La idea de la carta a McGonagall era compleja: se trataba de contar lo sucedido pero revelando lo menos posible para no dar pistas sobre su ubicación. Coincidieron en que era mejor que no los relacionaran: por lo que sabían, los estaban buscando por separado, no querían que cambiasen las ordenes de captura individuales por la de una pareja. Bellatrix optó por centrarse en que Sirius relatase lo sucedido la noche de Halloween. A él no le pareció bien: en el muy improbable caso de que le creyeran, su prima seguiría siendo culpable.

-Ya nos preocuparemos si eso sucede –rebatió ella quitándole importancia-. Si escribes sobre los dos sabrán que estamos juntos, mejor contar solo tu parte. Estarán más dispuestos a creerte a ti, que hasta esa noche eras una gran persona. De mí el Profeta lleva años publicando barbaridades, así que mejor no arriesgarnos.

Al final Sirius tuvo que aceptar. Por algún lado tenían que empezar y además dudaba mucho que aquello tuviese efecto alguno… Con mano temblorosa (porque ponerlo por escrito aún lo hacía más real), empezó a describirle a McGonagall lo que esa noche fatídica sucedió. Tuvo que detenerse cuando llegó a la huida de Colagusano.

-¿Le cuento que huyó convertido en rata? Era un inútil en Transformaciones, si McGonagall se entera de que es un animago, no le costará deducir que lo éramos los tres.

Bellatrix lo meditó, era un punto peliagudo.

-No lo sé… Es necesario para que comprenda cómo pudo huir, pero… ser animagos es nuestra mejor baza. Si sucediera lo peor y termináramos en Azkaban, nos serviría para huir.

-Tienes razón, no lo pongo. Escribo que tras cortarse el dedo, utilizó el humo de la explosión para aparecerse. Y comento que se le da muy bien escabullirse y esconderse.

-Perfecto. Así solo falta explicar lo relativo a tu casi captura por los Magos Golpeadores y la huida… Eso también lo veo complicado de relatar...

-Puedo poner que me iba a dejar capturar porque estaba en shock, pero me di cuenta de que desde Azkaban no podría hacer nada por… -murmuró Sirius.

-¡Eso es! –le interrumpió Bellatrix satisfecha- ¡Pon que lo estás persiguiendo, que llevas desde ese día intentando rastrearlo! Minerva pensará que no tienes localización fija, sino que llevas todo este tiempo viajando de país en país. Así aunque se lo revele a Dumbledore o al Ministerio será otra pista falsa. Además actuar así encaja perfectamente con tu personalidad…

-Sí, es lo que hubiese hecho si no me hubieses ayudado a entrar en razón. Mejor esperar el momento oportuno como una serpiente que lanzarse a lo loco como un león.

Su prima asintió con una sonrisa. Sirius redactó lo que faltaba y quedaron satisfechos. Al final, decidió añadir un párrafo más personal, apelando directamente a la Minerva McGonagall que le enseñó, les protegió y aunque nunca lo reveló, siempre lo consideró uno de sus alumnos favoritos. Bellatrix no leyó esa parte, le dio intimidad porque sabía que –al igual que a ella- le daba vergüenza mostrar sus sentimientos tan abiertamente. Le costó bastante escribirlo, pero al releerlo decidió que estaba bien. Y sobre todo era sincero:

Minerva, no espero con esta carta que te enfrentes al Ministerio ni a nadie, solo necesito que sepas que yo jamás haría algo así. Me iban a encerrar sin ni siquiera juicio, sin haber examinado mi varita ni haberme hecho ninguna prueba que hubiese demostrado mi inocencia. ¿Tú crees que sería capaz de algo así? Recuerda todas las horas que pasamos James y yo en el aula de Detención. A veces incluso nos confundías, era mi hermano más de lo que lo fue Regulus. Siempre pesará sobre mi conciencia haber sido quien sugirió nombrar a Peter Guardián del Secreto, merezco Azkaban por ello. Pero mi intención fue noble (aunque idiota también). Soy un gryffindor de corazón: hubiese muerto antes que traicionar a James. Espero que tú sepas verlo, Minerva, no confío en nadie más.

Te quiere y siente el dolor causado,

Sirius Black.

