-¿Por qué ese reno está cantando villancicos?

-Es un reno mágico, trabaja para Papá Noel.

Bellatrix frunció el ceño sin dejar de contemplar las figuras de renos y las luces navideñas distribuidas por el centro de Durbuy. No lograba entender cómo los muggles hacían que esos muñecos se movieran, ni mucho menos que cantaran. Miró a su marido y lo sacó de su error:

-Los renos en el mundo mágico tampoco cantan.

-Peque, es Navidad: los renos cantan, Papá Noel trae regalos por la chimenea, todo se ilumina y no pienso explicarte por duodécima vez en qué consiste la electricidad –declaró Sirius.

En realidad, él jamás había logrado comprender el funcionamiento de la corriente eléctrica, pero eso su amada mujer no tenía por qué saberlo. Bellatrix iba a protestar de nuevo, pero Eleanor (hasta entonces ocupada en liarse con Rose) les preguntó qué les parecía el espectáculo. Sirius se apresuró a declarar que maravilloso y lanzó una mirada de advertencia a Bellatrix para que se ahorrara los comentarios sobre imprecisiones técnicas de renos cantarines.

-Vamos a tomar un chocolate caliente. Mis padres me han dado dinero para invitaros, ¡este año nos ha ido superbien! –exclamó Eleanor muy feliz.

Bellatrix y Sirius se miraron y sonrieron. Sí, la granja había ido mejor y en gran parte era gracias a ellos. En un lugar como aquel surgían problemas de estructura y de suministros casi cada mes, pero ahora tenían a Sirius. Con su ayuda, el granjero arreglaba cualquier desperfecto o recolectaba cualquier material en pocos minutos. Si era algo que requería demasiada magia, el joven se colaba de noche para arreglarlo sin ser visto. Los padres de Eleanor estaban siempre tan atareados que no le daban muchas vueltas a los fallos que se solucionaban solos de un día a otro. A Sirius le hacía feliz poder ayudar a esas personas tan encantadoras.

-¿Quieres nata y caramelo por encima, cielo? –le preguntó Eleanor a Bellatrix.

-¿Quiero nata y caramelo por encima? –le preguntó Bellatrix a Sirius.

-Solo nata, el caramelo le resultará demasiado empalagoso –le aclaró Sirius a Eleanor.

Bellatrix solía actuar así en los locales muggles: desde que en una de sus amadas pizzas barbacoa dijo que sí a la piña creyendo que se la pondrían de postre y no de ingrediente, ya no se fiaba. Así que Sirius solía elegir por ella los platos que entrañaban menor riesgo y que posiblemente le gustarían. Siempre acertaba. Se sentaron en una mesa del fondo del local a disfrutar de sus chocolates y aprovecharon para entrar en calor. Sirius encontró por fin el momento de sacar el tema:

-Ah, hablando de chocolate –comentó como si tal cosa-, ¿te enteraste al final de dónde salió el dulce aquel, la rana saltarina?

Miró a Rose, que le devolvió la mirada frunciendo ligeramente el ceño.

-¿Qué rana?

-¡Cómo que qué rana! –intervino Eleanor- ¡La que me trajiste una vez para merendar y casi me para la patata del susto!

-¡Ah! No, mi abuela no lo sabía, dijo que la traería algún cliente como yo pensaba, no le dio importancia.

-¿Entonces no había más? –preguntó Sirius con cautela.

-No, que yo sepa no. La traería algún extranjero, ya os digo que tiene clientes de muchos países, muchos le llevan cosas típicas de sus regiones.

-Hablando de cosas típicas –comentó Eleanor-, este año celebraremos la Nochevieja en el pub como el año pasado, ¿verdad? ¡Ya es tradición!

-No es tradición cuando haces una cosa una sola vez –murmuró Bellatrix.

-Lo será cuando lo hayamos hecho dos veces –sonrió Eleanor.

-¡No faltaremos! –aseguró Sirius.

Bellatrix no objetó. En el fondo el plan le apetecía, pero ese era el último de sus pensamientos. Su marido le estaba dando vueltas a lo mismo y lo pusieron en común en cuanto llegaron a casa:

-¿La han desmemorizado? –inquirió Sirius mientras le quitaba a Raspy su jersey manchado de barro tras tanto jugar en el bosque.

-No lo sé –reconoció Bellatrix-, es posible, pero… no lo sé.

