—¡Haz el perrito, haz el perrito!
Solo hacía media hora que Harry había conocido a su padrino, pero ya había decidido qué era lo que más le gustaba de él. Con una enorme sonrisa, Sirius volvió a transformarse en perro. No podía moverse mucho en el acogedor salón de los Tonks, con Andrómeda sentada en el sofá y vigilando que no soltara pelo en la alfombra, pero Harry era muy feliz abrazándolo. McGonagall se había marchado unos minutos atrás, al comprobar que el reencuentro iba como la seda.
—¿Y mi papi era un ciervo? –preguntó Harry con ojos brillantes cuando su padrino volvió a su forma humana.
—Así es, un ciervo enorme, te enseñaré fotos. Aunque menos que yo, claro, ¡siempre fui el mejor! James y yo discutíamos bastante por eso –sonrió Sirius melancólico.
Aquel niño era un mini James (a excepción de los ojos de su madre) y se le veía igual de alegre y feliz que a su padre de pequeño. Los Tonks lo habían cuidado muy bien.
—Y luego está tu tío Remus… ¿Sabéis algo de él? –le preguntó Sirius a Andrómeda.
—No, no estamos en contacto con nadie del mundo mágico, por seguridad. Aunque supongo que eso cambiará ahora que Quien-Tú-Sabes ha muerto –comentó Andrómeda, algo insegura ante la nueva realidad que aparecía ante ellos—. ¿De verdad lo habéis matado? –susurró bajando el tono.
—¡Sí, sí! –exclamó Harry— ¡Cuenta otra vez como tú y tía Bellatrix matáis al señor serpiente con vuestros amigos animales!
Para alborozo de su ahijado, Sirius volvió a relatar la historia que ya había contado nada más llegar. Cuando terminó, era casi la hora de comer.
—¿Comes con nosotros, tío Sirius? –preguntó Harry.
—Soy tu padrino, no tu…
—Sí que eres su tío –intervino Andrómeda—, te casaste con mi hermana, ¿verdad?
El mago comprendió entonces las miradas furtivas que su prima llevaba rato dirigiendo a su mano. Llevaba su alianza y solo había una candidata posible.
—Por supuesto que me casé con ella. Bella es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y nuestro hijo Raspy, nuestro escarbato.
—Sí, lo recuerdo. ¿Y qué tal… qué tal está Bellatrix?
—Bien, está muy bien, sobre todo ahora que por fin ha acabado con Voldemort y podemos ser libres.
—¿Dónde habéis estado todos estos años? ¿Cómo habéis sobrevivido?
—Eh…
Bellatrix no quería que nadie supiera eso, Durbuy era su lugar especial, su refugio del mundo y no quería compartirlo. Y Sirius se dio cuenta de que él tampoco.
—Somos muy buenos magos, Andy, no tuvimos problema –sonrió Sirius.
Andrómeda captó el mensaje y asintió. Entonces, hizo la pregunta que ambos sabían que quería hacer y que Sirius no quería responder.
—¿Crees que querría…? Bueno, está claro que no, no ha venido…
—Le costará querer verte, Andy. Sé que eras muy joven cuando te fuiste de casa y tenías motivos, yo hubiese actuado igual que tú… pero no la avisaste y para ella supuso la primera gran traición que sufrió. Si algo hay importante para Bella, es la lealtad… y además es muy rencorosa, por eso le costará. Pero poco a poco, ¿no? Hemos vencido a Voldemort y estamos vivos, ¡tenemos todo el tiempo del mundo!
—Tienes razón –respondió Andrómeda con una sonrisa triste—, mejor ir despacio. Entonces, ¿te quedas a comer?
Sirius se quedó a comer. Estuvo con ellos hasta que Ted volvió del trabajo y decidió que era hora de despedirse. Le prometió a Harry que volvería al día siguiente y se verían muy a menudo. El pequeño se quedó tremendamente contento.
McGonagall lo informó por la red flu de que Bellatrix había regresado a la mansión Lestrange, así que ahí se apareció. Su mujer salió a recibirlo con una sonrisa y le preguntó qué tal había ido.
