-¡Hemos conseguido que arrancara!

-¿Qué?

Bellatrix estaba preparando pociones sanadoras cuando Sirius llegó a casa eufórico. Había ido a la granja a ayudar a Jack a reparar el tejado y había pasado ahí toda la tarde.

-¡La motocicleta de Jack, la que le estoy ayudando a arreglar! No he usado magia, lo hemos hecho todo a mano y va muy bien –explicó orgulloso-. Me ha dicho que cuando esté terminada me la dejará cuando quiera dar una vuelta.

-Me alegro mucho, Siriusín.

-¡Podrás venir conmigo, tú nunca has montado en moto!

-Y nunca lo haré, te lo aseguro –declaró su prima al momento-. No me subo a un chisme muggle de dos ruedas ni por todo el oro de Gringotts.

Sirius lo rumió, sin duda buscando argumentos para convencerla. Se dio cuenta de que el suelo estaba lleno de restos de raíces de jengibre. Las recogió con un par de movimientos de varita y le preguntó si se le habían caído.

-Qué va. Han venido los ahijados de Raspy y se han montado una fiesta aquí. Esas raíces son para ellos como para nosotros el whisky. Cuando han terminado, se han ido todos al bosque borrachos de energía, sospecho que Raspy ya no volverá hasta la noche.

-Ah, muy bien. ¡Qué orgulloso estoy de que nuestro pequeñín haya salido a mí!

Estaban acostumbrados a que los escarbatos (los cachorros sobre todo, pero también sus padres y algunos otros de la tropa) acudieran a visitarlos todas las semanas. Además los veían en el bosque todos los días, eran como unos hijos ya independizados. En una ocasión, Sirius comentó que los echaría de menos cuando volvieran a Inglaterra. Bellatrix no respondió, pero sintió cómo su corazón se detenía. Ella no deseaba volver, ya apenas recordaba nada de su vida allá, solo quedaba un poso amargo. Sirius tampoco volvió a mencionar el tema, sentía lo mismo que su prima… a excepción de que él deseaba conocer a su ahijado. Sabía que Harry estaría bien, Dumbledore lo había protegido y estaba a salvo entre los muggles (como ellos mismos). Pero aún así pensaba mucho en él.

-Llevamos ya medio año aquí –comentó Bellatrix una mañana mientras remoloneaban en la cama.

-¿Solo? Es como si llevásemos muchas décadas… Me siento totalmente asentado, con amigos, trabajo, hobbies…

"Y que siga siendo así" pensó Bellatrix satisfecha. Vivía completamente libre, sin familia que intentase controlar su vida, podía estudiar y practicar magia todo lo que quisiera, en el bosque disfrutaba muchísimo con las criaturas, tenía al mejor novio-primo del universo, al hijo más adorable líder de su propia tropa e incluso tener amigas por primera vez la hacía feliz… aunque fuesen amigas muggles.

-Creo que esta semana completaré por fin la capa de invisibilidad –murmuró Bellatrix cambiando de tema-. El demiguise suelta mucho pelo en primavera y tendré suficiente para terminarla.

-¡Qué bien, eso se venderá carísimo!

-Sí, tendemos que ver dónde nos sale más rentable: en la modista o en la tienda de objetos curiosos de la Avenida del Augurio, en el mercadillo mágico de Lieja…

-También podría ser a algún particular, hemos hecho ya varios contactos con los clientes habituales del mercadillo –sugirió Sirius.

-Sí… Muchas familias de sangre pura matarían por algo así… Habrá que valorarlo.

-Si para entonces no estamos muy agobiados con el dinero, podríamos incluso quedárnosla… Nunca se sabe cuándo la vas a necesitar, ¡de la de apuros que nos sacó la capa de James!

Tras aquel comentario inevitable, a Sirius le invadió la tristeza que le embargaba siempre al recordar a su mejor amigo. Bellatrix intentaba esquivar el tema, pero en ocasiones como esa no había forma. La única solución era dejarle estar solo o que saliera a correr a su aire hasta calmarse. Ella tenía entretenimientos de sobra durante esos periodos; no obstante, la acosaba el temor de que su primo le dijese que deseaba regresar a Inglaterra. "Maldito Potter, jodiéndome incluso desde la tumba" pensó Bellatrix con fastidio.

-Voy a dar una vuelta –murmuró Sirius.

