-¿Deberíamos ponernos ropa de magos? –preguntó Bellatrix la mañana del domingo- Ahora que me he acostumbrado a los vaqueros estos…
Se habían levantado aún más temprano de lo habitual para prepararlo todo. Esa mañana iban a Lieja a regentar por primera vez un puesto en el mercadillo mágico y estaban nerviosos. Parecía una nimiedad, pero ahora su vida iba en eso, era su sueldo. Disponían de un colchón con lo que sacaron del veneno y la sangre de uro, pero esas sustancias eran complejas de conseguir y arriesgadas de vender (al ser su comercio ilegal). No todas las semanas obtenían alguna de alto valor, por tanto, dependían de establecer una clientela con las plantas, ingredientes y pociones más baratas pero legales.
-Mm… Desde luego los sangre pura no comprarán nada a una pareja de críos vestidos de muggles… -razonó Sirius- Pero lo principal es la seguridad: así es mucho más difícil reconocernos que si nos ponemos nuestra ropa de magos. Mejor perder unos pocos clientes que aumentar el riesgo de que nos identifiquen.
-Sí, es verdad, tienes razón.
Así pues, ataviados como muggles se aparecieron en el centro mágico de Lieja. Llegaron pronto al mercadillo donde la encargada les indicó cuál era su puesto. Se trataba de una amplia mesa de madera con un pequeño cartel que indicaba "Ingredientes y pociones". Había sobre ella unos cuantos recipientes, una balanza y una caja registradora, por si los necesitaban.
-Abrimos en media hora, tenéis tiempo para organizarlo todo –les indicó la encargada con amabilidad-. Y no os desaniméis: al principio cuesta arrancar, ya sabéis que lleva tiempo hacerse una clientela…
Sirius le dio las gracias y pusieron manos a la obra. Organizaron las pociones en una hilera, colocaron los ingredientes en los recipientes y en otra sección los objetos que habían diseñado ellos mismos (colgantes, amuletos, plumas y tintas…). Lo protegieron todo con hechizos de seguridad para que no hubiese accidentes.
Al principio Bellatrix se sentía muy nerviosa… pero pronto la decepción superó al resto de emociones: nadie les compraba nada. Se acercaban a su puesto, cotilleaban la mercancía con curiosidad, pero ni siquiera preguntaban precios. Sí, tenían buenos materiales, pero eran nuevos ahí y demasiado jóvenes. Los magos y brujas con puestos similares tenían el triple de edad y experiencia y causaban mejor impresión; sobre todo a la gente de sangre pura, que era la que tenía dinero. Bellatrix empezó a agobiarse al hacer cuentas mentales de cuánto tiempo podrían sobrevivir si no vendían nada.
-Si probaran nuestras pociones se darían cuenta de que son las mejores… -murmuró apenada.
Así era. Los más veteranos podían permitirse diluirlas para obtener más y ofrecer productos de menor calidad. Los suyos eran más puros, pero nadie iba a comprobarlo. Sirius, que lamentaba el fracaso sobre todo por la tristeza de Bellatrix, le comentó intentando animarla:
-Ya nos lo ha avisado la encargada, seguro que el fin de semana que viene nos irá mejor.
Bellatrix asintió en absoluto convencida.
-¿Por qué no vas a dar una vuelta con Raspy y así busca algunas plantas para comer? Enséñale la zona, yo vigilo esto.
-De acuerdo –respondió ella abatida.
Cogió a su escarbato y se marcharon a dar una vuelta por los alrededores. En cuanto el animal hubo comido un par de plantas jugosas que encontró, emprendieron la vuelta. No quería dejar a Sirius solo mucho tiempo, debían asumir juntos el fracaso. Conforme se acercaban le sorprendió ver que estaba charlando con dos clientas. Cuando comprobó que eran dos chicas jóvenes que trataban ligar con él, la sorpresa se redujo. "Mira, si compran algo se lo permito" pensó. Sirius parecía pensar lo mismo, porque les sonreía y hablaba con su encanto habitual.
-Ah, mira, mi socia os lo explica mejor –sonrió Sirius cuando la vio acercarse-, yo tengo una cara que debería imprimirse en los galeones, pero cerebro no tanto.