—¡Muy bien, Harry es genial! Lo han criado muy bien y me quiere mucho –aseguró emocionado—. Mañana volveré, le he prometido entrenarlo al quidditch.
—Me alegro por ti –sonrió Bellatrix besándolo.
—Gracias, pero ¡quiero que lo conozcas! No hace falta que veas a tu hermana, pero me hace ilusión, es tu sobrino.
Sirius notó como un escalofrío recorría el cuerpo de la bruja ante la mención del parentesco con su ahijado mestizo. Sin embargo, una enigmática sonrisa se dibujó en su rostro. Al mago le dio miedo.
—Mira, hacemos una cosa: yo también me he reencontrado con un viejo amigo y estamos aquí tomando el té con Rod. Quédate con nosotros y mañana yo juego al quidditch con bebé Potter.
Su marido ni siquiera protestó por lo de "bebé", en su mente solo se repetía en bucle dónde estaba la trampa. La trampa estaba en el salón, con una taza de té entre sus largos, finos y pálidos dedos. Miró a Sirius con un odio que solo igualó el propio Sirius.
—Estaba paseando por el castillo y nos hemos encontrado –comentó Bellatrix alegremente—. Discutimos en su día, no recuerdo por qué, pero he juzgado que era el momento de bajar las varitas. Gracias a Sevi soy una pocionista excepcional y me ha sido muy útil estos años, así que…
Bellatrix le miraba con ojos brillantes y sonrisa inocente. Con la mandíbula apretada, Sirius masculló en voz baja:
—¿Has sido capaz de hacer las paces con Quejicus solo para vengarte por lo de Harry?
—¡Qué mal concepto tienes de mí! –exclamó Bellatrix llevándose la mano al pecho con afectación— ¿Tomamos el té entonces?
—Me encantaría… Una reunión de slytherins mortífagos, pocos planes me apetecen más… —comentó Sirius burlón— Pero Minerva me ha dado la última dirección conocida de Remus y voy a ver si lo encuentro.
—Siempre necesitas a otro idiota arrogante que te acompañe, ¿verdad, Black? –intervino Snape con evidente desprecio.
Antes de que Sirius pudiera devolverle el insulto, Bellatrix respondió:
—Sí, así puedo usarlo de escudo humano si… Ah, perdón, hablabas con Siriusín. Llámalo de otra forma, si solo uno puede ser Black, esa soy yo. En fin… ¿Un azucarillo, Bato?
La bruja se había acomodado en un sofá y a su lado estaba el enorme escarbato con un cuenco entre sus patas. Hizo un ruido de aquiescencia y la bruja depositó un azucarillo en su cuenco. Cómo lo había entrado Rodolphus para que tomara el té con él era un misterio que Sirius no pensaba desentrañar.
—Azúcar no, pero si necesitáis aceite, el pelo de Quejicus sigue siendo una mina.
Abandonó el salón antes de que al afectado le diera tiempo a responder. Escuchó a Bellatrix reír y sonrió. Por mucho que odiara a Snape, saber que Bellatrix era feliz superaba a cualquier otra emoción.
No fue la única emoción de la tarde: encontró a Remus en la dirección que McGonagall le había facilitado. Vivía casi en la indigencia, en soledad absoluta, nadie quería contratar a un hombre lobo.
—¡Canuto!
—¡Lunático!
—Perdóname por cree que fuiste tú quien traicionó a Jam…
—Nada que perdonar, yo también lo creí de ti –se adelantó Sirius—, fueron tiempos duros.
Se abrazaron y salieron a la calle, pues en aquel apartamento apenas cabían los dos. Caminaron hasta el Callejón Diagon y se sentaron en el Caldero Chorreante para ponerse al día con sendas cervezas. Hablaron de lo acontecido durante la última década, rememoraron su etapa escolar y Sirius le contó todo lo relativo a Harry. Remus se apuntó encantado a la visita a Privet Drive del día siguiente. Y no solo a eso:
—Minerva me ha dicho que están buscando profesor de Defensa, quizá te interese el puesto… —comentó Sirius.
