Nota: Quería dar las gracias a todos los que estáis siguiendo este fic; no sabéis la ilusión que puede llegar a hacer un comentario, por sencillo que sea. Siempre contesto a todos, excepto a los que no tenéis cuenta, que no tengo opción, pero os lo agradezco muchísimo y me encanta saber lo que os va pareciendo la historia. ¡Ojalá disfrutéis!
Bellatrix y Sirius se miraron completamente pálidos. Rose siguió dando datos sueltos de lo poco que había escuchado: la mujer le decía a su abuela que esos dos sujetos eran peligrosos y que necesitaba encontrarlos. Le hablaba con bastante familiaridad, aunque por su acento quedaba claro que no era de Bélgica ni de ningún país de habla francesa.
-Mi abuela es muy buena, me quiere mucho… -intentaba justificar Rose- Ella no haría nada malo, ni ilegal…
-¿Has podido ver a la otra mujer? –inquirió Sirius con un hilo de voz.
-Iba a subir a ver qué pasaba cuando he oído vuestros nombres. Me ha dado miedo que me preguntaran por vosotros, así que solo me he asomado y la he visto de perfil un segundo. Inmediatamente he vuelto a salir sin hacer ruido y he venido corriendo a avisaros.
-¿Cómo era? –insistió el mago.
-Alta, pelo castaño, delgada… Se parecía a mi abuela, pero más joven.
Bellatrix perdió el poco color que le quedaba. Conocía a la abuela de Rose, la vio cuando le diseñaron el traje de novia y se la había cruzado en alguna ocasión por Durbuy. Sirius nunca la había visto, pero llegó a la misma sospecha por otra vía:
-¿Cómo era el gato?
-¿Qué? –preguntó Rose desconcertada.
-El gato que tu abuela adoptó el otro día. ¿Es blanco? ¿Negro? ¿Atigrado con marcas alrededor de los ojos?
Perdiendo la paciencia, Bellatrix invocó un manual que voló directo a su mano. Rose estaba tan centrada en Sirius y su pregunta que no percibió la maniobra. Bellatrix abrió el libro y le mostró a su amiga el retrato de la solapa.
-¿Era esta mujer?
-Mmm… –murmuró Rose examinándolo con atención- Sí, creo que sí.
Bellatrix cerró el libro de Transfiguración Experta y lo arrojó al sofá para que a Rose no le diera tiempo a ver de qué trataba. No hizo falta que confirmara que la tercera descripción de Sirius cuadraba perfectamente con el gato que había acompañado a su abuela los últimos días. De alguna forma, McGonagall los había encontrado.
-Tenemos que irnos –susurró Bellatrix.
Sirius asintió sin dudar.
-Lo… lo siento mucho, yo… -susurró Rose.
No entendía qué ocurría, lo que sí deducía era que se trataba de asuntos en los que era preferible no involucrarse. Los dos primos intentaron mantener la serenidad, era primordial en esos casos.
-Tú no tienes la culpa de nada, Rose –aseguró Sirius.
-Al contrario, nos has ayudado mucho –se sumó Bellatrix-. Nos vamos a marchar de aquí una temporada. Te tengo que pedir que no le cuentes a nadie lo que ha pasado, ni siquiera a Nellie. Por vuestra propia seguridad. Intenta olvidarlo y no darle vueltas. Te juro que cuando lo solucionemos os lo contaremos todo.
-De acuerdo –aceptó Rose muy nerviosa.
-Nos vendría bien que si te pregunta cualquiera (especialmente tu abuela) dijeras que nos hemos marchado de viaje –continuó Sirius elaborando el plan sobre la marcha-. Como sabes, estoy escribiendo mi segundo libro sobre pueblos belgas. Di que me han invitado a hacer una ruta por las comarcas del sur y nos hemos ido los dos. Ha sido una decisión de última hora y no sabemos si estaremos fuera un mes o dos… Algo así, ¿podrías?
