Nota: Muchas gracias a quienes leéis y comentáis esta historia, es un poco diferente a mis otros Bellarius y me hace muy feliz llegar al capítulo 40. Siempre respondo a los comentarios por mensaje privado, a no ser que comentéis en anónimo, que no se puede, pero en ambos casos siempre me alegra mucho leeros. Esta semana estoy enferma, siento si hay algún fallo en el cap, igual he escrito Boldemort y se me ha pasado jaja. ¡Os adoro!
Pese a haber tomado la resolución de volver a Bélgica, los Black no partieron de inmediato. De hecho, cambiaron de opinión varias veces a lo largo del día. Dos días después, lentamente, empezaron a guardar en el bolso de Bellatrix lo poco que habían sacado durante esas semanas.
—Rod, te alegrará saber que por fin te libras de nosotros –le informó Bellatrix.
—¿Eh? ¿Cómo? –preguntó el mago que estaba leyendo un libro junto a la chimenea del salón.
—Nos vamos ya, tenemos que ir a otro sitio.
—Ah… Ya… De acuerdo, claro –respondió Rodolphus.
Pese al odio y la tensión con la que retomaron la relación, el mago se había sentido mucho más acompañado y seguro con los Black. Había tenido compañeros con los que hablar, habían liberado a su hermano Rabastan e incluso le habían conseguido un compañero. Era feliz y no habría sido posible sin Bellatrix y Sirius.
—No te quedas solo, ahora tienes a tu hijo –comentó Bellatrix señalando al escarbato que dormitaba sobre su hombro con la cabeza colgando. A Bato le gustaba dormir en posiciones extrañas.
—Es verdad –sonrió Rodolphus—, pero… ¿volveréis?
—De momento no.
Eso también lo habían debatido y llegaron a la conclusión de que, una vez abandonado un escondite, era mejor no volver, salvo fuerza de causa mayor. Tras todos aquellos años, seguían conservando la reserva de mil galeones que Bellatrix guardó por si en algún momento debían huir. Ahora que McGonagall los había localizado, tras la breve visita a Durbuy, huirían a América. Era lo más seguro, aunque desde otro continente les resultase más complicado investigar a Voldemort.
—De acuerdo, pero tenéis que venir de visita, Batito se pondrá triste si no ve a Raspy en mucho tiempo…
—Estoy segura de que si Batito se pone triste, su dueño le comprará una tiara con joyas para que se le pase el disgusto –se burló la bruja.
—Nah, ya tiene tres tiaras… ¡Le compraré un bastón de oro para que parezca un aristócrata!
Los dos antiguos amigos rieron juntos y Bellatrix le prometió que encontrarían la forma de visitarlos. Cuando ella ya daba por terminada la conversación, Rodolphus la llamó de nuevo:
—Un momento, Bella. Hay algo que quiero decirte…
Ella asintió. El mago parecía bastante nervioso y quizá avergonzado.
—Yo quería… quería disculparme por lo que te dije el primer día. Estaba enfadado y quería hacerte daño, pero no pienso nada de lo que te dije. Estás preciosa, más que nunca; lo cual me da rabia porque significa que el imbécil ese te ha cuidado muy bien… aunque también me hace feliz que seas feliz. Debí haberme puesto de tu parte y no de la de mis padres, sabiendo que tú no querías casarte… conmigo. Así que eso… lo siento y quiero que seas feliz.
—Gracias, Rod –respondió Bellatrix con una pequeña sonrisa—, no te preocupes. Yo también siento que acabara todo tan mal. No… no quise abandonarte, pero creo que llevarte con nosotros habría sido demasiado raro.
—Sí –coincidió Rodolphus riendo—, prefiero la soledad que aguantaros todo el día… Además, seguro que viviendo sin elfo os moristeis de hambre.
—¡No es verdad! Sirius cocina muy bien.
—Tendré que ir a probarlo… Escríbeme cuando sea seguro, ¿vale?
—Claro, lo haré.
Rodolphus hizo amago de darle un abrazo, pero no era posible hacerlo sin molestar al durmiente Bato, así que se dieron la mano con cariño. Esa noche, los Black salieron al jardín con su equipaje y Rodolphus los acompañó. Se despidió primero de Bellatrix y después de Sirius.
—Cuídala, ¿vale? –le pidió al mago.
—Nah, mi deber es cuidar al resto del mundo –aclaró Sirius—, Bella es lo más temible que existe.
Rodolphus sonrió y confirmó que tenía razón. Como tenía a Bato en sus brazos, Sirius aprovechó para despedirse también:
—Adiós, pequeño delincuente –le dijo estrechando su patita—. Cuando te eche de menos, me comeré la sopa con tenedor y beberé en cuencos, así será como si estuvieses ahí robándonos la cubertería.
