-¡¿TÚ LO SABÍAS?! –bramó Bellatrix en un tono que hizo retroceder a Rodolphus.
-No… No, Bella, yo…
-¡Por eso los veranos con tu familia, los regalos de tu madre y todos esos comportamientos extraños! –recordó la bruja mientras hacía estallar el mobiliario del salón de los Lestrange- ¡PERO SI EMPEZÓ CUANDO TENÍAMOS OCHO AÑOS, QUÉ FAMILIA DE ENFERMOS ES ESTA!
-¡Bellatrix, tranquilízate! –exclamó Rodolphus subiendo el tono- Ambos sabemos que en nuestras familias funciona así, te tienes que casar con alguien de sangre pura, ¡es lo que hay!
La chica intentó calmarse, no ganaba nada sufriendo un arrebato. Su respiración era agitada y pesada, parecía que el oxígeno le quemaba los pulmones y la boca le sabía a azufre. Era verdad, siempre supo que sucedería. Solo que ella albergaba la esperanza de que con sus excelentes calificaciones, su inteligencia y su gran poder como bruja tendría opción a algo más. Pero no, no iba a ser así.
-Somos amigos desde hace años, Bella –continuó él con suavidad-, así será mucho más fácil. Ambos servimos al Señor Oscuro y lograremos grandes cosas juntos. Sé que nunca has querido tener hijos, así que no será necesario…
-¡Ja! ¡Te aseguro que no haremos nada que pueda desembocar remotamente en la procreación! –se burló la chica desquiciada.
Para estar segura, acudió en secreto a San Mungo. Pidió una poción de contracepción permanente y se la tomó de un trago. "Un problema menos" pensó intentando ser optimista. Había probado a negociar, manipular y amenazar a sus padres, pero nada funcionó. Pensó en largarse sin más, pero su padre le expuso la situación con total claridad:
-Con la noticia de tu boda podremos ocultar la fuga de Andrómeda con un sangre sucia; si eso sale a la luz, el apellido Black se devaluará todavía más. Los Malfoy no aceptarán que Lucius se case con Narcissa y eso le rompería el corazón a tu hermana. Has tenido una vida muy buena gracias a tu apellido, ahora tienes que hacerte cargo de lo que significa ser una Black. Si te casas con Lestrange, podrás seguir con tu vida de lujos y hacer con tu futuro lo que te plazca; si no, tendrás que marcharte también y te quedarás sin nada. Y no queremos eso para ti, Bella.
Era verdad. Aunque ahorrase lo suficiente para alquilar un apartamento, nadie la contrataría sabiendo que eso suponía enfrentarse a Cygnus Black. Su padre era un mago de negocios altamente influyente en el Ministerio y en casi cualquier institución mágica. Jamás conseguiría un empleo si él la deshonraba. Se planteó incluso huir con Sirius, pero… Su orgullo pudo más. Ahora estaban en bandos opuestos y seguramente él se estaría tirando a veinte chicas diferentes. Además estaba su hermana: no podía abandonar a Narcissa, no quería que sufriese por su culpa. Así que aceptó el matrimonio. Con ello, el equilibrio de poder cambió en la Mansión Black.
-¡Aaaahhh! –gritó Druella con horror- ¡¿Qué es esa cosa que me acaba de robar mis pendientes?!
-Ah sí, es Raspy, mi escarbato. Lleva siete años conmigo y suelen vivir unos cien, haz tú las cuentas –respondió Bellatrix con desinterés-. Por cierto, ¿recuerdas el hongo saltarín que con tanto esmero cultivabas en el jardín? No fueron los gnomos quienes los destrozaron, fue Raspy. Le ponían nervioso y le animé a destruirlos. También es él quien se alimenta de tus plantas.
-¡Pero cómo te atreves a…! –empezó su madre colérica alzando la varita.
-Eh, madre, relájate. Como según vosotros soy la única esperanza para salvar a esta familia, es evidente que ahora soy la cabeza de los Black. Aquí se va a hacer lo que yo quiera. Como alguien ose tocar a Raspy… Bueno, digamos que habrá una nueva fecha de fallecimiento en el tapiz.
