El veinticuatro de diciembre hicieron una cena sencilla en su casa. Desde el enfrentamiento con la hidra se sentían muy seguros en su hogar y tenían menos ganas de salir… Fuera llevaba días lloviendo y no tenía visos de parar, así que el paisaje se perfilaba bastante gris. Aún así a ellos no les afectaba: rieron y bromearon durante toda la velada. Después de cenar tomaron un par de copas y bailaron e hicieron el estúpido por el salón mientras Raspy los miraba entretenido. Se acostaron tarde y no se despertaron hasta media mañana.
-Buenos días, peque –sonrió Sirius.
-Mm… -gruñó Bellatrix.
Cuando no tenían que ir al bosque, a la bruja se le pegaban más las sábanas y le costaba más activarse. Sabiéndolo, Sirius preparó el desayuno y lo levitó hasta la cama. Raspy también se sentó con ellos a los pies de la cama mientras mordisqueaba una raíz de díctamo que era su desayuno favorito. Hacía unos ruiditos adorables al masticar que siempre ponían de buen humor a Bellatrix. Cuando terminaron los tres, Sirius comentó:
-Sé que hablamos de no hacer regalos, pero esto no me ha costado nada –murmuró abriendo el último cajón de su mesilla.
Bellatrix le miró sorprendida y aceptó el objeto envuelto en papel de seda. Se trataba de un colgante: una piedra ovalada morado brillante con vetas doradas. Colgaba de un cordón de cuero fabricado a mano.
-Es un zafiro embrujado, una piedra mágica muy preciada que protege a quien lo lleva. Además, puede burlar encantamientos de protección de otros, los de antiaparición, por ejemplo.
-Es precioso… -murmuró Bellatrix fascinada- ¿Cómo has conseguido algo tan valioso?
-Sé que suena extraño, pero me lo regaló mi hipogrifo favorito. Solemos salir a volar juntos, le gusta mucho. Hace poco me lo trajo en el pico, supongo que lo encontró por ahí y entendí que quería que me lo quedara. Pensé que podríamos venderlo bien, pero es muy bonito y quiero que tengas algo bonito. Además me parece un desprecio vender algo que me ha regalado un hipogrifo…
-Claro sí, pero… No te ofendas, pero ¿has comprobado que sea seguro? –preguntó la bruja avergonzada por su desconfianza.
-Sí, ejecuté los hechizos detectores habituales, pero prueba tú los que quieras –la animó Sirius.
Bellatrix sacó su varita y tras un par de conjuros certificó que nadie estaba rastreando ese objeto ni era un traslador dormido ni estaba maldito. Abrazó a Sirius y le besó emocionada. Le pidió que se lo pusiera y él le ató la cuerda que él mismo había trenzado.
-Te queda precioso –murmuró embobado.
-Me estás mirando las tetas, Sirius.
-Una cosa no quita la otra –replicó él.
-Qué tonto eres –murmuró ella besándole de nuevo-. Yo también tengo algo…
Con un giro de su varita apareció un paquete que tenía oculto en el armario. Sirius aceptó el envoltorio (que era una tela gruesa con un cordel) y halló en su interior un cuchillo de piedra extremadamente afilado. La empuñadura de cuero estaba adornada con motivos rúnicos y su nombre grabado.
-Lo fabriqué yo, con piedras mágicas que encontré y tallé en el bosque.
-¿Sabes tallar un cuchillo? –respondió Sirius embelesado con el arma.
-Por supuesto. Sé tallarlo y utilizarlo para abrir a alguien en canal y extraerle todos los órganos en el orden justo para que la tortura dure más.
-Debe ser que estoy enfermo pero… eso me ha puesto cachondo, Bellatrix –murmuró Sirius abalanzándose sobre ella-. Es el mejor regalo del mundo.
Se besaron y rodaron juntos por la cama, pero se detuvieron pronto porque su hijo estaba presente. A Raspy Sirius le entregó una tarta vegetal que había elaborado para él y Bellatrix un par de pelotitas y jerséis para que tuviera de recambio. El escarbato no entendía qué pasaba ese día, pero le encantaba recibir obsequios. Como tenían la mañana libre (se habían dado vacaciones por un día) decidieron salir a correr. Caminaron hasta la carretera secundaria que comenzaba pasada la granja y ahí se transformaron y corrieron y volaron por los montes. Nunca había nadie por esa zona, así que el perro, el cuervo y el escarbato podían hacer carreras y todo el ruido que quisieran.
