La noche del Día de las Ánimas, Sirius empleó por primera vez una maldición imperdonable, la favorita de su mujer. Y para regocijo de ella, se le daba extraordinariamente bien. Usó la maldición cruciatus una vez tras otra, hasta que Bellatrix le advirtió que Pettigrew empezaba a bordear la locura irreversible. La bruja disfrutó casi tanto mirando como torturando: le excitaba ver esa faceta oscura de su marido. Colagusano había quedado reducido a un amasijo de chillidos y lágrimas, incluso se había orinado encima.

—No lo veo más patético de lo habitual –comentó Sirius con desprecio.

El aludido no podía hacer más que llorar y castañear los dientes. Le pitaban los oídos y tenía la vista nublada: no escuchaba ni veía nada.

—Yo creo que se ha quedado aún más calvo –comentó Bellatrix divertida.

—Ninguna pérdida –murmuró su marido—. ¿Qué hacemos con él?

—Sacarlo de aquí. Volvemos a casa a por el traslador y lo entregamos en Hogwarts. Que lo gestionen Dumbledore y McGonagall, yo no quiero acercarme al Ministerio.

Sirius asintió, era un buen plan. El problema era que el preso ni siquiera podía andar, las piernas no le sujetaban. Pensaron en utilizar un conjuro para arrastrarlo, pero eso molestaría a los animales, así que lo levitaron tras ellos. Bellatrix se cansó pronto de sus gimoteos y empleó un conjuro para enmudecerlo. No emprendieron la vuelta sin antes felicitar al héroe de la velada:

—¡Eres un campeón, Raspito! ¡El mejor rastreador del universo! –lo felicitó Bellatrix buscando una golosina en sus bolsillos.

—Lo primero que haré en cuanto lo entreguemos será cocinarte una tarta vegetal gigante –le prometió Sirius.

El escarbato produjo un sonido de satisfacción mientras se dejaba acariciar. Entonces, de la tierra emergieron varios de sus compañeros… cada uno con una rata entre las patas.

—Creo que han pensado que era un juego y ahora todos quieren su premio… —murmuró Sirius.

—Y las han asfixiado en el proceso… —apuntó Bellatrix al notar que la mayoría de roedores estaban muertos.

—Perfecto, menos ratas y más comida para los hipogrifos.

Ambos volvieron a revolver sus bolsillos en busca de golosinas que dividieron y repartieron entre todos. Raspy se despidió de su tropa, se puso en cabeza para indicar el camino de vuelta y emprendieron la marcha. Los Black estaban eufóricos, sintiendo que ahora sí acariciaban el despertar tras la pesadilla.

—¡Qué ganas tengo de volver a ver a Harry! –comentaba Sirius incapaz de borrar la sonrisa.

—¡Yo de comerme una rana de chocolate! –se unió Bellatrix— En Bélgica no venden ningún dulce parecido.

—¿Estás comparando reencontrarme con mi ahijado con comer chocolate?

—Nah, no se pueden comparar... Una rana está deliciosa y nunca molesta.

Su marido sacudió la cabeza, pero estaba tan contento que ni replicó. Quince minutos después, se fijó en el camino por el que los estaba llevando Raspy.

—¿Seguro que vamos bien? –inquirió dudoso— No me suena ese riachuelo…

—Sí, él sabe encontrar el camino más corto –aseguró Bellatrix con confianza.

Aún así, Sirius volvió a sacar el mapa y le echó un vistazo. Lo que vio, le heló la sangre.

—Be… Bella –susurró con un hilo de voz.

Su mujer examinó el mapa que Sirius iluminaba con la punta de su varita. Raspy, efectivamente, había hallado el camino más rápido, ya apenas los separaban unos metros de la salida. El problema no estaba ahí, sino al oeste del bosque. Más de un centenar de letreros con huellas humanas los alertaban de la súbita presencia de compañía. Algunos aparecían con nombre y apellido, otros solamente identificados como "Mago" o "Bruja". En todos los años que llevaban en Durbuy, apenas habían visto a una docena de personas en el bosque, todas muggles y en las orillas, nunca se adentraban.

—¿Puede ser un error?

—No, el mapa nunca se equivoca –aseguró Sirius.

Se detuvieron y empezaron a leer los nombres.

—Parecen ingleses… ¿Y qué es esa cruz junto a los nombres? –inquirió Bellatrix.

