Bellatrix se frotó la cara agotada mientras recorría los pasillos de la mansión que ahora compartía con Rodolphus. Habían comenzado la mudanza una semana antes de la boda para que el día de marras estuviese todo listo. Iban a quedarse ahí, puesto que por la causa de su maestro debían posponer de luna de miel. Lo agradeció mucho, no estaba para viajecitos…. Era ya de noche y pese al cansancio, no tenía ningún sueño. Al menos ya había terminado todo.
Escuchó un golpe secó y se giró de golpe con su varita preparada. Falsa alarma: alguien había decidido destrozar el jarrón labrado por hadas que les había regalado la tía Walburga.
-¿Qué te pasa, Raspy? –preguntó sin detenerse- Estás muy raro hoy.
Su escarbato siempre había sido muy bueno y a no ser que ella se lo pidiera, jamás estropeaba nada. Pero desde esa mañana estaba extraño, furioso y no cariñoso y juguetón como de costumbre. Bellatrix invocó con un gesto de varita su mochila y obligó al animal a meterse dentro.
-Ven, métete, no tengo tiempo para esto. ¡Encima de que te he dado el regalo de mi maestro para que lo guardes!
Había sido más por necesidad que por decisión, pero esa mañana, cuando se puso el vestido de novia se dio cuenta de que no llevaba bolsillos. No podría custodiar la copa como había hecho religiosamente hasta ese momento. No se atrevía a dejarla en la mansión y se había vuelto muy recelosa: tampoco quería hablarle de su existencia a Rodolphus ni a ninguna otra persona. Salvo a su fiel Raspy, así que se la confió a él. Le extrañó que al principio el animal se negó a aceptarla -siendo que saltaba como un loco siempre que le ofrecía cualquier objeto brillante-, pero al final la guardó en su bolsa.
-La ceremonia es a las nueve, Bella –le había recordado su madre aquella mañana-, al anochecer los jardines de Siberny están especialmente encantadores. ¡Ya verás que preciosas quedan las fotos!
El lugar en cuestión estaba bastante lejos de sus mansiones, en una zona de la campiña inglesa solo apta para familias de los Sagrados Veintiocho. Ni los muggles ni la gente impura podían encontrarlo, así que era el lugar ideal para que se reunieran los magos y brujas más buscados por el Ministerio. Puesto que la noticia de su boda se había extendido a petición de Voldemort (Bellatrix sospechaba que pretendía desviar la atención para poder actuar libremente), habían decidido celebrarla al anochecer, cuando los aurores y trabajadores del Ministerio hubiesen dado el evento por finalizado sin haberlo encontrado.
-Ahí estaré –había suspirado Bellatrix.
No pudo aparecerse, el sitio quedaba demasiado lejos. Tenían muy pocos trasladores, puesto que si los pedían en el Ministerio se delatarían. Aún así, todos los invitados disponían de uno que les devolvería a su hogar en caso de que apareciesen aurores durante la ceremonia. Bellatrix había guardado el que la llevaría a su nueva mansión y decidió ir volando. Se transformó en cuervo y disfrutó de sus últimas horas de libertad como soltera. Nunca le contó a nadie que era una animaga, solo su primo lo sabía y quiso creer que él no la delataría; sobre todo porque ella no le había delatado a él.
Cuando llegó al lugar accedió a la carpa que habían adecuado para que se vistiera, peinara y maquillara. Mientras lo hacía, fantaseó con varios escenarios en los que su primo irrumpía en la ceremonia y aseguraba que debía casarse con él. Pero finalmente sacudió la cabeza y aceptó la realidad.
-Te vas a casar con Rodolphus y vas a llevar tu apellido con el orgullo que merece –le había asegurado a su reflejo-. Servirás a Voldemort y…
Se dio cuenta de que era la primera vez en muchos años que pronunciaba su nombre. No sabía dónde estaría en ese instante. "Probablemente matando a algún muggle desarmado" pensó con sorna. No lo había analizado hasta ese momento, pero aunque su maestro era muy poderoso, no parecía muy valiente: mataba a muggles indefensos, asesinaba a familias de brujos armado con un ejército de al medio centenar de mortífagos… Además no compartía sus planes con nadie, no confiaba en ninguno de sus seguidores por mucho que se desvivieran por él.
