejado vivir en paz —escupió el rubio.

—Eso es cierto —concedió Arata—. Te lo he dicho muchas veces: eres demasiado valioso para mí como para dejarte marchar tan fácilmente—. Suspiró—. Ahhh, todo iba tan bien. Todo era perfecto hasta que apareció ese héroe y lo arruinó todo. No quería hacer esto, pero me temo que la única forma que tenemos de volver a nuestro statu quo es borrándoos la memoria a ambos y volviendo a partir de cero contigo.

Chasqueó los dedos y se acercó un hombre avanzado en edad con un aparato en las manos. Parecía asustado y arrepentido. Vestía con una bata blanca que lo identificaba como uno de los científicos que Arata había secuestrado hacía tiempo para experimentar con su don. Colocó el aparato en la cabeza de Izuku. Era una especie de diadema electrónica de la que salían varios cables enlazados a unos guantes negros. Izuku intentó resistirse en vano. Cada vez que se movía, las enredaderas absorbían la poca energía que le quedaba.

—¿Después de esto me permitirá regresar con mi mujer y mi hija? —le preguntó, tembloroso, el científico a Arata mientras este se colocaba los guantes.

—Por supuesto. Siempre cumplo mi palabra.

Katsuki soltó una risa sarcástica. Ese cabrón solo cumplía su palabra cuando le convenía.

—Me extraña que no preguntéis. ¿Acaso ya sabéis qué es este invento? —les preguntó Arata con tono jocoso.

Los chicos apretaron la mandíbula. Claro que lo sabían. Yukio se lo había contado a Katsuki. Era la máquina que habían estado elaborando para hacer el poder de Arata permanente y que sus víctimas perdieran la memoria para siempre.

—Está todo listo, señor —le dijo el científico a Arata.

—Perfecto —dijo con satisfacción. Después, miró a Izuku y a Katsuki y sonrió—. ¿Os gustaría despediros antes de que inicie mi poder?

Katsuki apretó los puños y lo asesinó con la mirada. Su pecho subía y bajaba de forma frenética. Se preguntaba una y otra vez si así acabaría todo. Después de lo lejos que habían llegado, ¿todo iba a terminar de una manera tan dramática? ¿De verdad no iban a tener un final feliz? ¿No iban a alcanzar su futuro soñado?

Recordó las palabras que le había dicho a Izuku la vez que se habían encontrado en el centro comercial.

«Siento haber roto tu burbuja, héroe, pero esto es la vida real. Y en la vida real pasan estas cosas.»

Ahora, la cruda realidad le golpeaba en el estómago. Por un momento, se había permitido soñar con algo más. Había pensado que podría salir de ese mundo y convertirse en un héroe, tener una familia y una vida normal. Aquel chico de ojos verdes le había tomado de la mano y le había sacado de aquel mundo de sombras con una maravillosa sonrisa. Todo para que ahora ese hijo de puta volviera a arrastrarlo hacia la oscuridad solo para aprovecharse de su poder.

Con todo, no era nada de eso lo que más le dolía a Katsuki, sino saber que, por su culpa, Izuku perdería todos sus recuerdos y sería abandonado a su suerte en algún lugar remoto, lejos de sus seres queridos y sin ningún tipo de recurso para sobrevivir. Él al menos tendría un techo, una manera de subsistir y estaría rodeado de otras personas con las que tarde o temprano trabaría amistad una vez que Arata lo volviera a hacer olvidar todo lo que amaba, pero… ¿qué pasaría con Izuku?

Sintió un pinchazo en el pecho al darse cuenta de que nada de eso hubiera ocurrido si ellos nunca se hubieran reencontrado. Izuku podría haber seguido su vida feliz, ignorante de su existencia, siendo un héroe de éxito rodeado de amigos y con una madre que lo adoraba. Ahora no quedaría nada de eso. Indirectamente, él le había arruinado la vida a la persona más importante para él.

Se mordió los labios para aguantar las lágrimas de frustración y dolor que pugnaban por salir de sus ojos. Y entonces oyó cómo Izuku le llamaba.