-Bellatrix –advirtió su padre con voz gélida-, te recuerdo que tu casa, tu dinero y todo lo que tienes sigue siendo mío. Puedo hacer que…
-Ya, ya… ¡Eres un mago de negocios muy respetado! ¿Pero sabes en qué soy muy buena yo?
Con un gesto de la mano de Bellatrix, una especie de tornando empezó a destruir el salón. Sus padres gritaron con horror. Utilizaron varios hechizos intentando detenerlo, pero ninguno funcionó. Con otro gesto de Bellatrix, el tornado se desintegró. Sus padres la miraban con ojos desorbitados: era extremadamente difícil realizar magia sin varita. Que supieran, solo Dumbledore y Voldemort eran capaces de ello. Dedujeron que el segundo le había mostrado el camino a Bellatrix. De momento ella solo lo había logrado con un par de hechizos y le requería demasiada energía, pero eso no tenían por qué saberlo sus padres.
-Soy mucho mejor bruja de lo que vosotros seréis jamás. Tú serás muy influyente en el Ministerio, en Gringotts, en el Profeta… ¿Pero sabes para quién soy mucho más valiosa que tú, papi? Para el Señor Oscuro. Le apoyan económicamente docenas de familias, tiene dinero de sobra. Pero seguidores con mi talento… solo estoy yo. Así que tened cuidado. Me casaré, sí, es mi obligación como sangre pura y no la rehúyo. Pero en casa van a cambiar bastantes cosas. Y vosotros os vais a callar y a asentir con vuestra maravillosa sonrisa falsa.
Sus padres tenían los puños y los dientes apretados, las varitas echando chispas y la expresión tan furibunda como antes lo había estado el tornado. A Bellatrix le daban miedo, pese a que lo que había dicho era verdad, sus padres le imponían mucho. La sola figura alta, corpulenta y de rostro fiero de Cygnus le daba escalofríos; lo mismo la faz fría y calculadora de Druella. Pero tenía que asentar su poder para que vieran que no iba a ceder en nada más.
-Decidle a la hortera de Alizzee –comentó refiriéndose a la señora Lestrange- que quiero la boda más espectacular que se haya visto en el mundo mágico. La más cara, con más invitados y con todos los lujos ridículos inventados y por inventar. Por supuesto no participaré en la organización, eso es para amas de casa aburridas como vosotros, pero tendré que dar mi aprobación a cada detalle. ¿Lo habéis comprendido?
Lentamente, Druella asintió. Al menos Bellatrix se interesaba por la ceremonia, ya era algo… La chica recogió a Raspy que seguía saqueando el joyero e hizo ademán de marcharse.
-Ah, por cierto, este fin de semana se quedará en casa una amiga. Espero que no os moleste… -inquirió con falsa inocencia.
-Te aseguro que después de tus amenazas, tu ridícula amiga es lo que menos nos molesta –aseguró su padre.
-Perfecto –declaró Bellatrix-. Mi amiga es Nagini, su amo se marcha de viaje y me la deja para que la cuide. Acaba de hacer la muda y ha estado muchos días sin comer para facilitar el proceso, así que estará hambrienta… Decidle a los elfos que preparen mucha carne, preferentemente viva y de vuestra estatura.
Cuando vio a sus padres temblar del miedo, abandonó la habitación con la primera sonrisa que su rostro lució en meses. Y consiguió lo que quería: sus padres se marcharon apresuradamente alegando que les había surgido un compromiso en Francia con la familia materna.
Realmente la relación más estrecha que tenía en ese momento (exceptuando a su fiel Raspy) era con la serpiente de Voldemort. Narcissa estaba en Hogwarts cursando su cuarto año y en absoluto entendía su dilema: le aseguraba en sus cartas que Rodolphus y ella eran una pareja ideal y debía casarse para asegurar el futuro de ambas. A Andrómeda la odiaba, había huido con el sangre sucia, maldita traidora... De su mejor amigo no se fiaba desde que se prometieron; no era culpa de Rodolphus, pero le molestaba que él no estuviese indignado. Con el resto de mortífagos –incluyendo a Severus- no tenía buena relación, pues no sabía en quién confiar: todos trataban de agradar al Señor Oscuro y ascender en su escala de mando. Había misiones cuyo fracaso se debía a que se atacaban unos a otros.
