—¡Bueno, se acabó, Lestrange! –bramó Sirius enfurecido— ¡Esto no lo tolero más!

—¡Pues lárgate de mi casa!

—Rodolphus, por favor –protestó Bellatrix— ¡Que llevamos así una semana!

—¡No hay ningún problema, el único problema sois vosotros! –se defendió Rodolphus a gritos.

—¿Perdona? –replicó la bruja perpleja— ¡Llevamos una semana comiendo el pollo con cucharas y bebiendo agua en cuencos, como los muggles!

—Eh… Bella, los muggles no hacen eso –murmuró Sirius.

—¡Me trae sin cuidado! ¡Aquí tenemos un problema! –aseguró su mujer

Los Black tenían un problema que Rodolphus no consideraba como tal: Bato era un ladrón formidable. No era inocente y apacible como Raspy, sino como la mayoría de escarbatos: obsesionado con sustraer objetos brillantes, solo que mucho más ágil e inteligente que la mayoría de sus congéneres a su edad. Todavía no había cumplido el primer mes, pero no había cubierto de plata ni copa de oro que se le resistiera. Solo paraba cuando su bolsillo estaba tan lleno que ya no podía desplazarse. A Sirius y a Bellatrix los tenía desesperados, pero Rodolphus se lo permitía todo e incluso alababa sus gestas. Llevaba años sin dar ninguna muestra de cariño y lo estaba soltando todo de golpe sobre el escarbato.

—¡Míralo, si le sobresale un candelabro del bolsillo! –exclamó Sirius señalando a Bato.

El pequeño yacía despatarrado en un sillón incapaz de mover una pata. Su cara mostraba una expresión relajada que hizo suspirar de amor a Rodolphus. Su carácter delictivo no hacía al escarbato menos cariñoso: adoraba a su amo, le encantaba dormir sobre su pecho y salían todos los días a pasear juntos por el jardín.

—Esta es mi casa y Bato es el rey –sentenció Rodolphus—. Vosotros os aguantáis u os largáis.

Los Black bufaron pero no replicaron. En el fondo se alegraban de que el pequeño escarbato estuviese tan bien cuidado.

Habiendo descubierto –más o menos— cómo los encontró McGonagall, Sirius se buscó una nueva ocupación: ponerse al día con El Profeta. En Durbuy recibían como mucho cuatro ejemplares al mes, así que le faltaban muchas noticias por examinar. No le interesaban la mayoría, buscaba algún atisbo de que Voldemort hubiese regresado o Pettigrew hubiese asomado el hocico. Pero por el momento no encontraba nada.

—Dumbledore ha hecho bastantes viajes en época escolar… —murmuró una tarde— Creo que puede estar buscando rastrojos… Con lo listo que es seguro que ha encontrado alguno.

Desde que vivían con Rodolphus, empleaban palabras en clave (más que por seguridad, porque les hacía gracia); los horrocruxes habían pasado a ser rastrojos.

—No sé cuáles tres se destruirían cuando hicimos el ritual con el fuego –murmuró Bellatrix—. Con la suerte que tenemos, seguro que encuentra los que ya están rotos.

—Esperemos que no, en algún momento nos tiene que suceder algo bueno…

En ese momento entró Rodolphus con mala cara. Arrojó el periódico del día sobre la mesa en la que estaba Bellatrix y espetó de mala gana:

—Otro más, el de esta semana. Anoche le enterraron los dementores y eso es todo lo que va a tener de él su familia.

Los Black leyeron la breve noticia: un mago de cuarenta años fallecido por inanición en Azkaban. Era la causa de muerte más común, los reclusos quedaban atrapados en sus propios terrores por efecto de los dementores y dejaban de comer. Sirius sintió un escalofrío al pensar que ese podría haber sido él. Sin embargo, para sorpresa de los dos magos, la expresión de Bellatrix fue mutando en una sonrisa.

—¿Sabes a dónde mandar a tu hermano cuando lo saque? –preguntó Bellatrix.

Rodolphus asintió.