—Kacchan… —levantó la mirada y vio de nuevo esa sonrisa tranquilizadora y esos ojos verdes clavados en él—. Tranquilo, Kacchan. Nada de esto es culpa tuya, ¿vale? Todo estará bien —le dijo—. No voy a olvidarte. Al menos, no del todo. Aunque borren mi memoria, lo que siento por ti no desaparecerá. Tarde o temprano te recordaré. Mi voluntad será más fuerte que esa máquina. Sabes que soy muy testarudo —rio. Para ese momento, las lágrimas caían en cascada por la cara de ambos—. Te prometo que te recordaré y volveré a por ti. Te amo muchísimo, Kacchan. Por favor, no llores.

—Eres tú el que está llorando, idiota —le dijo Katsuki con voz temblorosa. Ya no tenía fuerzas ni para intentar controlarse—. Más te vale que cumplas tu promesa. Si no, te mataré.

Izuku rio.

—Lo haré.

—Enternecedor —masculló Arata justo antes de utilizar su poder—. Ha sido un placer conocerte, Deku. Te deseo suerte.

Después de esas palabras, Izuku sintió un calambre que iniciaba en su cabeza y bajaba por todo su cuerpo. Su cerebro se desconectó y cayó al suelo. Escuchó los gritos desesperados de Katsuki y finalmente todo se volvió negro.


—Izuku… Izuku, cariño. Es hora de levantarse.

¿De quién era esa voz? Una voz dulce, maternal… Le resultaba familiar, pero… ¿de quién era?

Abrió los ojos. Una mujer le acariciaba la cara. Era pequeña y tenía el pelo verde. En su cara borrosa se intuía una sonrisa.

—¿Quién eres? —le preguntó.

La mujer rio.

—Ay, cariño, qué cosas dices… Soy yo.

—¿Yo?

—Sí, soy…

De repente, la mujer perdió la sonrisa. Izuku sentía que lo miraba aunque no podía ver sus ojos. Se levantó y se alejó de él unos pasos.

—¿Quién eres tú? —preguntó antes de darse la vuelta y marcharse sin volver a mirarlo. Su silueta se fue evaporando en el viento a medida que avanzaba.

—Espera —murmuró, levantándose de la cama—. No te vayas…

El escenario cambió de repente. Ahora se encontraba en la UA, sentado frente a su pupitre con un cuaderno lleno de notas delante. Las palabras que él mismo había escrito en el papel se iban difuminando hasta perder sentido. Miró a su alrededor y se vio solo.

Por la ventana, entraba una luz anaranjada propia del atardecer. Se asomó a ella y vio a un grupo de personas caminando hacia la salida. A la mayoría ni siquiera los reconoció, pero había tres jóvenes que le resultaban familiares: un chico de cabello blanco y rojo, otro de cabello negro y gafas, y una chica de cabello castaño y ojos grandes.

Los chicos siguieron su camino sin mirar atrás, pero la joven se dio la vuelta durante unos segundos para dedicarle una última sonrisa.

—Adiós —le pareció leer en sus labios.

—No, espera… —susurró Izuku—. ¿Quién eres? ¿Quién…?

Una visión le encogió el corazón. Allí abajo había alguien que acababa de salir del edificio y había parado para esperarle. Alguien que no le quitaba los ojos de encima. Un chico de pelo rubio y ojos de color rubí.

—Kacchan… —murmuró, y su cara se iluminó con una sonrisa. Podía reconocerlo. Sabía quién era ese chico.

Corrió escaleras abajo, saltándose algunos escalones en el proceso y casi cayendo al suelo, ansioso por llegar hasta él. Abrió la puerta de la entrada y salió al exterior, pero Katsuki ya no se encontraba allí.

Miró a un lado y a otro con desesperación. ¿Dónde estaba? ¿Acaso él también lo había abandonado?

—¿Kacchan? —lo llamó a gritos—. ¡Kacchan! ¡Kacchan!

Pero ninguno de sus gritos surtió efecto. No se oía ni un alma. Lo único que se escuchaba era el murmullo del viento y el movimiento de las hojas de los árboles. Continuó llamándolo, pero Kacchan no volvió a aparecer. Ese chico rubio se había ido para siempre.

Recordó sus ojos rasgados de color rojo, sus manos grandes y su espalda ancha. Recordó su boca y la facilidad que tenía para hacer salir de ella tanto palabras extremadamente groseras como tiernas. Recordó todo de él, hasta el más mínimo detalle, y de repente… ya no recordó nada. Solo que había un chico al que estaba intentando no olvidar.

Ese chico… ¿quién era ese chico?

