El alivio de que la aparición hubiese funcionado se quebró cuando Sirius comprobó que Bellatrix se había desmayado. No la soltó, la cogió en brazos y la llevó a la cama.
-¿Bella? ¡Bella! –repitió asustado.
Estaba inconsciente, no reaccionó. Sirius le buscó el pulso y comprobó que lo tenía, aunque bastante débil. Ejecutar un maleficio tan poderoso sin varita le había sustraído más fuerza de la que poseía. Sirius corrió a la habitación contigua y, por suerte, si algo les sobraban eran pociones: Bellatrix fabricaba cada semana para venderlas el domingo en el mercadillo. Cogió una sanadora y un filtro vigorizante y volvió al cuarto. Se le encogió el corazón al ver que Raspy había regresado. Estaba junto a Bellatrix, sin dejar de emitir chillidos y gemidos mientras se agarraba a sus brazos y rozaba su mejilla intentando despertarla.
-Tranquilo, enanito, se va a poner bien –intentó tranquilizarlo Sirius.
No funcionó. El escarbato siguió intentando sacudirla y de vez en cuanto miraba a Sirius angustiado, sin entender por qué no se despertaba y sabiendo que no estaba bien. El animago lo frenó con dificultad. Le dio a Bellatrix la poción sanadora y después el filtro vigorizante. Se deslizaron por su garganta sin problemas, estaban diseñados para evitar atragantamientos incluso estando inconsciente. No sucedió nada. Sirius cogió un pañuelo y le limpió las manchas de humo y la sangre de la nariz, que por fortuna había dejado de brotar. Raspy seguía mirándolo y emitiendo sonidos de protesta al ver que no funcionaba.
-No sé qué más hacer, Raspy… Yo creo que se despertará… No podemos ir al hospital mágico o nos identificarán; Bella me mata si después de asesinar a todos esos terminamos en Azkaban por un desmayo. Podríamos ir al médico muggle, pero ellos no sabrían tratarla, dudo que tengan nada mejor que esto…
-Si me pone la mano encima un médico muggle sí que te mato.
Lo dijo apenas con un hilo de voz y sin abrir los ojos, pero el alivio fue inmediato.
-¡Peque! –exclamó Sirius casi llorando de felicidad.
Lentamente, Bellatrix abrió los ojos y forzó una pequeña sonrisa. Raspy se abalanzó sobre su cuello y se aferró a ella sin dejar de emitir gemidos. La bruja no pudo responder a su afecto, pero con mucho esfuerzo colocó la mano en su lomo y lo acarició.
-¿Estás bien? ¿Qué necesitas? Te he dado una sanadora y uno vigorizante.
-Nada, solo descanso –susurró Bellatrix.
-Vale, perfecto –respondió Sirius aliviado porque eso era sencillo.
Tenía varias preguntas y muchos problemas derivados de lo sucedido, pero vio que su prima no era capaz ni de mantener los ojos abiertos. Lo principal era su salud, cualquier otro problema podía esperar.
-Te dejo con Raspy, me voy a duchar para quitarme el olor a humo y…
Un simple gruñido de protesta fue la respuesta de Bellatrix, que no quería que se marchara. Así que su marido ejecutó un conjuro limpiador sobre ambos, se puso el pijama y se acostó junto a ella. La abrazó pero no del todo, porque en medio se colocó Raspy, que no pensaba separarse ni un milímetro de su mamá humana. Los tres juntos durmieron desde las ocho de la tarde hasta las once de la mañana siguiente.
Sirius se despertó primero, feliz por estar los tres sanos, pero preocupado por si tenían que marcharse de Durbuy. No sabía si el dependiente de la botica le habría revelado su secreto a alguien más y, por otra parte, habían cometido un triple homicidio para el que buscarían culpables… ¿Y si alguien los había visto entrar? "Da igual, lo solucionaremos", decidió Sirius, "Lo importante es que Bella esté bien". No quiso preocuparla antes de lo necesario.
-¿Cómo estás, peque? –preguntó con suavidad cuando la vio abrir los ojos.
-Todavía muy cansada… pero bien.
-¿Y tú, enanito?
Raspy, que no se había soltado de Bellatrix, separó un poco la cabeza y profirió un ruidito de aquiescencia. Sirius le acarició la cabeza y después el rostro de Bellatrix. La besó con cuidado de no aplastar al escarbato y después se levantó. Volvió al poco con otra poción sanadora.
