Bellatrix se quedó mirando a Sirius desconcertada durante unos segundos. Empezó a temer que, al final, la sensata del matrimonio fuese ella. Él desarrolló su idea:
—No me refiero a publicar un anuncio en el Profeta ni a vender esto como un destino turístico para conocer a Voldemort… sino a pedir ayuda a las criaturas. A nosotros nos ha llegado la información de que se esconde en Albania; de igual forma, nosotros podemos hacer que a Colagusano le lleguen rumores de que Voldemort se oculta en este bosque.
—Eso es muy, muy arriesgado –apuntó Bellatrix.
—Totalmente de acuerdo –coincidió su marido.
—Si se entera alguien más…
—¿Qué? ¿Qué harían en el improbable caso de que se enteraran? –la animó a continuar Sirius— ¿Venir a buscarlo? Ni de broma, le tienen mucho más terror que nosotros. A Minerva le contamos lo de Albania y, según nos ha dicho en sus cartas, se lo ha mencionado a Dumbledore y él ni se plantea ir a buscarlo.
—Porque Albania es muy grande y es casi imposible atrapar a un espectro, pero… ¿Y si se entera algún mortífago? Sería guiarlos directamente a nuestra casa.
—Entonces los matas, amor –sonrió Sirius burlón—. ¿Crees que algún mortífago es rival para ti?
—Por supuesto que no –sentenció Bellatrix al momento.
—De todas maneras, es solo una idea, hablar por no callar –murmuró Sirius—. Es algo que tendría que hablar con las sirenas, tú susurrárselo a las serpientes ahora que vuelven a confiar en ti, podríamos influir en los males acechadores para que colaboraran…
Lo meditaron durante unos minutos.
—Lo bueno es que tenemos el mapa –comentó Bellatrix—. Si apareciera Colagusano, lo detectaría, ¿verdad?
—Con nombre y apellidos. Me aseguré de ello. Lo mismo si se tratase de algún mortífago o alguien con quien estuviésemos en Hogwarts.
La bruja asintió lentamente.
—¿Y dónde haríamos correr el rumor? No sabemos a dónde irá Pettigrew…
—Yo creo que ni él mismo lo sabrá –apuntó Sirius—. Tendrá miedo de salir del país y que lo pillen en el intento, se quedará paralizado. Lo primero que se me ocurre son sus padres: dudo mucho que les avisase de su proyecto para fingir su muerte, pero ahora, con las historias de que está vivo, corre peligro y no tiene a nadie más, igual acude a ellos.
—¿Dónde viven?
—En Ratbury, un pueblo de menos de cien habitantes, en la provincia de Dover.
—No lo he oído en mi vida.
—Está casi deshabitado. Son todo campos y media docena de casuchas que, más que construidas, parece que las han dejado ahí tiradas.
—Bueno… En una zona así es más fácil tender una trampa que en una gran ciudad. Además, Dover está muy cerca de Bélgica, solo nos separa el canal de la Mancha… Pero, si supiéramos que está ahí, podríamos ir y atraparlo, ¿no? –inquirió Bellatrix.
—No estará ahí permanentemente, como mucho irá a pedirles dinero o lo que sea a sus padres. El resto del tiempo lo pasará vagando por el campo como la rata que es. Además, seguro que con la historia de que está vivo, han puesto a aurores a vigilar la zona. No nos conviene que nos vean merodeando, podrían transcurrir meses hasta que apareciera la rata –suspiró Sirius.
—Cierto… Está bien, es una posibilidad; muy peligrosa, pero de momento no se me ocurre nada mejor –concedió Bellatrix—. Lo meditaremos estos días y podemos ir tanteando a las criaturas a ver si están dispuestas a colaborar…
Lo hicieron. Durante las semanas siguientes, Sirius habló con las sirenas y Bellatrix con las serpientes marinas. A ambas especies les llevaría pocas horas cruzar el canal de la Mancha y llegar a Dover, la ciudad junto a la cual estaba el pueblo de los padres de Pettigrew. Para los males acechadores, serían escasas horas de vuelo; durante la primera guerra, estuvieron de parte de Voldemort, así que Colagusano los relacionaría con Él. Sin embargo, estos últimos eran complicados de amaestrar... Tras varios días dándole vueltas, Bellatrix sentenció:
—Los voy a envenenar.
—¿Perdón? –replicó Sirius— ¿Vas a envenenar a unas criaturas que son venenosas?
—Sí, aunque para eso necesitaremos a un grifo… —murmuró contemplando el Mapa del Rastreador.