Bellatrix no solía acudir a las misiones a no ser que resultasen muy emocionantes, si no, prefería quedarse estudiando manuales sobre artes oscuras. Además Voldemort le había encontrado una gran utilidad como canguro de Nagini: era la única a la que la serpiente gigante apreciaba y no intentaba devorar. Su maestro afirmaba que la seguridad de su reptil era una de sus prioridades. Y a Bellatrix le encantaba admirarla, examinar sus escamas y ayudarla con sus mudas. Encontraba en los animales la paz que jamás le transmitían los humanos.
-Nagy, ¿te importaría si recojo un poco de tu veneno para probarlo en una poción? Creo que será incluso más poderoso que tus escamas.
La serpiente abrió la boca y expulsó un chorro de veneno que derritió la pared.
-¡Perfecto! –exclamó Bellatrix recogiéndolo en un frasco con su varita- Muchas gracias, te he dejado ahí un cubo con ratas para que meriendes.
La serpiente reptó con un silbido feliz hasta el lugar indicado.
-Veo que has decidido redecorar la casa, Bella –murmuró Voldemort.
La chica ni siquiera se giró a mirarle, estaba ocupada recolectando todas las gotas de veneno con suma precaución. Le explicó a su maestro que desde que había iniciado las hostilidades con sus padres, procuraba destrozarles al menos una habitación al día. Voldemort mostró una sonrisa cruel. Cada vez estaba más pálido y delgado y menos atractivo, pero Bellatrix ya estaba acostumbrada a su aspecto y no lo notaba. Le preguntó si venía a recoger a su serpiente, pero no, le había traído otro asunto:
-Dado que no podré acudir mañana a la fiesta para anunciar vuestro compromiso…
-¡Lléveme con usted! –suplicó Bellatrix abandonado por completo su tarea- ¡Mándeme cualquier misión! ¡Quemo yo sola un pueblo muggle, masacro sangre sucias, lo que haga falta!
Voldemort sonrió de nuevo. A él le parecía bien el compromiso, sería provechoso para la imagen de bonanza de su causa, pero eso no quitaba que la actitud rebelde de su discípula le hiciera gracia. Era la única a la que le permitía tomarse esa confianza con él, aunque únicamente cuando estaban solos. Negó con la cabeza y le dijo que no, pero iba a entregarle por adelantado su regalo de bodas. Bellatrix ni siquiera comentó que a Rodolphus le gustaría recibirlo también, le pareció estupendo que se lo diese solo a ella. Así que con una sonrisa preguntó:
-¿Por fin me va a regalar a Nagy? ¡Prometo que la cuidaré muy bien!
-No, Bella, tengo planes para ella… Pero lo que tengo para ti es igual de valioso.
Bellatrix se acercó con curiosidad. Él introdujo la mano en su túnica y le entregó el obsequio. No llevaba caja ni envoltorio, era simplemente una copa de oro de un palmo de tamaño. Pero su alumna no quedó decepcionada, sino que examinó el objeto bajo la atenta mirada de su maestro. Al tocarla sintió un extraño escalofrío de poder y descubrió el tejón grabado.
-¿Tiene algo que ver con Helga Hufflepuff? –preguntó sin apartar los ojos del objeto.
-Muy bien… Yo también la reconocí al verla, hace unos cuantos años… -murmuró Voldemort complacido- Tiene un valor incalculable y quiero que la protejas en tu cámara de Gringotts.
-Oh, vaya, ¡muchas gracias! –exclamó emocionada por la confianza- Pero a la cámara de mis padres no tengo acceso… No tendré una propia hasta que nos casemos el año que viene y nos depositen nuestra herencia…
-No será problema, puedo esperar. Pero hasta entonces quiero que la lleves contigo en todo momento. ¿Lo entiendes? En todo momento.
-Por supuesto. Es pequeña y tengo bolsillos encantados en todas las túnicas, no habrá problema.