-Eso por no hablar de su trato hacia las criaturas mágicas –murmuró Bellatrix aplicándose la sombra de ojos.
Eran solo herramientas para él. Incluso le había dado a entender que un unicornio no era más que una vasija con sangre muy valiosa. "¿Qué clase de monstruo mataría a un unicornio?" se preguntaba ella. Le extrañaba no haber pensado antes en esos asuntos que le hacían desconfiar de su maestro…
-Ya me preocuparé mañana, hoy tengo asuntos más importantes –había decidido desterrando el tema.
Se puso el vestido y aunque el blanco no era su color favorito, hacía juego con su piel nívea. Había estado dos semanas sin combatir en el club de duelo para que su piel no luciese heridas ni magulladuras (menores, porque siempre ganaba, pero aún así no eran agradables de ver). Así que en cuanto se maquilló y se peinó comprobó que estaba preciosa. Nunca creyó que se compondría así para casarse con quien solo era un amigo, pero bueno, podría ser peor…
-¡Cinco minutos, Bella! –la había avisado su madre- Ya están todos sentados. Ah, hola, Wally… De acuerdo, pasa, pero date prisa.
Druella salió de la tienda y entró Walburga. Era viuda desde hacía un par de meses pero eso no le había afectado mucho; desde que enterró a su hijo favorito ya no parecía que la vida le causase impresión. Abrazó a su sobrina y comentó que estaba guapísima. A Bellatrix le extrañó que por primera vez en meses la veía sonreír, profundamente emocionada. Dudaba mucho que su boda le provocase esa ilusión.
-He mandado a Kreacher a dejar en vuestra mansión el jarrón que os he regalado, ya verás qué preciosidad, ¡labrado a mano por hadas del este! –se había jactado Walburga.
Poco sabía la buena mujer que a su regalo le quedaban escasas horas de vida… Bellatrix le dio las gracias pensando que lo que le faltaba ya era que le llenasen la casa de abominaciones. Walburga la quería mucho, sobre todo desde que acompañó a Kreacher a una extraña cueva donde recuperaron el cuerpo de Regulus. Pero aún así seguía pareciendo demasiado eufórica.
-¿Por qué estás tan contenta, tía? –preguntó.
-Verás, yo… Es… Mira, no quería contarlo para no eclipsar tu boda, será un secreto entre las dos.
-Claro, ¿qué pasa?
-¡Es Sirius, por fin he recuperado a mi hijo! –exclamó con desbordante orgullo de madre.
-¿Per… perdón?
-Bueno, aún no lo he visto y supongo que tardaré en verlo, pero… Ya sabes que tengo un ahijado en el Departamento de Seguridad Mágica que hace de espía y me pasa información. Pues me acaba de mandar una lechuza urgentísima contándome que el Señor Oscuro llevaba meses buscando a los Potter para matar a su hijo…
-¿Por qué querría matar a un bebé? –preguntó Bellatrix extrañada.
-Me trae sin cuidado, supongo que porque será un mestizo deleznable. ¡El caso es que gracias a mi Sirius los ha encontrado por fin! Ha debido pasar algo ahí, no me he enterado bien, supongo que mañana vendrá en el Profeta… ¡Pero no le ha bastado con eso! Después ha huido y ahora lo está buscando el mejor equipo de Magos Golpeadores. Siempre fue muy listo, seguro que consigue huir… Ya sería buena que el mismo día que lo recupero me lo metan a Azkaban –rio con gusto Walburga.
Bellatrix se había quedado más blanca que su vestido. Nada de eso tenía sentido. Le hizo varias preguntas, pero su tía no sabía gran cosa. Mencionó a Peter Pettigrew, de quien Bellatrix no sabía casi nada, ni siquiera si se había unido a la Orden; pero Walburga no tenía más detalles. Entonces, Bellatrix tomó una decisión. Recuperó su capa de viaje y se envolvió en ella. Cogió su mochila y comprobó que Raspy siguiera dentro.