—La isla de San Martín, en el Caribe, es territorio francés. Mi familia tenía ahí una casa de verano que me regalaron cuando terminé el colegio. No aparece en los registros, ahí estará a salvo.

—Prepara el traslador. Lo sacaré esta noche.

—¿Qué? –inquirió Sirius perplejo.

—¿Cómo? –se sumó Rodolphus tembloroso.

—Voy a sacarlo esta noche –repitió Bellatrix dejando claro que no iba a ampliar la información.

—Entonces tendréis que marcharos vosotros también –razonó Rodolphus—. Cuando se sepa que mi hermano se ha fugado, mi casa será el primer sitio que registren y…

—Si sale bien, nadie sabrá que tu hermano se ha fugado. Ahora dejadme tranquila, tengo que repasar el plan.

Rodolphus se marchó agitado y muy nervioso. Pasó el resto de la mañana preparando el equipaje, las pociones sanadoras y cualquier cosa que pudiera necesitar Rabastan. Sirius, por su parte, estuvo en silencio hasta que no pudo más.

—¿De verdad vas a arriesgar tu vida por sacar a ese criminal?

—No voy a arriesgar mi vida, no me va a pasar nada. Y lo otro ya lo hemos discutido.

Aún así lo discutieron otra vez. Viendo que no iba a hacerla cambiar de opinión e incluso enfadado con ella por estar dispuesta a liberar a un asesino, Sirius sentenció:

—Entonces voy contigo. Si nos atrapan, que nos atrapen a los dos.

—No puedes, Siri –respondió ella con una sonrisa suave— Tú no puedes volar…

—¡Claro que puedo! Soy muy bueno con la escoba.

—Los dementores son ciegos, pero si vas en forma humana, detectan tus emociones –le recordó Bellatrix.

Sirius lo comprendió: Bellatrix volaría como cuervo, eso simplificaba tanto las emociones que los dementores no lo sentían. Aún así seguía viéndole lagunas al plan y le desagradaba profundamente. Su mujer zanjó el tema:

—Tú tienes que quedarte aquí. Si me pasara algo, lo más importante sería que cuidaras de Raspito –le recordó mirando al escarbato que estaba muy feliz jugando a la pelotita con Bato—. Además, Rabastan vendrá aquí y yo no lo veré, tardaré en volver más que él. Tienes que estar tú para asegurarte de que los Lestrange no traman nada que nos ponga en peligro y siguen el plan.

Al final, de muy mala gana, Sirius aceptó. No dijo nada, simplemente salió de la habitación y se fue a los jardines a que le diera el aire. Después de comer los tres juntos en un tenso silencio, Bellatrix le pidió a Rodolphus la varita de Rabastan. El Ministerio se la entregó junto al resto de sus efectos personales cuando metieron a su hermano en la cárcel.

—Escríbele una nota –le indicó Bellatrix—, que sepa que eres tú y no es una trampa.

Rodolphus asintió nervioso y obedeció. Miró a la bruja expectante, pero ella simplemente cogió ambas cosas y subió a su habitación. Sirius la siguió.

—Aún estás a tiempo de cambiar de idea. Podemos irnos de aquí, buscar otro sitio que…

—Voy a hacerlo, Siriusín. No correré ningún peligro, pero aún así no quiero que estés enfadado conmigo.

Sirius confiaba plenamente en su mujer, pero siempre se podía torcer algo (y más en sus vidas). Así que se acercó a ella, la abrazó, la besó y le exigió que ante el mínimo riesgo, abortara misión. Después, observó cómo se transformaba en cuervo, cogía con el pico la varita con la nota enroscada en el mango y salía volando por la ventana. La contempló hasta que se perdió de vista rumbo al mar del Norte. Decidió bajar a la biblioteca a seguir con su investigación. Rodolphus lo interceptó en el pasillo.

—¿Qué…?

—Ya se ha ido –le interrumpió Sirius sin revelar cómo—. Y te juro por mi hermano muerto, Lestrange, que como le pase algo vas a desear estar a salvo en Azkaban.