Las dos chicas rieron. Bellatrix se dio cuenta de que había usado la palabra socia y no novia. Bien, totalmente de acuerdo si así vendían aunque fuese una pluma de hipogrifo. Las chicas le contaron alegremente que deseaban comprar madera de erkling para una hoguera en una fiesta en la playa. Pero no sabían cuántas ramas eran necesarias ni cómo usarlas.
-Con media docena os bastará –explicó Bellatrix seleccionándolas-, serán dos galeones. Usad un hechizo muy suave, unas pequeñas llamas bastarán porque esta madera arde muy bien durante horas. Si usáis algo fuerte como incendio probablemente haya que desalojar la playa.
-Eh, no lo descartéis –comentó Sirius-, si un lugar no queda totalmente destruido, significa que la fiesta no ha sido gran cosa.
Las jóvenes rieron, aceptaron el paquete y sacaron los dos galeones. De inmediato Raspy trepó a la mesa y alargó la patita para recibirlos.
-¡Ay, por favor, qué cosita más mona! –exclamaron ambas haciéndole monerías- ¿Cómo se llama?
-Chaspy –respondió Bellatrix feliz de que alabaran la belleza de su hijo.
Había decidido alterar también el nombre del escarbato; no porque fuese necesario, nadie en su antigua vida lo conocía, pero no quería que se sintiera marginado por no disponer también de una identidad falsa. Las chicas estuvieron un rato jugando con "Chaspy" y se despidieron (no sin antes preguntarle a Sirius si estaría la semana que viene). Cuando ellas se marcharon, unos niños que paseaban junto a sus padres exclamaron:
-¡Papá! ¡Mamá! ¡Compradnos algo aquí para que nos cobre el escarbato!
Bellatrix los contempló. Sus túnicas llevaban grabado el apellido Arenberh y un intrincado emblema familiar; supo al momento que eran de sangre pura. Jamás les comprarían nada a unos chicos vestidos de muggles. Acertó:
-Merlina, en este puesto no tienen nada para niños… -comentó la madre con una sonrisa tensa.
-¡Claro que sí! –exclamó Sirius- Y más para unos niños tan guapos. Mirad, tenemos estas piedras de colores talladas por sirenas, si las sumerges en agua brillan y podéis escuchar sus cantos.
Sirius les hizo una demostración con un aguamenti y los dos niños aplaudieron fascinados mientras insistían en que les compraran. Sus padres parecían avergonzados, sin saber cómo salir de la situación sin resultar groseros.
-Pero tendréis que cuidarlas bien –les indicó Bellatrix-. Nos las regalaron unas sirenas y ellas solo hacen tratos con gente de sangre pura, por eso las mejores familias las tienen decorando sus salones, son piedras muy valiosas…
-¿Esas son las famosas piedras de sirena? –inquirió el señor Arenberh acercándose por fin- Había oído hablar de ellas pero nunca supe…
-Mire, ponga aquí el anillo con el sello de su familia –le interrumpió Bellatrix acercándole una piedra púrpura.
El mago lo hizo con cierto recelo. De inmediato la piedra empezó a centellear con el emblema de la familia brillando en todas sus caras. Les vendieron media docena que Merlina pagó a Raspy. Cuando se marcharon, Sirius felicitó a Bellatrix:
-Eres la mejor, cielo, no me necesitas.
-¿Qué dices? Si has sido tú quien les ha dicho…
-Pero tú sabes tratar con ese tipo de gente mejor que yo –aseguró Sirius-. Somos un equipo perfecto.
-Disculpad, he oído que hablabais con los Arenberh… –les interrumpió una bruja con una túnica dorada-, ¿qué han comprado ellos?
Bellatrix tuvo claro que también era de sangre pura, se parecía mucho a su madre: deseaba saber qué había comprado la familia rival para no ser menos que ellos. Como cuando los Malfoy adquirieron pavos reales albinos y Druella decidió que ellos criarían jirafas bicéfalas. De no ser porque las cabezas se asesinaban unas a otras, la idea hubiese triunfado. Por supuesto Bellatrix aprovechó esa información para venderle a la mujer las piedras de sirena y varios productos más.
-¿Sois de sangre pura? –inquirió ella escrutando su rostro.
La bruja era muy cotilla y además tenía buen ojo. Pese a la ropa muggle y la actitud humilde, la aristocracia de los Black se reflejaba en cada uno de sus rasgos. Bellatrix negó con la cabeza y, en uno de los momentos más duros de su vida, respondió: "Mestizos". Se apresuró a aclarar que ninguno de sus padres era muggle ni sangre sucia. La mujer asintió y prosiguió con sus pesquisas, en ese lugar había pocas novedades y cualquier tema era bueno para cotillear:
-¿Sois hermanos? ¿O familia? Os parecéis mucho.
