-Qué dulce más raro, el envoltorio es precioso… "Rana de chocolate" –leyó Eleanor.
Se incorporó para comer más a gusto y los Black hicieron lo mismo a velocidad de snitch. Con tono aparentemente despreocupado, Sirius le preguntó dónde lo había comprado. Rose se encogió de hombros:
-No sé, estaba en la alacena de casa. Lo he cogido porque sé que Nellie siempre tiene hambre de algo dulce y como pone que es de chocolate…
-Eres un amor –aseguró Eleanor besándola con gratitud.
Sirius y Bellatrix se miraron y después miraron el envoltorio de la rana sin entender de dónde había sacado la muggle un dulce mágico. ¿Sería bruja? No, Bellatrix estaba casi segura de que no, lo habría sentido. Iban a hacer más preguntas, pero se interrumpieron porque, sin que pudieran evitarlo, Eleanor desgarró el envoltorio.
-¡Oh, qué cosa más mona! –exclamó al abrirlo- ¡Tiene forma de ranita y…! ¡Aaah!
El grito de terror que pegó los sobresaltó a todos, incluso a los Black que sabían (y temían) lo que iba a suceder. La rana había saltado del envase al muslo de Eleanor. La mirada de horror de Rose fue la confirmación de que no había oído hablar de la magia en su vida. Antes de que el dulce siguiera huyendo a saltos, en un acto reflejo, Sirius lo atrapó. Como aun en su puño cerrado la rana seguía forcejeando, apretó con fuerza para romperla. Abrió la palma y solo quedaron pedazos de chocolate completamente inmóviles.
-Eh… ¿Quién quiere? –preguntó Sirius nervioso.
Las reacciones tardaron unos segundos en desencadenarse, más que nada porque las muggles seguían intentando procesarlo… pero por supuesto Eleanor fue la primera:
-¡Pero qué ha sido eso! ¡Qué porras es eso! –exclamó mirando fijamente el chocolate en la mano de Sirius como si fuese a volver a huir.
-¡No lo sé! Yo… Yo no sabía que pasaría eso, yo… yo solo… -se defendió Rose muy nerviosa.
-Debe ser como los caramelos esos con chasquidos, los Peta Zeta –inventó Sirius recordando los dulces muggles que compraba con James-. O como cuando mezclas esos caramelos redondos con Coca-Cola, que provocan una erupción…
Bellatrix le miraba sin comprender una palabra, aquello sí que le sonaba a brujería. Eleanor y Rose lo comprendían, pero no llegaban a convencerse.
-Les pondrán algún efecto así para que sean más llamativas… -añadió Sirius a la desesperada- Hoy en día ya no saben cómo llamar la atención.
Como para probar su teoría, cogió uno de los pedazos y se lo metió a la boca. Aseguró que estaba delicioso y Bellatrix le imitó para apoyar su versión (aunque no la entendía, decidió que en eso consistía el amor). Lentamente y tras examinarlo minuciosamente, Eleanor lo probó también. Efectivamente estaba muy bueno y nada estalló en su boca. Rose fue la última en comer. Compartieron la rana entre los cuatro, pero sin dejar de vigilarla fijamente temiendo que en cualquier momento volviera a cobrar vida.
-Tendrás razón… -murmuró Eleanor al final- Será algún dulce nuevo que han sacado. ¿Dónde lo compraste, Rose?
-¡Yo no lo compré! –exclamó la chica intentando desligarse de la rana explosiva- Los suele comprar mi madre porque a mi abuela le encanta el chocolate. Nunca había visto de este tipo, estaba en la alacena.
-¿Había más? –inquirió Bellatrix.
-No, solo esa. Estaba al fondo en un rincón, de no ser por mi insistencia en traerle algo a Nellie ni siquiera lo habría encontrado.
Los Black asintieron lentamente. Cuando antes de comprar su casa Bellatrix analizó Durbuy y sus alrededores, comprobó en los registros que la población mágica era muy escasa; no era factible que a alguien se le hubiese olvidado un dulce mágico…
-O quizá lo trajo algún cliente –siguió elucubrando Rose-. Como muchos son de toda la vida y conocen a mi abuela suelen traerle pastas para el té, bizcochos y cosas así… Supongo que la traería alguno. No sé si habrá más, le preguntaré.
-Muy bien, ya nos contarás –comentó Sirius con una sonrisa-. Yo quiero comprar una docena para que hagan carreras.