Su marido no supo responder.

—Evan Rosier… —leyó la bruja— ¿No murió en la primera guerra?

—Se libraría, no puede ser que…

Sirius se interrumpió al distinguir "Marlene McKinnon" y, poco después, "Dorcas Meadowes". Entonces lo adivinó:

—Eso significa la cruz… Están… ¿muertos? –preguntó sin comprenderlo— El mapa no identifica muertos.

—No son muertos –sentenció Bellatrix con súbito terror—. Es un ejército de inferi. Cadáveres reanimados. Nunca había habido ninguno, por eso esa raza no está registrada en el mapa.

Permitieron que los escalofríos circularan libremente por sus cuerpos mientras seguían examinando los nombres. Solo aparecían identificados los mortífagos y quienes habían coincidido con ellos en Hogwarts. Bellatrix vio que su marido buscaba un apellido frenéticamente y lo comprendió:

—Tranquilo, ellos no estarán. No es práctico crearlos de uno en uno, se hace con un cementerio entero. A quienes murieron en la guerra, los enterraron en el cementerio de Highgate y está claro que es el que han usado. Nadie ha ido al Valle de Godric.

Que al menos los Potter descansaran en paz, otorgó a Sirius un ligero alivio. También su hermano estaba a salvo, puesto que fue enterrado en los terrenos de los Black. Eso no quitaba que varios de esos inferi hubiesen sido amigos y compañeros suyos.

—No son ellos, Sirius, son solo esqueletos… altamente capacitados para matar, pero esqueletos sin alma. No guardan ninguna relación con las personas que conociste.

Su marido asintió lentamente.

—Mira, Barty Crouch Jr. –señaló Bellatrix— ¡y él no tiene la cruz! Debe estar vivo… Ha escapado de Azkaban.

—¿Y cómo han llegado aquí? ¿Qué buscan? –inquirió el mago viendo como las figuras avanzaban lentamente.

—Los ha traído alguien… y probablemente han llegado aquí igual que Colagusano: guiados por los rumores.

Sirius se giró hacia el traidor que levitaba tras ellos y le preguntó casi escupiéndole si los había traído él. Pettigrew no le escuchó, seguía en muy mal estado. Viendo que no iba a sacar nada, Sirius contempló de nuevo el mapa y entonces…

—¿Qué diablos es eso? –preguntó dándole un toque con su varita.

Había aparecido algo más. No tenía letrero, ni huellas, era una mancha oscura y deforme, con un tipo de tinta que Sirius no utilizó al crear el mapa.

—Eso es Voldemort –sentenció Bellatrix.

Esa idea les inspiró el terror definitivo. Pero explicaba la situación: los rumores de que se hallaba en ese bosque llegaron al mago oscuro y había decidido comprobar a quién le interesaba expandirlos. No podía hacerlo solo, no se había recuperado y ni siquiera disponía de cuerpo. Probablemente con la ayuda de Barty, había encantado el cementerio de Highgate y con su nuevo ejército, habían llegado a Bélgica.

—¿Qué hacemos? –preguntó Sirius cristalizando las dudas de ambos.

Bellatrix tardó en responder (porque no sabía cómo hacerlo) sin levantar la vista del mapa.

—Mira a las criaturas… —comentó señalando los letreros no-humanos— Están asustadas, se han despertado y están tratando de alejarse.

—Voldemort causa ese efecto –constató Sirius.

Fue él quien tomó la decisión, sabiendo que no tenían tiempo para pedir ayuda, ni tan siquiera para elaborar un plan.

—No podemos permitir que salgan del bosque. Si llegan a Durbuy, los muggles no podrán hacerles frente y los matarán.

Bellatrix seguía dudosa.

—Y a la granja de Eleanor llegarán antes –añadió Sirius sabiendo que Bellatrix no arriesgaría su vida por "muggles" en abstracto.

—Pero si lo hacemos aquí… Sirius, la forma de matar a los inferi es el fuego. Podría crear un fiendfyre y solucionarlo en cinco minutos. Pero quemaré el bosque y todas las criaturas morirán. No voy a sacrificarlas por salvar a los muggles.

—¡No vamos a sacrificar a nadie! –chilló Sirius desesperado.

—¿Entonces qué? ¿Los matamos uno a uno? –inquirió Bellatrix.

