-Tenemos que contárselo.
-No, es cosa nuestra.
-¡Son nuestros amigos! Les hará mucha ilusión.
-Sí, pero la muggle invasiva aprovechará para estrujarme como Raspy estruja a su pelotita…
Sirius no pudo rebatir ese argumento, sabía que sucedería exactamente así. Aprovechando que hacía sol, esa tarde habían quedado con sus amigos para hacer un picnic en el prado de la granja. Los Black estaban muy ilusionados con casarse, querían hacerlo cuanto antes, pero había que solventar varios problemas…
-No podemos casarnos por el ritual mágico, eso deja un registro que podrían rastrear –apuntó Bellatrix-, no podemos meter la pata ahora…
La opción más segura era casarse en el juzgado muggle. Sirius lo sabía, de ahí su angustia al proponerle matrimonio: casarse como una persona sin magia no era precisamente el sueño de Bellatrix… Se sentía mal por ello, recordaba la boda que su prima preparó con Rodolphus, la más lujosa del mundo mágico que no llegó a celebrarse precisamente por él. Y ahora él no podía regalarle ni siquiera una boda digna. Podían retrasarlo y confiar en que la situación mejorara, pero sentían la necesidad urgente de unir sus vidas legalmente… por lo que pudiera suceder en el futuro. Además no había visos de poder volver pronto al mundo mágico.
-Lo haremos en el juzgado de Durbuy –decidió Bellatrix-, el edificio es bonito. Cuando seamos libres por fin, podremos casarnos otra vez por el ritual mágico, aunque a efectos legales sirven igual los dos.
-¿Estás segura, Bella? ¿Es lo que quieres? –le preguntó él dudoso.
-Lo que quiero es ser tu mujer, Siriusín, y me da igual cómo. Además, la no-boda con Rod me dejó agotada, no pienso pasar por nada que me recuerde a ello. Que la nuestra vaya a ser pequeña y sin magia no significa que no vaya a ser la mejor del mundo.
-Te quiero muchísimo, peque.
-Ya lo sé –sonrió Bellatrix besándolo.
-Pero, ¿podremos casarnos con nuestros nombres de verdad? ¿O como Isabelle y Thierry?
-Encantaremos el papel, es un conjuro muy sencillo. El juez verá nuestros nombres y datos falsos pero serán los reales.
-¡Ah, perfecto entonces! –exclamó Sirius- ¿Prefieres alguna fecha concreta?
-Cuanto antes, en cuanto reunamos el dinero para pagar la tasa de la boda civil. Ya he terminado la capa de invisibilidad de pelo de demiguise, en cuanto la vendamos, tendremos de sobra para casarnos.
-¡Genial! –exclamó Sirius- Entonces solo nos falta contárselo a nuestros amigos, ¡podemos invitarlos!
La respuesta fue un gruñido, pero no una negación. En el fondo a Bellatrix le hacía ilusión tener amigos el día de su boda: en la anterior todos los invitados eran conocidos de sus padres, aliados de Voldemort o gente con la que los Black querían asociarse; ni un solo amigo suyo. Esta vez podía ser diferente. No obstante, había un peaje a pagar…
-¡Aaaaaaahhhhhh! –chilló Eleanor emocionada.
Antes de que Sirius terminara de darles la noticia, la muggle ya estaba abrazando a Bellatrix como si tratase de salvarse de morir ahogada. Rose y Theo los felicitaron con similar alegría, pero con más moderación. Lucy y Benjamin no habían sido invitados al picnic.
-¡Enséñame el anillo, enséñame el anillooo! –exclamó liberándola por fin y atrapando su brazo.
Bellatrix le hubiese enseñado incluso las bragas si con eso podía volver a respirar. Extendió la mano y los muggles vieron una montura de oro rosa en la que brillaba un enorme diamante; una joya hermosa, pero mucho más mundana que la real. Estaba hechizado para ello. No podían mostrar el hipnótico anillo de Morgana sin revelar la magia, tal era su poder.
-¡Halaaa! ¡Menudo pedrusco! –exclamó Eleanor fascinada.
-Es una joya familiar –se apresuró a responder Sirius-, heredada de padres a hijos… Ya sabéis, lo hacemos pasar por una tradición, pero en realidad es que somos tacaños y así nos ahorramos el anillo.
Todos rieron ante la ocurrencia mientras Eleanor murmuraba que quería uno así. Rose se ruborizó y murmuró que de momento no vendía tantos trajes en su sastrería como para poder regalárselo.
-¡Lo decía en broma! –aseguró Eleanor al momento- No hay mejor regalo que estar contigo, Rosie –susurró besándola.
