La convivencia en la Mansión Lestrange-Black fue mejor de lo esperado. Rodolphus no se metía en los asuntos de sus huéspedes y ellos tampoco lo molestaban. Procuraban llevar horarios diferentes para no coincidir en comidas ni en los salones ni en ningún lugar, pero si sucedía se ignoraban con exquisita frialdad. Los Black habían establecido una rutina: por las mañanas intentaban decidir cómo actuar, qué era lo más sensato.
—No quiero seguir huyendo… —suspiró Sirius.
—Yo tampoco. Pero, ¿qué hacemos hasta que sepamos dónde está Voldemort? Será un espectro, imposible de encontrar… ¿O Colagusano? Una rata entre millones… Los necesitamos para demostrar nuestra inocencia.
—Es que es un asco. No poder confiar en nadie… ¿Crees que Minerva estaba sola? ¿Sería ella la única que se enteró de que vivíamos en Durbuy o se lo contaría a Dumbledore, a la Orden, al Ministerio…?
—Dado que se personó ella misma camuflada como un gato, como mucho lo sabría Dumbledore –aventuró la bruja—. Y, siendo optimistas, igual ni siquiera él.
—Quizá hizo caso a la carta que le mandamos y tampoco se fía de él –sugirió Sirius esperanzado.
—Esa sería la mejor opción para nosotros: que no confíe en nadie y lo esté investigando por su cuenta.
—Ya… Es que es desesperante estar de brazos cruzados cuando nos han obligado a huir de nuestro hogar… dos veces. ¿Y si intentáramos hablar con Dumbledore? Igual…
—No vamos a hablar con nadie, Sirius. No vamos a correr riesgos innecesarios de acabar en Azkaban. Si nos atrapasen, ya pediríamos el vis a vis con Dumbledore o con quien fuese, si no, me niego.
—Tienes razón. Él mismo declaró ante el Ministerio que yo era el guardián del secreto de los Potter y seguirá creyendo que fue así. No podemos confiar en nadie…
Cambiaban de opinión cada día, no lograban ponerse de acuerdo ni encontrar un plan razonable. Por las tardes frecuentaban la biblioteca (sabiendo que Rodolphus prefería ir por las mañanas) y cada uno investigaba por su cuenta. Bellatrix estaba centrada en la fuga de Azkaban; por Rabastan, pero también por si algún día les tocaba a ellos. Sirius de eso no quería saber nada, trabajaba en sus propios asuntos. Su mujer no le preguntó de qué se trataba, quizá seguía con el proyecto de su libro, pero le extrañaba que fuese capaz de centrarse en eso. No obstante, no tenía tiempo para distraerse, estaba muy concentrada en lo suyo.
Una tarde, mientras Bellatrix intentaba solucionar los puntos débiles de su plan, Rodolphus entró a la sala. Ignoró a Sirius, que examinaba unas estanterías en la planta superior, y se acercó a la mesa que ocupaba ella. Intentando sonar desinteresado y ligeramente despectivo, preguntó:
—¿Qué comen los escarbatos bebés?
La bruja alzó la vista y vio que en sus manos, envuelto en un trapo muy suave, dormitaba el escarbato recién nacido.
—Raspy me lo ha traído –se justificó él como queriendo desligarse de la criatura.
Bellatrix miró a su escarbato que mordisqueaba unas raíces en un sillón con expresión inocente. Sospechó lo que había sucedido: Raspy recordaba a Rodolphus, les trató bien en Hogwarts y también cuando terminaron y preparaban la fatídica boda. Probablemente lo había visto triste, angustiado por la soledad y por la pérdida de su hermano y creyó que cuidar al pequeñín podría animarlo. Así que lo tomó entre sus patas y lo llevó al salón donde Rodolphus pasaba las tardes mirando por la ventana. Quiso creer que podían ser compañeros como él lo era con Bellatrix.
La bruja no comentó nada al respecto, únicamente respondió a su pregunta:
—Depende de si ya ha abierto los ojos.
