-Siri, ya está el desayuno –susurró Bellatrix suavemente.

En realidad solo calentaba dos vasos de leche y cortaba dos trozos de bizcocho; preparar café, té o zumo resultaba demasiado complejo para ella. Pero aún así estaba orgullosa y se ocupaba de ello cada mañana, puesto que Sirius ya hacía la comida y la cena (con bastante más profesionalidad).

-Voy –murmuró Sirius desperezándose.

Bellatrix abrió la ventana para ventilar el cuarto y su primo comprobó que aún estaba amaneciendo. Después desayunaron, se vistieron con ropa cómoda y cogieron todo lo necesario para la jornada de exploración. Mientras cruzaban el camino que llegaba al bosque, Bellatrix observó un extraño bulto en el pantalón de su primo.

-¿Qué llevas ahí?

-Mi pepino –declaró él con una sonrisa.

-¡Sirius, por favor! No hagas chistes sucios delante de Raspy, que solo tiene diez años.

-¡Diez años ya! –exclamó Sirius- Cómo pasa el tiempo… Y no era un chiste, es mi pepino.

Efectivamente extrajo de su bolsillo una larga hortaliza que Bellatrix contempló empezando a dudar de su salud mental.

-¡Ningún kappa me va a pillar desprevenido! –exclamó Sirius orgulloso.

-¡Ah! –exclamó la bruja recordando la conversación que tuvieron sobre cómo defenderse de esas criaturas- Muy bien, Siri, podría salvarte la vida, pero aquí no hay kappas. Son demonios japoneses peligrosos y no quisieron traer ninguno al santuario.

-Eso es lo que ellos quieren que creas, peque… Pero no te preocupes, ahora estás a salvo: ¡te protegeré con mi superpepino!

Bellatrix mostró una amplia sonrisa, con los ojos entrecerrados porque los primeros rayos del sol acariciaban su rostro y se reflejaban sobre su melena oscura. Sirius pensó que era el amanecer más bonito que había visto en muchos años. Ella pensó que si Sirius podía bromear con pepinos es que estaba bastante mejor. Por su parte Raspy ya había entrado al bosque y había empezado a escarbar y a olfatearlo todo.

Los Black pasaron muy buena mañana. La bruja le presentó a las criaturas con las que mejor se llevaba, le enseñó los cultivos de ingredientes más raros, le mostró sus rutas favoritas… Se sentía inmensamente feliz de poder compartirlo por fin. Volvía a ser como cuando eran niños y vivían juntos miles de aventuras que se inventaban; solo que ahora la aventura era real.

-¡Mira, ese es el macho de la pareja de hipogrifos! Pero no te acerques, van a tener crías el mes que viene y no dejan a nadie acercarse –explicaba Bellatrix-. Esa zona de cuevas de ahí es el hogar de los uros, estos días están invernando. Ese es el lago más grande que hay, pero con la gente del agua apenas he establecido contacto, son bastante hostiles…

No lo fueron con Sirius. De hecho, cuando Bellatrix volvió de recoger los pelos del demiguise, encontró a su primo conversando con tres sirenas. Las hermosas criaturas con cabellos multicolores estaban apoyadas sobre unas rocas de la orilla y escuchaban al animago batiendo sus largas pestañas con gesto coqueto.

-Y así fue como James y yo hicimos que Quejicus…. –les relataba Sirius.

-Ten cuidado –le advirtió Bellatrix-. Las sirenas seducen a los hombres y los arrastran al fondo del mar. Además, hablan sirenio, no entienden una palabra de lo que les cuentas.

-Ya lo sé –respondió su primo-. Pero es que creo que las he seducido yo a ellas.

Bellatrix puso los ojos en blanco ante su arrogancia. Pero comprobó que era verdad. Las criaturas no intentaron atacarle en ningún momento. De hecho, le regalaron caracolas y plantas de las profundidades del lago que de otra forma jamás podrían conseguir. A la bruja eso le interesó, serían útiles para pociones, pero también sintió celos.

-Vale, ya está, ya has hecho nuevas amigas. Ven a ver si encontramos al unicornio.

