El mundo siempre suele tratar a las personas a la manera en que ellos lo traten a él. A veces es benevolente. Otras es un desgraciado.

De alguna manera cada habitante lo sabe. Es algo que esta arraigado en sus corazones, en sus mentes. Eso es algo que incluso al nacer se deja en claro.

Aquellos benditos, han dado fe de que todo en esta vida se puede. Con perseverancia y confianza, las estrellas pueden alcanzarse. Se puede lograr los sueños. Y convertirse en alguien importante en la sociedad.

Pero.

¿Para qué?

Eso es lo que pensaban los malditos. Eso es lo que pensaba él.

Desde que nació, su vida jamás fue de color rosa. Vaya, ni un solo otro color que no fuese el negro, gris, o ese tono que alguna vez odio con toda su alma. Aquel bello y rojo carmesí.

Aun lo recuerda.

Aquella fría casa en la que fue arrojado al ser un infante. No más de cinco años tendría en aquel entonces.

¿Dónde estaban los padres que debían protegerlo? Qué debían de cuidarlo con amor y esmero.

Simple.

No había tal cosa.

Él, que a una edad tierna abrio sus ojos al mundo. Lo supo.

Sus padres murieron en un terrible accidente. ¡La vida es una maldita! Pero, no puedes maldecirla así, porqué va a regresartelo de la peor manera.

En aquel entonces, su destino ya estaba marcado.

Una mariposa color carmesí parecía ver todo aquello desde la ventana.

Después...

Aquel niño con la mirada perdida creció. Sus cuidadores no colocaban la atención debida. No sabían si comía, bebía o alguna otra necesidad que tuviera. Y para ser sinceros, poco les importaba.

Aquel niño que alguna vez fue tan bello. Hoy lucia demacrado. Triste.

Pero eso no le importo a la sociedad. Que seguía avanzando sin darse cuenta de aquellas sombras al doblar la esquina.

Aquel niño de ya diez años, con un corazón tierno. Comenzó a odiar.

Odiaba todo aquello que brillara.

Odiaba a los benditos.

Odiaba las sonrisas.

Odiaba todo aquello que jamás se le entrego.

Otra cosa hubiese sido si tan solo aquellos buenos padres no hubiesen muerto. Si tan solo una persona hubiera mirado en su dirección.

Aunque, el hubiera no existe.

Sus notas en el colegio eran las mejores. Cosa rara.

El odiaba todo. Por supuesto. Y por eso no podía darse el lujo de rebajarse ante aquellos a quiénes odiaba.

No hay amigos. Solo compañeros e idiotas que lo acosan.

Ese niño no conoce el cariño, ni el amor. Ese niño no conoce la compasión.

Y jamás quería conocerlos. Eso fue lo que pensó limpiando su boca después de una pelea.

Aquel niño entonces ya no lo era. Ahora era todo un adolescente.

Un adolescente con nulos sueños y ninguna esperanza.

Eso cambió. Cuando la conoció a ella.

Una bella mujer de su misma edad. Su cabello naranja era un deleite. Fue su primer color en años.

Ambos jóvenes congeniaban a un punto alarmante.

Él ya no se sentía solo.

Un par de años pasaron así. Aquel mundo que odiaba, paso a tener colores. Olores y texturas. El color naranja siendo su favorito.

Por eso, cuando supo que debía usar gafas. No dudo en comprarse unas de ese color, extrañamente una extraña V carmesí las adornaba.

No le importo. Pues el color que más amaba estaba ahí.

Sí, él, maldito por la vida, se enamoró.

Oh pobre alma que no escucha los presagios.

Todo parecía marchar bien. Hasta ese día.

Aquel día en el que todo cambió.

Aquella bella mujer que con tanta devoción amaba, se lo dijo. Ella ya tenía alguien a quién amar.

Su mirada entonces recibió, aquel color de su anterior mundo. Un negro, tan profundo que conformaba el cabello de aquel joven bendito. Unos mechones rosas mancillaban aquel color neutro.

Entonces. Todo lo que parecía ir en ascenso. Fue en picada. En menos de cinco minutos. Lo volvió a perder todo. Pues ella era la única cosa buena que tenía. Y que ahora se le fue arrebatada.

Él comenzó a odiar otra vez. Pues era lo único que conocía, y lo único que sabía hacer.

Sin embargo su perspectiva cambio.

Ya no quería ver arder de lejos al mundo. No.