Izuku se llevó las manos a la cabeza, asustado. ¿Cómo se llamaba ese chico? ¿Quién era? ¿Cómo era su rostro? ¿De qué color eran sus ojos? ¿A quién… a quién estaba intentando recordar?

Izuku cayó de rodillas mientras veía cómo todo desaparecía a su alrededor. El edificio de la UA empezó a desintegrarse. Los árboles, los jardines, las vallas metálicas, las farolas… todo estaba siendo absorbido por una nada infinita que amenazaba con dejar su mente totalmente a oscuras.

Se abrazó a sí mismo y lloró. No quería olvidar. No quería olvidarse de todo y de todos, pero no tenía poder para resistirse a ese olvido. Se enjugó las lágrimas y se dispuso a esperar. Pronto no quedaría nada. Nada que recordar. Nada por lo que llorar. Pero tampoco nada por lo que ser feliz. Pronto acabaría todo.

—Midoriya…

Abrió los ojos al oír una voz dulce que le llamaba. Una mujer morena de ojos negros y un lunar en la barbilla lo miraba. Se sorprendió de recordar su nombre.

—¿Nana? ¿Nana Shimura?

—Así es, Midoriya-kun.

—¿Cómo es que no te he olvidado?

La mujer sonrió.

—Arata no puede borrarme de tu mente porque yo no soy un recuerdo. Estoy viva dentro de ti, al igual que todos los antiguos usuarios del One for all.

Izuku suspiró de alivio al poder hablar con alguien que sabía que no se evaporaría de un momento a otro.

—¿Qué puedo hacer? Estoy olvidándolo todo.

—Es por eso que me presento ante ti. He venido a ayudarte —le dijo, ofreciéndole la mano para que se levantara—. Hay una forma de que puedas volver a recordar todo lo que has olvidado.

—¿Cómo? —preguntó, esperanzado.

—Arata tiene un punto débil, Midoriya-kun. Puede borrar los recuerdos de tu mente, pero no los sentimientos de tu corazón. ¿Sabías que la palabra "recordar" significa "volver a pasar por el corazón"? Es por eso que los recuerdos están íntimamente ligados a los sentimientos. Y hay un recuerdo dentro de ti tan poderoso y que tiene ligados a él unos sentimientos tan intensos, que Arata nunca pudo deshacerse de él del todo la última vez que usó su poder con Bakugo.

¡Bakugo!, pensó Izuku. ¡Ese era el apellido de la persona a la que estaba intentando recordar!

—¿Qué recuerdo es ese?

—El recuerdo de la persona más importante para ti —le dijo, antes de que todo se volviera blanco y solo quedara su voz en el aire.

—Espera, por favor —le pidió.

—Recuerda, Midoriya: para recordar, debes dejar que los sentimientos vuelvan a pasar por tu corazón.

Parpadeó y el escenario había vuelto a cambiar. Se encontraba en un parque cercano a su casa donde solía jugar cuando era pequeño. Se vio a sí mismo con cinco años tirándose por un tobogán y balanceándose en los columpios. Sin embargo, su mirada estaba fija en un chico que jugaba con otros dos niños. Tenía el cabello rubio puntiagudo y se comportaba como el líder natural del grupo.

El pequeño Izuku se acercó a jugar con ellos a pesar de que aquel niño no lo trataba con demasiada amabilidad. Izuku adulto pudo ver que era un ególatra. No dejaba de presumir del poder de su particularidad y mostraba su liderazgo por la fuerza a todo aquel que quisiera destacar por encima de él.

Aun así, el pequeño Izuku no podía dejar de mirarlo con un brillo de admiración en los ojos. Los chicos empezaron a correr hacia el bosque para jugar a las misiones secretas y el pequeño de pelo rizado y ojos verdes intentó seguirles el paso con una sonrisa.

Izuku adulto se vio de repente teletransportado al cuerpo de ese pequeño niño que seguía sin dudar a chico que tanto admiraba. Por un momento, sintió su emoción y su felicidad al estar cerca de él. Y entonces lo recordó: ese era el chico que había estado habitando su mente durante tantos años. El chico que aparecía en sus recuerdos cada vez que intentaba besar o acariciar a otra persona. Su primer amor.

—¡Espera, Kacchan! —gritó el pequeño Izuku, y las lágrimas se le saltaron al adulto.

Se llevó las manos a la cara y sollozó de alegría.

