Hola gente. Se me olvidó decir el otro día que los títulos de los capítulos son títulos de canciones. Espero que os esté gustando. Los capítulos son todos bastante grandes, por lo que el ritmo de subida no será tan frecuente, pero intentaré que al menos tengáis uno a la semana.

El primer capítulo se titulaba All I Want y es una canción de Kodaline. Este segundo se titula Hush Hush y es de Avril Lavigne.

Hush Hush

Emma, días después

Año nuevo, vida nueva. ¿A quién quería engañar? Seguiría siendo lo mismo. Mismas rutinas, mismas ropas, mismo trabajo, misma casa, misma ciudad. Exactamente las mismas cosas del año pasado. Mismas ojeras.

No sé decir muy bien cuándo comenzaron a cambiar las cosas. Para ser sincera, gran parte de culpa era mía, eso lo podía ver, pero quizás fuese muy orgullosa para admitirlo en voz alta, gritarlo para quien quisiera escucharlo. Quizás estuviera dándole vueltas cuanto podía, huyendo de lo peor. Me ahogaba a mí misma con este sentimiento que aún poseía mi cuerpo, sobre todo mi corazón.

El calentador de casa estaba comenzando a dar señales de que iba a fallar en cualquier momento. A veces se apagaba solo durante la noche, y por eso, en aquella mañana fría, me desperté con la piel de gallina. No se habían cerrado por completo las cortinas, y la claridad que venía de afuera, penetrando por la brecha, me hizo abrir dificultosamente los ojos. El día estaba nublado. Los cristales, aunque algo opacados, me dejaban ver la nieve cayendo en el lado de afuera. El perro de la vecina también ladraba. Yo no le caía muy bien, ni mi madre ni Gabrielle. Quizás tenía un prejuicio con las rubias.

Refunfuñé cuando no noté a nadie a mi lado en aquella cama enorme. Sencillamente no podía entender el motivo de Gabrielle para despertarse siempre tan temprano, sin despertador alguno, solo su propio cuerpo que parecía sonar todos los días a las seis de la mañana.

En la mesilla de noche, mi móvil hizo sonar una alarma, un recuerdo de que era 3 de enero. Fin de las vacaciones de invierno. Regreso a las clases. ¡Aleluya!

Suspiré aliviada, tengo que confesar. Mis días tranquilos para trabajar eran cuando los chicos estaban en el colegio, o cuando estaban en casa de Regina. Son unos ángeles, sí, los mayores regalos que la vida me ha dado, pero a veces está bien no escuchar el ruido de los dibujos animados o los ruidosos juguetes.

‒ ¡Buenos días!‒ entró Gabrielle en el cuarto con una bandeja con el desayuno, sacándome de mis pensamientos ‒ ¿En qué estabas pensando?

Se sentó en la cama y puso la bandeja frente a mí.

Suspiré y me estiré.

‒ En lo mucho que hoy voy a poder trabajar. Casi estoy terminando aquella novela‒ bostecé antes de darle un mordisco a la tostada.

‒ Sí, y cuanto antes la termines, mejor. Hablando de trabajo, Gold y Milah me llamaron y aparentemente tienes otra invitación para una entrevista. Tienes espacio en la agenda, si aceptas. Puede ser bueno para ti. Es un programa bien conocido en Los Ángeles.

‒ Ya, lo pensaré. Este mes ya va a ser un mes lleno‒ bostecé ‒ ¿Ya están despiertos?‒ pregunté refiriéndome a Henry y Hope.

‒ Sí, se están cambiando. Hope se puso tonta para despertar.

‒ Normal‒ sonreí ‒ Gracias por el desayuno‒ jugueteé con los anillos de sus dedos ‒ Me levanto y les preparo a ellos el desayuno. Solo me cambio primero.

‒ Está bien. Te espero en la sala.

Gabrielle salió del cuarto y yo observé las manzanas cortadas en perfectos cubos en un bol. Reviré los ojos cuando me vino el deseo repentino de comer la torta de manzana que solo Regina sabía hacer.

Queriendo o no, todo en aquella casa aún me recordaba a ella. Desde las cosas más tontas, como la pequeña mancha de esmalte rojo en la cómoda blanca, de un día en que Hope la asustó y ella dejó caer una gota, o como el box de libros de Charlotte Brontë, que ella me regaló años atrás. Estaba en mi despacho, que también era la biblioteca, y parecía observarme cada vez que entraba allí, haciéndome sentir culpable. No, no voy a mentir diciendo que no la echaba de menos, que ya no me dolía, aunque ella pensara lo contrario. Ella tuvo sus motivos, yo tuve los míos, aunque ella no prestó oídos a estos cuando aún había tiempo. Una vez más, era consciente de mi gran parte de culpa.