-Claro, ten cuidado que llueve otra vez y no quiero un perrito mojado –sonrió Bellatrix.

Sirius asintió, le dio un beso en la mejilla y salió hacia la carretera abandonada. Pese a sus temores, cuando su primo regresó dos horas después, estaba empapado y agotado, pero más aliviado. Se duchó, cenaron y Bellatrix encontró maneras de distraerlo y animarlo. Durmió satisfecha por haber esquivado de nuevo el maleficio de volver a Inglaterra. No obstante, un par de semanas después, notó a Sirius inquieto; supo de sobra que le quería decir algo y no se atrevía. Y tuvo muy claro de qué se trataba. Pero ella no deseaba tener esa conversación, así que no le dio facilidades.

Había sido un día como todos los demás. Se levantaron cuando amanecía, desayunaron té y bizcocho y salieron al bosque con Raspy. Bellatrix se ocupó de ordeñar a la serpiente cornuda y de recoger escamas del dragón Byron; Sirius voló con los hipogrifos y consiguió valiosas plantas del fondo marino gracias a las sirenas; Raspy y su tropa recolectaron pelos de demiguise. Cuando se marchaban, una arpía descomunal les cortó el paso. No hubo un segundo de duda ni mucho menos de temor: los Black disfrutaron del duelo entre carcajadas y burlas hacia una bestia que cayó fulminada. Le cortaron las alas, pues valían su peso en galeones y la arpía muerta ya no las necesitaría. Volvieron a casa y comieron un menú sencillo pero delicioso preparado por Sirius. Había sido un día como todos los demás, un día perfecto.

-¿Enciendo la chimenea? –preguntó Sirius- Estamos casi en mayo pero hace frío…

-Buena idea, mira Raspy, no suelta su mantita…

Además de que el clima era frío, en Durbuy la lluvia era un factor constante y eso bajaba la sensación térmica. Había empezado a descargar una tormenta que no tenía visos de retirarse en lo que quedaba de día. Por eso, Raspy había arrastrado su manta favorita hasta la alfombra del salón y se entretenía correteando debajo. Sirius encendió la chimenea, cogió el ejemplar del Profeta de hace tres días que les había traído Carper y se sentó en el sofá a leerlo.

-¿Has visto el libro de maleficios mentales que andaba leyendo? –le preguntó Bellatrix- Lo tenía a prueba de accios para que no me lo robasen mis padres y no puedo atraerlo…

-Lo tiraste ayer junto a la pila de leña cuando quisiste hacerlo sobre la mesa para fingir que follábamos durante una reunión de mortífagos –le recordó Sirius.

-¡Ah, cierto! –murmuró Bellatrix recuperando el libro- Hoy le he preguntado a la serpiente cornuda si podría hacernos el favor de observarnos cuando…

-¡De ninguna manera, ya lo hemos hablado! El reptil más grande que estoy dispuesto a permitir es una iguana.

Bellatrix puso los ojos en blanco, pero se felicitó internamente: la semana anterior el tope de Sirius era una lagartija, si seguía subiendo la apuesta así, pronto toleraría a los ofidios. Se tumbó en el sofá con la cabeza en el regazo de Sirius y retomó la lectura. Raspy se asomó bajo su mantita y, al ver que había reunión familiar, trepó por el sofá hasta colocarse entre las piernas de Bellatrix. Ella se tapó con la mantita para cubrirlos a los dos y Raspy se acurrucó satisfecho, le encantaba hacerse niditos así.

-Van a darle otro premio a Dumbledore por sus gestiones durante la guerra… -masculló Sirius con fastidio al leer la sección de sociedad.

-Vaya –fue lo único que respondió Bellatrix.

No le caía en gracia el director y a Sirius menos: sí, habían derrotado (supuestamente) a Voldemort, pero no era él quien había perdido a sus amigos… No obstante, en lugar de aprovechar para criticarlo como era natural en ella, Bellatrix prefería callarse y contener la respiración deseando que el tema pasara lo más rápido posible. En cualquiera de esas su primo desearía volver a su país y a ella le fastidiaría tremendamente.

