-¡¿Cómo lo ha hecho, qué hechizo ha usado?! ¡En todos los manuales de quidditch pone que no existe ningún hechizo para volar sin escoba! –exclamó James Potter.

-Al parecer su maestro le ha enseñado nuevos trucos –masculló McGonagall-. ¡Silencio, silencio todo el mundo! La entrega de notas continúa.

Costó un rato, pero los profesores lograron restablecer la paz. Tanto James como Sirius habían conseguido los ÉXTASIS necesarios parar presentarse a la selección de aurores, pero en esos momentos no era esa su prioridad. Cuando el director dio la sesión por finalizada, despidieron a los alumnos del Gran Comedor. Con un gesto de James, Sirius se metió con él bajo la capa invisible y volvieron a entrar. Se quedaron en un lateral agazapados; no demasiado cerca como para que tropezaran con ellos, pero lo justo para escuchar. Como sospechaban, reinaba un único tema de conversación:

-¿Pero qué truco es ese? –inquirió Kettleburn- Supongo que lo inventó Quien-Vosotros-Sabéis…

-No existe ningún hechizo para volar sin magia, como bien ha apuntado el señor Potter –murmuró Dumbledore -. Voldemort es capaz de volar por la profundidad con la que ha estudiado y comprendido la magia. Como adepto de las artes oscuras no se ha limitado a aprender los hechizos, sino a bucear en su esencia y conocer sus raíces para imbuirse de ellas. La mayoría de magos pronuncian a diario hechizos cuyo origen y etimología desconocen, por eso requieren de objetos para canalizar su magia.

-¡Pero Bellatrix tiene diecisiete años, es solo una niña! –exclamó Flitwick.

-Es muy joven, sí, pero sorpresivamente Voldemort la ha guiado desde muy pequeña en la dirección correcta; cosa que nunca antes ha hecho con nadie. Él fue capaz de ver su potencial mucho antes que nosotros. No se ha limitado a enseñarle cómo matar y torturar, le ha explicado cómo funciona la magia y le ha inculcado las ganas de investigarlo todo. Habrá volado solo unos metros, lo justo para regalarnos una salida épica porque no tiene capacidad para más. Pero es cierto que junto a Voldemort puede alcanzar un poder que de otra forma solo soñaría.

-¡Albus! –le regañó McGonagall- ¿Estás insinuando que a nuestros alumnos les iría mejor si les enseñáramos a amar la magia oscura?

-No, Minerva, ese nunca es el camino. Pero sí que considero que en cierta medida hemos fallado. Hemos fallado en encontrar la forma de motivarlos más allá de las competiciones entre casas y los sistemas de puntos… Les hemos fallado a nuestros alumnos al mostrar quizá una visión demasiado cerrada de lo que debe ser la magia por miedo a que no sepan manejarla y se pierdan como muchos otros antes que ellos. Y le hemos fallado a Bellatrix.

-No lo creo. Nosotros nos esforzamos mucho con ella… -murmuró Slughorn- ¿Qué más podríamos haber hecho?

-¡Oh, no lo sé, Horace! ¿Tal vez no sugerirle el matrimonio como su mejor opción de futuro? –comentó McGonagall con acidez- Quizá la chica quería algo más que tus contactos y matrimonios concertados.

El profesor de pociones se calló abochornado al recordar su tutoría de orientación. No fue el único. Sirius había permanecido mudo y paralizado durante todo el evento, pero ahora no podía evitar culparse. ¿Y si no hubiese huido de casa? ¿Y si se le hubiese dicho a su familia que quería casarse con Bellatrix como ella quería? Quizá ella no habría sentido esa presión y no habría necesitado refugiarse en las artes oscuras...

-De nada sirve culparse –aseguró Dumbledore con voz grave-. Hay quienes nacen con predisposición a las artes oscuras y una sed de grandeza muy difícil de saciar. Sin duda es el caso de Bellatrix y Voldemort llegó antes que nosotros. Solo nos queda confiar en que podamos controlar la situación antes de que empeore.

