Las siguientes semanas Bellatrix se angustió un poco: esos días no obtuvieron ninguna sustancia especialmente valiosa –las criaturas no solían prodigarse con la sangre y el veneno- y por tanto consiguieron menos dinero. Pese a eso, les fue bien en el mercadillo mágico de Lieja: cada semana se hacían más populares y conocidos entre los habituales y por tanto se fiaban más de comprarles mercancías. Quien adquiría una poción, solía repetir, pues Bellatrix era muy buena pocionista. Del mismo modo, la chica (y varios chicos) que conocía a Sirius, también repetía porque el trato con él bien merecía comprarles cualquier fruslería. Y luego estaba Raspy, el rey del mercadillo:
-¡Mira qué cosita tan mona, lleva su propio jersey! –exclamaban los clientes acercándose.
El escarbato hacía ruiditos adorables y siempre conseguía que le dieran chucherías gratis (había aprendido de Sirius). Aún con todo, no ganaban mucho. Pero nunca se quejaban: si una semana disponían de menos dinero, vigilaban más las comidas para gastar solo lo justo. Habían acordado no comprar regalos de Navidad y no fue una decisión que les doliera: iban a ser las primeras Navidades juntos y felices en mucho tiempo, no necesitaban más.
-Mejor así –decía Sirius-, no como mis padres, que te hacían mil regalos únicamente para mantener las apariencias ante el mundo… Luego vivíamos todos amargados.
-Por eso yo siempre he preferido el dinero –sonreía Bellatrix.
-¿Para ahorrar cuando tuvieras que huir con tu sexy primo? –sonreía burlón él.
-Sí, cuando tuviera que salvarlo de convertirse en un dramático mártir encerrado voluntariamente en Azkaban.
Bromeaban sobre cualquier tema, nunca faltaban las risas; pero también trataban temas profundos. Sirius compartía con ella los funestos pensamientos sobre los Potter que no dejaban de acecharle y aunque Bellatrix nunca sabía cómo ayudarlo pues ese no era su fuerte, simplemente sentir que le escuchaba y le apoyaba hacia que su primo se sintiese mejor. A la bruja le habían bastado pocos meses para comprobar en su propia piel que el dichoso Dumbledore estaba en lo cierto: el amor (junto con la magia) era la fuerza más poderosa que había hallado en su vida. Qué rabia le daba que tuviese razón…
-¡Mira, Bella! He ganado una paga extra –exclamó Sirius una mañana.
Algunos días Bellatrix no iba al bosque, se quedaba en casa fabricando pociones para luego vendarlas o utilizarlas en las criaturas a las que ayudaban. En esas ocasiones, Sirius aprovechaba para ir a comprar comida o hacer recados al pueblo si necesitaban algo. Una de esas mañanas volvió con un par de billetes que sorprendieron a Bellatrix.
-¿Cómo los has conseguido? ¿No ibas a por carne?
-Sí, pero en la granja estaba solo Jack; su mujer ha ido a comprar piensos y Eleanor está en clase en Durbuy. Le he ayudado con un par de reparaciones: están mejorando los corrales de las gallinas y como no para de llover, es un engorro trabajar con la madera. Le he echado una mano aprovechando que esta mañana estaba despejado, a él solo le hubiese llevado mucho más tiempo.
-¿Pero cómo lo has hecho sin que te viera sacar la varita? –inquirió Bellatrix.
-No la he usado apenas, no he podido con él tan cerca. Además, amor mío, por mucho que te parezca una locura, no todo se puede arreglar con magia –sonrió Sirius-. Lo hemos hecho a mano y ha sido divertido.
-Si tú lo dices… -murmuró Bellatrix nada convencida.
-El caso es que me ha dado una propina y yo me he negado, pero me ha dicho que él siempre paga el trabajo y que se enfadaría si no. Así que he tenido que aceptar. Hemos quedado en que me avisará cuando tenga más reparaciones y así saco un dinero extra, aunque sea poco…
-Siempre es útil. Me parece muy bien –convino Bellatrix-. Lo único es que te asegures de que no está su hija los días que vayas.
-¿Por qué? ¿Te pone nerviosa que esté a solas con Eleanor?