Desde ese día la reliquia se convirtió en su amuleto de la suerte. No le comunicó su existencia a Rodolphus y Voldemort no volvió a mencionarla. Pero ella la llevaba consigo a todas partes, sentía que le transmitía fuerza y una intensa sensación de poder. Su magia oscura era aún más fuerte de lo habitual, ella lo achacó a que mejoraba con rapidez. Ese regalo fue prácticamente lo único bueno del compromiso, porque la fiesta fue un aburrimiento absoluto. Pese a que no era presumida, le dio rabia que le hicieran fotos para el Profeta con el horrible y anticuado vestido que le había elegido su madre y el peinado decimonónico. Bellatrix se limitó a sentarse junto a su futuro esposo y a asentir si alguien le preguntaba algo.
-¡Mira lo que nos han regalado mis padres, Bella! –exclamó Rodolphus.
Le mostró una maqueta de una imponente mansión. Sus padres habían contratado a Eileen McPers, una afamada arquitecta mágica, para que la diseñara y la construyera junto a la Mansión Lestrange.
-Seremos vecinos –comentó Alizzee Lestrange con una sonrisa-, así estaremos cerca para echaros una mano cuando tengáis…
Rodolphus le dio un pisotón y su madre cerró la boca. Bellatrix prefirió no saber cómo terminaba la frase, pero supuso que con "hijos". Cogió aire, acarició la copa en su bolsillo y sentenció:
-Quiero formar parte del proyecto de construcción, manda a la arquitecta a la Mansión Black para que pueda conocerla.
-No tienes que preocuparte por nada, querida, te aseguro que mi marido y yo estamos encima de Eileen en todo momento, no vamos a permitir que…
-Quiero encargarme yo –repitió Bellatrix-. Va a ser mi casa y voy a supervisarlo yo.
Parecía que la mujer iba a replicar, pero Rodolphus murmuró con una sonrisa que era estupendo que Bellatrix quisiera involucrarse. Quisieron creer que era para agradecer tan magno regalo. Así que Alizzee le prometió ponerla en contacto con la arquitecta.
Bellatrix conoció a Eileen dos semanas después. Comprobó que, efectivamente, los Lestrange habían estado encima de ella: si la bruja no había renunciado al proyecto era por miedo a una familia tan poderosa, pero estaba harta de tener que modificarlo y empezar de cero una vez tras otra. Los Lestrange no tenían ni idea de arquitectura pero querían darse aires. Bellatrix tampoco la tenía y no le interesaba.
-Necesito que me ayudes con un proyecto personal. No tiene nada que ver con esa estúpida mansión.
-¿Pero entonces que hago con…? –replicó Eileen desconcertada.
-Con esa haz lo que quieras. Hazla como más cómodo te sea y di que yo he dado mi visto bueno, no se atreverán a replicar. A cambio quiero que me ayudes con algo y seas absolutamente discreta.
-Haremos el juramento inquebrantable si lo deseas, soy todo oídos –respondió de inmediato la arquitecta.
Si Bellatrix le quitaba de encima a los Lestrange, estaba dispuesta a ayudarla con cualquier asunto. Ambas cumplieron su parte. La mansión del futuro matrimonio empezó a construirse de acuerdo a las ideas iniciales de la arquitecta y a la interesada todo le pareció estupendo. Aunque solo en ese asunto, con su boda no estaba en absoluto satisfecha.
-¿Queréis que me case en los jardines de vuestra mansión? ¿En serio, como los gitanos? –inquirió la bruja- ¿Existe algo más cutre? ¡Me da igual que estemos todos en busca y captura, contratad troles de seguridad! Pero que sean guapos, no quiero que me estropeen las fotos. ¡No quiero estas flores, son deprimentes! Especifiqué bien claro que tienen que ser rosas de hielo del Himalaya… ¡Me es indiferente que solo crezcan en primavera, esperaremos lo que sea necesario!
-Quiero carne de hipogrifo en el banquete… ¡Pero ni se os ocurra matar a un hipogrifo! Buscad la forma de que sepa igual sin matar a ningún animal.