Mientras, Bellatrix estuvo pensando en métodos de enviarla. La única posibilidad era hacerlo con una lechuza común, una que alquilaran en la Lechucería de la zona mágica de Lieja. Pero aún así corrían el riesgo de que McGonagall la atrapase y lograse de alguna forma rastrear su viaje.

-Aunque le indiquemos a la lechuza que se marche en cuanto entregue la carta, al ver que no tiene remite McGonagall puede sospechar y frenarla con un hechizo. La veo capaz incluso de seguirla en escoba o lanzarse por la ventana en forma de gato para atraparla…

-Sí, Minnie es desconfiada y de reacciones rápidas… -murmuró Sirius pensativo- Tendría que haber un intermediario, una mano inocente que… ¡Hagrid!

-¿El semigigante ese tan tonto?

-Hagrid no es tonto. Y es perfecto para esto. Ponemos el nombre de Minerva y la dirección de la cabaña de Hagrid. Le indicamos a la lechuza que lo importante es la dirección, no la persona.

-¡Eso es perfecto! –exclamó Bellatrix besándolo de la emoción- Se la entregará al semigigante que la aceptará sin más. Cuando se dé cuenta de que el nombre está equivocado, la lechuza habrá volado. Él pensará que es un simple error y se la entregará a Minerva

Fue el mejor plan que se les ocurrió. Y lo pusieron en práctica. Acudieron a Lieja, a la Avenida del Augurio, y entraron en la Lechucería. Optaron por una lechuza común, la que sabían que habitaba en todos los continentes y por tanto no daba pistas sobre su origen. Eligieron a la que parecía más espabilada. Se lo explicaron, ataron la carta a su pata, pagaron y el animal partió al momento.

-Allá va –murmuró Bellatrix observando como el ave se hacía cada vez más pequeña en el horizonte-. Ojalá sirva para algo… Aunque me conformo con que no hayamos cometido ningún error y esto no nos delate.

Sirius la cogió de la mano y la besó en la mejilla mientras Raspy asomaba en su bolsillo para intentar animarla con sus ruiditos.

-No te preocupes, irá bien. Mientras estemos juntos, todo irá bien.


-¿Has cogido los ingredientes? –preguntó Sirius.

-Sí, lo llevo todo en el bolso.

Como no querían pasar en la zona mágica más tiempo del necesario (ya que ahí el riesgo a ser reconocidos era mayor), habían optado por aprovechar el viaje y empezar con sus ventas. Entraron al Druida Natural y el boticario les dedicó una de sus sonrisas ponzoñosas.

-Hombre, pareja, me acuerdo de vosotros… ¿Qué os trae por aquí?

-Tenemos cosas para vender –respondió Bellatrix con sequedad.

Sacó de su bolso una caja protegida por varios maleficios. Con sumo cuidado extrajo de ella un frasco con la sangre de uro y dos con diferentes venenos de serpiente. El hombre abrió los ojos visiblemente, pero al instante recobró la fachada de desinterés. Sin duda hacía tiempo que no veía sustancias tan codiciadas. Por un momento pareció dispuesto a timarlos, pero sospechó que no aguantarían tonterías y se llevarían los preciados fluidos. Sacó un manojo de billetes que sumaban cincuenta galeones y se lo extendió.

-Eso solo por la sangre –le indicó Bellatrix aceptando el dinero y acercándole el frasco en cuestión-. El veneno de runespoor y el de serpiente cornuda serán quince galeones cada uno.

-Ya os di la lista de precios. Cuarenta por la sangre y cinco por cada frasco de veneno.

-No, cinco eran por el veneno de serpiente común. Estas dos razas son mucho más poderosas. Pero si no lo quiere, no hay problema.

La bruja hizo amago de retirarlos mientras el hombre la miraba forzando sus músculos faciales para no borrar la sonrisa. Sirius se mantenía en segundo plano: era muy bueno para seducir a la gente, pero cuando se trataba de extorsionar o negociar, Bellatrix era la reina. Por supuesto consiguieron los galones extra.

-Tómenselo como una oferta de buena fe por nuestro primer trato –comentó el dependiente entregándoles los billetes.

Bellatrix le dedicó otra sonrisa falsa de "Lo que usted diga". Le pasó el dinero a Raspy que lo almacenó de inmediato y se marcharon.

-Ese tipo me da muy mala espina, Bella.

