Enero fue un mes duro. Hacía mucho frío, la mayoría de criaturas estaban hibernando y pocos cultivos florecían; por ello no conseguían muchos ingredientes. Redujeron sus gastos todo lo posible y gracias a los trabajos que hacía Sirius para Jack y las pociones que Bellatrix vendía en el mercadillo pudieron subsistir. Aún así, fueron felices cada día, conscientes de haber dejado atrás el peor año de sus vidas.
-¡Qué grandes están ya! –murmuró Bellatrix acariciando a las crías de escarbato que ya empezaban a corretear por la casa.
Todos eran negros y crecían con rapidez pese a ser cachorros, eso alivió por completo los temores de Sirius de que Raspy fuese el padre.
-Y mira cómo adoran a su padrino –comentó divertido.
Era cierto: los seis pequeños solían pasar el día ovillados junto a sus padres, pero en cuanto su padrino Raspy volvía de las exploraciones por el bosque, les encantaba jugar con él. Formaban una fila y lo seguían por toda la casa mientras Raspy jugaba con su pelotita o simplemente estiraba las patas. Eran lo más adorable que habían visto.
-Abre la ventana, viene Carper –murmuró Bellatrix.
La lechuza seguía llevándoles ejemplares del Profeta una vez por semana. No parecía haber nada reseñable en el mundo mágico inglés, los sucesos eran aislados y comunes y nada apuntaba al regreso de Voldemort ni a ninguna otra amenaza. Ya apenas mencionaban sus nombres, parecía que el mundo hubiese olvidado a aquellos dos parias de la condenada familia Black. A ellos, lejos de importarles, cada vez les agradaba más distanciarse de su antigua vida.
-¿Vienes al bosque o te quedas? –le preguntó Sirius.
-Me quedo. La semana que viene es San Valentín, estoy fabricando filtros de amor para venderlos este domingo.
-¿Pero funcionan? –murmuró el mago observando el líquido rosado que Bellatrix revolvía en el caldero- No huele a aceite de motocicleta y a ti como en el colegio…
-Todo lo que yo hago funciona, Siri –le reprochó ella-. No es amortentia, que requiere mucho más tiempo e ingredientes más complejos; son filtros de amor más suaves, por eso no huelen a nada. Funcionan igual, pero durante menos tiempo y con un poco menos de intensidad.
-Mejor, así nadie los usa para engañar a alguien contra su voluntad…
-Eh, yo solo los vendo, lo que hagan luego con ellos no es mi problema.
-Muy slytherin por tu parte –suspiró Sirius.
-¡Gracias! –sonrió Bellatrix- Y ahora vete al bosque, mira a ver si te ligas a alguna sirena y te da escamas, que se venden muy bien para hacer complementos.
-¿Sabes? Podrías ligártelas tú. Desde que las salvaste de la hidra muchas me preguntan por ti, Venus está obsesionada contigo, siempre me da regalos para cortejarte…
-¿¡Y por qué no recibo ninguno!? –se indignó la bruja.
-Porque te amo demasiado: no me la voy a jugar a que me dejes por ella, tiene el pelo verde y ese grado de ser guay no lo puedo igualar. Así que los incluí en los artículos para vender.
Bellatrix era muy práctica, que los vendiera le parecía correcto; le gustaban los regalos, pero todavía más poder comer todos los días. En cualquier caso, le respondió que no había mucho riesgo de que le dejara por una sirena:
-Prefiero a las criaturas con patas –murmuró su prima mientras vertía ingredientes en el caldero.
-¡Yo tengo cuatro! –exclamó Sirius orgulloso de su versión animaga- Cinco si contamos mi superzanahoria…
-Vale, se acabó, ¡lárgate ya! –le espetó Bellatrix intentando contener la risa.
Se dieron un beso de despedida (como si fuesen a estar tres años sin verse, porque ellos eran así) y Sirius cogió la mochila con el mapa y los útiles de exploración.
-¿Vienes, compañero?
