Los Black subieron a su dormitorio y Sirius volvió a contemplar a su mujer. La abrazó y notó que temblaba ligeramente.
—Estás helada… Ven, vamos a darnos un baño.
Llenó el enorme jacuzzi del cuarto de baño y se metieron los dos. Bellatrix se sentó en el regazo de Sirius, él la abrazó y ella cerró los ojos disfrutando del agua caliente y la compañía.
—Es por los dementores, ¿verdad? –preguntó Sirius al rato.
Su mujer asintió.
—Es una sensación horrible… Como si ya nunca más fueses a ser feliz, como si te ahogaras y agonizaras sin poder llegar a morir, de una forma silenciosa. Prefiero recibir un crucio que convivir con esos bichos. Además son grotescos, dan mucho asco.
—Si lo dice la que llamaba "mi sirpiente pequeñita" a una pitón de diez metros, será verdad… —comentó Sirius divertido.
Bellatrix sonrió al recordar sus aventuras en el bosque de Durbuy.
—¿Y lo de desenterrar el cadáver?
—Eso ha ido rápido, no es el primero ni el décimo que desentierro –comentó Bellatrix con desinterés—. Cuando trabajé para Voldemort tuve que ponerme creativa para no asesinar.
—Vale… Eso no es nada siniestro… Oye, a mí que me incineren, ¿eh? No quiero que nadie reutilice mi sexy cadáver.
—Que tonto eres –suspiró Bellatrix sonriendo por fin.
Estuvieron unos minutos más en silencio, observando como la espuma de colores se fundía en pequeñas burbujas. Al final Sirius dijo algo que llevaba rato reuniendo valor para reconocer:
—Tenías razón, Bella, Azkaban es inhumano.
Ya lo sabían, ambos lo sabían y siempre habían coincidido en ello. Pero esa fue la forma en que Sirius aceptó por fin que hubiese liberado a Rabastan. Tras verlo en persona, confirmó que probablemente los Longbottom estaban en mejores condiciones. Aunque se recuperase físicamente, el mayor de los Lestrange tendría secuelas físicas y psicológicas hasta el fin de sus días. Y tampoco era del todo libre porque pronto estaría muerto para el mundo. Eso a Sirius le parecía justo.
—Solo de imaginar que nosotros podríamos haber sido sus compañeros de celda y acabar como él…
—No creo que tú y yo hubiésemos acabado tan mal como Rabastan –meditó Bellatrix—. Quizá físicamente sí, pero mentalmente… Él no le tenía tanta fe a Voldemort, no tenía una motivación, un pensamiento obsesivo que irónicamente conservara su cordura. De haber sido mortífaga, a mí me habría salvado la obsesión con Voldemort y a ti vengarte de la rata. Eso nos habría mantenido alerta y no nos hubiésemos quedado atrapados en nuestras propias cabezas.
—Mmm… Quizá tengas razón, pero es igualmente inquietante. Estamos mucho mejor en este jacuzzi de lujo –comentó Sirius abrazándola más fuerte.
—Menudo cambio… —convino Bellatrix— En nuestra casa de Durbuy ni siquiera cabíamos los dos en la ducha.
Su marido asintió entre divertido y nostálgico. Cuando el agua se enfrió, salieron y se pusieron sus pijamas. Se acostaron con Raspy en la enorme cama y conversaron en voz baja antes de dormir; a ambos les encantaba ese rato. Sirius le contó la visita de Rabastan y el último consejo que le dio a su hermano.
—No hacía falta que se lo dijera, Rodolphus no volvería con Voldemort por su propia voluntad –aseguró Bellatrix—. Después de estos años de ver cómo ha permitido que sus más fieles se pudran en Azkaban… Nadie va a jugarse la vida por alguien que trata así a sus partidarios.
Sirius asintió, tenía razón.
—Lo que verdaderamente me preocupa es la salud mental de Lestrange ahora que le toca la separación…
—Rod estará perfectamente –aseguró Bellatrix—, sabe que su hermano está fuera, eso es un alivio enorme para él.
—No hablaba de Rabastan, me refiero a que Bato ya ha cumplido el primer mes. Debe llevarlo al bosque para que pueda elegir si quiere vivir con sus congéneres.
—No me acordaba… —murmuró Bellatrix— Supongo que le elegirá a él…
—Con ese pequeño delincuente nunca se sabe.
—Como lo abandone, Rod se intentará ahogar en la bañera.
—Qué lástima, será una gran pérdida –comentó Sirius con desinterés.
