Tras la noche de revelaciones con Eleanor y Rose, los Black regresaron a su casa y se acostaron agotados, al menos psicológicamente. Bellatrix tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Sirius y él le acariciaba el pelo mientras con la otra mano le frotaba la tripita a Raspy.
—Mañana nos lo quitamos de encima por fin –murmuró Sirius—, para bien o para mal, ya estará hecho.
—Sí… Saldrá bien, el plan de Nellie es bueno…
Su marido asintió sin dejar de acariciarla y pronto Bellatrix se quedó dormida. Sirius tardó un poco más, había noches en que su mente se iba con Harry y se preguntaba si estaría bien. Pero pronto decidía que sí, pronto se reunirían y con esa idea se quedaba dormido. Amanecieron muy nerviosos por la cita vespertina y desayunaron en silencio.
—¿Quieres que vayamos al bosque a pasar la mañana? –ofreció Sirius.
Bellatrix lo pensó, sí le apetecía visitar a las criaturas, pero estaba tan nerviosa y le daba tanta angustia ser descubiertos, que al final negó con la cabeza. Sirius asintió y salió únicamente a comprobar el buzón.
—Tenemos un montón de cartas de los clientes del mercadillo a los que vendíamos sustancias ilegales… Ni me acordaba de eso.
—Pensarán que se nos ha comido alguna serpiente —comentó Bellatrix con desinterés—. ¿Repasamos el plan?
El mago asintió y apartó las cartas. Emplearon el resto de la mañana en pulir el discurso que utilizarían para convencer a Minerva.
—Qué lástima que la copa de Hufflepuff se desintegrara –murmuró Sirius—. Podíamos haberla usado como prueba de que destruimos un horrocrux.
—Serviría de prueba ante alguien predispuesto a creernos… —respondió Bellatrix— Si no, lo más normal sería que nos culparan de destruir una reliquia histórica.
—Pues también es verdad –convino Sirius—. Pero tenemos nuestros recuerdos, con eso debería bastar.
—Si confía lo suficiente como para fiarse de que no están manipulados…
—Es muy buena bruja, no sería fácil engañarla.
—Igual para otros no –respondió Bellatrix con arrogancia.
Sirius mostró una sonrisa torcida y sacudió la cabeza. Repasaron de nuevo la historia, enumerando las pruebas y eventos que les exculpaban y que llenaban los huecos de la versión oficial del Ministerio. Finalmente decidieron dejar de darle vueltas para evitar marearse. Comieron y a primera hora de la tarde pasaron a casa de Eleanor. A la muggle se la notaba también bastante alterada… aunque, sin duda, preparada.
—¡Eleanor, por favor! –exclamó Sirius retrocediendo— ¡Guarda eso!
La joven iba con la escopeta al hombro como quien lleva las gafas colgando del cuello.
—Tengo que familiarizarme con Rita, no…
—¿Le pusiste nombre a tu escopeta? –inquirió Bellatrix.
—¡Por supuesto! Fue un regalo de mis padres y me hizo muy feliz.
—Ya, muy bien… —murmuró Sirius ligeramente asustado por estar en una casa con dos psicópatas— De momento vamos a dejar a Rita aquí, ¿vale? En la mesa, para que descanse tranquila antes del trabajo…
Eleanor se encogió de hombros y aceptó la propuesta.
—Rose vendrá con ellas cuando salga del trabajo, dentro de una hora. Mientras, he preparado unas galletas para tomarnos con el té.
Así como si nada, la belicosa muggle pasó a parlotear sobre comida.
—También he hecho un pastel de zanahoria para vuestro… hijo, porque no sé qué le gusta…
—¡Raspito, te han hecho un pastel! –exclamó Bellatrix emocionada.