Raspy hizo un ruidito de aquiescencia y salieron los dos. Bellatrix jamás creyó que pudiera tener tal capacidad de amar, pero quería a esos dos seres desde lo más profundo de sus entrañas. Ni ingiriendo todas las pociones de amor que estaba fabricando hubiese conseguido sensación tan intensa. Se entretuvo con ellas toda la mañana, llenando todos los frascos posibles y etiquetándolos de forma atractiva para atraer al público. Cuando terminó, comprobó que aún le daba tiempo a hacer la compra semanal en la granja. Prefería hacerla por las mañanas, así evitaba a la muggle invasiva.
Efectivamente cuando llegó la atendió Nora porque su hija estaba en sus clases en Durbuy. Le vendió los productos habituales, le regaló un bizcocho y una empanada y Bellatrix emprendió el regreso. Cuando apenas unos metros la separaban de su hogar, vio que por el camino se acercaba Eleanor. Apartó la vista y apretó el paso.
-¡Belle! –gritó la muggle- ¡Beeeelle! ¡Isabeeelleeee!
Hasta un sordo la hubiese oído, Bellatrix estaba segura. No le quedó otro remedio que girarse e intentar sonreír. Su amiga la alcanzó en pocos segundos.
-¡Oh, vienes de la granja! –comentó con alegría- ¿Sabes que una de las ovejas se ha enamorado de una vaca? Las pillé el otro día en una cita, estaban compartiendo el pasto. Ojalá tuviera yo a alguien con quien compartir el pasto… Ya me entiendes, no el pasto, sino los cereales… ¡Ay, no! Compartir cereales es una guarrada. Mejor un chuletón o… No, no, ni loca compartiría un chuletón si tuviese el dinero para pagarlo…
Una atónita y atemorizada Bellatrix presenció un soliloquio de quince minutos sobre ovejas, alimentación y varios temas que no llegó a escuchar porque le pitaban los oídos de la ansiedad.
-¿Vais a celebrar San Valentín?
-¿Eh? –preguntó Bellatrix apenas había oído la pregunta.
-Que si Thierry y tú celebraréis San Valentín. En Durbuy adornan las cafeterías y en la plaza del pueblo ponen un árbol de los deseos, también hacen fotos a las mejores parejas y…
-No, no nos gustan esas cosas. Además hace mucho frío, preferimos quedarnos en casa –afirmó Bellatrix.
-Suena un poco aburrido… Además seguro que os sobra tiempo. Podéis venir con nosotros a…
-¡No! –la interrumpió Bellatrix empeñada en librarse en aquella ocasión- No nos sobrará tiempo, estaremos muy ocupados con los coitos.
Eleanor la miró sorprendida y seguidamente se echó a reír. Lo importante fue que le concedió que ese era un gran plan y no siguió insistiendo.
-No conozco a nadie que diga coitos en esta década, cielo, solo a ti.
-Hacer el amor suena ridículo y soy demasiado elegante para decir vulgaridades –se defendió altiva.
-Tienes razón, las vulgaridades mejor hacerlas que decirlas –convino Eleanor-. ¡Yo he quedado con Ben! –comentó emocionada- Le he pedido la cita yo, porque él es demasiado tímido… Vamos a ir a la chocolatería del centro y después cenaremos pizza o algo así. ¡Estoy supercontenta!
-Me alegro por ti…
Bellatrix no supo si era verdad. No sabía si realmente se alegraba por la felicidad de la muggle o si le daba rabia… Además el muggle Ben le seguía pareciendo más soso que la barba de Dumbledore. Eleanor procedió entonces a fantasear en voz alta sobre su cita. La bruja veía la puerta de su casa, tenía las llaves en la mano… pero había una muggle invasiva que le impedía acceder a ella. Lo único que podía hacer era asentir y rezar a Salazar porque terminase cuanto antes.
-No es que yo espere que nos apareemos como conejos ya en la primera cita -murmuraba Eleanor-, pero… Por cierto, ¿criais conejos?
Esa era otra de las cosas que desquiciaban a Bellatrix: saltaba de tema en tema sin ningún sentido.