Bellatrix sonrió en la oscuridad por su falta de empatía. No obstante, el momento de liberar a Bato tenía que esperar. Pasaron el día siguiente en un alto estado de tensión, esperando la visita de los oficiales del Ministerio, durante la cual los Black se esconderían. Toda precaución era poca. No obstante, no hubo visita ni carta ni conferencia por la red flu.
—¿No se habrán enterado de la muerte? –inquirió Rodolphus por la noche.
—Sí, los dementores habrán sentido que no había vida en cuanto hayan entrado a dejarle la comida a la celda… —murmuró Bellatrix.
—Igual tardan en comunicarlo al Ministerio –aventuró Rodolphus.
—O igual lo han comunicado, pero en el Ministerio son tan cobardes que no saben cómo dar la noticia –elucubró Sirius.
Los otros dos convinieron en que esa era la opción más probable. El anuncio llegó a primera hora de la mañana siguiente. Eran las nueve y nadie había despertado en la mansión (no tenían gran cosa que hacer, por tanto consideraban madrugar un absurdo), cuando uno de los hechizos de protección los alertó de que alguien accedía a la verja de entrada. Rodolphus mandó a su elfo a abrir y él subió corriendo a la habitación de Bellatrix. Los Black acababan de despertar y ya tenían las varitas en la mano.
—Quedaos a Bato por si sucede algo –murmuró nervioso pasándole a Sirius al escarbato todavía dormido—. Os avisaré cuando se hayan ido.
Los dos asintieron. Sirius acostó a Bato en la cama, junto a Raspy que dormía sobre la almohada de Bellatrix, y mientras ella ejecutó un maleficio que eliminó la puerta de su habitación. Desde el pasillo solo se vería un muro exacto al resto, sin ninguna muesca. Por supuesto la habitación contaba con protecciones para que ningún conjuro detectase su presencia. Cuando lo aseguraron todo, Sirius se sentó en la cama acariciando a Bato y Bellatrix empezó a dar vueltas intranquila.
—No creo que pasen del recibidor, ¿no? –supuso Sirius— Para notificarle el fallecimiento de su hermano no necesitan recorrer la casa…
—Hombre, si Rod planea montarles el drama, como mínimo tendrá que pasarlos al salón… —murmuró Bellatrix— Pero desde luego si revisan algo más, es porque no se fían. Quiero creer que no ha habido ningún problema con Rabastan ni con el cadáver…
—Seguro que no, saldrá todo bien –la reconfortó Sirius.
—Eso espero –susurró su mujer intranquila.
El mago asintió y se quedaron en silencio. Pasaron los minutos y no sucedía nada, estaban tan nerviosos que no eran capaces de intercambiar más de dos frases. Aquella calma tensa solo se perturbó cuando Bato despertó. Lo hizo con sumo sigilo, intentando no alertar a los dos humanos para así poder robarles las joyas. Bellatrix y Sirius estaban tan abstraídos en sus pensamientos que no se percataron. Solo cuando Raspy tocó con la pata a Bellatrix y le señaló a su congénere dentro de su bolso, reaccionaron.
—¡Pero si estaba dormido! –exclamó Bellatrix atrayéndolo con un accio.
—¡Es que no descansa nunca! –protestó Sirius— No descartes que siga dormido y esté robando en sueños.
Bato estaba bien despierto… y muy indignado porque le obligaron a devolver su botín.
—Ha robado hasta las piedras de sirena… —murmuró la bruja.
Apenas habían deshecho el equipaje pues no pensaban quedarse en Inglaterra mucho tiempo, pero de momento no tenían otro plan. Observaron con añoranza aquellas piedras de colores brillantes. En esos momentos parecían un abalorio completamente insignificante; meses atrás suponían la garantía de poder hacer la compra semanal.
—Es mejor ser rico –murmuró Bellatrix—, pero entonces las cosas pierden su valor.
—Mmm… No es tanto que lo pierdan, sino que el valor cambia.
Ahora esas piedras eran un traslador mental a sus días felices y agotadores en Durbuy. De vez en cuando se preguntaban qué habría sido de Rose, Nellie y Theo, pero cada vez menos, cada vez los recuerdos se diluían más.
—¿Tienes algún libro aquí para distraernos? –preguntó Sirius optando por romper el momento melancólico— Alguno que no sea de magia avanzada para psicópatas, me refiero.
