-A ver, Harry, di papá, pa-pá –le animaba James.
-Pa… -empezó a balbucear el pequeño- ¡Sidiu!
-¡SIRIUS, QUÉ LE HAS HECHO A MI HIJO! –bramó James- ¡Lily, este niño está estropeado!
Su amigo se partía de risa mientras le cogía la manita a su ahijado. No quería tener hijos propios, pero ser el tío favorito de Harry era muy divertido. Acababa de cumplir su primer año y por fin habían visitado a Sirius. Últimamente apenas se veían, por seguridad. Desde que Dumbledore les reveló que Voldemort iba tras su bebé, los Potter vivían ocultos con el encantamiento fidelio. Y había muy pocos momentos en que lograran olvidar ese pesar.
Voldemort parecía cada día más poderoso. Ya no sabían quiénes eran sus seguidores, las traiciones estaban a la orden del día. Controlaba a la gente a su antojo: les obligaba a hacer cosas aterradoras y los mataba después. Todos estaban profundamente asustados: por ellos mismos, por su familia, sus amigos… En el Ministerio nadie sabía qué hacer: se acusaban unos a otros de su ineptitud y cada vez resultaba más difícil ocultar el secreto a los muggles. Cada semana se sumaban nuevas desapariciones, gente que aparecía demente tras días de tortura y también muertes. Lily seguía llorando por Marlene y su familia fallecidos unas semanas antes. Vivían sumidos en un terror que no les daba ni un día de tregua.
-Es una lechuza de Dumbledore –murmuró James abriendo la ventana tembloroso.
Hacía meses que ninguna carta traía buenas noticias. Y esa no fue la excepción. La leyó y susurró con voz ahogada:
-Es Dorcas. Ha…
Lily no necesitó más para echarse a llorar. Cogió a su hijo en brazos y abandonó el salón para refugiarse en su cama. Los dos amigos se miraron:
-Al parecer fue el propio Voldemort -comentó James releyendo el texto- y ella plantó un combate serio. Era una gran bruja…
Sirius casi sintió alivio. Lo único que le daba más miedo que Voldemort era su prima: que fuese ella la asesina de sus amigos, la causante de aquellas masacres. Continuamente salía su fotografía en los periódicos, su nombre se mencionaba como la única y mejor mortífaga de Voldemort. Él no había coincidido con ella, pero Moody, Shacklebolt y varios compañeros sí se habían batido en duelo contra Bellatrix durante algunos ataques. Se sentía profundamente avergonzado, aunque nadie le culpaba ni le relacionaban con ella.
-Tú no eres un Black, eres un Potter –aseguraba James.
Sirius sonreía y asentía pero en el fondo de su corazón sentía que jamás volvería a ser feliz. Muchas noches fantaseaba con plantarse en la Mansión Lestrange (donde sospechaba que ahora vivía su prima) y gritarle que era imbécil por comportarse así y que volviera con él. En sus sueños Bellatrix se arrepentía entre llantos, volvía a sus brazos y huían juntos en busca de una vida mejor. Pero luego despertaba y la realidad le asfixiaba.
Tampoco ayudaba haberse distanciado de Remus, que siempre aportó la cordura que a él y a James les faltaba. Desde que los hombres-lobo se unieron abiertamente a Voldemort, Sirius ya no confiaba en él. Por eso se le ocurrió que el guardián del secreto que protegía la casa de los Potter fuese Colagusano: nadie sospecharía de él, siempre había estado a la sombra de ambos y no destacaba como mago. No había logrado ningún ÉXTASIS, no sabían a qué se iba a dedicar, pero no preguntaron para evitarle el mal rato.
-A Voldemort ni se le ocurrirá que él pueda saber algo –argumentaba Sirius-, mientras que yo seré la opción obvia. Así aunque me torture no podré decirle nada.
-No lo sé, Canuto… Yo preferiría que fueras tú… Aunque la opción de que te torture no me parece nada atractiva, ¡deberías esconderte con nosotros!
Pero Sirius no quería esconderse, era más útil ayudando a la Orden. Sin embargo, durante el peor día de su vida comprendió que debería haber hecho caso a James. Fue el último día de octubre, la noche de Halloween. Ese día Sirius se había levantado con mal pie, pues la prensa le recordó que era el día en que finalmente se casaba su prima.
-A estas horas ya serás Bellatrix Lestrange –murmuró por la tarde tirado en su sofá con una botella de whisky-, ¡enhorabuena!