—Hay un par con los que me llevo bien, aunque los hipogrifos son más inteligentes… ¿No valen ellos?
—No. Pese a que los dos tienen cabeza de águila, solo el grifo es capaz de cantar. Su canto genera en el resto de aves una confusión muy grande, tanto, que suelen emigrar y abandonar el lugar.
—Vale… Pero no creo que emigren hacia donde mejor nos venga a nosotros, ¿no? –ironizó Sirius.
—De forma natural no, pero…
Bellatrix revolvió en las estanterías donde guardaban las sustancias venenosas hasta encontrar un tarro con unas raíces etiquetadas como "Lazo del diablo". Lo extrajo con cuidado y seguidamente cogió otro con un líquido gris que decía "Lágrimas de banshee". Sirius observó como su mujer vertía unas gotas en un caldero y las mezclaba con cuidado.
—Las lágrimas de banshee generan en quien las roza un deseo irrefrenable de volver al hogar. El lazo del diablo es de origen inglés y sus raíces contienen información de la tierra donde creció –explicó Bellatrix—. Si las mezclas (y lo haces bien), crean una poción que crea la necesidad de volver a Inglaterra.
—O sea… el plan es que los grifos aturdan a esos bichos, echarles la poción y se largarán a Inglaterra, ¿verdad? –elaboró Sirius.
—En eso confío –respondió su mujer—. Esta poción tarda un par de días en estabilizarse, estará para el jueves.
Sirius asintió.
—Pero Inglaterra es muy grande… ¿Cómo sabemos que alguno llegará al pueblo de Colagusano? –preguntó el mago.
—No lo sabemos, ¡pero algo tendrá que poner la puta rata de su parte! –exclamó Bellatrix con hartazgo— Digo yo que lo estará buscando… Espero que esté atento a las señales. Tampoco podemos ser muy evidentes y mandarle una carta firmada por Voldemort preguntándole si, ahora que corre peligro, necesita un sugar daddy.
Sirius se echó a reír ante la desesperación y la ironía de los comentarios de su mujer. Al final, le concedió que tenía razón. Además, no era necesario que los rumores sobre la oscuridad que se cernía sobre el bosque de Durbuy llegasen directamente a Pettigrew; bastaba que las ratas comunes lo notasen y se lo transmitiesen a él.
Así pues, transcurridos dos días, procedieron con el plan. "Muerde esto", le ordenó Bellatrix a Sirius pasándole una hoja de acónito, "Así la poción no nos afectará". Sin dejar de masticar la hoja, Sirius atrajo a la pareja de grifos a la zona boscosa de cuyos árboles colgaban los males acechadores. No fue difícil: a pesar de su cuerpo de león, esas criaturas eran como gatos deseando que Sirius jugase con ellos. Les hizo cosquillas en el cuello logrando así que ambos emitieran un canto que sonaba similar a unas garras arañando cristales.
—Ahora hay que esperar un poco… —murmuró Bellatrix.
Tras unos minutos, los Black observaron que de los capullos verdes que colgaban de los árboles, surgían unas enormes mariposas con cabeza de reptil. Volaban en círculos, chocando unas con otras sin mucho tino. Bellatrix se transformó en cuervo. Cogió entre sus patas el frasco mágico que vaporizaba la poción y alzó el vuelo logrando impregnar con la mezcla a la mayoría de males acechadores.
—No hacen nada… —comentó Sirius viendo como continuaban su vuelo errático.
—Dales un rato –apuntó Bellatrix volviendo a su forma humana.
Cinco minutos después, la poción alcanzó su sistema nervioso: los males acechadores se alzaron hasta superar las copas de los árboles y desaparecieron en el horizonte.
—Espero que con eso más las sirenas y las serpientes de agua sea suficiente –suspiró Sirius.
—Yo también lo espero. Vamos a contárselo a Minerva, por si acaso…
"Por si acaso nos pasara algo" era como sabían que terminaba la frase. Pese al nutrido ego que ambos poseían, sabían que se hallaban inmersos en una causa mucho más grande que ellos mismos.
Ya sospechaban que a su profesora le parecería un plan demasiado arriesgado, por eso habían esperado a tenerlo en marcha. Así fue. A McGonagall no le hizo gracia y dudó de su eficacia, pero ya era tarde para echarse atrás. Les confirmó que había aurores de incógnito vigilando el apartamento de Colagusano y también la casa de sus padres. De momento, sin noticias. No las hubo hasta dos semanas después.
Nada más despertarse, Bellatrix revisó el libro de Medea como cada mañana y cada noche. Había una sola frase: "Conseguid el Profeta de hoy". Se levantó y se lo mostró a Sirius, que estaba haciendo el desayuno.
