Ahora que era de su propiedad, Sirius se entretuvo aplicando a su moto diversos encantamientos que le permitían alcanzar más velocidad y sobre todo ser más segura. Logró que evitara los choques automáticamente, que no se pudiese salir del camino que él deseara seguir y que en ningún caso sus ocupantes pudiesen salir disparados. Solo después de todas esas mejoras, Bellatrix accedió a dar una vuelta con él. Por mucho que lo ocultó, la bruja disfrutó de esa nueva sensación, entre el peligro inherente al "trasto ese muggle" y la emoción de la velocidad muy superior a la de cualquier escoba. Pronto se hizo adicta.
-¡Ya está! ¡El metecosas es ahora un asiento para Raspy! –exclamó satisfecha.
-Se llama baúl o maleta, Bella –la corrigió Sirius-, no "metecosas".
-Las cosas se llaman como a mí me dé la gana –sentenció ella-. Mira, parece que al pequeñín le gusta.
La bruja había adaptado el maletero de la moto como un trasportín para Raspy. Por dentro la tapa era transparente con agujeros de ventilación y al fondo descansaba un mullido cojín para que se pudiera sentar. Contaba con el conjuro estabilizador que se aplicaba a las escobas y que en este caso impedía que Raspy se golpease por muchos baches o velocidad que el vehículo tomara. Desde fuera no se distinguía el contenido, así que estaba a salvo de miradas muggles.
-¡Perfecto, así podemos ir los tres! –comentó Sirius.
Desde entonces, todas las tardes salían a pasear con la moto y casi siempre aparecía Raspy pertrechado de un buen manojo de raíces de jengibre (le encantaba comer durante el trayecto). Lo colocaban en su asiento y después montaban los dos. Pasaron la primavera recorriendo los pueblecitos de Bélgica, con sus casitas de piedra, las inmensas praderas, las carreteras junto a ríos y lagos… A ratos Bellatrix se transformaba en cuervo y sobrevolaba el paisaje. Se llevaban algún bizcocho o sándwich y lo disfrutaban mientras veían atardecer en lo alto de alguna colina, en las ruinas de algún castillo o en el parque de algún pueblo con especial encanto.
-¿Recuerdas nuestro último año? ¿La Navidad que me llevaste a una cabaña a las afueras de Edimburgo? –preguntó Sirius.
Eran las siete de la tarde y estaban tumbados en un campo de amapolas, Bellatrix con la cabeza apoyada sobre el pecho de Sirius y Raspy mordisqueando flores a ver cuál sabía mejor. El sol se estaba acostando mientras el cielo se vestía del ocre y rosa vibrante que darían paso al ocaso.
-Claro que lo recuerdo –respondió Bellatrix.
-Te prometí que te cuidaría y te daría la vida que merecías… Nunca pensé que fuese esta –comentó entre divertido y melancólico.
-Yo tampoco –reconoció Bellatrix.
-Ya… Querías que tuviésemos una mansión, la Mansión Raspy se iba a llamar… Y también deseabas un criadero de dragones, fiestas enormes sin invitados…
-Sí, sí… Y ¿sabes? Todo eso lo veía factible: mansiones, fiestas, regalos carísimos… Lo que jamás juzgué entre mis posibilidades fue ser feliz. Y aquí estamos. Cumpliste tu promesa.
Sirius mostró una amplia sonrisa y la besó. Poco después subieron a su moto y regresaron los tres a su hogar.
-Mañana tenemos que ir a Lieja –comentó Bellatrix-. Hay que vender el veneno cuanto antes, este se seca rápido.
-Muy bien y también nos hacen falta golosinas para escarbato.
-Cierto… Y quiero buscar un libro para estudiar unos conjuros que no domino.
-¿Qué conjuros? Peque, es imposible que te quede magia por estudiar, o se inventan nueva o no te queda nada.
Bellatrix sonrió pero no respondió. Cuando tenían que hacer compras mágicas siempre iban los martes a última hora, era cuando menos gente había en la Avenida del Augurio. Visitaron primero la tienda para mascotas y después una librería especializada. Bellatrix pasó varios minutos examinando las estanterías dedicadas a magia constitutiva, la que se ocupaba de la esencia de las cosas y de los principios inmateriales. Era magia muy avanzada, con aplicaciones más filosóficas que prácticas y que por tanto no se estudiaba en el colegio. Al final Bellatrix eligió un tomo muy grueso, con una mariposa en llamas en la portada. Era bastante caro y nunca se permitían caprichos así, pero ella lo compró. Sirius por supuesto no objetó, pero tenía mucha curiosidad.
