Después de que Bellatrix le relatase todos sus proyectos, pasados y futuros, pasaron el primer día en su nuevo hogar sin moverse de la cama. Se quedaron ahí abrazados durante horas. Apenas hablaron, cada uno tenía en qué pensar: Sirius se debatía entre el terror de lo vivido la noche previa y la emoción de sus futuros planes. Se mortificaba por volver a experimentar algo parecido a la ilusión pocas horas después de que sus mejores amigos hubiesen muerto. Tenía ganas de torturarse y seguir gritando y chillando, pero eso no sería justo para Bellatrix. Le había conmovido profundamente que siempre hubiese contado con él.

Por su parte, la bruja únicamente pensaba en lo feliz que era. Había pasado años muy duros, en los que el riesgo de morir era perpetuo, y sí, lo había disfrutado. Pero también vivía sumida en un tormento y una angustia vital que detestaba. Ahora quería descansar y disfrutar de una vida elegida finalmente por ella. Entonces miraba a Sirius, que parecía hallarse muy lejos y se sentía culpable por no compartir su sufrimiento. Le dolía que fuese desgraciado y no saber cómo ayudarle, pero no lograba lamentar nada más. Ya había aceptado que había una parte oscura dentro de ella, aquello que Voldemort logró ver antes que nadie y que fomentaba su destreza en las artes oscuras. Pero quería pensar que no era mala, solo un poco obsesiva y dependiente.

-¿Tienes hambre? –preguntó Bellatrix a la mañana siguiente.

El día anterior se habían alimentado únicamente de barritas energéticas: una era como una comida completa. Bellatrix las había usado mucho en los últimos años, cuando el tiempo se volvió caro. Pero ahora que se había librado de sus cargas prefería volver a comer como una persona con papilas gustativas.

-No –fue la lacónica respuesta de Sirius.

Él solo se había comido las barritas por complacer a su prima. Oscilaba entre periodos de suma rabia y otros en los que no sentía nada en absoluto, y en ninguno prestaba atención a las comidas. Bellatrix lo comprendió y le dio su espacio, pero eso no quitaba que necesitasen comida.

-Aún así no es sano alimentarse mucho tiempo de esto. Podemos ir a comprar…

-No me apetece mucho salir.

-No hace falta que vayamos hasta Durbuy: a cinco minutos de aquí, en dirección contraria a la ciudad hay una granja. Creo que venden los productos básicos, yo no tengo ni idea de cocinar, pero creo que bastaría para comer unos días…

-Hacemos una cosa: tú vas a por la comida y yo cocino –propuso él-. A no ser que no quieras ir sola a la granja muggle, en ese caso te acompaño…

-No, no, no te preocupes, ya vendrás otro día. Voy yo y tú cocinas, me parece bien.

No quería presionarlo ni obligarlo a volver a la realidad antes de que se sintiera preparado. Se levantó y deshizo lo que le faltaba del equipaje: con un gesto de varita, la ropa salió de su bolso y se fue colgando en los armarios y distribuyendo por los cajones. Después se puso un jersey grueso blanco, unos vaqueros y unas botas forradas de pelo. Había renunciado al negro, su color favorito, porque intentaba alejarse lo máximo posible de su imagen habitual. A su primo le chocó verla con el atuendo muggle, pero le sentaba muy bien.

-Esta ropa es rara… -murmuró ella- No estoy acostumbrada a que vaya todo tan pegado al cuerpo…

-Créeme, tu cuerpo es para que todo se pegue a él –comentó él sin pensar.

Bellatrix le miró con una sonrisa nerviosa. No estaba segura de en qué punto de su reconciliación se hallaban: ni siquiera se habían besado. Sirius debió sentir algo similar, porque al momento añadió:

-Aunque me daría reparo intentar nada contigo, pareces una niña.

-¡Eh! –protestó ella mirándose en el espejo- ¡Si solo nos llevamos un año!

-No lo digo en el mal sentido, me refiero a que siempre has parecido mucho más joven de lo que eres. Seguro que en los bares te pedirán alguna identificación que acredite que eres mayor de edad…

-¡Ah, sí! –exclamó la bruja recordándolo repentinamente- También tengo de eso.

Volvió a rebuscar en su bolso y extrajo un sobre de plástico. Contenía un par de pasaportes, documentos de identidad e incluso carnets de conducir. En todos ellos ponía que se llamaban Isabelle Lesauvage y Thierry Lenoir, nacidos en Vigny, un pueblo próximo a París. También había alterado sus fechas de nacimiento para que nada coincidiera con los originales. Sirius los contempló admirado y Bellatrix le explicó la coartada que había inventado:

-Somos estudiantes y estamos escribiendo un libro sobre ciudades medievales. Hemos decidido venir una temporada a Durbuy para documentarnos porque es de las más famosas. Si luego nos tuviéramos que quedar más… -comentó la bruja deseando internamente que así fuera-, diríamos que nos hemos enamorado tanto del lugar que nos quedamos aquí. Nos conocimos en el colegio y desde entonces siempre hemos estado juntos. No queremos tener hijos porque son muy babosos. Nos gusta dar paseos por la noche y la pizza que siempre pedimos es la barbacoa.