En cuanto se terminó su cerveza, Remus utilizó la chimenea para aparecerse en Hogwarts y aceptar el puesto de inmediato. Sirius no le acompañó, tenía una cita pendiente en el Callejón Knockturn. Dos horas después, con el deber cumplido, volvió a la mansión. Ejecutó un homenum revelio para asegurarse de que Snape se había marchado. Así era. El profesor había vuelto al colegio y Rodolphus y Bato tenían reserva en la ópera mágica.
—¿Perdón? –replicó Sirius al conocer la información— Pero irá Rodolphus y a Bato lo llevará oculto, ¿no? No permiten la entrada a mascotas en ese tipo de eventos.
—Por la túnica de gala que le ha puesto a juego con la suya, yo diría que no tiene intención de ocultarlo –comentó Bellatrix divertida—. Sospecho que se sientan en el palco presidencial con sendos omniculares de oro… y que alguien se atreva a replicar a los señores Lestrange.
Sirius rio ante la imagen, pero pronto cambió de tema.
—¿Te apetece salir a cenar como un matrimonio normal?
—¡Claro! –respondió Bellatrix ilusionada.
Cenaron en el mejor restaurante de Londres y después pasearon junto al río para disfrutar de la brisa nocturna.
—Así que te ha ido bien con el lobito –comentó Bellatrix.
—Sí, muy bien, me alegra conservar al menos a uno de mis amigos…
La bruja asintió, contenta porque Sirius hubiese recuperado algo de lo que la vida le quitó. En ese momento, el mago se detuvo y la atrajo por la cintura mirándola con cariño y admiración.
—De no haber sido por ti, peque… Todo habría ido mucho peor…
—Ya lo sé, Siriusín, lo hemos hablado mil veces –sonrió Bellatrix—. ¡Soy una diosa, una titánide, una fuerza de la naturaleza!
El mago rio sonoramente al escuchar la fórmula que él solía emplear para sí mismo. Nunca había estado tan de acuerdo con algo. Se besaron ahí, en medio de la avenida y con Raspy jugando en el bolso de la bruja.
—¿Quieres que nos quedemos en este hotel? –murmuró Sirius señalando un imponente edificio— Es el más caro y exclusivo de la zona, los dueños pertenecen a los Sagrados Veintiocho.
—¡Claro! –respondió la bruja entrando sin dudar— Sí que odias a Rodolphus para preferir pagar a unos supremacistas… —comentó divertida.
—No es eso. Es más bien… necesidad –murmuró empujándola al hall sin dejar de besarla.
Reservaron a toda prisa la mejor suite y subieron en tiempo record. Adecuaron una habitación solo para Raspy y se atrincheraron en el dormitorio principal. Bellatrix introdujo la mano bajo la camisa de su marido y pronto se la arrancó. Acarició su torso sin dejar de besarlo hasta que notó algo extraño en su brazo.
—¿Qué llevas pegado?
Llevaba un film transparente que protegía un tatuaje de Raspy recién hecho. Estaba junto al de Bellatrix, era hiperrealista e hiperadorable. La bruja lo contempló emocionada con la boca abierta. Cuando recuperó el habla, susurró:
—Soy muy feliz, Sirius, soy tremendamente feliz. Como tú me prometiste.
—Te lo prometí… —murmuró Sirius acariciándole el rostro— Tú querías mansiones, un criadero de dragones, fiestas gigantes los dos solos y alimentarnos únicamente de ranas de chocolate rellenas de whisky.
Bellatrix rio al recordar sus delirios de adolescencia.
—Yo te dije que no te podría dar nada de eso –continuó Sirius—, que te querría y te cuidaría, pero el dinero sería un problema…
—Sabes que siempre me dio igual, solo quería estar contigo.
—Lo sé. ¿Y sabes otra cosa? Ahora vuelvo a ser millonario, con pleno acceso a mi cámara, y pienso comprarte todo eso y mil cosas absurdas más.
—¡Me parece bien! –exclamó Bellatrix sonriente— Aunque de momento lo que quiero es a tu superzanahoria…
—¡Superzanahoria al ataque!
Rieron e hicieron el amor durante el resto de la noche. Al día siguiente, Sirius se despertó con un "¡Feliz cumpleaños, Siriusín!" de una muy alegre Bellatrix, que le había comprado una tarta de ranas de chocolate para desayunar. La bruja, que desde pequeña había temido quedarse sin dinero y ahorró hasta la última paga de cumpleaños, por fin se sentía libre también en el ámbito económico. Había encargado una tarta casi del tamaño de Bato diseñada exclusivamente para Sirius. La devoraron casi entera.