-No, no somos familia –respondió Sirius con una sonrisa-, somos pareja. Pero tiene usted razón, eso es lo que nos atrae del otro: somos bastante narcisistas y encontramos muy atractivo que el otro se parezca a nosotros.
La mujer rio divertida (a ella le sucedía lo mismo) y dio por buena su historia. Le pagó a Raspy y se marchó muy satisfecha con sus productos… y sus cotilleos. Los Black reflexionaron sobre la conversación y Sirius murmuró:
-Imagínate qué horror: si no fuésemos primos, ¡no seríamos legalmente familia hasta que nos casáramos!
-Y aun cuando nos casáramos no tendríamos sangre en común, nada realmente profundo que nos uniera para siempre. Qué horror, qué aburrido… -murmuró Bellatrix sintiendo un escalofrío ante la idea de tener el mismo tipo de matrimonio que el resto de mortales.
-No te preocupes, peque –sonrió Sirius mirándola a los ojos-, la sangre Black es más espesa que cualquier otra sustancia. Siempre seremos familia, de todas las formas posibles.
Bellatrix sonrió y se besaron. Les dio igual incomodar a los transeúntes con sus muestras públicas de afecto. Así habían sido siempre, desequilibrados y arrogantes: cuando trataban de reprocharles algo o afearles la conducta, todavía disfrutaban más.
-¡Claro, pequeñín, tú también estarás siempre con nosotros! –exclamó Bellatrix besuqueando a Raspy.
El escarbato profirió gruñidos de felicidad, estaba pasando muy buena mañana y su labor fue fundamental. Gracias a la astucia de Bellatrix, al don de gente de Sirius y al gran atractivo del escarbato cobrador, lograron hacer varias ventas más de pociones e ingredientes. Cuando terminó la jornada no les quedaba ni la mitad de lo que habían llevado (aunque tampoco era mucho, optaron por ser prudentes). Volvieron a casa bastante satisfechos. Mientras Sirius preparaba la comida, Bellatrix hizo cuentas.
-Con estas ventas sí que podremos mantenernos –calculó finalmente-. Como hasta ahora, sin lujos, pero…
-Tengo a la novia más inteligente y sexy del mundo, no existe lujo mayor.
-Sirius, no soy una clienta, no hace falta que ligues conmigo.
-Sí que hace falta, de lo contrario no soy feliz –aseguró dejando por un momento la comida y besándola.
Ella sonrió y sacudió la cabeza. Comieron tranquilamente y justo cuando terminaron, alguien llamó a la puerta. Se miraron extrañados y casi asustados, eso aún no había sucedido. "No puede ser un mago, hay maleficios" recordó Bellatrix. Aún así, Sirius sujetó la varita y miró por la mirilla. Abrió más relajado.
-Buenas tardes, Eleanor, ¿necesitas algo?
-Sí, que me llames Nellie –sonrió ella-. Vengo del centro y esta tarde inauguran el mercadillo navideño, ¿queréis venir conmigo? Luego he quedado con unos amigos, pero si eso no os apetece…
-Ah, eh… Vale… -respondió Sirius a quien no se le ocurrió ninguna excusa rápida.
-¡Perfecto! –exclamó sonriente- Paso a buscaros a las cinco. Abrigaos bien que hará frío.
En cuanto cerró la puerta Bellatrix protestó:
-¡Sirius! ¡Ya he alcanzado mi máximo de vida social esta mañana! ¡Pasar la tarde con muggles me matará!
El animago se rio ante su dramatismo.
-Peque, será divertido, ya hablamos de ir al mercadillo.
-Sí, pero los dos solos.
-Eleanor te adora, le resultas fascinante y le caes mejor que yo.
Bellatrix murmuró que no era verdad, pero en el fondo sabía que sí. A ella la abrazaba y le preguntaba por su vida mucho más que a Sirius. Siempre sucedía al revés, así que se le hacía raro. Y en el fondo eso le hacía sentir una ligerísima simpatía por la muggle. Así que esa tarde, cuando los pasó a buscar salieron con ella camino al centro de la ciudad. Bellatrix llevaba un abrigo grueso en cuyo bolsillo encantado dormitaba Raspy. No era bonito, pero sí abrigado.