Caviló que era una pena que no se conociera el lugar de la ceremonia, pues seguro que no faltaba ni un mortífago. Ayudaría mucho a la Orden detenerlos. Quizá incluso acudía el propio Voldemort… Aunque pensándolo mejor seguro que no: Voldemort no daría la cara, probablemente aprovecharía para hacer el mal en soledad. Sintió un escalofrío al pensar en ello, menos mal que los Potter estaban a salvo. Aún así hacía días que no veía a Peter…
-Voy a hacerle una visita, para asegurarme –murmuró levantándose.
Se apareció en al apartamento de Peter, en un barrio marginal de la ciudad, pero ahí no había nadie. Entró para asegurarse, pero la casa estaba vacía. Aunque no había ningún signo de lucha, su sensación de peligró se intensificó. Volvió a su casa y subió de un salto a su moto voladora: no conocía la residencia de los Potter como consecuencia del fidelio y no podía aparecerse. Sin tomar demasiadas precauciones para ocultarse, alzó el vuelo hasta alcanzar el valle de Godric. No podía aterrizar en medio de un pueblo con muggles, pero en cuanto vio de lejos el humo negro…
Le dio igual. Aparcó la motocicleta voladora en medio de la calle. Entonces vio la casa destrozada. Ni siquiera se acordó de sacar su varita, tampoco escuchó a Hagrid cuando le advirtió que no entrara, la casa estaba en ruinas y era peligrosa. Tampoco vio que el semigigante había llegado antes y tenía a su ahijado en brazos.
-¡No! No, no, ¡no, James! –sollozó en cuanto llegó al pasillo.
Lloró abrazando el cuerpo de su mejor amigo sin dejar de repetirse que había sido culpa suya. No fue consciente del tiempo que pasó llorando, gritando y maldiciendo. Llegó a pensar que aquello era su boggart; si se le hubiese ocurrido algo divertido o hubiese sentido la más mínima fuerza, hubiese probado a usar riddikulus. Cuando por fin salió para preguntar qué había sido de Harry, sintió que ya nunca volvería a ser el mismo. Una parte de él también murió esa noche.
Completamente pálido, tambaleándose, se acercó a Hagrid que estaba limpiando la cara del bebé. Salvo por una brecha en su frente, parecía intacto.
-Dame a Harry, Hagrid, soy su padrino, yo cuidaré de él –aseguró extendiendo los brazos.
El rebelde incorregible Sirius Black de veintidós años había madurado de golpe. Estaba totalmente dispuesto a renunciar a su vida y a su juventud; nunca quiso hijos pero cuidaría al pequeño de los Potter como si fuese suyo. No sabía cómo ni dónde, pero lo protegería como prometió a sus padres.
-Lo siento, Sirius, he recibido órdenes de Dumbledore de llevarlo con sus tíos.
-¡¿Qué?! ¡Son muggles, ni siquiera conocen a Harry! ¡Yo lo cuidaré mejor! –gritó él alterado- Soy su padrino, es lo que James y Lily habrían querido.
Discutieron durante varios minutos, pero al final Sirius se rindió. Hagrid tenía razón: acababa de ver a sus mejores amigos muertos, estaba sufriendo un ataque de histeria y probablemente nunca se recuperaría de ello… No estaba en condiciones de criar a un bebé. Así que le tendió su moto a Hagrid y le indicó que se la quedara para trasladar a Harry, él no la necesitaba. No, él tenía una misión.
Pasó horas rastreando los lugares donde podía esconderse Peter. Buscó tanto en su forma humana como husmeando en forma de perro. Finalmente lo acorraló horas después, en una calle del centro muggle cerca de la casa de sus padres. Era ya de noche, pero al ser sábado, en la calle aún había muggles que salían de fiesta. Sirius dio por hecho que a Peter no le quedaba otra que confesar y entregarse. Pero en cuanto se acercó a él, su antiguo amigo empezó a gritar lo suficientemente alto para que lo escuchase toda la manzana:
-¡HAS TRAICIONADO A LILY Y A JAMES, HAN MUERTO POR TU CULPA!
Sirius sacó su varita, pero antes de poder lanzar un hechizo, Colagusano provocó una explosión que mató a todos los muggles a diez metros a la redonda. Un humo negro denso lo envolvió todo, se oían chillidos lejanos y gritos de auxilio. Sirius no lograba respirar, ni mucho menos contener su rabia. Cuando un minuto después logró despejar su visión, Peter ya no estaba. Había una grieta enorme en medio de la calle, una docena de cuerpos sin vida desperdigados por la calzada y la ropa ensangrentada de Peter a pocos metros de él.