—Creo que no.
—Entonces raíces de jengibre machacadas, hasta que queden líquidas. Se lo das con un cuentagotas.
Rodolphus asintió y se marchó. Desde entonces, acudía frecuentemente a preguntar dudas sobre escarbatos. Tres días después, apareció preocupado con el pequeño entre sus manos:
—Bato no para de temblar, he usado hechizos de calor, pero no se le pasa, no sé qué le sucede… —murmuró preocupado.
Sirius y Bellatrix se miraron de reojo. Había llamado Bato al escarbato… Rodolphus siempre fue un desastre con los nombres, ambos recordaban a su cuervo Lechuza (que había decidido jubilarse y revoloteaba por los jardines de la mansión). Los Black no necesitaron ni examinar a la criatura, sabían de su crianza más que de cualquier tema.
—Va a abrir los ojos por primera vez –le indicó Sirius—. No tiene frío, utiliza ese sistema para comprobar si el entorno es seguro.
—Siéntate con él cerca del fuego y espera a que los abra –le indicó Bellatrix.
El mago obedeció y se acomodó con Bato en un sillón junto a la chimenea. Unos minutos después, el pequeño escarbato abrió los ojos. Rodolphus fue lo primero que vio del mundo, se quedó contemplándolo largos minutos y al final extendió una patita hacia él. El mago le ofreció un dedo y Bato se aferró a él. Fue un momento tan íntimo, que los Black lo observaron de lejos sin intervenir. Unos minutos después, se dieron cuenta de que su anfitrión se estaba secando las lágrimas de emoción. Fue Raspy el primero que se acercó a él. Sacó de su bolsa unas hojas de díctamo y se las tendió.
—Es lo que comen las primeras semanas –le explicó Bellatrix—, les gusta mordisquearlas.
—Gracias, Raspy –susurró Rodolphus aceptándolas.
Cogió una y la acercó al hocico de Bato. Este la olisqueó y después se la fue comiendo con mordiscos muy pequeños. Le llevó mucho rato terminársela, pero a Rodolphus no le importó en absoluto. Cuando terminó, el escarbato profirió un suave ruidito de satisfacción, se pegó al estómago de Rodolphus y cerró los ojos para seguir con su siesta. Solo entonces, el mago alzó la vista hacia los Black.
—Mira, Lestrange… —comentó Sirius con gravedad— No vamos a permitir que te lo quedes.
Rodolphus lo miró con odio, pero no logró esconder el dolor. Esa pequeña criatura era lo más parecido a la felicidad que había sentido en una década. Sabía efectivamente que no le pertenecía y que lo había rechazado cuando se lo ofrecieron, no tenía derecho a replicar. Antes de que pudiera responder, Sirius continuó:
—Has llamado Bato a un escarbato. Eso viola los Derechos Humanos, el Estatuto del Secreto y toda norma del buen gusto.
Bellatrix camufló una carcajada e incluso Rodolphus tuvo que disimular una sonrisa. Entendió que, pese a todo, le iban a permitir que lo criara. Al menos durante los primeros meses.
—Si cuando crezca quiere seguir contigo, estupendo, pero tienes que dejarle elegir –le advirtió Bellatrix.
—Por supuesto, lo haré –aseguró Rodolphus en voz baja para no despertarlo.
Desde ese día, la relación entre los tres fue más fluida; no idílica (sobre todo entre los dos magos que siempre se odiaron), pero sí más llevadera. Compartían consejos sobre escarbatos, debatían las noticias del Profeta y en ocasiones incluso comían juntos.
Pronto averiguaron que cuando encarcelaron a su hijo mayor y extorsionaron al pequeño, el matrimonio Lestrange se mudó a Francia. No quisieron saber nada de Rabastan ni de Rodolphus, los habían eliminado de su árbol familiar avergonzados por el escándalo. Una hipocresía enorme, puesto que ellos mismos los obligaron a unirse a Voldemort, pero ahora que lo daban por muerto, aquello solo suponía una pérdida de prestigio. Rodolphus se quedó en su mansión, buscando la manera de liberar a su hermano. Al final asumió que no existía forma y se dedicó a dejar pasar los días. Ruffy, el viejo elfo de los Lestrange, era su única compañía hasta que llegaron los Black.
