Hola gente, comenzamos con la segunda parte de Exchange Aunt. Ya aviso que está segunda parte no comienza tan feliz como creéis. Nuestras chicas no están pasando por su mejor momento personal. Pero ya me conocéis, no suelo traducir fic que acaben mal. Tiene 13 capítulos y claro está, es de victoriamoon.
All I want
No puedo escuchar más el silencio. Necesito hablar con usted a través de los medios de los que dispongo en estos momentos. Usted desgarró mi alma. Soy mitad agonía, mitad esperanza. No me diga que ya es demasiado tarde, que sentimientos tan hermosos se han ido para siempre. Yo solo la he amado a usted, a nadie más. Puede que haya sido injusto, débil y resentido, pero nunca inconstante. Hago planes solo pensando en usted. ¿No se ha dado cuenta aún? ¿Acaso ha fallado en entender mis deseos?
(Jane Austen, Persuasión, Capítulo 23)
Regina, 9 años después del intercambio
Nevaba afuera. Las Navidades ya habían pasado. Y probablemente hayan sido las peores de mi vida.
El ruido de la leña ardiendo entre las llamas era irritante y me estresaba, pero estaba entrando en calor, al menos. De la cocina podía sentir el olor a sopa que mi hermana estaba preparando para cenar y eso, de cierta manera, hacía que me sintiera acogida.
No me preocupé en coger una copa para la botella de vino que tenía en mis manos, solo tragaba y tragaba mientras tenía la mirada fija en la televisión. Emma estaba allí, en el programa, siendo entrevistada. Obviamente recordarla era inevitable. La entrevista, el vino, el piano, la pila que formaban los cuatro libros que ya había publicado en esos años.
‒ ¿Por qué estás viendo eso? ¿No crees que ya te torturas suficiente cada semana cuando tienes que ir allí a recoger a los chicos?‒ preguntó Fiona al entrar en la sala y sentarse a mi lado en el sofá.
Mi hermana y mis sobrinas estaban pasando las vacaciones de invierno en Vancouver conmigo. No quisieron dejarme sola, aunque aún tenía la compañía de Lola todos los días y a toda hora.
‒ No es que pueda hacer otra cosa. Es la madre de mis hijos‒ respiré hondo y di otro sorbo a la botella, mirando la televisión. Emma reía de algo que había dicho el entrevistador. Era uno de esos programas con público.
Sentí la mirada de pena de Fiona posada en mí.
‒ Pero no estás obligada a ver su entrevista‒ cogió el mando y cambió de canal.
Emma, tras la publicación de su segundo libro, comenzó a tener éxito mundial como escritora. En menos de un año ya tenía a las mejores personas a su alrededor, trabajando para ella y su club de fans había aumentado exponencialmente y tenía millones de admirados por todo el mundo y en las redes sociales.
‒ Ya va a hacer un año, Regina‒ Fiona continuó diciendo e intentó quitarme la botella de vino de las manos, pero no le dejé ‒ Ella parece bien, y tú...― suspiró. No necesitaba continuar.
‒ Eso es lo que me deja peor. Verla bien‒ dije sincera, sabiendo que podría sonar algo tóxico ‒ Quiero decir…¿Por qué me ha superado tan rápido? Nunca es así. Las personas no se superan tan rápido, lo sabes.
‒ Apenas debe tener tiempo, Regina. Tiempo para estar mal.
‒ Sí, es su problema. Nunca tiene tiempo para nada. Para estar triste, para estar feliz, para estar conmigo‒ tragué en seco e incliné la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos ‒ Pero tuvo tiempo para engañarme.
‒ No sabes si eso es verdad, Regina
Los primeros tres años de matrimonio fueron óptimos. Nuestras carreras despegando, los hijos creciendo guapos, inteligentes y sanos, casa propia y bolsillo siempre lleno. Todo perfecto. Pero comenzó a marchar mal cuando Emma sencillamente ya no tenía tiempo para nada. O parecía que fingía que no tenía. Perdí la cuenta de cuántas veces dormí y desperté sola en la gran cama que se suponía que era nuestra, o cuántas veces no recibí un feliz cumpleaños y feliz día de los enamorados porque se había olvidado. Se volvió una persona completamente obcecada en el trabajo, y no porque lo necesitara, sino por hobby. Viajaba por todo el país y por todo el mundo dando entrevistas, asistiendo a convenciones de jóvenes autores para divulgar sus tan famosas obras publicadas.