-¿Estás de broma, verdad? ¿No pretenderás que lleve un cinturón de piel de serpiente? ¡Que he invitado a Nagini, estará en primera fila! ¿¡Y si es la piel de su primo o de su padre!? Tiene que ser el día más feliz de mi vida y os empeñáis en destrozarlo…
-Me parece ridículo vestir de blanco… No, descuida, con Rodolphus no he consumado nada. Y ya pueden arreglar el escote y tapar la espalda del vestido: tengo heridas por todo el cuerpo, van a tener que poner mucha más tela… No, madre, no te voy a contar dónde me las hago. En fin, vestiré de blanco si es necesario, pero asegúrate de que le hagan a Raspy un esmoquin a juego, va a ser mi padrino. ¡Ay, le preguntaré a mi maestro si me cede a Nagy de madrina!
Ese último comentario fue el que hizo que tanto su madre como su futura suegra abandonaran el salón. Era una estancia enorme llena de mesas cubiertas de folletos, catálogos, cartas, muestras y todo lo necesario para organizar la boda. Pero a cada nuevo arreglo Bellatrix desplegaba nuevas quejas. Tuvieron que retrasar la boda al año siguiente porque una vez tras otra se quedaban sin nada (generalmente Bellatrix perdía la paciencia y hacía arder o estallar la sala). Aún así, sus padres no podían reprochárselo: dada su reticencia inicial al compromiso creyeron que pecaría de desinterés y eso les haría quedar mal ante los Lestrange. Sin embargo había resultado ser la novia más comprometida de la historia.
-Sé lo que intentas, Bella, y no va a funcionar. Al final tendremos que casarnos –suspiró Rodolphus que era el único que no se había marchado.
-No sé de qué me hablas –respondió ella.
Claro que lo sabía. Todo aquello le interesaba menos que una mierda de thestral, pero era la única manera que veía de retrasarlo. Tenía la esperanza de que en algún momento surgiera algo –cualquier cosa- que impidiera el compromiso. Pero pasaban los meses y no sucedía, así que tuvo que aceptarlo. Pero eso le hizo odiar aún más a quien fue su mejor amigo.
-¿Es que tú quieres? ¿Tú me quieres? Porque lo siento, Rod, pero yo nunca te voy a querer así.
-Bueno, esas cosas son complicadas –respondió él-. Con el tiempo…
-No. Solo he querido a una persona y nunca dejaré de hacerlo.
El rostro de Rodolphus se ensombreció y su tono se enfrió.
-Él ya no está contigo, te dejó. Se ha unido a ese ridículo grupo de Dumbledore y si puede, te matará. No te quiere.
-¡Eso tú no lo sabes! –respondió ella con rabia- ¡Te juro que…!
Su prometido permitió que incendiara el salón de nuevo. Después, en medio de las llamas se acercó a ella que lloraba y temblaba. La abrazó casi en contra de su voluntad y murmuró:
-Yo no planeé esto, pero sí que te quiero, Bella, me sería imposible no hacerlo. Y te prometo que intentaré hacerte feliz, te juro que me esforzaré y no haremos nada que tú no quieras. Te conseguiré todas las criaturas mágicas que quieras… ¡Una serpiente gigante, aún más grande y venenosa que Nagini! Y si la mansión nueva no te gusta, nos mudaremos a otra. Intentaremos ser felices, ¿vale?
Lentamente Bellatrix asintió. Después murmuró que el único reptil más venenoso que Nagini sería un basilisco y que se supiera estaban extintos. Su prometido prometió buscar uno y ella forzó una sonrisa. Se obligaba a recordar que no era culpa de Rodolphus y que no estaba tan mal. Esa noche, acariciando la copa en su mesilla, hubo algo que la animó a aceptar finalmente la realidad. Fue el recuerdo de una promesa que Voldemort le hizo años atrás.
-Eres una guerrera, Bellatrix, mi mejor lugarteniente. Te prometo que cuando te unas a mí nada cambiará eso. Estarás a mi lado hasta el final y gobernaremos juntos un nuevo mundo mágico donde el poder y la sangre imperen sobre todo.
Eso fue antes de que anunciaran su compromiso, pero sabía que su maestro mantendría su promesa. Así que cerró los ojos y tomó una determinación: el día de Halloween de 1981 se convertiría en la mujer de Rodolphus Lestrange. Y su maestro estaría a su lado. Siempre.