—¿No podía dar más datos? –inquirió el mago frunciendo el ceño.
—Eso le he contestado, pero no hay respuesta, estará en clase…
—¿Cómo podemos conseguirlo? En Bélgica no se vende en ningún sitio, ¿verdad?
—No… Carper no vendrá hasta dentro de tres días y tampoco sabemos el de qué fecha nos traerá…
Sirius entrecerró los ojos en un gesto de concentración. Era muy bueno con la geografía, los mapas y las distancias.
—¿Inglaterra tiene algún problema con Luxemburgo?
—No que yo sepa… Solo con Bélgica –respondió Bellatrix.
—En hora y media de moto podemos estar en Luxemburgo –resolvió Sirius—. Buscamos algún kiosco en la zona mágica y, si tenemos suerte, recibirán el Profeta. Podemos pasar ahí el día, ya que vamos.
—¡Qué buen plan! –exclamó Bellatrix ilusionada.
Más que conseguir el periódico, lo que le hacía ilusión era retomar sus viajes en moto y pasar un día de excursión, como si no fuesen fugitivos intentando atrapar a una rata y a un cadáver moribundo. Desayunaron deprisa, se vistieron y Bellatrix se aseguró de llevar en su bolso el Atlas del Mundo mágico: una colección de mapas que indicaban dónde se localizaba la zona mágica de cada país.
—¿Llevas todo, Raspito? –preguntó Bellatrix mientras Sirius cogía las llaves de la moto.
El escarbato metió la mano en su bolsillo y extrajo el monedero. Repitió el proceso y sacó un manojo de raíces. Volvió a guardarlo todo y profirió un sonido de aquiescencia: todo en orden y preparado para el viaje. Bellatrix lo colocó en el sillín especial que le adaptaron en el maletero de la moto y Raspy se acomodó satisfecho dispuesto a echarse una siesta durante el viaje.
—¿Quieres conducir tú, peque? –bromeó Sirius.
Bellatrix respondió con un gruñido. Su marido estaba intentando enseñarle a conducir, pero ella era bastante kamikaze e ignoraba las señales y los límites de velocidad. Durante sus prácticas, habían tenido que usar numerosos hechizos para salvar sus vidas. La bruja se negaba a aceptar que había una materia en la que no era buena estudiante, así que alegaba que conducir era de muggles y no le interesaba.
—Muy bien, pues agárrate que nos vamos –sonrió Sirius.
Bellatrix se agarró a su cintura, apoyando la barbilla en su hombro y disfrutó de la sensación. Fue un viaje muy agradable, con los primeros vientos del otoño y los paisajes boscosos que empezaban a teñirse de ocre y dorado. Había poco tráfico, así que solo tuvieron que parar en una gasolinera para repostar. Lo hicieron justo al cruzar la frontera y ahí aprovecharon para volver a cambiar su aspecto (su pelo y sus ojos), puesto que al país vecino sí habrían llegado noticias de los célebres asesinos británicos.
—Vamos a aparcar aquí –murmuró Sirius cuando llegaron a un aparcamiento al aire libre cerca del centro de la ciudad—. Mejor no hacerlo demasiado cerca de la zona mágica, no hay que llamar la atención.
Bellatrix estuvo de acuerdo. Con discreción, sacó a Raspy del maletero y lo metió en su mochila encantada. Después, consultaron el mapa y localizaron la ruta para dar con la zona mágica. Se hallaba en un barrio bohemio bastante céntrico. La entrada estaba en la parte baja de un enorme puente de piedra y se atravesaba como el Anden 9 y ¾. Accedieron sin ningún problema.
—No se parece al Callejón Diagon –murmuró Sirius observando la zona en la que aparecieron.
—Tampoco a la Avenida del Augurio –constató Bellatrix.
No, en esa ocasión no era una calle amplia, sino una plaza central de la que salían callejuelas retorcidas como pequeñas serpientes en todas direcciones. Varios magos y brujas disfrutaban del sol matutino en las terrazas de las cafeterías de la plaza; otros se dirigían a las callejuelas con cestas de la compra y paso presuroso. Había carteles que indicaban las direcciones en francés y alemán, pero no había ninguno que señalizara un kiosco.
—¿Preguntamos o investigamos? –inquirió Sirius observando a la gente que pasaba a su lado.
—Mejor investigamos –respondió Bellatrix en su afán por rehuir el contacto humano—, aquí sí podrían reconocernos.
