Durante unos segundos Bellatrix sintió temor: ¿sus maleficios protectores habían fallado? Imposible. Pronto comprendió que ella había hechizado la casa para que nadie pudiera entrar… pero el enemigo ya estaba dentro cuando llegaron. La confirmación llegó cuando vio que de su cuello colgaba un ojo de cíclope: eran muy valiosos, impedían que el portador fuese detectado con los conjuros de comprobación. Por eso ella creyó que la mansión estaba vacía.
—¡Que haces tú aquí! –espetó Sirius apuntándole con la varita.
—Es mi casa, bastado inútil –respondió su rival con el mismo odio pero con más calma.
Bellatrix era la única inmóvil, casi como si hubiese recibido un hechizo paralizante. Contemplaba a aquel mago casi sin reconocerlo. Pero era él, había cambiado poco. Su pelo rubio oscuro lucía más despeinado y necesitaba un corte, su figura se mantenía atlética aunque quizá ligeramente descuidada, su piel más pálida y sus ojos verdes ya no irradiaban alegría como en su adolescencia. Su ropa era cara y le sentaba bien, pero aún así lucía algo arrugada. Tras dedicar una nueva mirada de desprecio a Sirius y sin bajar la varita, examinó a Bellatrix.
—Pareces una muggle, pálida y débil, con esa ridícula ropa… –le espetó con desprecio.
Sirius hizo ademán de darle un puñetazo, pero Bellatrix lo frenó. Entonces, el mago reparó en sus manos… y en sus alianzas.
—Así que os casasteis… Enhorabuena. Dos fracasados como vosotros merecen estar juntos. Y encima primos, que se podía esperar de…
Se interrumpió porque la rapidez con la que Sirius lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared fue casi inhumana.
—¡Sirius! ¡Suéltalo! –gritó Bellatrix.
—¡No voy a permitir que este pringado te insulte! –bramó Sirius sin obedecer.
La bruja le obligó a mirarla y no necesitó usar palabras. Quizá Rodolphus pensaba realmente lo que estaba diciendo, pero lo que estaba claro es que era un hombre despechado al que Bellatrix plantó en el altar. Ella lo entendía, claro que entendía el rencor y la rabia…. Y encima habían tenido la desfachatez de invadir su casa. Pese a que nunca lo amó, Bellatrix lo quiso como amigo y él siempre procuró hacerla feliz. Si insultándola se sentía mejor, no tenía problema en permitirlo.
De mala gana, Sirius lo liberó y le preguntó:
—¿Qué haces fuera de Azkaban? Torturasteis a los Longbottom.
—Soy un hombre libre, a mí nadie me busca –respondió Rodolphus lentamente con frialdad—. En cambio, a vosotros… me basta pronunciar una palabra para que todo el cuerpo de aurores y de Magos Golpeadores aparezca aquí.
—Sabes que somos inocentes –murmuró Bellatrix.
—Oh, no soy yo quien debe juzgarlo.
—Puedes juzgar si quieres que te mate con las manos o… —Sirius se interrumpió de nuevo en deferencia a Bellatrix.
Obviamente su estrategia de comunicación era la peor posible, pero sentía muchísima rabia. No sabían si decía la verdad, ignoraban cómo había escapado de Azkaban. Quizá había hecho un trato con el Ministerio… Bellatrix había deducido que estaban usando el encantamiento tabú, que si pronunciaba una palabra concreta, alertaría a las autoridades de que tenía a los Black. Si no lo había hecho todavía probablemente era porque deseaba humillarlos antes.
—Supongo que si estáis aquí es porque habéis tenido que huir del agujero en el que estuvierais escondidos y no os quedaba otro lugar… —aventuró Rodolphus— Habéis elegido mal.
—Si quisieras avisar al Ministerio lo habrías hecho ya, llevamos aquí desde ayer –apuntó Sirius—. Probablemente estés en la misma situación que nosotros, por eso tienes la casa hecha un asco por fuera, para que parezca deshabitada.
—Te aseguro que mi situación dista mucho de la vuestra. Si no he avisado todavía es porque quería veros las caras… ver en lo que te has convertido –murmuró mirando a Bellatrix con repugnancia.
Hasta ahí soportó la bruja. No elevó el tono ni varió la expresión, respondió con calma:
—Rodolphus, no quiero hacerte daño. Si avisas al Ministerio o a cualquiera, la muerte de quien intente enfrentarse a nosotros será probable. Y la tuya segura. No quiero tener que hacerlo al igual que preferiría no violar tu mente, pero creo que ambos sabemos que si nos amenazas, lo haré.