—¿De mis padres y mis hermanas has sabido algo? —le preguntó Bellatrix una noche cuando juzgó que habían consumido alcohol suficiente para entrar en confidencias.
Como a los tres les costaba dormir, adquirieron la rutina de compartir de vez en cuando un whisky junto a la chimenea del salón.
—No… Estaban igual o más avergonzados que los míos, pero no por tus supuestos crímenes, sino porque huyeras de la boda. No he vuelto a saber nada de ellos. De Narcissa leí en el Profeta que se casó en una ceremonia privada con Lucius, después de que a él lo exoneraran por decir que se unió a Voldemort bajo imperius… De Andrómeda nunca se supo, supongo que vivirá escondida con su sangre sucia.
—¿Y de Voldemort y Pettigrew? ¿Hay algún rumor o algo? –inquirió la bruja.
Rodolphus se estremeció ante la mención del Señor Oscuro y enseguida negó con la cabeza.
—Nadie ha sabido nada. Todo el mundo renegó de él, alegaron estar bajo la maldición imperius, igual que Malfoy. Snape se refugió bajo las faldas de Dumbledore… Pero no, de Él no he sabido nada. Y Pettigrew siempre fue un cobarde, estará escondido.
—No saldrá hasta que encuentre a alguien fuerte que le defienda –masculló Sirius.
Rodolphus asintió mientras acariciaba a Bato, que dormía apaciblemente en su regazo.
—Yo creo que te temerá más a ti que a Voldemort –murmuró Bellatrix mirando a su marido—. Si escuchase cualquier rumor de su vuelta, correría a buscarlo para que lo protegiera.
Los dos magos asintieron perdidos en sus pensamientos. Poco después, subieron a sus dormitorios y se acostaron. Desde que se llevaban bien con Rodolphus, se sentían más protegidos y un poco más a gusto en la mansión; eran uno más en su club de marginados.
Bellatrix y Sirius se habían acostumbrado a dormir abrazados escuchando la lluvia en su casita de Durbuy, pero en esa habitación gigante al calor de la chimenea en una cama muy mullida tampoco se estaba mal. Además no tenían que madrugar para trabajar en el bosque ni tampoco cocinar, pues el elfo se encargaba de todo. Agradecían tener unas —extrañas— vacaciones tras siete años en los que apenas se habían tomado un día libre.
—¡Nos hemos dormido, ya es de día! –exclamó Bellatrix despertándose sobresaltada— ¡Las serpientes ya habrán…!
—Estamos en Inglaterra, peque –susurró Sirius abrazándola—. No hay serpientes que ordeñar, sigue durmiendo.
—Ah… Cierto...
La bruja cerró los ojos y se acurrucó de nuevo junto a Sirius. Esa escena se repetía de vez en cuando por ambas partes. Para Bellatrix, el contraste entre ambas vidas resultaba casi irreal.
Una mañana estaba probándose uno de sus antiguos vestidos cuando Sirius y Rodolphus aparecieron para pedirle ayuda para renovar los conjuros de seguridad. Cuando la vieron observándose en el espejo no dijeron nada. Llevaba un vestido granate de estilo victoriano, con todo tipo de adornos lujos y llamativos. En su día se lo hicieron a medida, pero ya no se ajustaba a su cuerpo: le quedaba ancho y el color no favorecía con su tono de piel. Tenía los músculos más definidos que en su primera juventud gracias a su trabajo en el bosque, pero también estaba más delgada porque la comida no había abundado en aquellos años.
—A ti todo te queda perfecto, peque –murmuró Sirius.
Bellatrix no contestó, observó la cintura del vestido y lo extraña que se sentía con él.
