Rita Skeeter había publicado el que sería sin duda su primer gran éxito. Su reportaje ocupaba media docena de las páginas centrales. La periodista narraba su hazaña como si hubiese descubierto la tumba de Salazar: según sus propias palabras, estuvo vigilando —a la intemperie, siempre al acecho— desde que se empezaron a escuchar los rumores sobre la no-muerte de Pettigrew. Su olfato periodístico le dijo que ahí había una historia y se documentó profusamente. Llegó a la misma conclusión que los Black: una parada probable sería la casa de sus padres. Skeeter aseguraba haberse apostado ahí con una cámara durante semanas, sin apenas comer ni dormir.
—¿Cómo lo hizo? –inquirió Sirius— Los aurores la habrían visto, ¡la rata la habría visto!
Bellatrix no respondió, leía la noticia a toda velocidad, intentando empaparse de cualquier dato nuevo.
—Dice que nunca vio a Pettigrew entrar ni salir, solo tuvo la suerte de cazarlo ayer a través de la ventana —murmuró Bellatrix sin levantar la vista—. Y habló con su madre.
—¿La dejaron entrar?
—Mmm… No, aporreó la puerta durante varios minutos y armó tal escándalo, que acudieron los aurores que vigilaban la zona. A ellos sí les abrió la señora Pettigrew, pálida y temblorosa. Dentro no había ni rastro de Colagusano.
—Huiría en forma de rata en cuanto vio a Rita –respondió Sirius viéndolo claro—. Su madre dejó entrar a los aurores para demostrar que no había nadie…
Bellatrix alzó la mirada pensativa.
—¡Seguro que Skeeter también lo es! ¡Así pudo vigilar a todas horas sin que nadie la viera! Solo se transformó cuando tuvo que hacer la foto, por eso la cara de horror de Colagusano cuando la ve de repente.
—¡¿Pero es que en nuestro curso somos todos animagos ilegales?! –inquirió Sirius perplejo.
Al parecer sí, pero, en esos momentos, era lo menos importante. Aunque la noticia ocupaba casi seis páginas, novedades apenas había. Lo único era la fotografía, que sin duda tenía peso suficiente para merecer semejante reportaje. Rita se explayaba sobre su investigación durante dos páginas, en las siguientes rememoraban el crimen de los Potter y el asesinato de los doce muggles y las últimas estaban destinadas a las posibles explicaciones.
—Hombre, aquí estoy otra vez –masculló Sirius con amargura.
Seguían utilizando la fotografía de un Sirius de dieciocho años en la graduación de Hogwarts, que muy poco tenía que ver con el actual. Su papel en el crimen seguía siendo motivo de debate. La principal hipótesis era que Peter fingió su muerte para librarse de Sirius, sabiendo que estaba loco y lo asesinaría después de matar a los Potter.
—¡Pero qué asco de mundo! –bramó Sirius— ¡Aun sabiendo que lleva una década mintiendo, él sigue siendo la víctima y yo el asesino múltiple!
Había creído que al mundo le bastaría con ver vivo al maldito traidor para retirar las acusaciones sobre él… Se equivocó.
—Es solo una idea estúpida –lo intentó calmar Bellatrix cogiéndolo de la mano—. Mira, también ponen que igual fue una trampa hacía ti…
Eso aparecía en el penúltimo párrafo y en apenas una línea, junto con otras teorías disparatadas. También se mencionaba a Bellatrix como posible sospechosa de varios crímenes inciertos. Ambos seguían siendo objetivos de alta prioridad para el Ministerio; solo que ahora, se les había unido Pettigrew. A Skeeter le había dado muy mala impresión, ella consideraba culpable a todos los implicados hasta que se demostrase lo contrario (o incluso aunque se demostrase). A Sirius le dolió especialmente que mencionaran la posibilidad de que los Potter también siguieran vivos.
—Vi sus cuerpos, es lo más doloroso que he visto en mi vida –recordó con pesar.
—Yo también los vi.
—¿Cuándo? –inquirió Sirius desconcertado.
—Cuando fui a buscarte para que no te atraparan.