La cabecita del escarbato emergió de la mochila con curiosidad. Nellie colocó una servilleta en el suelo y sobre ella, dejó un pastel de zanahoria recién horneado. Raspy se acercó y lo olfateó. Pronto decidió que le gustaba y empezó a comer con avidez. Durante varios minutos, los tres humanos olvidaron cualquier problema observando al escarbato comer; resultaba extremadamente relajante. Solo cuando terminó, se centraron en el té.
—¡Ya llegan! –exclamó Eleanor haciendo guardia frente a la ventana.
Los Black se acercaron y observaron a lo lejos, en el camino que llevaba a la granja, a Rose. Detrás de ella aparecieron su abuela Roselyn… y Minerva McGonagall. Pese a que estaba muy extraña con un vestido muggle, sintieron un nudo en la garganta. Les imponía casi tanto como en su etapa escolar y, sobre todo, les traía recuerdos turbulentos.
—¿Entonces no usamos ningún hechizo? –preguntó Bellatrix mirando nerviosa a su marido.
—No, mejor no. Podríamos usar alguno inhibidor de la magia, pero… si queremos que confíe en nosotros, lo mejor es dejarnos de trucos.
Habían barajado también la opción de aprovechar el factor sorpresa y desarmarla nada más entrar, pero lo descartaron porque resultaba bastante hostil.
—No os preocupéis, yo os cubro –informó Eleanor.
La muggle había ocultado la escopeta bajo una manta en el sofá. Aseguraba que le bastaban dos segundos para disparar. Bellatrix no lo tenía claro (no llegaba a comprender las armas de fuego), pero Sirius estaba seguro de que sería más rápida que cualquier hechizo. Así que esa parte les otorgaba una –inquietante— calma.
—¡Ya estamos en casa, Nell! –exclamó Rose desde la entrada.
Su voz sonaba alegre, pero no lograba ocultar las notas de intranquilidad; ella no tenía los nervios de acero ni la seguridad de su novia. Le daba miedo que su casa quedase agujereada, su abuela difunta y su prometida en la cárcel… Aún así, había cumplido y ahí estaban las dos mujeres. Los Black se habían replegado al dormitorio para prepararse mentalmente.
—¡Hola, yaya! –exclamó Eleanor saludando a Roselyn.
—¡Hola, Nellie, preciosa mía!
La mujer la quería mucho porque hacía muy feliz a su nieta.
—¡Hola, tía de la yaya de Rose! –se dirigió después a Minerva.
—Buenas tardes, Eleanor. Muchas gracias por la invitación.
Su tono era amable, aunque también severo de forma predeterminada. Los Black se miraron con los pelos de punta al escuchar aquella voz.
—Sentaos en la mesa, he preparado té y galletas –informó Eleanor.
Bellatrix y Sirius escucharon el arrastre de las sillas y a Rose sirviendo el té (probablemente con manos temblorosas). Eleanor se había dejado caer en el sofá con un suspiro de satisfacción. Era surrealista tener una escopeta para enfrentarse a dos ancianas y Rose le había hecho jurar que a su abuela no le pasaría nada y no haría nada ilegal… pero el riesgo danzaba en el ambiente.
"Creo que no puedo" fue lo que pensó Bellatrix angustiada. No tanto 'poder', sino 'querer'; por poder, Bellatrix no tendría problema en salir y lanzar dos avadas a las mujeres sin remordimientos. Pero hablar y defender su inocencia sabiendo que podía terminar mal… Su vida no era idílica, seguían siendo fugitivos; pero eran libres y tenían la capacidad de elegir, no deseaba renunciar a eso.
—¡Y me han despertado dos gallinas superpronto! Mira que les he repetido veces que no tengan sexo antes de las ocho, pero las condenas no aprenden… —comentaba Eleanor en el salón— A la siguiente que me despierte, la guisaré a la pepitoria y me la comeré delante de las demás. Estoy en contra de la violencia –aseguró probablemente acariciando su escopeta bajo la manta—, pero a veces necesitan un castigo ejemplarizante.
