—No me lo puedo creer… —murmuró Bellatrix contemplando la prensa mágica internacional repartida por la mesa.
En todos los periódicos había al menos una columna que informaba de la inocencia de Rodolphus y Bellatrix en la tortura de los Longbottom. No obstante, no anulaban la orden de busca y captura internacional que pesaba sobre ella: seguían deseando interrogarla sobre varios crímenes y comentaban que podía estar aliada con su primo.
—Sigues casada con un asesino múltiple… —murmuró Sirius con una sonrisa triste.
—Y eso es lo que más me pone de ti –respondió ella besándolo.
Se distrajeron así, haciendo el amor en el salón. Últimamente podían hacerlo en cualquier habitación sin riesgo a ser descubiertos: Rodolphus logró tras varios días el perdón de Bato y, como por fin era un hombre libre, había decidido enseñarle el mundo. Salían al alba cada mañana y visitaban las ciudades de Inglaterra, comían en los mejores restaurantes, iban a espectáculos, al quidditch… Los Black pensaban que estaba perdiendo la cabeza; lo pensaban mientras le ponían a Raspy su jersey de estrellitas y le hacían reportajes fotográficos.
No le habían preguntado por Rabastan, era un pacto implícito: no deseaban saber nada más de él, como si aquello no hubiese sucedido. No obstante, por el buen humor de Rodolphus deducían que hablaba con él por el cuaderno bidireccional y probablemente estaría mejorando.
—O al menos eso le dirá Rabastan, que se encuentra mejor y cada vez tiene menos pesadillas –aventuró Sirius—. Mentirá si hace falta para que su hermano pequeño se quede tranquilo.
Bellatrix asintió.
—Supongo que irá a visitarlo en Navidad, cuando no resulte sospechoso. Ya no le vigila nadie, pero mejor no llamar la atención. Un paso en falso y caemos todos.
—Sí y además Rabastan necesitará estar solo –comentó Sirius—. Creo que le será más fácil recuperarse en soledad, necesitará volver a descubrir quién es y qué quiere antes de retomar la relación con su hermano pequeño.
Pocos pensamientos más le dedicaron al Lestrange fugado, tenían asuntos más acuciantes. No paraban de darle vueltas a su futuro, ni siquiera acostumbraban ya comentarlo en voz alta, pues se enrocaban en las mismas conversaciones. La situación había cambiado ligeramente, ahora Bellatrix quizá resultaría menos sospechosa… Empezó a plantearse lo que siempre sugirió Sirius: hablar con Dumbledore. Pero lo descartaba una y otra vez, demasiado arriesgado. "Tal vez si le cuento lo de los horrocruxes, si le muestro los que hemos destruido…" meditaba de forma obsesiva.
—Buenas noches, peque. ¿Dormimos ya? –murmuró Sirius apagando la vela de su mesilla.
—Voy a leer un poco. Duerme tú, Siriusín.
Su marido asintió y cerró los ojos en su lado de la cama. Bellatrix cogió el libro de Medea que dejó sobre su mesilla unos días antes. Lo abrió para disimular, no deseaba leer, sino que su mente siguiera vagando entre posibles soluciones a sus problemas. Y así lo hizo durante largos minutos.
—Sirius, ¡Sirius!
El mago llevaba casi media hora de sueño cuando Bellatrix lo despertó zarandeándolo. Se frotó los ojos somnoliento y le preguntó qué sucedía.
—¿Recuerdas que te conté que en Hogwarts alguien me regalaba libros muggles?
—Sí, te gustó Medea porque es una loca asesina –murmuró Sirius bostezando y confiando en que la conversación fuese a alguna parte.
—Ya sé quién me los enviaba.
Sirius abrió los ojos con repentino interés y se incorporó ligeramente. Bellatrix le mostró el libro abierto por una de las primeras páginas. Había una carta manuscrita y la firmaba Minerva McGonagall. Su marido frunció el ceño desconcertado:
—¿No lo habías visto hasta ahora? ¿No leíste el libro o qué?
—¡Claro que lo leí! –protestó la bruja— Pero es que la historia ya no está, ¡se ha borrado! Mira.
Abrió el libro por la primera página donde se leía el título de la tragedia de Eurípides. Después había un prefacio que servía de introducción a la obra y tras este, un par de páginas en blanco. Donde debería comenzar el primer acto, aparecía una carta manuscrita fechada en septiembre de 1981. Bellatrix pasó las hojas con rapidez para mostrarle que lo siguiente eran tres cartas más escritas en los años sucesivos. La última era del mes anterior. Sirius examinó el libro desconcertado y algo asustado:
—¿Qué conjuro es? ¿Puede localizarnos a través de esto?