—¿Se te ocurre una forma mejor?

Su mujer negó con la cabeza. Su marido resumió la situación:

—Las opciones son: huir, correr a casa, coger el traslador, ir a Inglaterra y pedir ayuda confiando en que, durante ese tiempo, se queden aquí quietos. O enfrentarse a ellos y… probablemente morir.

—Bueno, somos Black –suspiró Bellatrix—. Está claro cuál vamos a elegir… ¡Mira, Nagini! A ella sí hay que matarla, es el último horrocrux.

—¿Valdrá con un avada?

—No lo sé.

—¿Y Voldemort? ¿Cómo podemos matar a un espectro?

—No tengo ni idea –reconoció Bellatrix.

—Nuestras posibilidades acaban de disminuir aún más –dictaminó Sirius con una sonrisa torcida.

—Entonces es el momento –respondió Bellatrix sonriendo también.

Se besaron como los locos suicidas que eran y dieron la vuelta dispuestos a enfrentar el peligro.

—¿Qué hacemos con eso? –inquirió Sirius señalando a Colagusano.

Un movimiento de varita de Bellatrix generó una larga serpiente que se enroscó en un árbol sujetando a Colagusano por los pies. "Lo mantendrá atrapado… y no creo que lo mate" comentó la bruja con desinterés ante la mirada de horror de Pettigrew. Sirius asintió satisfecho y emprendieron el camino para encontrarse con el ejército enemigo.

—¿Cómo se les derrota? ¿Solo con fuego?

—Con calor y luz se les ahuyenta –apuntó Bellatrix—, pero matarlos no es tan fácil, ya están muertos. Tienes que estar seguro de que los huesos quedan carbonizados.

—¿Y ellos como atacan? Sé que en manada tratan de ahogar a sus víctimas, pero si no hay agua cerca…

—Están cerca del lago –le indicó Bellatrix señalando el mapa—. Pero también pueden asfixiarte, son increíblemente fuertes.

—Genial…

—De todas maneras, los considero el problema menor. Ni siquiera Voldemort me preocupa: no sé cómo matarlo, pero tampoco sé cómo lo intentará él, está débil y sin cuerpo… El asunto es Nagini. Es una serpiente excepcionalmente poderosa, además de un horrocrux. De nuevo, lo único que se me ocurre es el fuego maldito y sigue siendo demasiado peligroso.

—Encontraremos la forma –aseguró Sirius intentando sonar confiado.

Bellatrix asintió. La adrenalina circulaba por su cuerpo a velocidad de vértigo, también la emoción por la batalla que siempre había sido su gran pasión. Pero eso no eclipsaba al miedo. No quería morir, no a manos de un cadáver o del cobarde de Voldemort. Y su verdadero temor: si a Sirius o a Raspy les sucedía algo, ella no podría continuar. Incluso lo que pudiera pasarles a las criaturas del bosque la angustiaba. Como adivinado lo que pensaba (porque probablemente los mismos malos augurios transitaban su mente), Sirius le cogió la mano y la apretó con fuerza.

—Somos dos contra más de un centenar –susurró Bellatrix.

—Pero los dos mejores del mundo –aseguró Sirius.

Su mujer asintió convencida de ello. Caminaron en silencio hasta que Sirius exclamó: "¡Ey, Potty y Luppy!". Eran los nombres que les había dado a sus dos hipogrifos favoritos. Creyeron que les pasaba algo, que estaban asustados por la oscura presencia que se adueñaba del bosque y trataban de huir. Cuando se colocaron a la derecha de Sirius y comenzaron a caminar a su lado, el mago comprendió que no era esa su intención:

—Van… van a ayudarnos –susurró con la voz temblorosa de la emoción—, se quedan con nosotros.

—¡Ya somos cuatro entonces! –exclamó Bellatrix contenta por el inesperado apoyo.

"Seis" apuntó Sirius cuando la pareja de grifos a los que hizo cantar para despertar a los males acechadores se unió también. Bellatrix gritó sobresaltada cuando algo le tironeó del pantalón y no vio a nadie. Entonces, se hizo visible el demiguise al que salvó de unos erklings durante su primer año en Durbuy. Cuando recuperó la invisibilidad y los rayos de luna incidieron sobre él, distinguió cuatro reflejos más a su lado y supo que no estaba solo. En el siguiente claro se les unió un unicornio y, un poco más allá, dos caballos abraxan; llevaban años recogiendo los pelos de todos ellos y ayudándoles a cuidar a sus crías.