Se desvistieron para acostarse y Sirius lo siguió meditando:

-Estoy totalmente en contra de invadir la intimidad de nuestros amigos… pero siendo que nuestra seguridad está en juego, ¿no podrías meterte en la mente de Rose? Lo justo para ver si sabe algo o le han bloqueado algún recuerdo…

-Podría, pero a no ser que suceda algo más, prefiero no correr ese riesgo. Si altero algo en su mente o le causo alguna impresión extraña (la mente de los muggles es mucho más endeble), un mago capacitado sería capaz de darse cuenta.

-Pero Rose no es bruja.

-No, pero quien le diera la rana sí que lo es y quizá es alguien que sigue en su vida y la tiene vigilada. Suena paranoico, pero mejor serlo que caer en otra trampa.

-Mmm… -murmuró Sirius pensativo- Tienes razón. Cuando hemos insistido sí parecía recordarlo, pero ha tardado un poco…

-Me extraña que olvide algo así, Nellie desde luego se acuerda perfectamente –apuntó Bellatrix metiéndose bajo las sábanas.

-Igual simplemente no le dieron importancia: le dijeron que lo olvidara, que era una tontería y ella obedeció. Ha estado tan ocupada estos meses que no habrá tenido tiempo para volver a pensarlo.

-Sí… Aunque no creo que sea el trabajo en lo que piensa, creo que en su cabeza lo único que hay es: "Nellie, Nellie, Nellie… babas… Nellie… más babas… Amo a la muggle invasiva".

Sirius se echó a reír mientras se arrebujaba junto a ella y la abrazaba.

-Me identifico con esa corriente de pensamiento –susurró en su oído besándole el cuello-, yo siempre ando pensando en tus huesos.

-Claro, porque eres un chucho.

Rieron, se besaron y encontraron formas creativas de entrar en calor en esa fría noche. Disfrutaron de las Navidades con sus amigos: visitaron el mercadillo de Durbuy, patinaron en la pista de hielo, se hicieron fotos en la nieve, comieron dulces típicos… Incluso en el bosque se felicitaron el año con sirenas e hipogrifos (estos últimos no hablaban, pero Sirius aseguraba que le entendían).

-El año pasado dijiste que este sería nuestro año –susurró Bellatrix mientras veían los fuegos artificiales con Raspy oculto dentro de su abrigo-. Tuviste razón.

-¡Este será aún mejor! –aseguró su marido.

-¿Vas a decir eso cada año? –sonrió la bruja.

-Por supuesto. Y se cumplirá siempre.

Así fue. El siguiente año fue incluso mejor: vivieron aventuras con diferentes criaturas del bosque, su negocio se asentó y en el mercadillo mágico rara vez les quedaban productos sin vender. Sus amigos eran ya casi una segunda familia y no habían vuelto a tener ningún incidente respecto a su seguridad. No obstante, no habían olvidado el suceso con la rana de chocolate. Aquel día nació en ambos un deseo que no se atrevían a compartir, pues sabían que no era sensato. Fue Sirius quien lo hizo un día. Estaban en el bosque, acababan de ayudar a unas serpientes a cavar un nido para sus huevos, y Sirius decidió soltarlo sin más:

-¿Y si les contaramos a nuestros amigos lo de la magia?

Bellatrix alzó la vista y le miró. No respondió de inmediato y su primo se anticipó a sus dudas.

-Sé que es peligroso, pero los conocemos desde hace casi tres años, podemos confiar en ellos, ¿no?

Bellatrix abrió la boca, pero la cerró. Sirius comprendió el motivo, él también había pensando lo mismo conforme lo decía: a Colagusano lo conoció durante más de siete años. No, no podían cometer otro error, esta vez podría costarles sus vidas. Al momento su mujer intentó confortarle:

-Yo también lo he pensado mucho, también me gustaría contárselo a Nellie.

Para Bellatrix era su primera amiga, la primera persona que no era de su familia y a la que quería (aunque lo ocultase estupendamente). Le encantaría poder compartir con ella su verdadera naturaleza, ¡que la admirase como la diosa que era! Pero era un movimiento difícilmente reversible y con consecuencias imprevisibles.

-Por un lado está el problema de a quién se lo contamos –murmuró Bella.

-A Nellie, Rose y Theo, ¿no?