Rodolphus tragó saliva asustado y asintió. Pasaron el resto de la tarde a cual más nervioso: Sirius deambuló rabioso mientras le lanzaba a Raspy su pelotita, Rodolphus intentó dar un paseo con Bato por el jardín para relajarse, después ambos magos trataron de distraerse leyendo en la biblioteca… Nada funcionó. Estaban demasiado nerviosos y preocupados. Cuando anocheció, el elfo les preparó la cena y ambos acudieron al comedor incapaces de probar bocado.

—Hasta Raspy nota que pasa algo –comentó Sirius mirando al escarbato que mordisqueaba unas hojas de díctamo sin dejar de vigilar la puerta en espera de que volviera Bellatrix.

—Sí, Bato también –murmuró Rodolphus preocupado.

—¿Pero qué dices? –le espetó Sirius— Está intentando meter en su bolsa esa lámpara. No está preocupado, ¡está delinquiendo, como siempre!

—¡Es su forma de mostrar preocupación! –lo defendió Rodolphus.

—¡Oh! ¿De veras? —inquirió Sirius burlón— ¿Y qué le preocupaba el lunes cuando robó la urna con las cenizas de tu abuelo?

—Era… Era su forma de honrar su memoria, Bato quería mucho a mi abuelo.

—¡Pero si nunca lo conoció! ¡Solo hace dos semanas que lo tienes!

—¡Y desde el primer día le llevé a hablar con el retrato del abuelo! –se defendió Rodolphus.

Sirius estuvo a punto de alegar que lo que más le gustaba de esa mansión era que no había un solo retrato, pero no lo hizo. Rieron los dos ante semejante conversación absurda e intentaron picotear algo sin ninguna gana. Estaban compartiendo un whisky cuando se escuchó la puerta de entrada. Ambos magos se miraron y corrieron hacia allá con las varitas en alto. Al principio ni siquiera Rodolphus reconoció al extraño.

Se trataba de un señor mayor, con el rostro surcado de arrugas, manchas y amplias ojeras. Tenía los ojos medio cerrados, como si le costase mantener los párpados abiertos y la boca (muy fina y agrietada) le temblaba en un tic nervioso. Llevaba unas largas greñas de color pajizo, hubiese sido alto de no ser por lo encorvado que se mostraba y su delgadez parecía disonar con la vida. Su piel no estaba pálida, sino marchita y lo que la cubría no eran más que harapos. Cuando alzó la vista, sus ojos vidriosos se clavaron (o lo intentaron, parecían muy perdidos) en Rodolphus y este ahogó un grito.

—¡Rab!

Corrió hacia su hermano y lo abrazó; Rabastan no respondió al abrazo, más bien se desplomó sobre él. Rodolphus lo sujetó con fuerza mientras lloraba de emoción y a la vez tristeza. Sirius ejecutó con discreción un par de encantamientos de higiene porque el presidiario olía fuerte. Se sentía violento por presenciar aquello y angustiado porque Bellatrix no había vuelto. Ella ya le había advertido que Rabastan llegaría primero, pero aún así él no respiraría tranquilo hasta verla.

—¿Me ayudas, Black? –le pidió Rodolphus.

Rabastan apenas podía caminar solo, había empleado todas sus fuerzas en aparecerse. Rodolphus y Sirius lo sujetaron cada uno de un costado y lo llevaron al cuarto de baño más próximo. Mientras Rodolphus le indicaba a su hermano que se duchara y las pociones que debía tomar, Sirius se disculpó:

—Voy a restablecer los conjuros de protección.

Recibió un asentimiento y volvió a la entrada. Ejecutó de nuevo los conjuros de protección, los habían modificado ligeramente para que Rabastan pudiera encontrarlos. Cuando estuvo seguro de haberlo dejado todo como al principio, volvió al comedor donde le esperaba su whisky. Unos minutos después, los hermanos Lestrange regresaron. Rabastan lucía ligeramente mejor tras la ducha, con ropa limpia y tras las pociones sanadoras y vigorizantes. Pero seguía asemejándose más a un espectro que a un humano. A Sirius le costaba contemplarlo, daban escalofríos solo de verlo.