Sirius abrió y cerró la boca varias veces. Su asombro ante el nivel de exhaustividad con el que Bellatrix había preparado aquello no dejaba de crecer. Al final optó por un comentario humorístico:

-En realidad mi favorita es la cuatro quesos, pero finjo que es la barbacoa para hacerte feliz.

Bellatrix rio y estuvo de acuerdo. Se puso el abrigo y se encaminó a la granja que vio en sus exploraciones previas de la zona. Seguía inquietándole hablar con muggles (le inquietaba incluso hablar con magos…), pero había adquirido cierta práctica durante los meses previos cuando compró ropa y enseres. Aún así seguía poniéndose nerviosa y se quedó paralizada durante diez minutos antes de atreverse a acercase a la ventana donde vendían productos a particulares. Esa timidez unida a su apariencia dio lugar a que la dueña la saludara con un:

-¡Hola, bonita! ¿Te mandan tus padres a comprar?

Bellatrix frunció el ceño y negó con la cabeza.

-No… Me he mudado aquí con mi novio y no tenemos comida… -explicó en un perfecto francés.

Tampoco es que eso de "Estamos solos y sin comida" sonase muy adulto, pero sirvió de explicación. Al descubrir que era nueva en el lugar y como apenas recibía clientes, la mujer le ofreció enseñarle la granja y mostrarle cómo trabajaban. Bellatrix quería negarse y abrió la boca para alegar que tenía prisa, pero se dio cuenta de que sería mejor conocer el lugar. Iban a pasar ahí bastante tiempo (o eso esperaba ella) y debía conocer su entorno y a sus vecinos lo mejor posible. Si las cosas se ponían feas debía saber con qué recursos contaba. Así que asintió.

-Perfecto, te encantarán los animales. Yo soy Nora ¿y tú?

-Isabelle.

-Encantada, Isabelle -respondió con una sonrisa maternal.

Por lo que le contó durante su visita, Bellatrix se enteró de que la granja la llevaban entre Nora y su marido Jack, ambos de unos cincuenta años. Contaban con tres empleados. Tenían una hija de su edad que estudiaba en Lieja. Respecto a los animales, criaban gallinas, ovejas y vacas. Bellatrix descubrió que con las criaturas muggles también se llevaba muy bien (a punto estuvo de esconder un corderito bajo su abrigo y llevárselo). Les daban unos cuidados extraordinarios y vivían rodeados varias hectáreas de campo para pastar y corretear. Que habitaran en tan buenas condiciones alegró a la bruja.

-Y aquí empiezan los cultivos, tenemos un agricultor que se encarga de trabajarlos. Cultivamos frutas y hortalizas variadas según la temporada –explicó Nora mostrándole los campos-. Como me gusta mucho cocinar, también vendemos dulces y platos preparados por encargo. Con que me avises con un día de antelación, tendré preparada la comida que necesites.

-Bueno, tenemos poco dinero… -reconoció Bellatrix- De momento solo quiero llevarme los productos básicos.

-Claro, por supuesto, te voy a preparar un lote.

Viendo que no tenía claro ni qué productos quería, la mujer se hizo cargo de la situación y le preparó a Bellatrix un surtido variado: media docena de huevos, queso, mantequilla, pan, patatas y varias piezas de fruta y verdura. También le empaquetó un pastel de chocolate típico de Bélgica y una empanada de carne. Se lo preparó todo en dos enormes bolsas de tela.

-Espero que puedas con tanto peso… Suerte que vives cerca. El pastel y la empanada te los regalo para que los probéis.

Bellatrix se intentó negar recodando la máxima de su padre de "Nadie da nada por nada", pero no hubo lugar. Nora le aseguró que le recordaba mucho a su hija y que así se aseguraba de que volviera a comprarles a ellos. En invierno las ventas bajaban ya que con el frío e incluso la nieve poca gente se acercaba a la granja. Así que les venían bien clientes nuevos. Finalmente Bellatrix aceptó y pagó el resto. Se lió un poco con los francos (ya le costó comprender la libra muggle como para adaptarse a los francos luxemburgueses), pero al final lo consiguió. Se despidió de Nora y se marchó.