—Es un conjuro de transformación experta. Sabiendo que poseo el libro y dándose la circunstancia de que ella lo compró, puede escribir en otro ejemplar exacto y que lo que escriba, se refleje en el mío. No puede localizarlo ni maldecirlo ni nada similar, solo usarlo para comunicarse.
—Vale, ¿y qué dice? –preguntó Sirius muy nervioso.
—No lo sé, lo acabo de ver, estaba tan distraída que apenas he hojeado el prefacio. No abría este libro desde el verano de sexto.
—Muy bien, empieza por la primera, lee en voz alta.
Bellatrix contempló la primera carta, databa de un mes antes de la tragedia de los Potter. Se aclaró la garganta y comenzó a leer con voz temblorosa:
10 de septiembre de 1981
Nunca tuve claro que llegaras siquiera a abrir los libros que te regalé, sospeché que quizá los hacías arder nada más recibirlos. No obstante, dada tu sed de conocimiento, albergué la esperanza de que les echaras un vistazo y los leyeras. Quizá así comprendieras que el arte y la belleza no son patrimonio exclusivo de los magos; los muggles tienen mucho que enseñarnos, pese a que en tu casa te hayan inculcado lo contrario.
La semana pasada quedé con un excompañero del Ministerio, de cuando trabajé en el Departamento de Seguridad Mágica. Le habían mandado a investigar un presunto club de duelo ilegal en el Callejón Knockturn. No lo encontró. Solo localizó un antro inmundo en el que un camarero le caló desde que puso un pie dentro y ya no pudo investigar más. Aún así, escuchó a unos clientes comentar que echaban de menos a la mejor duelista del lugar, una joven bruja llamada Medea que hacía unas semanas que no acudía.
Que esa bruja puedas ser tú, me horripila; algo hemos hecho muy mal para que nuestra alumna más brillante acabe jugándose la vida por un puñado de galeones. Pero, por otro lado y en un acto de profundo egoísmo, que fueses tú implicaría que no solo leíste el libro, sino que incluso te identificaste con él en algún nivel emocional (prefiero no analizar tu elección de personaje). Pensar que todavía lo conservas e incluso lo relees, es por completo descabellado… pero también es la única opción que me queda contigo.
Bellatrix, la guerra está muy mal. Hay muertes cada mes, todo el mundo está sufriendo y el desenlace no será de ninguna forma agradable. Quiero creer que lo que la prensa escribe de ti son rumores y exageraciones. En el Ministerio no tienen pruebas reales y últimamente no se te ha visto en ningún ataque. Por favor, recapacita, haz lo correcto. No soy la única que necesita que estés en el bando correcto, tu primo lo está pasando realmente mal y, aunque no terminarais bien y él lo oculte, está preocupado por ti como el que más.
Ojalá leas esto y ojalá aún estemos a tiempo.
Minerva McGonagall
No había ni saludo ni despedida, quizá porque temía haberla perdido ya del todo y estar hablando con una mortífaga demente. Sirius y Bellatrix se quedaron paralizados unos segundos. La carta no decía nada que no supieran, pero aún así era emocionante en el sentido literal: había revuelto en su interior todo tipo de emociones. Y más sabiendo que estaba fechada tan solo un mes antes de la muerte de los Potter.
—No hubiese cambiado nada aunque lo hubiese leído –murmuró Bellatrix—, hice lo que pude.
—Por supuesto –respondió Sirius.
Tal vez era verdad o quizá leer aquello lo hubiese cambiado todo, pero ya era tarde, así que mejor no lamentarse.
—No sabía que McGonagall trabajó en el Ministerio.
—Sí, cuando terminó el colegio —comentó Sirius—, lo dejó porque no estaba de acuerdo con las políticas discriminatorias y Dumbledore le ofreció el trabajo de profesora al momento.
La respuesta de Bellatrix fue un gruñido. Ella no estaba a favor de exterminar a los muggles, pero las políticas que favorecían a los sangre pura le resultaban muy apropiadas.
—Hay más, ¿no? Lee la siguiente –le pidió Sirius.
Bellatrix lo hizo. Pasó un par de páginas en blanco y llegó a otra misiva con la caligrafía de su antigua profesora. Era dos meses posterior a la primera, justo después de la muerte de los Potter y la tortura de los Longbottom. Ahí quedaba patente que Minerva había perdido toda esperanza. Le recriminaba sus supuestos crímenes y los de su primo, casi podían escuchar sus gritos a través de sus palabras; también la impotencia que la llevó a indignarse con una carta porque no tenía otro objetivo al que dirigir su rabia. Esa fue dura de leer, aun sabiendo que no eran culpables de lo que les acusaba, les dolía ver lo que Minerva había pensado de ellos.