—Se puede ajustar con un par de hechizos –apuntó Rodolphus con un ligero tono de culpabilidad.
La bruja negó con la cabeza.
—No, ya no soy yo –respondió.
Con un giro de varita, el vestido se intercambió por su ropa de estar por casa. Volvió a guardarlo en el vestidor que cerró sin ningún cuidado.
—¿Qué queríais? —les preguntó.
Solucionaron el asunto de las protecciones y de su cambio físico no volvieron a hablar. Esa tarde coincidieron todos en la biblioteca: Bellatrix estudiaba sus planes sobre Azkaban, Sirius investigaba libros y Rodolphus contemplaba a Raspy y a Bato jugar junto a la chimenea. Todos alzaron la vista cuando Sirius profirió un grito victorioso.
—¿Qué pasa? —preguntó Bellatrix acercándose a él.
—¡Mira! ¡Sabía que lo encontraría!
Le mostró un antiguo libro de genealogía mágica. En la página en cuestión se recogía el árbol de los Ross, una familia escocesa que había dado grandes magos y brujas. Una de ellas fue Isobel Ross, ya fallecida. En el libro se indicaba que se casó con un muggle: el reverendo Robert McGonagall Sr.
—¿Tienen algo que ver con…?
—Eran sus padres —la interrumpió Sirius ansioso—. Isobel era una bruja muy famosa y él era muggle. El nombre de su hija sin duda lo eligió ella, porque su madre también se llamaba Minerva.
—Vale, muy bien… Ya sabíamos que McGonagall era mestiza.
—Sí, sí, pero mira: Robert tenía una hermana pequeña llamada Roselyn McGonagall Weil. La madre de ambos era una modista muy famosa y su hija continuó con su legado, por eso cambió el orden de sus apellidos y se quedó como Roselyn Weil.
Bellatrix abrió los ojos sorprendida. Reconoció el nombre: era la abuela de Rose.
—Roselyn vivió en Escocia con su hermano hasta varios años después de que él se casara. Estuvo con ellos los primeros años de vida de su primera hija, pero un día se marchó a Bélgica.
—¿Cómo sabes eso? —inquirió Bellatrix.
—Nos lo contó Rose, peque. Probablemente no la escuchaste porque en tu cabeza solo oías: "Una muggle hablándome de cosas muggles… a ver si pronto cierra su boca muggle".
—Eh… No digo que eso no suene plausible… —reconoció Bellatrix— pero si Rose nos hubiese dicho que su abuela vivió en Escocia, nos hubieran saltado las alarmas de que nos reconociera.
—No, lo que nos dijo fue que su abuela nació en Durbuy, pero se tuvieron que mudar pocos años después porque su padre se quedó sin trabajo. Roselyn vivió con su hermano Robert hasta que él empezó a tener problemas con su hija y su mujer. Decidió dejarles espacio y volvió a Durbuy donde reabrió la tienda de modas familiar. No se nos ocurrió preguntarle dónde habían vivido antes, di por hecho que sería en alguna ciudad más grande de Bélgica.
—Vale… Entonces, Roselyn es la tía de Minerva y vivió con ella era pequeña, ¿es eso?
—Correcto. Lo que yo sospecho que pasó (y por supuesto de esto no tengo pruebas) es que la madre de Minnie, Isobel, acató el estatuto del secreto y le ocultó a su marido que era bruja. Hasta que nació su hija, que empezó a dar síntomas de magia y Isobel no pudo seguir ocultándolo.
—El marido se enfadaría después de tantos años de mentiras… —aventuró Bellatrix.
—Probablemente. Roselyn se enteraría también; porque por lo que nos contó Rose, estaba muy unida a su hermano. Ella entonces tendría unos veinte años y por no molestar o incluso por miedo a la magia, decidió volver a su verdadero hogar.
Bellatrix asintió mientras lo meditaba en silencio.
—Sí, tiene sentido. Entonces, tu teoría es que mantuvieron el contacto… o más bien, en algún momento, Minerva y Roselyn retomaron el contacto –comentó la bruja.
