Nota: Muchísimas gracias a quienes habéis leído este fic, cada uno de vuestros comentarios me han hecho feliz. Esta historia ha sido diferente al resto de las mías: es la única que he escrito semana a semana (el resto las tengo terminadas antes de empezar a publicar) y me ha costado bastante más, por eso lo agradezco especialmente.
Este es el último capítulo, pero como los Bellarius deben seguir, la semana que viene empezaré a publicar otro, que será más breve y oscuro. ¡Estáis más que invitados y mil gracias de nuevo!
—¿La has visto estos años?
—¿A tu madre? —inquirió Rodolphus— No, qué va. No he sabido nada de Walburga, no acude a ningún evento; lo mismo que tus padres, Bella. Todo el mundo daba por hecho que murieron durante la guerra…
—Esa vieja arpía nunca morirá —masculló Sirius.
—¡No hables así de Wally! —le reprochó Bellatrix— Me ayudó a huir de…
Se interrumpió ahí, repentinamente avergonzada.
—Completa la frase, chérie —comentó Rodolphus con sorna—. La buena de Walburga te ayudó a huir de nuestra boda, a darme plantón en una ceremonia con cientos de ilustres invitados.
—De acuerdo, vale, eso lo hizo bien —concedió Sirius de mala gana.
—Podemos ir ahora por la mañana, así nos lo quitamos cuanto antes —sugirió Bellatrix.
Juzgó que acompañarlo a ver a Walburga la eximiría de las próximas visitas a bebé Potter. A Sirius le pareció adecuado, no era capaz de enfrentarse solo a su madre. Se vistieron con una mezcla de ropas mágicas y muggles, porque Bellatrix ya no se sentía a gusto con sus antiguos vestidos y Sirius se veía mucho más sexy con pantalones ajustados que con túnica.
Cuando salían de la mansión y se despedían de Rodolphus, los alcanzó una lechuza que les entregó otro sobre a nombre de ambos. El remitente era el mismísimo Ministro de Magia. Les informaba de que la semana siguiente se les concedería la Orden de Merlín y se sentirían muy honrados de su asistencia.
—Pero esto lo firma Kingsley Shacklebolt —comentó Sirius frunciendo el ceño—, el ministro es Fudge, ¿no?
—Era Fudge —le corrigió Rodolphus—. Se ha visto obligado a dimitir, solo ha durado unos meses… Fue él quien os persiguió y quien más campaña hizo contra vosotros, que ahora sois los ídolos del mundo mágico. Le han obligado a dimitir sabiendo que si no, probablemente no aceptaríais el reconocimiento… Su carrera está acabada.
—Shacklebolt siempre fue justo y muy buen mago, me alegro por él. ¡Me encanta cuando las cosas salen a pedir de Sirius! —sonrió el mago.
Bellatrix sonrió también al reconocer la expresión de Eleanor. Decidió que esa tarde escribiría a su amiga para ponerla al día de sus triunfos; pero eso sería en otro momento, antes les esperaba otro reencuentro…
—Mi exhijo el traidor… ¡Y mi preciosa Bella, el orgullo de la familia! ¿Cómo has estado, querida?
Kreacher les había abierto —con reticencia— la puerta de Grimmauld Place y guiado al salón donde les esperaba su madre. La casa seguía igual, en todo caso, más oscura, más decadente. También Walburga mantenía el aspecto imponente que los Black recordaban, los años solo habían agudizado su aplomo y desprecio por el mundo.
—Bien, tía, me alegro mucho de verte —sonrió Bellatrix.
—Lo primero es lo primero —recordó Walburga abriendo un cajón—, como ya sabrás, tus padres murieron durante la guerra…
—Vaya, qué desgracia —murmuró Bellatrix experimentando por dentro una gran liberación.
—Me aseguré de gestionar la herencia, mi hermano se lo quería dejar todo a Narcissa porque fue la única que no huyó, pero… Le hice entrar en razón.
—¿Cómo? —inquirió su sobrina.
—Tenían tal lío de traiciones y conspiraciones, que le dije que me lo dejara todo a mí y yo me encargaría.
—¿Cómo que te lo dejara? —intervino Sirius— ¿Ya dabas por hecho que ellos morirían antes que tú?