—Creo que voy a llorar –susurró Bellatrix.

Caminaban todos juntos, en silencio. No podían comunicarse y aún así, tenían claro a qué se enfrentaban. Algunas aves también se unieron, incluso serpientes; estas últimas en menor medida, no deseaban enfrentarse a Voldemort.

—Ya solo nos tocan a diez inferi por cabeza –bromeó Sirius enternecido al ver como pequeñas criaturas como duendecillos o bowtruckles engrosaban la comitiva.

—Redúcelo a dos si se une él –murmuró Bellatrix señalando con disimulo a un uro que observaba en la lejanía.

Era el buey gigante al que Bellatrix curó saltando a su lomo durante la época de apareamiento. Se quedó a cierta distancia porque, con su tamaño, si se acercaba, probablemente aplastaría hasta a los unicornios. Trotó sin alejarse demasiado, manifestando que les cubría las espaldas.

De esa forma, todas las criaturas a las que habían pasado años conociendo y cuidando, se unieron a ellos dispuestos a morir defendiendo su hogar. Incluso la especie a la que Bellatrix había tratado de proteger a toda costa…

—¡No, Raspy! ¡Tú no! –exclamó Bellatrix en cuanto vio surgir de la tierra a medio centenar de escarbatos.

Fue la primera vez que su compañero no la obedeció.

—Creo que tenemos que permitírselo, Bella, también es su hogar… —murmuró Sirius— Además, mira, ¡se han armado!

Uno de los árboles mágicos que crecían en el bosque era el pino de acero: sus agujas tenían la punta de madera y el resto de acero. Cada escarbato se había pertrechado de una, parecían espadas en sus patas. Raspy se acercó a una serpiente ashwinder que escupía pequeñas brasas, aproximó a su boca su aguja de pino y el reptil arrojó una pequeña llama que la encendió. Raspy juntó su improvisada antorcha con las de sus compañeros y pronto ardieron todas. Volvieron a colocarse en formación, dejando a Raspy bien protegido en el centro, puesto que el resto de escarbatos eran el doble de grandes.

—Valen más que cien millones de humanos –aseguró Bellatrix limpiándose las lágrimas.

Sirius asintió sin dudar. Así, caminaron todos juntos hacia las huellas de las almas muertas que se acercaban hacia ellos. En una zona despejada a orillas del lago, atisbaron por primera vez al enemigo. "Joder" masculló Sirius que nunca había visto un inferi y hubiese preferido seguir así. Su piel gris del tono de la enfermedad era tan fina que se veían los huesos debajo; sus ojos, blancos y nublados y, lo que más desagrado causaba, las muecas burlonas en sus rostros cadavéricos. Eran muchos, más de los que la luz de la luna permitía distinguir. No vislumbraban a Nagini ni a Voldemort, pero entonces…

—Ah… Bellatrix… —susurró una voz irreal, casi un siseo— Mi mayor decepción…

La bruja miró a todas partes horrorizada, pero no localizó el origen. Sirius la miró desconcertado.

—¿No lo oyes? –le preguntó Bellatrix.

El mago negó con la cabeza. La bruja comprendió que estaba en su mente, utilizaba legilimancia para comunicarse con ella.

—Debo agradecértelo porque gracias a vosotros voy a recuperar mi poder y terminaré lo que empecé. Lástima que no vayáis a vivir para verlo…

—¡Cállate! –bramó Bellatrix en voz alta. No le gustaba escucharlo dentro de ella.

—Ven… Ven a morir, Bella…

El siseo se apagó lentamente, pero la desagradable sensación permanecía dentro de ella. Los inferi se habían detenido, como peleles esperando órdenes. Los dos pintorescos ejércitos, uno frente al otro, se miraban acechantes. Nadie se atrevía a hacer el primer movimiento.

La pareja de hipogrifos tomó la iniciativa. Con un bramido, se pusieron al galope y se arrojaron sobre los inferi abriendo un hueco entre sus filas. No podían matarlos como a un enemigo convencional, pero sí aplastarlos y disgregarlos. E incluso devorar sus huesos, eso sí era definitivo. En pocos segundos se les unieron los grifos, siguiendo su ejemplo con sus cuerpos de león. Lo siguiente fue Sirius gritando:

—¡Al ataqueee!