—Eso es. Quizá cuando murió Robert, hace seis años. Minerva sabría cuánto quería a su hermana pequeña y ella misma acudió a Durbuy para darle la noticia. Supongo que entonces volverían a hablar, quizá Minnie recordaba que la cuidó de pequeña…. Desde entonces Minnie la visitaría en verano o en Navidad, que es cuando no tiene clases en Hogwarts –elucubró Sirius.
—Pero Rose no la conocía, nunca la había visto –recordó Bellatrix.
—Le he dado muchas vueltas a eso –confesó Sirius—. Minerva es una de las brujas inglesas más famosas del mundo, aparece en muchos libros.
—Sí, así es –confirmó Bellatrix sin saber a dónde iba.
—En Bélgica siguen guardando gran odio al mundo mágico inglés, probablemente si vieran a una bruja tan poderosa en su territorio creerían que trataba de urdir algún plan contra ellos. O no sé, puede ser que se creara algún tipo de conflicto diplomático…
—Es posible… —murmuró Bellatrix— O quizá simplemente Roselyn vio los problemas que la magia le ocasionó a su hermano y quiso mantenerla al margen de su familia. Aceptaría y probablemente le alegrarían las visitas de su sobrina, pero le pediría que la visitase sin que su hija y su nieta se enterasen.
—Es otra posibilidad, sí. Hay muggles que le tienen terror a la magia (especialmente los adultos), algo que a nosotros nos parece completamente absurdo, pero en su caso es natural y casi un mecanismo de autodefensa. Quizá la única concesión que Roselyn permite a la magia son los dulces mágicos como las ranas de chocolate, porque están mucho mejor que el chocolate muggle. Se las llevaría Minnie como obsequio.
Bellatrix asintió. Experimentó un gran alivio al saber por fin cómo los había descubierto McGonagall. Aunque eso desembocó en otro pensamiento:
—Ya es mala suerte que justo la persona que nos busca tenga a su tía viviendo en la ciudad remota a la que nos mudamos –masculló.
—Para ser justos, peque, nos busca un país entero –comentó Sirius divertido—. Sabíamos que cualquiera podría reconocernos.
—Es verdad. Al menos tardó en enterarse… Supongo que la abuela de Rose le hablaría de nosotros, de que éramos amigos de su nieta. Al principio no creo que a Minerva le llamase la atención… pero igual con los años lo fue meditando…
—Quizá con lo que le contaba su nieta, Roselyn sospechó que somos magos –apuntó Sirius—. Se lo comentaría a su sobrina cuando la visitara… Y tarde o temprano Minnie ató cabos.
Bellatrix asintió y felicitó a su marido por sus pesquisas. Se había vuelto un investigador experto gracias a su faceta de escritor de libros muggles. Ambos coincidieron en que era muy tranquilizador haber descubierto qué falló en su plan y saber que no habían sido sus conjuros protectores. Entonces repararon en Rodolphus, que seguía en la biblioteca sin decir palabra. No les había preguntado por su escondite durante esos años. Cuando le vieron sacar de su cabeza una hebra plateada y eliminarla, supieron que quería seguir sin saberlo. Era más seguro para todos.
—Lo mejor es que esto confirma que se enteró Minnie –murmuró Sirius más tarde, cuando Rodolphus se marchó para darle la cena a Bato—. No se lo contaría a nadie hasta estar segura, pues eso implicaría involucrar a su tía en asuntos mágicos…
—¿Y crees que ahora lo habrá contado? ¿A Dumbledore, al Ministerio o a alguien? –inquirió Bellatrix sabiendo que Sirius conocía mucho mejor a quien fue su profesora y compartió clases y castigos con él casi a diario.
—No nos ha encontrado, seguirá sin estar completamente segura de que somos nosotros. Yo creo que nos seguirá buscando y, si tenemos suerte, no se lo dirá a nadie… por el momento.
—Esperemos que sea así.