-No. Me pone nerviosa Eleanor. Y que tú no sepas decirle que no y nos embarques a los dos en algún plan muggle. Si intentas insinuar celos por mi parte, ningún problema: lígatela y ejecutad el coito, ¡pero asegúrate de que no se acerca a mí! Me da miedo esa muggle tan invasiva…
Sirius se echó a reír. Sobre todo porque temió que había poco de broma en aquel ofrecimiento… Se acercó a Bellatrix por la espalda, mientras ella seguía revolviendo un caldero con una mezcla verdosa.
-Solo hay una persona del mundo con la que deseo ejecutar el coito –susurró en su oído.
Bellatrix no pudo evitar sonreír mientras Sirius le besaba el cuello.
-¿Está Raspy en casa? No le quiero crear traumas a nuestro pequeñín… -preguntó el mago.
-No, ha salido hace rato. No sé si ha ido con su tropa o…
-Perfecto –la interrumpió Sirius-. Y si dejas de remover esta poción… ¿estallará o sucederá algo malo?
-No. Debe reposar durante una hora. Llevo unos minutos removiéndola sin necesidad para a ver si así creías que estaba ocupada y me ahorraba oír a qué criatura te has ligado hoy…
-¡Eres mala persona! –protestó Sirius- Mis anécdotas de seducción son lo mejor de la vida. Aunque hoy no he visto a las sirenas, ya te digo que he ido a la granja. También te digo que una vaca me ha puesto ojitos cuando le he acariciado el lomo y…
-¡Eres muy tonto, Sirius! ¡Eres más tonto de lo que permite la ley!
-Pero un tonto muy sexy con muchas ganas de ejecutar el coito con mi romántica novia.
Pese a sus burlas e insultos, Bellatrix no pudo fingir desinterés mucho más tiempo. Cinco minutos después estaban en la cama ejecutando el coito bajo dos mantas (con el frío que hacía no estaban para tonterías). Terminaron justo a tiempo para que Sirius se pusiese a hacer la comida y Bellatrix recibiese a su pequeñín.
-¿Dónde has estado, Raspito? –le preguntó cuando lo vio entrar por su gatera subterránea.
El escarbato rebuscó en su bolsa y extrajo un buen puñado de escamas de dragón. Esos gestos hacían que a Bellatrix se le derritiese el corazón, era como si Raspy también entendiese que necesitaban ganarse la vida y quisiese ayudar a su familia.
-¡Oh, muchas gracias, campeón! Estas se venden muy bien, a la gente le encantan para la ropa de protección. ¿Has ido con tu tropa? Mañana les daré una golosina extra.
Bellatrix era capaz de no cenar durante toda una semana (aunque Sirius jamás lo permitía) para poder ahorrar para las golosinas de escarbato. Raspy se frotó contra ella emitiendo ruiditos felices. El que no estaba muy de acuerdo era Sirius y lo demostró a la mañana siguiente:
-Bella, no sé si es bueno que les des golosinas todos los días, mira qué gordo se está poniendo ese –comentó señalando a un escarbato de la fila que tenían ante ellos.
Acababan de terminar su jornada y Raspy había aparecido con su tropa de escarbatos, todos pertrechados con pelos de unicornio y esperando su recompensa. Bellatrix sacó la bolsa de golosinas y les dio una a cada uno.
-Son vegetales, las digieren muy bien –se justificó ella-. Raspy lleva tomándolas desde pequeñito y está perfecto de peso.
-Umm… Será como los humanos, seguramente ese se estará empachando con las comilonas de Navidad –elucubró Sirius-, me pasaba lo mismo cuando me quedaba en Hogwarts. Había días que me levantaba con tal hambre que me hubiese comido a Flitwick.
Bellatrix sacudió la cabeza ante lo tonto que era su primo, pero sonrió. Raspy se despidió de sus congéneres y se marcharon a su casa.
-Hablando de comidas navideñas… -empezó a murmurar Sirius con cierto temor- El día de Navidad Jack y Nora nos han invitado a comer con ellos y con Eleanor…
-¡Qué! –exclamó Bellatrix con horror- Has dicho que no, ¿verdad?
-¡No he sido capaz! ¡Son superamables! Nos hacen descuento siempre en la comida y además Jack me da propia casi todas las semanas.