—Siempre fue de echar broncas –sonrió Sirius con tristeza—, no pudo guardárselo dentro ni aun creyendo que jamás lo leerías.
—Aunque lo hubiese leído, siendo culpable me habría provocado mucha risa.
—Mmm… —murmuró su marido meditativo— Eso me hace sospechar que aún así, aún en el peor momento, albergó una pequeña esperanza de que no fuese verdad… O igual no, le damos tantas vueltas a todo que me estoy volviendo paranoico –suspiró Sirius.
Bellatrix asintió completamente de acuerdo, le sucedía lo mismo. Raro era el día que no terminaban con dolor de cabeza.
—¿De cuándo es la siguiente?
Bellatrix la examinó.
—Mayo de 1982 –comentó hojeándola—. ¡Es la respuesta a nuestra carta! La que le enviaste tú explicándole que eras inocente y contándole lo de los horrocruxes. Esta fue la única vía que se le ocurrió para contestar…
—Pero nuestra carta la enviamos el año de antes, las primeras semanas que llegamos a Durbuy… ¿Por qué tardó tanto en responder?
Lo comprendieron al leerla: se demoró tanto porque dedicó ese tiempo a corroborar la existencia de los horrocruxes. No los nombraba específicamente, no podía arriesgarse a que alguien más leyese la carta, pero les decía que había investigado la información que le fue transmitida.
—En todo momento da por hecho que estamos juntos –murmuró Bellatrix—, aunque en la carta pusiste que estabas solo. Es muy inteligente…
—Y me conocía muy bien –añadió Sirius.
Minerva les confirmaba que ella misma se lo sonsacó a Slughorn y averiguó lo de los horrocruxes. Solo entonces se enfrentó a Dumbledore, que también lo reconoció. Lo que no decía –para martirio de los Black— era si le había hablado a alguien de su carta; estaban seguros de que no quería mostrar todas sus bazas, no se fiaba de ellos y no iba a confesarles si el director estaba al tanto de la historia.
—No obstante, viendo que Dumbledore le ocultó lo de los horrocruxes, McGonagall tampoco estaría con ánimo de revelarle mucho –elucubró Bellatrix.
—No, supongo que no.
Lo que decía al final de la carta era que, si de verdad eran inocentes (o si lo era uno de los dos), volvieran a Inglaterra y buscarían ayuda. Aseguraba que huyendo no se conseguía nada y la verdad siempre salía a la luz. No obstante, ni ella misma parecía convencida de que fuesen a hacerle caso… ni de que sus palabras fuesen ciertas.
—Estábamos tan perdidos que, de haber leído esta respuesta, igual lo hubiésemos pensado seriamente –apuntó Sirius.
—Sí, es verdad, quizá habría sido todo más fácil. Pero yo no cambiaría estos siete años ni por todo el oro de Gringotts.
—Yo tampoco, peque, yo tampoco. Tenía que ser así, las cosas suceden cuando deben suceder –aseguró Sirius—. ¿Hay otra carta más?
—La última, de julio, hace un mes. Pero es muy corta…
Al igual que las otras, no llevaba ningún saludo ni encabezamiento cordial. La diferencia era que esa apenas contenía un par de líneas:
Estoy en Durbuy hasta la penúltima semana de agosto. Es terreno neutral. Si de verdad queréis mi ayuda, venid y terminemos con este absurdo. En tu quinto curso confiaste en mí para decidir tu futuro, te pido que lo hagas otra vez.
Minerva McGonagall
Bellatrix se quedó en silencio, inmóvil, tanto que a Sirius le dio reparo hablar. Dejó pasar unos minutos hasta hacer la pregunta:
—¿A qué se refiere con eso de que te ayudó?
—En quinto año le pedí que me diera la tutoría de orientación profesional, la de Slughorn era un asco y a mí me preocupaba mi futuro. McGonagall me habló de ser magizoóloga y de tratar a los animales con respeto para conseguir ingredientes, fabricar yo misma las pociones… Supongo que me lo recuerda como prueba irrefutable de que es ella, no le conté eso a nadie.
Sirius entrecerró los ojos haciendo memoria.
—¿El folleto que me enseñaste cuando llegamos a Durbuy con el que me explicaste lo que haríamos en el bosque?
—Sí, es uno de los que me dio. Los guardé todos y siempre he tenido presente lo que me dijo.
Sirius no le pidió más datos, entendió que era algo íntimo e importante, un momento que debía quedarse entre las dos brujas.
—Con el carácter que tenías (y tienes), Minnie tuvo que ver lo importante que era eso para ti y el acto de confianza hacia ella que suponía. Estoy seguro de que nunca ha olvidado esa tutoría y así lo demuestra.