—Francamente, la única sorpresa en mis planes es que tú sigas vivo. Desde que perdí a mi Reggie, comprendí que en esta familia solo valemos yo y Bella. Al resto no os di ni un año.
Su hijo la miró con la boca abierta sin saber qué decir.
—Además, Druella y Cygnus se pusieron desagradablemente pesados tras tu no-boda —comentó Walburga sirviéndose el tercer whisky de la mañana—. Yo les dije que una guerrera como tú, mejor fugada que convertida en mujer de un cualquiera… pero no atendían a razones.
Bellatrix asintió completamente de acuerdo, le cuadraba ese comportamiento de sus padres. Iba a preguntar cómo murieron, le extrañaba mucho que lucharan en la guerra, pero Sirius, que había empalidecido, se adelantó:
—Madre… ¿Los mataste tú porque te llevaron la contraria?
—¡Ni se te ocurra pronunciar esa palabra! —bramó Walburga enfurecida— ¡Yo no soy tu madre, desgracia con patas!
Sirius no volvió a preguntar. Sospechó que si lo hacía, se convertirían en cómplices de un doble asesinato. Walburga le tendió por fin el sobre a Bellatrix y con voz dulce —opuesta a la que utilizaba con su exhijo—, comentó:
—Aquí lo tienes todo, lo he puesto a tu nombre. Narcissa ya tiene a Malfoy y la otra no es familia nuestra, así que lo justo y obvio es que tú dispongas del dinero y propiedades de tus padres.
—¡Totalmente de acuerdo! —exclamó Bellatrix con una amplia sonrisa— ¡Muchas gracias, tía!
—De nada, bonita. Y ahora cuéntame a qué te has dedicado estos años.
Su sobrina la puso al día (a grandes rasgos y alterando los datos que lo requerían). Walburga la escuchó con aparente desinterés, pero no perdió detalle. Al final, obvió la guerra, a Voldemort y el resto de tragedias y preguntó:
—Así que te casaste con este… ¿No encontraste nada mejor?
—¡Qué asco te tengo, vieja arpía! —bramó Sirius.
—En realidad no, no había ningún otro mago por la zona… —sonrió Bellatrix.
—¡Pero encima no te pongas de su parte! —protestó su marido.
Para desgracia de Sirius, invirtieron ahí casi toda la mañana. Walburga les obligó a escuchar los chismorreos que le contaba Kreacher del mundo exterior, criticó a toda su familia y a varias más y se lamentó de que cada vez hubiese más impuros en el mundo mágico. Bellatrix replicó que lo importante era que quienes tomaban las decisiones y movían los hilos en la sombra, seguían siendo magos y brujas de sangre pura. Sirius no intervino porque hacía horas que había desconectado y se entretenía contando las grietas del techo.
—Ha sido una mañana encantadora, Wally, pero nos tenemos que marchar, hemos quedado para comer —se despidió Bellatrix finalmente.
—Claro, claro… pero vuelve más a menudo, querida.
Bellatrix aceptó y salió por la puerta. Sirius fue a imitarla, pero la huesuda mano de su madre se cerró entorno a su muñeca.
—Tú, espérate, desgracia con patas.
El mago iba a replicar, pero Walburga introdujo en el bolsillo de su chaqueta un sobre similar al que le había dado a Bellatrix y murmuró:
—Mi sobrina merece una vida en condiciones, bastante tragedia de marido tiene ya… Te he traspasado la mayor parte de nuestra herencia. Al final has cumplido con tu deber de hacer un matrimonio digno de sangre pura… Y te has casado con tu prima, igual que hicimos nosotros. Eres el más Black de todos. ¡Ahora largo de aquí, desgracia con patas!
Lo empujó fuera y les cerró la puerta en las narices. Bellatrix lo miró, frunciendo el ceño sin entender qué había pasado. Sirius le mostró el sobre y comentó con rabia:
—Le he dado una alegría… ¡He seguido su ejemplo, en el fondo está orgullosa de mí! ¡Qué absoluto y completo asco me tengo!
Bellatrix se echó a reír y comentó que eso daba igual, lo importante era el dinero. Ahora podrían dedicarse a los negocios mágicos sin ningún problema.