‒ ¿Y por qué no lo sería? Ahora están juntas. Hope me dijo que Gabrielle durmió allá el fin de semana. En nuestra casa, Fiona. La casa que Archie nos regaló‒ dije con horror estampado en mi rostro, balanceando la cabeza de un lado a otro. Lola subió al sofá y se recostó en mi regazo, pidiendo cariño que, obviamente, concedí. Emma no vaciló en dejarla conmigo después de la separación ‒ E incluso cuando aún estábamos casadas‒ cerré los ojos y respiré hondo. Aún estábamos casadas. Ningún divorcio había sido firmado ‒ O mejor, juntas, ellas siempre se la pasaban viajando juntas de arriba a abajo ‒ reviré los ojos y di otro sorbo de vino.
‒ Pero eso es porque Gabrielle es su agente, tiene que acompañarla a los eventos que tiene por ahí. No significa nada ‒ Respiró hondo ‒ ¿De verdad crees que Emma sería capaz de engañarte? Quiero decir…¿Aquella Emma de nueve años atrás haría de verdad algo como eso? ¿Aquella Emma que ha estado ocho años casada contigo?
Estoy casada, pensé.
Resoplé y cerré los ojos. Pasó por mi cabeza una pequeña película del momento en que la conocí por primera vez, en la mesa del comedor de la casa de mi hermana en Londres. Vestía un chándal ridículo para la comida y me comporté un poco borde con ella por eso.
‒ Aquella Emma ya no existe, Fiona‒ dije por fin, dando a entender que no quería prolongar aquel asunto. Mi hermana solo suspiró y asintió ‒ ¿La sopa está lista?
‒ Sí, lo está. Voy a llamar a las chicas para que cenemos pronto‒ dijo con voz suave antes de besar mi cabeza y levantarse de donde estaba.
El apartamento que había alquilado no era muy grande, pero acogía bien a la familia y era suficiente para Lola, Henry, Hope y yo cuando venían a pasar la semana conmigo. Ellos se quedaban conmigo una semana sí y otra no, muchas veces se quedaban conmigo dos semanas seguidas, que eran las semanas en que Emma viajaba por trabajo. Pero eso no me incomodaba. Pasar mi tiempo con ellos estaba bien y me hacía sentir menos sola.
‒ ¿Estás bien?‒ preguntó Katherine al verme entrar en la cocina. En sus ojos se veía cierto asombro.
‒ Pues claro que está bien‒ dijo Fiona reprendiéndola ‒ Ven, vamos a comer
Fui la única que no dijo nada durante toda la cena, solo observé. Katherine contaba que estaba ansiosa por volver a las clases en la facultad y que estaba preocupada con el número de seminarios que tenía que dar cuando las vacaciones acabaran y volvieran a Londres. Mirándola ahí, observando sus brillantes ojos y su amplia sonrisa, apenas podía creer que mi sobrina pequeña ya rozaba los 22 años.
Al final de la cena, Bella se ofreció para lavar la loza y no me atreví a replicar. Me dolía la cabeza y me sentía un poco mareada a causa del vino. Más de la mitad de la botella se había esfumado.
‒ Creo que será mejor que vayas a descansar‒ me dijo Fiona cuando salimos de cocina ‒ Mañana vas a recoger a los chicos, ¿no?
Suspiré al recordar que tendría que ver a Emma una vez más.
‒ Sí, voy a buscarlos por la mañana temprano‒ bostecé ‒ Voy a echarme. Me estalla la cabeza.