La joven asintió y, con cierta dificultad, lograron cambiar de tema. Podrían haberlas hecho olvidar el incidente, pero necesitaban llegar al fondo del asunto. ¿Qué misterioso visitante podía haber en Durbuy regalando ranas de chocolate? Eso contravenía el Estatuto del Secreto… Debían enterarse para cerciorarse de que su identidad no corría peligro.
Ese mes los Black no volvieron a quedar con sus amigas: comenzó el nuevo curso y las horas de trabajo y estudio aumentaron para ambas. A Eleanor sí que la veían de vez en cuando: si iban a comprar a la granja por la tarde o a veces cuando volvía de sus clases y se paraba para saludarlos. No obstante, la muggle perdió pronto el interés en el asunto de la rana y no volvió a comentarlo con su novia.
-Si es que tampoco puedo quedar con Rose… Tienen la sastrería a rebosar: hacen los uniformes para varios colegios, también para algunos militares, más los clientes particulares… Están ella, su madre y su abuela que no paran ni a respirar –les explicó una tarde-. Voy a verla los domingos y pasamos un ratito juntas.
Los Black tampoco gozaban de mucho tiempo de ocio: en verano los clientes habían bajado y ahora en septiembre regresaban deseosos de nuevas mercancías. Además, cuando el calor del verano se fue retirando, volvieron al bosque las criaturas que salían con el frío y eso aumentaba los productos a recoger. No obstante, la sobrecarga de trabajo fue positiva: Bellatrix temía que octubre fuese un mes negro para Sirius, pues se cumplía un mes de la muerte de sus amigos, pero con tanto trabajo no hubo apenas lugar para el duelo.
-Podíamos hacer hoy algo… -murmuró Sirius el 31 de octubre.
Bellatrix no necesitó preguntarle a qué se refería. Lo que no se le ocurría era cómo podían homenajear a los Potter en Durbuy sin llamar la atención. Desde luego al valle de Godric no podían arriesgarse a viajar…
-Claro, pero, ¿cómo? –le preguntó ella.
-Mmm… -meditó Sirius- Los muggles van a misa en estas circunstancias…
-¿Qué van a dónde?
-A misa, a la iglesia. Te sientas en un banco y te leen un libro con la vida de Jesucristo, un mago encubierto de hace veinte siglos. Era el hijo de Dios y era muy poderoso: multiplicaba panes y peces y…
-¿Les leen a los muggles la vida de un mago? –le interrumpió Bellatrix frunciendo el ceño.
-Les hacen creer que fue muggle.
-Yo no he leído nada sobre ningún Jesucristo, nadie puede saltarse las leyes de la transfiguración y multiplicar comida. Deben ser tonterías de los muggles.
-¡Eh! –protestó Sirius- Que no lo entiendas no quiere decir que no sea real. Jesucristo molaba mucho y es divertido pensar en qué hechizos usa en cada capítulo: cuando sana a paralíticos o camina sobre las aguas y esas cosas.
-Ya… -murmuró Bellatrix con desconfianza. Tomó nota mental de preguntarle a Eleanor por la historia de ese Dios, porque sospechaba que Sirius la interpretaba con sus propios criterios.
-En cualquier caso eso es triste, James no querría que me sentase en un banco a llorar por él…
-No, seguro que no.
-¡Podemos ir al bosque de noche y correr! Eso era lo que más nos gustaba hacer juntos.
-Perfecto –respondió Bellatrix de inmediato.
No es que la idea la sedujese: la única noche que fueron al bosque fue cuando el parto de los escarbatos. A oscuras, el bucólico bosque mutaba en un pasaje angustioso con árboles retorcidos y amenazantes, criaturas que siseaban y parecían vigilarlos y caminos angostos que sin la luz diurna tornaban irreconocibles. A los Black esas atmósferas nunca les habían impresionado (en sus casas estaban acostumbrados), pero ambos recordaban que fue esa noche cuando el boticario los espió e identificó. No era cuestión de miedo, sino de ese instinto ancestral que te hace sospechar que de noche nada bueno puede suceder.
Aun teniendo en cuenta todo eso, Bellatrix seguía viéndolo un plan mucho más apetecible que el de sentarse en una iglesia a escuchar fábulas. Sirius asintió y decidieron que ese sería el homenaje a los Potter.
-¿Vienes a la excursión nocturna, Raspito? –le ofreció Bellatrix tras recoger con magia los platos de la cena.
El escarbato profirió un ruido de aquiescencia y corrió hacia la puerta.