Bellatrix no tenía mucha relación con Theo, pero Sirius sí le apreciaba, por eso no quería dejarlo fuera.

-Vale, pero entonces los padres de Nellie se enteran también… Rose se lo contaría a su abuela probablemente, Theo quizá a su nueva novia… Creo que aunque les pidiéramos que no lo contaran, ellos lo harían porque es casi inevitable.

-Si vemos que lo van a contar, los desmemorizamos –apuntó Sirius.

-¿Y cómo podemos saberlo? Igual de primeras aceptan guardar el secreto, pero cualquier día de forma voluntaria o involuntaria pueden contarlo y entonces la gente a desmemorizar se multiplicaría antes de que pudiéramos abarcarlos.

-Ya… Y si alguno entrase en contacto con un mago, resultaría fatal…

Hubo unos minutos de silencio mientras ambos cavilaban e intentaban buscar la forma de hacerlo viable.

-¿Y si hiciéramos la prueba con Nellie? –sugirió Bellatrix.

-No te ofendas, pero Nellie es la peor.

-Ya sé que le encanta cotillear, pero…

-No es por eso. Es la que más relaciones cercanas tiene: se negaría a ocultárselo a Rose y probablemente también a sus padres –vaticinó Sirius-. Le parecería una noticia maravillosa y no entendería por qué queremos ocultarlo.

-Es verdad… Los muggles son imprevisibles… Quizá incluso se lo tomaban mal, sentirían que les hemos engañado todo este tiempo –apuntó Bellatrix para quien los muggles eran mucho más misteriosos que cualquier conjuro.

-Hombre, no lo creo, aunque es una posibilidad. Si la magia se les oculta a los muggles es por algo. No podemos prever sus reacciones. Igual nos tomaban por locos o se asustaban.

-Sí… No sé por qué tienden a tomarme por loca… -comentó Bellatrix con media sonrisa- Lo malo es que un día quieres a alguien y al siguiente puede ocurrir algo que lo cambie radicalmente. Si discutiéramos con ellos o hubiese cualquier problema, sería difícil hacerles olvidar.

-Así es. La única certeza en la vida es que nosotros siempre nos querremos y yo siempre seré la criatura más sexy de la tierra.

Eso hizo reír a Bellatrix, adoraba a su perrito tonto. Tras varias semanas de debate llegaron a la conclusión de que no podían contarlo, era demasiado peligroso en la posición en la que se hallaban. Se consolaron con la promesa de que cuando todo se solucionara, mandarían a la mierda el Estatuto del Secreto y se lo revelarían. Dejaron una pequeña vía abierta: si sus amigos sospechaban algo, no lo negarían con rotundidad para que llegado el día fuese más fácil.

Por ejemplo, el día que Eleanor comentó que le había parecido ver a un conejo con un jersey jugando a dar volteretas, simplemente se encogieron de hombros. Cuando Theo volvió de un viaje de esquí y aseguró haber visto una huella del yeti, Sirius comentó que no conocer algo no significaba que no existiese. En una ocasión, Rose bromeó con que le encantaría ser un gato para pasar el día durmiendo y odiando a la humanidad; Bellatrix respondió que algún científico descubriría la forma de hacerlo. La bruja no sabía que era un científico (Sirius tampoco lograba explicarle en qué consistía la ciencia), pero lo mencionaba cada vez que quería sonar misteriosa.

En esas ocasiones, sus amigos les miraban con ligera extrañeza, pero lo achancaban a su peculiar sentido del humor y no le daban importancia. A veces incluso se les escapaba algún "Siri" o "Bella" delante de ellos, pero como se parecían a sus nombres ficticios, disimulaban bien.

-¡Me han mandado el contrato, lo van a vender también en Francia! –exclamó Sirius un día tras recibir el correo muggle.

-Enhorabuena, Siriusín, eres el mejor –lo felicitó Bellatrix con una sonrisa.

Acababan de cumplirse cuatro años desde que los Black se mudasen a Durbuy y nadie habría dudado de que eran un joven matrimonio francés de muggles. Estaban perfectamente asentados. Sirius publicó bajo el nombre de Thierry Lenoir el libro que había escrito sobre ciudades medievales y se estaba vendiendo muy bien. Acababa de firmar un contrato con la editorial para que siguiera investigando y escribiendo sobre la historia de los pueblos de Bélgica No le pagaban mucho, pero a cambio le dejaban tomarse todo el tiempo que necesitara.