-¿Qué? –preguntó Bellatrix desconcertada.
-Que si criais conejos. El otro día cuando volvía por la noche me pareció ver un conejo raro que salía de vuestra casa… Y creo que los he visto otras veces estas semanas. ¡Pero me extrañaría mucho que tuvieseis conejos y no me lo hubieses contado a mí, tu mejor amiga!
La bruja abrió y cerró la boca varias veces. Lo bueno de que esa muggle hablara tanto era que le daba tiempo a inventarse historias:
-No, no criamos nada… Pero en los cultivos de alrededor de nuestra casa sí que hay algunos conejos, así que a veces les pongo cuencos de agua por si tienen sed…
-¡Oh, vaya, eres un amor! –exclamó Eleanor- ¡Eres lo más adorable que existe!
Como para agradecerle que hidratase a los conejos locales, la chica le dio un fuerte abrazo. Bellatrix, con las bolsas de la compra en las manos, se quedó paralizada como Snape cuando le hablaban del champú. Finalmente Eleanor la soltó y se despidió comentando que tenía que ir a casa a ayudar a hacer la comida.
-¡Nos vemos el finde! –se despidió alegremente.
"Eh…" fue todo lo que respondió Bellatrix. Abrió la puerta de su casa a toda velocidad y se encerró como si acabase de esquivar a un dragón. Pocos minutos después, Sirius y Raspy volvieron del bosque. Bellatrix le relató a su primo lo sucedido.
-¿Y no la has cruciado? –inquirió Sirius sorprendido por su paciencia- ¡Estoy tan orgulloso de ti!
Eso le valió a Bellatrix otro abrazo del que tampoco pudo zafarse, su primo tenía mucha fuerza. "Porque tenía las manos ocupadas" masculló la bruja.
-Bah, no te preocupes, lo de que haya visto a los escarbatos es normal –comentó Sirius restándole importancia-. Este mes tenemos mucho más tráfico. Raspy es muy hábil, pero sus colegas no están acostumbrados a salir del bosque y se camuflan peor. Pero ya pronto podremos devolverlos a su hogar, ¿no?
-Sí. Vamos a esperar un par de semanas que haga menos frío y terminen de desarrollarse y los llevaremos al bosque, ahí serán mucho más felices con tantas hectáreas para correr y escarbar.
-Excelente –declaró Sirius mientras comenzaba a hacer la comida-. Ahora déjame que te cuente cómo me he ligado a un olmo bailarín.
Bellatrix tuvo que escuchar el relato de cómo su primo había seducido a un árbol mágico… por desgracia, conociéndolo, era perfectamente plausible.
El domingo marcharon los tres al mercado mágico de Lieja. Como hacía frío, la afluencia era menor, pero los Black ya tenían algunos clientes fijos que acudían todos los meses, así que compensaban un poco. Efectivamente los filtros amorosos tuvieron un preocupante éxito.
-¿Pero aquí nadie sabe ligar o es que tienen las varitas muy cortas? –masculló Sirius cuando el quinto mago les compró tres unidades.
-Podrías darles clases, ahí sí que sacaríamos dinero –susurró Bellatrix con su mente empresarial.
-Sí, pero llamaríamos la atención internacional, me pedirían que presidiera el mundo y eso es incompatible con la orden de busca y captura que hay sobre mí…
Rieron juntos del absurdo. Ese día quedaron bastante satisfechos con sus ventas; también Raspy, que tenía sus propios clientes que compraban fruslerías solo para saludarlo. Por la tarde, mientras Bellatrix practicaba magia sin varita, Sirius pasó a ayudar al padre de Eleanor con las reparaciones de la granja y de su motocicleta. Cuando volvió, su prima le preguntó qué tal le había ido.
-Bien… Jack ha comentado que es curioso que siempre logro arreglar las cosas justo cuando él se marcha a por alguna herramienta o algo así…
-Pero no te ha visto sacar la varita, ¿no? –inquirió Bellatrix preocupada.
