-Bella, eso es muy siniestro… -murmuró Sirius al oírla sisear en parsel.
-Calla –le chistó ella-, me va a dejar ordeñarla.
-Eso es aún peor.
La primera vez que en el bosque Bellatrix le informó de que necesitaba ayuda para ordeñar a una serpiente, Sirius casi vomitó. Hasta que su prima le explicó que consistía en sujetar la boca del animal para extraer su veneno. Eso le dio miedo, pero un poco menos de asco. La bruja utilizaba unos guantes de piel de dragón que la protegían en caso de mordeduras o salpicaduras.
-Esos guantes son muy caros, ¿dónde los compraste?
-Se los robé a Hagrid durante el último año–respondió ella despreocupada-, yo necesitaba ahorrar.
-¡Bella! –protestó él.
-Bah, el viejo Dumby lo adora, seguro que le compró unos mejores.
Él puso los ojos en blanco pero no replicó. Desde luego vistas las criaturas con las que trataban cualquier protección era bienvenida. Hubo de reconocer que la bruja tenía un don con esos reptiles. Conseguía que casi todas le cedieran el veneno a cambio de que las ayudara con la muda o asuntos similares. Y a ella se le daba muy bien, adquirió práctica con Nagini.
Ya tenían el mapa trazado por completo y docenas de animales y plantas registrados. Les era muy útil. A Sirius en concreto para alejarse en cuanto veía a alguna serpiente. Además de que no le eran agradables, se sentían menos amenazadas si veían solo a Bellatrix. Así que él mientras se ocupaba de otras criaturas.
-Buenos días, amigas, ¿cómo estáis? –preguntó en sirenio sentándose al borde del lago.
Ya hablaba algo del idioma de la gente del agua. Bellatrix disponía de una colección de libros sobre las lenguas de las diferentes especies (sirenio, duendigonza, pársel…) y él había hojeado el volumen de sirenio. Lo practicaba casi a diario con las sirenas que moraban en el profundo lago del bosque. Había conocido al menos a una docena. Alguna se acercó a él con intenciones poco nobles, pero el resto las frenaron porque Sirius les caía demasiado bien como para ahogarlo y devorarlo. Además era una raza muy orgullosa y apreciaban que el mago se esforzase en aprender su lengua. Ellas también trataban de memorizar palabras básicas en idioma humano.
-Enfadadas… -respondió una de larga cabellera azul- Sirenos roban peines que nos regalas.
Los sirenos eran más tímidos que las hembras y no salían a la superficie. Pero al parecer disfrutaban igual peinando su cabello y les fascinaban los objetos que fabricaba Sirius.
-¡No hay problema! –exclamó el animago- Puedo conseguiros todos los que queráis y más bonitos que los otros. A ver…
Cogió la piedra más cercana y con un giro de varita la transformó en un peine. Realizó un par de transformaciones más para que fuese de colores brillantes. Repitió el proceso con otras piedras y se los entregó a las criaturas. A cambio, una de ellas le entregó una planta que solo crecía en las profundidades y le explicó sus propiedades en sirenio por lo cual él apenas entendió nada. Otra le ofreció un mechón de su melena dorada. Bellatrix le había explicado que el cabello de sirena era muy valioso: tenía enormes propiedades mágicas para pociones rejuvenecedoras, pero solo si la criatura te lo entregaba a voluntad. Muy pocos magos y brujas los conseguían. Sin embargo, el encantador Sirius Black ni siquiera necesitaba pedirlos.
Estuvo varios minutos más charlando con ellas, intentando enseñarse mutuamente sus idiomas. Hasta que Bellatrix llegó corriendo blandiendo el mapa del rastreador:
-¡Siri, ven! ¡Los uros están peleando!
El animago de despidió de las sirenas y se levantó de un salto. Ver a esas criaturas tan imponentes siempre impresionaba, aunque no veía la necesidad de acercarse a ellos cuando estaban peleando... Corrieron entre los árboles hasta alcanzar una hondonada donde la pareja de uros estaba peleando. Eso reafirmó las dudas de Sirius. Eran una especie de bueyes gigantes con la piel dorada y cuernos retorcidos. Parecían muy ocupados corneándose mutuamente. Su fuerza era tal que el suelo retumbaba bajo sus pies y ambos humanos retrocedieron inconscientemente. A una distancia prudencial, los observaron fascinados. Diez minutos después Sirius susurró:
-Será mejor que nos vayamos antes de que nos vean.
-Mira al macho –murmuró ella sin apenas escucharle-, está sangrando en el lomo. La hembra solo tiene una pequeña herida en la pata…
-Ya sé que la sangre de uro es muy valiosa, pero no merece la pena correr semejante riesgo –aseguró viendo como la hembra embestía contra el macho cuyos mugidos sonaban como un camión descarrilando.