Sirius hubiese matado por ver la cara de McGonagall ante el parloteo de Eleanor (que podía seguir tratando en ese tema durante horas, en absoluto daba la impresión de que intentara distraerlas). Pero tenía otros problemas. Miró a Bellatrix y la cogió de la mano, apretando fuerte. "Estamos juntos, vamos a estarlo siempre y esto va a salir bien porque lo has planeado tú y nada de lo que tú planeas sale mal" pensó el mago. Su mujer jamás penetraba en su mente, nunca lo había necesitado y ese día, tampoco. Asintió y tomaron aire.
—¿Y tú en qué trabajas, Minnie? ¿Puedo llamarte Minnie? Sí, claro que sí –decidió Eleanor sonriente.
Recibió una mirada severa y al final la aludida respondió que era profesora.
—¡Oh, qué divertido! –respondió Eleanor— ¿En qué colegio? ¿O es de instituto o universidad?
—Es un colegio para niños con necesidades especiales –resolvió McGonagall con serenidad.
Eleanor frunció el ceño y no pudo evitar preguntar:
—¿Qué necesidades especiales?
—¡La de ser el puto amo! –exclamó Sirius tras decidir que, empezando con semejante frase estúpida, resultaría difícil que la cosa empeorase.
McGonagall soltó un grito como nunca se lo habían escuchado. Mezcló horror, sorpresa y furia por haber sido engañada. De inmediato sacó su varita y lanzó el primer conjuro aturdidor que le vino a la mente. Sirius lo desvió sin ningún problema, estaba preparado.
—Me dijo que viniese a verla para hablar… —comentó Bellatrix— Si ese es su concepto de hablar, empezamos mal.
Sonó calmada y fría, aunque distaba mucho de estarlo. Los Black tenían las varitas alzadas y apuntaban a Minerva; la profesora alternaba la suya entre uno y otro sin decidirse.
—Preferiría que no rompierais nada en mi casa –comentó Eleanor con tranquilidad.
—¿¡Tú sabías esto, Rose!? –le preguntó Roselyn a su nieta.
—Sí –respondió la chica reuniendo valor—. ¡Y os lo tenéis merecido por obligarme a mentir a Nellie!
Eleanor la besó orgullosa de su valor para imponerse a su abuela. Roselyn abrió y cerró la boca sin saber qué replicar.
—Venga, podemos sentarnos todos y hablar como personas normales… Bueno, normales nosotras tres, vosotros sois raritos con la magia y esas tonterías –murmuró Eleanor despreocupada.
Sin apartar la vista de McGonagall y sin bajar las varitas, Sirius y Bellatrix se sentaron en el sofá junto a Eleanor. Roselyn obligó a Minerva a ocupar de nuevo su silla, aunque la bruja parecía dudar si atacar o desaparecer en busca de refuerzos. Se mantuvo el silencio tenso durante unos segundos. Sirius fue el primero en bajar la varita.
—Solo queremos hablar, Minerva. Hemos confiado en ti y nos jugamos mucho. Somos inocentes, siempre lo fuimos y creo que tú, en el fondo, lo sabes.
—Solo sé que esto ha sido una trampa, Black, y que…
—Minnie, por favor… —suspiró Sirius agotado antes de empezar por su falta de paciencia— ¿Podemos saltarnos esta parte? La palabrería y las fanfarronadas del principio… Sabes que si Bella hubiese querido herirte, ya lo habría hecho; del mismo modo que sabes que yo jamás te haría daño. Pasamos demasiadas horas juntos en el aula de castigos como para estropearlo ahora…
McGonagall escrutó los ojos grises de Sirius, intentando buscar en ellos trampa o engaño. Varios minutos después, muy lentamente, bajó el brazo (aunque no soltó la varita). Sirius le cogió la muñeca a Bellatrix y la obligó a hacer lo mismo.