-No. Le he dicho que no trabajo bien bajo presión y mis mejores obras las hago en soledad. Por eso me considero mi mayor apoyo y mi mejor espectador.
-Eres tan tonto que hay que quererte –murmuró Bellatrix besándolo.
-Oh, vas a quererme mucho… Sobre todo ahora que llega San Valentín y estaremos ocupados con nuestro superplan.
-¿Qué plan? No tenemos ningún plan.
-Sí que lo tenemos. Eleanor me ha contado que le dijiste que vamos a pasar el día haciendo coitos.
Bellatrix se ruborizó ligeramente sin saber bien por qué. Alegó que la muggle era muy pesada y le decía cualquier cosa con tal de librarse de ella. Sirius la creyó, pero también la informó de que él no toleraba las mentiras, así que deberían cumplir lo dicho. Su prima no puso objeciones. Por ello, la mañana de San Valentín hicieron el coito nada más despertarse. Y justo al terminar…
-¡Ah, por Circe! –exclamó Sirius con horror.
-¿¡Qué pasa!? –inquirió Bellatrix agarrando su varita al momento.
-Tenemos espectadores…
En la pequeña abertura de la puerta vieron a tres de las crías de escarbatos observándolos sin parpadear. Uno los miraba de pie con los ojos muy abiertos, otro estaba sentado mientras masticaba una raíz y el último dibujaba círculos en la madera del armario con las uñas que le estaban empezando a salir. No sabían cuánto tiempo llevaban ahí, pero sospecharon que más del que les gustaría. Cuando Raspy salía a explorar, los pequeñines perdían a su guía y se dedicaban a explorar la casa por su cuenta.
-Genial… -masculló Sirius- Uno está traumatizado, el otro como si estuviera en el cine comiendo palomitas y aquel parece que ha tomado apuntes en la madera.
Bellatrix se echó a reír mientras se vestía a toda velocidad. Llevó a los escarbatos de vuelta a la cuna junto a su madre y se quedaron dormidos en pocos segundos. Decidió que eso significaba que no tenían traumas, todo en orden.
-¿Vamos al bosque antes de continuar con los coitos? –preguntó Sirius- Hoy florece otra vez la campanilla y necesitamos más plumas de hipogrifo.
-Sí, vamos. Voy a intentar otra vez ordeñar a la serpiente cornuda, eso nos arreglaría el mes…
Efectivamente Bellatrix consiguió algo de veneno; no mucho, pero aún así estaba bien pagado. Por tanto la jornada fue bastante productiva. Lo malo fue que cuando regresaban a casa, se cruzaron con Eleanor. Esta vez la chica parecía triste y abatida, sin ganas de hablar, lo cual a los Black les hizo pensar que se hallaba gravemente enferma.
-Hola, chicos… -los saludó cabizbaja.
Sirius se ocupó de la conversación y enseguida se enteraron de lo que sucedía: Benjamin había cancelado su cita de esa tarde. Le había dado una excusa, pero Eleanor sospechaba que prefería celebrar San Valentín con Lucy. Sirius intentó animarla y logró sacarle una sonrisa con sus chistes malos, pero la muggle enseguida se marchó y Bellatrix sospechó que tenía ganas de llorar. No supo por qué, aquella idea la puso triste. "Aún va a tener razón en que es mi mejor amiga…" pensó con rabia.
Mientras Sirius preparaba la comida, Bellatrix clasificó los ingredientes y guardó todo lo recolectado. Lo hizo bastante deprisa y como a la comida aún le faltaban diez minutos, le dijo a Sirius:
-Salgo a estirar las alas un momento.
-¿Qué? Pero si…
Sirius no terminó la frase porque Bellatrix transformada en cuervo acababa de abandonar la casa por la ventana. Raspy y Sirius se miraron sorprendidos y al poco se encogieron de hombros retomando sus labores. La bruja voló hasta Durbuy y en menos de dos minutos alcanzó la tienda de modas. Aterrizó en una calle lateral muy estrecha y vacía de muggles. Ahí volvió a su ser. Respiró hondo y acarició la varita dentro de su bolsillo, eso siempre le infundía valor. Cuando se hubo concienciado, entró a la sastrería de Durbuy. Había una mujer bastante mayor de cabello blanco recogido en un moño tenso que tejía una especie de bufanda. Levantó la vista tras sus gafas y le preguntó:
-¿Qué necesitas, niña?
