En cuanto vieron regresar a Sirius al lago, varias sirenas emitieron sonidos mirándole y extendiendo los brazos de forma suplicante.

-He pensado incluso en llevarlas a otro lugar, a alguno de los lagos pequeños que hay en las montañas… -confesó Sirius- Pero son demasiadas, no se me ocurre cómo…

-¿Dónde está? –inquirió Bellatrix sin apartar la vista del centro del lago.

Sirius murmuró algo en sirenio y las sirenas le respondieron con tono entre la histeria y el terror.

-Sigue ahí, ahí abajo. Se esconde en el fondo, por eso ellos están intentando salir a la superficie.

Bellatrix asintió, inmóvil, intentando diseñar un plan. Con temor a la respuesta, su primo le preguntó cómo se derrotaba a una hidra. "Cortándole las tres cabezas lo suficientemente rápido para que no le vuelvan a salir" susurró su prima. El mago asintió compungido, hubiese preferido que bastase con una.

-¿Y qué... qué hacemos? –preguntó sintiéndose bastante ridículo- ¿Se te ocurre algún plan?

-No sé qué conjuros pueden funcionar para esto, Sirius, pero dudo incluso que los maleficios más complejos le afecten. Tiene una magia muy poderosa y la piel gruesa como un dragón…

-¿Y el dragón? ¡Byron! –exclamó Sirius acordándose repentinamente- ¿Crees que podría ayudarnos?

Bellatrix negó con la cabeza. Un dragón jamás se acercaría a semejante monstruo; no tenía necesidad de arriesgarse a caer en sus fauces. Sirius asintió frustrado. Al final Bellatrix se rindió, no se le ocurría ningún plan y la ponía muy nerviosa la inactividad:

-La única opción es probar… y ver si funciona algo. Diles a estas criaturas que se junten en una de las orillas, podemos poner un par de escudos y algunos conjuros de protección para que la hidra no pueda atacarlos… durante unos minutos.

Sirius asintió al momento. Se acercó un poco más y les explicó el plan a las sirenas. Les costó poco entenderse: enseguida la gente del agua se arremolinó en un lateral del lago. Muchos de ellos incluso treparon a la orilla y dejaron tan solo su cola en remojo para sentirse más a salvo. Los Black murmuraron juntos todos los conjuros de protección que se les ocurrieron. Entonces llegó el momento peliagudo.

-¿Cómo hacemos que salga? –inquirió Bellatrix.

-Intentemos molestarla –sugirió Sirius.

Utilizaron conjuros para arrojar chispas bajo el agua, otros para crear destellos en el aire e incluso Sirius lanzó rocas al agua. No funcionó, la superficie del lago lo absorbía todo y se mantenía en una inquietante calma. La gente del agua los miraban aterrados, pero también con cierta esperanza por su ayuda. Comprendiendo lo que querían hacer, una sirena de ojos y cabello violeta pareció reunir valor. Abandonó la zona de protección y se sumergió en el lago. Pronto comprendieron que su idea era atraer al monstruo.

-¡Noo, Ligeiaaa! –gritó Sirius corriendo a la orilla.

Bellatrix le sujetó para evitar que se tirara a salvar a su amiga.

-Es su hogar, respeta que quieran ayudar –murmuró Bellatrix sin apartar la vista del agua.

Durante unos minutos no sucedió nada, el lago era realmente profundo. Hasta que de repente, en la superficie empezaron a aparecer ondas y entonces… Un enorme monstruo gris azulado de tres cabezas cubiertas de escamas puntiagudas emergió con furia emitiendo rugidos atronadores. Sus cuellos eran largos y sus tres pares de ojos amarillos parecían vigilarlo todo. Bellatrix la observó completamente fascinada. Sirius emitió un grito de horror al ver que la cabeza de la izquierda tenía entre sus fauces a Ligeia. La de la derecha intentaba devorar a la gente del agua que gimoteaba tras las protecciones. Y la cabeza central, la que controlaba el cuerpo… esa los vigilaba directamente a ellos.

-¡No! ¡Nooo! –gritó Sirius que si no se echó al agua fue porque Bellatrix lo sujetaba.