—Eras tú —dijo—. Siempre fuiste tú, Kacchan.

Kacchan, Kacchan, Kacchan…

Se repitió su nombre mil veces en su mente para no volver a olvidarlo.

La escena volvió a cambiar. Ahora estaban en el instituto. Izuku debía reconocer que su relación nunca había sido ni meramente cordial, y sin embargo, podía recordar cómo su corazón latía por Katsuki Bakugo a pesar de sus palabras despectivas y su constante desprecio. Por un tiempo, hizo a un lado esos sentimientos comprendiendo que no llegaría a ningún lado con ellos. Katsuki le odiaba por no tener un quirk. Lo trataba como alguien inferior y solo se dirigía a él para menospreciarlo delante de todos.

Pero cuando llegaron a la UA, Katsuki comenzó a cambiar. Las imágenes de la pelea que habían tenido cuando el rubio había descubierto que su poder había sido heredado se sucedieron de forma rápida y dolorosa. Se le encogió el corazón cuando vio a Katsuki llorar y maldecir por sentirse responsable de la caída de All Might. No obstante, ese fue el momento de inflexión en su relación. El momento en el que habían comenzado a acercarse más y más.

Una vez más, vio frente a sus ojos cómo Kacchan se interponía entre él y el poder de Shigaraki para salvarle la vida en una de las peleas más duras de su vida.

Recordó cómo había ido a buscarlo junto a los demás cuando había decidido huir de la UA para mantenerlos a salvo de la ira de All for one. Sus palabras de disculpa eran las únicas que habían conseguido ablandarle lo suficiente para bajar la guardia y ser llevado de regreso a la UA.

Con cada paso que daban en el camino, los sentimientos de Izuku había regresado y se habían ido fortaleciendo. Aunque sabía que Katsuki no sentía lo mismo por él, eso no le impedía volver a mirarlo con ojos soñadores. Hasta que llegó el día.

Revivió todo con tanta nitidez que fue como si estuviera volviendo a ocurrir de nuevo. Unos hombres vestidos de negro se habían presentado en la UA durante una de sus prácticas en el tercer año de sus estudios. Ni siquiera habían mediado palabra con ellos cuando varios de ellos se vieron envueltos en una batalla real de la que varios salieron heridos. Uno de los hombres tenía tantos brazos extensibles que eran imposibles de contar. Atraparon a Izuku y comenzaron a arrastrarlo hacia un agujero negro que se había abierto en frente a sus ojos. Tenía también a Katsuki, Kirishima, Jiro, Kaminari, Sero y Ashido. Izuku quería usar su One for all contra él, pero tenía miedo de herir a sus amigos. Katsuki apuntó hacia el brazo que sostenía a Izuku y disparó un AP Shot que destrozó el miembro del hombre hasta descolgar su mano y su antebrazo del resto de su cuerpo. Izuku cayó al suelo y vio cómo el hombre, a pesar del dolor se llevaba a sus amigos adentrándose en aquel agujero negro.

—¡KACCHAN! —exclamó, corriendo hacia él.

—¡Quédate ahí, Izuku! —fueron las últimas palabras de Katsuki antes de desaparecer, y fueron también las últimas antes de que Izuku lo olvidara del todo, cosa que pasó apenas una hora después.

Una vez más, Katsuki le había salvado. Se había sacrificado a sí mismo para mantenerlo a él a salvo. Y una vez más, él había estado a punto de olvidarlo todo, todo lo que Katsuki había hecho por él, todo lo que sentía por aquel chico.

Apretó los puños. No pensaba volver a olvidarlo. No dejaría que Arata volviera a separarlos nunca más. Tenía que ser más fuerte que ese poder. Tenía que resistirse.

Activó el One for all a toda potencia, esperando que su cuerpo agotado fuera capaz de resistirlo, y después lanzó un grito al cielo.

—¡KACCHAAAAAAN!


En el sótano del hotel, el cuerpo de Izuku activó el One for all y comenzó a moverse mientras el aparato de su cabeza echaba humo. Arata sintió una fuerte corriente eléctrica que comenzaba en sus manos y recorría todo su cuerpo. Se quitó los guantes rápidamente y los tiró al suelo, dolorido.

—¡¿Qué demonios ha pasado?! —pidió explicaciones al científico.

—No lo sé, señor. Algo ha fallado —explicó el hombre con nerviosismo mientras le quitaba a Izuku el aparato de la cabeza.