Bato profirió un sonido adorable y después bajó al suelo. Raspy se acercó a él, sacó de su bolsa un manojo de sus raíces favoritas y se las ofreció como regalo de despedida. Bato las aceptó y a cambió le entregó unas monedas de oro que había robado ese día. Los tres magos los miraban embelesados.
—¡Qué bien los hemos criado! –exclamó Sirius.
—¡Qué adorables son! –se le sumó Bella.
—¡Los he incluido en el tapiz de los Lestrange! –informó Rodolphus alegremente.
A Bellatrix aquello le pareció una gran idea; lástima no tener a mano el de los Black... Finalmente recogieron a Raspy y el traslador se volvió a activar llevándolos a Durbuy.
Aparecieron junto a su casa, en frente el bosque. A ambos se les hizo un nudo en la garganta que nada tenía que ver con la aparición. No habían pasado ni tres meses, pero aún así parecía un regreso a otra vida. Les costó procesar las emociones, pero finalmente entraron a casa; al menos los adultos, Raspy partió de inmediato al bosque para saludar a su tropa.
—Está todo igual, nadie ha estado aquí –confirmó Sirius después de examinar cada estancia de la casita.
—Por supuesto, los maleficios siguen activos. Te dije que nadie la encontraría.
Ambos respiraron aliviados. Bellatrix se acercó a la ventana y observó a lo lejos la granja de los padres de Eleanor. No había luces encendidas, estarían ya durmiendo.
— Ya estamos aquí… –constató Sirius— ¿Alguna idea de cómo vamos a hacerlo? No creo que sea buena idea plantarnos en casa de la abuela de Rose y preguntar por Minerva.
—No, no podemos arriesgarnos a que sea una trampa. Tampoco sabemos cómo está la situación por aquí, si ha cambiado algo…
—No tenemos mucho tiempo para diseñar una estrategia: según su última carta, Minerva se marcha en dos días.
—Mmm… —murmuró Bellatrix sin apartar la vista de la ventana— Yo probaría primero a hablar con Nellie: saber cómo están las cosas, si Rose le ha contado algo, si ha visto a McGonagall por el pueblo…
—¡Buena idea! –exclamó Sirius— A Nellie no se le escapa ningún cotilleo. Podemos ir por la mañana, cuando esté sola. Quiero creer que Rose mantuvo su palabra, pero también puede ser que su abuela la convenciera o Minerva consiguiera sonsacarle lo que fuera y esté de parte de ellas…
—Sí, yo también lo pienso así. Si siguen como cuando nos fuimos, vivirán las dos juntas en la casa junto a la granja y Rose saldrá a primera hora hacia Durbuy para trabajar en la sastrería.
—Perfecto, podemos ir entonces.
— Creo que… sería mejor que fuese solo yo. No podemos caminar por ahí en nuestras formas humanas, cualquiera podría vernos… y un cuervo es mucho más discreto que un perro gigante. Puedo posarme en cualquier ventana y observar el panorama para ver si puedo arriesgarme a saludar a Nellie.
Sirius alzó una ceja. Era buen plan y tenía sentido, pero él también quería ir, no le gustaba dejar sola a Bellatrix ni quedarse en casa sin hacer nada. Por eso su mujer le ofreció otro plan:
—Tú puedes ir al bosque, ahí un perro desde luego no llama la atención… Llévate el mapa del rastreador para asegurarte de que no hay enemigos. Así las sirenas pueden contarte si hay novedades en la zona, puedes comprobar si ha habido cambios, si las criaturas están bien…
—De acuerdo –decidió Sirius—, es un buen plan.
Pese a estar de nuevo en su casa, apenas pudieron dormir unas horas. Se sentían extraños en aquel lugar tan pequeño, ellos dos solos y en medio de la naturaleza… Antes era su hogar, su refugio seguro; pero cuando McGonagall los descubrió, esa sensación se esfumó. No es que echaran de menos a Rodolphus o a su mansión, pero eran demasiados cambios no programados en poco tiempo. Se levantaron sobre las seis, incapaces de quedarse más tiempo en la cama. Raspy había vuelto de madrugada, visiblemente contento por haberse reencontrado con sus congéneres.
—Voy a preparar algo de desayuno –murmuró Sirius.
Rodolphus había ordenado a su elfo que les empaquetara provisiones y ahora tenían comida como para dos meses. De momento se limitaron al bizcocho, Bellatrix con un vaso de leche y Sirius con un café. Desayunaron en silencio, con el nerviosismo patente en el ambiente. En cuanto terminaron, Bellatrix se acomodó en el asiento de la ventana para vigilar el panorama. Poco después de las siete, soltó un grito ahogado:
—¡Ahí está Rose!
La chica aparecía en la lejanía por el camino que llevaba de la granja a Durbuy. Lucía su expresión habitual entre nerviosa, temerosa y dulce; su melena rubia despeinada y su ropa diseñada por ella misma. Cuando pasó junto a su casa, no dirigió ni una mirada.