La muggle se quedó en silencio intentando recordarlo todo. Bellatrix intervino de nuevo:
-Sé que no tenemos derecho a pedirte nada y que probablemente tengas miedo a…
-No –la cortó Rose con una firmeza que nunca habían escuchado en ella-, tienes derecho a pedirme lo que te dé la gana, Belle. Te lo dije una vez y te lo repito: soy totalmente consciente de que de no ser por ti, jamás habría dado un paso con Nellie y ahora soy la persona más feliz del mundo gracias a ti. No sé de qué va esto y creo que prefiero no saberlo, pero haré lo que me decís. Nadie sospechará de mí, soy muy tímida y siempre ando medio asustada, mis reacciones les parecerán normales.
Los Black la miraron con gratitud y al final, sin decir nada, Bellatrix la abrazó. La joven le devolvió el gesto y susurró:
-Tened cuidado, ¿vale? Nellie se moriría si os pasara algo.
-Lo tendremos –aseguró la bruja-. Te prometo que estaremos aquí para vuestra boda.
Eso último devolvió la sonrisa a Rose, que asintió y se volvió a poner su abrigo. Antes de dejarla salir, Bellatrix y Sirius se aseguraron por la ventana y con un par de hechizos disimulados de que no hubiese nadie en el camino. Todo parecía estar en calma. Así que Rose se marchó, ellos cerraron bien la puerta y comenzó el caos.
-¿Podrá encontrar la casa pese a las protecciones? Minerva es una bruja excepcional –aseguró Sirius mientras vaciaba los armarios a toda prisa.
-Ni el propio Dumbledore podría encontrar esta casa -respondió su prima alterada almacenando en su bolso todas las pociones-. Lo que sí podrían hacer fácilmente es montar guardia en el camino, en Durbuy, en la zona mágica de Lieja… Acorralarnos y esperar a que salgamos.
Ambos sintieron un escalofrío ante la macabra idea de verse atrapados en una ratonera. Tras aclarar ese punto y quedar claro que debían marcharse, trabajaron en un silencio tenso. Ninguno se preguntó cómo los habían localizado, dejaron esas cuestiones para más adelante. Tampoco se dieron tiempo para sentir lástima por dejar su primer, único y verdadero hogar; la nostalgia era un lujo que no se podían permitir. Hicieron el equipaje en tiempo record y lo guardaron todo en el bolso encantado de Bellatrix.
-¡Espera, mi moto! –exclamó Sirius abriendo la ventana- Si la dejo, la historia de que nos hemos ido con ella por los pueblos belgas no se sostiene.
-Tienes razón. Si la abandonamos aquí, sí que da la impresión de que hemos huido.
La aparcaban siempre en un lateral de la casa que se veía desde el salón. El mago no tuvo problema en ejecutar un encantamiento reductor y transformarla en una miniatura que entró por la ventana y se acomodó en su bolsillo.
-Ya está. ¿A dónde vamos? –preguntó Sirius confiando en que como siempre su mujer tuviese un plan.
-Al único sitio para el que tengo un traslador. Es tan peligroso volver ahí que probablemente por eso sea el último lugar donde nos busquen...
Cuando su marido vio el peluche del perro que colgaba de una cadenita del bolso de viaje, recordó la única vez que lo habían usado. Al rememorar la peor noche de su vida volvió a temblar. Pero sacudió esos pensamientos, debía mantenerse firme y sereno para proteger a su familia. Hablando de su familia, faltaba uno.
-¡Raspy! ¡Ven, nos vamos! –lo llamó Bellatrix.
El escarbato también había percibido el peligro y él mismo había llevado al bolso de Bellatrix su pelotita, su jersey y su manta favorita. Pero hacía unos minutos que no lo veían. Entonces lo escucharon proferir ruidos nerviosos en un rincón junto a la chimenea.
-¡Mierda! –exclamó Sirius llegando junto a él en dos zancadas- ¡Hay un raspy aquí!