—¡Izuku! —gritaba Katsuki, que intentaba quitarse las enredaderas de su cuerpo.

De repente, algo cambió. Las enredaderas cayeron, inertes, alrededor del cuerpo del rubio, y este tuvo libertad para moverse a pesar de que seguía sin energías. Corrió hacia Izuku sin importarle lo que había ocurrido y lo tomó entre sus brazos mientras lo llamaba.

—¡¿Qué?! —exclamó Arata, furioso—. ¡¿Qué se supone que haces?!

Katsuki levantó la mirada. Yukio se encontraba allí. Había inmovilizado al hombre cuyo quirk había drenado sus energías y las de Izuku, y ahora se acercaba a Arata con una pistola en la mano.

—He estado esperando este momento durante muchos años—dijo Yukio, apuntándole a la cabeza—. El momento en que estuvieras completamente solo e indefenso. Al fin y al cabo, tu poder, como el mío, es inútil como arma.

—No lo harías… —dijo Arata—. ¡Yo te lo di todo! ¡Eres alguien gracias a mí!

Yukio rio.

—No —le contradijo—. Me trajiste aquí amenazado y no me diste ni siquiera la oportunidad de tener un futuro alejado de este mundo de mierda.

—Te he convertido en un hombre rico. ¡He protegido a tu familia!

—Mi familia no hubiera necesitado protección si no hubiera estado rodeado de gentuza como tú.

—Y qué piensas hacer una vez que me hayas matado, ¿eh? ¿Huirás o te pudrirás en la cárcel por asesinato? ¿Ese es el futuro que quieres?

Yukio sonrió de forma amarga.

—Quizás me rebajen condena por quitar de en medio a una escoria como tú. Y si no… —dirigió una mirada a Katsuki—, al menos le habré hecho un regalo a otra de las personas a las que le has jodido la vida.

Todo fue muy rápido. Yukio miró a Arata a los ojos y apretó el gatillo. Se escuchó un estallido y un segundo más tarde, Arata se encontraba en el suelo desangrándose con un agujero de bala en la frente. Katsuki se llevó una mano a la cabeza. De repente, todos los recuerdos que había olvidado regresaron a su mente de manera abrumadora en forma de miles de imágenes, secuencias y conversaciones. Años y años de recuerdos lo dejaron mareado y confuso. Se aferró a Izuku hasta que la cabeza dejó de darle vueltas. Entonces supo que todo había terminado.

Yukio tiró la pistola al suelo con la mirada ausente. El científico temblaba en un rincón del sótano al que se había apartado en silencio, y Katsuki abrazaba a Izuku, que poco a poco empezaba a volver en sí.

—¿Estáis bien? —le preguntó el chico.

Katsuki todavía no podía creer lo que había ocurrido.

—¿Qué has hecho?

—Devolverte tu libertad —respondió—. Y de paso, conseguir la mía también.

—Te encerrarán.

—Lo sé —suspiró—, pero cuando salga de la cárcel, sabré que no hay nadie poniéndome una soga al cuello. Arata no tiene familia. No habrá nadie que quiera vengarle.

—¿No piensas huir?

Yukio negó con la cabeza tranquilamente, tomando asiento en el suelo húmedo y ahora salpicado de sangre del mafioso.

—Mi familia está aquí. No puedo abandonarla después de lo que he hecho. No quiero que los acosen por intentar atraparme. Me entregaré. Es lo correcto. Con un poco de suerte, mis abogados conseguirán reducir mi pena.

—Yukio…

—No te preocupes, Katsuki. En el fondo, sabía que no podía tener un final feliz. Este es el mejor final que podría haber labrado para mí mismo. Solo espero que esto sirva para que uno de nosotros dos sea feliz.

Katsuki le sonrió con un gran cargo de conciencia.

—Lo seré —aseguró—. Y todo gracias a ti.

Yukio asintió y después miró a Izuku.

—Haz feliz también a ese niño bonito.

En ese momento, Izuku abrió los ojos y fijó su mirada en Katsuki. Apretó la mano que el rubio mantenía en su mejilla y sonrió.

—Kacchan —murmuró, dejando caer su cabeza en el pecho de Katsuki—. Estás aquí.

El chico lo abrazó con fuerza y besó su cabello. Después, miró a Yukio.

—Lo haré —prometió.