Cuando Nellie se marchó tras el desayuno, los Black hubieron de abordar el tema inevitable:
—Necesitamos dinero –suspiró Sirius—. No es muy urgente, nuestro único gasto suele ser la comida y tenemos para unas semanas gracias a las provisiones del elfo de Rodolphus, pero aún así hay que pensarlo.
Bellatrix asintió.
—Por lo que he comprobado con Raspy, dinero también tenemos para unas semanas… Pero, de nuevo, no sabemos cuánto tiempo nos vamos a tener que quedar aquí –suspiró la bruja—. Claro que tenemos la reserva de mil galeones, pero si pudiéramos evitar tocarla...
—Sí, nuestra situación siempre puede empeorar súbitamente y nos haría falta dinero–convino Sirius—. Habría que volver a trabajar en el bosque…
Su mujer no respondió, no hizo falta. A los dos les pasaba lo mismo: en su día les encantaba su vida de magizoologos recolectores, resultaba agotador, pero lo disfrutaban. Ahora, tras unos meses viviendo a cuerpo de rey y sin sudar, habían perdido la costumbre. No estaban seguros de si deseaban volver al trabajo o no. Aunque, como ocurre siempre con el dinero, no era una cuestión de deseo sino de necesidad.
—El problema es que matamos al boticario –recordó Bellatrix— y del mercadillo de Lieja nos marchamos sin avisar, seguramente le habrán dado nuestro puesto a otros. ¿A quién le vendemos la mercancía?
—Mmm… Deberíamos visitar la Avenida del Augurio para ver si han abierto alguna tienda donde vender sustancias. No lo creo en tan poco tiempo y tras lo sucedido con el boticario, pero por probar…
—Buena idea. Aunque incluso si hubiese un lugar, sería el mismo problema que en el mercadillo: solo podríamos vender las sustancias legales y esas dan poco dinero.
—¿Y si retomamos las citas particulares? –sugirió Sirius.
Con un movimiento de varita, invocó las cartas que recogió del buzón el día anterior. Las abrieron y hojearon. Una decena de clientes que conocieron en el mercadillo les pedían venenos, sangres y algunas pociones.
—La mayoría son de hace varios meses… —comprobó Bellatrix— No creo que esperen ya contestación.
—Han sido los meses del verano, igual piensan que hemos estado de vacaciones. Podemos escribirles y preguntarles si siguen interesados.
Convinieron que esa era la mejor (y única) opción. Mientras se vestían para investigar la zona mágica, Sirius comentó que el domingo podían ir al mercadillo y probar ahí también.
—Si no queda otra opción… —respondió Bellatrix— Desde que nos descubrió McGonagall, me siento más insegura al salir. El mercadillo es lo que más exposición pública supone, porque estamos ahí vendiendo toda la mañana y acuden muchos magos y brujas. Si pudiéramos evitarlo…
—De acuerdo, de momento esperamos. Si en un par de semanas vemos que está la cosa mal, lo retomamos. Yo me siento igual –reconoció Sirius—, incluso tener que ir ahora a la zona mágica me da un poco de angustia…
—Sí, yo también. Seguimos con la duda de si averiguarían algo del triple homicidio en la botica; si los aurores siguieron investigando y alguien nos vio entrar o…
—¡Vale! –la interrumpió Sirius— No vamos a volvernos locos, seguro que luego no sucede nada. ¿Sabes qué podemos hacer? Aplicar lo que aprendimos en transformaciones y cambiar nuestro aspecto.
—¡Buena idea! –lo felicitó Bellatrix— Con modificar los ojos y el pelo ya prácticamente somos otros.
Su marido asintió. Tras un par de conjuros, Sirius se volvió rubio oscuro con ojos castaños y Bellatrix se acortó la melena en tono cobrizo con los ojos verdes. Alguien que los conociera, podría identificarlos; pero para quien solo hubiese visto fotografías, sería muy complicado.
—Vamos, Raspy –comentó Sirius mientras Bellatrix cogía el bolso—. Seguro que un galeón para tus golosinas vegetales sí nos queda, ¿verdad?
Sacudió su cartera medio vacía ante el animal para que lo entendiera y este extrajo al momento una moneda de oro de su bolsillo y se la tendió.
—Muchas gracias, Raspy –sonrió Sirius—, eres un… ¿Qué moneda es esta?
—Recuerda que los galeones belgas llevan otro grabado –murmuró Bellatrix.
—No es un galeón, mira.
La moneda era un par de centímetros más grande que un galeón. Brillaba igual, pero el grabado era diferente. En el anverso llevaba el rostro de una mujer y en el reverso, una isla.
—Es… es un galeón de la serie de Circe –murmuró Bellatrix comprobando que fuese real—. Los acuñaron las hadas oscuras en el siglo XII, son muy valiosos. Mis padres tenían una docena y los vendían cuando su cámara de Gringotts se quedaba más vacía.