Él con sus manos lo haría arder.

Una mariposa carmesí volando a lo lejos parecía ser el único testigo de tal cambio.

Oh pobre alma desconsolada que no alcanza el descanso eterno.

Más años pasaron. Más de los que podía contar. Su fachada ahora era distinta. Parecía una persona feliz. Pero cualquiera podía ver que esta era mentira si se acercaban lo suficiente.

Los ojos son la ventana del alma.

Y el carecía de una.

Su ascenso político fue mucho más rápido de lo que imagino. Un trabajo por aquí, otro por allá. Conoció el dolor y la sangre.

Cosa que antes pudo haberle asqueado.

Ahora en ello encontraba un perverso placer.

Pero entonces otra noticia lo trastorno.

Un secreto que supo al llegar a la alcaldía. Aquellas personas que se oponían fervilmente a la corrupción. Siempre fueron ellos. Sus padres.

Ellos hicieron algo que enojo a muchas más personas poderosas. Y fue, cuando ellos pagaron las consecuencias de sus propios actos.

El sonrió. No como lo hace alguien alegre, o alguien feliz. No.

Él sonrió con locura. La lluvia torrencial que azotaba afuera, parecía ser la única que acompañaba su dolor. Eso y, una bella mariposa carmesí que posada en el bello escritorio. Le miraba, llorando le acompañaba.

Su mente entonces entro en crisis.

Y lo siguiente que supo.

Lo termino de romper.

Aquella bella mujer de un hermoso cabello naranja, ya había dado a luz a su segundo hijo.

Un bello bebé fue lo que vio. Cabello tan negro como la noche, siendo mancillado por mechones rosas. Una copia fiel a su odiado ser.

Yuma, así decidieron llamarlo.

Eso hizo que odiara sus gafas. Aquellas que ahora eran muestra de su propio crecimiento e ineptitud.

Aquel ser.

Fue consumido por la oscuridad. Y entonces aquella mariposa carmesí, sonrió.

Años pasaron. Y entonces él supo de aquel inigualable poder que podía hacerlo alcanzar su sueño.

Las cartas número.

Se esforzó. Manipuló y mato. Pero lamentablemente, no funciono. Pues a la vida le encantan las ironías.

Y la más grande de ellas fue que aquel bebé que odio, fue quien ahora siendo un joven feliz y valiente lo derrotó.

El mundo entonces pareció cubrirse de negro.

Hasta que en un mar carmesí fue encontrado. La mano de aquel ser se extendía a él. Era la primera vez que alguien hacia eso por él.

Aquel ser envuelto en bellas mariposas del color carmesí, le sonrió. Su cabello largo negro y rosa, le cautivó. Pues no era ningún humano. Y entonces, el conoció la compasión.

Una misión se le fue encomendada.

Él ciegamente la siguió. Pero como todo maldito. No lo consiguió.

Temió de aquel ser. Su irá era algo de temer. Y entonces volvió a encontrar la oscuridad.

La muerte fue concedida por el bastardo de color azul y su compañero. El hijo de la persona que mas amaba y el otro que más odiaba.

¿Cuanto tiempo habra pasado de ello?

No lo sabía. Y a ciencia cierta, no le importaba.

Pues ahora volvió a conocer el amor y se reencontró con la compasión. Aquel ser de piel hermosamente oscura, le sonrió de nuevo.

Una nueva misión se le asigno. Y él comenzó a vivir de nuevo.

-¡Extermina a Tsukumo Yuma! ¡Y tráeme al pobre ser confundido! ¡Deseo ver a Astral una vez más!

Él se inclinó ante tan maravilloso ser, que nadaba en melancolía y tristeza. Y asintió con toda la energía que pudo reunir.

-¡Como lo deseé Don Zausando!

Eso lo lleva a los acontecimientos actuales.

Pues ahora observaba la rutina de aquel ser que lo mato. Aquel ser que Odia.

Un joven de cabello blanco era mostrado en la pantalla. Una fotografía de él colgaba en una pared cercana.

Él con toda tranquilidad. Fijo su vista en aquel papel. Y con una daga ya antes sacada de su estuche, la lanzo.

Esta dio en el blanco. Pues aquella fotografía fue dividida en dos. Y cayendo lentamente al suelo.

El maldito por la vida, rio una vez más. Todo ante una mariposa color carmesí que observaba de cerca, muriendo en melancolía.