Las reparaciones y trabajos pesados en la granja eran más que habituales y Jack solía pedirle a Sirius que le echase una mano. A él le gustaba mucho, le entretenía y era una relación similar a la que tuvo con el padre de James, a quien también echaba de menos. Se habían hecho buenos amigos, a ambos les gustaba la naturaleza, la música rock y las motocicletas. Especialmente eso último:
-¡Tiene una motocicleta clásica increíble, mejor que la mía! –exclamó Sirius con ojos brillantes- Se le estropeó por la falta de uso: se la compró de joven y cuando vinieron a la granja y compraron un coche ya no la necesitó. Dice que como a los dos nos gusta, va a encargar las piezas y así le ayudo a repararla. ¡Eso se me da bien! La de meses que estuve trasteando con la mía para conseguir que volara…
Como le amaba, Bellatrix le permitía hablar de esos temas que le interesaban lo mismo que un duende tuerto. Le escuchaba con atención y sonreía al ver la emoción y el brillo en sus ojos. Sirius era feliz con algo tan sencillo como ayudar a reparar una motocicleta y eso a ella le confirmaba que su primo también disfrutaba con su nueva vida. Pocas cosas la hacían más feliz.
-Me parece estupendo, Siri. Y si cuando la arregléis queréis iros los dos a recorrer Europa con ella, también me parecerá estupendo. ¡Lo que no quiero es ir a la maldita comida!
-¡Pero son muy amables con nosotros!
-Lo sé y por eso no los torturo cuando me entran ganas de aniquilar muggles (deformación profesional, no puedo evitarlo). ¡Incluso tolero a Nellie, que es más molesta que un maldito vociferador! Pero comer en su casa ya es demasiado.
Habían salido un par de veces más con Eleanor y sus amigos. Bellatrix se llevaba bien con Rose: no hablaban apenas, pero al estar juntas evitaban que el resto las involucraran en su conversación y era lo máximo a lo que aspiraban. Sirius lo pasaba muy bien y se integraba de maravilla. Pese a eso, Bellatrix seguía quejándose de la estupidez de los muggles tras cada cita con ellos. Sirius suponía que era más por honrar su estatus de sangre que por verdadero sentimiento. En esos días preferían mil veces a los muggles que a los magos, al menos ellos no les acusaban de crímenes aleatorios.
-De acuerdo –suspiró Sirius-, se lo diré la semana que viene…
Bellatrix asintió, aunque sin estar satisfecha del todo. Esas cosas siempre le acababan saliendo mal… Y así fue. Dos días después, cuando volvían del bosque, se cruzaron con Eleanor que regresaba de Durbuy. Bellatrix intentó hacerse la loca y correr los metros que la separaban de casa, pero fue tarde…
-¡Belle, Thierry! –los llamó alegremente mientras aceleraba el paso.
Siguiendo un instinto primario, Bellatrix estuvo a punto de convertirse en cuervo y huir volando de ahí. Sintió gran envidia de Raspy, felizmente oculto en su mochila con un hábitat enorme y privado diseñado para él. Empezó a calcular si cabría ella también para que Sirius los llevase a los dos y ella eliminase su ya de por sí exiguo contacto humano. Mientras cavilaba eso, Eleanor los alcanzó por fin.
-Vendréis pasado mañana a comer, ¿verdad?
Sirius miró a Bellatrix burlón: si había que mentir a la alegre muggle, que lo hiciese ella. La bruja intentó reunir valor para hacerlo, pero solo encontró ganas de huir.
-Nos hace mucha ilusión, todos los años estamos los tres solos… -añadió Eleanor mirándola con ojos brillantes.
Bellatrix no comprendía bien los sentimientos humanos, para eso existía la legilimancia. Pero en esa ocasión no la necesitó para saber que esa familia trataba de acogerlos para que no se sintieran solos fuera de casa. Creyeron que volverían a Francia por Navidad, de donde supuestamente eran, pero Sirius les dijo que no tenían mucha familia y preferían quedarse ahí. Eso desembocó en que el matrimonio decidiese incluirlos en sus tradiciones. Bellatrix, impresionada porque no estaba nada acostumbrada a ese tipo de afecto, no supo cómo reaccionar y finalmente susurró:
-Bueno… Está bien… Pero molestaremos, porque querréis estar en familia y…
-¡Vosotros ya sois familia! –exclamó Eleanor despreocupada- Tú y yo podríamos ser hermanas, casi gemelas. Y Thierry es el hijo que mi padre siempre quiso, pero le salió una hija obsesionada con las novelas góticas y los vestidos victorianos.
-Sois nuestras personas favoritas de este país –sonrió Sirius- y nos encantará poder comer con vosotros.