Bellatrix puso los ojos en blanco y se dirigió a la estantería. Como predijo su marido, eran todos manuales de magia avanzada, con la excepción de los libros muggles que recibió de regalos anónimos en Hogwarts. Sonrió al ver el de Medea, que le dio nombre a su alter ego en el club de duelo. Lo extrajo con cuidado y se lo arrojó a Sirius. Este no llegó a atraparlo, el libro cayó sobre la cama porque en ese momento la pared empezó a temblar. Sirius miró a Bellatrix desconcertado, pero ella murmuró:
—Es Rod, es la señal de que se han ido… pero saca tu varita por si acaso.
Su marido asintió. Comprobaron aliviados que, en efecto, se trataba del dueño de la casa.
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido? –inquirió Sirius al punto.
—Pues… No sé si… ¡Hola, mi rey! ¿Qué tal ha dormido lo más bonito de la casa? Siento no haber estado cuando has despertado. ¿Has desayunado ya o…?
—¡Rodolphus, por favor! –explotó Bellatrix— ¡Que nuestras vidas dependen de esto, céntrate!
El mago miró a la bruja entre dolido y avergonzado sin dejar de acariciar a Bato. Sacó discretamente unas raíces frescas y se las dio de desayuno mientras relataba lo sucedido:
—Ha venido el propio ministro de magia, Cornelius Fudge, lo acaban de nombrar. Además estaban la Jefa del Departamento de Seguridad Mágica y el Director de Azkaban.
—¿Tanta gente para notificar algo que, por desgracia, ocurre cada semana? –inquirió Sirius.
—Creo que en este caso sabían que las circunstancias eran extraordinarias –respondió Rodolphus—. Tened en cuenta que a mí me tienen controlado y me han hecho pasar por culpable siendo inocente a cambio de (presuntamente) reducir la condena de mi hermano… Son conscientes de que la situación les ha explotado en la cara.
—¿Cómo lo han enfocado? –preguntó Bellatrix.
—Con mucha educación, casi con temor. No querían ni pasar, deseaban ser rápidos… así que por supuesto les he hecho sentarse en el salón. Los dementores les habían comunicado el fallecimiento de mi hermano y me han dicho que, aunque fuese un desalmado criminal, lamentaban mi sufrimiento. Me ha faltado tiempo para responder que la mayor parte de ese sufrimiento me lo han causado ellos. Ahí se han mirado de reojo. Se habían preparado la intervención a conciencia para evitar ese momento… pero por Salazar que lo han vivido.
Los Black sonrieron inconscientemente. Por lo general, odiaban a cualquier alto cargo del Ministerio y disfrutaban sabiendo que habían pasado vergüenza.
—Les he dicho que he perdido siete años de mi vida aquí encerrado, en completa soledad, para que el mundo creyese que estaba en Azkaban y tú vinieras a salvarme. Les he dicho que vaya plan ridículo y que vaya cerebro de troll tenía su ideólogo, puesto que a ti hace una década que no se te ve un pelo por Inglaterra. ¡Y encima tú tampoco eres culpable de lo de los Longbottom y lo saben! Lo han retorcido todo y lo único que han conseguido ha sido gangrenarse los genitales.
—¡Júrame que les has dicho eso! –rogó Sirius mirándolo con renovado respeto.
—Con esas mismas palabras. Y esa ha sido la parte suave. He hecho una pausa y cuando han intentando intervenir para justificarse, he comenzado con lo de "¡Y encima habéis matado a mi hermano, bastardos insensibles!". Les he amenazado con demandarlos, con hablar con la prensa internacional… He gritado, he llorado, he tenido un ataque de risa muy propio de un psicópata… Fudge ha estado a nada de dimitir, ha balbuceado cinco veces que él era nuevo en el cargo y no sabía nada.
—O sea, que se lo han creído.
—¿Cómo que se lo han creído? ¡Es que es verdad, Bella, es lo que han hecho! –exclamó Rodolphus.
—Cierto –respondió ella de inmediato—, tienes toda la razón, son basura infecta.
—¿Y qué te han dicho? ¿Van a hacer algo? –preguntó Sirius.
—Me han dicho que van a publicar un reportaje exonerándome de todo, contando que el Ministro anterior me obligó a hacer el trato (lo usarán de chivo expiatorio). También me indemnizarán con algunos miles de galeones y me han prometido revisar las condiciones de vida en Azkaban.
—Eso último fijo que no lo hacen –aseveró Sirius.
—No, seguro que no, pero con que hagan lo otro, me conformo. Por supuesto han retirado toda la vigilancia sobre mi casa y mi persona y se han arrastrado como gusarajos.