Sirius sacudió la mano ante las sirenas y ellas murmuraron algo en su idioma. Él lo repitió confiando en que fuese alguna palabra de despedida. No supo si era así, pero como las sirenas le miraron aún con más embeleso se dio por satisfecho.

-Nunca había ligado con alguien que no tuviera pies –comentó orgulloso.

Su prima ocultó una sonrisa. No le hacía gracia que tratase con esas criaturas, pero a la vez sentía que poco a poco iba recuperando al Sirius alegre y despreocupado de su adolescencia. Estaban caminando por una zona de árboles muy altos cuando una sombra los cubrió y Bellatrix exclamó:

-¡Mira, ese es Byron!

Sirius alzó la vista. Se trataba de un dragón de color blanco grisáceo y ojos rojos. Parecía más lento que otras razas y su envergadura era mayor (y eso que apenas tenía medio año de vida). Resultaba muy amenazante y Sirius no pudo evitar dar un salto hacia atrás agarrando a su prima y profiriendo un grito. El animal no se detuvo al verlos, no pareció molesto por su presencia. Así que el mago decidió tomarlo con una gran primera toma de contacto: seguía vivo, ya estaba bien.

-Perfecto, son casi las dos, podemos marcharnos ya… -murmuró la bruja comprobando su reloj- ¡Mira! Raspy y su tropa.

Sirius se giró y vio que el pequeño escarbato iba seguido de media docena de congéneres. Esos escarbatos eran más grandes que él y todos tenían el pelaje oscuro. Sin embargo Raspy parecía haberse erigido como líder. Todos le entregaron pequeños manojos de pelo de unicornio y a su vez él se los entregó a su dueña. "¿Lo has pasado bien, pequeñín?" preguntó Bellatrix agachándose junto a él. Guardó los pelos y los felicitó por su trabajo. Sacó de su bolsillo unas golosinas para escarbato y les dio una a cada uno. Todos hicieron ruiditos de felicidad y las devoraron. Después, profirieron más sonidos mirando a Raspy (los Black supusieron que era su "¡Hasta mañana!") y se marcharon a sus madrigueras.

-¿No te parecen lo más adorable del mundo? –preguntó Bellatrix alegremente mientras emprendían el camino de vuelta- Raspy ha conseguido que le ayuden a recolectar ingredientes y se lo pasan muy bien.

-Quizá lo segundo más adorable… -respondió él contemplándola una suave sonrisa.

Cuando la bruja comprendió que se refería a ella, se puso de puntillas y le besó en los labios. Fue apenas un roce rápido, pero era la primera vez que se besaban en más de tres años. Sirius se quedó paralizado durante unos segundos, pero enseguida comentó con indiferencia:

-Vaya choque de labios desastroso… Mejor que lo hagamos bien.

La acercó a su cuerpo y la volvió a besar, esta vez con el cariño y la pasión que merecía, acariciándole la mejilla mientras ella se aferraba a sus hombros. Ambos recordaron que exactamente así fue su primer (doble) beso y sintieron que de alguna forma volvían a comenzar. Sirius sintió por fin que la herida empezaba a sanar.

-Mira, Carper ha traído el Profeta –comentó Bellatrix al ver a la pequeña lechuza apoyada en el alfeizar de la ventana.

Era el tercer ejemplar que recibían y resultaba casi surrealista lo bien que parecía ir todo en el mundo mágico. Sí, seguían apareciendo sus carteles de Azkaban y el Ministerio insistía en que estaban muy cerca de atraparlos… pero apenas les dedicaban ya una columna. El resto del periódico estaba repleto de noticias cotidianas y nada emocionantes, justo lo que el mundo necesitaba: normalidad. Habían dado por muerto a Voldemort y el plan era vivir como si nunca hubiese existido y reinstalarse en la antigua normalidad.

Mientras la bruja se duchaba, su primo preparó la comida. Bellatrix no se atrevía a sugerirle hacer algo juntos esa tarde, ya era un progreso enorme haber conseguido que la acompañara al bosque. Así que decidió hacerlo con sutileza:

-Si algún día te apetece podemos ir a la ciudad y así te lo enseño. Aunque bueno, no he explorado mucho, esperaba hacerlo contigo.