Aún así no se movieron. El combate terminó cinco minutos después cuando la hembra se alejó cojeando. El macho había quedado en el suelo completamente agotado. Al parecer era su forma de aparearse. Bellatrix sacó de su mochila un ungüento universal para tratar heridas. Agarró también media docena de viales con hechizos para conservar sustancias y le indicó a Sirius:
-Les relaja mirar a los pájaros. Quédate aquí y utiliza el encantamiento avis en todo momento. Voy a curarlo y de paso recojo su sangre.
-En todo caso iría yo, pero…
-Soy más ágil que tú y además casi todas las especies (menos tus queridas sirenas) prefieren el tacto femenino. Vamos, saca tu varita.
-Bella, de verdad que no…
-Sirius, que podamos comer este mes depende de esto –sentenció justo antes de alejarse.
Era verdad, necesitaban dinero para comer, pero sabía que Bellatrix no lo hacía solo por eso. Amaba el riesgo: poner su vida en peligro y enfrentarse a esas legendarias bestias. El duelo había dejado de estimularla tras los combates ilegales, perdió la emoción y ya no segregaba adrenalina. Sin embargo aquello… Observó cómo bordeaba la hondonada y justo cuando estaba sobre el animal, saltó sobre su lomo.
El uro profirió un bramido que obligó a Sirius a taparse los oídos. Intentó sacudirse a la bruja pero él estaba débil y ella se había agarrado a sus crines.
-¡Avis! –pronunció Sirius.
Los pájaros dorados que emergieron de su varita captaron la atención de la criatura. Junto con las palabras de calma que pronunciaba la bruja aquello logró tranquilizarlo. Mientras contemplaba a las aves fascinado, Bellatrix llenó un vial de sangre tras otro. Seguidamente destapó el ungüento y lo extendió sobre la herida.
-Ya está, mañana la piel se te habrá regenerado por completo –murmuró.
Saltó al suelo, se alejó despacio y cuando el animal le dio la espalda ella salió corriendo hacia Sirius.
-¿¡Lo has visto, lo has visto!? –exclamó dando saltitos como una niña pequeña- ¡He montado sobre un uro!
-Sí, lo he visto –sonrió él.
-¡Ha sido muy emocionante! ¡He conseguido sangre de un animal que pesa veinte veces más que yo y que tiene una clasificación de cuatro equis! –repetía exultante- ¿A dónde ha ido la hembra?
Comprobaron en el mapa que se había alejado bastante y ocultado en una cueva, así que no se arriesgaron a seguirla. No obstante Bellatrix no dejó de comentar la jugada durante toda la mañana; como la euforia también la llevaba a besar a Sirius con desbordante pasión, él no tuvo quejas. Ese día incluso beso a cada uno de los integrantes de la tropa de Raspy. Cuando volvieron a casa almacenaron la sangre con especial cuidado y después se ocuparon del resto de ingredientes que habían recopilado.
-¿Qué es esta planta? ¿Dónde la has conseguido? –inquirió Bellatrix repentinamente sorprendida- Llevaba tiempo tras ella, es imposible de conseguir, no existe encantamiento para bucear tan profundo.
-Ah, es elodea limosa, me la ha regalado Ligeia.
-¿Quién?
-Una de mis amigas sirenas –respondió él.
Bellatrix estaba tan absorta analizando la planta que ni siquiera protestó porque le estuviese siendo infiel con seres con cola.
-Me ha dicho que se utiliza para fortificar los efectos de cualquier sustancia, ¿no? Creo que eso es lo que me han explicado, pero lo ha dicho en sirenio, así que puede ser perfectamente para tratar la calvicie…
-No, la has entendido bien –murmuró la bruja mientras extraía un frasco del armario donde guardaba las sustancias más peligrosas.
-¿Nos sirve para algo? ¿Para qué quieres ese veneno?
-Es el de Nagini… Como te dije, es el más poderoso que existe a excepción del de basilisco. Quizá si la elodea amplificara sus propiedades podría servirnos para destruir el horrocrux.
-¡Joder, ojalá! ¡Pues vamos a probar!
La bruja ya estaba en ello. Había invocado uno de los libros de Herbología y se hallaba consultando cuál era la mejor forma de utilizar la elodea.
-Pone que lo mejor es incinerarla y utilizar sus cenizas… Hay que intentarlo.