—¿Cómo de valiosos?
—Por lo que recuerdo, unos cuatrocientos galeones, aunque supongo que el cambio irá variando. ¿De dónde ha salido?
—Me lo ha dado Raspy para comprarle golosinas…
—Con eso podemos comprarle la fábrica entera. Raspy, ¿de dónde has sacado esta moneda? –preguntó mirando a su escarbato.
El animal la observó desconcertado. Tras unos segundos, revolvió en su bolsillo y les entregó otras dos monedas de la misma serie.
—¿¡De dónde las ha sacado!? –exclamó Sirius— ¿Las ha robado?
—¿A quién se las iba a robar? –inquirió Bellatrix— Solo nos relacionamos con muggles y con McGonagall, que es más pobre que el Sombrero Seleccionador. Raspy, ¿cómo las has conseguido?
Le reformularon la pregunta varias veces, incrementando su nerviosismo. Al final, el animal, correteó hasta la cuna junto a la chimenea y se acurrucó ahí mirándolos alterado.
—¿Qué? ¿Los ha encontrado en su cuna o quiere echar una siesta? –interpretó Sirius.
—No, él no duerme ahí. Esa es la cuna que utilizamos para los escarbatos del bosque.
Se quedaron en silencio unos segundos hasta que Bellatrix exclamó:
—¡Bato! ¡El fue el último a quien cuidamos en esa cuna!
—¡Le entregó a Raspy tres monedas cuando se despidieron! ¡Serían esas! –convino Sirius exaltado.
—Entonces no son nuestras, son de Rodolphus —suspiró Bellatrix alicaída.
—Bato se las regaló a Raspy… ¿No crees que Rodolphus lo sabrá? Él los vio cuando se intercambiaron los regalos, seguro que distinguió lo que le estaba dando. Además, si son tan valiosas las tendrá en una caja fuerte, seguramente se las entregaría él mismo.
Su mujer lo meditó y luego murmuró sin mucha seguridad:
—Igual Rod quería dárnoslo, pero sabe que yo jamás aceptaría dinero por caridad… Soy demasiado orgullosa, no quise hacerlo cuando éramos pequeños, ahora menos.
—Pero es consciente de que lo necesitamos, no pudimos ofrecerle dinero ni cuando nos quería delatar… Y salvaste a su hermano de la cárcel y le conseguimos a Bato. Creo que sí sabe lo que nos ha regalado.
Bellatrix recordó el arrepentimiento de Rodolphus por haberla insultado y decidió que sí, tenía sentido. Sirius zanjó el tema:
—En cualquier caso, fueron un regalo de Bato a Raspy, así que son nuestras. Ahora mismo las necesitamos. Si cuando volvamos a ver a Rodolphus las quiere recuperar, ya se lo daremos de nuestras cámaras de Gringotts.
—Sí, es verdad, tienes razón. Podemos ir al banco mágico y cambiar una.
Antes de nada, felicitaron a Raspy efusivamente para que sintiera que todo estaba bien y seguía siendo un héroe. El escarbato superó rápido el nerviosismo y recuperó su alegría habitual. Se metió al bolsillo de Bellatrix y partieron hacia la Avenida del Augurio de Lieja.
El paseo mágico no había cambiado en sus meses de ausencia. Las mismas tiendas con vistosos carteles de colores ocupaban ambas aceras, solo que al hallarse en los meses estivales, algunas lucían el cartel de "Cerrado por vacaciones". Por el mismo motivo, los grupos de magos y brujas que frecuentaban la avenida se hallaban mermados. La primera parada la hicieron en la tienda de mascotas, donde adquirieron gran cantidad de golosinas para escarbatos intentando subsanar los estragos que Bato y Rodolphus habían ocasionado en sus reservas. Después, sin osar detenerse o mirar directamente, pasaron junto a la botica. Un letrero en su escaparate cubierto por una lona indicaba que el local estaba en alquiler.
—No creo que consigan inquilinos pronto –vaticinó Sirius en voz baja—. A la gente le inquietará mucho sabiendo lo que le ocurrió al ocupante anterior…
—Sí… Sobre todo porque no llegaron a descubrir cuál fue el detonante del fuego.
Su marido asintió. Recorrieron la avenida para ver si encontraban algún otro establecimiento en el que vender sus mercancías. Lo único que hallaron fue una tienda de pociones, pero únicamente vendían, no compraban, así que no les era útil. Hicieron en el banco la última parada. Los duendes belgas les dieron 420 galeones por una moneda de Circe y Raspy almacenó el dinero con gran entusiasmo. Tras eso, volvieron a casa.