Todos asintieron e intentaron engañarse. Fue la despedida de Hogwarts más triste que recordaban. Al día siguiente los alumnos volvieron a sus casas. Esa misma tarde Sirius recibió una voluminosa carta: su tío Alphard había muerto y le legaba toda su herencia.

-Vuelvo a ser rico –murmuró con amargura.

Era realmente irónico: con ese dinero podría haberle dado a Bellatrix la vida que le prometió. No hubiesen necesitado trabajar, podían haber viajado y cumplido todos sus sueños locos. Pero ahora ya no. Así que lo primero que hizo fue comprarse una moto que logró encantar para que volara. Lo segundo fue adquirir un apartamento a las afueras de Londres, cerca de Godric's Hollow donde Lily y James habían comprado el suyo. Con Remus hablaban poco: Voldemort había prometido beneficios a los hombres-lobo que le apoyaran y Sirius no confiaba en él como antes. A Peter lo veían de vez en cuando, pero siempre parecía asustado y demasiado ocupado para quedar.

-¡Nos han admitido en el programa de aurores! –exclamó James el día que recibieron sus cartas de aceptación- Aunque tenemos que pensarlo bien…

-Sí, son tres años de entrenamiento… Frank Longbottom está en el último y dice que es muy duro –comentó Sirius.

-Bah, será divertido. Pero espero que no ocupe mucho tiempo, Lily y yo queremos formar una familia cuanto antes…

Sirius asintió, él también tenía sus reservas. Al igual que su amigo, ahora era rico. Una cosa es que despreciase a su familia y otra que fuese idiota: vivir sin trabajar era el sueño de cualquier mago, bruja o muggle. Además no quería que su misión fuese detener a su familia, no solo a Bellatrix: sabía por compañeros de quinto curso que su hermano ya había tomado la marca. Sirius sentía que necesitaba un tiempo para descansar, pero si deseaba seguir estudiando el momento era ahora… No obstante, hubo quien tomó la decisión por ellos.

Fue una tarde que habían quedado en casa los Potter. Estaban también Marlene y Dorcas compartiendo sus miedos: todos vivían atemorizados y nerviosos, la guerra se avecinaba. Entonces, el propio Albus Dumbledore llamó a la puerta. Se sorprendieron, pero también se sintieron reconfortados. Parecía que nada malo pudiese ocurrir si él estaba de su parte.

-Vengo a comunicaros un proyecto del que espero que deseéis formar parte –empezó el director.

Así fue como les habló de la recién creada Orden del Fénix. Ya contaba con algunos miembros, como los Longbottom y los Prewett (unos años mayores que ellos), pero seguían siendo muy pocos ante el ejército creciente del Señor Oscuro. Lily fue la primera en afirmar que se unirían y sus amigos la secundaron.

-No sabéis el alivio que eso me hace sentir –respondió el director-. No obstante, requerirá todo vuestro tiempo, deberéis retrasar vuestros planes de ingresar en el cuerpo de aurores… Sospecho que Voldemort tiene infiltrados en el Ministerio y que entréis ahora no sería seguro.

-Por supuesto –respondió James-, lo primero es detener a Voldemort, esto es la vida real. Si debemos vivir como ricos sin trabajo, nos sacrificaremos.

Todos rieron y Sirius mostró su aquiescencia. Empezaron a hacer planes: reclutar nuevos miembros, vigilar al enemigo e intentar obtener toda la información posible sobre los aliados de Voldemort. Respecto a esa última parte, Sirius estuvo a punto de revelar la existencia del club de duelo clandestino en el Callejón Knockturn. Pero se detuvo. Recordó que su prima le advirtió que había encantamientos protectores y sufriría las consecuencias si contaba algo; no quiso comprobar si era verdad.

Decidió actuar por su cuenta. Una noche se puso una túnica oscura, algo deteriorada y se dejó la barba de tres días sin afeitar para tener peor aspecto y no llamar la atención en aquel antro.