—Te veo luego, peque –murmuró Sirius besándola y apareciéndose en Privet Drive.
Remus ya le esperaba en la acera, algo nervioso, pero también ilusionado. Harry se alegró mucho de tener otro tío adoptivo amigo de su papá. En cuanto a su padrino, le había realizado un dibujo de cumpleaños que representaba a un perro y a un ciervo corriendo felices por el bosque mientras un niño volaba sobre ellos con su escoba. Pasaron una mañana maravillosa.
—Harry quiere que me quede a dormir con ellos esta noche, pero si no te parece bien…
—Me parece estupendo –respondió Bellatrix demasiado rápido y demasiado feliz—. ¡Pasadlo bien!
Prácticamente empujó a Sirius a la chimenea. Ella tenía sus propios planes. Cogió a Raspy y se apareció en el Callejón Knockturn, donde todo seguía igual de decadente y oscuro que en sus recuerdos. ¡Adoraba ese lugar! Caminó hasta el pub The White Wyvern y entró con decisión. Hasta el inquietante camarero tuerto seguía tras la barra, ahora con menos pelo y todavía peor carácter. Como si no hubiera pasado un día desde que se retiró, la reconoció.
—Te hacía muerta en algún duelo clandestino, Medea...
—Nah, no ha nacido quien me haga frente –sonrió Bellatrix—. ¿Sigue todo igual?
—Aquí dentro, sí. Fuera hace cincuenta años que no salgo.
—¡Estupendo! –exclamó alegremente.
Ejecutó un crucio sobre la figura de la banshee al fondo del local y bajó al club de duelo. La recibió el olor a sangre y alcohol. Efectivamente, nada había cambiado. Misma atmosfera cargada, gritos y exabruptos por doquier, toda clase de seres desagradables… En las paredes del foso había manchas de sangre seca que Bellatrix juraría que causó ella. No habían limpiado ni arreglado nada. Ese era el encanto del lugar.
—Es como estar en casa –le comentó a Raspy que asomaba en su bolsillo.
Se agolparon los recuerdos en su mente, sobre todo los duelos. Luchó contra todo tipo de magos y brujas y por un amplio abanico de motivos: mejorar como bruja, impresionar a Voldemort, conseguir su propio dinero, saciar sus ansias de matar y, en algunas ocasiones, saciar también sus ansias de morir… Solo hubo una motivación que todos sus enfrentamientos compartieron siempre: el placer. El puro y descarnado placer que le provocaba batirse en duelo.
—¿Apostamos, Raspito? ¡Por los viejos tiempos!
El escarbato sacó un par de galeones y se dirigió a la ventanilla de apuestas que recordaba perfectamente. Apostaron en varios combates, Bellatrix incluso aceptó un par de duelos, pero resultaron demasiado frustrantes por la diferencia que la separaba de cualquiera y prefirió quedarse como espectadora. Charló con viejos conocidos y se enteró de las muertes de otros. La mayoría, por supuesto, la reconocían, su cara estaba en toda la prensa: Bellatrix Black, la bruja que había derrotado a Voldemort. Pero a ella le hacía más ilusión quienes solo la conocían como Medea.
—¿Otra copa, campeona? –gruñó un cíclope al que conoció a sus dieciséis años.
—¡Claro, Jayco!
Se había hecho experta en tratar con las criaturas del bosque y las del aquel antro, en el fondo, no eran tan diferentes. Todo trataba de supervivencia, instinto y placer. Bebió y charló con ellos hasta altas horas de la madrugada. Ya había salido el sol cuando Raspy recogió las ganancias de sus apuestas y abandonaron el bar.
—Vamos a hacer otra parada, tengo otro asunto pendiente –le comunicó a su escarbato.
Aparecieron en Wiltshire, en la dirección que Snape le había indicado. Ante ella se hallaba una hermosa mansión solariega con extensos terrenos de vegetación bien cuidada. Caminó por un sendero angosto mientras canturreaba para sí misma y cuando llegó a la puerta, llamó. No le preocupó estar borracha ni lucir en su vestido salpicaduras de sangre… tampoco que fuesen las seis de la mañana.