La bruja cerró los ojos y pensó en un maleficio sencillo pero con probabilidades de éxito. Accio no funcionaba con series vivos, pero… ¡Voldemort le enseñó uno! Con un conjuro avanzado podías intercambiar un objeto con otro de peso similar. Bellatrix localizó tras ellos una roca de unos sesenta kilos: se concentró en ella y murmuró el maleficio. Un par de segundos después, cuando la hidra iba a tragarse a su víctima, lo que atoró su garganta fue la enorme roca.

-¡Ligeia! –gritó Sirius aliviado al ver a la sirena aparecer tras ellos.

Estaba herida, tenía marcas de mordiscos, pero podría curarse. El animago juzgó que de eso debía ocuparse su gente, sabrían cuidarla mejor. Así que la tomó en brazos y la acercó al lateral con la gente del agua. De inmediato varios de ellos (los más previsores ante la amenaza) empezaron a colocar algas y ungüentos en sus heridas.

Bellatrix no contempló la maniobra, no quitaba la vista de su enemigo. La cabeza de la izquierda se había tragado la piedra y estaba igual de sana pero más furiosa. La de la derecha seguía debilitando las protecciones para intentar devorar a la gente del agua. La del centro la observaba sin parpadear. La bruja dudaba si atacar, pero en cuanto Sirius estuvo a su lado, no lo pospuso más. Empezó a arrojar maleficios y animó a su primo a hacer lo mismo:

-¡Prueba los que sean, todos los que sepas! Tenemos que ver cuál funciona.

Probaron muchos, muchos. Se notaba que eran los alumnos más aventajados de su generación y muy creativos. Lograron enfadar más a la hidra… pero ni siquiera le causaron un rasguño. Sirius logró alcanzar a una cabeza con un maleficio de ceguera y Bellatrix cortarle la respiración a otra, pero ambas consiguieron combatir la magia y recobrar sus sentidos en pocos segundos. Era verdaderamente desalentador.

-No sé qué más… -reconoció Bellatrix- No conozco más maleficios seccionadores, ni para causar heridas, ni para matar… Les he lanzado cinco avadas y no es que no les afecten: es que rebotan y nos pueden alcanzar… Lo que yo aprendí está pensando para humanos… o para bestias comunes, no esto, que es peor que un basilisco.

La hidra se había acercado peligrosamente a su orilla. Ellos se habían alejado, claro, pero eso suponía que a tanta distancia les costaba mucho ejecutar los conjuros.

-¿Y que no sea para esas cosas? –inquirió Sirius a la desesperada- Simplemente un maleficio muy fuerte que pueda hacerles algo…

-El problema es que para eso tendría que acercarme. No sé cual puedo guiar sin tener que…

Se le ocurrió una opción. No veía cómo eso iba a funcionar y los riesgos de destruir todo el bosque (y por tanto toda su vida y la de cientos de especies) eran grandes. Pero ya era una cuestión personal, ella no se rendía y no le gustaba fracasar. Cerró los ojos, respiró profundamente, se concentró y…

-Fiendfyre –murmuró con voz débil pero aún así muy segura.

De su varita empezaron a brotar chorros de fuego que emitían un calor descomunal. Sirius tuvo que ejecutar varios conjuros de frío para que no se quemaran. Observó hipnotizado como con movimientos secos de la varita de su prima, se formaba un enorme dragón de fuego. La tierra empezó a temblar y a agrietarse en las orillas, las criaturas (no solo las del lago) gemían, aullaban y chillaban. Cuando estuvo segura de controlarlo, Bellatrix arrojó la bestia de fuego sobre la bestia de agua. Colisionaron. La hidra pareció arder, pero enseguida se sumergió en el agua. El fiendfyre aguantó la inmersión, pero no todo lo necesario. Al final se extinguió.

Para desmayo de todos, el agua no se había calmado. La hidra seguía ahí, viva. Y más furiosa: con una rabia descomunal, emergió de nuevo arrojándose con todas sus fuerzas sobre los dos magos. Casi llegó a alcanzarlos y ellos ahogaron un grito de terror, pero también otro de júbilo:

-¡Le falta una cabeza! –exclamó Sirius al ver el cuello carbonizado en el lado izquierdo- ¡Has acabado con una!

Bellatrix asintió algo contenta por esa victoria, pero en absoluto feliz.

-¡Hazlo otra vez! –la animó Sirius.

-No puedo. Mira el suelo –le indicó ella señalando las grietas provocadas por el fuego maldito-, si lo hago de nuevo el suelo puede resquebrajarse y como el lago lo engulla todo…

-Estamos jodidos –completó Sirius.

