La conversación entre los Black, McGonagall y Eleanor (que no parpadeaba para no perder detalle) se prolongó durante horas. Se pusieron al día sobre la actualidad del mundo mágico e intercambiaron estrategias para cuando Voldemort regresase. También intentaron buscar formas de limpiar sus nombres sin correr riesgos.
—Se lo dejaré caer a Albus, sin incidir en el tema –decidió McGonagall—, pero comentando que yo sigo sin creer que Sirius sea culpable. Si lo viese predispuesto a creeros, ya revisaríamos nuestras posturas.
—De acuerdo –aceptó Bellatrix aliviada de que no la obligaran a reunirse con Dumbledore.
—Si encontrara la forma, haría circular el rumor de que quizá Pettigrew pudiera seguir vivo. Agitar el avispero, como dicen los muggles, para obligarlo a salir… —pensó la profesora en voz alta.
—Eso sería muy útil –aseguró Sirius— Él era muy de actuar por impulsos y asustarse enseguida.
—Creo que lo más seguro para vosotros es que os quedéis aquí, en Durbuy. Estáis bien asentados y, efectivamente, es el sitio perfecto para que nadie os encuentre –sonrió McGonagall ante la ironía de haberlos encontrado—. Estaremos en contacto por el libro de Medea, si tú escribes en tu ejemplar, se reflejará en el mío también.
—Cualquier rumor sobre Voldemort o Pettigrew nos lo cuentas, ¿vale? –pidió Sirius— Si no hay noticias, podemos escribirnos los viernes para certificar que todo va bien.
—Así lo haremos –aceptó McGonagall—. Ahora debo marcharme, temo que mi sobrina no estará muy contenta de verse involucrada en conflictos mágicos…
Rose hacía rato que había acompañado a su abuela de vuelta a la ciudad y se había quedado con ella para hacerle compañía.
—Claro, te acompaño hasta la entrada del pueblo –se ofreció Sirius.
Bellatrix se quedó unos minutos más con Eleanor, comentando los detalles de la velada. La muggle había sacado una libreta para tomar notas e incluso había hecho un dibujo de su idea de Voldemort (un reptil altamente parecido a un huevo cocido). Por su parte, Sirius quería hablar en privado con McGonagall.
—¿Cómo está Harry? –le preguntó en cuanto salieron a la carretera— Esta semana cumplirá ocho años…
—Está bien, perfectamente –le tranquilizó McGonagall—. Está teniendo una infancia normal alejado del mundo mágico, es lo más seguro para él.
—Pero sabe que sus padres le protegieron hasta el final, ¿verdad? ¿Se lleva bien con sus tíos? ¿Dónde…?
—Cálmese, Black. No te puedo revelar nada y menos su ubicación, es por seguridad –añadió la bruja al instante—. Solo Dumbledore, los implicados en su custodia y yo lo sabemos. Lo primordial es protegerlo.
—¡Yo jamás…!
—Sé que jamás le harías daño –le aseguró McGonagall con más suavidad—, pero hay información que es más seguro no transmitir ni poseer… Aunque lo supieras, no podrías ir a visitarlo, es mejor esperar. En cuanto evitemos el regreso de Voldemort, podrás conocerlo siendo un hombre libre y no un fugitivo.
De mala gana y refunfuñando, Sirius aceptó. Le preguntó entonces por Remus, de quien Minerva no sabía nada, y por Andrómeda. La bruja le miró un poco sorprendida por su interés en su prima mediana, pero le respondió:
—Durante la primera guerra, los mortífagos visitaron su casa varias veces en busca de su marido por ser hijo de muggles. En cuanto Andrómeda se quedó embarazada, supieron que debían huir por seguridad. Albus les consiguió una casa en una zona segura. Son felices, les va bien.
—¿Cómo se llama su hijo? ¿O hijos? –inquirió Sirius preguntándose cuánto había crecido su familia mientras ellos vivían como prófugos.
—Hija, Nymphadora Tonks. Deseaban tener otro, pero pasaron tanto miedo durante el primer embarazo que no se vieron capaces de soportarlo de nuevo. La guerra truncó las vidas de demasiadas personas…
Sirius asintió con pesadumbre, sintiéndose culpable por no haber apoyado a Andrómeda. Siempre se llevó bien con ella, pero cuando ambos huyeron de sus casas y empezaron los conflictos de la guerra, perdieron el contacto. Él solo recibió información sobre ella a través de otros miembros de la Orden. Lo último que supo —a través de Marlene— fue el rumor de que estaba embarazada. De todas formas, tampoco es que a él le hubiese ido de fábula… y en ningún momento le sobró tiempo para visitas cordiales.