-¡Hala! Eres la primera persona a la que veo que le quedan bien ese tipo de abrigos –comentó la muggle que llevaba uno más liviano pero favorecedor.
Sin esperar respuesta, cogió a Bellatrix del brazo y se encaminaron hacia Durbuy. Durante el camino la muggle no paró de parlotear sobre sus estudios y los asuntos cotidianos de la granja. Como el segundo tema involucraba a animales haciendo cosas graciosas a Bellatrix no le importó. También les preguntó qué tal iban con su investigación y Sirius disfrutó inventando todo tipo de anécdotas sobre su supuesto estudio de ciudades medievales.
El mercadillo les gustó a los tres: pequeñas casetas adornadas con guirnaldas de acebo, lucecitas de colores parpadeantes vistiendo los árboles, olor a castañas y caramelo, degustación de dulces navideños… Era realmente encantador.
-¿Cómo hacen eso? –le susurró Bellatrix a Sirius cuando Eleanor se entretuvo en un puesto de flores- ¿Cómo consiguen que esos muñecos se muevan sin magia? ¿Y cómo hacen que las luces cambien solas de color?
Sirius intentó explicarle lo que sabía de electricidad, pero sospechó que Bellatrix asentía solo por no reconocer que aquello la superaba. Estaba comprobando que los muggles no eran para nada inútiles, sabían darse vida y suplir las carencias que la magia solventaría. Pasaron casi una hora deambulando por el mercadillo y observando todos los productos que ofrecían.
-Ahora he quedado con mis amigos para cenar, ¿queréis venir? –preguntó Eleanor- ¡Por fa, por fa, venid! Me hace ilusión que os conozcáis.
Bellatrix y Sirius se miraron y dudaron. Al momento la muggle añadió:
-Hemos quedado en una pizzería, es del padre de Theo y nos guarda las pizzas que se queman un poco o salen de formas feas. ¡Así cenamos gratis!
-¡Pizza gratis! –exclamó Sirius hablando más con el estómago que con el cerebro.
-¡Sí, vamos! –respondió Eleanor interpretando de inmediato que aceptaban la oferta- Somos solo cuatro, os caerán bien. A veces también viene la tonta de Lucy…
Los Black sospecharon que esa chica no le caía en gracia. Pero daba igual porque esa noche no acudía. La pizzería no estaba céntrica, tuvieron que caminar unas cuantas calles, pero tampoco muchas porque la ciudad era muy pequeña. Cuando llegaron, Eleanor llamó a la puerta del local pese a que lucía el cartel de cerrado. Pronto abrió un chico de su edad, pecoso, con el cabello rubio oscuro y aire despistado.
-¡Hola, Nellie! –la saludó- Pasa, ya estamos todos. ¡Anda, has traído a más gente!
-¡Hola, Theo! Son mis amigos de los que os hablé, Isabelle y Thierry.
-¡Qué bien, ampliamos el grupo! –exclamó el chico saludándolos.
Sirius se presentó por ambos y entraron. Se agradecía el calor del horno de piedra del aquel local, que era de estilo rústico con mesas de madera. En una de ellas había una pareja:
-Este es Ben –les presentó Eleanor al otro chico-, trabaja de aprendiz en la barbería, por si necesitáis algo, ¡es el mejor del mundo!
Por la efusividad con la que habló de él, Sirius sospechó que ahí había algo más que amistad; Bellatrix no sospechó nada, estaba intentando no sufrir un ataque de ansiedad al estar rodeada de cuatro muggles. El joven tenía gesto amable pero algo distante, con cabello castaño y ojos a juego.
-Y esta es Rose. Ella trabaja de costurera en la tienda de modas, pertenece a su familia.
La chica rubia y de aspecto asustadizo parecía la más tímida del grupo. Los saludó con una sonrisa y con el nerviosismo de un pequeño ratón. Eso animó a Bellatrix, le gustaba ver a gente aún más agobiada que ella. Se sentó entre ella y Sirius y por suerte no tuvo que hacer nada: solo comer. De la conversación se encargaron Eleanor y Sirius. Theo intervenía cuando los dos charlatanes le permitían meter baza; Ben sin embargo parecía absorto en su propio mundo y poco interesado en estar ahí. Rose, efectivamente, resultó ser igual que Bellatrix: no habló en toda la cena porque parecía asustada de ver a tanta gente.