Se puso unos guantes de malla de acero más finos pero igual de protectores que los de piel de dragón para poder manipular las sustancias. Vertió el veneno de Nagini en un recipiente más amplio y después cogió la planta. Sirius produjo una llama en la punta de su varita y la acercó. Quemaron la planta y sus cenizas fueron depositándose sobre el veneno. Este empezó a perder su color negro y a volverse de un tono más verdoso. Con suaves movimientos de varita, Bellatrix removió la poción. Cuando la mezcla adquirió color y textura uniforme, Sirius abrió la caja fuerte subterránea y recuperó la copa de Hufflepuff. Bellatrix protegió bien ambos objetos y murmuró:
-Vamos a aparecernos en la zona montañosa donde corremos por las noches. No podemos arriesgarnos a que esto explote y nos destroce la casa.
Así lo hicieron. En cuanto llegaron al terreno rocoso y se aseguraron de que no había seres vivos en varios kilómetros a la redonda, depositaron la copa en el suelo. Bellatrix destapó la mezcla venenosa y la vertió sobre ella. Se escuchó un aullido y manó una especie de espectro que trataba de huir de ahí. Fue un espectáculo grotesco y estremecedor que ambos contemplaron paralizados. Pero el pedazo de alma ahí oculto no logró escapar. La copa se desintegró por completo y supieron que habían eliminado el horrocrux. Se abrazaron para celebrarlo y Bellatrix los volvió a aparecer en casa.
-Uno menos… -murmuró.
-¡Oye, es una gran noticia! –exclamó Sirius centrándose en lo positivo- Esta mañana nos hemos levantado sin tener ni idea de cómo deshacernos de esa cosa… ¡y ahora ya no tendremos que convivir con ello nunca más! Deberíamos ir esta tarde a Durbuy y cenar en algún sitio para celebrarlo
-Tienes razón –respondió Bellatrix sonriendo-. Pero mejor lo celebramos la semana que viene, cuando por fin hayamos vendido algo, ahora nos queda poco dinero…
-Claro, por supuesto –se apresuró a responder Sirius que sabía lo que preocupaba a su prima el tema económico. Él sin embargo estaba seguro de que de una forma u otra saldrían adelante, pero mejor ser cautos, había mucho en juego.
Esa tarde, durante sus horas de estudio antes de ir al pueblo, Bellatrix no lograba concentrarse. Sirius, que seguía con el libro de sirenio, se sentó junto a ella y le preguntó qué le rondaba la cabeza.
-Pensaba en Cissy –respondió ella.
"Ah, claro" respondió su primo maldiciéndose internamente por no haber caído en que Bellatrix sí quería a su familia y lamentaría haber tenido que abandonarlos. Ni siquiera a su hermana favorita le habló nunca sobre sus planes de futuro ni sobre la posibilidad de huir del país. Así que era normal que se sintiera culpable al pensar en cómo se habrían tomado la noticia. Ambos cerraron sus libros. Sirius se recostó en el sofá y Bellatrix se tumbó sobre él. La abrazó y le preguntó si la echaba mucho de menos.
-No lo sé… En realidad… Narcissa no me apoyó, no entendía que no quisiera casarme con Rodolphus. Me repetía que tenía que hacerlo porque si no nuestro prestigio se hundiría y los Malfoy no querrían que ella se casase con Lucius.
-Eso es muy egoísta –murmuró Sirius-, aunque es la forma en que nos han criado, nos educan para pensar así. Narcissa es feliz con esa vida y no siente la necesidad de ampliar sus miras como hiciste tú.
-Supongo… Aún así me aseguré de que su compromiso estuviese ya firmado cuando se acercó la fecha de mi boda, así que ella no tendrá problema. De hecho seguramente habré ayudado al prestigio de mi familia: creen que el Ministerio me busca por torturar a los Longbottom por la causa de Voldemort. Eso será muy bien visto por los Sagrados Veintiocho. He hecho más por nuestra honra desapareciendo que si me hubiese quedado… -comentó con sorna.
Sirius le acarició la mejilla y le preguntó cuál era entonces su preocupación. Ella se lo confesó:
-Bueno, estamos viviendo como prófugos (aunque la verdad es que nunca había amado tanto mi vida) y nadie conoce la verdadera historia, no hemos hecho nada por contarla. No hay nadie trabajando en el verdadero caso, en buscar al verdadero asesino y eso me desquicia.
-Tienes razón, yo también pienso en ello constantemente. Harry crecerá creyendo que su padrino asesinó a sus padres, Remus también pensará que soy un traidor… E incluso Dumbledore y el resto de la Orden… Que ellos no me importan tanto, pero me jode que encima de que me he dejado la vida en la causa ahora me tengan por un maldito traidor y a Colagusano por un héroe caído…
-Exacto. Por eso pensé en escribir a Cissy… Pero ella preferirá no saber nada, lo único que haría sería ponerla en un aprieto muy grande.