Unas criaturas se abalanzaron sobre otras y comenzó la batalla. Los dos magos arrojaban hechizos de fuego, las bestias de gran tamaño los aplastaban y las pequeñas ayudaban a derribarlos. Sin dejar de luchar, Bellatrix mantenía el conjuro lumos solem, pues la luz del sol debilitaba a los inferi. Sirius había montado sobre uno de los hipogrifos y arrasaban por donde pasaban. Raspy y los escarbatos del bosque tenían una gran estrategia: los compañeros que no habían salido a la superficie, habían cavado túneles por toda la zona. Así, los escarbatos corrían entre los inferi, abrasando sus tobillos con sus improvisadas antorchas y ocultándose en los túneles para evitar ataques.

Aún así, los cadáveres tenían mucha fuerza y los superaban en número.

—¡Incedio! –repetía Bellatrix de tres en tres.

Los huesos que no quedaban carbonizados eran devorados por los grifos e hipogrifos. Entonces distinguió a Sirius luchando contra Barty Crouch, que lucía el aspecto perfecto de un presidiario demente. Arrojaba maleficios riendo como un poseso mientras Sirius se defendía y atacaba.

—¡Están teniendo un duelo en serio! –exclamó Bellatrix incrédula— Estúpido carácter de gryffindor… ¡Avada kedavra!

Barty Crouch dejó de reír… y de respirar.

—¡Bella! ¡No has respe…! –empezó a regañarla Sirius.

—¡Esto es la guerra, Sirius! Te voy a dar el consejo que Voldemort me dio cuando lo conocí: si puedes matar por la espalda, mata por la espalda y salva tu cuello.

Ahí cesó el debate, se tuvieron que separar para continuar con los inferi. Sirius volvió a montar en el hipogrifo que le fue a buscar y Bellatrix se alejó en dirección contraria. Cuando entre varios, lograron agarrar a la bruja, ella notó como los demiguises, aprovechando su invisibilidad, la libraban de ellos. Las criaturas se ayudaban unas a otras, como una sola familia. Los inferi que se dieron cuenta trataron de separar a sus víctimas y arrastrarlas al bosque, pero en cuanto se acercaban, el uro los aplastaba.

—¡Muchas gracias! –le gritó Bellatrix cuando se deshizo de cinco que trataban de asfixiarla.

Hacía rato que había perdido de vista a Sirius, confiaba en que estuviera bien. El mago había desmotado del hipogrifo cuando este empezó a devorar huesos y estaba quemando a varios inferi a los que los bowtruckle habían hecho tropezar. Se estaba enfrentado a tres de ellos, cuando otros cinco lo agarraron por la espalda. Quizá hubiesen podido con él… pero cometieron el error de empujarlo al lago para ahogarlo. La gente del agua los estaba esperando.

—¡Muy buena esa, Ligeia! –le gritó a la sirena a la que salvaron de la hidra cuando le arrancó la cabeza a un inferius.

Por primera vez, vio como las sirenas —sus amigas que coqueteaban con él, dulces y preciosas— se convertían en las bestias famosas por devorar hombres. Sus ojos se volvieron rendijas, sus dientes se convirtieron en colmillos y sus manos en garras; sus cantos tornaron en desagradables chillidos rabiosos. Pese a la impresión, Sirius sintió alivio al comprobar que eran más poderosas que los inferi. Devoraron a todos los que cometieron el error de acercarse al agua.

El mago salió del lago y socorrió al unicornio, liberándolo de los cadáveres que lo apresaban. Una serpiente ashwinder les estaba ayudando a carbonizarlos y entonces…

—¡A dónde van! –exclamó el mago al ver a las serpientes retirarse.

Ahora sí estaban huyendo asustadas. Cuando miró en dirección contraria, entendió el motivo.

—Joder… —masculló— No recordaba que fuese tan grande…

Oh sí, Nagini era descomunal. Unos tres metros y medio, más gruesa que el torso de un hombre y unos colmillos con los que solo rivalizaría un basilisco. Se acercaba reptando, derribando a unos y otros sin importarle, tenía un objetivo e iba a por él. Sirius tuvo claro que eran ellos.

—¡Bella! –gritó creando entorno a sí un pequeño anillo de fuego para protegerse.