-Qué bien, hace buena noche –murmuró Sirius cuando salieron camino al bosque.
No había tormenta como en la noche del parto escarbatil y, pese a ser el último día de octubre, el viento no era muy frío. La carretera se veía tranquila, solo se distinguían a lo lejos las luces de la granja.
-Sé que son muggles y eso –murmuró Sirius-, pero me da tranquilidad que Eleanor y sus padres estén ahí, cerca de nosotros, por si sucede algo.
-Sí… -reconoció Bellatrix que estaba pensando lo mismo- Desde que vimos lo lleno que estaba esto en verano, ahora se me hace raro ver todas las casas vacías, aunque obviamente lo prefiero, claro.
-Sí, estamos más tranquilos… Siempre había creído que eso era lo más seguro: la soledad. Pero ahora me da la impresión de que igual sin vecinos ni nada estamos…
-¿Más desprotegidos? –completó Bellatrix- Reconozco que también lo he pensado, esconderse en medio de un montón de gente puede ser más seguro... Pero ya es tarde para cambiar de casa.
-¡No, no, la casa es perfecta! –se apresuró a contestar Sirius- Es mejor así, en esos montones de gente siempre puede haber algún mago que nos reconociera… Nos conviene vivir aislados.
-Eso es. Ya sabes que ningún mago puede encontrar nuestra casa. Sería mucho más difícil ocultarla si viviéramos en el centro.
-Pero los muggles sí pueden verla, ¿no? Vamos, Nellie se nos metió hasta la cocina… -sonrió Sirius- ¿Ella podría enseñársela a un mago?
-Los muggles pueden encontrarla y los magos que pasen por la zona pueden verla, pero no observarla. Es decir, la casa no desaparecería, pero por los hechizos de camuflaje ellos jamás repararían en su presencia. Si Nellie se acercase con la intención de enseñarla a un mago, no la encontraría, sería como el encantamiento fidelio.
-Ah, menos mal, qué alivio –suspiró Sirius-. Se nota que dedicaste meses a protegerla.
-Sí, lo hice. Por eso sería un problema tener que mudarnos… Igualar las protecciones de esta casa sería casi imposible: se construyó de cero teniendo ya en cuenta los hechizos que la protegerían al final.
-Claro… Pero da igual, no nos vamos a mudar en un tiempo –decidió Sirius- y aquí estamos muy seguros.
-Completamente seguros –apostilló Bellatrix.
"Es cuando salimos cuando nos exponemos al peligro" pensó ella mientras se adentraban en el bosque. En cuanto estuvieron a salvo de miradas humanas, ambos se transformaron. En sus formas animagas también se sentían muy seguros. Como la luna resplandecía y las estrellas ayudaban con su resplandor, el paisaje les resultó más atractivo. Sirius fue el primero en echarse a correr; él siempre fue el primero y James siempre lo siguió. En esa ocasión no apareció el ciervo, pero un majestuoso cuervo volaba a un metro sobre su cabeza y un escarbato correteaba a su lado entre ruiditos de felicidad.
Estuvieron corriendo e inspeccionando la versión nocturna del bosque durante horas. En algunos tramos les acompañaron diversas criaturas: un hipogrifo en la zona montañosa, tres hadas revoltosas en el corazón del bosque, un par de serpientes en los terrenos más fríos… No los atacaban, los identificaban como a iguales y de forma casi solemne parecieron unirse al homenaje a los Potter. Al final del camino, cuando ya volvían en sus formas humanas, apareció la tropa de Raspy.
-¿Qué llevan en las patas? –inquirió Sirius al distinguir puntitos de luz semejantes a luciérnagas.
-Dientes de grifo –susurró Bellatrix fascinada.
Cada escarbato llevaba entre sus patas una flor de tallo largo y fino terminado en una esfera de pétalos luminosos que alumbraban la oscuridad. Se detuvieron ante los Black formando un semicírculo y Raspy miró a sus humanos esperando a que los imitaran.
-Saca tu varita –le indició Bellatrix-, quieren hacerlo como en la ceremonia de funeral mágico.
Los dos magos alzaron sus varitas hacia el cielo creando en su punta sendas esferas de luz blanca. Los escarbatos levantaron también los dientes de grifo guiados por Raspy y Sirius pronunció el conjuro en memoria de los muertos habitual en esa clase de ceremonias. Cuando terminó, los escarbatos soltaron las flores, que se elevaron mecidas por el viento y junto a ellas ascendieron las dos esferas de luz. Se formaron así las siluetas de una pareja de ciervos que permanecieron unos segundos flotando frente a los Black. Finalmente, ascendieron juntos hasta evaporarse en dirección al cielo.