-Genial… -masculló Theo- No os cortéis –les indicó a los Black-, besaos vosotros también sin tener en cuenta los sentimientos de este gusano solitario.
-Más bien lobo solitario –se burló Sirius-, la frase exacta fue "¡Theo el temerario jamás se atará a ninguna nena pues los lobos solitarios no nos atamos a ningún poste!".
-¡No uses contra mí las tonterías que digo estando borracho! –protestó el chico dándole un puñetazo amistoso.
-No puedo usar nada que digas estando sobrio porque no sueles estarlo… -rebatió Sirius.
Rieron juntos. Theo no era James y Sirius lo sabía, pero era agradable volver a tener un amigo con el que bromear y compartir tonterías.
-¿Volveréis a Francia a casaros o vendrá aquí vuestra familia? –inquirió Eleanor.
-Nos casaremos aquí, será algo más bien… secreto. Nuestras familias no se llevan muy bien y de momento no vamos a decírselo –inventó Bellatrix mientras internamente sonreía porque su familia y la de su prometido era la misma.
-¡Como Romeo y Julieta, es precioso! –exclamó Eleanor.
-Romeo y Julieta fue una relación que duró tres días y terminó con seis muertes… -murmuró Rose.
-En nuestras familias las bodas suelen ser así –comentó Sirius divertido.
Era cierto, la buena de Walburga acostumbraba a emborracharse ya durante la ceremonia y le cortaba la cabeza a quien osara quitarle el whisky.
-¡Rose! –protestó Eleanor- ¡No me corrijas delante de mis mejores amigos! ¡Castigada sin acostarte conmigo!
Su novia se sonrojó visiblemente e iba a replicar, pero no tuvo tiempo:
-Nah, te levanto el castigo, tengo demasiadas ganas de acostarme contigo… -confesó Eleanor.
Seguidamente se abalanzó sobre ella, la besó y rodaron juntas por la hierba. Bellatrix las contemplaba atónita, no había visto esa pasión ni durante el apareamiento de los uros. Rápidamente Theo y Sirius aprovecharon para coger la botella de ron que Eleanor les había prohibido abrir hasta el postre. Bellatrix se entretuvo observando a los conejos que correteaban por el campo… y entonces descubrió a su hijo que trataba de camuflarse como uno de ellos. No habían llevado a Raspy con ellos, pero solía acudir a los terrenos de la granja para alimentarse. La bruja se giró hacia sus amigos y comprobó que nadie más se había fijado en que el conejo blanco y marrón claro que correteaba en la lejanía no era un conejo.
-Realmente es un maestro del camuflaje…
Eso pensó hasta que Raspy la divisó y empezó a sacudir su patita para saludarla. A Bellatrix le pareció adorable y le devolvió el gesto discretamente. Temió que se acercara, pero las criaturas mágicas sabían que debían ocultarse de los muggles, así que siguió mordisqueando hierbas y jugando a rodar por el suelo. Los conejos lo observaban algo desconcertados, pero no le molestaban (de lo contrario esa noche los Black hubiesen cenado conejo asado).
-¿Decías algo de un camuflaje, cielo? –preguntó Eleanor acalorada- ¡Vosotros! ¡¿Qué os he dicho de robar el ron?! –exclamó cuando divisó a Sirius y a Theo.
-He dicho traje, no camuflaje. Necesitaré uno para casarme –respondió Bellatrix, aunque su amiga la ignoró y empezó a perseguir a los dos chicos que no pensaban soltar su botín.
-Yo puedo ocuparme, me haría mucha ilusión –intervino Rose.
-Muchas gracias, me encantaría pero… tenemos muy poco dinero y…
-¡Lo haré gratis, en mi tiempo libre! Por favor, déjame hacerlo, es lo único que puedo hacer para darte las gracias…
-¿Las gracias por qué?
-De no ser por ti nunca me habría atrevido a declararme a Nellie y ahora soy más feliz que nunca y es gracias a ti –confesó la chica.
Eso era completamente cierto. Bellatrix no le había dado vueltas al tema del vestido. Conservaba el de su boda con Rodolphus, era el que llevaba el día que huyeron… pero no pensaba usarlo, demasiados malos recuerdos. Así que aceptó la propuesta de Rose quedando en darle a cambio una propina, algo simbólico para agradecer su trabajo. Quería un vestido sencillo, nada que le recordara a su ostentosa vida anterior y a Rose le pareció perfecto.
-¡Ven mañana a mi taller y te tomo las medidas! –exclamó entusiasmada con el proyecto- Podemos elegir colores, telas y lo que más te guste.