Su mujer no lo escuchó, estaba a varios metros con su varita escupiendo chorros de llamas. Quién sí comprendió lo que sucedía fue uno de los caballos abraxan. Obligó a Bellatrix subir a su lomo y, sobrevolando la zona, la llevó junto a Sirius en menos de tres segundos. La bruja también perdió la sonrisa de placer que siempre lucía durante el duelo.

—Ha comido bien estos años… —murmuró mientras Sirius asentía.

Quizá simplemente se habían acostumbrado a las serpientes del bosque cuyo tamaño resultaba más manejable. Se acercaba a ellos reptando con velocidad y las fauces entreabiertas.

—No has usado nunca la maldición asesina, ¿verdad? –preguntó Bellatrix a toda velocidad.

—No –respondió Sirius al instante.

—Un honor que tu primera vez sea conmigo –contestó la bruja—. ¡A la de tres! ¡Una, dos… y tres!

Avada kedavra!" gritaron al unísono. Sendos rayos de luz verde emergieron de sus varitas e impactaron en la piel grisácea del reptil. El cuerpo de Nagini se alzó varios metros y cayó al suelo inmóvil.

—¿La hemos matado?

Durante cinco segundos. Al sexto, la enorme serpiente abrió los ojos y sacudió la cabeza. Estaba viva… y muy furiosa. Los Black, horrorizados, la miraban sin parpadear, ambos pensando a toda velocidad en cualquier solución. A Bellatrix no se le ocurría nada más que el fuego maldito; si lo hacía en ese momento, rodeada de criaturas y en medio de un bosque, morirían todos. Empezó a debatir mentalmente si el sacrificio merecía la pena. No había llegado a una conclusión, cuando el reptil se abalanzó sobre ellos. El desenlace parecía fatal… hasta que unas poderosas garras interceptaron a Nagini y alzaron el vuelo.

—¡Byron!

Las garras de acero del ironbelly despedazaron el cuerpo de la serpiente en tantos pedazos que, al caer sobre la tierra, parecía confeti de colores. Sin mirar dos veces, batió sus alas y regresó a su cueva. El dragón al que Bellatrix salvó de Gringotts de cachorro acababa de devolverle el favor.

—Podía haberse quedado –comentó Sirius entre burlón y aliviado.

—No, es lo mismo que el fuego maldito: si Byron abre fuego, ardemos todos. Ya ha cumplido su misión.

—¿Entonces ya está? ¿No hay más horrocruxes?

—No, no hay más… Ya no puede recuperar su cuerpo, pero sigue vivo, el espectro sigue aquí –respondió Bellatrix que lo sentía flotando en el ambiente.

No hubo tiempo para más disquisiciones, aún quedaban inferi por derrotar. Seguían luchando cuerpo a cuerpo, uno a uno. Derrotada Nagini, las serpientes pequeñas regrresaron. Mientras, los escarbatos se afanaban en cavar un inmenso surco a través de la tierra que recorría el perímetro. Cuando casi habían terminado, Raspy se acercó a los demiguise, se comunicó con ellos y estos le pasaron el mensaje a las criaturas más grandes.

—¿Qué…? –preguntó Sirius desconcertado al ver que se empezaban a alejar.

—¡Quieren que liberemos el camino! –exclamó Bellatrix.

No entendieron el motivo, pero el bando de los Black dejó libre todo el camino que los escarbatos habían trazado, retirándose hacia dentro del bosque e incluso metiéndose en el lago. Entonces, el uro, con pasos que hacían retumbar la tierra, se acercó al camino. Dos serpientes ashwinder, con sus escamosos cuerpos en llamas, se enroscaron en los cuernos del buey gigante. El animal cogió velocidad y, siguiendo el camino trazado para no aplastar a sus compañeros, acabó con casi todos los inferi que quedaban. En cuanto terminó, Bellatrix y Sirius se ocuparon de la docena que quedaban desperdigados. Las criaturas carroñeras se afanaron en devorar los huesos.

Bellatrix se giró hacia Sirius para celebrarlo, pero entonces, vio que su marido temblaba y sus ojos estaban en blanco mientras parpadeaba frenéticamente. Sintió una desagradable magia oscura asfixiándolos.

—¡Sirius! –gritó horrorizada— ¡Está intentando poseerte, no lo dejes!