-¿Qué haces, Bella, por qué tanta prisa? No tienes buena cara, pero es normal. Yo el día de mi boda…
-Tía, necesito que me hagas un favor. Me voy a marchar y…
-¿¡Qué!? ¡Pero Bella, te deshonrarán, te…! –exclamó la mujer.
-Me metí a un lago maldito plagado de inferi para recuperar el cuerpo de tu hijo a quien protegí hasta el final, hasta que decidió actuar a mis espaldas. Así que te pido, por la memoria de Regulus, que me hagas un favor.
Walburga borró de su rostro la falsa sorpresa, el jolgorio y cualquier sentimiento impostado. Asintió sin decir nada y la escuchó con atención.
-Quédate aquí hasta que alguien venga a por mí. Cuando aparezca quien sea, dile que he tenido que usar el traslador para volver a casa porque se me ha olvidado la corona. Diles que como para venir aquí no tengo traslador, tendré que usar una escoba y me costará un rato. Entretenlos todo el tiempo que puedas, ¿de acuerdo? –preguntó la chica altamente nerviosa- Y sobre todo no les cuentes nada de lo de Sirius.
-De acuerdo, lo haré. Lárgate tú que todavía puedes –le dijo su tía dándole una palmada en la espalda.
Walburga era de sobras inteligente para saber cuándo no era momento de hacer más preguntas. Bellatrix salió de la tienda por un lateral y apretó el traslador junto a su pecho. En cuanto llegó a la mansión que compartía con Rodolphus, liberó a Raspy y le avisó de que volvería enseguida. Entonces corrió a la lechucería:
-¡Lechuza! –exclamó liberando al cuervo de Rodolphus- ¡Necesito que encuentres a Sirius! Sirius Black, ¿me entiendes?
Bellatrix rezó porque Sirius no hubiese eliminado su rastro mágico como hizo ella meses atrás. El animal ladeó la cabeza, pero pareció comprenderla. Se convirtió en cuervo y volaron juntos. Lechuza parecía algo desorientado, la magia de las aves que entregaban correo era una de las más misteriosas, pero aún así tomó una dirección. Visitaron primero el valle de Godric. Desde el cielo, Bellatrix observó la casa en ruinas y vio también como con sumo respeto la policía muggle sacaba el cuerpo de James Potter. De no ser por su rostro ennegrecido por el humo cualquiera diría que dormía apaciblemente.
Bellatrix no había tratado mucho con él, solo para insultarse o cuando los merodeadores necesitaban a Raspy. Aún así, se le encogió el corazón. No tenía sentido, ese chico era de sangre pura, ¿por qué había muerto? Escuchó a uno de los agentes que inspeccionaban la zona decir que había dado su vida por proteger a su mujer; Bellatrix estuvo segura de que Sirius habría hecho lo mismo. No tuvo tiempo para pensar más porque pareció que Lechuza encontraba otro rastro.
Echaron a volar en dirección contraria y pronto llegaron a Londres. En cuanto Bellatrix descubrió el panorama bajo ellos, le indicó con un graznido a Lechuza que había cumplido bien su misión. El animal respondió con otro graznido y se marchó. Ella descendió hasta posarse en una farola y analizó la escena: diez Magos Golpeadores más el idiota de Fudge que estaba varios bloques más allá desmemorizando muggles.
-Vamos allá –murmuró volviendo a su forma humana y subiéndose la capucha de la capa para cubrirse el rostro.
Primero aturdió a Fudge. El mago empezó a dar vueltas sobre su eje desorientado y se alejó por otra calle. Ninguno del escuadrón lo vio, estaban muy ocupados rodeando a Sirius. Bellatrix sabía que estaban adiestrados para tratar con magos y brujas peligrosos, no sería fácil. Comprendió entonces que llevaba toda su vida entrenando para ese momento. Podría haberlos inmovilizado por la espalda, pero…
-¿Dónde estaría la diversión? –murmuró con una sonrisa macabra.