El recuerdo de su huida juntos y de lo que Bellatrix hizo por él, logró que Sirius se tranquilizara un poco. Dieron un sorbo a sus cervezas y volvieron al leer la noticia con más calma. Raspy, sentando en una esquina de la mesa comiendo las chucherías que le acababan de comprar, los miraba con interés.
—De todas maneras… esto es solo lo que ha escrito el Profeta… —murmuró Bellatrix—. Mira las fotos –comentó enfrentando el retrato juvenil de Sirius con la desastrosa instantánea de Pettigrew—. Si la opinión pública tiene que decidir quién de los dos es un criminal, yo diría que se decantarán por el que parece un gusano asqueroso.
Sirius no respondió, pero sonrió ligeramente ante la idea de que su belleza actuase de nuevo a su favor.
—Ahora su huida está asegurada, por mucho miedo que le dé abandonar el país, no le queda otra opción –vaticinó Sirius.
—Esperemos que siga la trampa que le hemos trazado –suspiró Bellatrix.
Su marido asintió. Tras repasar la noticia por cuarta vez, guardaron el periódico y apuraron sus cervezas de mantequilla. Después, pagaron y abandonaron el pub.
—Mejor salir de la zona mágica –decidió Bellatrix. Sobre todo ahora que sus fotografías volvían a estar en tendencia.
—Sí, podemos buscar un sitio para comer en Luxemburgo. Entre los muggles no hay tanto peligro.
La bruja aceptó disimulando su alivio: si Sirius seguía con hambre, la noticia tampoco le había afectado tanto. Recorrieron el centro de Luxemburgo, clásico, elegante y reposado con sus casas tradicionales y numerosos parques y jardines que dotaban a la ciudad de un frondoso verdor. Pasearon por la ribera del río Alzette, con Raspy sacando discretamente la cabecita del bolso de Bellatrix para observar el paisaje. Hacía una mañana muy agradable y la caminata les ayudó a relajarse y a suavizar la rabia. Comieron en un pequeño restaurante de comida tradicional y después emprendieron el viaje de vuelta.
—¿Paramos a saludar a Nellie? –inquirió Sirius cuando se acercaban a Durbuy.
—Bueno –respondió Bellatrix.
Saludaron a Eleanor y a Rose, que estaban eligiendo en varios catálogos los arreglos florales para su boda, que sería en primavera.
—¡Hola, Belle! ¡Hola, Thie… Sirius! –exclamó Eleanor— A veces se me olvidan vuestros nombres verdaderos…
La muggle siempre les colaba sutiles reproches por haberle ocultado su identidad, pero ellos fingían no darse cuenta.
—¿Y Raspuchín?
—Creo que no le gusta ese nombre –murmuró Bellatrix sacando al escarbato de su bolsillo.
—¡Pero seguro que sí le gustan las galletas vegetales que le he preparado! –exclamó alegremente.
Le encantaron, eso la salvó de nuevo. Pasaron lo que quedaba de tarde con ellas y después regresaron a casa. Mientras Sirius hacía la cena, Bellatrix le escribió a McGonagall: le contó que habían conseguido el periódico y estarían pendientes de cualquier movimiento de Pettigrew. Lo estaban literalmente: tenían el mapa del rastreador desplegado en la mesa del salón y lo comprobaban cada hora para asegurarse de que no hubiese humanos; Sirius incluso se lo llevaba a la mesilla para dormir. La profesora les contestó por la noche, explicándoles que el Ministerio estaba muy descolocado con la noticia y no sabían por dónde tirar.
—Dice que Dumbledore está de nuestra parte… —murmuró Sirius— Aunque no le ha dicho que sabe donde estamos.
—Y que siga así, nunca llegaré a fiarme del todo de ese hombre –aseguró Bellatrix—. Todavía recuerdo cuanto me intentó robar a Raspy…
—¿Que hizo qué?
—En tercer curso. Me ofreció un cuaderno con los maleficios que él creó a cambio de que le diera a Raspito.
—Maldito ladrón… —masculló Sirius.
Bellatrix asintió satisfecha. No le comentó que fue una estrategia para hacerla entender que el amor prima sobre el poder; prefería que su marido detestase al entrometido director.