Quien fuera su mejor amigo la miró con rabia y con la boca abierta dispuesto a insultarla. Sirius preparó los puños mientras Bellatrix los contemplaba cruzada de brazos. El pequeño de los Lestrange debió meditarlo, sabía de sobra a quién se enfrentaba; ya era temible de niña, no dudaba que ahora pudiese hacerle frente al propio Dumbledore. Fue sincero, mostró que era él quien tenía todas las de ganar:
—Mi hermano y Barty torturaron a los Longbottom, yo no participé.
—Leímos el Profeta, aseguraban que tú también estabas –informó Sirius con desconfianza.
—También aseguraban que estaba Bellatrix, ¿verdad? –comentó burlón— ¡No, espera! Aseguraban que estaba Bellatrix Lestrange, mi amada esposa.
Era verdad, el mundo creía que llegaron a casarse. Sirius apretó los puños con rabia.
—¿Quién lo hizo? ¿Por qué me incluyeron a mí? –preguntó Bellatrix— ¿Y por qué a ti, si no estuviste?
—Querían atraparte desde hacía tiempo para quitarle al Señor Oscuro su mayor apoyo. Si te acusaban de semejante crimen, era mucho más sencillo sembrar el terror a tu persona y que la orden de búsqueda fuese internacional. Además, querían capturar a tu primo por lo de los Potter y creían que si te atrapaban a ti, lo cogerían también a él.
Bellatrix asintió, tenía sentido. Durante la guerra el Ministerio de Magia se había saltado todas las leyes y garantías, llegaron incluso a autorizar el uso de maldiciones imperdonables.
—¿Y a ti? ¿Por qué no fuiste con tu hermano?
—Por lo de siempre, por la mayor desgracia que he tenido en mi vida… Tú. Como comprenderás, no estaba de ánimo para torturar a nadie dos minutos después de que me abandonaran el día de mi boda. Tras investigar lo sucedido con el Señor Oscuro, Barty y Rab fueron a por los Longbottom, que eran los únicos que parecían saber algo, y yo me encerré en casa.
—Entonces Bellatrix es el motivo de que no te estés pudriendo en Azkaban –le espetó Sirius.
Rodolphus hizo caso omiso a su comentario.
—El Ministerio me ofreció un trato: a cambio de librar a mi hermano y a Barty del beso del dementor, ellos usarían mi nombre para capturarte a ti. Creían (los muy imbéciles) que vendrías a salvarme, creían que la boda sucedió. ¿No es irónico?
—No quise hacerte daño, pero sabes que nunca quise casarme contigo… —murmuró Bellatrix.
—Sí, sí, lo sé, lo ponía en tu carta–comentó el soltando una risotada al recordar la nota de disculpa que le dejó Bellatrix aquella noche—. El mundo cree que soy un criminal, pero la verdad es que me da igual, no afecta a mi vida. Casi nadie conoce mi cara, quitaron mis carteles en cuanto comprendieron que no vendrías a por mí. ¿Sabes qué es lo único que el mundo conoce de Rodolphus Lestrange? ¡A su maravillosa esposa! ¡La todopoderosa Bellatrix, la más sádica mortífaga, que sabe volar sin escoba, controlar el fuego maldito e igualó las calificaciones de Albus Dumbledore!
Hubo unos segundos de silencio y rabia por ambas partes mientras calibraban la situación. Los Black tenían varias preguntas más, pero no estaban en posición de hacerlas. Ambos tenían claro que el Ministerio le habría ofrecido algún trato a Rodolphus si los entregaba, pero la cuestión era si le compensaba y si, por tanto, se arriesgaría a intentarlo.
—¿Qué te han ofrecido en caso de entregarnos? –le preguntó Bellatrix.
—Reducir la condena de mi hermano.
—¿La condena del que se conoce como "el crimen más brutal del mundo mágico moderno"? –inquirió Sirius perplejo— Hasta tu cerebro de troll sabe que tu hermano morirá en Azkaban.
Rodolphus lo miró con creciente furia, apretaba su varita tan fuerte que parecía que iba a partirla. Pero no respondió, de sobra sabía que Sirius tenía razón. Entonces, Bellatrix dio un paso más que ambos les sorprendió. En lugar de pedirle que no los delatara, comentó con suavidad:
—Necesitamos quedarnos aquí unos días, no creo que sea mucho tiempo.
—¡¿Disculpa?! –bramaron Sirius y Rodolphus a la vez.
—¡No vamos a quedarnos aquí, con este gusano infecto! –protestó Sirius.