El primero en aparecer fue un joven trabajador del Departamento de Catástrofes Mágicas, de nombre Cornelius Fudge.
-Por Merlín… -susurró con horror al ver la escena- ¿¡Qué ha pasado aquí!?
-¡Ha sido él! –chilló desquiciada una mujer desde la otra acera- ¡El chico gordo le ha acusado de matar a unos tales Lily y James y entonces ha habido una explosión!
-¡Deténganlo! –bramó otro muggle parapetado tras un contenedor- ¡Los ha matado!
Tras Fudge se personó una brigada de Magos Golpeadores del Departamento de Seguridad Mágica. Eran magos y brujas altamente capacitados y encargados de detener a los delincuentes peligrosos. Por fin Sirius lo comprendió… y rompió a reír. Fue víctima de un intenso ataque de histeria que le impidió ver y escuchar nada más.
Peter no solo había traicionado a los Potter, también había orquestado la forma de que librarse del asesinato y que lo culparan a él. Siempre lo consideró débil, un mago mediocre totalmente nulo en el duelo y nada agraciado. Sirius se dio cuenta de que era su propia arrogancia lo que le había derrotado. Y lo que había provocado la muerte de Lily y James. Siguió riendo totalmente desquiciado, con la varita en la mano pero sin usarla, incapaz de pensar nada salvo lo ridícula que era esa situación.
Mientras, los magos destinados a capturarle no estaba seguros de cómo obrar. El aspecto del sospechoso era nefasto: cara negra por el humo, sangre en su ropa de las víctimas de la explosión, cabello alborotado como si llevase horas corriendo y ojos hinchados enrojecidos. Estaban entrenados para tratar con delincuentes de su calaña, pero aquel hombre había matado a una docena de muggles (y probablemente a un mago) en plena calle sin ningún problema. Y ahora estaba profiriendo unas estruendosas carcajadas que resonaban en sus tímpanos. Estaba loco, completamente loco.
Eso lo volvía impredecible. Habían esperado que atacase, por eso había acudido un grupo de diez efectivos: no le vencerían con un par de especialistas. O que al menos intentara huir o negarlo. Pero Sirius había colapsado mentalmente, su vida ya había terminado, hacía horas que había derramado todas las lágrimas disponibles y ahora era incapaz de hacer otra cosa que reír del dolor. Fudge se había alejado de él y había empezado a desmemorizar a los testigos tras escuchar sus relatos.
-¡Sirius Black, suelte su arma y entréguese! –exclamó uno de los efectivos usando un hechizo amplificador sobre su garganta.
El animago no obedeció, seguía sin escuchar. Aún así sabía lo que iba a pasar: le detendrían y le encerrarían de inmediato en Azkaban. La prisión más temida del mundo mágico, un lugar repugnante del que quienes lo visitaron solo acertaron a comentar que lo menos traumático eran los dementores. Por causa de la guerra, si el crimen resultaba evidente los acusados ya ni siquiera tenían derecho a juicio. Su vigésimo tercer cumpleaños, que sería tres días más tarde, lo pasaría en la cárcel. Curiosamente ese pensamiento le provocó cierto alivio.
-James y Lily han muerto por mi culpa y debo pagar por ello –farfulló para sí mismo de forma incoherente.
Cierto que nada lo compensaría, pero una condena de por vida en Azkaban parecía un buen precio para empezar. Seguía inmóvil, sin ver, ni escuchar, ni sentir. "Pero mataré a Colagusano. Como esa rata esté viva, tarde o temprano cometeré el crimen por el que me van a condenar" se prometió a sí mismo. No sabía cómo compatibilizaría eso con Azkaban, ni cómo encontraría a Peter, ni siquiera sabía si la rata traidora había sobrevivido realmente… Pero se vengaría. Con ese pensamiento obsesivo y sintiéndose ligeramente aliviado al aceptar su destino, cerró los ojos y sintió cómo finalmente lo apresaban por la espalda.
Su mejor amigo había muerto. Su infancia, su juventud, su familia y sus ansias de devorar la vida habían muerto con él. Y aún así, aunque parecía que nada más quedaba en su vida, hubo una pequeña voz en su cerebro que susurró: "Ojalá Bella no haya tenido nada que ver, ojalá ella logre salvarse". Su último pensamiento como hombre libre fue para ella.