-Yo… -balbuceó la bruja dudosa.
-¿Belle?
Del fondo de la tienda salió Rose, con la aguja y las tijeras todavía en las manos. Trabajaba de aprendiz, pues era el negocio familiar, y le extrañó mucho ver a su amiga en su tienda.
-Quería hablar contigo un momento, será muy rápido –aseguró Bellatrix.
-Eh… Sí, claro… Ven.
Rose la condujo al taller: un pequeño cuarto con un par de máquinas de coser, un maniquí y decenas de rollos de tela apilados junto a la pared. En un perchero colgaban un par de trajes y vestidos terminados; Bellatrix tuvo que reconocer en su fuero interno que eran bonitos y de buena calidad. Pero la moda no era el tema que la había llevado hasta ahí. Le relató a Rose su reciente encuentro con Eleanor y vio como su rostro se entristecía. La bruja no lo comprendió y creyó que su cerebro muggle no lo había procesado.
-¿No te alegra? La chica con la que quieres apare… estar no va a salir con el tonto de Ben -le explicó Bellatrix.
-Lo sé, pero yo quiero que Nellie sea feliz… Y siempre le ha gustado Ben –murmuró compungida.
Bellatrix frunció el ceño y reflexionó sobre ello: prefería que la chica fuese feliz a que estuviese con ella. Eso debía ser amor… "¿Qué hubiera hecho yo si Sirius hubiese querido a Marlene?", se preguntó a sí misma, "Pues cruciarlos hasta la locura, obviamente". Decidió que lo suyo también era amor, nada demostraba tanto amor como un crucio… Sacudió sus pensamientos y volvió al tema:
-De todos modos Nellie va a estar triste y sola esta tarde, podrías ir con ella y hacer algo. Me dijo no sé qué de un árbol que pide deseos o algo así…
-Ah sí, el árbol de los deseos, es muy romántico… Pero Nellie no querrá salir conmigo y yo no me atrevo a pedírselo…
-No tienes que pedirle matrimonio, dile que eres su amiga y has ido a verla porque no tenías plan.
Rose reflexionó sobre ello. Estaba claro que deseaba hacerlo, pero también que no disponía del empuje necesario.
-Bueno, como tú quieras, yo solo venía a decírtelo porque soy un ser de luz –murmuró Bellatrix saliendo del taller.
-Sí, sí, ¡muchas gracias! –respondió Rose de inmediato-. Eres muy buena amiga.
-Sí, ya lo sé –respondió Bellatrix constatando que los muggles eran de mente lenta.
Regresó a casa sin ninguna certeza de que aquello hubiese servido, pero ella ya había cumplido con la buena acción del año.
-¿A dónde has ido? –inquirió Sirius que estaba terminando de servir la comida.
-A tomar el aire –murmuró la bruja convencida de no revelar su buena acción ni bajo tortura.
-¡Pero si has protestado toda la mañana del frío que hace! La frase exacta ha sido: "¡Malditos muggles! ¡No haría este frío si me dejasen incendiar sus casas!".
-Ya, pero sé que te vas a pasar la tarde sobándome, así que he de coger frío para compensar.
-Espero que hayas cogido toneladas, peque, porque nos quedan muchos coitos por realizar –comentó con una sonrisa sucia-. ¡Y vosotros no vais a mirar! –exclamó al ver que tres de los bebés escarbatos alzaban la vista con interés.
Asegurándose de no tener espectadores, Bellatrix y Sirius celebraron un San Valentín a casi bajo cero, a miles de kilómetros de su país y en una ciudad muggle que un año antes ni sabían que existía. El mejor San Valentín de sus vidas.