-¡Bieeen! –exclamó la muggle- ¡Nos vemos pasado mañana!
Así quedaron, ya no hubo opción a anularlo.
-¿No querías cancelarlo? –se burló Sirius cuando entraron a casa.
-Ya te he dicho que me da miedo –refunfuñó Bellatrix-. Preferiría cenar con un basilisco que con ella, sería más silencioso, en pársel existen pocas palabras.
Sirius sacudió la cabeza ante el absurdo, pero le hizo feliz tener un plan.
-Tendremos que comprar una botella de vino o algo para llevar a la comida, peque, es tradición.
-Ah, claro… -murmuró Bellatrix- Mañana vamos a Durbuy y compramos una.
No estaba para gastar dinero extra, pero desde luego era lo menos que podían hacer. Así que el veinticuatro de diciembre, Sirius fue a Durbuy a primera hora para comprar una botella de vino y algo de carne para la cena. Cuando volvió, Bellatrix ya había preparado la mochila para ir a hacer las recolecciones habituales; con su precaria economía no podían tomarse vacaciones. En cuanto entraron al bosque a Sirius le sorprendió ver a unas extrañas criaturas revoloteando sobre las copas de los árboles: una especie de mariposas grandes con rostro de reptil y aspecto siniestro.
-¿Qué tritones es eso? –inquirió el mago.
-Un mal acechador… -murmuró Bellatrix- Pueden ser peligrosos, a veces se alimentan de cerebros humanos y su veneno se emplea para borrar malos recuerdos.
-No se acercarán a nuestros cerebros, ¿verdad? –murmuró Sirius sacando su varita.
-No… Saben cuándo no les conviene atacar. Lo que me inquieta es que su presencia suele ser pronóstico de alguna desgracia, de alguna amenaza presente…
-Pues está el bosque lleno de esos bichos –comentó su primo-, mira esos capullos en los árboles, nunca había habido tantos.
Bellatrix asintió y confirmaron que así era: conforme avanzaban, seguía habiendo males acechadores sobrevolando o colgados de los árboles. Aún así tampoco se preocuparon mucho, en ese bosque había todo tipo de criaturas y la mayoría podían ser letales.
-Ten cuidado, ¿vale, pequeñín?
Raspy respondió con un ruidito adorable y seguidamente se introdujo por una madriguera para reunirse con su tropa. Bellatrix y Sirius se repartieron los frascos y bolsas herméticas para preservar ingredientes y también se pusieron manos a la obra:
-¿Te encargas tú de las plumas de hipogrifo? Se venden muy bien, son las mejores para escribir. Mientras voy a ver si el demiguise ha mudado ya –propuso Bellatrix.
-Perfecto –confirmó Sirius partiendo a la zona de cuevas donde moraban los hipogrifos.
Su prima marchó en dirección contraria, hacia el nido del demiguise al que en su día salvó del ataque de unos erklings. La criatura la recordaba perfectamente y siempre le dejaba recoger su pelo que tenía la capacidad de camuflarse con el entorno. Con el que Bellatrix había recopilado ya casi había logrado componer una capa de invisibilidad. Ese día el animal no estaba, debía haber salido a alimentarse. Pero en su nido había un par de puñados de pelo que Bellatrix recogió con cuidado. Después caminó hasta la zona más profunda, el corazón del bosque, cuajado de árboles y flores de todos los colores. En esa zona la vegetación tenía una peculiaridad: aun cuando no había sol, las ramas de los árboles y los pétalos de algunas flores resplandecían con un brillo dorado.
Bellatrix contempló su alrededor y no vio movimiento. Las criaturas debían estar ocultas o descansando. Mejor. Extrajo unos guantes finos y una bolsa de tela mágica y recogió con cuidado el polvo de hada que causaba ese efecto brillante. Llevaba ya media bolsa cuando un ser alado poco más grande que su mano apareció frente a ella revoloteando. Era un hada y parecía furiosa.
-¿Qué? –le espetó Bellatrix.
Las hadas no le caían especialmente bien, le parecían bastante ridículas y no las tomaba en serio. Se limitaba a visitar su zona y recoger el polvo, era la sustancia con la que barnizaban las escobas para que volaran. Por tanto, se vendía bien.