-A mí también. Pero de momento es el único al que podemos vender sustancias ilegales, que son las que más dinero dan… -murmuró ella- Ahora vamos a la cena de celebración, ¡además de destruir el horrocrux hemos hecho nuestra primera venta!

Sirius había olvidado la cena que él mismo propuso. Había visto que a Bellatrix le dolía pagar incluso los cuatro galeones que había costado enviar la carta a McGonagall. Les cobraron el doble por ser un envío a Inglaterra: no permitían mandar nada a ese país, pero el vendedor se hizo el ciego porque Sirius le cayó bien. Comentó que no hacía falta la cena, podían posponerla para más adelante. Pero Bellatrix insistió. Ambos intentaban hacer feliz al otro y que se sintiera lo mejor posible en aquella extraña vida nueva.

-De acuerdo, podemos buscar un lugar en Durbuy que esté bien de precio –comentó Sirius emocionado por la idea.

Se aparecieron en su casa y sintieron gran alivio cuando se encaminaron hacia la ciudad muggle. Era curioso, sobre todo para Bellatrix: ahora se sentían totalmente inseguros y nerviosos entre magos, sin embargo con los muggles se veían más arropados y relajados. Cuando visitaban Durbuy o hablaban con el matrimonio de granjeros (que ya conocían a Sirius y lo adoraban) tenían la sensación de haber creado un hogar muy agradable. Pero el mundo mágico se había convertido en un hormiguero de paranoias porque alguien los reconociera y denunciara. Además, tratar con gente tan siniestra como el dependiente de la botica no ayudaba… Hasta hacía unos meses Bellatrix solo se relacionaba con esa clase de magos: en el club de duelo ilegal aquel hombre habría parecido la señora Pomfrey. Pero se había acostumbrado a su nueva vida con demasiada rapidez…

Cenaron en un pequeño restaurante de comida tradicional al que Sirius ya le había echado el ojo durante uno de sus paseos. A ambos les gustó mucho.

-¿No se te hace raro? –preguntó Sirius mientras volvían a casa de noche cogidos de la mano- Tenemos veintitrés años… bueno, tú veintidós, y esta es la primera vez que me siento realmente adulto: vivimos solos en nuestra propia casa y acabamos de salir a cenar con un dinero que hemos ganado nosotros mismos con nuestro trabajo.

-Bueno, tú ya habías vivido solo en tu piso de soltero y yo ya había ganado mi propio dinero -apuntó la bruja.

-Sí, pero hacerlo juntos es mucho mejor. Aunque nunca quise ser adulto…

-No creo que lo seamos. Para mí ser adulto supone asumir tus responsabilidades y nosotros estamos más bien huyendo de ellas –reflexionó Bellatrix.

-Mm… Me parece bien, no quiero ser adulto –sentenció Sirius.

-Pues no lo seamos –sonrió ella saltando sobre su espalda al grito de: "¡Corre, hipogrifo, corre!".

El animago rio y echó a correr con su prima sobre su espalda y Raspy correteando a sus pies para seguirlos. Llegaron a casa agotados, había sido un día largo, pero sintiéndose muy afortunados de disfrutar con una vida sencilla.

-Ven aquí, peque, he puesto otra manta que hace frío –murmuró Sirius al acostarse.

Bellatrix se arrebujó junto a él y pronto se les unió Raspy que disfrutaba mucho del calor humano. Mientras el sueño les vencía, Sirius pensó en lo feliz que era y lo cerca que había estado de ser encerrado en Azkaban de por vida. Escuchó la suave respiración de Bellatrix y los ruiditos adorables de Raspy y fue consciente de que mataría a cualquiera que intentase separarlos. Eran la mejor familia que jamás había creado un Black.

-La organizadora del mercadillo mágico nos ha confirmado que tenemos un puesto reservado para este domingo –murmuró Sirius comprobando el correo.

-Perfecto. Entonces voy a seguir fabricando pociones –respondió Bellatrix mientras desayunaban.

-¿Cuáles estás fabricando?

-Solo las que compensan: si sale más rentable vender los ingredientes sueltos, los vendemos sueltos. Pero por ejemplo en la poción sanadora: los ingredientes son baratos y sin embargo es muy compleja de realizar, así que se venderán bien.

-Estupendo. Y también tenemos que ir a la granja, nos estamos quedando sin comida -apuntó Sirius.