—Sale de la granja, eso confirma que sigue con Nellie –murmuró Sirius.
—Eso espero, se iban a casar…
Se quedaron un rato en silencio, observando como la chica desaparecía de su campo de visión.
—Vale, entonces salimos ya, no merece la pena retrasarlo –sentenció Sirius.
Bellatrix asintió, tenía razón. Aunque ahora que llegaba el momento, sentía todavía más nervios, incluso por ver a su mejor amiga muggle que no tenía ni idea de cómo estaría…
—Si sucede algo, nos mandamos un patronus, ¿de acuerdo?
—Sí, buena idea –convino Bellatrix—. Llévate tú a Raspito.
Sirius asintió y los tres salieron de casa. Tardaron unos minutos en avanzar, pues cuando dieran tres pasos abandonarían el perímetro de protección. Pero finalmente comprobaron que no viniese nadie y ambos se transformaron en sus formas animagas. El perro cruzó la carretera hacia el bosque con el escarbato correteando a su lado y el cuervo emprendió el vuelo en dirección a la granja. Aleteó en círculos un par de minutos hasta asegurarse de que Sirius y Raspy habían llegado al bosque sin problemas y después, alcanzó la granja.
Se posó en un árbol próximo a la ventana por la que los padres de Eleanor atendían a los clientes, pero estaba cerrada, no había nadie. Voló entonces sobre los establos y los pastos, los animales parecían seguir en perfectas condiciones, pero Nora y Jack no aparecían por ningún sitio. Se acercó al establo reconvertido en hogar donde vivían Eleanor y Rose, pero las cortinas estaban corridas y no se podía observar el interior.
Tras unos minutos indecisa, a Bellatrix no se le ocurrió nada más que transformarse y comprobarlo. Tenía tal control del proceso, que pudo volver a su forma humana en la misma rama, quedando sentada sin caerse. El árbol era de hoja perenne y tupida, resultaría difícil distinguirla aun siendo humana. Sacó la varita del bolsillo trasero de su pantalón y murmuró:
—Homenum revelio.
Constató que en la granja no había nadie, sin embargo, en la casa anexa había una persona. Justo en ese momento, la puerta se abrió y salió Eleanor. Parecía igual de alegre y despreocupada que siempre y a Bellatrix le dio un vuelco el corazón al verla. No solo a su amiga, sino lo que esta representaba: los grandes momentos que habían disfrutado en Durbuy, la felicidad viviendo solo con lo necesario, el tener por primera vez una amiga de verdad… Sí, todo aquello había sido casi tan importante para ella como estudiar magia. Sin embargo, ahora que la tenía delante se quedó inmóvil. Observó como cerraba la puerta de su casa y entraba a la granja por una puerta lateral.
—Venga, vamos, Bella –se animó a sí misma—, es solo una muggle invasiva y parlanchina.
Bajó del árbol de un salto y llamó a la puerta por la que había visto entrar a su amiga. Tardó unos minutos, pero al final, se abrió.
—¡BELLE! –gritó Eleanor emocionada.
La abrazó antes de que pudiera contestar, con tanta fuerza que Bellatrix casi pierde la respiración. Cuando la soltó, la cogió de las manos y empezó a preguntar a toda velocidad:
—¿Estás bien? ¿Dónde está Thierry? ¿Cómo habéis estado? ¿Por qué os marchasteis sin avisar?
—Espera a que entremos, Nell –sonrió Bellatrix nerviosa.
—Claro, claro, pasa –la invitó Eleanor cerrando la puerta tras ellas.
—Estás sola, ¿verdad? ¿No están tus padres?
—No, esta semana están fuera, de vacaciones en Francia. Me he quedado yo al cargo, aunque ya de normal me ocupo de un montón de cosas. ¡Y ahora cuéntame tú! –exigió Eleanor haciéndola pasar a un pequeño salón— ¿Qué pasó?
—Pues…
Bellatrix no había decidido cómo abordar el asunto. Tenía claro lo que quería saber, pero no cuánto podía contar. No tenía ni idea de qué le habría comentado Rose. Igual lo mejor era ceñirse a la historia que inventaron: la ruta por las comarcas del sur de Bélgica para documentar el segundo libro de Sirius. Por suerte, a la muggle le gustaba hablar, no era difícil sacarle información.
—Eh… ¿Qué te contó Rose? ¿Qué tal está ella?
—Ah, bien, Rose está bien… Aunque un poco rara últimamente, en concreto desde que os marchasteis… Nos contó eso del libro de Thierry, que os habían invitado por los pueblos del sur y era algo repentino y urgente… pero me extrañó que no tuvieras tiempo ni de contárselo a tu más mejor amiga. ¿Qué pasó?