—Ya lo hemos hablado, es el único lugar que tenemos de momento.
—¡¿Pero qué te has creído?! –bramó Rodolphus— ¡Si no os entrego al Ministerio es porque sé que mienten y no van a volver a utilizarme, pero os tengo el mismo asco que a ellos!
—Te daremos algo a cambio –sugirió Bellatrix.
—Oh, sí, seguro que me puedes pagar millones, por eso vistes con esa ropa de vagabunda –se burló Rodolphus.
—Ahora mismo no, pero cuando solucionemos esto y pueda volver a mi cámara de Gringotts…
—¿Volver? ¿Crees que te vas a librar de esto algún día? ¿De verdad eres tan inocente? –preguntó Rodolphus con genuina curiosidad.
Sirius odiaba profundamente la idea de quedarse ahí, pero confiaba en su mujer. Si estaba tolerando aquello era porque no veía otra opción, así que la apoyó… a su manera:
—¿No te vale simplemente con que no te matemos? –le preguntó a Rodolphus.
—¡Eso será si…! –bramó el joven de los Lestrange.
—¡Vale, ya está bien! –gritó Bellatrix desesperada— No vamos a discutir entre nosotros, somos los tres unos parias sociales, nos guste o no. Rod, no saldremos de esta habitación, conseguiremos nuestra propia comida, no te molestaremos.
—Saber que estáis aquí ya me molesta. Si encima se enteraran de que os oculto, a Azkaban para siempre. Corriendo semejante riesgo solo podría perder.
—Ya te lo ha dicho Bellatrix –suspiró Sirius confiando en que humillándose él, Rodolphus cedería—, ahora mismo no podemos, pero esto no durará para siempre.
—Si algo aprendí de tu mujer y de su… hijo –comentó sabiendo que insultar a Raspy era un avada seguro—, es que el pago siempre por adelantado.
Eso le dio una idea a Bellatrix. Era un fracaso más que probable, pero por intentarlo…
—Siempre te gustó Raspy –recordó ella—, decías que tú querías un escarbato también. Mira, hemos traído uno, está ahí en su cunita. Puedes cuidarlo desde pequeño, como yo con Raspy. Viven cien años, estará siempre contigo y te querrá de forma incondicional.
—¡No se lo vamos a dar! –protestó Sirius— ¡Lo matará!
—No quiero un bicho de esos –replicó Rodolphus mirando de reojo al animal.
—¡Retira lo de bicho! –bramó Sirius.
—Tienes razón, mis disculpas con el escarbato. El bicho aquí eres tú.
Mientras los dos magos discutían y se insultaban con creciente rabia, Bellatrix cerró los ojos y tomó una decisión. Carraspeó para que los dos magos dejaran de comportarse como críos y entonces le dijo a Rodolphus:
—Nos quedamos. Andaremos por donde nos plazca, comeremos en el comedor y si nos cruzamos, nos trataremos con cordialidad. Doy por supuesto que tienes un elfo, indícale que cuando haga la compra consiga el doble de productos, nosotros no podemos salir. También necesitamos acceso a la biblioteca, nos gusta investigar cosas. Cuando decidamos marcharnos, nos marcharemos y ya está. Nadie se enterará de nada.
—¿¡Y a cambio qué piens…!?
—A cambio sacaré a tu hermano de Azkaban.
Los dos magos la miraron incrédulos. Sirius parecía dispuesto a replicar, pero una mirada de advertencia de su mujer lo disuadió. Rodolphus, tras unos segundos, respondió intentando sonar burlón sin conseguirlo:
—Nadie se ha fugado nunca de Azkaban. ¿Cómo vas a lograrlo tú?
—Porque soy la todopoderosa Bellatrix, la más sádica mortífaga, que vuela sin escoba, controla el fuego maldito e igualó las calificaciones de Dumbledore. Si te digo que lo haré, lo haré.
Su voz sonó tan firme y convencida que Rodolphus no volvió a replicar. Salió de la habitación sin decir una palabra y no volvieron a verlo en todo el día.
—¿Podemos confiar en él? –preguntó Sirius dudoso.
—Sí, no nos delatará. No pensaba hacerlo. Está muy cansado de todo, no se relaciona con nadie, solo desea que le dejen en paz.
—¿Te has metido en su mente?
—Por supuesto que sí.
Sirius mostró una amplia sonrisa y la besó con orgullo.
—Te amo. Amo lo inteligente que eres y lo bien que le has engañado, hasta yo me lo he creído.
—¿El qué te has creído? –preguntó ella separándose ligeramente.
—Que ibas a sacar a su hermano de la cárcel.