Se vio desde fuera, tumbada en el sofá con Sirius acariciándole el pelo mientras ambos leían y Raspy profería suaves ronquiditos de satisfacción. Escuchaba el crepitar de la chimenea en contraste con la lluvia que repiqueteaba contra el ventanal y se sentía profundamente a salvo en aquel hogar. Era perfecto, todo era perfecto para ella. Cada vez estaba más convencida de que el camino había merecido la pena si el destino era aquel.

-¿Por qué sonríes? –le preguntó Sirius- ¿En qué piensas?

Bellatrix no se había dado cuenta, ella casi nunca sonreía y menos sin motivo; como mucho soltaba carcajadas siniestras para burlarse de sus oponentes… pero estaba muy lejos de esa emoción.

-Estoy feliz, soy feliz –murmuró casi en un susurro.

Apartó la mirada con nerviosismo, le incomodaba realizar confesiones tan simples pero tan íntimas. Sirius le acarició la mejilla pensativo. Dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Tardó varios minutos, como si estuviese tomando una decisión, pero al final habló con ligero nerviosismo:

-Peque, hay algo que llevo un tiempo queriendo comentarte…

-Mm… -murmuró Bellatrix, que lo había visto venir y había cerrado el libro fingiendo dormitar.

-Es algo importante, Bella, levántate un poco.

De mala gana, la bruja se incorporó teniendo cuidado de no molestar a Raspy. Miró a su primo y vio tal nerviosismo en sus ojos grises que decidió distraerlo. Utilizó la táctica más eficaz: se sentó sobre sus rodillas y le besó, empezando lentamente a deslizar la mano bajo su camisa. Estuvieron así un rato, pero al final Sirius la frenó:

-Espera un momento, Bella, hablamos esto y ya luego…

Con indecible fastidio, la bruja se rindió ante la cabezonería de su primo. Seguía sentada sobre sus piernas, con los brazos de él rodeándole la cintura. Hablaban en voz baja para no molestar al durmiente Raspy.

-Yo también he sido feliz estos meses aquí contigo, jugando a ser una familia responsable con nuestro trabajo e incluso amigos… -murmuró Sirius- Pero no puede seguir siempre así… o al menos yo no quiero que siga así.

-Ya, pero… -le interrumpió Bellatrix ordenando mentalmente las excusas de mejor a peor.

-Déjame acabar –le pidió él con suavidad-. Que hicieras todo esto por mí, para huir conmigo… Que encontraras el lugar perfecto, construyeras esta casa tan bonita desde cero, me soportaras en mis peores momentos y me ayudases a salir de ellos… Me emociona más de lo que las palabras pueden expresar y es un gesto que no olvidaré nunca. Pero…

Tomo aire, intentando calmarse, y continuó:

-La realidad es que solo han sido seis meses y no ha sido un verdadero proyecto de vida juntos, sino una huida de nuestras responsabilidades y nuestro destino. No somos Isabelle y Thierry, este no es nuestro hogar y…

-¡Pero puede serlo! –exclamó Bellatrix desesperada- ¡Podemos hacer que…!

-Lo sé. Por eso quiero que te cases conmigo.

La bruja se quedó con la palabra en la boca totalmente desconcertada. Eso no lo había visto venir. La embargó un nerviosismo completamente diferente al anterior.

-¿Qué? –preguntó nerviosa para estar segura.

-Que no me vale con que seas mi prima, quiero que seas mi familia de todas las formas posibles. Sé que no es el mejor momento (probablemente sea el peor), que no tenemos dinero y que ni siquiera tenemos nuestras verdaderas identidades, pero no puedo esperar más. Quiero que te cases conmigo, es importante para mí y…

-¡Sí! ¡Claro que sí, perrito tonto! –exclamó Bellatrix casi llorando del alivio.

-¡¿De verdad?! –inquirió Sirius cuyo rostro se iluminó como un campo de quidditch

Su prima no se molestó en responder con palabras, lo hizo con un beso que despejó cualquier duda. Hubo tantas emociones expresadas en aquel gesto que incluso Raspy se despertó y emergió bajo la manta. Estaba atontado tras su siesta, pero al ver la emoción del momento se colocó entre ellos y se abrazaron los tres. Del bolsillo interior de su chaqueta, Sirius sacó una diminuta funda de tela. La humildad del envoltorio era opuesta al anillo que contenía.

-Joder –fue lo único que acertó a decir Bellatrix.