Decidió empezar a lo grande. "¡Crucio!" exclamó apuntando al mago que iba a abalanzarse sobre su primo. Al instante cayó al suelo retorciéndose de dolor. Antes de que los otros nueve pudiesen apuntarla, dos se habían desplomado sin conocimiento.
-¡Le ordeno que…! –empezó uno arrojándole un hechizo aturdidor que ella esquivó.
El incarcerous que recibió le impidió terminar la frase. De los seis que quedaban, dos custodiaban a Sirius -que seguía riendo cual maniaco con los ojos cerrados- y los otros cuatro se aproximaron a ella por los flancos. Cuanto más cerca le lanzaran los conjuros, más difíciles serían de esquivar. Dejó que se aproximaran mientras desviaba sus ofensivas y cuando estuvieron suficientemente cerca… Con un gesto de su varita un anillo de fuego la rodeó y de él empezaron a surgir serpientes ígneas. Antes de arder entre las llamas, los cuatro magos se aparecieron para buscar refuerzos. Quedaban dos -los que sujetaban a Sirius- que al momento echaron a correr hacia ella. Mientras Bellatrix desintegraba los ataques de uno, el otro ya cansado gritó con rabia:
-¡Avada…!
Les habían dado permiso para usar las imperdonables con tal de acabar con los mortífagos. El puñal de Bellatrix voló y se clavó en su hombro derecho; lo suficiente para que soltase su varita pero no tanto como para matarlo al momento. La bruja se deshizo con rapidez del que quedaba y corrió hacia su primo. Les lanzó hechizos desmemorizantes a los seis magos que ahí había. Así la historia resultaría más difícil de reconstruir. Un segundo antes de que llegaran las unidades de refuerzo, agarró a su primo por la espalda y presionó de nuevo el traslador.
Aparecieron en la mansión de Bellatrix y Rodolphus. Sirius había dejado de reír, estaba confundido y mareado, sin comprender la situación. Su prima entró a la casa y se frotó la cara agotada, recorriendo los pasillos del que debería ser su hogar conyugal. Raspy salió a recibirla. Mientras caminaba presurosa hacia su habitación, el escarbato destrozó el jarrón de Walburga. Ella entendió que le sucedía algo, pero era un momento realmente malo, así que acomodó a su mascota en su mochila y llegó a su habitación. Recuperó del doble fondo oculto de su armario un bolso de viaje y empezó a revisar su contenido. Entonces Sirius la alcanzó por fin.
-¡TÚ! –exclamó apuntándola con la varita- ¿¡Crees que secuestrándome conseguirás que…!?
-No te he secuestrado. Te he salvado, imbécil, y no tenemos tiempo para esto o acabaremos los dos en Azkaban –murmuró ella guardando más cosas en el bolso.
-Es lo que merecemos, sobre todo tú. ¡¿Cómo pudiste?! ¡Cómo pudiste unirte a un asesino! ¡Habéis matado a… a…! ¡Los ha matado a los dos!
Bellatrix cerró los ojos y tomó aire profundamente. Iban muy justos de tiempo, pero necesitaba solucionar ese asunto para que Sirius cooperara.
-Nunca me uní a él, por eso soy la única a la que trata con respecto y jamás me ha torturado. Nunca llegué a tomar la marca y sigue intentando convencerme. ¿Ves? –murmuró mostrándole bajo la capa su muñeca impoluta- No hay marca. Llevo todos estos meses confundida, él no me cuenta sus planes, sé que está matando gente pero… Intenté impedir los casos de los que me enteré, pero de la mayoría ni me habló; yo no sabía nada de los Potter. Pero tampoco confío en Dumbledore, me he visto atrapada en una posición de la que no sé cómo salir…
-¿Y entonces por qué sigues con…? –preguntó él con desconfianza.
-Por Regulus, para protegerlo. Y después por ti. Temía que en algún momento Voldemort quisiera matarte por no unirte a él y quería estar cerca para impedirlo. Te salvé de varios ataques. No creo en nadie, no confío en nadie… pero nunca he dejado de quererte.