—Os cuesta, pero por lo que me contó mi más mejor amiga, los magos vivís en el Medievo, así que a vuestro ritmo… —murmuró Eleanor— Vamos a ver, Minnie, ¿cómo has podido pensar que mis amigos son unos asesinos? ¡Es ridículo! ¡Mira qué carita tan mona tiene mi Belle! –exclamó estrujándole los mofletes a Bellatrix.
A Sirius le resultó muy cómica la imagen de Bellatrix intentando parecer fría y mortífera mientras la muggle le estrujaba las mejillas. A McGonagall la dejó ojiplática.
—Empecemos por el principio –suspiró Sirius—. Ya te lo contamos en la carta, pero ahora puedo darte más detalles. Todo empezó cuando tuve la feliz idea de que Colagusano sería mejor guardián del secreto de los Potter que yo…
El mago continuó relatando su historia ante una McGonagall que observaba con desconfianza, pero no perdía una palabra. De nuevo, por su propia seguridad, omitió el detalle de que Peter era un animago. Cuando llegó a la parte de la huida, le cedió la palabra a Bellatrix. La bruja no tenía muchas ansias comunicativas, pero una sonrisa cálida de Sirius la hizo empezar a hablar. Relató cómo se enteró de lo de los horrocruxes, lo que sucedió con la copa, los años que estuvo sirviendo a Voldemort mientras mandaba mensajes anónimos para evitar tragedias… Culminó con mucha firmeza anticipándose al que sería el reproche:
—No me arrepiento de cómo actué. Si ni siquiera usted, que fue su profesora favorita y lo vio crecer junto a Potter, creyó en la inocencia de Sirius, el Ministerio menos aún. Lo habrían encerrado sin pruebas y el gilipollas que quiera permitir eso, que lo haga, pero no seré yo. Como habrá visto en el Profeta, me acusaron de una tortura legendaria en la que ni siquiera estuve; ese es el nivel de credibilidad del Ministerio. Si de verdad fuese una asesina, estarían todos muertos.
No fue un argumento tranquilizador, pero sí un cierre contundente. McGonagall los contempló en silencio mucho tiempo antes de decir palabra.
—¿Por qué no acudiste ante el Ministerio cuando publicaron hace unas semanas que eras inocente? –le preguntó a Bellatrix— Ahí podrías haber defendido a tu primo.
—Ya se lo he dicho: no me fío de ellos y no pienso dejar que me usen para encerrar a Sirius.
—No acudimos a ellos, acudimos a ti –remarcó Sirius.
El cerebro de la profesora echaba humo, casi podían verlo. Les hizo una docena de preguntas más a cada uno. Los Black respondieron a todo, Bellatrix incluso proyectó algunos recuerdos en su mente. Después, hubo largos minutos de deliberación silenciosa. Rose y su abuela, que no querían tener nada que ver con la magia, se habían marchado a dar una vuelta por la granja. Eleanor no parpadeaba mientras comía galletas, no pensaba perderse ni medio cotilleo.
—¿Hablaste con Dumbledore? –inquirió Sirius— ¿Le preguntaste por los horrocruxes?
Lentamente, McGonagall asintió. Le dolía reconocer que el director le ocultó una información tan valiosa.
—¿Cuántos son? ¿Habéis destruido alguno? –inquirió Bellatrix al momento.
—Siete, según Albus –respondió la mujer—. Hemos destruido dos: un anillo y un guardapelo. El anillo lo encontró él en la casa donde vivió el abuelo de Tom. El guardapelo se lo quité a Mundugus Fletcher, un ratero aliado de la orden al que pillé haciendo negocios en el Callejón Diagon.
—Nosotros destruimos la copa… Más los tres con el ritual de purificación… —calculó Bellatrix— Si todo salió bien, solo quedaría uno.
—¿Cuál? –inquirió Sirius.
—No podemos saberlo. No sabemos qué objetos son ni cuáles se destruirían con nuestro ritual –murmuró su mujer.