Así quedaron y así lo hicieron. Al día siguiente, tras la mañana en el bosque, Bellatrix fue a la sastrería de Durbuy. Con ayuda de su abuela –la señora mayor que cosía tras el mostrador y que a Bellatrix le recordaba a McGonagall-, Rose le tomó las medidas. Después debatieron sobre sus diseños y colores favoritos (el blando quedó descartado en la primera ronda). Sirius mientras hizo la compra en la granja, donde los padres de Eleanor lo felicitaron por su declaración. Por la tarde fueron a Lieja, a la avenida del Augurio a ver si podían vender la capa de invisibilidad. La modista les ofreció cincuenta galeones y en la tienda de objetos curiosos, tras regatear, llegaron a los sesenta.
-Lo pensaremos –indicó Bellatrix saliendo del local.
-Con eso nos llega para pagar la boda e incluso invitar a nuestros amigos a comer –comentó Sirius-, pero mejor esperar al mercadillo del domingo, ¿verdad? Varios clientes de los habituales ya nos comentaron que estarían interesados.
-Sí, yo creo que cualquier particular nos dará más. Llevamos trabajando en esta capa medio año, desde que llegamos aquí, así que quiero hacer la mejor venta posible. Es un objeto muy valioso y exclusivo, que nos la paguen bien.
Su primo mostró su total aquiescencia. Había renunciado por completo a la idea romántica de quedársela en recuerdo de la de James: no la necesitaban, ambos eran muy buenos escondiéndose y volviéndose invisibles.
El domingo, bastante nerviosos, partieron a su puesto en el mercadillo mágico. En lugar de ponerle un precio a la capa, con todo su desparpajo Sirius decidió que iban a subastarla. A las doce del medio día, cuando más gente había, con su voz potente indicó que el precio de salida eran sesenta galeones. Al principio la gente dudó. Contemplaban el objeto a cierta distancia, a Sirius que hacía de maestro de ceremonias, a Bellatrix ligeramente avergonzada y a Raspy mostrando la capa como un azafato profesional. La encargada del mercadillo se acercó para decirles que ahí no hacían subastas, pero con su encanto proverbial, Sirius la convenció enseguida. La mujer decidió que si eso traía visitas, mejor para ellos.
-Yo, sesenta –murmuró un hombre discretamente.
Era el señor Arenberh, lo conocían desde su primera incursión en el mercadillo: el padre de sangre pura al que Bellatrix logró vender las piedras de sirena gracias a que sus hijos se enamoraron del escarbato cobrador. Desde entonces acudían casi todas las semanas y su hija Merlina siempre le llevaba golosinas a Raspy.
-Setenta –rebatió una mujer a la que no le interesaba la capa sino superar en estatus a los Arenberh.
-Ochenta –replicó un tercero que tenía todas las pintas de ser un criminal que realmente ansiaba el don de la invisibilidad.
Así fue subiendo la apuesta. Bellatrix se sentía un poco nerviosa por tanta atención, llevaban meses tratando de pasar inadvertidos y ahora Sirius montaba el espectáculo del siglo.
-¡Estamos en cien! –exclamó Sirius- ¿Quién ofrece ciento diez? ¡Es un objeto único con el que pueden escabullirse de cualquier situación! ¿Quién no ha deseado poder volverse invisible en una reunión familiar y robarle la cartera a todo el mundo? ¿Solo yo? Es porque soy pobre, ¡páguenme la capa y así no tendré que robar!
Bellatrix se alejó unos metros abochornada para que no la relacionaran con su novio. Pero pese a su vergüenza ajena, el resto del mundo adoraba a Sirius y se partían de risa con sus tonterías. Las pujas siguieron aumentando. Ya nadie atendía el resto de puestos, incluso los vendedores se habían acercado para seguir la subasta. Al final, el señor Arenberh se la quedó por ciento cuarenta galeones y recibió una ronda de aplausos. Bellatrix casi temblaba de emoción cuando le vio abrir la cartera y sacar los billetes.
-¡Yo, papi! –le exigió Merlina.
Su padre le entregó el dinero y ella se lo tendió a Raspy. El escarbato lo aceptó al momento y lo almacenó en su bolsa. Seguidamente, le tendió la patita a Merlina para que se la estrechara y ejecutó una reverencia. Hubo múltiples exclamaciones de lo adorable que era. Merlina le acarició la cabecita y finalmente los Arenberh se marcharon. Bellatrix y Sirius se miraron emocionados.
-Ha sido increíble –susurró Bellatrix.
-¿El qué? –inquirió Sirius- ¿La pasta que hemos conseguido o la vergüenza que te he hecho pasar?
-Las dos cosas. Eres un perro tonto, pero te quiero –rio ella besándolo.