-Qué listo es Raspy –murmuró Sirius felizmente agotado cuando regresaron-, desde pequeño cuando nos hemos transformado ha sabido que éramos nosotros.
-Claro, nota nuestra magia y nuestro olor. Y lo vivió así desde pequeñín, le parece lo más normal, seguro que cree que todos los magos son también animales.
Volvieron a su casa, se ducharon y se pusieron su ropa más elegante para acudir a la comida en la granja. No sabían dónde presentarse, nunca habían estado en la parte de vivienda, pero no hubo problema porque Eleanor los salió a recibir:
-¡Qué bien que hayáis venido, qué guapos estáis!
-Menos que tú, Eleanor –sonrió Sirius.
-¿Os gusta? –inquirió girando sobre sí misma con su vestido verde con vuelo- Me lo hizo Rose el año pasado.
-Te queda muy bien –aseguró el animago.
Bellatrix asintió incapaz de abrir la boca, como cada vez que aparecía la muggle parlanchina. Realmente el vestido era muy bonito para ser obra de gente sin magia. Eleanor los hizo subir por una escalera lateral y llegaron al piso situado encima de la granja. El comedor era antiguo pero bien cuidado, con paredes de madera y decorado con motivos navideños: árbol, acebo, lucecitas y figuritas de renos.
-Me gusta mucho la Navidad, me encanta decorarlo todo –comentó Eleanor-. Este año decoré hasta la barbería donde trabaja Ben.
Aparecieron entonces Nora y Jack para recibirlos y se felicitaron todos la Navidad. Sirius le tendió la botella de vino y ellos agradecieron el detalle. Por su parte, Bellatrix le entregó un paquete a Eleanor. Ella lo aceptó sorprendida. Era un antiguo vestido suyo que nunca llegó a ponerse: largo, de terciopelo escarlata y para el gusto muggle algo gótico. Cuando en su día hizo la maleta, también metió su ropa de bruja, por si llegaba a necesitarla, pero juzgó que de ese vestido podía prescindir.
-¿Es… De verdad es para mí? –preguntó Eleanor que por primera vez parecía tener dificultades para hablar.
Bellatrix asintió. Sabía que a la muggle le encantaba la ropa de ese estilo. Se dijo que tenía ese detalle por ella por cortesía, para demostrar que aun sin dinero seguía estando muy por encima de los muggles… Se prohibió a sí misma reconocer que pudiera tenerle algo de afecto. El resultado fue que Eleanor la abrazó tan fuerte que Bellatrix creyó que vomitaba. Después le besuqueó las mejillas y le dio las gracias más veces que la gente del agua a la que salvaron de morir devorada. La bruja se sentía muy violenta e intentaba no mirar la sonrisa burlona de Sirius (pero sabía que estaba ahí).
-¡Me lo pondré para la fiesta de Nochevieja, qué ilusión! ¡Tenéis que venir! Aunque yo no os he comprado nada, lo siento no…
-No queremos nada –la interrumpió Bellatrix-, siempre nos dais bizcochos o empanadas cuando venimos a comprar.
Eleanor la volvió a abrazar casi llorando de la emoción. Esa segunda vez a la bruja no le molestó tanto: estaba ocupada pensado una excusa para librarse de la fiesta de Nochevieja. La muggle solo la soltó cuando tuvo que ir a poner la mesa.
-Vaya… Así que le has hecho un regalo a tu nueva mejor amiga… -sonrió Sirius entre burlón y orgulloso de ella.
-Es un vestido que no me voy a poner, si no lo hubiese tirado –respondió su prima encogiéndose de hombros-. Así la tenemos contenta y nos siguen regalando comida.
-Claro que sí, peque, lo has hecho por la comida gratis.
Bellatrix frunció el ceño sin deducir si hablaba en serio o le tomaba el pelo. No pudo averiguarlo porque Jack los avisó de que ya estaba la comida. Se habían esmerado con un inmenso pavo con ensalada y patatas asadas. De postre hubo unos pastelitos caseros y disfrutaron del vino que Sirius había elegido. Fue una comida de Navidad verdaderamente agradable, algo inédito para los Black. Cuando terminaron se sentaron en el salón y tomaron unas galletas con formas de estrellas y muñecos de nieve. Bellatrix se comió más de media docena y no pudo ocultar que le encantaban.
-Esta gente serían buenos elfos domésticos –le susurró a Sirius.
El mago puso los ojos en blanco mientras seguía disfrutando del ponche de huevo. Estuvieron con ellos casi hasta que anocheció: riendo, contando anécdotas, hablando de su futuro… Era extraño sentirse parte de una familia que ni siquiera era la suya, pero les hacía olvidar por completo sus problemas y los motivos que los habían llevado a ocultarse en aquel lugar. Así Durbuy no era un escondite para dos prófugos sino un hogar.