Los días siguientes, los Black se entretuvieron recogiendo ingredientes en el bosque para cumplir con los pedidos de los clientes particulares. Sirius incluso retomó el libro que empezó a escribir antes de la última huida sobre las leyendas de los pueblos belgas.
—Me ayuda a distraerme –comentó—, a despejar la mente y centrarme en otros asuntos.
—Muy bien, a por tu segundo bestseller –sonrió Bellatrix—. Yo voy a escribir a Rodolphus, aunque no me pueda contestar.
La carta sería irrastreable, por su seguridad, pero le prometió a su amigo mandarle noticias. No le contó dónde estaban ni a qué se dedicaban, pero le resumió lo sucedido con Pettigrew. También le aseguró que estaban todos bien y le advirtió que dejara de darle golosinas a Bato o se iba a poner obeso. No se atrevió a comentar nada de los galeones de Circe que su escarbato le dio a Raspy, era un tema que prefería tratar en persona. Pero sí le puso que habían estado muy bien en su mansión y esperaba poder visitarlos de nuevo pronto.
Cuando terminó, avisó a una de las lechuzas del bosque, le entregó el sobre y el animal alzó el vuelo dispuesto a cumplir su misión.
—¿Algo nuevo? –inquirió Bellatrix sin demasiado entusiasmo.
—Nada, un breve según el cual varias personas afirman haberlo visto en diez partes diferentes del mundo –murmuró Sirius.
Cada día que Carper les llevaba el Profeta, lo devoraban esperanzados, pero no había noticias nuevas. McGonagall les mandaba un informe casi diario, aunque en Inglaterra tampoco tenían novedades. Un par revistas de cotilleos y algunos cronistas de sociedad habían publicado artículos de opinión poniéndose del lado de Sirius. No lo manifestaban muy abiertamente, pero sí empezaban a dudar de la versión oficial.
"Algo es algo" suspiraba el afectado. Pese a los giros que el asunto había dado en las últimas semanas, parecía que nunca iban a avanzar. Se les escapaba entre las manos como la rata que era. La noche del uno de noviembre, eso cambió.
—¿Raza gatuna de seis letras que empieza y termina por a? –inquirió Sirius.
—Yo que sé –respondió Bellatrix sin levantar la vista de su libro.
—Mmm… No eres tan lista, peque.
—¡Te he dicho que no me interesan un troll muerto los crucigramas muggles! –protestó la bruja.
Sirius se había aficionado esa semana, cuando fue a la peluquería de Durbuy y esperó su turno leyendo el periódico local. Desde ese día, Eleanor se lo pasaba cuando terminaba de leerlo y él resolvía los pasatiempos mientras Bellatrix leía. Eran casi las dos de la mañana, pero como al día siguiente era sábado y no pensaban trabajar, preferían trasnochar.
—¡Angora! –exclamó con satisfacción— ¡Nada se resiste a este titán!
—Felicidades, Siriusín, nunca he estado tan orgullosa –murmuró Bellatrix con sorna.
Su marido dobló el periódico y le dio un golpe en el muslo en venganza. La bruja iba a contraatacar, pero un grito de Sirius se lo impidió. Se incorporó de un salto y cogió el mapa desplegado sobre la mesa.
—¡MIRA!
Imprimió tal ímpetu a sus movimientos, que casi tiró a Bellatrix del sofá y Raspy chilló sobresaltado. Había motivos para ello. En una de las entradas al sur del bosque (perpendicular a la que utilizaban los Black), un cartel destacaba sobre los del resto de criaturas de la zona: "Peter Pettigrew", se leía en enormes letras rojas parpadeantes. Bellatrix lo comprobó varias veces para estar segura.
—¡Está aquí, ha funcionado! –exclamó Sirius incorporándose de un golpe.
Cuando su mujer logró reaccionar, él ya se había cambiado de ropa con un gesto de varita. "¡Vamos, vamos!" la apremió junto a la puerta. Bellatrix, ligeramente aturdida pero completamente decidida, se cambió también y asintió.