-Podemos ir esta tarde. ¿O tienes ya algún plan?

-No, genial, vamos esta tarde –decidió ella-. Así podemos comprar alguna otra comida si está bien de precio, de momento solo he comprado en la granja… Tienes que venir un día, Nora y Jack son muy amables. Y este domingo podemos ir al mercadillo mágico de Lieja.

Sirius asintió sonriente al ver lo bien que se adaptaba su novia a la vida entre muggles. Claro que si se había adaptado a su tirana familia y a Voldemort cualquier cosa era ya pan comido… Después de comer Sirius se encargó de organizar los ingredientes que habían recolectado mientras Bellatrix proseguía con sus estudios y lecturas. Un par de horas después tomaron el camino empedrado que llevaba a Durbuy.

Era una ciudad muy pequeña, casi un pueblo, y eso creaba una intimidad y una serenidad palpables en cada ruta. La naturaleza asomaba por todas partes: en los balcones de las fachadas de piedra adornadas con flores, en el río que cruzaba la localidad, en los amplios jardines, en los bosques que lo rodeaban… Pasearon por sus calles de estilo medieval, visitaron algunas tiendas de artesanía y babearon ante los escaparates de las pastelerías.

-Podemos tomar algo –ofreció Sirius.

-Nah, prefiero pasear –respondió la bruja.

Él no insistió. A ambos se les hacía raro no tener dinero para poder comprarse lo que les apeteciese, era uno de los pocos problemas que nunca habían tenido. Sirius estaba acostumbrado a darse caprichos; Bellatrix no, prefería ahorrar, aún así le incomoda saber que ahora no tenía esa opción. Así que continuaron recorriendo la ciudad. Reinaba una calma y un encanto con los que ninguno de los dos había convivido jamás.

-Es precioso –murmuró Sirius casi embelesado.

Era extraña esa sensación: volver a percibir la belleza. Comprobar que el mundo que para él había tornado gris empezaba a recuperar color. Sí, las imágenes de la siniestra noche de Halloween se repetían en su mente, pero ahora había otras que las eclipsaban. Pasear por esa pequeña ciudad de cuento de la mano de Bellatrix era algo tan sencillo y a la vez tan hermoso que nunca lo creyó posible. Desde luego no los habían criado para esa vida…

Fue un día perfecto para Sirius. Tanto el trabajo en el bosque como el paseo por la ciudad resultó una experiencia tan terapéutica que desde entonces la repitieron cada día. El viernes Bellatrix aceptó incluso sentarse en una terracita a tomar un chocolate. Algunas noches Sirius salía a correr en forma de perro, Raspy le acompañaba alegremente y Bellatrix se convertía en cuervo para volar junto a ellos. Disfrutaban de la libertad como nunca antes.

Sirius empezó a sentirse como Ulises en la isla de Circe: empezaba a olvidar su pasado y también su obsesivo futuro de venganza. Se dio cuenta de que fácilmente podría adaptarse a aquel lugar de ensueño y olvidar todas sus desgracias y venganzas. Que se encargaran otros, él ya había sufrido bastante. Y por supuesto su prima estaba más que dispuesta a apoyar ese plan.

-¿Así qué tal estoy? –preguntó la bruja mirándose en el espejo del baño.

-Terriblemente adorable –declaró Sirius.

Llevaba un vestido lila, sus botas peludas favoritas y un abrigo bastante grueso. No se había llevado nada de maquillaje en su huida, así que lucía su rostro casi infantil. Esa mañana iban a visitar por fin la zona mágica de Lieja (el lugar más próximo con un barrio exclusivamente de magos y brujas) y era importante distanciarse lo máximo posible de su imagen pasada. Por el comentario de Sirius dedujo que lo había conseguido. Él llevaba unos vaqueros con un jersey y un abrigo parecido al de Bellatrix. Raspy llevaba un nuevo jersey de perritos que le había fabricado Sirius transfigurando uno suyo.

-Perfecto, dame la mano que voy a aparecernos.

Surgieron en la Avenida del Augurio, muy similar al Callejón Diagon. Multitud de magos y brujas paseaban por el lugar y se agolpaban en las tiendas. Acostumbrados a la calma de Durbuy, el bullicio, el tamaño y las aglomeraciones de Lieja les resultaron molestas.