El bosque quedó de nuevo en silencio e iluminado únicamente por los astros. Bellatrix tenía los pelos de punta ante tan bello espectáculo y Sirius derramaba lágrimas silenciosas.
-Ha sido la ceremonia más bonita que he visto nunca –susurró la bruja.
Sirius asintió y ella lo abrazó con fuerza. Raspy se aferró a las piernas de ambos para incluirse en el abrazo… y su tropa de escarbatos, creyendo que formaba parte del ritual, lo imitaron también. A los pocos segundos Bellatrix y Sirius tenían una torre de veinte escarbatos aferrados a sus piernas y espaldas. Sirius rio en medio del llanto y Bellatrix les dio las gracias emocionada. Cuando al fin se separaron, repartió una golosina a cada uno y volvieron definitivamente a casa. Rayaba el alba cuando se metieron en la cama, el broche de una noche verdaderamente mágica.
Había transcurrido un año desde la muerte de sus amigos; un año con sus remordimientos, su dolor y su incapacidad para aceptarlo. No hubo funeral por los Potter, no pudo decir adiós. Pero esa noche Sirius por fin pudo despedirse y se sintió preparado para dejar marchar a su amigo.
-Volveremos a vernos, James –murmuró desterrando la imagen última que tenía de él y sustituyéndola por el hermano con el que tantas aventuras corrió.
Ya no volvió a necesitar salir a correr para mitigar la rabia y la tristeza; continuó haciéndolo, pero por placer y siempre acompañado de su mujer y su enanito peludo. Incluso tuvo tiempo para adquirir un nuevo pasatiempo: cuando quedaban con sus amigos, disfrutaba tanto inventándose la historia del libro sobre ciudades medievales que supuestamente estaban escribiendo que decidió ponerse a ello de verdad.
-¡Me voy a la biblioteca! –informó a su mujer después de comer.
-Genial… Yo creí que me había casado con el rebelde guaperas y resulta que mi marido es la repelente rata de biblioteca.
-Puedo ser ambas cosas, mi amor –respondió Sirius con tono sugerente alzando las cejas.
-Sé que crees que suena sexy –murmuró Bellatrix sin levantar la vista de su libro-, pero en absoluto.
-Bah, me amas igual –aseguró su marido besándola.
Así lo hicieron desde entonces: mientras Bellatrix estudiaba, Sirius se documentaba en la biblioteca pública de Durbuy y empezaba a redactar notas sobre el tema. A principios de noviembre pudieron volver a quedar con sus amigos: por muy ocupados que estuviesen, el cumpleaños de Sirius debía celebrarse. Quedaron en la pizzería de Theo, donde gracias al gran horno de leña siempre hacía un agradable calor. Ahí cenaron, festejaron el nacimiento de su titán favorito y se pusieron al día de sus múltiples aventuras. Ambos Black dudaron si preguntar por la rana de chocolate, pero no querían hacerlo delante de Theo (lo que les faltaba era otro muggle implicado en el tema). Bellatrix estaba buscando la forma de hablar a solas con Rose cuando Eleanor sugirió:
-El viernes de la semana que viene es el encendido de las luces de Navidad en el centro de Durbuy. Rose y yo vamos a ir, ¿vendréis vosotros?
-Negativo –respondió Theo-. El jueves me voy a Alemania cinco días a ver a mis primos.
-Nosotros iremos –se apresuró a responder Sirius-. El año pasado nos lo perdimos y seguro que es divertido.
-Perfecto, ¡cita doble! –exclamó Eleanor emocionada.
"Perfecto… Investigación ranil en marcha" murmuró Sirius al oído de su mujer. "Estoy bastante segura de que no existe la palabra ranil" susurró Bellatrix. "No existía hasta que la ha creado tu titán favorito" respondió su marido. La bruja puso los ojos en blanco y volvió a centrarse en la pizza y en sus peculiares amigos muggles.
Ese cumpleaños fue para Sirius mucho más alegre que el anterior: había asumido la muerte de los Potter, estaba rodeado de amigos que le adoraban (como él juzgaba que merecía), le habían preparado una fiesta, su vida se había estabilizado y estaban logrando salir adelante superando cualquier obstáculo. No obstante, el motivo principal era que fue el primer cumpleaños en el que era no solo primo, sino también esposo de su persona favorita del mundo.