—Creo que sobrestimamos nuestra fama –comentó Sirius tomándola de la mano y eligiendo un camino al azar.
Las callejuelas eran estrechas, del aspecto medieval que confieren la piedra y los pavimentos adoquinados. Ambas aceras estaban salpicadas de tiendas, también con entradas angostas y letreros antiguos; los magos casi tenían que hacer fila para poder acceder. Aún así, toda la zona tenía su encanto, con el sol colándose entre los altos muros y la alegría de quienes podían permitirse ir de compras un martes por la mañana. Los Black disfrutaron del paseo. Entraron a una tienda de mascotas para comprarle chucherías a Raspy y a una de ingredientes para ver el catálogo disponible (muy inferior al de Bélgica).
—¿No hemos pasado ya por aquí? –inquirió Bellatrix observando una boutique de túnicas que le resultaba familiar.
La parte negativa era que el lugar resultaba tremendamente intrincado para quien no lo conocía, con una distribución casi laberíntica. Las callejuelas de piedra daban a otras callejuelas de piedra que, de vez en cuando, volvían a expulsarte a la plaza principal sin haberlo buscado.
—Se acabó, voy a preguntar –sentenció Sirius la cuarta vez que aparecieron en el centro.
Llevaban más de media hora recorriendo la zona y sí, estaban disfrutando, pero a ese paso no cumplirían con su cometido. Habían encontrado un par de tiendas que vendían el periódico local, pero ninguna que distribuyera prensa internacional. El mago escaneó las terrazas buscando quién sería más fácil de trato. Se acercó a una con tres brujas de unos sesenta años, de aspecto afable y ligeramente pícaro. Cuando Sirius las saludó en francés, miraron al cielo como agradeciendo que les hubiese mandado tal regalo. Bellatrix se había quedado varios metros por detrás, con la varita bien agarrada, por si acaso.
—¿Serían tan amables de indicarme dónde hay un quisco? –preguntó con una sonrisa encantadora— Queremos conseguir el diario de Francia, pero solo hemos encontrado el periódico local…
Las tres brujas se hicieron las remolonas, discutiendo direcciones y dudando del camino; no por desconocimiento, sino para prolongar la conversación. Finalmente le indicaron –con absoluta precisión— dónde estaba el kiosco principal y qué calles debían seguir. Él le dio las gracias y pusieron rumbo allá.
Les costó apenas cinco minutos. Era un local que hacía esquina y en su fachada colgaban las portadas de los principales diarios internacionales. No les costó localizar el Profeta y al momento supieron por qué debía interesarles.
—¡Hijo de…! –blasfemó Sirius con rabia.
"¡ESTÁ VIVO!" gritaba en mayúsculas, de un tamaño casi obsceno, el titular de portada. No hacía falta leer la entradilla: una imagen a página completa ilustraba la notica. Se trataba de una fotografía —tomada a través de una ventana— del interior de una pequeña cocina con una persona. Aunque era en color sepia, borrosa y mal enfocada, nadie que lo conociera hubiera dudado que el hombrecillo encorvado, ajado y con rasgos ratoniles era Peter Pettigrew. Miraba el flash de la cámara con horror, en una mueca de espanto que se repetía en bucle y lo hacía lucir aún más desagradable.
Era la confirmación definitiva de que estaba vivo. Hasta ese momento, ni siquiera Sirius lo tenía claro: no perdió la esperanza de que muriese en la explosión que él mismo causó. Pero ahí estaba, una década después, más viejo, más ajado pero con la misma expresión de cobarde traidor. Solo con verlo, a Sirius le entraron ganas de prender fuego al país.
—Vale, estamos alucinando de forma demasiado evidente –masculló Bellatrix con miedo a llamar la atención.
Cogió un ejemplar, Raspy le entregó una moneda al dependiente y guardó el periódico en su bolso. Un par de calles más allá, localizaron un pub poco iluminado y bastante ruidoso. Entraron. El local parecía emular la distribución de la zona, pues en lugar de una habitación rectangular, se trataba de un pasillo retorcido del que iban saliendo pequeños cubículos en los que apenas cabían dos mesas. Incómodo, pero garantizaba la privacidad. Los Black ocuparon un cubículo con una única una mesa. Pidieron unas cervezas de mantequilla y cuando se las sirvieron, desplegaron el periódico.
—¿Quién lo ha descubierto? –inquirió Sirius.
—¡Rita Skeeter! –exclamó Bellatrix al ver la firma— Era compañera mía, de Slytherin.
—Pues ahora es periodista de investigación… y creo que ya ha alcanzado la fama.