—Come algo antes de irte –le indicó Rodolphus nervioso—. Ojalá tuviéramos más tiempo, pero has de irte para que cuando se enteren los del Ministerio estés ya a salvo.

Su hermano no respondió en forma alguna, parecía que ni siquiera lograba escucharle. Pero se sentó a la mesa y comió. Al principio con dificultad, le temblaban las manos y no recordaba cómo coger los cubiertos. En cuanto agarró el primer muslo de pollo con la mano, los seis de después cayeron solos. Devoró todo como un animal; durante sus años en el bosque, Sirius había visto alimentarse a uros, grifos y serpientes gigantes y a ninguno con tantas ganas como Rabastan. Mientras, los otros dos magos se miraban ligeramente incómodos sin saber qué decir.

—Mira, este es Bato –murmuró Rodolphus. Su escarbato había acudido con curiosidad para ver quién era el recién llegado— Es mi compañero escarbato.

Rabastan apenas le dirigió una mirada. Le resultaba surrealista algo tan mundano como que su hermano hubiese adoptado a un escarbato mientras el moría en prisión creyendo que no existía nada más. No culpaba a Rodolphus, ambos lo sabían: se alegraba de que su hermano pequeño se hubiese librado de aquello y estaba seguro de que había hecho todo lo posible por ayudarlo. Y lo había logrado al fin. De eso Rabastan no dijo nada porque su cerebro apenas lo procesó. Sin embargo, de repente, su voz rasposa y rota perturbó el silencio:

—Mi varita cayó en mi celda, me golpeó la cabeza. Creí que era otra pesadilla, pero llevaba la nota… No podía moverme… Pero algo me pellizcó el cuello, me hizo daño y eso lo hizo más real. Me costó tres intentos, pero me aparecí donde la nota decía.

Habló con voz gutural sin dirigirse a nadie en concreto. Sirius dedujo que viendo su parálisis, Bellatrix-cuervo le había picoteado el cuello para hacerlo reaccionar.

—Ha sido Bellatrix –respondió Rodolphus al momento, aliviado de escuchar su voz por fin—. Ella te ha sacado de ahí. No sé cómo, pero ha cumplido su palabra.

La respuesta fue un gruñido, que confirmaba que Rabastan le había entendido. Cuando terminó con la última manzana de la mesa, se levantó. Rodolphus le dio su equipaje, le explicó a dónde se marchaba y le prometió visitarle cuando dejase de ser peligroso. Nadie sabía cuándo sucedería eso.

—Recuerda visitar a la sanadora, tienes su tarjeta junto al dinero –insistió Rodolphus acompañándolo a la puerta—. Y tienes el cuaderno bidireccional para escribirme, así podré saber que estás bien.

Su hermano asintió y se dieron otro abrazo de despedida. Por último, Rabastan miró a Sirius y le dijo en un susurro ahogado:

—Dile a Bellatrix que… gracias, muchas gracias.

Sirius asintió.

—No vuelvas con Él, Rod, es preferible la muerte.

Eso fue lo último que Rabastan le dijo a su hermano antes de que el traslador se activase y lo llevase a la isla caribeña de San Martín. Sin decir nada, Rodolphus y Sirius volvieron a entrar en la mansión. El pequeño de los Lestrange desapareció a sus habitaciones, Sirius sospechó que para llorar e intentar apaciguar sus emociones.

—Ven, enanito, vamos a dar una vuelta.

Raspy le acompañó al momento y vagaron juntos por el jardín (que por supuesto entraba dentro de la zona protegida). Era una noche nublada, apenas se distinguía la luna. Se oía cantar a las cigarras y una leve brisa removía la melena de Sirius. Se distrajeron hasta que se escuchó el leve "crack" que anunciaba una aparición. Raspy fue el primero en llegar hasta Bellatrix y Sirius lo hizo una décima de segundo después.

—¡Gracias a Godric! –exclamó abrazándola— ¡Menos mal que estás bien!