En una montura de lo que parecía oro mágico, brillaban un millar de diminutos cristales. Emitían reflejos de todos los colores, pero lo más impactante era que desprendían también una magia casi palpable. Parecía imposible diseñar una joya así, ningún duende hubiese sido capaz de tasarlo. Por dentro había una inscripción en un idioma que Bellatrix supo que era el de las hadas oscuras, pero no supo descifrarlo.

-¿Qué… qué pone? –susurró con un hilo de voz.

-"Recuerda que el poder está en ti" –recitó Sirius colocándoselo.

En cuanto entró en contacto con su piel, Bellatrix sintió una descarga de energía casi palpable. Supo que aquel objeto debía ser de los más valiosos del mundo mágico, tenía que ser famoso, pero no acertaba a reconocerlo.

-¿Recuerdas la historia que me contaron las sirenas y que tú no te creíste?

-¿Cuál? -preguntó Bellatrix cuya cabeza daba vueltas y no lograba centrarse en nada.

-La de que Morgana vivió en nuestro bosque y las hadas oscuras le fabricaron un anillo para ayudarla en su guerra contra Merlín. Potenciaba su magia, pero lo perdió en un combate contra un obscurial y ya nunca apareció.

-Pero… ¿Es… es este? ¿Cómo es posible? –susurró su prima.

-No podemos estar seguros de que sea este: coincide con la descripción que me dieron las sirenas, pero las únicas que lo vieron fueron las hadas oscuras que lo fabricaron y se marcharon para siempre cuando Morgana murió…

Bellatrix asintió en silencio, absorta en la contemplación de la joya que descansaba en su mano temblorosa. Raspy parecía igual de hipnotizado que ella, se notaba que estaba haciendo acopio de todo su amor para no robarlo.

-Pero como te digo, encaja con la descripción y lo hemos encontrado en la zona más oculta y protegida del bosque, así que…

-¿Cómo? ¿Cuándo…?

-Desde que me contaron la historia pensé que sería perfecto para pedirte matrimonio. Ni siquiera sabía si era real o una leyenda, pero soy Sirius Black: ¡un dios, un titán, una fuerza de la naturaleza! Lo que me propongo, lo consigo.

En esa ocasión, Bellatrix no le contradijo ni se burló.

-Ningún hechizo localizador funcionó y ya sabes lo enorme que es el bosque… Yo solo jamás hubiese podido, pero resulta que contamos con una inmensa tropa de rastreadores y hace unos días lo encontramos por fin.

-¿Los escarbatos te lo dieron? No creo que renunciaran a algo tan brillante ni por toda la caja de golosinas…

-Sí, dudaron un poco… Pero quisieron hacerlo como agradecimiento por salvar a los cachorros, ahora son seis escarbatos más y eso les hace mucho más fuertes para controlar su hábitat. Por eso se lo entregaron a Raspy y él me lo dio a mí. Le había explicado el plan desde que me lo contaron las sirenas, pero no creí que me entendería tan bien, estaba seguro de que te lo entregaría a ti y estropearía el plan. ¡Pero no, mi colega es un campeón! –exclamó chocando los cinco con la manita de Raspy.

Bellatrix tuvo que secarse dos lágrimas de emoción. Salvaron a los escarbatos y ellos habían encontrado la forma de darles las gracias. La magia era aquello. Volvió a besar a Sirius, también a Raspy en la cabecita, se abrazaron de nuevo, rieron, lloraron… Terminaron en la posición inicial: tumbados los tres en el sofá escuchando el crepitar del fuego y contemplando la lluvia. No hablaron más, dejaron los detalles para el día siguiente. Bellatrix dedujo que eso suponía que no había planes de volver a Inglaterra y su felicidad no aumentó porque ya había rebasado el límite. Solo horas después, en un susurro para no romper la magia, preguntó contemplando su anillo:

-Si lo encontrasteis hace ya unos días y lo tenías planeado desde hace tanto, ¿por qué no me lo pediste ese mismo día? ¿Tuviste dudas o…?

-No. Estaba esperando el momento perfecto, pero hoy me he dado cuenta de que todos los momentos aquí contigo son perfectos.

Hubo unos segundos de silencio hasta que Bellatrix masculló con rabia:

-Maldito seas… Hasta para las frases cursis eres un dios, un titán y todas esas tonterías tuyas.

Rieron y ya no hubo más que decir. Había sido un día como todos los demás, otro día perfecto.