Trató de tocarlo, pero el cuerpo de Sirius quemaba al tacto. La única forma que le quedaba a Voldemort para sobrevivir era ocupar un cuerpo… y lo estaba intentando. Sirius se resistía con todas sus fuerzas, no se lo estaba poniendo fácil. Bellatrix intentó ayudarlo, ejecutando los maleficios que conocía para ahuyentar espectros.

—Veamos si tú eres más débil… —escuchó la voz siseante en su interior.

Bellatrix sintió cómo una oleada de oscuridad la atravesaba e intentaba asentarse en su cuerpo. Sirius, al quedar libre, cayó de rodillas casi desmayado por el esfuerzo. Liegia le lanzó un chorro de agua salada y al momento se reanimó.

—¡Bella! –exclamó al verla de rodillas y con los ojos cerrados.

Ella no le escuchó, sin embargo, murmuró:

—Si a mí me quema, tú arderas conmigo –murmuró con voz demente y una sonrisa torcida.

La bruja empleó un maleficio de tortura de invención propia, una versión del cruciatus que afectaba a los espectros. Al momento, sintió como Voldemort cejaba en su intento de poseerla. Una masa oscura, deforme flotaba frente a ellos. No podía ocupar sus cuerpos… el problema era que ellos tampoco tenían la capacidad de derrotarlo.

—¿Qué hacemos? –preguntó Sirius mientras lanzaba maleficios al azar.

Bellatrix no respondió, su estrategia era la misma: probar aun sabiendo que nada iba a funcionar. Voldemort no reaccionaba a sus ataques, no le afectaban. Sin embargo, se arrojaba contra ellos y los atravesaba. La sensación era más desagradable que dolorosa, pero los Black estaban exhaustos tras toda la noche luchando. Al espectro de Voldemort le llevó varios minutos, pero al final, logró que Sirius soltara su varita extenuado y Bellatrix cayese al suelo. El resto de criaturas no se atrevían ni a acercarse, no podían con la asfixiante magia oscura que desprendía Voldemort. La bruja notó que, quien fue su maestro, reunía fuerzas para sustraerles su magia y matarlos definitivamente. Pero algo la despistó.

—¿Qué es esa luz? –preguntó con un hilo de voz.

Una luz blanca, brillante hacía competencia a la luna; parecía brotar del suelo, de la propia tierra. Bellatrix descubrió que emergía de su anillo, el anillo con el que Sirius le pidió matrimonio, el anillo de mil cristales que las hadas oscuras elaboraron para la mismísima Morgana. No entendió su efecto: no se sentía más poderosa ni recuperaba fuerzas.

—¡Mira! –exclamó Sirius a su lado— ¡Viene algo!

Era difícil distinguirlo en el cielo nocturno, pero unas figuras aladas se aproximaban hacia ellos. Conforme se acercaban, sus siluetas se perfilaron con más claridad. Grandes alas negras, cuernos en la cabeza y rasgos muy afilados. Sin un solo murmullo, rodearon al espectro que era Voldemort. Este intentó escapar, pero parecían haber creado un anillo de magia ancestral tan poderoso del que el mago no podía escapar. Poco a poco, el espectro se fue deshaciendo y las criaturas absorbieron su magia.

—Las hadas oscuras… —susurró Ligeia asomada al borde de lago junto al resto de sirenas— han regresado.

Así era. Las hadas oscuras que abandonaron el bosque tras la muerte de Morgana habían regresado para protegerlo. Bellatrix supo que habían vencido cuando dejó de percibir a Voldemort. El aura oscura que sintió desde que lo conoció con seis años ya no estaba en el mundo. Había muerto definitivamente.

Una de las hadas oscuras, con la piel casi traslucida, ojos verdes y los labios color rubí, miró a Bellatrix y ejecutó una muy leve reverencia con la cabeza. Seguidamente, alzó el vuelo seguida por sus compañeras y se internaron en el bosque.

—¿Qué… qué ha sido eso? –inquirió Bellatrix desconcertada.

—Su anillo… llevas –explicó Ligeia con su rudimentario inglés—, te respetan… Habéis protegido su hogar.

La bruja no estaba para más sorpresas, pero habían vencido, era lo importante. Se encogió de hombros agotada y murmuró: "Me sirve". Sirius soltó una de sus sonoras carcajadas y la abrazó llorando de emoción mientras el resto de criaturas lo celebraban a su alrededor.