-¿De qué es, para qué lo quieres?
—Mmm… Tengo algunas ideas para crear nuevos conjuros, pero tengo que estudiar antes si es posible… Vamos a la botica antes de que cierren.
Su marido supuso que le ampliaría la información más adelante, así que asintió. Entraron al Druida Natural y el boticario los recibió con su sonrisa falsa habitual.
-¿Qué traéis esta semana, parejita? –inquirió con interés.
Bellatrix sacó los frascos de su bolso encantado y los colocó sobre el mostrador.
-Veneno de serpiente, sangre de uro y escamas de dragón.
-Estupendo, estupendo… Vamos a ver, cuánto os puedo ofrecer esta semana… -murmuró lentamente observando los frascos- ¿Treinta galeones os parecería adecuado?
-Solo por la sangre –le espetó Bellatrix-, sabe de sobra que no vamos a regalarle nada.
-Debéis tener en cuenta que los precios suben y bajan cada día y además el Departamento de Control de Sustancias Ilegales me tiene bajo su punto de mira. Debéis aceptar el precio, tened en cuenta que a nadie más podéis venderle estas sustancias…
-Tenemos decenas de compradores particulares dispuestos a hacerlo. Si venimos aquí es por comodidad, pero perfectamente podemos tratar con cualquier otro –mintió Bellatrix.
Era cierto que había gente que compraría esas sustancias, pero en el mercadillo estaban completamente prohibidas y deberían tantearlos y reunirse con ellos en privado. Preferían no tener que introducir a más desconocidos en su vida (sobre todo si eran magos). Aún así, Bellatrix recogió los frascos e hizo amago de marcharse.
-De acuerdo, de acuerdo… -se apresuró a declarar el hombre- No os pongáis así, somos todos amigos, vamos a examinarlo otra vez…
Aquella negociación fue casi más dura que la de la primera vez y eso desesperó a los Black. Creyeron que el boticario había aprendido los precios que estaban dispuestos a aceptar y así había sido en anteriores visitas… pero ese día no. Finalmente, tras mucho regateo, quedaron en cincuenta y cinco galeones.
Todo sucedió muy rápido: Bellatrix estaba colocando de nuevo los frascos sobre el mostrador y Sirius aceptando el dinero del boticario cuando la puerta de la tienda se abrió. Antes de que pudieran reaccionar, un mago y una bruja, fornidos y de apariencia peligrosa les habían quitado las varitas. Sirius hizo amago de lanzarse contra ellos, pero el dependiente les lanzó un hechizo inmovilizador y unas gruesas sogas los atraparon. En ese momento, sintiendo más rabia que miedo, Bellatrix dio gracias de que Raspy se hubiese quedado en el bosque con sus amigos.
-¡¿Qué cojones te pasa, imbécil?! –le espetó Sirius al dependiente.
Moverse no podía, pero para insultar siempre quedaban fuerzas. El hombre los miró con una ponzoñosa sonrisa victoriosa.
-No te sulfures, Sirius Black…
En ese momento, Bellatrix sí que sintió miedo. Dejó de importarle el error cometido al no tener sus varitas en la mano y pasó a angustiarse por el error que debían de haber cometido para ser identificados. Notó que junto a ella, Sirius también estaba paralizado en más de un sentido.
-Así es, sé quiénes sois, Bellatrix y Sirius Black… Hubiese sospechado de cualquiera que consiguiera esas sustancias ilegales y actuase de forma tan misteriosa… pero además vosotros tenéis ese puntito altivo y arrogante de quien no necesita vender deshechos de bestias para vivir…
-Cualquiera de esas bestias vale más que usted –le espetó Bellatrix.
-Cualquier mierda de esas bestias vale más que usted –corrigió Sirius.
Un ramalazo de rabia cruzó el rostro del vendedor, pero pronto recuperó su sonrisa burlona. Antes de que respondiera, intervino el otro mago que hasta entonces había permanecido en silencio:
-¿Puede saltarse la parte en la que revela su plan maestro e ir al grano?
-No se la saltará, no… -suspiró su compañera con voz ronca- El tonto este ha sido inteligente por una vez en la vida y quiere presumir.
-¡Callaos los dos! ¡Sois solo cazarrecompensas de pacotilla! ¡Hace falta una mente como la mía para tramar semejante plan.
Bellatrix y Sirius se miraron de reojo, igual se mataban entre ellos antes de hacerles nada…
-¡Pero si solo los seguiste hasta el bosque, tarado! –le espetó la mujer.