Esa tarde, después de comer, los Black respondieron a las cartas de clientes particulares. Les explicaron que habían estado de vacaciones y les preguntaron si seguían interesados en las sustancias. Si era así, debían enviarles el dinero por adelantado y ellos se las harían llegar. En previsión de que alguno aceptase, a la mañana siguiente volvieron al bosque.
Las criaturas tenían memoria, los recordaban… aunque no todos les guardaban la misma confianza que cuando convivían a diario. A Bellatrix le costó bastante ordeñar a una pareja de serpientes y extrajo poco veneno, pero no quiso arriesgarse a más. Las sirenas, como Sirius ya les explicó la situación, mantenían la admiración hacia ambos. Los uros habían tenido una cría y no permitían acercarse a nadie. Byron, el dragón, continuaba con su vida ajeno al resto de seres, pero en su cueva seguía habiendo escamas para recoger. Parecido ocurría con el demiguise, al que no lograron distinguir, pero sí hallaron pelos suyos, muy útiles para fabricar capas de invisibilidad. De los unicornios y los caballos abraxan se encargó la tropa de Raspy, eran grandes recolectores.
—Muy bien, enanito, os superáis cada vez –lo felicitó Sirius cuando les entregó su botín. Le dio golosinas a él y a los treinta escarbatos que lo habían ayudado. — No ha estado mal comentó emprendiendo el camino de vuelta.
—No… —respondió Bellatrix— Podemos volver más días… aunque con más calma que antes. Ahora en verano no hace falta madrugar ni tenemos que pasar tantas horas sudando y persiguiendo criaturas. De momento podemos ir tirando con lo que tenemos y lo que nos pidan los clientes.
—Muy bien, peque, como tú quieras.
Eso hicieron. Repitieron el plan varias mañanas. Siete de los clientes particulares les mandaron el dinero para confirmar sus solicitudes y Sirius se encargó de enviárselos. Bellatrix volvió a fabricar pociones por las tardes mientras su marido escribía a antiguos clientes ofreciéndoles los productos de temporada. En eso estaban una tarde cuando alguien –ya no tuvieron duda de quién— llamó a su puerta.
—¿Qué hay, Nellie? –la saludó Sirius.
—¡Hola! Vengo a avisaros de que mañana por la tarde hemos quedado con Theo para cenar. Haremos un picnic en la granja.
—Ah, estupendo –respondió Sirius—. Recuerda que a él, de momento, no podemos hablarle de la magia. Por su propia seguridad, no quiero involucrar a más gente en nuestros problemas…
—Sí, sí, claro –respondió Eleanor alegremente—. ¿Puedo saludar a Bella o está durmiendo otra vez?
—Está ocupada fabricando pociones, pero pasa.
Sirius la condujo a la habitación-laboratorio y Bellatrix la saludó sin apartar la vista del caldero al que iba añadiendo poco a poco gotas de veneno. Eleanor contempló los calderos, las estanterías y los extraños productos que ahí acumulaban con gran curiosidad.
—¿Qué haces? –le preguntó a la bruja.
—Una poción quema-grasa, son las que mejor se venden.
—¡Qué práctico! ¿Me puedes luego hacer una para ser joven siempre? –pidió Eleanor— No quiero ser vieja nunca.
—No, lo siento, las pociones de la eterna juventud no existen; quienes dicen venderlas solo timan a la gente.
—Amm… —murmuró Eleanor— ¿Y una para conseguir dinero?
—No existe forma mágica de conseguir o multiplicar dinero –le explicó Sirius.
—¿Y para estar feliz siempre?
—Cuesta seis meses preparar felix felicis y si abusas de ella, te vuelves loco. Es mejor no tomarla.
La muggle asintió lentamente. Los Black supieron que en su cabeza se estaba preguntando para qué tritones servía la magia. Poco después se despidió y quedaron para el día siguiente.
—Tengo que reconocer que había echado de menos esto –comentó Bellatrix poniéndose unos shorts con una camiseta de manga corta—. La ropa de magos da demasiado calor.
—Salvo en invierno, que te jodes de frío porque una capa protege menos que un abrigo –apuntó Sirius-. Te tienes que pasar las horas usando hechizos de calor.
Su mujer asintió, era cierto. Mientras ella se vestía para el picnic, Sirius estaba hojeando el Profeta que la lechuza Carper les había entregado esa mañana.
—¡Mira! –exclamó de repente.
En la sección de Sucesos había una columna breve, pero con un titular llamativo: "Avistado el difunto Peter Pettigrew". El titular era un cebo: al leer el cuerpo de la noticia, se comprobaba que no disponían de prueba alguna. "Varios testigos" afirmaban haber visto al difunto mago merodeando por el Callejón Knockturn. No daban más detalles. El siguiente párrafo resumía la tragedia que presuntamente sufrió Pettigrew y el último, lanzaba las preguntas que aquello suscitaba: ¿Fue una trampa lo que ocurrió tras el asesinato de los Potter? ¿Fue Pettigrew secuestrado? ¿Fingió su muerte para salir de la pobreza en la que vivía? No tenían respuestas pero prometían seguir informando.