—¡Lestrange, estate quieto! ¡Le gusta ir desnudo!
—¡Pero mira qué bien le queda esta capita! Es de cuando Bato era bebé.
—¡Nuestro hijo no necesita las herencias que no le caben al tuyo porque es gigante!
—¡Discúlpame por querer que Raspy vaya elegante!
Sirius y Rodolphus discutieron durante diez minutos más sobre la conveniencia de que Raspy se acicalara para recibir la Orden de Merlín. Al final, el escarbato se libró de llevar ropa, pero no de que Rodolphus le peinara y arreglara el pelo primorosamente. Bato, sin embargo, llevaba una elegante túnica dorada y una medalla colgando del cuello; su dueño se la había comprado para que no sintiera envidia de Raspy cuando le entregaran la suya.
La que hubiera agradecido ayuda para vestirse fue Bellatrix. Le sucedió lo mismo que en su anterior visita: ninguno de sus antiguos vestidos le quedaba bien, se sentía profundamente incómoda. Pero no podía ir en vaqueros ni con su ropa muggle a una ceremonia en el Ministerio… Rozaba ya la desesperación, cuando encontró el vestido que Rose le diseñó para su boda: negro, ajustado hasta la cintura con una falda con vuelo y un tul de estrellas que brillaba a cada movimiento. Se lo puso y no solo le quedaba perfecto, sino que la hacía sentirse feliz.
—Estás preciosa —susurró Sirius babeando en cuanto la vio bajar.
Se besuquearon hasta que, a sus espaldas, Rodolphus carraspeó.
—Agradecería que evitarais los comportamientos pornográficos delante de mi hijo.
—¡Qué dices de pornográfico! ¡Ha sido un beso! —le espetó Sirius— Y en esta casa se ven cosas mucho más traumáticas, como cuando ayer le diste a Bato una golosina directamente de tu boca —le recordó el mago con una mueca de asco.
—¡Era una marca nueva y tenía que comprobar que fueran seguras para él! —se defendió Rodolphus.
Bellatrix iba a exigirles que dejaran de discutir. No pudo porque Bato se había acercado discretamente a su vestido brillante y trataba de róbraselo aun llevándolo puesto.
—¡Bato malo! —le reprendió separándolo— ¡No mereces esa medalla!
—¡Claro que la merece! —aseguró Rodolphus— Mira, pone "Medalla al escarbato más bueno y guapo del mundo".
—Ponle también "delgado", puestos a escribir mentiras… —masculló Sirius.
Harta ya de discusiones, Bellatrix los agarró y los apareció a todos sin avisar. La ceremonia fue, por suerte, breve y elegante. Les dieron las gracias por su labor y les pidieron disculpas públicamente. Seguidamente, el ministro Shacklebolt les entregó sus medallas. Sirius y él se abrazaron cuando le colocó la suya, recordando los años que lucharon juntos en la Orden del Fénix. Bellatrix, con una sonrisa falsa, le arrebató la medalla y se la colgó ella misma para que no la tocara un mestizo. Raspy dejó que le colocaran una pequeñita que habían diseñado para él; se le veía muy orgulloso y Bato, desde su asiento, chilló para ovacionarlo. Se le unió toda la sala en una prolongada ronda de aplausos. Varios de sus antiguos profesores y compañeros se acercaron a felicitarlos.
Había también periodistas a los que atendió Sirius porque su mujer solo deseaba cruciarlos. Les relató cómo atrajeron a Voldemort a un bosque de Bélgica y cómo lo mataron ahí, todo, como siempre, sin dar detalles. En cuanto pudo, Sirius se despidió de Kingsley emplazándole a comer al día siguiente para ponerse al día. Los Black se marcharon felices y orgullosos como los grandes magos que eran.
—¿Para qué quieres quedar con él? —le preguntó Bellatrix.