Bellatrix le abrazó con fuerza y no respondió.

—Estás bien, ¿verdad, peque? –le preguntó Sirius separándose con dificultad porque su mujer no le soltaba.

La examinó y físicamente estaba intacta. Sin embargo parecía muy cansada y su rostro lucía inusualmente sombrío. Su primo iba a seguir preguntándole, pero entonces apareció Rodolphus como una exhalación. La abrazó con tal fuerza que la expresión de Bellatrix pasó a ser de ligero temor.

—Vale, ya está –ordenó Sirius unos segundos después—. Suelta a mi mujer, Lestrange.

Le costó un poco, pero al final liberó a Bellatrix. Le dio las gracias de tantas formas y en tantos idiomas que los Black empezaron a sentirse violentos. Entraron los tres al comedor, Rodolphus avisó a Ruffy para que sirviera más comida, pero la bruja murmuró que no tenía hambre.

—Trae una leche caliente y un trozo de bizcocho –le pidió Sirius sabiendo que eso a Bellatrix le gustaba porque le recordaba a su vida en Durbuy.

Rodolphus no pudo aguantar más y le preguntó cómo lo había logrado. También quiso saber cuánto tardarían en darse cuenta de la desaparición.

—He llegado a Azkaban, he sorteado a los dementores… Hay muchísimos –susurró Bellatrix sintiendo un escalofrío.

—¿No has invocado un patronus? –preguntó Sirius.

—Si lo hubiese hecho, hubieran sabido que ahí había un mago. No pueden verlo, pero sí sentirlo.

Su marido asintió y empezó a entender por qué Bellatrix no se encontraba bien. Rodolphus no preguntó cómo había llegado. Debió imaginar que con escoba o tal vez juzgó más sabio no preguntar.

—He arrojado la varita dentro de la celda de Rabastan y he esperado a que se marchara. Cuando lo ha hecho… he bajado a la isla. He desenterrado con magia al hombre que murió ayer y lo he aparecido dentro de la celda.

Ambos magos sintieron un escalofrío, aunque también admiraron su inteligencia.

—¿Sabes aparecer a una persona sin viajar con ella? –preguntó Rodolphus.

—No. Sé aparecer cualquier objeto inerte –respondió Bellatrix con desinterés.

Los dos magos no escucharon su explicación de que se trataba de un accio invertido que se estudiaba en sexto de Encantamientos. Se quedaron en el tema grotesco de teletransportar a un muerto.

—No lo buscarán entonces… —dedujo Sirius— Los dementores no distinguen un cadáver de otro, pensarán que el ocupante de esa celda ha muerto y lo enterrarán de nuevo en la isla.

Bellatrix asintió, ese era su plan. En ese momento, el elfo trajo la comida solicitada y la bruja dio un sorbo a la leche mientras mordisqueaba el bizcocho.

—Supongo que mañana o pasado vendrán del Ministerio a darte la noticia de su muerte –le comentó a Rodolphus—. Tienes que convencerlos.

—Llevo años preparándome para recibir esa noticia. Tranquila, sabré actuar –murmuró él.

—No solo eso, aprovecha la situación –apuntó Bellatrix mojando el bizcocho en la leche—: puedes empezar mostrando dolor… pero conviértelo en rabia. Diles que han matado a tu hermano y a ti llevan años utilizándote y culpándote de un crimen que no cometiste. Amenázalos con demandarlos, oblígalos a publicar la noticia de tu inocencia en toda la prensa. Así podrás volver a vivir con normalidad y dejarán de vigilarte.

Rodolphus asintió desde el principio, aumentando la intensidad y la sonrisa de su rostro con cada frase.

—Lo haré, descuida –aseguró acariciando a Bato—. Rabia nos sobra… ¿verdad, bebé precioso?

—Sí, chalado de mi alma —respondió Sirius incapaz de morderse la lengua.

Rodolphus le dirigió una mirada de desprecio y pronto se retiró a sus habitaciones con su escarbato. Tenía mucho que procesar y los Black deseaban intimidad.