-Tómate esto, la preparó la mejor pocionista del mundo.
-¿Severus? –inquirió Bellatrix con una sonrisa traviesa.
-¡Arg, Quejicus! No recordaba su desagradable cara… ¡Rápido, Raspy, aráñame los ojos para que lo olvide!
Bellatrix se echó a reír de lo tonto que era. Sirius la ayudó a incorporarse colocándole un almohadón en la espalda y se tomó la poción. Cerró los ojos mientras surtía efecto y Sirius aprovechó para hacer el desayuno. Lo sirvió en una bandeja y lo levitó hasta el dormitorio.
-Aquí tienes tu bizcocho y tu leche con chocolate… -murmuró colocándolos ante Bellatrix- Mi café… Y un bollito de trigo para Míster Raspberry Black –declaró solemnemente.
A Raspy le gustaba mucho que usaran su nombre completo, se sentía muy importante y alzaba la cabeza orgulloso de ser casi un lord. Cogió el bollito entre sus patas y se sentó en la almohada a mordisquearlo. Lo llenaba todo de migas, pero lo adoraban tanto que le hubiesen permitido llenarlo de escupitajos si eso le hacía feliz. Cuando hubieron desayunado, se trasladaron al salón para ventilar el dormitorio. Sirius acomodó a Bellatrix en el sofá, tapándola bien con la manta más gruesa de las que disponían, y en su pecho se ovilló Raspy.
-Bueno, peque… -murmuró Sirius que no sabía cómo abordar el tema- No sé qué vamos a hacer, pero he pensando que si nos tenemos que ir, podríamos ir con la moto hasta Alemania y ahí…
-¿Qué? ¿Por qué vamos a irnos? –inquirió Bellatrix frunciendo el ceño.
-Porque nos buscarán por lo de ayer… ¿no? –preguntó él dudoso.
-El dependiente no se lo dijo a nadie, utilicé legilimancia.
Bellatrix hablaba despacio, con voz débil y cansancio palpable, pero sonaba convencida:
-¿Para qué iba a contarlo? Era el menos interesado en que se supiera, lo necesitaba para hacernos chantaje. Y a los cazarrecompensas ni siquiera le explicó quiénes éramos, no se enteraron hasta que lo escucharon ayer.
-¡Menos mal! –exclamó Sirius aliviado- Pero murieron carbonizadas tres personas… Los aurores belgas lo investigarán y aunque no dejamos pruebas, creo… Claro, pruebas no habrá porque se quemó todo –elucubró Sirius dándole vueltas-, pero…
-Yo creo que, si tenemos suerte, lo catalogarán como accidente. Como él mismo dijo, todo el mundo sabía que el boticario comerciaba con sustancias y plantas ilegales. El peligro que eso conlleva es inmenso. Si esas sustancias están prohibidas es porque son inflamables y al mínimo contacto, pueden provocar un accidente. Un incendio de ese tipo mezclado con veneno y con todas las sustancias que vendía crearían algo casi peor que un fuego maldito.
-¡Ojalá! –exclamó Sirius repentinamente ilusionado- Pero deberíamos confirmarlo…
Bellatrix asintió compartiendo su preocupación. Normalmente solo iban los domingos al mercadillo y un par de veces al mes a la avenida del Augurio para vender sustancias y reponer productos mágicos. No recibían el periódico mágico local, su lechuza Carper se ocupaba únicamente de llevarles ejemplares del Profeta para controlar lo que sucedía en Inglaterra (de momento nada). Así que no tenían manera de informarse.
-Si es que los muggles son mejores: ellos miran la tele y ahí se lo cuentan todo, sin salir de casa –suspiró Sirius.
A Bellatrix le fastidió que tuviera razón, por eso no contestó. Al poco a Sirius se le ocurrió una idea:
-Voy en forma de Canuto y a ver si consigo robar un periódico. O simplemente escuchar los rumores, comprobar si están investigando en la zona…
-De acuerdo… -respondió Bellatrix- Pero ten mucho cuidado, es peligroso.
Sirius asintió y le prometió volver enseguida.
-¿Necesitas algo mientras?
-Sí, tráeme el libro que compré ayer.
Sirius ejecutó un accio y el bolso de Bellatrix (cubierto de hollín y cenizas) apareció ante él. Extrajo el grueso volumen sobre magia constitutiva y se lo colocó entre las manos. Tras eso, le dio un beso y se marchó. Regresó dos horas después, cuando su mujer empezaba a ponerse nerviosa porque le daba la impresión de que tardaba mucho. De inmediato le preguntó qué tal había ido.