Bellatrix no respondió, pero asintió en un leve movimiento. No hablaron más, se tumbaron de nuevo en la cama, solo que esta vez sin atisbo de sueño.
—A ver, la pregunta obvia –suspiró Sirius media hora después—: ¿Es sincera o es una trampa?
—Ni puñetera idea –masculló Bellatrix.
Sirius invocó un calendario y comprobó las fechas. Estaban a mitad de agosto.
—Es la semana que viene, es la penúltima. Tenemos unos cinco días para decidir.
La bruja asintió y al rato le preguntó qué deseaba hacer él.
—No lo sé. Estoy desesperado por solucionar esto, por avanzar algo. Ya no digo encontrar a Voldemort o a la rata, sino desencallar de este punto.
—Claro… Pero Minerva es muy inteligente…
—Exacto. Sabrá que conforme pasan los años, aumenta la desesperación y la sensación de impunidad y los fugitivos se vuelven más imprudentes. Sabe que ahora es más fácil que aceptemos una cita así que hace siete años.
Ambos pensaban igual, no les sorprendía el hilo de pensamiento del otro porque lo compartían.
—Hombre… —murmuró Sirius— Ha cambiado algo: habrá leído en la prensa que tú eres inocente.
—¿Tú crees que le llegará El Profeta a Durbuy? –preguntó Bellatrix— Ya sabes que en Bélgica censuran cualquier noticia de Inglaterra.
—Igual El Profeta no, pero ten por seguro que estará al día. Dumbledore o quien sea de la Orden le mandará cartas, se lo habrán contado seguro. Saben que Voldemort regresará, estarán alerta.
—Tienes razón. Aún así me sigue dando miedo, es jugárnoslo todo a una carta… Y a la carta de la confianza, que siempre es la peor; no como la del crucio que nunca falla.
Sirius negó con la cabeza con una suave sonrisa.
—La carta de la confianza fue la que te llevó a salvarme, Bella.
La bruja optó por ignorar esa parte que invalidaba su argumento. Repentinamente Sirius tuvo una idea:
—¿Podrías contestarle? Si escribimos en el libro, ¿le llegará a ella?
—Mmm… No lo sé. A ver, sí que podríamos encontrar la forma de contestar, pero ¿con qué propósito? Podríamos preguntarle si estará sola, si lo sabe Dumbledore… La cuestión es si la respuesta a eso (que tampoco sabremos si es verdadera) compensa lo suficiente como para renunciar al factor sorpresa.
—¿Te refieres en caso de que vayamos?
—Sí. No creo que ella piense que conservo este libro ni mucho menos que hemos leído sus cartas. No nos esperará ahí, al menos no con demasiada fe. Si le respondemos sí que estará completamente alerta y prevenida.
—Tienes razón. Lo descartamos.
—Además… Si vamos por sorpresa, tenemos una baza a nuestro favor, ahora sabemos algo que le importa: la abuela de Rose es su familia y no creo que nos cueste mucho acceder a ella.
—Bella, no vas a amenazar a su familia –sentenció Sirius.
—Ten por seguro que lo haré si ella amenaza a la mía. Y si tengo que torturar o matar, lo haré sin pestañear.
Sirius sentía escalofríos las veces en que la escuchaba hablar con esa mezcla de crueldad y serenidad. Era la parte mortífaga que siempre habitó en Bellatrix —sin necesidad de ninguna marca— y nunca moriría. Pero, a la vez, era lo que le hacía sentirse tremendamente protegido. A la mañana siguiente, tras meditarlo toda la noche, le dio su respuesta:
—Lo que tú quieras, Bella, yo confío en ti. Si crees que yendo a Durbuy podemos avanzar algo, vamos. Si no, buscamos la forma de contestar a Minerva y le pedimos pruebas de su buena voluntad o lo que se nos ocurra…
Su mujer asintió lentamente, pensativa. Estaban en el jardín, observando a Raspy y a Bato escarbar juntos. Rodolphus había quedado con unos antiguos compañeros de clase para intentar, poco a poco, recuperar su vida.
—Sé que es absurdo –murmuró Bellatrix lentamente—, pero siento que en Durbuy no nos puede pasar nada grave. Siento que es nuestro hogar y que ahí controlamos la situación mejor que aquí. Si sucediera algo malo, alguna trampa… es como si… como si… —repitió intentando buscar la forma de expresarlo.
—¿Cómo si el propio lugar fuese a protegernos? –completó Sirius.
—Eso es –respondió Bellatrix aliviada porque su marido, lejos de considerar absurdas sus ideas, sabía comprenderlas sin necesidad de palabras.
—Entonces decidido, volvemos a Durbuy –sentenció Sirius exteriorizando con su tono la ilusión y el miedo que a ambos les inspiraba esa idea.