Del intercambio de gritos, los Black dedujeron lo que había pasado: el dependiente decidió seguirlos para ver cómo conseguían las sustancias y así los vio entrar al bosque. Él no se atrevió a internarse a la luz del día, cuando podían detectarlo, así que dejó a su lechuza, que le avisó una noche que los vio entrar. La noche en que nacieron los escarbatos y que Sirius vio un rostro humano entre los árboles. Ahí los escuchó hablar en su inglés natal y también obtuvo el nombre de Bellatrix. Le costó poco revisar las familias de sangre pura inglesas y dar con los Black, ¡no podría creer su suerte! Pero él solo no podía tenderles una trampa, por eso avisó a la pareja de cazarrecompensas con la que contactaba cuando tenía algún negocio turbio.
-¡Y no veáis qué alegría cuando descubrí que os buscan los aurores! –exclamó el dependiente juntando las manos del gozo- ¡Sois los delincuentes más buscados de Inglaterra!
-Delincuentes no, asesinos –le corrigió Sirius.
Su comentario inspiró un temor en el hombre que no logró ocultar, los temía. Bellatrix le miró a los ojos con una expresión tan salvaje que apartó la vista intranquilo y sintiéndose extrañamente violado. Pero de nuevo se repuso: estaban desarmados y atados. Y al fin y al cabo eran solo dos chicos de veintidós y veintitrés años, fugitivos y sin nadie a quien recurrir.
-Cortad el rollo. Queremos dinero –exigió el cazarrecompensas.
-Creí que había quedado claro que si vendemos porquerías es porque somos pobres –respondió Sirius con sorna.
-Lo sabemos –aseguró la mujer-, pero a partir de ahora trabajaréis para nosotros. Conseguiréis sangre, veneno y todo lo que se pueda de las criaturas más peligrosas del bosque.
Sirius iba a replicar que eso podían hacerlo ellos mismos, pero entonces lo comprendió. Soltó una carcajada burlona y espetó:
-¡Tan valientes para amenazar a dos críos pero os cagáis de miedo con la sola idea de entrar al bosque! Además sabéis que no conseguiríais ni una pluma, os mataría hasta el más débil gusarajo.
El cazarrecompensas, furioso, alzó la varita para atacar a Sirius, pero Bellatrix, con una rabia inmensa, empezó a gritar en un idioma que todos reconocieron como pársel. El hombre bajó la mano y los tres atacantes se miraron atemorizados, incluso comenzaron a vigilar los rincones por si había invocado a algún ofidio. No era así. Bellatrix solo pretendía asustarlos y ganar tiempo para encontrar una salida, ni siquiera estaba segura de las palabras que había dicho. Pero había evitado que atacaran a Sirius, eso era lo importante.
-Esta tienda está insonorizada, ¿verdad? –preguntó la cazarrecompensas intentando sonar despreocupada.
-Por supuesto –le espetó el dependiente- y también tiene hechizos antiaparición, ¿crees que soy idiota o qué?
-No, eso no lo dudamos nadie –replicó Sirius al momento.
Bellatrix soltó una carcajada. Les miraban entre el temor y la furia, pero no se atrevieron a tocarlos. La mujer intentó hacerse de nuevo con el control de la situación:
-Haréis lo que os decimos o si no revelaremos vuestra identidad. Os vamos a poner estas pulseras, tienen hechizos localizadores y métodos para disuadiros de hacer cualquier tontería.
-Trabajaréis para nosotros, como las bestias –sonrió el dependiente-. O eso o Azkaban.
-¡Ninguna bestia trabaja para ningún humano, pedazo de cabrón! –le espetó Bellatrix.
Preferiría la muerte que trabajar para nadie… aunque lo de Azkaban sonaba peor que la muerte. De todas maneras no iba a suceder, lo tenía claro. Se obligó a serenarse y a improvisar un plan. El primer problema eran las sogas que la inmovilizaban… no las suyas, sino las de Sirius. Tenían los brazos tras la espalda y había comprobado hacía varios minutos que el cristal del anillo de Morgana las cortaba como si fuesen mantequilla. Pero no estaba lo suficientemente cerca de Sirius como para liberarlo a él. Si soltaba las suyas, la petrificarían antes de que pudiera liberarlo, y de eso sí le costaría liberarse.
-¡Claro que trabajaremos para vosotros! –exclamó Sirius burlón- ¡Y por Navidad os daremos un regalo fabricado a mano para que siempre lo tengáis a mano!