Su prima asintió. Continuaron probando conjuros aleatorios, rogando que funcionaran ahora que la bestia estaba más débil. No fue así. La cabeza derecha logró definitivamente quebrar las protecciones que amparaban a la gente del agua. Bellatrix creó un escudo de plata, pero ambos supieron que no aguantaría. Sin que ella pudiera evitarlo, Sirius corrió hacia ellos.

-¡No! –gritó Bellatrix.

Hizo amago de seguirlo, pero la cabeza del centro se aproximó tanto que quedó a una dentellada de ella. Vio con horror como Sirius corría hacia la orilla, dispuesto a dar su vida por unas criaturas medio anfibios solo por su estúpido coraje de Gryffindor. Bellatrix -sin dejar de defenderse de la cabeza central- repitió su nombre casi llorando cuando vio que la cabeza derecha superaba su escudo y arremetía contra él. Sirius cayó al suelo. Entonces, justo cuando el engendro le iba a clavar los dientes, el mago agarró algo hundido en la tierra y se defendió. Bellatrix vio sorprendida como Sirius la decapitaba con una espada de plata con incrustaciones de rubíes.

La cabeza derecha se separó del cuerpo y cayó carbonizada al momento. Lo malo fue que Sirius, al respirar su aliento venenoso, sintió que su cuerpo ardía y abrió la mano… dejando caer la espada al agua. Al momento la hidra se sumergió y desapareció.

Bellatrix corrió hacia Sirius, lo alejó de la orilla y lo abrazó. Él hizo lo mismo y se disculpó por su temeridad. Ella le insultó, pero después recobró su ánimo.

-¿De dónde has sacado esa espada?

-No tengo ni idea –reconoció él-. Ha aparecido en la tierra y la he cogido por reflejos. Qué rabia haberla soltado.

-La ha tocado el aliento de la hidra, si no la hubieras soltado te hubiera abrasado el brazo y después el cuerpo.

Sirius asintió e intentaron recomponerse. Bellatrix tomó una decisión, se sentía envalentonada ahora que ya tenían más de la mitad.

-Solo queda una. Tenemos que matarla, si no en pocos minutos le volverán a brotar las otras dos cabezas… e incluso más.

-¿Cómo? Ha vuelto a sumergirse y ya no tenemos arma… Igual se marcha por donde haya venido… -murmuró Sirius deseando creerlo.

Ambos sabían que no sería así. Permanecería oculta hasta poder vengarse: asesinaría a la gente del agua y si los pillaba desprevenidos, a ellos también. No, tenían que matarla. Tras lo sucedido con Ligeia ninguna criatura se atrevió a hacerla salir. Algunas se sumergieron, pero volvieron rápido y probablemente sin haber alcanzado el fondo. Un sireno se acercó y le contó a Sirius que habían intentado recuperar la espada, pero no había rastro de ella. Los Black observaron entonces que las sirenas se habían reunido entre ellas. Parecían susurrar algo en su idioma y al final se pusieron de acuerdo. Media docena de ellas se sumergieron. Regresaron unos minutos después con algo entre sus manos. Le indicaron a Bellatrix con un gesto que se acercara.

-Quieren que vayas –le tradujo Sirius.

-Eso sospechaba –murmuró la bruja en absoluto convencida.

Aún así obedeció. La más anciana de las sirenas, la que parecía más sabia y poderosa, le entregó el objeto: un tridente de oro macizo.

-El tridente de Poseidón, ningún humano lo ha tocado jamás –susurró en inglés-. Solo su heredera puede usarlo.

-¿Qué? –replicó Bellatrix desconcertada- Yo no lo soy.

-Poseidón golpeó la tierra con su tridente y creo así los mares. Solo quien pudiera hacer temblar la tierra, dominar el fuego y fundirse con el aire lograría controlar los océanos. Tú eres un ser de aire que ha hecho temblar la tierra con una criatura de fuego… Te falta enfrentarte al agua. Solo tú puedes hacerlo ahora que hemos visto que eres de verdad digna.

Bellatrix se preguntó si aquella sirena sabía que su animago era un cuervo.

-Si esto es tan útil… -murmuró la bruja poco convencida- ¿No podríais habérnoslo dado antes?