Se alegró de que a Andrómeda y a su familia les fuese bien y decidió que (si su mujer no los mataba), retomarían la relación más adelante. Su antigua profesora no pudo contener más la curiosidad y pasó a preguntar ella:
—¿Cómo habéis sobrevivido todos estos años? ¿De dónde habéis sacado el dinero?
—Te lo diría, Minnie, pero por tu seguridad es mejor que no lo sepas.
La mujer puso los ojos en blanco ante tan pueril venganza por no contarle nada sobre Harry.
—Es usted igual de infantil y arrogante que en su primer curso de Hogwarts.
—¡Eh! –protestó Sirius— ¡Es cierto! Si te lo cuento y a Bella no le hace gracia, nos mata a los dos.
—Pff… —rezongó la bruja— No lo sé, con esta nueva Bellatrix que incluso tiene una mejor amiga muggle…
—¡Ja! Tampoco te voy a contar cómo sucedió eso –respondió Sirius victorioso.
McGonagall puso los ojos en blanco, pero en el fondo comprobó que aquel chico no había cambiado, lo seguía conociendo perfectamente. Y tendría defectos, pero no era un asesino. Se despidieron estrechándose la mano con cariño y todavía cierta extrañeza, prometiendo luchar juntos para ser libres del todo. Después, Sirius regresó a casa, donde su mujer ya le esperaba.
—La reunión ido bien, ¿no? –comentó Bellatrix cuando entró.
—Sí, muy bien –respondió Sirius con optimismo—. No solo la hemos convencido de nuestra inocencia, sino que además hemos avanzado con lo de los horrocruxes. ¡Solo queda uno! Matamos a la serpiente y listo.
—Supongo que estará cerca de él, en Albania… Tendrá que ser más adelante. Le llevará años recuperar las fuerzas suficientes para atacar.
—¿Notará que solo le queda ese horrocrux?
—No –respondió Bellatrix—, es imposible notarlo aun estando sano, con que en su estado moribundo, todavía menos.
—¡Bien! Todo va bien entonces.
—Ajá… ¿Qué te ha contado del crío? –preguntó Bellatrix manifestando que sabía cuál era el tema que le preocupaba.
—Que… que está bien –reconoció Sirius—, dice que es feliz.
—Bien por él.
Tras esa caústica respuesta, la bruja se tumbó en el sofá con un libro. El mago, que había empezado a hacer la cena, frunció el ceño. No le hizo falta soltar la sartén, la casa era lo suficientemente pequeña para hablar de una habitación a otra sin problemas.
—¿Te pasa algo con Harry? –preguntó asomándose por la puerta.
Bellatrix se encogió de hombros y respondió que simplemente no le caía bien.
—¿Cómo que no te cae bien? ¡Si no lo conoces!
—No me hace falta. Es un niño, odio a los niños. Además…
—¿Además qué? –replicó el mago al ver que se interrumpía.
—Que te me quiere quitar. En su día quisiste quedártelo. No estabas conmigo, pero al crío baboso sí lo querías.
Ahí Sirius sí que salió de la cocina.
—¿Estás celosa de un niño al que ni siquiera has visto?
—Estoy celosa de lo que me dé la gana.
—Pero, Bella…
—¿Quién te evitó la cárcel? ¿Quién te ha mantenido todos estos años y ha evitado que te vuelvas loco? Creo que no ha sido el bebé baboso ese…
—Tiene ocho años, ya no es un bebé.
—¡Y encima le defiendes! –exclamó Bellatrix indignada— Me voy a tomar el aire. ¡Vamos, Raspy!
Sin entender qué pasaba, el escarbato corrió junto a ella y salieron de casa. Resultó que había empezado a caer una tormenta y hacía frío. Eso enfureció más a Bellatrix. Cogió a Raspy entre sus brazos para que estuviera calentito, caminó unos diez metros y después murmuró:
—Ya está, ya hemos tomado el aire.
Antes de volver y por no dar su brazo a torcer, se secó con la varita. Entró con la misma expresión altiva. Sirius se sonrió, pero no dijo nada. No la había seguido porque tenía claro lo que sucedería. Sin decir nada, sirvió la comida y Bellatrix se sentó a la mesa. Estaba enfadada, pero seguía teniendo hambre y su marido cocinaba muy bien. Cenaron en silencio, el sonido más fuerte era Raspy mordisqueando unas hojas de díctamo. Cuando terminaron, Bellatrix retomó la lectura tumbada en el sofá mientras escuchaba la lluvia golpear la ventana. Sirius se colocó frente a ella con los brazos cruzados; su mujer hizo un gran esfuerzo por ignorarlo.