A Bellatrix le extrañó lo rimbombante de esa frase… Mientras los matones le devolvían la burla a su primo, comprendió lo que trataba de decirle. Ella le regaló por Navidad un cuchillo de piedra tallado por ella misma y él solía llevarlo en el bolsillo trasero del pantalón. Podría soltarse igual de rápido que ella. Y no solo eso. Por Navidad también, él le regaló el colgante del zafiro embrujado que podía burlar los encantamientos de protección: teóricamente, podrían aparecerse incluso aunque el dependiente tuviese contrahechizos. Bellatrix siempre llevaba el colgante, pero no lo había probado; ese parecía un buen momento para ello. Miró a Sirius de reojo, para mostrar que lo había comprendido.
Sin embargo, restaba el problema principal: esas tres personas sabían la verdad y eso podía arruinarlos. No querían tener que huir de Durbuy, amaban ese lugar y era su hogar… Sería devastador marcharse porque los obligaban unos matones y tener que buscar otro escondite. A Bellatrix le llevó años encontrar aquel.
-Tenemos que matarlos, es la única solución –murmuró Bellatrix.
-¿Qué? –le espetó el dependiente- En todo caso los que vais a…
-¿Te generará eso algún problema o futuro trauma? –continuó Bellatrix ajena a los tres delincuentes que la escuchaban desconcertados.
-Solo un profundo placer –aseguró Sirius que ya tenía el cuchillo firmemente agarrado tras su espalda.
-Entonces… ¡ya!
Cortaron las sogas antes de que los otros tres comprendiesen lo que sucedía. Mientras Bellatrix abrazaba a Sirius, los otros tres magos comenzaron a lanzar ofensivas, pero…
-¡Fiendfyre! –bramó Bellatrix.
Tras años de estudiar e incontables horas de práctica, la joven consiguió crear un fuego maldito sin varita. Un anillo ígneo los rodeó, tragándose todos los ataques que los otros tres arrojaban. Con inmensa concentración, la bruja hizo crecer el fuego lentamente.
-¡Esto no se apaga! –bramó el cazarrecompensas mientras arrojaban conjuros de agua sin ningún éxito.
-¡Hay que salir, hay que salir! –exclamó la mujer corriendo hacia la puerta.
Antes de que la alcanzara, el círculo de fuego se convirtió en una serpiente que se apoderó del local atrapando dentro a las cinco personas. Bellatrix permanecía en trance, con los ojos cerrados para no perder la fuerza y la concentración mientras hacía crecer el fuego en torno a ellos dos.
-¡Está loca! –chilló el dependiente ¡Vamos a morir todos!
Sirius aprovechó el horror en el que estaban sumidos para acuchillar el brazo del hombre que tenía su varita.
-¡Ah, joder! –chilló el hombre retorciéndose de dolor.
El joven recuperó su arma y con un accio obtuvo también la de su prima. Intentó colocársela entre los dedos, pero Bellatrix no era capaz de sujetarla: la magia estaba manando de su interior y ya no podía canalizarla de otra forma ni tenía fuerzas para nada más. Trataba de guiar el fuego no solo para hacer que todo ardiera, sino para protegerlos a ellos. Sirius la abrazó de nuevo, sobre todo para darle apoyo físico y seguridad, y ejecutó un hechizo para renovar el oxígeno y evitar la intoxicación. Sintió como Bellatrix realizaba un último acopio de energía y la serpiente se convirtió en un basilisco que hizo arder al momento a los tres magos.
Los cazarrecompensas y el dependiente chillaban y se retorcían en llamas mientras todos los objetos de la botica estallaban y los techos empezaban derrumbarse. Bellatrix abrió los ojos por fin. Estaba completamente pálida, le sangraba la nariz y parecía a punto de perder la consciencia.
-Voy a intentar aparecernos –murmuró Sirius con rapidez.
Respiró el poco oxígeno que quedaba, pero ella susurró un "Espera" casi inaudible. Angustiado al ver como las llamas los acorralaban, vio a Bellatrix extraer una bolsita de terciopelo de su bolso y de ella sacó lo que parecían tres escamas de serpiente. Las dejó caer a las llamas (porque no tenía fuerzas para arrojarlas) y murmuró unas palabras en latín que Sirius no comprendió. Tras eso, la bruja volvió a cerrar los ojos casi exánime. Sirius la agarró con fuerza y con la otra mano apretó el zafiro que colgaba de su cuello. Cerró los ojos sabiendo que o la magia protectora funcionaba o morirían en pocos segundos.
—Te quiero, Bella –susurró concentrándose en la imagen de su salón.