-Este va a ser sobre las leyendas de los pueblos belgas –comentó Sirius-, a la editorial le ha encantado la idea. Y, personalmente, me parece muy interesante abordarlas desde el punto de vista muggle.

-Perfecto. El dinero que te han dado de adelanto nos vendrá muy bien, sobre todo para justificar cómo nos ganamos la vida –apuntó Bellatrix que se sentía muy orgullosa de él.

-La publicista de la editorial dijo que se vendería el triple si ponía una foto mía en la contraportada –se jactó Sirius-, está loquita por este titán…

-Es una señora de sesenta años, Sirius, no voy a sentirme amenazada –replicó la bruja arrojándole un cojín con un gesto de la mano. Era ya tan diestra con la magia sin varita que no era consciente ni de usarla.

Antes de publicar el libro, los Black se habían asegurado de que si caía en manos de algún mago, no descubriría quién era su autor. Ellos dos no eran los únicos que habían progresado en esos años: Eleanor terminó sus estudios en la Escuela de Negocios y trabajaba a jornada completa en la granja, se le daba muy bien atraer nuevos clientes. Theo y Rose también tenían ya trabajos de plena responsabilidad en la pizzería y la tienda de modas familiar, respectivamente. Vivían bastante ocupados, pero felices y satisfechos de sus vidas.

Las familias no-humanas también iban como una snitch: gracias a la ayuda de los Black, los escarbatos se sentían más seguros y los partos se habían duplicado. Rara era la primavera que no tenían alguna camada creciendo en el salón; Raspy era ya un padrino más famoso que cualquier mafioso. Los Black eran muy queridos en el bosque.

-¡Belle, Thierry! –los saludó Eleanor una tarde de verano- ¡Tenemos buenas noticias!

-¡Nos mudamos juntas! –exclamó Rose incapaz de contenerse.

-¡Enhorabuena! -las felicitaron con alegría.

Llevaban tiempo deseando dar el paso, pero ambas querían tener antes estabilidad en sus trabajos y buscar un lugar adecuado para mudarse. Sus sueldos eran humildes y no podían permitirse comprar una casa.

-¿Vais a alquilar algo? –inquirió Sirius.

-¡No, mejor aún! ¿Sabéis el establo que se quedó vacío cuando ampliamos las instalaciones de la granja el año pasado? ¡Mi padre ha hecho las obras y lo ha reconvertido en una casa anexa! –exclamó Eleanor pletórica- Viviremos en los terrenos de la granja, pero no en el mismo edificio que mis padres. Estamos muy contentas, ¿verdad, Rosie?

-Sí, me hace mucha ilusión. Me encanta la granja, es muy tranquila y casi no hay gente, no como en mi casa, que siempre se oye el ruido de la calle… prefiero oír a las vacas.

Todos rieron y estuvieron de acuerdo.

-¿Y a tu madre y a tu abuela les parece bien? –preguntó Bellatrix.

-Sí, adoran a Nellie –aseguró Rose-. Mi abuela está un poco triste… pero así podrá adoptar un gato, siempre ha querido y yo soy alérgica. Además sigo trabajando ahí, así que nos veremos todos los días.

-¡Es todo perfecto! –reafirmó Nellie- Ahora estamos terminando de decorar, en cuanto acabemos tenéis que venir a ver nuestra casa.

-¡Por supuesto! ¡Fiesta de inauguración, que corra el ron! –celebró Sirius.

-Lo mismo ha dicho Theo –suspiró Eleanor.

-¿Sabéis que Lucy y Benjamin se han marchado? –preguntó Rose- No eran muy felices aquí y se han ido a Bruselas, según se enteró mi madre.

-Perfecto, menos gente desgastando las calles –comentó Eleanor con desinterés.

Tres meses después, se celebró la fiesta en el antaño establo ahora irreconocible: lo habían transformado en una casa de dos plantas, con paredes perfectamente aisladas del frío y ventanas que la convertían en un espacio muy luminoso. No fue esa la única celebración: al año siguiente, el día de su aniversario, Eleanor le pidió matrimonio. Por supuesto Rose aceptó después de llorar y balbucear durante quince minutos. No tenían prisa por casarse, preferían esperar un par de años para reunir dinero para la boda de princesa con la que Eleanor soñaba.