—Voy a sacar a su hermano de la cárcel.
Sirius se separó del todo y la miró frunciendo el ceño. Comprendió que la palabra de los Black era sagrada y que Bellatrix respetaba eso profundamente. Y también que amaba los retos, triunfar donde nadie lo había hecho… Una fuga de Azkaban era un desafío que cualquiera calificaría de suicidio, mientras que para Bellatrix sonaba excitante. El mago intentó calmarse porque con su mujer no quería discutir. Lentamente le explicó la situación:
—Frank y Alice eran mis amigos. Eran buenos aurores, tenían un hijo de la edad de Harry… Un hijo que está creciendo sin padres porque esos dos tarados los torturaron hasta la locura. Esa gente está bien donde está.
—¿Has estado alguna vez cerca de un dementor? ¿Has visto a alguien que haya pasado un año en Azkaban?
—No… —reconoció Sirius—, pero…
—Yo conocí a expresidiarios en el club de duelo. Los encerraron uno o dos años por delitos fiscales. En cuanto salieron, acudieron al club de duelo porque deseaban morir. Eran cascarones vacíos. Sus vidas ya no tenían sentido, no dormían por las noches, no comían, apenas reconocían a sus familias. Estaban muertos en vida, todo les resultaba grotesco y altamente incómodo.
Sirius tragó saliva procesando el horror. Todo el mundo temía Azkaban, era una brutalidad que no debería estar permitida… pero lo estaba.
—Esos dos chicos llevan ahí siete años. Siete –continuó Bellatrix—. En celdas de la zona de máxima seguridad, que por supuesto son la peores. Te aseguro que no estarán mejor que los Longbottom.
—Vale… Yo también estoy en contra de Azkaban, es repulsivo. Pero es lo que hay, no podemos hacer justicia nosotros.
—¿Y quién puede? ¿El Ministerio que sabe que soy inocente y aún así ha empapelado el mundo con mi cara y a ti te iban a encerrar sin juicio?
—Vale, el Ministerio también es un asco, pero Frank y Alice…
—No lo merecían, desde luego, como tampoco lo merecían los Potter. Pero, ¿qué vida vivirá Rabastan si lo saco? Física y psicológicamente será casi un espectro, le costará décadas recuperarse. Tendrá que vivir como un prófugo, no puede quedarse con su hermano o sus padres porque el Ministerio podría enterarse y condenarlos a todos. Tendría que huir, como nosotros pero sin un plan, sin familia, sin futuro… sin nada. Ese chico ya está maldito, da igual fuera que dentro.
Sirius lo comprendía, aceptaba que tenía parte de razón, pero a la vez seguía sin estar de acuerdo. Aparcaron ese tema para evitar discutir, no podían permitírselo ahora que la situación era tan crítica. Además, Bellatrix no tenía ni idea de cómo lo haría, su marido confió en que no hallase la forma y se marchasen antes de aquella mansión. Por eso no volvieron a hablar del asunto. Pero Rodolphus sí. La tarde siguiente encontró a Bellatrix sola en la biblioteca y le preguntó:
—¿Cuándo lo liberarás?
—Cuando encuentre la forma –respondió ella con calma.
—Esto es todo lo que conseguí yo–comentó invocando con su varita un fajo de pergaminos—. Estuve tres años investigando hasta que me rendí. Me costó mucho dinero en sobornos y corrí muchos riesgos.
Bellatrix observó los pergaminos con curiosidad. Lo primero era un documento oficial de la condena de Rabastan en el que se indicaba la localización de su celda. Después había un plano de la prisión con la zona de las celdas de máxima seguridad macada en rojo. También un mapa del mar del norte que indicaba la ubicación exacta de Azkaban. El grueso del paquete eran noticias del Profeta sobre intentos fallidos de fuga, muertes y suicidios en prisión. Y por último, los diarios de los exploradores que estuvieron en la isla.
—Estupendo… —murmuró Bellatrix— Esto me ahorrará trabajo.
—¿Entonces? ¿Cuándo lo sacarás? –insistió Rodolphus— Todas las semanas publican la noticia de la muerte de algún recluso. Los cuerpos quedan tan deteriorados que ni siquiera se pueden trasladar, además no está permitido visitar Azkaban. Los propios dementores entierran en la isla a los prisioneros que mueren, ¡ni funeral, ni siquiera unos restos que venerar! Vivo con el terror de que el de la semana que viene sea mi hermano.
—No lo será. Lo sacaré –aseguró Bellatrix sin levantar la vista de los materiales.
—Más te vale… —masculló Rodolphus alejándose.