-Si es que estás tremendo de cualquier forma… -suspiró al contemplar su reflejo- Qué le vamos a hacer, es lo que hay.

Se subió la capucha y se apareció en el Callejón Knockturn. Estaba desierto, casi todo el mundo mágico lo estaba desde que nadie sabía en quién confiar. Todos temían que al día siguiente el Profeta mencionase en un breve su desaparición. Aún así supuso que dentro de los locales habría gente. Localizó el pub The White Wyvern, en cuyo sótano se ocultaba el club. A su lado seguía el oscuro local de tatuajes. Sintió una punzada de aflicción en el estómago: en una ocasión visitó aquel lugar.

Fue la semana después de las Navidades del séptimo curso. Había disfrutado tanto en la cabaña con Bellatrix que quiso tener un recuerdo indeleble. Le pidió a James que le acompañase para que fuese sorpresa. Acudieron al local y pese a su fachada decadente, una tatuadora que enseguida le cogió confianza a Sirius le grabó en su brazo derecho un impresionante retrato de su prima. Era una foto que él mismo le había hecho: ligeramente de perfil mostrando su sonrisa orgullosa con ese brillo en los ojos que en esa época reservaba solo para Sirius. Fue un trabajo impecable que Bellatrix nunca llegó a ver: discutieron antes. Ahora le mortificaba cada vez que lo veía y había pensado en eliminarlo.

-Más tarde –se dijo-, ahora tengo una misión.

Entró al pub. Seguía regentándolo el camarero tuerto y siniestro que recordaba de su única visita. Creyó que le iba a echar, pero forzó su ojo de cristal y pareció reconocerlo. Debía tener buena memoria porque el escrutinio cesó y retomó su labor: machacar cucarachas para un cóctel sangriento destinado a un vampiro acodado en la barra. Más allá una pareja de brujas siamesas susurraban en un idioma que Sirius no identificó. Intentando parecer relajado, se adentró hasta localizar la imagen de la banshee. Entonces le asaltaron las dudas.

¿Y si la magia que aquello tuviera identificaba que él era una amenaza? ¿Y si Bellatrix había informado de que le mostró cómo acceder y habían cambiado el mecanismo? ¿Y si abajo estaba el propio Voldemort? Era valiente y temerario, pero no tanto como para enfrentarse a aquel ser que Dumbledore les había advertido que los mataría en un parpadeo. Era más seguro quedarse en el bar. Ahí la huída sería más rápida y podía controlar a la gente que entrara y saliera. Así pues se sentó en la barra.

Diez minutos después –porque ahí nadie tenía prisa- el camarero se le acercó y le gruñó. Sirius interpretó el gruñido como la pregunta de qué quería. Pidió un whisky de fuego con la firme decisión de no ingerir una gota, por precaución.

-Si me das un trago invito yo –susurró el vampiro acercándose a él.

Sirius frunció el ceño. Comprendió que no quería un trago de su copa, sino de sus venas. Intentó calmarse y mantener la actitud relajada:

-Lo siento, camarada –se justificó Sirius-. Tengo venas verrugosas, demasiado sexo sin protección…

El vampiro le miró con conmiseración y le dio una palmada en el hombro.

-Ya notaba yo que no estabas muy sano…

Sirius se tragó la rabia. ¿¡Cómo que no parecía sano!? Casi se sintió ofendido de que el vampiro creyese su mentira. Pero asintió y le dio un trago al whisky. Tuvo que esforzarse por no escupir: ojalá el único ingrediente extra fuesen cucarachas.

-Soy Vlodor ¿y tú?

-Severus –respondió Sirius sin dudar estrechándole la mano.