En cuanto salió de la granja utilizó un hechizo para reducir el peso de las bolsas: le había dado tantos productos que apenas podía levantarlos. Los cinco minutos que la separaban de su casa los dedicó a hacer cálculos económicos. Llegó a la conclusión de que salía bien de precio comprar ahí. Eso calmó un poco su angustia de que no pudieran darse vida los dos solos. Aunque seguía extrañándole la amabilidad de la mujer, ¿realmente los muggles serían buenos sin motivo?

-¿Siri? –preguntó la bruja dejando las bolsas en la cocina.

-Aquí –murmuró Sirius que acababa de ducharse-. ¿Qué tal ha ido?

Al verlo con el pelo mojado y la toalla enroscada en la cintura, Bellatrix se dio cuenta de que su primo ya no era el chico rebelde y burlón que conoció. Se había convertido en un hombre; en un hombre al que ella deseaba bastante. Pero aún no era el momento.

-Ha ido muy bien. Bueno, me ha costado un poco atreverme a entrar… La granjera ha sido amable. Pero tendrás que guardar tú la comida, yo no sé cómo funcionan los hechizos para conservar en frío y todo eso.

-Estoy orgulloso de ti –murmuró Sirius con una sonrisa-, ahora la guardo y preparo algo.

Bellatrix asintió aliviada de que al menos Sirius se forzara a realizar esas pequeñas tareas. Ese era el camino para empezar a recuperarse. Cuando el animago pasó junto a ella para vestirse, la bruja reparó en el vendaje que lucía sobre su brazo.

-¿Qué es eso? –inquirió- ¿Llevas una herida? Quítate eso, con esos hechizos sí tengo mucha práctica.

-No, no, tranquila –se apresuró a responder él apartándola con suavidad-. Esto ya está curado.

El animago le agradeció el ofrecimiento y se escabulló al dormitorio. A Bellatrix le extrañó, pero decidió no darle más vueltas, debía confiar en él.

-¡Oye, esto está buenísimo! –exclamó la bruja cuando probó los huevos fritos con patatas.

-Tu sorpresa me ofende, peque –comentó Sirius con una débil sonrisa.

Él apenas comió, pero le hizo feliz que a su prima le gustase. Ese fue el único esfuerzo que realizó. El resto del día se sentó en el asiento de la ventana y observó el bosque. Bellatrix optó por ir a la ciudad a dar un paseo. Más que por deseo –el clima frío y húmedo no invitaba a salir- lo hizo por darle espacio a su primo. Quizá así podría llorar, chillar o lo que necesitase para ir asumiendo sus traumas. Esos rituales expiatorios ella prefería realizarlos en soledad, así que supuso que él también.

Lo pasó bien. Se llevó a Raspy en el bolsillo y por el camino fue recogiendo las plantas más jugosas que le gustaban para comer al escarbato. En Durbuy tampoco exploró mucho, deseaba hacerlo con Sirius. Aunque fuese solo un paseo por una ciudad (casi pueblo) muggle sentía que cuando lo hiciese con su primo sería un paso más que asentaría su nueva vida. Y eso le gustaba.

Cuando volvió a casa Sirius le había preparado la cena. Ambos hacían lo mismo: mostrar esos pequeños detalles con el otro para manifestarle que si bien la situación les superaba, estaban juntos y se querían. Era más fácil (y más práctico) hacerlo así que con palabras.

A la mañana siguiente, cuando dieron las once y Sirius todavía no había abierto el ojo, Bellatrix sospechó que su primo no quería despertarse. Y sabía por qué. Se sentó en su lado de la cama, le acarició el rostro y le besó en la mejilla. Él abrió los ojos, que seguían anegados de dolor, pero dibujó una suave sonrisa para ella.

-Probablemente es lo último en lo que quieres pensar… Pero feliz cumpleaños, Siriusín. Me alegro de que cumplas los veintitrés estando aquí conmigo.

El animago no respondió, pero la abrazó por la cintura y la obligó a acostarse de nuevo junto a él. Unos minutos después, con cierta duda, Bellatrix invocó su bolso y extrajo un paquete. Era un álbum de fotos fabricado a mano.

-No sé si es buena idea, pero… No puedo gastar dinero en un regalo bonito… -confesó avergonzada- Te lo empecé a hacer durante el sexto curso, con fotos que robé de las que usaban para el anuario y algunas de las que nos hicimos en los veranos y en nuestras escapadas. Pero también hay fotos con tus amigos…

No con todos. Tras los últimos acontecimientos Bellatrix había eliminado las fotografías en las que salía Pettigrew. Pensó en hacer lo mismo con Potter, para que no doliera tanto, pero quizá Sirius prefería tener algún recuerdo. El animago aceptó el obsequio con manos temblorosas y lo abrió. Como él y James eran los más populares del colegio, los alumnos encargados de las fotografías les disparaban instantáneas continuamente. Así que había bastante material. Cuando vio la primera, en la que James aparecía con su uniforme de capitán y él le chocaba la mano con orgullo, sus ojos se anegaron.