—Porque éramos amigos, peque… y nunca está de más llevarse bien con el Ministro de Magia. Además, hay un tema que llevo años queriendo resolver y Kingsley me puede echar una mano…
Kingsley no solo le echó una mano, sino que se mostró tremendamente agradecido de que le ayudase a mejorar la situación del mundo mágico. Durante varias semanas, Sirius concedió entrevistas a diarios nacionales e internacionales en las que alababa las bondades de Bélgica. El libro que publicó sobre los pueblos belgas empezó a comercializarse también en Reino Unido y—dado que su autor era el ídolo del momento— batió records de ventas. Dos meses después, la ministra de Bélgica aceptó una reunión con Shacklebolt. Al día siguiente, la portada de todos los diarios mágicos anunciaba que Bélgica y Gran Bretaña habían hecho las paces tras varios siglos de conflictos. Y todo gracias a…
—¡Se lo dije! —exclamó Sirius triunfante— ¡Se lo dije a Binns en tercer curso!
—¿El qué le dijiste? —inquirió Rodolphus hojeando el periódico.
—¡Que los conflictos entre Bélgica y Gran Bretaña ocasionados durante la revuelta de los duendes no se solucionarían hasta que fuese yo a hablar con ellos!
Bellatrix sonrió, ella lo recordaba. Su marido era tan cabezota, tan gryffindor, que hasta esa promesa había cumplido.
—¡Voy ahora mismo a Hogwarts a restreg… digo, a contárselo!
Sirius saltó a la chimenea sin darse cuenta de que Bato iba detrás. Bellatrix advirtió a Rodolphus, pero el mago se encogió de hombros:
—Le encanta ir a Hogwarts, siempre hay cubiertos de oro que robar. Me ha traído ya tres pares de gafas de Dumbledore.
—¡Raspy también se las robó! —recordó Bellatrix orgullosa.
Sirius volvió una hora después, con el pecho inflado de orgullo. El profesor Binns no solo había reconocido su gesta, sino que le había suplicado que acudiera a dar clases magistrales. Lo mismo Lupin, ahora profesor de Defensa, que también aseguraba que sus alumnos podrían aprender mucho de él.
—He aceptado, claro… Sobre todo al ver la cara de limón podrido que se le ha puesto a Quejicus —comentó Sirius eufórico—. ¡Todo el Gran Comedor aplaudiéndome porque soy un dios, un titán, una fuerza de la naturaleza!
—Muy bien, Siriusín, estoy muy orgullosa de ti… Pero tendrás que hacerlo más adelante. Debemos volver a Durbuy, la boda de Eleanor es en dos semanas y si no asistimos, nos busca y nos mata con sus pequeñas manitas muggles.
Sirius estuvo de acuerdo. Rodolphus también estuvo de acuerdo.
—¿Qué dices? —le espetó Sirius— Tú no vienes.
—Naturalmente que voy. Mi rey debe conocer a sus hermanos y Bella me contó que viven ahí. Ya he reservado una suite doble en el hotel más lujoso de la zona.
No pudieron deshacerse de él. Dos días después, estaban los cinco en Durbuy. Mientras Bellatrix y Raspy les enseñaban el bosque a Rodolphus y Bato, Sirius se reunió con el equipo de su editorial. Querían felicitarle y darle gracias por las sorprendentes ventas del libro; en la Bélgica muggle no entendían semejantes cifras, pero desde luego no tenían quejas. Le animaron a trabajar en el segundo libro y él aseguró que estaba en ello, aunque iba despacio porque disfrutaba mucho del proceso.
Cuando volvía a casa, se encontró a Bellatrix y a Rodolphus saliendo del bosque. Les resumió lo sucedido y les preguntó qué tal les había ido a ellos.
—¡Estupendamente! —exclamó Rodolphus con una inmensa sonrisa— ¡Todos los escarbatos adoraran a Batito, es como su rey! Le han hecho un montón de regalos. Os invito a comer en el restaurante de mi hotel para celebrarlo.
Aceptaron. Cuando el mago se adelantó, Bellatrix le susurró a Sirius:
—Han pasado verdadero miedo, no entendían lo que era. Incluso a los más grandes, Bato les saca cabeza y media, creo que lo han confundido con una cría de oso o algo así.
A Sirius le estaba costando mucho contener la risa.