-A mí también me gustaría escribir a Remus… O a Dumbledore, pero es demasiado arriesgado, ¿no? Por lo que hemos leído en el Profeta, todos están seguros de que somos culpables, así que arriesgarnos a que rastreen la carta y lleguen hasta nosotros sin ninguna garantía es mala idea…
-Exacto, ese es mi dilema. Tendríamos que elegir muy bien a quién escribir y buscar la manera de hacerlo teniendo la certeza de que no nos encontrarán. Por supuesto eliminé nuestro rastro mágico, ninguna lechuza puede encontrarnos a excepción de Carper…
Pasaron unos segundos en esa posición meditando sobre el asunto en silencio. Sirius comentó que ya que ambos sentían ese desasosiego, podían escribir la carta.
-Aunque luego la quememos, quizá solo con escribirla nos sentimos mejor y nos ayuda a desahogarnos. Es lo que la señora Potter me decía que hiciera cuando le contaba que odiaba a mis padres…
-Vale –decidió la bruja-. Primero hay que decidir a quién se la enviaríamos. Yo solo tengo a Cissy y ya te digo que no me fío. En nuestra familia no nos ayudará nadie: soy una traidora y no les interesa que se sepa la realidad.
Así era. Aunque Walburga la hubiese ayudado a huir, no se mojaría tanto por ellos, ni siquiera sabría qué hacer con la información. Debían elegir a alguien que tuviera cierto poder y quizá pudiese plantearse hacer algo; ya no ayudarlos porque ambos eran supuestamente asesinos prófugos, pero si al menos lograban sembrar una pequeña duda…
-Sé que no es tu favorito… ¿pero y Dumbledore? –preguntó Sirius- Declaró en el Wizengamot que yo era el guardián del secreto de los Potter y por tanto el único que se lo pudo revelar a Voldemort. Pero es que hasta donde él sabía, así era… Y es el único que se atrevería a desafiar al Ministerio y tiene poder para hacerlo.
-Ya… -respondió la bruja poco convencida- Yo creo que Dumbledore no se cerraría en banda como muchos otros, pero aún así… Ese hombre es un estratega, Sirius, mira en qué guerra nos ha metido. Es el único mago al que Voldemort temía, ¿por qué no ha hecho nada, por qué nunca se ha enfrentado directamente a él en lugar de mandaros a vosotros?
-Es que aunque le matase físicamente daría igual, ¿no? Como tiene los horrocruxes esos podría resucitar… Creo que sería más inteligente destruirlos primero.
Se quedaron en silencio durante unos segundos mientras procesaban el descubrimiento que por error acababa de hacer Sirius.
-Dumbledore sabe lo de los horrocruxes –sentenció Bellatrix-, o al menos lo sospecha. Tienes razón, por eso no se ha enfrentado a Voldemort: estará ocupado intentando descubrir qué objetos son…
-Tiene sentido… -rumió Sirius- Pero nunca nos contó nada de eso, ni siquiera a la Orden.
-Porque como te digo es un estratega. Guardará esa información para cuando le convenga usarla… según su propio criterio, claro.
De nuevo respetaron el silencio para meditar sobre aquello. Finalmente Sirius le concedió que era muy probable que tuviese razón, no podían escribirle a Dumbledore pues no se fiaban de sus métodos.
-¿Pero entonces quién nos queda? –inquirió el mago- El pobre Remus ya tendrá bastante, no creo que pueda hacer nada y nadie escucharía a un hombre-lobo…
-Yo se la mandaría a McGonagall. Desde luego así de primeras no creerá nada y deseará quemar la carta… Pero es muy inteligente, también sabe hacerse escuchar y la veo menos manipuladora y más honesta que a Dumbledore.
-Minnie sería buena opción, sí… Fui su mejor alumno, me duele lo bajo qué pensará ahora de mí. Pero ten en cuenta que adora a Dumbledore, lo que le contemos a ella se lo transmitirá sin dudar.
-Mm… -murmuró la bruja pensativa- Podemos especificarle que antes de revelar nada a Dumbledore, valore si él le cuenta todo a ella.
-¿Te refieres a los horrocruxes?
-Sí. Se lo explicamos (sin mencionar la copa) y sabrá que Dumbledore os lo ocultó pese a ser un asunto clave. Le preguntará a él y a ella no se atreverá a mentirle. Así se dará cuenta de que cada uno se guarda sus bazas y no puede fiarse completamente de nadie.
-De acuerdo, podría funcionar. Vamos a ver qué escribiríamos y luego pensamos si habría alguna forma de enviarla.
Cogieron pluma y pergamino y se pusieron manos a la obra.