En los últimos años habían acuñado el nombre de Raspy como adjetivo: denominaban así al escarbato más débil y pequeño de las camadas, al que los padres solían abandonar para asegurar la supervivencia del resto; como sucedió en su día con Raspy. Cuando ocurría eso, se llevaban al pequeño a su casa y lo cuidaban ahí hasta que se podía valer por sí mismo y volver al bosque. Con las prisas lo último en que pensaron fue que dos días antes, habían acogido a un nuevo huésped. Sirius contempló a la bolita negra con la tripa blanca que medía lo mismo que su puño.
-¿Lo dejamos aquí y que salga él cuando esté preparado o lo llevamos al bosque? –preguntó.
-Si lo llevamos al bosque morirá, no sabe sobrevivir bajo tierra como el resto. Y si lo dejamos aquí no conseguirá alimento, no ha abierto los ojos todavía.
-Estupendo… Entonces te vienes, bienvenido a la familia prófuga –suspiró Sirius envolviéndolo en un pañuelo.
Se lo entregó a Bellatrix que lo acomodó en un bolsillo interior de su abrigo y Sirius cogió a Raspy entre sus brazos.
-¿Todo listo ya? –preguntó la bruja nerviosa.
Su marido asintió tomándola de la mano. Contemplaron la casa por última vez: la biblioteca lucía varios huecos, la habitación de pociones estaba casi vacía y el dormitorio ya no parecía tan cálido y acogedor como lo había sido los años previos. Quizá era solo una percepción de su mente dado el peligro, pero aún así a Bellatrix se le humedecieron los ojos.
-Volveremos, te lo prometo –susurró Sirius en su oído.
Le dio un beso en la mejilla y la bruja asintió. Sirius siempre había cumplido sus promesas, esa sería una más, así que se sintió un poco más tranquila. "A la de tres" susurró. Hizo la cuenta atrás y activó el traslador que de inmediato los sumió en una espiral de succión y los sacó de su amado Durbuy. Aterrizaron unos minutos después, bastante mareados, en el patio trasero de una mansión de piedra gris.
-¿Estamos todos bien? –preguntó Bellatrix.
-Perfectamente. Los escarbatos también.
A las criaturas les afectaban menos los trasportes mágicos. Alzaron la vista y contemplaron el entorno. Se hallaban en lo que antaño fue un jardín primoroso y ahora era una sucesión de malas hierbas de toda clase y alturas repletas de cadáveres de gnomos de jardín. La mansión que se alzaba frente a ellos no estaba en mejores condiciones: la piedra se veía gris y agrietada, cubierta de un musgo espeso a efecto de las constantes lluvias; las ventanas permanecían cerradas, algunas incluso tapiadas y los cristales completamente opacados por la suciedad; en el centro de la fachada un escudo de armas destruido contemplaba la imagen decadente.
-Aquí hace años que no vive nadie -comentó Sirius a media voz.
-Eso parece… -susurró Bellatrix con desconfianza.
Hablaban de forma ahogada, casi sin oírse y sin tener claro qué temían (pero sabiendo que sobraban motivos para ser precavidos). La bruja sacó su varita y ejecutó un conjuro de rastreo que no detectó vida dentro la mansión. Comprobó que había conjuros de protección avanzados que para ella resultaron ridículos de sortear.
-Vamos, entremos –murmuró intentando sonar más confiada.
Con las varitas en alto, accedieron por la misma puerta trasera por la que salieron la noche de Halloween en que los Potter murieron. Ambos sintieron un escalofrío al pisar el suelo de mármol de la mansión que los Lestrange construyeron para que Rodolphus viviese con Bellatrix. El interior estaba mejor conservado que el exterior: se veía polvo y habitaciones cerradas, pero no había suciedad ni insectos ni pintura desconchada.