-No he conseguido periódico, no he querido robárselo a nadie para no llamar la atención –le explicó él-. Pero he visto la portada en un quiosco, anuncia el incendio y dice que se está investigando.
-¿Había aurores en la tienda?
-Sí, en toda la calle, y varios magos de seguridad. Por lo que he escuchado, tienen dos teorías: la que tú has supuesto, que se debió a un accidente con cualquier sustancia inflamable o que se trate de un ajuste de cuentas. Como se relacionaba con muchos traficantes, no descartan que alguno de ellos haya sido el culpable.
-Mmm… -murmuró Bellatrix pensativa- En realidad están en lo cierto con la segunda opción…
-¡Nosotros no somos traficantes! –protestó Sirius.
-Comerciamos con productos prohibidos por la ley, Siriusín… sí que lo somos.
-¡Pero somos jóvenes y adorables! Y no hacemos daño a nadie –protestó él.
-Por eso dudo mucho que nadie sospeche de nosotros. No nos conocen, no estamos empadronados aquí y no tienen forma de localizarlos…
Sirius asintió meditándolo. Lo debatieron un rato más, pero finalmente llegaron a la conclusión de que estaban a salvo por el momento. Lo que de verdad preocupaba a Bellatrix no era eso, sino que se habían quedado sin su principal fuente de ingresos: las sustancias ilegales eran lo que más dinero daba. Podrían buscar entre sus clientes del mercadillo a algún otro al que vendérselas, pero sería aún más peligroso que antes, puesto que ahora los aurores buscarían a gente con ese perfil para investigarlos por el triple homicidio.
-Qué rabia, de verdad… -masculló Bellatrix- Tenemos un poco ahorrado, pero…
-Al menos salvé los cincuenta y cinco galeones de ayer –exclamó Sirius mostrándole los billetes que les dio el boticario mientras les tendía la trampa.
-Ah, qué bien –respondió ella ligeramente aliviada-, al fin algo bueno…
-Por eso tardó y negoció tanto el cabrón… -elucubró Sirius- Debía estar esperando a que acudiéramos y avisaría a sus compinches de alguna forma cuando nos tuvo ahí. Necesitó distraernos hasta que ellos llegaran, debimos darnos cuenta.
-Tienes razón –concedió Bellatrix-. Pero es que ese hombre daba tanto asco siempre que tampoco hubo ayer mucha diferencia… Y era la mejor opción para vender sangre y venenos.
Su marido asintió, estaba en lo cierto. Decidió que mejor cambiar a un tema más alegre.
-¿Qué tal es el libro? ¿Te está gustando? –le preguntó al ver que tenía incluso un pequeño cuaderno en el que iba anotando cosas.
-Sí, está bastante bien. Hay poco escrito sobre cómo la magia afecta al alma y los procesos de sanación de esta, llevo meses queriendo investigarlo.
Estuvieron filosofando sobre el tema unos minutos hasta que Sirius recordó que debían ir a la granja porque estaban casi sin provisiones. Dejó a Bellatrix con su libro y su hijo y salió de nuevo.
En esa ocasión no tardó más de un cuarto de hora, la granja estaba muy cerca y los granjeros eran muy ágiles preparando su pedido habitual. El problema fue que no volvió solo. Bellatrix lo supo cuando Sirius, con una voz que fingía ser alegre pero tenía notas de precaución, exclamó nada más abrir la puerta:
-¡Peque, adivina quién ha insistido en venir a verte!
A Bellatrix solo le dio tiempo a esconder el libro detrás de un cojín. Al segundo siguiente una muy preocupada Eleanor estaba en su salón.
-¡Belle! Thierry me ha dicho que estás malita, me ha preocupado y he juzgado que como tu mejor amiga debo… ¡Hala, qué peluche más gracioso!
Raspy se quedó completamente inmóvil y al momento Bellatrix subió la manta para taparle la cabecita, que era lo único que sobresalía.
-No te avergüences, a mí también me encantan los peluches –aseguró su amiga-. ¿Qué animal es?
-Un ornitorrinco –respondió Sirius-, Belle es especial en todo, hasta eligiendo peluches. También tiene un perrito.