—¿De verdad estás enfadada porque he preguntado por el hijo huérfano de mis mejores amigos muertos?
De nuevo, Bellatrix se encogió de hombros sin levantar la vista del libro. Durante los años posteriores a la muerte de los Potter, fue muy comprensiva y tuvo mucho tacto con todo lo relativo a ese asunto. Ahora, juzgaba que ya había pasado mucho tiempo y que Sirius había quemado esa carta. Por tanto, ella tenía derecho a mostrar el egoísmo y los celos que su primo siempre supo que formaban parte de su carácter.
—Debería ser yo quien se enfadara por lo poco (nada) que te importa el bienestar de mi ahijado –observó Sirius.
—Quien se enfada primero, gana; yo me he enfadado primero. Te aguantas.
Ante tal lógica, el mago no pudo argumentar. No obstante, era consciente de que, en ese aspecto, era el más maduro de los dos: él se encargaba de los diálogos, Bellatrix de los asesinatos. Para impedirle ignorarlo, le quitó el libro que estaba leyendo.
—¡Oye! –protestó Bellatrix— ¡Si no fueses mi primo, te mataba ahora mismo!
—También soy tu marido, amor mío.
—Mis principios me impiden matar a un Black, con los maridos no tengo problema.
Sirius abrió la boca, pero pronto volvió a cerrarla y sacudió la cabeza. Se sentó en el sofá, obligándola a hacerle espacio y la miró.
—Peque, te quiero más que a nada en el mundo y lo sabes. Pero, ¿entiendes que puedo querer también a mi ahijado?
—No. Quiero que me quieras solo a mí… y a Raspy. No estás autorizado a querer a más humanos.
—Lo quiero de otra forma…
—A mí me tienes que querer de todas las formas.
Sirius suspiró mientras disimulaba una sonrisa al ver lo celosa y posesiva que era su mujer; en cualquier otro no eran rasgos deseables, pero en Bellatrix resultaba adorable. Se subió la manga de la camisa y le mostró el tatuaje en su brazo derecho. Hacía muchos años de la primera vez que se lo enseñó cuando llegaron a Durbuy y se reconciliaron, pero Bellatrix seguía babeando al verlo (sobre todo porque se veía preciosa). Esa vez no fue diferente, aunque trató de disimular y mostrarse indiferente.
—No llevo a nadie más en mi piel –murmuró Sirius—. Solo tú eres así de importante y fundamental en mi vida. Aunque quiero hacerme uno de Raspy, pero tendrá que ser cuando volvamos a Inglaterra, para que sea en el mismo estilo que el tuyo y…
Se tuvo que interrumpir ahí porque Bellatrix le besó. Decidió que el bebé Potter estaba por debajo de Raspy y no tenía derecho a retrato en la piel de Sirius, lo cual la hizo absurdamente feliz. Su marido no tuvo claro el motivo, pero si aquello solucionaba el conflicto, le servía.
—¿Vamos al dormitorio? –preguntó él acalorado.
Bellatrix escaneó la habitación en busca de su hijo (al que siempre evitaban traumatizar con escenas para adultos). Raspy estaba sentado en el asiento de la ventana, muy concentrado en organizar el dinero que custodiaba en su bolsillo.
—Perfecto, está con la contabilidad –murmuró la bruja levantándose—, eso lo entretiene durante horas.
Llegaron a la cama casi sin ropa y, en aquella lluviosa noche de verano, volvieron a entrar en calor. Bellatrix acertó en sus previsiones: Raspy apareció dos horas después con la expresión satisfecha del deber cumplido. Mientras se acomodaba sobre la almohada, Sirius, con Bellatrix ovillada junto a él, comentó:
—Hablando de dinero, tenemos que ver cómo gestionamos ese tema…
—Mañana será otro día –lo interrumpió Bellatrix agotada en todos los sentidos—. De momento estamos de vuelta, tenemos a Minerva de nuestra parte y cada vez somos más increíbles en el sexo. Lo de ser pobres ya lo hablamos otro rato.
Sirius sonrió y estuvo más que de acuerdo. Así que se arriesgó a mencionar otro tema del que nunca habían hablado:
—¿Sabes que tu hermana tuvo una hija? Andrómeda, me refiero.
—Sí, apareció en el tapiz. Pero no son familia mía.