-Ha sido un placer teneros aquí –sonrió Nora-. Marchaos ya que parece que va a caer una buena y aunque viváis aquí al lado no quiero que os mojéis.
Los Black asintieron. El cielo estaba igual de gris que siempre, pero si lo decía la granjera –muy habituada a ese clima- seguramente llovería. Eleanor los acompañó a la puerta:
-¡Entonces nos vemos en Nochevieja! –exclamó alegremente.
-Es que no nos gustan mucho las fiestas… -comentó Bellatrix que como había bebido sentía un poco más de valor para hablar con muggles- Me agobio si hay mucha gente, ruido y eso…
-¡No te preocupes, estaremos casi solos! Como te dije, casi no hay gente joven en Durbuy, no somos ni una docena y el pub al que vamos es bastante grande. A Rose le pasa lo mismo que a ti y aún así siempre viene y lo pasa bien.
Viendo que Bellatrix no podía, Sirius se hizo cargo:
-No somos muy de salir de noche, pero si estamos con ánimo nos pasamos un rato, ¿vale? Nos gusta acostarnos pronto, somos como un matrimonio de ancianos.
-Vale, claro, como queráis, tampoco quiero agobiaros… ¡Pero es que quiero celebrar el nuevo año con mi nueva mejor amiga!
Ahí Bellatrix se llevó otro abrazo a traición. Se verían antes de Nochevieja cuando los Black hiciesen la compra semanal, así que acordaron comunicarle entonces su decisión. Le dieron las gracias por la comida y emprendieron de la mano el breve camino de vuelta.
-Sabes, ya pienso en francés –murmuró Sirius- y me estoy planteando de verdad escribir el libro sobre ciudades medievales: lo que me voy inventando sobre él tiene una pinta buenísima, ¡mataría por leerlo!
Bellatrix se rio ante su idea, tampoco era la peor del mundo… Antes de entrar en casa recogieron a Raspy: había pasado el día en el bosque, seguramente escarbando con sus congéneres y también se le veía muy contento. Le encantaba pasar el día jugando y luego que Bellatrix le cogiera y le limpiara para quitarle la tierra y ayudarle a entrar en calor. Así lo hicieron, pronto Raspy quedó limpio y calentito. Se acomodó en un rincón del salón para disfrutar de lo que había dejado de su tarta vegetal.
-Bella, hace demasiado frío como para no hacer el amor –declaró Sirius con gravedad.
-Nunca dejas de superarte con tus excusas absurdas, ¿eh? –se burló Bellatrix.
-Te lo pongo fácil para que no tengas que suplicar por mi cuerpo de dios griego.
-Sí, el dios del desastre.
-Un desastre muy sexy –susurró Sirius poniendo su mirada seductora que nunca fallaba.
-Qué tonto eres, madre mía… Venga, vamos a hacerlo, pero porque hace frío, que si no…
Ambos rieron y después se pusieron al asunto con la maestría y la pasión que derrochaban en todos los campos de su vida. Cuando terminaron, se quedaron abrazados en la cama, no solo por cariño, sino porque en esa fría noche de Navidad cualquier fuente de calor se agradecía. Como Nora había predicho, fuera empezó a descargar una fuerte tormenta. Los Black se acurrucaron aliviados de estar bajo techo y envueltos en mantas. Con esa agradable sensación y el sonido de la lluvia sobre el tejado, se durmieron rápido.
Habían transcurrido unas cuatro horas cuando un ruido despertó a Bellatrix. Tanteó su mesilla para coger su varita y encender una pequeña luz. Pese a que estaba aturdida y somnolienta, pronto descubrió el origen del ruido: Raspy estaba a los pies de la cama sin dejar de emitir sonidos y agitarse con nerviosismo. Tenía el pelaje empapado y machado de barro. Bellatrix se asustó y se incorporó al instante. Se agachó junto a él y suspiró aliviada al ver que estaba sano. No era extraño que saliese a escarbar de noche, pero sí que los despertara de madrugada.
-¿Qué pasa? –gruñó Sirius frotándose los ojos.
-Raspy acaba de llegar de fuera, le pasa algo.
Sirius se incorporó de golpe y se acercó a él. El escarbato echó a correr hacia la puerta, girándose hacia ellos como indicándoles que le siguieran; exactamente igual que cuando les avisaba de que había encontrado un rastro. Vieron por la ventana la tormenta era fuerte: el viento agitaba los árboles y el frío era tal que casi violaba las protecciones de la casa. Aún así, no lo dudaron: se vistieron a toda velocidad y Bellatrix cogió la mochila con los útiles que utilizaban para explorar.