Fiona me atrajo hacia ella para darme un acogedor abrazo y besó mi cabeza antes de despedirse. Subí a mi cuarto y me eché en la cama, que no era tan grande como la antigua, pero suficiente para mí, que acabé acostumbrándome a dormir sola al cabo de este último año. No tardé en quedarme completamente dormida. Siquiera recuerdo haber soñado. Pero me desperté dolorida y con dolor de cabeza a la mañana siguiente. No miré el reloj, pero debían de ser las ocho de la mañana cuando me levanté. Observé el portarretratos que estaba a mi lado y miré las sonrisas de la foto. Henry, Hope y yo. Fue en el octavo cumpleaños de Henry, tres años atrás, cuando Hope aún cabía perfectamente en mi regazo, con apenas tres años. Me sentí algo más motivada al mirar la foto y recordar que al menos durante los próximos días tendría conmigo a mis hijos, a mis sobrinas y a mi hermana en mi casa. No estaría sola, tendría alguna distracción. Pero me quedaba verla de frente aquella mañana.
Me levanté de una vez y abrí enseguida la ducha para darme un baño caliente, que me relajó los músculos que, por alguna razón, me dolían. Quizás la resaca y la noche mal dormida hayan sido los causantes, además de los fuertes pinchazos en la cabeza. Me puse ropa de abrigo y me dejé el cabello suelto. No me gustaba lo que veía en el espejo. No era que mi apariencia hubiese cambiado, no lo había hecho. Quiero decir, me habían salido algunas arrugas en el rostro en los últimos años, sí, pero nada que no fuera normal en una mujer de 40 años. Pero mi mirada estaba diferente. Solo yo conseguía verlo.
En la cocina, Bella y Fiona desayunaban juntas. Mi hermana leía el periódico del día y mi sobrina estaba en su ordenador, probablemente resolviendo asuntos de trabajo, aunque estaba lejos y de vacaciones. Estaba trabajando en el ramo de la auditoría de una empresa de Londres y haciendo el post graduado en finanzas, una especialización dentro de administración.
‒ Buenos días‒ dije al juntarme a ellas
‒ Buen día, tía. He hecho tostadas y tortitas. Están allí encima del mueble, si quieres‒ Bella dijo sin apartar los ojos de la pantalla del notebook.
‒ Gracias, mi amor‒ le di un beso en la mejilla y fui en dirección del mueble, cogí una tostada y la mordí ‒ ¿Kitty aún duerme?
‒ Para variar‒ respondió Fiona ‒ Nunca he visto a nadie que duerma tanto
Me serví una taza de café bien caliente y me apoyé en la encimera de la cocina, mirándome mis propios pies y el líquido negro que dejaba escapar una vaharada de humo a mi rostro, calentándome la nariz que estaba algo helada.
‒ Ya me voy a buscar a los chicos‒ dije al terminar de beber el café ‒Emma tiene que ir hoy a un evento y...cuanto más temprano vaya a buscarlos para dejarla libre, mejor
‒ ¿Has hablado con ella hoy?‒ Bella desorbitó los ojos, una sonrisa parecía querer brotar en sus labios al preguntar animada.
‒ No. Lo leí en sus redes sociales‒ respondí con naturalidad y vi cómo mi sobrina mayor se deshinchaba. Ella nunca ha ocultado lo mucho que nos apoyaba y lo que sufrió cuando nos separamos a comienzos de año ‒ Bueno, me voy. Es mejor que despertéis a Kitty antes de que ellos lleguen porque Hope, seguramente, va a querer saltarle encima‒ Besé a ambas en la mejilla antes de salir.
Conduje por las calles medio desiertas y con nieve acumulada en las esquinas hasta la casa a la que solía llamar hogar hacía algunos meses. Estacioné el coche en la calle y observé los muñecos y angelitos de nieve en el jardín. Una sonrisa, aunque pequeña, brotó de manera inevitable. Escuché mi nombre siendo gritado al otro lado de la calle, y cuando miré hacia la casa de enfrente, donde Sarah aún vivía con Archie y los tres hijos, vi a mi ex-suegra toda forrada, sacando la basura. La saludé y sonreí, y ella hizo lo mismo, aunque notaba que me miraba con cierto pesar. En ningún momento me distancié de la familia de Emma, aunque mi relación con ella no estuviera pasando por su mejor momento. Nuestras conversaciones siempre eran breves y evitábamos cualquier tipo de relación que pasara de "soy la madre de tus hijos y solo eso"
Toqué al timbre y esperé algunos minutos. Pude escuchar el sonido del piano viniendo del interior, lo que hizo que mi corazón se encogiera. La música cesó y quien me atendió fue la persona que menos deseaba.