—De acuerdo –suspiró Sirius—. Aún así, Minnie me ha contado que están bien, sobrevivieron a la guerra y tienen una vida feliz.
Hubo unos segundos de silencio hasta que Bellatrix preguntó:
—¿Cómo sabía eso Minerva? ¿Por qué mantiene el contacto con esa si nunca tuvieron relación?
—Eh… No sé… Creo que porque fue Dumbledore quien les buscó la casa. Supongo que ella también ayudaría.
—Mmm… Pedir ayuda, lo único que saben hacer esos traidores inútiles —murmuró la bruja—. Seguro que Dumbledore les exigió algo a cambio, ese viejo no hace nada gratis.
Tras esas imbatibles declaraciones, cerró los ojos, se ovilló junto a Sirius y se quedó dormida. A la mañana siguiente los despertó un ruido. Alguien estaba llamando a la puerta. Se despertaron extrañados y Sirius preguntó incorporándose:
—¿Quién puede ser? Minerva sigue sin saber dónde está nuestra casa…
—Como si es Voldemort, ¡no son horas! –protestó Bellatrix ocultándose bajo las sábanas.
Eran las diez de la mañana. Dado que ella no tenía oficio ni obligaciones, no pensaba ponerse en pie hasta que le entrase hambre. Fue Sirius quien, varita en mano, se acercó a la mirilla.
—¡Es Eleanor! –gritó para avisar a su mujer— ¡Hola, no te esperábamos a estas horas!
—¿Estabais durmiendo? –preguntó al ver a Sirius en pijama —¡Perdón! Creí que estaríais despiertos. He acompañado a Rose al trabajo y ya que estaba en la ciudad, he pasado a saludar a la pastelería. Trabajé ahí unos años para pagarme los estudios y me llevo muy bien con el pastelero. Me ha dado unos dulces y había pensado en desayunar con vosotros…
—Claro, qué detalle –respondió Sirius sonriente—. Dame un minuto que me visto, ponte cómoda.
La última parte no hubiese sido necesaria: la muggle ya había empezado a colocar los dulces sobre la mesita del salón. El problema del mago no era vestirse… sino despertar a su mujer.
—Peque… Tu amiga ha venido para desayunar con nosotros…
—Me ha despertado. Mátala –masculló Bellatrix con la cabeza enterrada bajo la almohada.
—¡Pero nos ha traído comida! Eso lo compensa. Además, en esta familia los asesinatos los gestionas tú, tendrás que encargarte tú misma.
Era cierto, a cada uno lo suyo: Sirius las conversaciones, Bellatrix los asesinatos y Raspy la economía. Bellatrix masculló y, de mala gana, se levantó. Se pusieron su ropa de estar por casa y salieron al salón. Lo que salvó la vida de Eleanor fue que Raspy había acudido a ver qué pasaba y le estaba haciendo cosquillas en la tripa mientras le repetía lo adorable que era. Esa imagen dulcificó ligeramente a Bellatrix y se sentaron a desayunar juntos.
—Oye, ¿podéis hacer más de estos? –preguntó Eleanor señalando unos bollos de chocolate.
—¿Cómo? –preguntó Sirius— Si los has traído tú…
—Me refiero con la magia, multiplicarlos o algo.
—No, hay leyes físicas para la transfiguración y no se puede multiplicar comida –la informó Bellatrix.
—Amm… —murmuró Eleanor.
Los Black se miraron sospechando que para la muggle, la magia acababa de perder toda su utilidad.
—¿Cómo está Theo? –preguntó Sirius que echaba de menos a su amigo— ¡Tengo ganas de verlo!
—¡Y él a ti! –respondió la muggle— Está muy bien, ahora en verano anda más liado porque con los turistas tienen la pizzería llena, pero está contento. Podemos quedar cualquier tarde después del trabajo. Porque os vais a quedar, ¿verdad? –les preguntó frunciendo el ceño.
Los Black se miraron dudosos, pero al final Bellatrix respondió:
—Sí, de momento creo que sí.
—¡Estupendo! –respondió la muggle alegremente— ¡Me gusta cuando todo sale a pedir de Nellie!
Sirius sonrió al ver que tenía sus propias expresiones basadas en sí misma; Bellatrix estaba demasiado ocupada intentando acaparar la mayor cantidad posible de comida. Cuando terminaron, Eleanor se despidió, tenía que comenzar su jornada en la granja. Quedó en que llamaría a Theo y los avisaría para quedar. A ellos (a Sirius, más bien) les pareció estupendo.