—No es gran cosa –murmuró Bellatrix—, pero es un comienzo.
—Han tenido mucho valor para publicar algo así, a los padres de la rata no les hará gracia que agraven su duelo… —comentó Sirius.
—Parece que McGonagall ha cumplido su palabra… Le voy a escribir para preguntarle si ha sido ella. Esta noche miramos si nos ha contestado.
Tras redactar la pregunta, caminaron hasta la granja donde Eleanor, Rose y Theo ya los esperaban. El chico se alegró mucho de volver a ver a Sirius y lo mismo el mago. Pasaron una tarde muy agradable bebiendo limonada y comiendo sándwiches mientras reían y charlaban sobre sus vidas. Era agradable estar de vuelta.
En cuanto esa noche llegaron a casa, Bellatrix comprobó el libro de Circe. No había respuesta por el momento. La recibieron después de cenar: Minerva respondió que sí, ella había creado el rumor y, gracias a sus contactos, logró que llegara a la prensa. De momento era tan solo una columna que el afectado difícilmente vería, pero era una llama que podían ir avivando…
—Con lo que le gusta a la gente cotillear e inventar rumores, pronto tendrán doscientas lechuzas en las oficinas del Profeta asegurando que han visto a Pettigrew en Gringotts follando con un duende –comentó Sirius.
—¡Qué bruto eres! –rio Bellatrix— Pero sí, es un buen comienzo.
Durante los meses siguientes, McGonagall les escribía unas líneas a la semana resumiendo los progresos. El rumor de la resurrección de Pettigrew creció con rapidez: era lo más extraño y misterioso que sucedía desde la muerte de Voldemort y la gente no podía dejarlo correr. Unos afirmaban haberlo visto, otros aseguraban que se debía a un ritual para traer a la vida a los muertos y unos pocos susurraban con horror que era el preludio del regreso de Voldemort. Nadie deseaba creer que el Mago Oscuro pudiera seguir vivo, así que ese fue el primer rumor que intentaron frenar. Sin embargo, precisamente por eso y porque era el más jugoso, empezó a replicarse en todos los corrillos que se formaban en el Callejón Diagon.
Lo inesperado (o no tanto, porque así funcionan los chismorreos) fue que surgió un segundo rumor: gente que juraba haber visto a Sirius Black buscando terminar lo que empezó. Eso les encantó a los dos prófugos.
—¡Es mejor de lo que esperábamos! –exclamó Sirius— Si está en Inglaterra, ha tenido que enterarse seguro. Y estoy seguro de que esto le pondrá nervioso, se asustará e intentará huir.
—La pregunta es a dónde –suspiró Bellatrix—. ¿A dónde crees que puede marcharse?
Tras meditarlo unos segundos, Sirius respondió:
—A buscar a alguien que le proteja.
Su mujer asintió, tomándose también su tiempo para responder.
—¿Crees que habrá oído los rumores y viajará a Albania?
—No tengo ni idea –reconoció Sirius—. Pudiera ser, no tiene muchas opciones…
—A no ser que cometa un error y lo atrapen en el viaje, esto no nos ayuda mucho a encontrarlo… —apuntó Bellatrix.
—Hombre, la gente estará más atenta… y empezarán a dudar de la versión oficial…
Su mujer asintió y se sumieron en un silencio reflexivo.
—Sirius… ¿Y si con esto lo que conseguimos es que Voldemort y Pettigrew se reencuentren? –inquirió Bellatrix con repentino temor.
—No lo creo… —respondió él intentando convencerlos a ambos— Y, aunque lo hicieran, no creo que la rata le fuese a Voldemort de mucha ayuda. Con un poco de suerte, lo termina de matar por error.
—No lo subestimes, ya lo hiciste una vez y mira lo que pasó.
Sirius gruñó como respuesta. Al rato Bellatrix se recompuso y elucubró más calmada:
—De todas maneras, no creo que ocurra. Ni siquiera sabemos que lo de Albania sea cierto, solo lo sospechamos por los rumores que te contaron las sirenas.
—Acabamos de ver que basta un rumor para convencer a todo un país de que un muerto está vivo…
—Ya, pero lo de Albania no es un rumor que haya aparecido en la prensa. Según dices tú, Pettigrew difícilmente podrá comunicarse con ninguna criatura. Ni de broma habla sirenio, así que no…
—¡Eso es! –exclamó Sirius repentinamente eufórico— ¡Eso es lo que haremos!
—¿El qué? –inquirió Bellatrix desconcertada.
—Hacerle creer que Voldemort está aquí.