La encargada del mercadillo los felicitó y les comentó que probablemente se hablaría de su subasta durante años. Cambiaron los galeones por dinero muggle en el banco de Lieja y volvieron a casa eufóricos. No tanto por el dinero (que por supuesto también) ni por poder celebrar su boda, sino por haberlo conseguido con su trabajo, con su esfuerzo y logrando un producto muy valioso.
Esa misma tarde avisaron a sus amigos de que al viernes siguiente se celebraría la boda y ellos estaban invitados; en realidad solo avisaron a Eleanor sabiendo que se encargaría ella de extender la noticia. Rose le aseguró a Bellatrix que tendría el vestido para el miércoles, su abuela la estaba ayudando. Compraron también dos alianzas en negro y reservaron la cena en el restaurante tradicional al que acudían cuando había algo que celebrar. Y así sucedió. El viernes por la tarde, rodeados de sus tres amigos, los Black acudieron al juzgado de Durbuy.
-¡Es un vestido precioso! –exclamó Eleanor.
Era negro, ajustado hasta la cintura con una falda con vuelo hasta la rodilla y un tul de estrellas doradas que brillaba a cada movimiento. Realmente era precioso, a Bellatrix casi le daba rabia porque confirmaba que los muggles podían hacer cosas igual o incluso mejor que los magos.
De la mano y muy nerviosos, Sirius y Bellatrix se juraron quererse siempre: en lo bueno, en lo malo, en la pobreza y en los asesinatos y condenas con las que pudieran terminar. Rose los contemplaba emocionada, Eleanor lloraba a mares y Theo hizo las bromas estúpidas que James hubiese hecho. Estaban tan ilusionados que nadie se percató de los extraños ruiditos de felicidad que se oían ni de la patita invisible que le tendió a Sirius las alianzas desde su bolsillo. Bellatrix le había aplicado a Raspy el conjuro desvanecedor, porque por supuesto su hijo no podía perderse su gran día.
-Te quiero, peque, eternamente –susurró Sirius tras su primer beso como marido y mujer.
-Te quiero, Siriusín, eres lo único bueno que ha habido siempre en mi vida.
Se besaron de nuevo, recibieron abrazos de sus amigos (Eleanor abrazó hasta al notario porque desbordaba felicidad) y caminaron hasta el restaurante. Les habían repetido a sus amigos que no querían regalos, los invitaban para compartir su felicidad, no para cobrarles la asistencia. Aún así, como sabían que de momento no iban a tener luna de miel, entre los tres les regalaron pasar ese fin de semana en el hotel más bonito de Durbuy. Bellatrix tuvo que aguantar las lágrimas, no sabía bien por qué, pero hasta esos amigos muggles la hacían enormemente feliz.
-Obviamente este finde estaréis muy ocupados con los coitos –comentó Eleanor-, pero el lunes venid a tomar el té a la granja, mis padres tienen también un regalo de boda. Es una tontería, pero creo que os gustará…
-¡Oh, no hacía falta! Teneros de vecinos ya es el mejor regalo –aseguró Sirius-, pero por supuesto nos encantará tomar el té.
Se despidieron de sus amigos y pasaron un fin de semana mágico sin salir del hotel y sin sacar sus varitas. Raspy iba y venía de las actividades con su tropa, también notaba que había sucedido algo importante y rebosaba felicidad.
El lunes volvieron a su casa y retomaron su trabajo en el bosque. Después de comer, pasaron a la granja a tomar el té. Y ahí Nora y Jack les dieron su regalo.
-Espero que os haga tan felices y viváis tantas aventuras como lo hicimos nosotros en su día –sonrió Jack dándole una llave a Sirius.
Bellatrix vio que su ya marido se echaba a llorar y no entendió por qué. ¿Para qué les iba a servir una llave? Le llevó un rato comprender que les habían regalado la motocicleta clásica que Jack había pasado meses reparando con Sirius. Él no la necesitaba y sabía que al joven le hacía muchísima ilusión. Por supuesto así fue. Tras abrazar a Jack y balbucear que para él ya era su padre, Sirius salió corriendo de la granja y subió a la moto de un salto. Para no hacerles el feo, Bellatrix se montó con él, pero le obligó a parar en cuanto los perdieron de vista.
-¡No me da confianza, Sirius! Disfrútala tú.
El mago miró de su amada moto a su amada mujer sin saber qué hacer; deseaba seguir conduciendo, pero no quería separarse de Bellatrix.
-Te acompañamos, por supuesto –sonrió la bruja.
Sacó de su bolsillo a Raspy, ella se transformó en cuervo y corrieron y volaron por las carreteras que rodeaban Durbuy como la familia más extraña y feliz del mundo.