—Tenemos alguna hipótesis… —reconoció McGonagall con cautela— Albus consiguió varios recuerdos de Tom Riddle y, gracias a ellos, elaboró una lista de posibles objetos importantes para él: la copa de Helga, el guardapelo de Salazar, la diadema de Rowena y el anillo de los Gaunt. El quinto puede ser algo relacionado con la Cámara de los Secretos que creemos que Tom abrió en su etapa escolar... También valoramos a Nagini, Voldemort nunca se separa de ella.
—Ese también lo pensé yo –convino Bellatrix—. ¿Y el séptimo? Sospecho que pensaba crearlo cuando mató a los Potter… pero no lo conseguiría porque salió mal, ¿verdad?
McGonagall titubeó y apartó la mirada por primera vez. Eso puso a Sirius más nervioso:
—¿Cuál es? –repitió con firmeza— Nosotros te hemos contado todo, llevamos una década trabajando en esto.
—Albus cree que el fragmento del alma de Voldemort que se separó aquella noche se alojó en… el hijo de los Potter.
—¿¡Qué!? –exclamó Sirius incrédulo— ¡Cómo va a ser Harry un horrocrux!
—La buena noticia es –le cortó Minerva alzando el tono para imponerse— que ese sería el más inestable, el más débil, porque el ritual no se ejecutó bien. Por tanto, si vosotros habéis destruido tres con el misterioso ritual, es muy probable que ese fuese uno.
—Mmm… —caviló Bellatrix— Pero los objetos son más fáciles de destruir que los seres vivos…
Para sorpresa de todos, Eleanor intervino; amaba las historias de detectives y por fin formaba parte una:
—Lo que sabemos seguro es que se han destruido tres, los que vosotros mismos habéis visto: la copa vosotros, la guardapelo usted y el anillo el viejo ese del que mi más mejor amiga no se fía… —calculó la muggle con los dedos— Eso nos deja cuatro, de los cuales dos son objetos y dos seres vivos.
Los tres magos asintieron sorprendidos de lo bien que lo había comprendido. Muy animada, Eleanor continuó:
—Decís que hicisteis una movida rara con la que se estropearían tres y también Belle dice que es más probable que se rompan los objetos… De lo cual deducimos que se habrá roto la diadema, el chisme de la Cámara esa y uno de los dos que están vivos. Si Minnie dice que el del niño es más inestable, ese habrá caído también y…
—Nagini –terminó Bellatrix—, queda Nagini.
Los demás asintieron lentamente, calibrando si esa noticia era buena o mala.
—¿No podéis hacer el ritual ese otra vez? –inquirió Eleanor— O tres veces más, para estar seguros de que se destruyen todos.
No habían detallado lo que requería el ritual. Solo mencionaron el fuego y las escamas de Nagini; los sacrificios humanos, los obviaron.
—Eh… —respondió Bellatrix— No, los ingredientes para el ritual son muy difíciles de conseguir.
"Necesitamos matar a alguien y creo que Sirius no me dejará" fue lo que pensó la bruja. McGonagall hizo amago de preguntar, pero al final, prefirió gozar de la ignorancia.
—¿Entonces nos crees? –preguntó Sirius al final, visiblemente nervioso.
Tras largos segundos, McGonagall suspiró y asintió:
—Sí, os creo. Con reservas –añadió antes de que se ilusionaran demasiado—. Pero creo que de los crímenes que se os imputan, no sois culpables.
Los Black se miraron aliviados.
—Aunque como dudo que queráis reuniros con Albus… —comentó mirando a Bellatrix que se negó al momento— No sé muy bien en qué os puedo ayudar. Sin atrapar a Pettigrew, es casi imposible limpiar el nombre de Sirius.
Era cierto. McGonagall no era una pieza clave: nada podía hacer contra el Ministerio de Magia o el resto de poderes implicados… Pero era un avance, era alguien a quien tenían por fin de su parte y para Bellatrix y Sirius suponía el alivio que sus almas suplicaban.