-Con qué facilidad te acostumbras a que te dejen en paz –comentó la bruja.

Sirius estuvo de acuerdo, jamás había pensado que él prefiriese una vida reposada en el campo. Pero ahora, cada vez que recordaba que de no ser por Bellatrix estaría en Azkaban, disfrutaba enormemente del canto de los pájaros por la mañana, del cielo estrellado por las noches y de poder andar besuqueando a su novia por todas partes.

-Mira, ese es el Banco, ahí puedes cambiar tu dinero –le indicó Bellatrix.

El día en que huyeron Sirius llevaba encima cincuenta galeones. Le resultó curioso: la misma cantidad que le robó a Walburga el día que se fue de casa. Como ahora iban justos de dinero, quería cambiarlos por monedas muggles. Así que entraron al Banco Mágico, también regentado por duendes. Era mucho más pequeño que Gringotts aunque de mecanismos muy parecidos. Apenas les costó cinco minutos.

-Mira, una tienda de animales. Vamos a comprar golosinas para escarbato, aunque aún me quedan prefiero tener provisiones.

-Sí, cuanto menos vengamos a la zona mágica, mejor –comentó su primo-. Pese a todo podría reconocernos alguien…

Irracionalmente miraba con odio a toda esa gente. Se los veía tan felices y despreocupados, con sus tiendas coloridas y escaparates anunciando ofertas… Mientras que el Callejón Diagon seguía destruido tras los ataques de Voldemort porque ningún país quiso mandar ayuda. Sabía que era absurdo culpar a Bélgica, de hecho era la única con la que Inglaterra no tenía relaciones… pero Sirius sentía un inmenso odio cada vez que recordaba a los Potter. Aún así estrechar la mano de su prima le tranquilizaba.

Compraron las chucherías para escarbato y después vagaron un rato para familiarizarse con las tiendas de la avenida. Entraron al "Druida Natural" -la botica donde se vendían pociones e ingredientes- para hacerse una idea de cómo iban los precios ahí. Todo estaba cubierto de estanterías con pociones burbujeantes, tarros con plantas, viales con líquidos indefinidos… El dependiente era un mago de unos sesenta y pico años cubierto de falsa amabilidad.

-Buenos días, pareja. ¿Les interesa comprar alguna sustancia? –les preguntó con voz melosa.

-No, vender –respondió Sirius.

-Estupendo, estupendo… Nuevos proveedores… ¿Será solo esta vez o de forma regular? ¿Viven por aquí?

-De momento estamos tanteando el mercado –informó el animago-. ¿Puede indicarnos cuáles son las sustancias más solicitadas?

-Muy bien… Vamos a ver… –murmuró desenroscando un pergamino- El pelo de abraxan os lo pagaría a quince galeones los cincuenta gramos, el de unicornio a veinte y el de demiguise a veinticinco. Un galeón por cada cinco escamas de dragón. La piel de serpiente depende de la raza, claro… pero el estándar sería a diez galeones medio kilo. Esas son las sustancias más cotizadas actualmente, pero mire, llévese este folleto en el que indica los precios de todas y también de las plantas.

Sirius contempló la lista de precios mientras hacía cálculos mentalmente. Un galeón eran más o menos cinco libras y la libra iba parecida a la moneda de Luxemburgo… Con lo que tenían podrían ir tirando cada mes. Sin lujos, desde luego, pero le alivió calcular que más o menos podrían sobrevivir. Entonces Bellatrix miró al dependiente a los ojos y habló por primera vez:

-¿Y la sangre? ¿A cuánto paga usted la sangre de uro o de unicornio? ¿Y el cuerno de erumpent? ¿El veneno de serpiente?

-Todo eso son sustancias prohibidas, señorita –le indicó el dependiente mirándola con recelo sobre sus gafas-, y muy peligrosas.