Lo comentó con frialdad y de un tirón. Como Bellatrix no comprendía bien los sentimientos humanos tampoco le parecía nada destacable confesar aquello. Era la verdad y la soltó tal cual porque no era ninguna cobarde. Fue una buena estrategia: su primo se quedó sorprendido con la boca a medio abrir sin saber qué decir.
-Siento lo de Potter, no merecía un final así –añadió sospechando que deseaba oír aquello-. Pero no servirá de nada que a ti te encierren por algo que no has hecho.
-¿Cómo sabes que no lo he hecho? –inquirió Sirius sospechando que cuando se conociera la noticia hasta Remus le consideraría culpable.
-Porque te conozco –respondió ella simplemente-. Tenemos que darnos prisa y largarnos de aquí, no sé cuánto tiempo podrá distraerlos tu madre.
-¿Mi madre? –repitió Sirius ya del todo desconcertado- Mira, Bellatrix, necesito tiempo para procesar todo esto. Es verdad que hubiese muerto antes que traicionar a James, pero de igual forma ha sido culpa mía, así que creo que debo ir a Azkaban. Tú te has casado con Lestrange, quédate con él. Tendrás una vida mejor que yo jamás te hubiese podido dar… pero mantente lejos de Voldemort.
Bellatrix sacudió la cabeza. Se abrió la capa y Sirius contempló atónito su vestido de novia.
-Ya es tarde para eso. Mis padres me advirtieron que o me casaba, o abandonaba la familia. Así que me tengo que ir. Al menos he podido asegurarme de que el compromiso de Cissy con el idiota de Malfoy ya está firmado… -suspiró
Su primo seguía inmóvil, con el cerebro entre abotagado y sobrecargado. Bellatrix escribió a toda velocidad una nota de disculpa para Rodolphus y la dejó sobre su cama. Después, miró a los ojos grises de Sirius por primera vez en muchos años y murmuró:
-Me tengo que marchar, lo planeé todo. Con lo único que no conté es con que tú ya no me…
Chasqueó la lengua con una sonrisa amarga. Después le dio indicaciones para que se pudiera marchar:
-Esta mansión está lo suficientemente cerca de Londres como para que te puedas aparecer en las afueras. Desde ahí puedes ir al centro y entregarte en el Ministerio o donde prefieras. Adiós, Sirius.
El mago se quedó paralizado observando como su prima se colgaba con cuidado la mochila de Raspy y cogía su bolso de viaje. Después, salió de la habitación.
Sirius no comprendía nada. Durante las últimas horas no dejaba de llevarse una sorpresa tras otra y no entendía ninguna. Se sentía muy cansado, incapaz de seguir, casi deseaba dejarse morir en Azkaban... Pero por otro lado, había un único pensamiento al que se había asido para intentar conservar la cordura. Uno más poderoso que la venganza.
-¡Yo también te quiero, Bella! –exclamó corriendo tras ella- Nunca he dejado de hacerlo, en todos estos años no he estado con nadie más. No entiendo lo que está pasando y sin duda tenemos muchas cosas que aclarar, pero… Si aún quieres que vaya contigo…
Bellatrix asintió lentamente mientras una pequeña sonrisa se formaba en su rostro. Le tomó de la mano y salieron por la puerta trasera de la mansión. La bruja sabía que sus padres (y también los de Rodolphus) la buscarían cuando se diesen cuentan del plantón, así que prefirió evitar la salida principal. Una vez al aire libre, soltó de las asas del bolso de viaje una cadenita de la que colgaba un peluche de un perro. Sirius comprendió que era un traslador, así que lo tocaron a la vez y desaparecieron.
Fue tarde cuando unos minutos después los Lestrange y los Black llegaron a la Mansión en busca de Bellatrix y solo encontraron una nota para Rodolphus. Él apenas pudo asimilar el dolor porque de repente irrumpió su hermano junto con su amigo Barty. Contaron muy alterados que decían por ahí que un bebé había matado al Señor Oscuro. ¡No podía ser verdad! Los tres mortífagos lo abandonaron todo y corrieron a investigarlo.
Mientras todos corrían de un lado para otro, en los encantadores jardines de Siberny, Walburga se sirvió un vaso de whisky y contempló el amanecer.