No iba a dar su verdadero nombre y además Bellatrix le contó que ahí era un pacto tácito usar nombres falsos, así que todo en orden. El vampiro resultó no ser tan desagradable y charlaron un rato sobre temas banales. Eso le sirvió para no llamar la atención y poder espiar con más discreción. Vio entrar a algunos exalumnos de Slytherin varios cursos mayores que él y también a un par de otras casas. Cada vez que la puerta se abría su corazón daba un brinco. Quería negárselo a sí mismo, pero en el fondo deseaba que su prima apareciese. Le diría que la seguía queriendo igual que el primer día y que estaba dispuesto a renunciar a todo y a huir con ella del país para ser felices en otra parte… Eso en su imaginación.

Sospechaba que si de verdad aparecía, lo que saldría de su boca sería algún insulto pueril, una sentencia arrogante o un par de comentarios despechados y chulescos. Empeoraría aún más la situación, tal vez era mejor no verla. Quizá ni siquiera acudía ya a ese lugar… Ojalá. Pero la conversación de dos magos que subían del sótano le hizo dudar.

-Esto se ha convertido en un muermo los días en que no combate Medea… Y nunca anuncian los días que está.

-Ya, pero yo sufro con ella: el día que por fin la derroten o la maten lo pasaré mal, parece solo una cría…

-¡Pero cómo la van a derrotar! ¿La has visto usar crucio? Consiguió enloquecer a Smithback con solo tres maleficios. Nadie es tan bueno con las imperdonables, además es muy rápida, parece que siempre sabe lo que va a hacer su oponente… Por no hablar de lo elegante que es su forma de moverse, es como si…

-Sí, Nott, todos estamos enamorados de ella –se burló su compañero-, pero no es nada amigable… Y tarde o temprano todos caen. Muchos otros han tenido rachas que los hacían parecer invencibles y al final alguien los vence.

-Pero hacía años que ningún duelista del club alcanzaba la fama y la cotización que tiene ella… Yo siempre apuesto un par de galeones en su contra, porque si un día pierde, me hará millonario.

-Si te escucha decir eso, te torturará –se burló su compañero-. Además creo que la patrocina el mismísimo…

En ese momento alcanzaron la salida del bar y Sirius no escuchó más. Estuvo a punto de levantarse y seguirlos, pero sería sospechoso. Iba a preguntarle a Vlodor si sabía algo de la tal Medea cuando vio que su compañero se había retirado a un rincón para cenar. En concreto estaba cenando a un pelirrojo con aspecto profundamente aturdido. Sirius sintió entonces que alguien recién salido del club ocupaba el taburete junto a él.

-Vaya, vaya… Eres la última persona que esperaba encontrar aquí –murmuró una voz conocida- ¿Cómo va la vida, hermanito?

Pese a su tono altivo, Regulus parecía desmejorado. Se le veía cansado, más delgaducho de lo habitual y sus ojos marrones ocultaban quizá cierto temor. "Al menos todavía estás vivo" suspiró Sirius. Estuvieron un rato callados, examinándose, como esperando encontrar alguna grieta en la fachada del otro. Al final casi con dejadez y por defecto, el animago le comentó que su oferta seguía en pie: le protegería si decidía abandonar a Voldemort. Regulus negó con la cabeza y aseguró que no lo necesitaba.

-Eres un necio si crees que tú solo puedes… -empezó Sirius.

-No estoy solo. No necesito tu protección, quien me protege es mejor que tú. Pero invítame al menos a una copa, he oído que vuelves a ser millonario.

Sirius invitó a su hermano a un brebaje y a cambio Regulus le contó lo unido que estaba a Bellatrix. La bruja siempre le ayudaba, aconsejaba y protegía en todas sus misiones. Daba la cara por él ante Voldemort y respondía por sus fallos.

-Bella se enfadó mucho cuando se enteró de que me uní –confesó el joven ya un poco borracho-, dice que yo no valgo para esto… ¡Pero yo sé que sí, un día de estos Él me encargará una misión importante!