La sirena negó con la cabeza:

-No está en nuestra mano esa decisión ni tampoco usarlo. Poseidón así lo dejó escrito: debías pasar antes la prueba o el tridente te destruiría.

Bellatrix tenía varias preguntas más, lo que no le quedaba era tiempo. De forma casi mecánica, aceptó el arma dorada que le llegaba casi hasta el cuello. Era muy pesada y le costaba sujetarla, pero fue capaz de canalizar su magia para reducir el peso y portarla. Entonces, fue consciente de que solo había una opción… y que era probablemente la que el monstruo deseaba:

-Tengo que meterme al agua.

-Ni de broma –la frenó Sirius-. Aquí fuera estás a salvo. No quiero que muera la gente del agua, pero mucho menos tú.

-Tengo que hacerlo, debo hacerlo – susurró Bellatrix enfervorecida-. Podré vencerla, este chisme tiene que poder…

-Bella, la cabeza del centro es la más poderosa, es la que controla el cuerpo.

-Y voy a matarla –susurró Bellatrix con una sonrisa torcida.

Poseidón la había elegido, había superado la prueba. Era como cuando Voldemort le decía que confiaba en ella: se veía capaz de conquistar el mundo. Sirius fue consciente de que no iba a hacerla cambiar de opinión. Así que al momento le indicó que iba con ella. Bellatrix quiso evitarlo, pero tampoco fue posible. Ejecutaron el encantamiento casco burbuja para poder respirar bajo el agua y se zambulleron juntos. Las más valientes de las criaturas marinas se unieron a ellos para acompañarlos. El agua estaba helada y descender les costaba cuantiosos esfuerzos. Cuando se habían alejado casi cien metros, el oscuro fondo se empezó a vislumbrar y… la hidra los estaba esperando.

Atacaba con tal fuerza y rapidez que Bellatrix apenas podía maniobrar, ya era arduo manejar el tridente en tierra como para sumarle la resistencia del agua. Al animal le habían vuelto a crecer las dos cabezas e incluso un par más amenazaban con aparecer. Sirius los defendió a ambos con conjuros protectores y maleficios de ceguera temporal… Hasta que al final la hidra se arrojó sobre Bellatrix y la bruja aprovechó sus fauces abiertas para clavar el tridente en su garganta. El monstruo se retorció durante largos segundos hasta que estalló en mil pedazos que se convirtieron en polvo. El impacto fue tan grande que Bellatrix soltó el tridente y salió despedida.

La sirena anciana recuperó el arma y volvió a guardarla en el santuario submarino en el que llevaban siglos custodiándola. Sirius, también aturdido por el impacto, descubrió a Bellatrix bastantes metros más allá: el encantamiento de casco burbuja se había roto y ella estaba inconsciente. Nadó hacia ella, pero una sirena joven de ojos dorados y cabello verde esmeralda se le adelantó: agarró a Bellatrix de la cintura y con rapidez la subió a la superficie. Cuando Sirius los alcanzó, su prima ya había recuperado la consciencia y estaba sentada en la orilla.

-Gracias por tu ayuda, Venus –murmuró Sirius a la sirena que miraba a Bellatrix con ojos brillantes.

La criatura les dio las gracias a ellos. Bellatrix estaba algo frustrada por haber tenido que devolver el tridente, pero supo que no le pertenecía. Los dioses le habían hecho el regalo de usarlo y sentía que parte de la magia del arma había penetrado en ella y ya no la abandonaría.

-¡Ha sido increíble, has estado increíble! –exclamó Sirius abrazándola.

-Lo hemos hecho juntos –susurró Bellatrix.

La gente del agua danzaba en la superficie y las sirenas entonaban melodiosos cantos. Todas las criaturas se acercaron a su orilla y les dieron las gracias como supieron. Muchos dejaron a sus pies cabellos, piedras, plantas marinas o cualquier pequeño obsequio para mostrar su gratitud. Ellos lo aceptaron todo emocionados. Fue mejor que ganar la copa de quidditch o sacar todo Extraordinarios en los EXTASIS. Para ese pueblo, ya eran héroes. Estuvieron un rato contemplando la fiesta en su honor.