-Supongo que los padres de Rod mandarán a algún elfo a limpiar de vez en cuando –aventuró Bellatrix-. Dado que sus dos hijos están en Azkaban no tienen a quién alojar aquí…
Sirius estuvo de acuerdo. Dejó a Raspy en el suelo y recorrieron la casa lentamente. Entraron a las habitaciones por las que pasaban con el temor de que en alguna les acechase algún peligro. No hablaban, pero sus corazones latían desbocados por la adrenalina. Volver a Inglaterra era quizá la peor idea del mundo, pero en ese momento solo deseaban estar lejos de Durbuy, donde McGonagall les buscaba. Si hubiesen huido en moto a Alemania, Francia o cualquier otro país hubiesen sido mucho más fáciles de seguir y rastrear. Esa había sido la opción más rápida, necesitaban un lugar donde procesar la situación y elaborar un nuevo plan.
-¿Nos vamos a quedar aquí? –preguntó Sirius cuando al fin entraron en la habitación que Bellatrix ocupó en su día.
Todo estaba igual que cuando ella lo dejó. Los vestidos colgaban en su vestidor, había libros en las estanterías, maquillaje seco en su tocador, un tablón con boletines del club de duelo clandestino y recortes sobre asesinatos de Voldemort… Recorrió lentamente el enorme dormitorio y atisbó entre las cortinas cerradas el paisaje exterior. Todo eran bosques desiertos; a lo lejos se adivinaban las luces de la ciudad más cercana, aunque costaba largos minutos de vuelo en escoba alcanzarla. Volvió a cerrar bien las cortinas y se giró hacia Sirius.
-Si no se te ocurre un sitio mejor, sí, nos quedamos. Esto es lo más seguro. Aquí no vive nadie y podemos protegerla.
-Pero tú viviste aquí, ¿no crees que pueden haber puesto hechizos localizadores para atraparte por si volvías? –preguntó Sirius dudoso.
-Claro que los pusieron. Los he desactivado todos al entrar, a mí no se me atrapa con algo tan básico, hasta los aurores deberían saberlo –comentó Bellatrix sentándose en una esquina de la cama-. ¿No quieres quedarte?
No, claro que Sirius no quería quedarse en la casa que construyeron para que Bellatrix viviese con su anterior prometido. Pero no se le ocurrió una opción mejor. Su apartamento de soltero estaría mucho más vigilado que esa mansión y desde luego no podían aparecer en ningún lugar público (ni muggle ni mágico), aquello no era Bélgica, ahí sus caras eran más famosas que la de Merlín. La otra opción eran sus casas: la Mansión Black o Grimmauld Place, pero seguramente habría aurores esperándoles día y noche.
-No, si tú dices que es seguro, nos quedamos –respondió Sirius con firmeza.
-Será solo hasta que elaboremos un nuevo plan de acción. Así que manos a la obra –suspiró la bruja alzando su varita.
Mientras ella ejecutaba los maleficios de protección más complejos (y salvajes) que conocía, Sirius se ocupó de limpiar la habitación con un par de hechizos. Pronto el lugar quedó reluciente, sin una mota de polvo y bien ventilado. Cuando a Bellatrix no se le ocurrió un solo conjuro más, guardó la varita también.
-No es tan seguro como nuestra casa –reconoció ella-, estaba diseñada para ocultarse mientras que esta se construyó para lucirla y ostentar poder. No creo que puedan rastrearnos ni localizarnos ni entrar con ningún propósito… pero aún así, cuanto antes nos marchemos, mejor.
Sirius estuvo más que de acuerdo. Dedicaron unos minutos a deshacer el equipaje, sacando solo lo imprescindible. Acomodaron la cuna de Raspy (que no se separaba de Bellatrix) junto a la chimenea y colocaron ahí al escarbato bebé que dormía plácidamente.
-¿Bajo esto a la cocina? –preguntó Sirius dudoso.