‒ Gabrielle‒ dije al encontrarme con la figura femenina delante de mí. Tenía el cabello algo despeinado y solo vestía un suéter y calcetines ‒ Hola
‒ Hola, Regina‒ su tono salió medio avergonzado aunque aún conseguía notar cierto aire de superioridad en su mirada ‒ ¡EMMA! Ha llegado.
Crucé los brazos y desvié mi mirada hacia abajo.
‒ Entra. Hace mucho frío fuera‒ abrió más la puerta, concediéndome paso al interior.
‒ Gracias
No siempre me invitaban a entrar, así que me permití recorrer con la mirada el ambiente, observando cada pequeño detalle y viendo que todo estaba diferente. Podía sentir la mirada de Gabrielle sobre mí, como si me examinara y me quisiera lejos de allí lo más rápido posible, pero no me importaba, o solo fingía que no. Cuanto menos la mirase y menos recordara que era ella la que se acostaba todas las noches al lado de la mujer de la que estaba enamorada mejor sería.
‒ Regina‒ escuché la voz dulce y familiar detrás de mí y me giré rápidamente, encontrándomela allí. Vestía una blusa de vestir blanca con unos pantalones negros. Su cabello rubio, que le llegaba a las costillas, estaba liso y brillante ‒ Hola
Mi corazón disparó como todas las veces que la veía. Desde el primer día.
‒ Os dejo a solas para que habléis. Mientras, voy...A ver si los chicos están listos‒ dijo Gabrielle mientras se retiraba de la sala.
Reí sin gana alguna y balanceé la cabeza de un lado a otro, mordiéndome el labio inferior de puros nervios y rabia.
‒ ¿Qué ocurre?‒ me preguntó caminando hasta la cocina, la seguí
‒ ¿Ahora se queda aquí? ¿Cuida de nuestros hijos como si fueran suyos?‒ pregunté firme, seria
‒ Sí, se queda aquí, y sí, me ayuda a cuidar de nuestros hijos. ¿Qué hay de malo en eso?‒ Emma preguntó mientras untaba mermelada en una tostada
‒ No es su madre. Lo soy yo.
‒ Y yo también‒ Endureció el tono de voz y la mirada, girándose hacia mí ‒ Y por eso digo que no hay mal alguno en que Gabrielle se quede con ellos. A ellos les cae bien.
Reviré los ojos y respiré hondo, intentando ignorar que mis ojos ya me ardían.
‒ ¿Estabas tocando el piano con ella antes de yo llegar?‒ pregunté con la voz ya fallándome, temiendo la respuesta.
‒ ¿Cómo lo sabes?‒ frunció el ceño y se acercó un poco
‒ Escuché desde fuera.
Emma respiró hondo y cruzó los brazos, mirando hacia abajo.
‒ Ella estaba tocando el piano para mí
Sonreí hacia la nada, sintiendo que la indignación, los celos y la rabia se apoderaban de mi pecho, extendiendo en él una sensación ruin.
‒ Pensé que eso era cosa nuestra‒ dije sin pensar y Emma suspiró. Era inevitable recordar todas las veces en que nos sentamos al piano y ella permanecía horas viéndome tocar.
‒ Regina…
‒ Parece que tienes bastante tiempo para ella‒ tragué en seco y la miré a los ojos, sin importarme si los míos estaban llenos de lágrimas.
‒ Regina, por favor‒ prácticamente imploró mientras apretaba mis hombros con una delicadeza que yo echaba de menos ‒ No quiero tener ahora esta conversación.
Sacudí la cabeza y me enjugué las lágrimas que ya resbalaban y reí, sarcástica.
‒ Está bien, olvídalo. Nunca has querido tener esta conversación‒ puedo ver que se afligía, respirando hondo. Ella sabía que yo estaba en lo cierto. Ni tiempo para conversar tuvo en ningún momento. Sencillamente todo acabó de un momento al otro ‒ En fin…
‒ Nunca tuve intención de herirte, Re…
‒ No quieres tener esta conversación ahora, Swan‒ interrumpí con voz firme, entre dientes
Ella solo retorció la boca y asintió, clavando su mirada en un punto cualquiera solo para no tener que mirarme de nuevo a los ojos.