—¿Quién es? –preguntó un elfo chillón de ojos saltones.
—Yo, aparta –respondió Bellatrix juzgando que no requería presentación. Las criaturas mágicas le gustaban… a no ser que pertenecieran a seres que despreciaba.
—Dobby no tiene permiso para…
Para salir despedido con el maleficio de Bellatrix debía tenerlo, porque fue lo que sucedió. La bruja entró y no tuvo que andar mucho, porque con la varita alzada y una bata anudada de cualquier forma, salió a recibirla Narcissa Malfoy.
—¿¡Bella!? –preguntó con incredulidad bajando su arma— ¿Qué haces aquí? ¡Y a estas horas!
—Pasaba por el barrio y he decidido saludar.
Su hermana pequeña le dio un abrazo ligeramente incómodo. Como su despertar había sido abrupto, estaba algo aturdida y no se dio cuenta de que su inmaculada bata se manchaba de sangre al contacto con la ropa de su hermana. Bellatrix juzgó que así quedaba mejor.
—¿Qué has hecho con tu vida?
—¿Que qué he…? –repitió Narcissa confundida— Me casé con Lucius y… vivimos en esta mansión, damos las mejores fiestas de todos los Sagrados Veintiocho.
—Ajá –respondió Bellatrix con tono desapasionado.
—¡Deberías venir a la del jueves! –se le ocurrió con rapidez— Todas las familias te admiran por haber sido más poderosa que el Señor Oscuro, se preguntan si quizás ahora empezarás tu propia causa… Serías mucho mejor líder que él, un simple mestizo.
Bellatrix iba a responder, pero entonces apareció su cuñado. Lucius Malfoy recién despertado, con la melena despeinada y el rostro hinchado le dio peor impresión que la calva de Voldemort. Se estremeció ante la idea de que el mayor logro de su hermana hubiese sido pescar a "eso".
—El cobarde del imperius –comentó Bellatrix con sorna—. Ni en un bando ni en otro, ¿eh? En casa tranquilo con tu acondicionador de pelo.
La respuesta de Lucius fue una mirada de odio y el suficiente temor para no replicar. Narcissa optó por ignorar sus puyas:
—Solo hemos tratado de sobrevivir y ahora ya no tendremos que ocultarnos más. Nos ha salido muy bien. ¡Y en parte gracias a ti! Presumo con todo el mundo de que eres mi hermana, ¿a que sí, Lucius?
La respuesta de su marido fue un gruñido.
—¿Ah sí? ¿Ahora presumes? ¿Ahora por fin soy tu hermana? –comentó Bellatrix con lentitud.
A Narcissa nunca le faltó inteligencia, sabía de sobra a qué se refería. Toda su infancia y juventud se avergonzó de ella y le pidió que no las relacionaran porque era rara y una paria social. De más mayor, se dedicó a presionarla para que se casase con Rodolphus porque si no, su prestigio y su matrimonio con Lucius se anularían. Bellatrix se aseguró de que el compromiso de su hermana estuviese firmado antes de huir… pero ese fue el último favor que le hizo.
—Creía que igual te echaba de menos, que sentiría algo… Lo he sentido en club de duelo, que ya ves tú, tampoco es gran cosa… Pero contigo… ¡nada! –informó con una enorme sonrisa en el rostro.
Se interrumpió cuando un niño pequeño rubio, de aspecto altivo y déspota pese a su corta edad, apareció detrás de su madre.
—¡Arg, otro de de esos! –exclamó Bellatrix con repelús— ¡Están por todas partes!
Sacudió la cabeza ante el desconcierto de los Malfoy y se giró para salir.
—Me alegro de que te haya ido bien, Cissy, no esperaba menos de ti… y desde luego no esperaba más. ¡A ser feliz!
Se marchó de la mansión sintiéndose aún más feliz con su vida. Ese no fue el único reencuentro familia que hubo ese día… Durante el desayuno, Sirius recibió un sobre negro con letras doradas.
—Mierda, mi madre está viva… y quiere que vayamos a verla.