-Vale… -murmuró Bellatrix organizando el día mentalmente- Entonces yo me quedo haciendo pociones y Raspy y tú vais al bosque como cada mañana. Hay que vigilar a los unicornios: se acerca el solsticio de invierno y es la época en la que más pelo pierden, así lo podemos recoger. Y por la tarde vamos los dos a la granja. No sé si lo has notado, pero nos suelen regalar más comida cuando vamos juntos –comentó Bellatrix sonriente.

-Porque les recordamos a ellos cuando eran jóvenes. Empezaron con la granja y apenas tenían dinero, pero era su sueño y la sacaron adelante juntos. Me lo contó Nora –sonrió Sirius-. Me parece un buen plan, ¿y a ti, Raspy?

El escarbato profirió un sonido de aquiescencia y minutos después Sirius y él partieron hacia el bosque. Bellatrix se centró en la fabricación de pociones, un proceso que siempre disfrutaba. Snape no salió de su vida de la mejor forma, sin embargo, le aportó ese valor que ahora le era tan útil. Mientras dejaba las mezclas reposar en los calderos, decidió hacer la comida para darle una sorpresa a Sirius. Y sí, le dio una sorpresa: había conseguido quemar los espaguetis, la lechuga y casi la cocina entera. Aún así él sonrió, agradeció el gesto y le hizo prometer que nunca más cocinaría pues no tenían dinero para cambiar los muebles. Ella refunfuñó, estaba segura de que en un par de intentos lograría que saliera bien.

-¿Y a vosotros cómo os ha ido la mañana?

-Bastante bien –respondió Sirius-. Raspy y su tropa han recogido un montón de pelos de unicornio como nos dijiste. Yo he conseguido plumas del hipogrifo y también hongo saltarín y campanilla de invierno que ha florecido hoy. Las sirenas me han regalado unas piedras encantadas del fondo del lago que si te las acercas al oído se escuchan sus cantos. Es bonito, se venderán bien. También me han contado muchas historias… ¿Sabías que la propia Morgana vivió en ese bosque?

-Ni idea –murmuró Bellatrix.

-Vino para convencer a las hadas oscuras de que la ayudaran en su guerra contra Merlín. Ellas le fabricaron un anillo de mil cristales que potenciaban su magia, pero Merlín se enteró de su viaje y mandó un obscurial para detenerla. Ella pudo derrotarlo, pero durante el combate perdió el anillo y ya nunca más apareció.

-Nunca había oído nada de eso, suena más a fábula que a historia real… -comentó la bruja- ¿Cómo lo saben tus amiguitas?

-Las sirenas viven cientos de años y tienen una gran tradición oral, les encanta contar historias.

-Lo que les encanta es devorar humanos, Sirius.

-También, pero a mí no. Son historias que se cuentan de madres a hijas, pero ahora las están compartiendo con el humano más sexy que jamás han conocido.

Bellatrix puso los ojos en blanco y le arrojó la servilleta. Él se rio y continuó refiriéndole los relatos de las sirenas. Cuando terminaron de comer se prepararon para salir.

-Sí que te ha dado buen resultado esa mochila… -murmuró Sirius.

Bellatrix asintió mientras Raspy se metía en la mochila en cuestión. Era la misma en la que lo ocultaba cuando iba al colegio, la que había encantado para que dentro tuviese un hábitat perfecto para escarbatos. Utilizaba muchos hechizos de conservación para mantenerla en buen estado porque a Raspy le encantaba, fue su primer hogar, y ella le tenía mucho cariño. Una vez acomodado, la bruja se la colgó a la espalda y pusieron rumbo a la granja.

Acudieron como siempre a la ventanilla donde los granjeros vendían sus productos a los vecinos de la ciudad. Pero en esa ocasión no estaban Nora ni Jack. Había una chica que debía tener su edad, de aspecto vivaz y expresión afable. Era guapa, llevaba un vestido granate pasado de moda con varios remiendos y aún así le sentaba muy bien.

-¡Hola! –los saludó alegremente- ¿Qué queréis?

-¡Hola! –respondió Sirius con su sonrisa marca de la casa- Venimos a comprar todas las semanas, pero vivimos aquí al lado, no tenemos problema en volver otro día si Jack y Nora no están.