‒ ¡Mamá!‒ Hope apareció al segundo siguiente super animada y saltó sobre mí agarrando mi cuello y abrazándome fuerte.
‒ Mi amor...‒ acaricié su cabello rubio y deposité miles de besos en toda su carita ‒ ¡Cuánto te he echado de menos!‒ dije mirando sus ojitos ‒ ¿Dónde está tu hermano?
‒ Ya viene‒ la puse de nuevo en el suelo ‒ ¡Mira mi mochila nueva!‒ se giró de espaldas mostrándome la mochila en forma de cerdito.
‒ ¡Qué bonita! ¿Te la compró tu madre?‒ le pregunté agachándome, quedando a su altura.
‒ No, fue la tía Gabrielle‒ dijo Hope sonriente, y la sonrisa de mi rostro despareció al momento. Lancé una mirada decepcionada hacia Emma, quien evitó enseguida mi mirada.
‒ ¡Qué guay!― dije intentando ocultar mi expresión, y me levanté de nuevo.
‒ ¡Mamá!‒ surgió Henry en la cocina acompañado de Gabrielle, que ya estaba vestida.
‒ Hola, hijo‒ lo besé en lo alto de la cabeza y lo atraje hacia mí en un apretado abrazo ‒ Bueno…¿ya cogistéis vuestras cosas?‒ les pregunté, y ellos asintieron entusiasmados ‒ ¡Genial! Entonces, ¿vamos?
‒ ¡Vamos!‒ dijeron al unísono
Me despedí de Gabrielle apenas con un asentimiento y Emma me acompañó hasta la puerta. Desbloqueé el coche en cuanto estuvimos en la calle, y ellos, a causa del excesivo frío, echaron a correr y se metieron dentro, dejándome sola con Emma en el porche.
‒ Hope tuvo fiebre alta anoche. No ha tenido más, pero mejor estar pendiente‒ me dijo encogiéndose un poco por el frío ‒ ¿Aún está Fiona contigo?
‒ Sí, están todas. Se marchan a finales de semana.
Se hizo un silencio y fue incómodo. Era como si las dos estuviéramos esperando que surgiera algún tema para finalmente poder despedirnos. Llevaba siendo así desde que me había marchado.
‒ Yo...Voy a mantener el contacto‒ dije finalmente ‒ Cualquier cosa sobre ellos, te aviso.
‒ Está bien‒ sonrió débilmente y yo me giré, echando a andar hacia el coche ‒ ¡Regina!‒ Me llamó, dudé antes de girarme de nuevo. Encontré sus ojos verdes y vi algo de tristeza en ellos. Los míos no estaban muy diferentes ‒ Hay una cosa para ti en la mochila de Hope. Tu regalo de Navidad.
Susurré un "gracias" y sonreí débilmente, entrando enseguida en el coche, dejándola atrás.
Después de que Henry y Hope llegaron, el silencio de la casa se esfumó, pero me gustaba. Durante toda la tarde estuvimos sentados a la mesa jugando al Monopoly hasta cansarnos. Katherine fue la vencedora acumulando más dinero y propiedades.
Era la noche del 27 de diciembre, pocos días antes de Nochevieja. Mis hijos lo pasarían conmigo, ya que habían pasado Navidad con Emma.
Yo estaba sentada junto a la chimenea preparando mis futuras clases para cuando volviéramos de las vacaciones. El brillo fuerte de la pantalla del ordenador, mis gafas de graduación y el vino blanco que me hacía compañía estaban haciendo que me doliera un poco la cabeza.
‒ ¿Mamá?‒ Hope apareció en la sala ya de pijama, era bien entrada la noche. Su voz era somnolienta.
‒ Hola, mi amor‒ dejé la copa sobre la mesa de centro y estiré los brazos en su dirección, llamándola a mis brazos. Ella se acurrucó ahí y me di cuenta que llevaba una caja en las manos ‒ ¡Qué nostalgia de cuando eras más pequeña y cabias en mi regazo!‒ dije sonriendo pegada a su cabello y ella rió ‒ ¿Qué llevas en la mano?