-Lo que quiero que esté claro es que eres mía –informó Eleanor colocando un diamante en el dedo de Rose.

El resto sonrieron y aplaudieron emocionados. En el camino vuelta a casa, Bellatrix admiró la joya en su mano con la que Sirius le pidió matrimonio y comentó:

-El mío es mucho más bonito.

-Por supuesto, era de Morgana –sonrió Sirius besándola en la mejilla.

Bellatrix adoraba a Morgana, se identificaba con ella. Aunque mucho menos que con Circe. Circe… Era ella, lo tenía claro. Había logrado su objetivo: crear una vida en el lugar que ella eligió con el hombre al que amaba, logrando que olvidara casi cualquier rastro de su vida pasada. Seguía mencionando a Harry, por supuesto, y de vez en cuando asesinaba a Colagusano en sus pesadillas; pero había desterrado cualquier sentimiento que le llevase a actuar de forma impulsiva y egoísta. Solo quería hacer feliz a Bellatrix y Bellatrix solo le quería a él. Y así todo iba bien.

Fue bien dos años más, hasta que se cumplieron siete de su mudanza a Durbuy. Eran solo las cinco de la tarde, pero como el otoño estaba avanzado ya había anochecido. Sirius iba a comenzar a preparar la cena mientras Bellatrix organizaba la mercancía para el próximo mercadillo, cuando llamaron a la puerta. No era extraño, muchas veces Eleanor pasaba a llevarles productos de la granja o a invitarlos a cenar. Pero cuando la llamada tornó en un incesante aporreo, hasta Raspy soltó su pelotita y miró la puerta preocupado. Ambos magos sacaron sus varitas y Sirius se acercó a la mirilla.

-Es Rose –suspiró aliviado.

Bellatrix también soltó el aire que había estado conteniendo. Pese a que ningún mago podía encontrar esa casa, al ser fugitivos el temor siempre estaba ahí. Como de costumbre, Raspy se ocultó y transfiguraron los libros de magia en novelas rosas. Abrieron la puerta y al momento Rose entró y cerró tras ella. Era extraño que se presentara sin Eleanor, aunque alguna vez cuando volvía a casa tras el trabajo sí que los saludaba. Lo verdaderamente inusual era lo pálida y acalorada que estaba, con el pelo revuelto y la ropa arrugada, como si hubiese llegado corriendo.

-¿Estás bien? –le preguntó Bellatrix preocupada.

Raspy, escondido tras el sofá, se asomó de reojo para controlar la situación. La muggle negó con la cabeza mientras intentaba recuperar el aliento.

-Creo que… sucede algo malo…

-Pero, ¿tú…? –empezó Sirius.

-Conmigo no, con vosotros.

Los Black se miraron preocupados sin entender qué podía ser. La hicieron sentarse en el sofá y Sirius le ofreció un té que ella aceptó con manos temblorosas.

-Igual no es nada… -murmuró arrepentida por su arrebato- Pero me ha dado la impresión de que…

-Pero, ¿qué sucede? –la interrumpió Bellatrix alterada.

-Sé que va a sonar extraño, pero os juro que…

-A nosotros nada nos sueña extraño –aseguró Sirius-, no te cortes.

-Está bien. Es mi abuela, lleva unos días que la noto un poco rara. Me ha preguntado cosas sobre vosotros y…

-¿Qué clase de cosas? –quiso saber Bellatrix.

-Cosas normales: a qué os dedicáis, qué os gusta hacer, dónde vivís…

-¿Le dijiste dónde vivimos?

-Eh… Yo… Le dije que en el camino que va de la granja a Durbuy, no me pareció que…

-Sí, sí, claro, no pasa nada –aseguró Bellatrix-. ¿Algo más?

Rose dudó, seguía temiendo que la tomaran por loca, pero al final decidió soltarlo todo:

-Esta tarde me he despedido de mi abuela después del trabajo, estaba sola con su gato (ya os conté que ha adoptado uno) en el piso de arriba. Un minuto después he tenido que volver porque me había olvidado la bufanda. Desde el piso de arriba, ella no me ha oído, pero yo la he escuchado hablar con alguien. No ha entrado nadie en ese rato, la calle estaba desierta, pero mi abuela conversaba con una mujer. Y esa mujer… hablaba de la necesidad de atrapar a unos tales Bellatrix y Sirius y… mi abuela ha mencionado vuestros nombres.