-¡Ah! Es que una vaca se ha puesto de parto y mis padres están muy ocupados con los terneros y todo eso… ¡Yo os atiendo! ¿Qué…? ¡Eh, espera! ¿Sois….? Ay, no recuerdo los nombres, pero mi madre siempre me habla de una pareja muy joven que son muy agradables, le hacía mucha ilusión que nos conociéramos.

Bellatrix había retrocedido inconscientemente. Esa muggle hablaba demasiado, muy rápido y con un exceso de energía. Y sonreía todo el rato como si de verdad le hiciera ilusión conocerlos (no como si quisiera timarlos como el de la tienda de ingredientes). Le daba miedo. Desconfiaba de la gente demasiado amable. Intentó murmurar que volverían otro día, pero Sirius se le adelantó:

-No sé si se referirán a nosotros, pero en cualquier caso tus padres son encantadores, eres muy afortunada. Yo me llamo Thierry y mi adorable novia es Isabelle.

-¡Sí que sois vosotros! –exclamó la muggle al recordar los nombres.

-¿Y tú te llamas…?

-Ah, sí, perdona, Eleanor, pero podéis llamarme Nellie.

-Encantado, Eleanor -respondió él besándole la mano con galantería mientras la muggle le miraba embelesada.

Que le besara la mano a otra chica a Bellatrix ni siquiera le dio celos. De hecho le pareció bien: si Sirius la distraía, ella podía aprovechar para salir huyendo. La muggle parlanchina era aterradora. ¿Qué era eso de tutearla si acababan de conocerla? Era como si Voldemort le hubiese dicho así de primeras: "Oye, llámame Voldy. O Voldito, como tú veas". Por desgracia no logró huir: la muggle abandonó el mostrador y salió a darle un abrazo. La bruja se quedó completamente rígida, mirando a Sirius con horror. Al mago le costaba aguantar la risa. Le comentó a Eleanor que su novia era más tímida, pero a Eleanor no pareció importarle.

Antes de conseguir comprar la comida, pasaron media hora escuchándola hablar de su vida, de la granja y de una ardilla muy graciosa que había visto esa mañana. Sirius también charlaba alegremente, siempre fue muy social y ahora solo se relacionaba con Bellatrix. La bruja por su parte estaba meditando si esconderse en su mochila con Raspy supondría una violación del Estatuto del Secreto. Cuando por fin consiguió la comida y un par de empanadas que Eleanor les regaló, suspiró aliviada. Pero entonces llegó la prueba final:

-¡Me ha encantado conoceros, apenas hay gente joven en esta ciudad! Bueno, en verano sí, vienen turistas, pero el resto del año… -comentó la muggle- Aún así tengo un par de amigos con los que vamos a bailar, salimos a cenar o hacemos planes así. ¡Tenéis que venir!

Aunque a Sirius le apetecía, fue consciente de que Bellatrix no querría. Viendo que ella era incapaz de contestar a la efusiva Eleanor, se hizo cargo:

-Aunque nos haría mucha ilusión, la verdad es que no tenemos dinero para ir a ningún sitio. Somos estudiantes, estamos escribiendo un libro sobre ciudades medievales y la universidad nos da lo justo para poder pagar la comida y la casa. Así que…

Bellatrix asintió con énfasis. Por desgracia, no fue suficiente para frenar a la muggle.

-¡Oh, pero por supuesto, igual que yo! Estudio en la escuela de negocios de Durbuy para poder ayudar a mis padres a aumentar las ventas de la granja. La verdad es que apenas ganan lo justo para costear los gastos. Es muy difícil competir con las granjas modernas y más cuidando tanto a los animales como nosotros… Los dueños de la macrogranja de Lieja siempre quieren comprar a nuestras vacas porque están muy bien cuidadas, pero mis padres nunca aceptan: las tendrían encerradas y explotadas con técnicas muy agresivas. Pero claro, ellos sacan mucho beneficio y nosotros casi no tenemos ni para reparar las instalaciones. El bebedero de las ovejas lleva meses atascado, pero como el fontanero tiene que venir de Lieja y encima nos cobra una pasta pues no hay manera…

Bellatrix y Sirius se miraron de reojo sin saber qué responder ni cómo frenar a esa chica. A ella el gesto le pasó inadvertido y siguió desahogándose:

-Los fines de semana trabajo en un bar para pagarme los estudios y procuro no gastar nada en salir. Vamos a bailar al bar en el que trabajo, no es el más bonito, pero entresemana las cervezas están a dos por uno. Y cuando salimos a cenar buscamos algún sitio bonito y cada uno llevamos algo de comida y hacemos un picnic. Y pronto pondrán el mercadillo navideño, es muy bonito pasear por ahí… ¡El caso es que siempre hay planes para hacer sin dinero!

