Quizá Ladybug no está usando su influencia de la mejor manera, quizá es egoísta.

Pero tiene la excusa perfecta. Y es algo que suele hacer la mayoría de las ocasiones luego de vencer a un akuma: dar consejos.

Así que la heroína de rojo, seguida de su confundido compañero de equipo en forma civil, camina por los pasillos de la mansión Agreste, llamando la atención y buscando a Gabriel Agreste, o al menos a su asistente, quien parece que ya iba en dirección al cuarto de Adrien, probablemente para intentar razonar con él, porque el dúo se la encuentra con su tableta en la que ¡qué casualidad! se ve al diseñador con dos dedos agarrando el puente de su nariz, que se halla sin los anteojos de siempre.

—Oh, ¡bravo! ¡Al hombre a quien quería ver!

La exclamación sarcástica llega a los oídos de Nathalie, y ella acomoda su tablet de modo que su jefe pueda ver a su hijo y la mismísima Ladybug.

—¿Disculpe? —Se coloca los anteojos—. Señorita Ladybug...

—Lo único de lo que me disculpo, señor Agreste —dice ella, brusca—, es de mis posibles malos modales, porque el consejo que le quiero hacer llegar no lo retiro por nada.

—Mila... —Adrien se aclara la garganta, preocupado—, Ladybug...

—No te preocupes, Adrien —La heroína suaviza su tono y rostro por unos segundos antes de mirar con dureza al señor Agreste, y sin dejar lugar a las dudas—, yo me encargo.

—Bueno, pero no quiero ver esto.

Entonces, Adrien da media vuelta y regresa a su dormitorio, a la espera de enterarse de la resolución antes de que Ladybug tenga que irse.

Ella, comprensiva, espera un buen minuto antes de abrir la boca e ir directo al grano.

—Usted es egoísta.

—Continúa —responde, sin inmutarse. Debe estar acostumbrado a críticas similares, al ser un diseñador.

—Hoy —sigue, con parsimonia—, Marinette Dupain-Cheng, la ex novia de su hijo, casi es akumatizada.

Gabriel solo frunce el ceño.

—Y Adrien Agreste, su hijo —recalcó— también.

De repente, el señor Agreste cambia su postura.

—Había otro akuma en su cuarto —Ladybug mira con suma atención los gestos del diseñador—. Aunque él no lo vio y no imagino su reacción si se entera que usted casi provoca su akumatización.

Tenso, Gabriel Agreste pasa sus manos por sus anteojos: Se suponía que ese akuma era otro para la señorita Dupain-Cheng, a quien quiere akumatizar hace varias semanas. De seguro él sintió otras emociones fuertes y antes de que se percatara, ya estaba destransformado.

—Lo que quiero decir —suelta la chica, con voz temblorosa— es que, imagine mi sorpresa, señor, cuando Adrien me explicó (Marinette no, porque apenas podía hablar luego del shock de casi akumatizarse) que usted la amenazó con que su hijo no asistiría a clases ni vería a sus amigos si él y ella continuaban siendo novios.

La bomba que soltó, ridícula, en cierto modo, no se pudo medir.

Nathalie quiere retroceder dos pasos, girar ciento ochenta grados, dejar de ver el rostro de Ladybug y anotar en su lista mental "evitar ver a Adrien".

Solo puede bajar la mirada aunque no se vea profesional.

—Así es —continua ella, mirando el rostro mortificado de la asistente del padre de Adrien y sintiendo que algo también se suelta de sus hombros cuando sabe que ellos saben—: Marinette, sintiéndose obligada, aclaro, le dijo todo a su hijo.

—No quiero causar otro akuma, señor Agreste, pero solo quiero que tenga claro que no va a aislar más a Adrien ni impedirle crecer como persona —Y luego subrayó aun más sus palabras afiladas—: Él no es su maniquí y se lo digo porque si le impide regresar a clases, yo misma le prometo que difundiré la razón por la que dejó de ser novio de Marinette. No le conviene a su perfecta reputación... ¿Quién incluso dudaría de las palabras de Ladybug?

—¿Y por qué se tomaría la molestia de hacer todo eso? —preguntó él, tratando de ignorar la risa fría de la heroína, a quien también se le escapa una sonrisa sincera al decir:

—Él es mi amigo, también el de Chat noir —suspira—, y me molesta que no haga nada para mejorar su relación con Adrien y ser la figura paterna que merece.

—Lo pensaré.

Ladybug levanta la barbilla, viendo que es suficiente.

—Más vale que lo piense.