-Estas mejor míralas más adelante –le interrumpió su prima pasando varias páginas-. Mira, estas son del fin de semana que pasamos en la cabaña de la abuela Irma. Y esas de cuando me llevaste al parque de atracciones muggle.

Sirius las contempló perdiéndose en sus recuerdos. Rememoraron en silencio esas vivencias y muchas otras. Cuando llegaron a las últimas páginas, Bellatrix le confesó que pertenecían al séptimo año, cuando se separaron y ella se quedó sin material.

-Pero no quería dejarlas en blanco, así que bueno… Las llené con Raspy.

-¿Has llenado diez páginas con fotos de tu escarbato? –inquirió Sirius pasando las hojas.

En una Raspy llevaba un gorrito de cumpleaños y engullía una tarta vegetal. En otra lucía el jersey que le regaló Sirius y estaba sentado en la ventana de Bellatrix en la Mansión Black contemplando el cielo pensativo. En una del club de duelo, un mago yacía inerte en el ring (Sirius quiso creer que desmayado) y Raspy se había subido encima alzando los brazos con expresión victoriosa como si le hubiese derrotado él. Eran adorables y muy graciosas.

-Sí, no tenía otra cosa y Raspy posa muy bien… ¿No te gustan?

-Es el mejor regalo del mundo –susurró él dándole un beso en el cuello-, ahora es lo único que me queda de mis amigos... Muchas gracias, peque.

Bellatrix sintió un escalofrío de placer. Le encantaban (a la vez que la ponían nerviosa) esos pequeños gestos de afecto. Sospechó que el nuevo plan de Sirius era pasar el día en la cama abrazado al álbum. Así que ella se levantó y preparó el desayuno: cortó dos rebanadas del pastel de chocolate y calentó dos tazones de leche. Fue la primera comida que preparaba en su vida y se sintió muy orgullosa. Avisó a su primo que acudió a la mesa.

-Este pastel es mejor que los de Hogwarts. Qué amable la mujer que te lo regaló… -murmuró Sirius-. Ah, tendremos que comprar whisky para echar en la leche, en el zumo o…

-No –sentenció Bellatrix con firmeza-. No vamos a volvernos alcohólicos, Sirius. ¿Sabes que muchos de los mortífagos aceptaron tomar la marca tras varios vasos de whisky? Cuando se dieron cuenta, ya habían aceptado el ritual y Voldemort los tenía bajo su poder para siempre. Todos los alcohólicos que he conocido son estúpidos.

-Bueno, pero… -empezó Sirius sorprendido por su vehemencia.

-Me parece bien una copa de vez en cuando, pero vamos a tener que buscar el sentido de la vida en algo más inteligente que el alcohol.

Bellatrix jamás pensó que se escucharía decir esas palabras, pero estaba decidida a que todo saliese bien. No iba a permitir que Sirius se refugiase en la bebida para soportar el dolor, muchas familias de sangre pura se habían hundido por ello. Además, ella no necesitaba ninguna sustancia estimulante: su ansiedad funcionaba estupendamente. Sirius iba a comentar que él controlaba perfectamente su ingesta de alcohol, pero en ese momento una pequeña lechuza se posó en el alfeizar de la ventana.

-¿No decías que nadie podía encontrar la casa? –preguntó casi con un escalofrío, pues hacía años que las lechuzas solo portaban malas noticias.

-Es Carper, puedes llamarla Carpy –murmuró la bruja abriendo la ventana-. La rescaté en uno de los viajes navideños a Francia con mis padres. La tenía un mago bastante zumbado que se dedicaba al cultivo de plantas venenosas, mi madre le compraba para sus pociones. La pobre Carpy siempre estaba enferma por entrar en contacto con ellas… Un día la liberé y casualmente al mago lo mató una tentácula venenosa.

-¿Casualmente?

-Es una planta ilegal, él decidió tenerla –respondió la bruja encogiéndose de hombros-. Liberé a Carper en un bosque de Lille, una ciudad de Francia pegada a la frontera con Bélgica. Y mira, ahora nos será útil.

La lechuza soltó un periódico viejo sobre el regazo de Bellatrix y se posó sobre la repisa de la chimenea para entrar en calor.

-Como en este país no venden el Profeta, Carpy nos lo traerá de Francia. Aunque tiene que ser muy discreta para que nadie pueda seguirla. Intentará traer un ejemplar por semana, creo que con eso bastará para hacernos idea de cómo va en…

Se interrumpió en seco al desplegar el diario y ver la noticia de portada.