-Toma, cielo, tu favorita –le indicó Sirius pasándole a su prima una porción de pizza barbacoa.
Él recordaba la coartada que ella le contó cuando se mudaron, en la que le explicó que esa sería su pizza falsa favorita. Bellatrix sonrió al ver que hasta de eso se acordaba. Se comió el pedazo con cierto temor y resultó que era verdad, ¡estaba muy bueno! Probó también porciones de otras, pero definitivamente la barbacoa era su favorita.
-Está buena, ¿verdad? –susurró Rose media hora después.
Bellatrix comprendió que se dirigía a ella. Y que llevaba largos minutos reuniendo valor para hacerlo. Así que ella hizo lo propio, no iba a permitir que una muggle mostrase más coraje que ella:
-Sí. ¿Cuál te gusta más?
-La… la cuatro quesos –respondió la muggle con una tímida sonrisa-. Aunque a veces hacen una dulce con chocolate, esa… esa es la mejor.
-El chocolate está muy bueno –convino Bellatrix.
Sirius y Eleanor se miraron de reojo, como diciendo "¡Mira, mira, están hablando! Pero no las mires directamente no sea que se asusten". Entre conversaciones y trozos de pizza, la cena resultó maravillosa para Sirius y moderadamente tolerable para Bellatrix. Terminados todos los platos, como ya era tarde y al día siguiente unos tenían trabajo y otros estudios, se despidieron.
-¡La próxima quedamos para bailar! –exclamó Eleanor.
-Uy sí, hace mucho que no lo hacemos –se sumó Theo.
Por la expresión del resto, quedó claro que no les apetecía nada. Pero a Eleanor nadie le llevaba la contraria, así que asintieron mientras cada uno iba preparando su excusa.
Theo se quedó en el edificio, pues su familia vivía ahí. Ben se marchó solo, el primero, a bastante velocidad. Los Black junto con Eleanor acompañaron a Rose a su casa, pues les caía de camino hacia la salida de Durbuy.
-Me ha gustado conoceros… -murmuró Rose con timidez- Y siempre me alegra verte, Nellie…
-¡A mí también! –exclamó Eleanor dándole un abrazo.
-Ha sido un placer –convino Sirius con amplia sonrisa.
Bellatrix asintió intentando sonreír también. Rose entró a su casa y ellos tres se marcharon por el amplio camino que salía de la ciudad.
-Os han caído bien, ¿verdad? –preguntó Eleanor alegremente- Ben y Rose son un poco tímidos, pero son muy majos cuando los conoces.
-Claro, es normal –convino Sirius-. Aunque mi favorito es Theo, ojalá mis padres tuvieran una pizzería y me dejaran comerme el material…
Rieron mientras Bellatrix acariciaba a Raspy dentro de su bolsillo. Continuaron bromeando hasta que llegaron a sus casas. Sirius insistió en acompañar a Nellie hasta la granja, pues era de noche, hacía frío y estaba todo muy oscuro. La muggle los adoraba por gestos como ese. Una vez la hubieron dejado ahí, deshicieron el camino hasta su casa.
-Sal, pequeñín, te has portado muy bien –murmuró Bellatrix liberando a Raspy.
El escarbato salió satisfecho y empezó a olisquear la hierba y a comerse la que mejor le parecía. No le importaba nada pasar horas en el bolsillo de Bellatrix: le gustaba mucho dormir y desde pequeño se acostumbró a pasar varias horas tranquilo junto a ella, no necesitaba más para ser feliz. Entraron por fin a casa y mientras Raspy jugaba en el salón con su pelotita, ellos se acurrucaron en la cama para entrar en calor tras el frío invernal.
-Estoy muy orgulloso de ti, peque –repitió Sirius como tantas otras veces-. Has estado muy bien y te has portado muy bien con Rose.
-¿Me estás felicitando por no atacar ni volverme loca? –inquirió Bellatrix frunciendo el ceño.
-Eh… ¿No?
-Yo diría que sí.
-Bah, ¿qué más da? Eres mi peque adorable y te quiero así.
Bellatrix no entendió si la estaba insultando, pero Sirius la despistó besándola y acariciándole la cintura y eso disipó cualquier pensamiento racional. Cuando terminaron de amarse, agotados y abrazados, Bellatrix caviló que su vida muggle le gustaba mucho más de lo que reconocería ante nadie.