Había empaquetado todas las provisiones que tenían en casa, por suerte habían hecho la compra el día anterior. Podrían aguantar una semana sin salir de la mansión y después… ya verían. Bellatrix entendió la pregunta. Pese a que era algo irracional, a ella también le daba angustia salir de su habitación, prefería no tener que bajar al piso de abajo, de hecho preferiría no tener que moverse de ese metro cuadrado.
-¿Puedes ejecutar aquí los hechizos de conservación?
-Por supuesto- respondió Sirius.
Bellatrix despejó una enorme mesa de madera en un rincón y Sirius colocó encima todas las provisiones. Seguidamente ejecutó los hechizos de temperatura y humedad que cada alimento requería para conservarse. En su fuero interno seguía pensando que las neveras de los muggles eran un invento mucho mejor, pero no era el momento de bromear sobre esos temas. Cuando terminaron, se ducharon en el cuarto de baño anexo (Bellatrix exigió en su día una habitación triple con baño, vestidor y tres balcones con terraza) y se pusieron ropa cómoda.
-Deberíamos comer algo –sugirió el mago.
-No tengo hambre –aseguró la bruja a la que el apetito se le había cerrado completamente.
-Yo tampoco –reconoció él-, pero al menos un bocado.
Peló un par de manzanas y se las comieron juntos mientras Raspy picoteaba su pienso algo nervioso. Cuando terminaron, deseando cerrar aquel día nefasto, se acostaron los tres en la enorme cama. Era muy cómoda y más grande que la suya en Durbuy; del mismo modo, la habitación era más cálida y no se escuchaba el viento soplar ni la lluvia golpear el tejado. Pero aún así distaban mucho de sentirse a gusto, no estaban en casa. Cuando apagaron la luz se sintieron más seguros: para dos prófugos como ellos, la oscuridad solía ser una aliada, quizá la única que les quedaba. Tras unos minutos de silencio en los que ambos intentaron sin éxito dormir, Bellatrix preguntó en un susurro:
-¿Tienes miedo?
Sirius no respondió al momento, tuvo que meditar la respuesta y cuando la tuvo clara, fue sincero:
-No. Estoy contigo, no tengo miedo si estoy contigo. Claro que me da tristeza habernos marchado y angustia no saber lo que va a pasar… Pero después de lo que he vivido, mi único miedo en esta vida es separarme de ti y eso no va a suceder nunca.
Bellatrix asintió aliviada, aunque Sirius no la viese en la oscuridad. Experimentó un ramalazo de emoción y se sintió mucho más segura al darse cuenta de que su marido había puesto palabras a lo que ella misma sentía.
-Te quiero, Siriusín.
-Te quiero, peque.
Se besaron, besaron a Raspy acomodado entre ambos y cerraron los ojos intentando buscar la parte positiva de aquello. Sirius logró dormir con la idea de que ahora estaba más cerca de su ahijado y de solucionar el conflicto y Bellatrix se aferró a la idea de que quizá era una fiera acorralada… pero era entonces cuando las fieras se volvían más peligrosas. No lograron atraparla a sus diecisiete años, que probasen ahora que dominaba la magia sin varita, contaba con una joya protectora de la propia Morgana y con varios años de aprendizaje entre bestias. Bellatrix se durmió con una sonrisa que a muchos hubiese puesto los pelos de punta.
A la mañana siguiente, cuando abrieron las cortinas y entró el sol lo vieron todo más positivo. Habían dormido estupendamente y no había sucedido nada, parecía que esa nueva guarida podía servir. Así que abandonaron las habitaciones de Bellatrix e inspeccionaron la casa. Voldemort le enseñó en su día a su discípula que era vital dominar el terreno en el que te movías para poder anticiparte a cualquier ataque. A lo que no supo anticiparse Bellatrix fue a quien encontraron cotilleando sus cosas cuando volvieron a su habitación.
-Vaya, vaya… La pareja de asesinos más buscada del país… Al Ministerio le encantará saber que habéis vuelto, os guardan dos celdas en Azkaban.