Sirius se consideraba a sí mismo un peluche gigante y superadorable; tanto, que Bellatrix temió que así lo expresara. Por suerte no lo hizo. Mientras Eleanor estaba distraída con Bellatrix, su primo aprovechó para transfigurar en novelas románticas todos los libros de magia que tenían en la librería. Por suerte, siempre fue un titán de las transformaciones. Seguidamente se acercó al sofá por detrás y murmuró:
-Dame a tu peluche y así te puedes sentar aquí con Eleanor.
En una rápida maniobra, Sirius cogió a un inmóvil Raspy y lo llevó al dormitorio donde se quedó más relajado. Bellatrix se sentó en el sofá mientras su amiga lo observaba todo.
-¡Qué casa más bonita! Es pequeña, pero muy acogedora… ¡Y tenéis un montón de libros! Sí que os gustan las novelas rosas… –comentó divertida mirando los títulos.
Bellatrix le dirigió a su marido una mirada asesina que se traducía en "¿No podías haberlos transfigurado en algo más digno?". Sin embargo, Sirius no se avergonzó lo más mínimo:
-Todas mías –declaró con orgullo-. Me gusta leerlas y comprobar que todos los galanes son mucho más torpes y menos atractivos que yo. Mi realidad supera a cualquier ficción.
Eleanor se echó a reír y respondió que ella hacía lo mismo con las telenovelas. Sirius se alejó hacia la cocina para guardar la compra y Bellatrix intentó retomar el tema que la había traído hasta su casa:
-¿Necesitabas algo o…?
-Ah no, no. Como te decía, al saber que mi más mejor amiga estaba enferma, obviamente tenía que venir a cuidarte.
-Ya… -masculló Bellatrix que se temía lo peor y lo peor era aquello- Te lo agradezco mucho, pero no te preocupes, ya estoy…
-¡Qué tontería, quiero hacerlo! Me gusta cuidar a la gente. Además, hoy Rose estaba ocupada, iba con su abuela a comprar telas a Lieja. Ya quedé con ella ayer. Al principio me daba angustia salir con una chica, nunca lo imaginé… pero ¡resulta que soy muy buena lesbiana! Se me da genial, soy buenísima.
-Ah… Fe-felicidades… -murmuró Bellatrix sin saber qué decir.
La bruja escuchó como Sirius aguantaba la risa en la cocina (la casa tenía el tamaño justo para que se escuchara todo desde todas partes). Cuando terminó de guardar la comida, le preparó un chocolate a Bellatrix y un té a Eleanor. Después se disculpó diciendo que salía a dar una vuelta para que ellas pudieran hablar tranquilas. Bellatrix trató de impedirlo, pero entonces Eleanor se ofreció a hacerle un masaje y decidió que la muggle tenía su utilidad. Sirius se reunió con Raspy que había huido por la ventana del dormitorio, se transformó en perro y jugaron juntos por el bosque. Cuando regresó a casa, Eleanor había hecho la cena.
-Esto está buenísimo –comentó con admiración.
-Es solo una crema de verduras –comentó Eleanor-, pero le pongo un poco de jamón para darle más sabor.
-Pues está muy bueno –aseguró Sirius.
Cenaron los tres juntos y al final lograron que Eleanor se marchara a su casa. Era muy cotilla, Bellatrix había tenido que bloquear la puerta del cuarto de pociones por precaución.
-Tarde o temprano nos va a pillar, menuda es… -murmuró Bellatrix.
-La desmemorizamos y ya está –comentó Sirius tras darle la poción sanadora-. ¿Te encuentras mejor?
-Sí, ya estoy mejor –aseguró su mujer-. Parece que está todo bien, ¿no?
Se refería a la situación: al triple homicidio del que eran culpables, a los problemas económicos que se agravarían sin las ventas en la botica y a la inseguridad que ese incidente les había creado. Sirius lo comprendía perfectamente. Bellatrix era tan poderosa que había sido capaz de controlar sin varita un maleficio que la mayoría de magos no dominaban ni con su arma; pero que su bucólica vida que tan feliz la hacía peligrara, sí que le causaba más angustia. Su marido por supuesto tenía las mismas dudas, pero no se le notó en absoluto.
-Por supuesto que sí, Bella –aseguró con confianza y amplia sonrisa-, está todo bien y vamos a estar bien.
La abrazó con fuerza logrando que se calmara al momento y cualquier temor se suavizara. Raspy corrió para unirse al abrazo familiar y, de nuevo, terminaron el día los tres durmiendo juntos.