—¡Espera un segundo! Se lo voy a escribir a McGonagall –dijo a la vez que invocaba el libro de Medea.
—¡No hay tiempo! ¡Se escap…!
—¡Sirius! –le regañó Bellatrix con voz firme para que se calmara un poco— Alguien debe saberlo, por si pasara algo.
El mago iba a replicar nuevamente, pero no fue necesario porque, en efecto, a Bellatrix le llevó un segundo escribir "¡Está aquí!" y arrojar el libro al sofá. Salieron corriendo con Raspy a la zaga. Mientras cruzaban la carretera, Bellatrix le advirtió que debían tramar una estrategia: una rata no era un dragón, no iba a ser fácil encontrarlo y si los detectaba, desaparecería. Eso hizo a Sirius aminorar el paso ligeramente. No apartaba la vista del mapa, asegurándose de que su enemigo seguía ahí.
—Raspy, ten cuidado, mantente alejado –advirtió Bellatrix al escarbato, que poco después cavó un túnel y desapareció bajo tierra.
Las huellas humanas que representaban a Pettigrew avanzaban sin pausa, pero tampoco muy veloces, como extremando la precaución. A esas horas, salvo las aves nocturnas y algunas serpientes, la mayoría de animales permanecían en reposo.
—Nos acercamos a donde está –elaboró Sirius sobre la marcha— y nos trasformamos, así es más difícil que nos vea.
—Es más difícil que me vea a mí –le corrigió su mujer—, tú eres un perro gigante al que conoce de sobra.
—Me camuflo muy bien en la oscuridad –se defendió Sirius, que no quería perderse la acción.
No hablaron más, anduvieron en silencio e insonorizando sus pisadas. Cuando el mago vio que Colagusano se detenía, señaló el mapa con gesto interrogante. Bellatrix supo que se preguntaba qué zona era. Se trataba de un camino estrecho flanqueado por árboles frutales que daba a un claro; ninguna criatura habitaba en esa zona… al menos ninguna que a ellos les sirviera de utilidad.
—Roedores –susurró la bruja recordándolo—. Suelen estar en esos árboles, mordisqueando las raíces y los troncos.
—Se ha reunido con sus semejantes…
—Eso lo dificulta todavía más. ¿Cómo lo distinguimos? El mapa no puede afinar tanto.
—Te aseguro que yo lo distingo entre mil… Le falta un dedo.
—¡Qué útil! –exclamó Bellatrix sin dejar de susurrar— Las cogemos de una en una y les contamos los dedos.
Su marido puso los ojos en blanco por la burla.
—Estará en muy mal estado, lleva casi diez años en forma de rata. Tendrá poco pelo y muchas calvas, estará escuálido, descolorido…
Se calló porque él mismo se dio cuenta de que distinguir algo así de noche, sería casi imposible. Cuando apenas quedaban cien metros para alcanzarlo, ultimaron el plan:
—Yo me transformo, un cuervo no llama la atención –aseguró Bellatrix intentando calmar su respiración—. Contigo usamos el encantamiento de invisibilidad y el insonorizador y entre los dos, vemos como lo localizamos.
—De acuerdo –aceptó Sirius demasiado exaltado también—. Hay que tener en cuenta que si lo devolvemos a su forma humana, podrá aparecerse…
Su mujer asintió y procedieron. Bellatrix le aplicó a Sirius el encantamiento desilusionador (ella lo dominaba por completo) y se volvió invisible. La bruja se convirtió en cuervo y comenzó a sobrevolar la zona. Al principio le costó distinguir vida entre aquellos árboles, pero en cuanto descendió un poco, comenzó a ver grupos de ratas negras y grises a los pies de los árboles. "Qué asco dan", pensó con repelús, "Si cuando aprendió a transformarse, Sirius le hubiese dado un pisotón, problema solucionado".
Había muchas ratas y ratones, demasiados. Colagusano debía poder comunicarse con ellos y los tenía ahí reunidos, probablemente para recabar información. Bellatrix se acercó lo máximo posible sin llamar la atención, posándose en las ramas bajas y examinando el terreno. Todas le parecían iguales. A Sirius debía de estar sucediéndole lo mismo, porque los minutos transcurrían y no había movimiento. Media hora después, empezó a desesperarse. Llevaba rato pensando en algún hechizo que pudiese ayudar, pero solo se le ocurría ponerse a matar ratas a lo loco.