‒ Ah, es el regalo que mamá te dejó en mi mochila‒ ni siquiera había tenido tiempo o cabeza para acordarme del regalo que Emma me había comentado cuando regresé con los niños ‒Ten, toma
La caja era roja con un discreto y fino lazo dorado. Lo cogí con cautela, ignorando mi corazón encogido y acelerado. Hope me miraba atenta con una sonrisa ansiosa en su rostro.
‒ Creo que te va a gustar‒ dijo cuando deshice el nudo del lazo
‒ ¿Tú sabes lo que es?‒ pregunté con suspense antes de abrir la tapa de la caja.
‒ ¡Sí! Yo estaba con mamá cuando ella lo compró. Dijo que te iba a gustar. ¡Venga, abre!
Sonreí ante su entusiasmo y abrí de una vez el regalo, dejando ver allí, enrollado en papel de seda rojo, mi vino favorito. Uno bien raro, antiguo y caro. Agarré la botella como si fuese una piedra preciosa y pasé el dedo por su etiqueta, acordándome de las veces que, aún en Londres, Emma y yo abrimos una de estas y bebimos juntas. Sin darme cuenta, mi expresión se entristeció.
‒ ¿No te ha gustado?‒ preguntó Hope algo decepcionada
‒ Claro que me ha gustado‒ sonreí débilmente y devolví la botella a su caja, y me di cuenta de que había una nota. "Con amor, Emma", decía en ella.
Respiré hondo y solté el aire por la boca, resoplando.
‒ ¿Entonces por qué estás triste?
‒ No estoy triste‒ dejé la caja encima de la mesita y agarré las manos de mi hija ‒ Estoy feliz de que tú estés aquí, Henry, la tía Fiona, tus primas...La casa de mamá está llena de gente y de amor.
‒ ¿Pero querías que mamá también estuviera aquí?‒ preguntó cabizbaja y pude sentir cómo mi corazón se partía en pedazos.
‒ Hope, tú mamá está con Gabrielle, ya lo sabes‒ arqueé una ceja
Ella resopló y se cruzó de brazos, poniendo los ojos en blanco sin disimular. Expresiva como siempre, pensé
‒ A mamá ella no le gusta de verdad
‒ ¿Ella te dijo eso?‒ pregunté
‒ No es necesario. Ella no mira a tía Gabrielle de la misma forma en que te mira a ti, ni le habla de la misma manera que a ti.
No podía de forma alguna que una niña de seis años me diera falsas esperanzas, me ilusionara. Pero el problema es que quería tanto que fuera verdad que dejaba que mi corazón lo creyera.
‒ Para‒ dije mientras comenzaba a hacerle cosquillas en su barriga, cortando el asunto ‒ Eso son cosas de adulto‒ Ella me miró pícara y arqueó una ceja exactamente como hacía yo ‒ ¿Tu hermano ya está dormido, no?‒ Asintió ‒ Ven, vamos a dormir también. Ya es demasiado tarde para que bebés como tú estén despiertos.
‒ Yo no soy un bebé. Ya no. Mamá Emma dice que ya soy una muchacha
‒ Ah, claro que ya eres una muchacha‒ bromeé y ella me frunció el ceño ‒ Ahora vamos a acostarnos.
El apartamento solo tenía dos habitaciones. En una, mi hermana dormía con Bella y Katherine, y en la otra dormía yo con mis hijos. Tenía un colchón de matrimonio guardado para usar siempre que ellos pasaban la semana conmigo. Se negaban a dormir solos en el otro cuarto, pero ni siquiera el colchón servía de mucho, ya que por la mañana, cuando abría los ojos, siempre me los encontraba a los dos en mi cama, pegados a mí. Mi espalda me dolía un poco, pero no me importaba.
Siempre que estuvieran a mi lado, yo estaría bien y no me sentiría sola, aunque mi corazón aún clamase para llenar de nuevo un espacio que había quedado vacío hacía un tiempo.