—Le han regalado raíces y semillas —murmuró Bellatrix—, pero creo que era para que no se los comiera a ellos. Ni sus hermanos lo reconocían. Menos mal que estaba Raspy para tranquilizarlos…
A Bato se lo veía muy feliz, así que decidieron que todo estaba en orden. La comida fue muy agradable. Por la tarde, llevaron a Rodolphus a la granja para saludar a Eleanor y a Rose. El mago presentó numerosas objeciones a conocer a unas muggles, hasta que…
—¡Madre mía, qué maravilla de esca… escaba…escabato! —exclamó Eleanor— ¡Es mucho más grande y sociable que Raspuchín! ¡Y lleva una corona de oro, qué elegante! Mira, he hecho un pastel de hortalizas frescas, ¿te gusta?
A Bato le encantó, lo devoró sin detenerse a respirar. Eleanor ganó otro amigo —y admirador— mago. Pese a que iba a ser una boda íntima y estaba todo preparado, las muggles invitaron a Rodolphus y él aceptó encantado. Fue una ceremonia preciosa en los prados de la granja, al aire libre. Incluso los escarbatos pudieron observar camuflados entre los conejos (un par de invitados creyeron volverse locos al ver a un conejo con esmoquin y cetro de oro). Eleanor y Rose estaban absolutamente felices y los Black todavía más por la extraña familia de amigos que habían formado.
Desde entonces, Sirius se entretuvo con sus libros y dando charlas por todo el mundo (más que enseñar, le gustaba la forma en que todo el mundo babeaba al verlo). Por supuesto fue el mejor padrino del mundo y una de las figuras más importantes en la vida de Harry. Bellatrix se dedicó a los negocios mágicos, como quería desde pequeña. Como buena Black, se especializó en aquellos de dudosa índole: no solo compró el club de duelo clandestino, sino que lo convirtió en una franquicia que exportó a decenas de países. Pronto, la herencia de sus padres resultó ridícula en comparación con lo que ella facturaba cada mes. Siempre con la ayuda de Raspy, a quien los duendes nombraron socio honorífico de Gringotts por sus grandes habilidades de gestión del dinero.
—¿Dónde tienes la conferencia este fin de semana? —preguntó Bellatrix en una escena que se repetía cada semana.
—En el Centro de Estudios Mágicos de Nueva York —respondió Sirius.
—¡Estupendo! Ahí tengo el Cruciatus Club y este mes es el especial de vampiros. ¡Amo los duelos de vampiros, hay mucha más sangre! —exclamó con gran ilusión.
—Si no estuvieses tan preciosa cuando sonríes, me darías miedo, peque —murmuró Sirius besándola.
Cuando no estaban de viaje, vivían en Inglaterra. Disponían —gracias a sus herencias e inversiones—de numerosas mansiones, aunque solían preferir la de Rodolphus, había espectáculos gratis de la mano de Bato. Siempre que empezaban a agobiarse o, simplemente, lo echaban de menos, volvían a Durbuy, su refugio secreto donde pasaban largas temporadas. Visitaban a sus amigos muggles y también a las criaturas. Seguían cuidándolas e incluso recogiendo ingredientes por diversión. El vínculo que desarrollaron al luchar juntos contra Voldemort era una fuerza inigualablemente poderosa.
—Tenías razón en eso también, ¿sabes? —murmuró Sirius una noche, abrazados en la cama de la casita que Bellatrix mandó construir hacía una década para poder huir con su primo— Sentías que en Durbuy no nos podía pasar nada malo, que era nuestro hogar y si ocurría algo, el propio lugar nos protegería. Creo que en Inglaterra no hubiésemos sobrevivido, pero aquí… nos hicimos fuertes juntos.
—No somos fuertes, Siriusín —corrigió la bruja con la cabeza apoyada sobre su hombro mientras acariciaba a Raspy—. Estando juntos, somos invencibles.
Oh sí, fueron invencibles… e inmortales. No precisaron dividir su alma: los unicornios les obsequiaban con su sangre y las hadas oscuras preservaban su juventud como dignos herederos de Morgana. Cuando el mundo ardió, cuando todo ardió… fue porque ellos lo hicieron arder. Bailaron entre las llamas y rieron juntos durante toda la eternidad, como los dioses, titanes y fuerzas de la naturaleza que nunca dejaron de ser.