Los Black lo felicitaron por su actuación, aliviados de que hubiese salido bien y de que esa mansión resultase todavía más segura. Después, bajaron a desayunar y trataron el tema verdaderamente peliagudo:
—Rod… Bato ya sabe cavar madrigueras y sobrevivir bajo tierra… Es el momento…
Rodolphus apartó la vista en cuanto comprendió de qué hablaba. Él sabía de sobra que había llegado el momento, pero aún así dolía igual.
—Seguro que te elige a ti –le animó Bellatrix—, pero debes hacerlo, por su bien y por no arrepentirte.
—En cualquier caso elegirá lo que le haga más feliz –murmuró Sirius— y tú quieres que tu rey sea feliz, ¿verdad?
De mala gana, Rodolphus tuvo que asentir mientras miraba a Bato intentar arrancar la pata dorada de una silla. Postergó el asunto dos días; dos días que pasó sin separarse un segundo de su pequeño escarbato. Al tercero, supo que no podía postergarlo más.
—He elegido el bosque más bonito del condado, creo que le gustará… —susurró mientras se ponía el abrigo.
Los Black se despidieron de ambos y se quedaron en casa, ellos no podían salir. No habían pasado ni diez minutos cuando la puerta de casa se abrió y vieron entrar a Bato con expresión furibunda. Eran muy hábiles distinguiendo las emociones de los escarbatos. Despareció por los pasillos ignorando incluso a Raspy, que quería jugar, y dos minutos después apareció Rodolphus corriendo y jadeando.
—¿Qué ha pasado? –inquirió Bellatrix.
—¡Que sois imbéciles! –le espetó Rodolphus— Tanto casaros entre primos, qué cabía esperar…
—¡Tus abuelos eran hermanos! –bramó la bruja airada.
—¡Menuda idea estúpida la vuestra! –masculló Rodolphus ignorándola— ¡Bato cree que he tratado de abandonarlo y se ha enfadado! ¡No quiere ni hablarme!
—Pero si él no hab… —empezó Sirius.
—¡Es un escarbato de ciudad, no le gustan los bosques! ¡Odia la naturaleza, todo está sucio y no hay objetos brillantes!
—Bueno, ahora ya lo sabemos –murmuró Bellatrix—. Se ha quedado contigo, es lo importante, ¿no?
La respuesta de Rodolphus fue un bufido y desapareció en busca de su escarbato para seguir disculpándose.
—Creo que nuestra cordura se va a ver aún más mermada si seguimos permaneciendo en esta casa –apuntó Sirius sacudiendo la cabeza.
Su mujer asintió completamente de acuerdo. Esa misma mañana, por fin, llegó el ejemplar del Profeta que esperaban. El titular era: "Rodolphus Lestrange, víctima de una conspiración". Para sorpresa de los Black, el subtitulo rezaba: "No participó en la tortura de los Lestrange, como tampoco lo hizo Bellatrix Black". El cuerpo de la noticia contaba lo que ya previeron: inculparon al ministro anterior de obligar a Rodolphus a quedar como culpable ante el mundo para atraer a Bellatrix y que esta los llevase a su primo (al que sí seguían considerando un peligroso asesino). Admitían que ninguno de los dos participó en la famosa tortura y que no constaba ningún crimen cometido por ellos durante los años previos.
—No quise decirte nada por si no lo hacían, fue lo que más me costó negociar –confesó Rodolphus—, pero exigí que publicaran también tu inocencia (y que pusieran bien tu apellido). Te culpan de otros crímenes mientras estuviste con Voldemort, pero de esos no tienen pruebas y el más grave era este. Lo mismo les pasó conmigo: antes de ofrecerme el trato, quisieron hacerme chantaje, pero les mostré el recuerdo de cómo Voldemort me obligó a unirme bajo amenazas de torturar a Rab. Perdonaron a Malfoy por mucho menos… Probablemente si vieran que tú ni siquiera tienes la marca, Bella, quedarías libre del todo.
—Es un movimiento demasiado arriesgado, seguro que siguen pensando que puedo llevarles hasta Sirius –respondió Bellatrix—. Con esto me vale de momento, gracias Rod.
—Gracias a ti. Y ahora, disculpad, tengo un asunto pendiente –murmuró sacando de su bolsillo una cadenita de oro con el nombre de "Bato" grabado.
Los Black se miraron y sonrieron. Estaban un paso más cerca de la libertad.