—¡Ratmicantes!
Sirius gritó con tal fuerza que sobresaltó a Bellatrix, que vio como una luz emergía del punto donde debía estar su marido e impactaba sobre uno de los grupos de ratas. Al momento, una de ellas empezó a brillar en la oscuridad. Coincidía con la descripción que Sirius había hecho. La bruja se lanzó en picado, tratando de atrapar al animal entre sus garras. Atrapó a tres, pero la brillante era demasiado veloz: vivía acostumbrada a huir. Sirius se transformó en perro, perdiendo así la invisibilidad pero multiplicando su olfato y velocidad. Empezó a perseguir al roedor, que se movía con agilidad mientras el cuervo lo perseguía.
El resto de ratas parecía que trataran de ayudarlo, pues se interponían en el camino del perro y del cuervo intentando protegerlo y darle tiempo para huir. No obstante, Pettigrew no se atrevía a volver a su forma humana, sabiendo que así sería todavía más visible. Corrieron tras la rata alternando sus formas animales y humanas durante más de un kilómetro de bosque. Pero llegó un punto en que lo perdieron.
—¿¡Dónde se ha metido!? –exclamó Sirius desesperado— ¡Accio rata!
Un roedor voló a su mano, pero no el indicado. "Accio Colagusano" tampoco funcionó. Desplegó de nuevo el mapa y siguieron el letrero de Colagusano durante varios metros más. El bosque era un lugar completamente diferente de noche, más siniestro, más intrincado.
—¿En el tronco de ese árbol? –gimoteó Bellatrix muy alterada sin dejar de usar conjuros rastreadores.
Probaron todo lo que se les ocurrió, pero el enemigo se alejaba cada vez más. Ya había ganado tiempo para volver a su forma humana y desaparecer. Bellatrix se detuvo casi sin aliento.
—¿Por qué no se aparece? –jadeó inquieta— ¿Por qué no se larga del bosque?
Sirius apenas la escuchó. Habían causado tal revuelo, que varias de las criaturas se habían despertado y correteaban por el bosque, dificultando aún más la localización de Colagusano. El mago levantó la vista del mapa, mirando a su alrededor sin ver nada, con lágrimas de rabia pugnando por aflorar.
—Tantos años esperando… tanto esfuerzo dedicado a esto… –susurró.
Bellatrix sintió su corazón encogerse de tristeza. Se acercó a él y lo abrazó. Ambos estaban exhaustos tras la persecución. Sirius se refugió en sus brazos y la bruja solo le soltó cuando sintió que Raspy le agarraba el pantalón.
—Perdona, pequeñín, no… ¡Sirius!
Entre las patas delanteras del escarbato, se retorcía furiosa una rata brillante a la que le faltaba un dedo. Cuando dos segundos después Sirius procesó la sorpresa, Bellatrix ya había devuelto a Pettigrew a su forma humana, lo había inmovilizado y destrozado su varita. El patético ser que era Peter Pettigrew gemía y protestaba sin parar. Aprovechando que el fugitivo estaba de rodillas y que Sirius no era dueño de su ser, le propinó una patada en la cara que le hizo sangre y lo desplazó varios metros.
—¡Sirius! –le regañó Bellatrix — ¡No seas bruto! ¡No podemos matarlo, tienen que encargarse los dementores!
—¡Los dementores no! –suplicó Colagusano— ¡Cualquier cosa menos los dementores!
Viendo el temor que le inspiraban, Sirius comprendió que su mujer tenía razón e intentó serenarse.
—Perdona, no he podido evitarlo.
—Me desagrada profundamente que emplees métodos muggles… La forma de hacerlo es esta: ¡Crucio!
Una luz roja salió de la varita de Bellatrix y Colagusano emitió los más estridentes, desgarradores y hermosos chillidos que los Black jamás escucharían.
—Va a ser una larga noche, viejo amigo –sonrió Sirius alzando su varita.