No era fácil mentirle a Eleanor; no porque no se lo fuese a creer (que igual tampoco, esa muggle era muy avispada), sino porque, en el fondo, Bellatrix no deseaba hacerlo. Pero tampoco podía contarle la verdad…
—Bueno… Sí, nos fuimos de viaje porque teníamos unos asuntos que resolver… Surgió a última hora y… me hubiera gustado poder avisarte…
—Ya… —murmuró Eleanor, sabiendo de sobra que en realidad no le había dicho nada— ¿Y no me puedes contar de qué van esos asuntos?
—Todavía no –confesó la bruja ligeramente avergonzada—, pero espero poder pronto.
—Vale, bien –respondió Eleanor con sequedad—. Tengo que ir a dar de comer a las gallinas.
Bellatrix vio claro que se había enfadado; principalmente porque criaban a las gallinas en libertad y se alimentaban solas en los pastos. Sorpresivamente, eso le dolió. No supo si marcharse, no había averiguado nada útil, pero tampoco creía posible sonsacárselo en ese estado. "Con legilimancia sí sería posible…" meditó. Sin embargo, decidió que no iba a invadir la mente de Eleanor. Salió del edificio y se dirigió a la zona de campo donde habitaban las gallinas. La muggle les estaba echando trigo y maíz por si se aburrían de buscar semillas e insectos.
—¿Quieres que te ayude? –le preguntó Bellatrix con timidez.
Sin decir nada, Eleanor le pasó el cubo del maíz y, en uno de los momentos más absurdos de su vida, la bruja se vio alimentando a unas gallinas que ni echaban fuego ni espantaban basiliscos ni nada. Pronto, su amiga vio que estaba arrepentida y no se atrevía a decir nada, así que lo hizo ella:
—Lo siento, Belle… si aún no estás preparada para contarme lo que sea, no lo hagas.
—No, Nellie, comprendo que quieras…
—No es por ti… en realidad, es Rose. Siento que lleva un tiempo ocultándome algo y no sé qué es, eso me pone muy nerviosa. Nos vamos a casar y no creo que esté con otra persona, pero…
—¡Por supuesto que no! –la interrumpió Bellatrix— Rose te adora sobre todas las cosas y eso no va a cambiar.
Escuchar aquello animó un poco a Eleanor y al final decidió que tenía razón:
—Es verdad. Igual es por la tía esa rara que está veraneando con su abuela, Minerva. Parece amable, pero no sé, a mí me da mal rollo, algo huele raro ahí…
—¿Ah sí? –preguntó Bellatrix intentando fingir un interés moderado y no excesivo.
—Sí, Rose nunca había oído hablar de ella y ahora la tienen ahí metida todo el verano. Me preguntó por vosotros, ¿sabes?
—¿El qué? –preguntó la bruja visiblemente nerviosa.
—Rose tiene en su cuarto la foto que nos hicimos todos en vuestra boda, nos preguntó quiénes eran los que se casaban. Le expliqué que mi más mejor amiga Isabelle y su novio el titán Thierry –comentó Eleanor divertida—. Parecía extrañarle que fuéramos amigas y quería saber más cosas… pero eso me molestó y me fui. Desde entonces, cuando voy a buscar a Rose, la espero fuera. Pero creo que se va ya mañana o pasado, así volverá la paz.
—Ah qué bien, me alegro.
—Vosotros os quedáis, ¿verdad?
—Eh… No lo sé todavía, depende del trabajo de Thierry… Pero en cualquier caso, si nos tenemos que marchar, te avisaré.
—Mmm… —murmuró Nellie meditando si lo aceptaba— Vaaale… Está bien, ¡pero a nuestra boda tenéis que venir! Será en primavera.
—Por supuesto, vendremos sea como sea. No me pienso perder la boda de mi más mejor amiga.
Eleanor la abrazó emocionada y pasaron la mañana juntas. Al despedirse, Bellatrix la informó de que seguramente volverían por la tarde, cuando Rose regresara a casa. Puso de excusa que Thierry también quería saludarlas; la realidad era que necesitaban tantear a Rose antes de dar el siguiente paso. Bellatrix volvió a casa bastante satisfecha, no había ido mal.
—¡Peque! –la saludó Sirius que acababa de volver del bosque.
—¡Siriusín! ¡Ya sé cómo supo McGonagall que éramos nosotros! ¡Vio la foto de nuestra boda en el cuarto de Rose! La vería la última vez, por eso los años anteriores, aunque viniera algún día en verano y la abuela de Rose le hablase de una pareja de posibles magos, no supo que éramos nosotros.
A toda velocidad, le resumió lo que Eleanor le había contado y la cita de esa tarde. Sirius asintió, muy alterado también hasta que Bellatrix le preguntó si él había averiguado algo en el bosque. Así era:
—Creo que sé dónde está Voldemort.