Sirius no replicó. Le conmovía saber que al menos Bellatrix protegía a su hermano pequeño, estaba haciendo lo que él ya no podía. Regulus ignoró la mayoría de sus preguntas y no le dio ninguna información útil, sin embargo tampoco se burló ni le insultó. Estuvieron juntos casi una hora y al fin Sirius lo comprendió: su hermano se estaba despidiendo. Ambos necesitaban pasar un último rato juntos sabiendo que la guerra los separaría y probablemente perderían la vida. Al final, fue Regulus quien se levantó:

-Serías muy apreciado en nuestro bando, ¿sabes? Seguro que a Bella le alegraría que te unieras.

-Eso no va a pasar –susurró Sirius con la voz quebrada.

-Entonces adiós, hermanito.

-Adiós, Regulus. Siento haberte fallado.

-No me fallaste. Fui libre para tomar mi decisión y la libertad es el mayor lujo al que aspira un Black.

Se marchó dejando a Sirius con una mezcla de pesar y alivio por haber tenido esa última oportunidad. El animago volvió a su casa derrotado y ya no volvió a pisar aquel bar.

Las desgracias se sucedieron: ese mismo año los padres de James, ya mayores, murieron de viruela de dragón. Sirius los había querido como si fuesen su familia y lo lamentó mucho. Hubo una pausa en los eventos siniestros cuando los Potter se casaron en la primavera de 1979. Casi en secreto, solo con Sirius como padrino.

-Al menos algo de alegría este año –sonrió Sirius felicitando a sus amigos.

Duró poco. Unos meses después, leyó en el Profeta la noticia que cada día buscaba y respiraba aliviado al no encontrar: "Regulus Black desaparecido y dado por muerto: otra víctima del ansia de poder de Dumbledore". Por supuesto Voldemort controlaba el Profeta y manipulaba la información, pero eso a Sirius ni siquiera le importó ya.

Dos días después fue el funeral en el cementerio privado de los Black, situado en un claro del bosque que rodeaba la mansión en la que tantos veranos visitó a Bellatrix. Sirius no quiso acercarse, no quería ver a sus padres que fueron los causantes del destino de su hermano (él seguía sin considerar que se tratase de una decisión libre). Se transformó en perro y contempló la escena desde la lejanía, oculto entre los árboles. El ataúd estaba cerrado, así que no supo si lo habían encontrado. Lo que sí vio fue algo que jamás creyó que sus ojos presenciarían: a su madre y a su padre completamente rotos. Durante los minutos que aquello duró no fue capaz de odiarlos. Sospechó que quizá en ese momento se arrepentían de la forma en que los habían criado, al menos un poco.

Fue un servicio privado, sus padres no querían mostrarse tan vulnerables ante el mundo. También acudieron sus tíos, Druella y Cygnus, que mostraron sus condolencias sin conseguir aliviarlos lo más mínimo. Narcissa iba con ellos y parecía triste pero aún más asustada. Se colocaron en un lateral mientras el evento se desarrollaba. Ya casi al final, apareció Bellatrix. Se acercó a Walburga y murmuró algo. Y la mujer, en otro gesto que Sirius tampoco había creído posible, la abrazó como si fuese su hija. Lloró abrazada a su sobrina que le devolvió el gesto. Repitió después el proceso con su tío. Sirius sintió que aunque fuese una situación antinatural e imposible de superar, Bellatrix consiguió transmitirles cierta paz. E internamente dio gracias por ello.

Cuando fue incapaz de soportarlo más, se marchó. Se encerró en su apartamento y lloró durante días. No solo por su hermano pequeño, también porque temía que el siguiente funeral fuese el de su prima. Se convirtió en su nueva angustia al leer el Profeta. Y un mes después, llegó un funesto titular; no el que había temido pero casi igual de malo: "Bellatrix Black y Rodolphus Lestrange anuncian su boda". Sirius lloró, gritó, maldijo y dio puñezatos contra las paredes hasta hacerse sangre. Finalmente quemó el periódico y murmuró:

-Al menos todavía estás viva.