Después, Bellatrix secó con un conjuro las ropas de ambos para evitar la hipotermia y se despidieron por fin. Pese a que el lago volvía a ser seguro, dejarían pasar unos días hasta volver a visitarlo. Recogieron su mochila y sus objetos y emprendieron el camino de vuelta. Vieron que los males acechadores alzaban el vuelo y se dispersaban, aunque siempre algunos permanecían en el bosque…

Como de costumbre, Raspy salió a buscarlos. Había estado tan entretenido con su tropa que no se enteró de que sucedía algo en el lago. Los Black lo prefirieron así: su pequeñín no había pasado miedo.

-Dales tú las golosinas, ha florecido aquí la campanilla de invierno y me queda poca para las pociones vigorizantes –murmuró Bellatrix pasándole la bolsa.

Sirius asintió y puso manos a la obra mientras su prima recogía las flores con sumo cuidado.

—Vale, Bella, la obesidad de ese escarbato ya no puede ser normal –comentó el mago mientras distribuía las golosinas.

—¡Sirius, déjalo en paz! Le vas a crear complejos con su cuerpo –le amonestó Bellatrix.

—¡Pero míralo! Es que le cabe ahí dentro otro… ¡Espera! –se interrumpió Sirius— ¿Y si está embarazado? O embarazada, lo que sea.

—Lo dudo. Los escarbatos empiezan a aparearse en primavera, con este frío las crías morirían –murmuró ella sin prestarle atención.

—¡Deja eso y mira al gordito! –protestó Sirius arrebatándole el frasco con las flores.

Bellatrix alzó la vista sorprendida por su brusquedad y se agachó frente al escarbato que señalaba Sirius. Era casi imposible distinguir el sexo de un escarbato: los genitales eran internos y solo al aparearse podía apreciarse algo (y eran criaturas muy discretas, no les gustaban los mirones, así que no había oportunidad). Bellatrix tardó dos años en confirmar que Raspy era macho y lo consiguió analizando su orina con una poción especial que le sustrajo a Slughorn. Aún así, por la actitud huidiza y protectora del animal (y realmente porque su panza estaba enorme) sospechó que efectivamente estaba esperando cachorros.

—No tengo ni idea de cuánto estará… —murmuró Bellatrix— Supongo que unas dos semanas o quizá más…

—¿Cuánto dura el embarazo en esta especie?

—En torno a un mes, según lo que recuerdo –respondió la bruja intentando hacer memoria.

En su día, cuando adoptó a Raspy, se empapó de todo lo referente a su especie. Al apartado sobre la reproducción no le prestó demasiada atención, no creyó que fuese necesario. Mientras intentaba hacer memoria, Sirius exclamó con horror:

—¡Dios mío, Raspy! ¿¡No serás el padre!? ¡No podemos alimentar tres bocas más!

—Las camadas son de siete u ocho… —apuntó Bellatrix.

—¡¿Raspy, que has hecho?! –gritó Sirius llevándose las manos a la cabeza— Es culpa nuestra, no le explicamos que debe usar protección… ¡y ahora nos va a hacer abuelos!

—Cálmate, Sirius. Dudo mucho que sean de Raspy: las hembras eligen siempre al macho más grande y Raspy mide la mitad que todos estos. En términos escarbatiles es el menos sexy –susurró para que el afectado no la escuchase y se sintiese dolido.

El animago suspiró aliviado y dio gracias a los cielos, era demasiado joven para ser abuelo. No obstante, vio que su prima no experimentaba ningún alivio y le preguntó si sucedía algo.

—No… Es lo que te he dicho antes: nunca se aparean en los meses fríos, los recién nacidos necesitan mucho calor y la madre no los puede calentar y alimentar a todos. Es lo que le pasó a Raspy: nació en primavera, pero su familia lo dejó atrás porque era el más débil. Pudo sobrevivir porque es muy fuerte y ese año hizo bastante calor, pero lo habitual es que…

—Vale, vale –la interrumpió Sirius con tristeza—. Lo importante es que Raspy está perfecto. Y a este podremos echarle un ojo para que vaya todo bien.

—Sí… Viene todos los días a por la golosina, la tendremos vigilada –convino Bellatrix.

Su primo asintió y volvieron a casa junto con Raspy, que correteaba alegremente a su lado. Él se había adaptado incluso mejor que sus dueños: adoraba ese lugar que combinaba el agradable hogar con sus padres humanos y las aventuras por el bosque con sus congéneres. Bellatrix y Sirius, emocionados por haber derrotado a una criatura mitológica, pasaron el resto del día sumidos en el eufórico sexo de celebración.