-Ya… -respondió Sirius.

-Supongo que no tendréis teléfono. Me has dicho que vuestra casa es la última de este camino, la más cercana a aquí, ¿no? Os dejaré una nota en el buzón cuando vuelva de la ciudad, así sabréis cuando hemos quedado ¡y os venís!

-Eh… -murmuró Sirius intentando sin éxito pensar otra excusa- De acuerdo, gracias.

-¡Estupendo! –exclamó sonriente- Espera, os voy a apuntar la dirección del bar en que trabajo, si venís una noche que esté yo atendiendo os puedo conseguir bebidas gratis. ¿Necesitas algo, cielo?

Eleanor se había dado cuenta de que Bellatrix intentaba vencer su timidez para comentar algo y la miró expectante. La bruja asintió y murmuró:

- Thierry puede echar un ojo al bebedero de las ovejas, es muy bueno reparando cosas.

Una cosa era que los muggles no le gustaran, pero el matrimonio de granjeros le caía bien. Y saber que preferían vivir en la pobreza con tal de cuidar a los animales la había emocionado. Con un hechizo no costaría nada arreglar cualquier problema y si así las ovejas eran más felices…

-¡Oh, no, faltaría más, no os preocupéis! –exclamó Eleanor.

-No es molestia alguna –aseguró Sirius con su sonrisa encantadora-, apúntale la dirección a Belle y mientras lo miro. Es el establo ese junto al prado, ¿verdad? Tu madre siempre nos enseña a los animales.

Sin darle opción a replicar, se puso en camino. La muggle parecía avergonzada porque unos clientes tuviesen que encargarse de los desperfectos, pero tampoco tuvo tiempo para replicar. Le dirigió a Bellatrix una mirada entre agradecida y nerviosa y buscó un cuaderno. Escribió las señas y le indicó el camino para llegar hasta el bar. Bellatrix asintió cavilando qué problema había con su cerebro: por qué no la ponía nerviosa batirse en duelo en un club con docenas de magos y brujas de mala vida pero casi temblaba por hablar con una simple muggle. Por suerte Sirius volvió enseguida.

-Ya está. Solo había que girar una válvula y apretar una rosca y… Esas cosas –comentó confiando en evitar más explicaciones.

-¿Cómo que ya está? Pero si mis padres lo han intentado todo y…

-Ya te he dicho que soy un manitas, me encantan estas cosas. Avísame de cualquier otra reparación que tengáis que hacer, no me cuesta nada y me entretiene.

-Eh, yo… ¡Muchísimas gracias, mis padres se van a alegrar un montón! ¿Cuánto te debo? –preguntó sacando su cartera.

-¡Nada, qué tontería! Si las ovejas están felices, yo estoy feliz.

Al final Eleanor les regaló dos pasteles más. Y los abrazó. Aquella sensación para Bellatrix era lo más parecido a que un basilisco intentase asfixiarla enroscándose en su cuerpo. Pero como era una guerrera, aguantó. Al final la muggle la soltó y se despidieron por fin.

-Es simpática –comentó Sirius de vuelta a casa-. Deberíamos aceptar alguna de sus citas, cuanto más nos integremos menos sospechosos pareceremos.

-No sé… Le gusta demasiado abrazarme…

-¿Y a quién no, peque? ¡Sobarte es lo mejor del mundo! –exclamó Sirius abrazándola y besuqueándola.

-¡Sirius para! –respondió ella intentando mantenerse seria- ¡Que se me caen las bolsas!

El mago paró solo los treinta segundos que les costó entrar en casa. Poder meterse mano a todas horas y en todas partes era otra de las grandes ventajas de su nueva vida. Eso y saber que antes vivían próximos a familiares dementes que querían utilizarlos como moneda de cambio y ahora sus vecinas eran unas adorables ovejas bien hidratadas.