La criatura se detuvo frente a su rostro y abrió la boca para profiriendo unos chillidos tan agudos que Bellatrix apenas los escuchó. Aunque hubiese hablado el idioma de las hadas, con aquellos seres tan diminutos hubiese sido imposible comunicarse. El hada continuó gritando y agitando sus brazos y sus alas. Hasta que medio minuto después Bellatrix se cansó:
-Mira, criatura insignificante, puede que parezca que soy una pobre chica recopilando sustancias para sobrevivir… Pero eso no quita que la idea de separar cada miembro de tu cuerpo me produzca extremo placer.
La criatura seguía furiosa, obviamente tampoco la comprendía. La bruja no quiso perder más tiempo, con un movimiento de su varita, el hada salió despedida por los aires… Hasta que un mal acechador la atrapó al vuelo y se la tragó.
-Un problema menos –murmuró Bellatrix satisfecha.
Terminó de almacenar el polvo de hada y volvió a la zona de cultivos donde recogía los ingredientes que crecían cada semana. Estaba cortando unas ramas de díctamo cuando Sirius acudió corriendo y jadeando.
-¿Pasa algo? –le preguntó Bellatrix al ver su expresión de agobio.
-Hidra –susurró su primo intentando recobrar el aliento-, una hidra, en el lago.
La bruja abrió los ojos con horror. Jamás había visto una hidra, el monstruo marino con forma de serpiente gigante de varias cabezas y aliento venenoso. Tampoco tenía deseo de hacerlo.
-¿De dónde ha salido? Creí que estaban extintas.
-No lo sé –reconoció Sirius-. El lago conecta subterráneamente con el mar, debe haber venido… o alguien la ha traído.
-No puede ser, en esta zona no hay magos. ¿Seguro que es una hidra? Puede que se trate de…
-¡La he visto, Bella! ¡Mide tres metros de alto por lo menos y tiene tres cabezas! Parece que está oculta en el fondo, pero sale a atacar superrápido y lanza como un humo negro por la boca que parece venenoso.
Bellatrix asintió atemorizada, sí que era una hidra. Sacó el mapa del rastreador y lo comprobó: la criatura no aparecía, pero porque no la habían registrado. No obstante, el lago no estaba próximo a ninguna zona donde recogieran ingredientes importantes, así que podrían esquivarlo para evitar riesgos.
-No vuelvas a acercarte al lago –le advirtió a Sirius-. Las algas y plantas que consigues son buenas para pociones, pero no merece la pena a…
-¡No! –exclamó Sirius negando con la cabeza cada vez más alterado- ¡Tenemos que matarla, Bella!
Su prima se alteró de igual forma al escucharlo:
-¿Disculpa? ¡Te aseguro que no tenemos que hacer eso! No se puede sacar nada positivo de ese bicho, por eso estaban aquí los males acechadores… Mientras no nos acerquemos al lago, estaremos a salvo.
-¡Pero las sirenas no! ¡Están muy asustadas, toda la gente del agua lo está! Está atacando, son su alimento, los aniquilará a todos.
Bellatrix no negó aquello, era evidente que sucedería.
-Bueno, lo siento por las criaturas marinas, Sirius, pero contra un monstruo así nosotros tampoco podemos hacer nada.
-¡Son mis amigas, me han regalado muchas cosas valiosas estos meses! ¡No podemos dejar que mueran! ¡Seguro que tú puedes hacer algo, eres Bellatrix Black, nadie puede contigo!
El rostro de la bruja lucía una mezcla de miedo, desconcierto y quizá ligera emoción. Le gustaba que Sirius la considerase invencible y era cierto que aquello sonaba a un reto propio de los poemas épicos… Pero seguía siendo poner su vida en riesgo de forma gratuita.
-¡Vamos, Bella, será una aventura emocionante! Por favor…
-Bueno… Vamos a mirar si se puede hacer algo, pero si vemos que no…
Aún no había terminado cuando Sirius la tomó de la mano y la llevó corriendo hacia el lago. Frenaron a varios metros de la orilla. El lugar parecía igual pero se sentía diferente. Las hojas de los árboles más próximos estaban marchitas, en el aire flotaban pequeñas nubes grises de polución y en todas las orillas había sirenas, tritones y selkies. La gente del agua intentaba aferrarse a la tierra, pese a que les costaba respirar fuera del agua era como si quisieran huir del lago. Flotaban en el ambiente una inquietud y una pesadez que a los Black les pusieron los pelos de punta.