-Ya estamos, Raspy –murmuró abrochándose el abrigo de cualquier forma.
Salieron de casa a toda velocidad. El escarbato cruzó el amplio camino empedrado que los separaba del bosque y se internó entre los árboles.
-Más despacio, Raspy, esto está muy oscuro –murmuró Sirius.
Nunca habían estado en el bosque de noche e impresionaba. Todo estaba oscuro, únicamente iluminado por las lejanas luces de Durbuy y los relámpagos que surcaban el cielo. Los árboles, sacudidos por el viento, parecían sisear entre ellos y conspirar contra los extraños. Conocían a la mayoría de las criaturas que vivían ahí, pero tras el enfrentamiento vivido recientemente ya no se sentían tan seguros. Ambos compartían el mismo temor: que la hidra hubiese resucitado de alguna forma u otra hubiese ocupado su lugar. Ninguno lo expresó, preferían no invocar al peligro verbalizándolo. Cuando estuvieron ya lejos de la carretera, Bellatrix creó una esfera de luz que siguió a Raspy iluminando el camino.
Mientras el escarbato corría entre los árboles, los Black le seguían dándose la mano para no perderse ni caerse. Probablemente no se estaban adentrando mucho y era un terreno que habían recorrido a diario cada mañana… pero de noche todo resultaba mucho más confuso y siniestro, apenas reconocían ningún lugar.
-¡Mierda! –maldijo Sirius repentinamente- ¡No llevamos el mapa!
Al menos una vez por semana, Sirius actualizaba el mapa del rastreador con las nuevas plantas y animales encontrados. Había incluido a las hidras dos días antes, así que lo dejó sobre la mesa del laboratorio hasta que secara la tinta. Bellatrix también se maldijo por no haberse dado cuenta, pero ya era tarde para volver. Confiaron en no necesitarlo, al fin y al cabo les acompañaba un rastreador experto… Aunque parecía alterado, también lo veían muy centrado y seguro de lo que hacía, así que en ningún momento dudaron de Raspy.
-¡Por fin ha parado! –exclamó Bellatrix- ¿Qué hay aquí?
Ambos prepararon sus varitas. Estaban en un punto del bosque similar a todos por los que habían pasado. Se hallaban ante un frondoso arbusto, rodeados de árboles y de barro. Como el follaje de las copas era denso, los resguardaba un poco de la tormenta. Pero no entendían para qué los había llevado Raspy hasta ahí.
-¡Mira, ahí hay algo! –proclamó Sirius agachándose.
Bellatrix lo imitó. Descubrieron que al arbusto frente al que estaban le faltaban las ramas de la parte baja, además la tierra estaba horadada creando un pequeño nido protegido del viento. Con cuidado, Sirius dirigió la luz de su varita a esa zona.
-¡Es la escarbato embarazada, está de parto! –exclamó Bellatrix sorprendida.
En la pequeña cueva que los animales habían improvisado, se hallaba la criatura tumbada y haciendo movimientos extraños. Descubrieron que en los alrededores estaba toda la tropa de Raspy, vigilando por si debían proteger a la madre de cualquier criatura. Con un par de conjuros los Black se aseguraron de proteger la zona por completo de viento y lluvia. También ejecutaron un hechizo de calor para que estuviera lo más agradable posible. El animal pareció relajarse un poco y pronto asomó una cabecita.
-Mira, ya sale el primero –susurró Bellatrix emocionada.
-¿Hacemos algo? ¿Tenemos que ayudarla? –preguntó Sirius también en voz baja para no molestar.
-No, la naturaleza funciona muy bien, están preparadas para parir perfectamente solas sin ninguna molestia. Solo si alguno se atascara tendríamos que ayudar.
Sirius asintió. Raspy, que parecía comunicarse con el resto de escarbatos, ya se había calmado y acudió junto a Bellatrix para observar. Sus compañeros parecieron comprender también que estaban a salvo con ellos y se relajaron un poco, siempre pendientes de si la hembra necesitaba algo. Cuando estaba empujando para expulsar a la cuarta cría, Sirius empezó a pensar que eso era una violación de su intimidad. Así que apartó la vista y sus ojos vagaron entre los árboles del bosque.
-¿¡Qué…!? –gritó el mago de repente.
Bellatrix alzó la vista sobresaltada y le preguntó qué pasaba.