Bellatrix soltó una carcajada y respondió:

-Esas semillas que tiene usted en un rincón casi escondidas pero no lo suficiente porque necesitan recibir doce rayos de sol al día son de la planta tropical de los muertos. Su importación está prohibida puesto que está casi extinta. Todas esas plantas de ahí –continuó señalando una estantería- no han sido cortadas con magia sino con instrumentos muggles, lo cual me hace suponer que hace negocios de plantas mágicas con gente no mágica. Eso que usted vende como ojos de tritón son en realidad bazos de duende, mucho más baratos y completamente inútiles. El pomo de su puerta tiene el maleficio igneus, que corroe la piel de quien lo toca cuando usted lo activa; supongo que será por si alguien intenta robarle… Y todo eso, señorito, es ilegal.

El hombre la miraba entre la rabia y la incredulidad.

-Por eso estoy segura de que si le traigo un vial de sangre de uro usted lo comprará sin hacer preguntas y correrá a venderla a sus traficantes de confianza. Así que, de nuevo, ¿a cuánto paga esas sustancias?

-¿Quién eres? –susurró el vendedor con renovado respeto.

-No soy auror. Es todo lo que necesita saber.

Sin decir nada, de un cajón con cierre de seguridad el vendedor sacó otro papel. En ese los nombres de las sustancias estaban en clave y se borraba si se le aplicaba algún encantamiento revelador. Pero estaban los precios de todo lo que había sugerido Bellatrix y de varias sustancias ilegales más. Estaban muy bien pagados, probablemente porque debías arriesgar tu vida para conseguirlos y eran realmente escasos…

-Muchas gracias, volveremos pronto –se despidió Bellatrix.

-Será un placer hacer negocios con usted, Madame –aseguró el dependiente.

Bellatrix mostró una sonrisa torcida. Para pasar de ser tratada de "señorita" a "Madame" solo le había hecho falta ser experta en artes oscuras… Vaya mundo retorcido. Aún así quedó satisfecha.

-Joder, ha sido impresionante –murmuró Sirius.

-Bah, tenías que ver cuando negociaba con mis hermanas para que se ocuparan de mis tareas… Ven, vamos a ese bar, podemos usar su red flu y acceder al mercadillo mágico. Así vemos qué precios tienen ahí y comparamos.

El mercadillo al aire libre les resultó mucho más agradable. Era una especie de prado en lo alto de una colina protegida de los muggles con múltiples encantamientos. Diversos brujas y magos tenían pequeños puestos en los que ofertaban comida, artefactos mágicos caseros, ropa hecha a mano y también pociones e ingredientes. De estos últimos había pocos, lo cual era bueno para ellos. Sirius enseguida trabó amistad con una pocionista que le presentó a la organizadora del mercadillo.

-Tenemos lista de espera… –les informó la bruja- Pero como ustedes parecen de confianza puedo colarlos. Para poner el puesto deben abonar cinco galeones y ya pueden estar toda la mañana y vender lo que quieran. Tan solo mándenme una lechuza dos días antes para organizarlo.

-Muchas gracias –respondió el animago con su sonrisa encantadora.

Bellatrix puso los ojos en blanco. "Si le vuelves a sonreír así creo que te lo deja gratis" le susurró con frialdad. "¿Y eso es malo, peque?" preguntó él haciéndose el inocente. Su prima le dio un codazo enfadada.

-Oye, cada uno tiene sus técnicas: tú utilizas tus conocimientos de artes oscuras y yo empleo mis artes de seducción.

Era tan idiota que a Bellatrix le hacía gracia, así que tuvo que aceptarlo. Empezó a hacer cálculos:

-Bueno, creo que la semana que viene ya tendremos suficientes ingredientes como para pagar el puesto y que salga rentable… Aquí podemos poner nosotros los precios y venderlo un poco más caro que en la tienda. Aunque las sustancias ilegales se las llevaremos a él, por supuesto.

-Como tú digas –respondió Sirius sonriente sin soltar su mano-. Tú eres la genio en los negocios y yo la imagen sexy.

"Tú lo que eres es tonto" le susurró Bellatrix justo antes de besarle. Mientras, Raspy, que imitaba las artes de seducción de su padrino, había conseguido que le diesen golosinas gratis en varios puestos. A Bellatrix le alivió comprobar que hasta ese momento los tres habían vivido como millonarios, pero ahora que no lo eran, sabían adaptarse a las circunstancias.