-Me ha parecido ver…
-¿El qué?
-No sé, a alguien mirando ahí entre los árboles…
Bellatrix aguzó la vista pero no vio nada. Ambos lamentaron no haber llevado el mapa.
-Sería algún animal, quizá un hipogrifo…
Sirius asintió no muy convencido. Se levantó y se encaminó unos pasos en la dirección indicada. Después se transformó y como su olfato canino no detectó ningún olor inusual, volvió junto a Bellatrix. "No era nada", murmuró, "Me habré sugestionado". Su prima asintió distraída, estaba muy concentrada en la escarbato.
-Ya está, ya ha terminado –murmuró-. Han sido seis cachorros.
Sirius contempló a las pequeñas criaturas grisáceas que medían lo mismo que su dedo meñique. Aún no tenían pelo y tardarían unos días en abrir los ojos. Bellatrix extrajo un frasco de su mochila y con un cuentagotas le dio un par de gotas a la madre. Era una poción curativa y revitalizadora para animales heridos. Pronto surtió efecto y la criatura tomó mejor aspecto. Sin embargo, el problema no era ella:
-No va a cuidar a las crías… Ni siquiera a la mitad, no pueden hacerlo con este frío: son demasiado pequeños para meterse con ella a una madriguera, morirían asfixiados por la tierra… Y si se quedan fuera, morirán todos.
-¿Y qué podemos hacer? –preguntó Sirius angustiado.
-Bueno, podemos… -murmuró Bellatrix con nerviosismo.
-¿El qué? –la apremió Sirius.
-Llevárnoslos a casa… Al menos hasta que cumplan un mes, ahí ya son perfectamente capaces de vivir bajo tierra.
-Vale, ¿y cuál es el problema, por qué me lo dices con ese tono?
Bellatrix le miró sorprendida.
-Bueno… Nuestra casa ya es pequeña, creí que igual te molestaba si metemos a tantos…
-¡Pero, Bella! –la interrumpió él- ¡Cómo va a molestarme, debemos salvarlos! Los Potter me acogieron a mí y ahora yo debo acoger a estos pequeñines… Que parece que estén a medio hacer, pero bueno, ya terminarán de cocerse.
Bellatrix rio y le besó con gratitud. Tardaron unos minutos en decidir cómo hacer el traslado. Al final, Sirius se quitó el abrigo y con sumo cuidado colocaron dentro a la madre con sus seis crías. Raspy coordinó la actividad con suma atención y visiblemente orgulloso de sus humanos. Después, Sirius tomó el abrigo protegiéndolo como si fuese un bebé y emprendieron el regreso.
-Guíanos, Raspy.
El aludido se despidió de sus compañeros y comenzó a desplazarse con rapidez entre los árboles. Unos minutos después se dieron cuenta de que no estaban solos: los seguía un escarbato grande y negro, otro miembro de la pandilla.
-Debe ser el padre –aventuró Bellatrix-, querrá estar cerca de sus crías.
-Cuantos más mejor –sonrió Sirius.
-Te quiero –susurró Bellatrix en su oído dándole un beso en la mejilla.
Tuvo que usar varios conjuros de calor para que su primo no se enfriara, pues la noche era gélida y él había renunciado a su abrigo. Sintieron un inmenso alivio cuando se vieron por fin fuera del bosque. Cruzaron el camino de nuevo hasta su casa y suspiraron agradecidos cuando entraron por fin. Bellatrix creó un duplicado de la cuna de Raspy y lo colocó en el salón junto a la chimenea. Después, limpiaron con un paño de agua caliente a la madre y a sus crías y los colocaron en la cuna donde los siete se acomodaron disfrutando del calor.
-Ven, Raspy, y tú también –llamó Bellatrix al escarbato que los había acompañado.
Acudieron los dos obedientes. Los limpió también de barro y lluvia y después los secó con un hechizo de calor. Ambos parecieron muy contentos de verse por fin secos y calentitos. El macho se acomodó junto a la hembra a los pies de la cuna y Raspy se frotó contra Bellatrix con gran afecto. Les pusieron un cuenco con agua y los dejaron tranquilos en el salón para que pudieran descansar. Los Black se ducharon, se volvieron a poner los pijamas y se acurrucaron de nuevo en la cama, esta vez con Raspy a sus pies.
-Vaya Navidad… -comentó Sirius acariciando la mejilla de Bellatrix.
-No ha sido de las peores –respondió su prima recordando las desastrosas fiestas de los Black.
-Desde luego que no –convino él con una sonrisa-, ha sido la mejor.