Con la intención de apartar los pensamientos que se empeñaban en visitarme todos los días, fui directamente al baño y me lavé el rostro con agua fría. Me miré en el espejo observando aquello que ya no me gustaba ver. Definitivamente no era la misma Emma de algunos años atrás. Estaba más apagada, sí. Tenía consciencia de que algo había cambiado. Sabía lo que era, todos debían imaginarlo. Pero era algo más de mi vida que mi orgullo probablemente haría que escondiera. No podía ni quería focalizarme en lo que podría dejarme más por los suelos.

Tras vestirme, bajé a la sala, donde encontré a Henry y Hope desayunando frente a la televisión, donde pasaban algunos dibujos animados. Regina nunca hubiera permitido eso. Reviré los ojos de nuevo cuando me di cuenta de que, una vez más, había pensado en ella. Casi estaba llegando a la conclusión de que cuanto más intentaba olvidarla, más ella visitaba mis pensamientos más inesperados.

‒ Hey, buenos días‒ dije antes de darles un beso a cada uno en lo alto de la cabeza ‒ ¿Ansiosos para las clases?

‒ No‒ dijeron a la vez y yo reí

‒ Quiero verlos regresar con estrellitas doradas en los deberes, ¿eh?‒ dije y ellos pusieron los ojos en blanco a la vez.

‒ Mamá nunca me da una estrella dorada. Creo que tiene miedo de que los otros alumnos piensen que tengo trato de favor por ser hijo de la profesora‒ comentó Henry y yo reí alto.

La escuela donde Henry y Hope estudiaban era una en las que Regina daba inglés, y para suerte— o no— de Henry, la madre le daba clases, quien conseguía ser bien dura cuando quería. Quizás yo lo sabía mejor que nadie.

‒ Bien, el bus va a pasar. ¿Queréis que os deje en la parada?‒ dijo Gabrielle mientras cogía el bolso que estaba en el aparador junto a la puerta y se ponía el abrigo.

‒ ¡Sí!‒ dijo Hope, ahora más animada.

Los dos se pusieron los abrigos y se dirigieron a la puerta tras despedirse rápidamente de mí.

‒ ¡Juicio!‒ les dije ‒ ¿Vas a ir a algún sitio?‒ le pregunté a Gabrielle al acercarme a ella.

Ella sacó un pequeño espejo de su bolso y se recolocó algunos algunos rubios mechones, dejándolos, a propósito quizás, más revueltos, de una forma que yo encontraba increíble.

‒ Sí, tengo mucho que hacer esta semana, en realidad. Tengo que cuidar tu vida profesional y muchos otros trabajos por ahí. Ya sabes, se acabaron las vacaciones, y la rutina vuelve‒ se estiró y yo sonreí ‒ Debo volver el domingo. ¿Conseguirás sobrevivir sin mí hasta entonces?

‒ Eres mi agente, no mi niñera. Me sé cuidar sola‒ arqueé el ceño y ella entrecerró los ojos, en mi dirección, pero las dos sonreímos al mismo tiempo enseguida.

‒ Ciao‒ Gabrielle me dio un beso ligero en mis labios y salió junto a los chicos, que me saludaron una última vez antes de cerrar la puerta.

Cuando salieron, me tiré en el sofá y me quedé mirando el techo. ¿Qué tendría que hacer ahora? La casa sería mía por las próximas seis horas. Escribir, leer y responder emails, probablemente me estresaré con el calentador fallando. Pero todo bien.

En el despacho, me senté en mi cómoda silla y abrí el notebook. Como siempre, desde que tengo uso de razón, las palabras empezaron a salir automáticamente. Mi cerebro pensaba más rápido de lo que mis dedos conseguían moverse, y a veces eso me fastidiaba un poco, pero nada que me irritara de verdad.

Las horas siempre pasaban como segundos cuando me dedicaba a la escritura. Era mágico cuán ligera me sentía y cómo conseguía olvidarme del mundo alrededor. Aunque no siempre eso era bueno. Una vez, cuando tenía el pastel de cumpleaños de Eleanor en el horno, me vino la repentina inspiración para escribir, y, al final tuvimos que improvisar e ir a comprar un pastel en la panadería, de un sabor que a ella no le gustaba. Y la cocina quedó con un maravilloso olor a quemado.

Golpes en la puerta me hicieron despertar al mundo real durante unos segundos, y enseguida tuve delante a quien menos esperaba ver: Ruby.

‒ ¿Qué haces tú aquí?‒ pregunté asombrada y animada mientras me levantaba.

‒ ¡Vaya!‒ se llevó una mano al pecho haciéndose la ofendida ‒ ¿No te gusta la visita?

Nos abrazamos fuerte y demoradamente

‒ Claro que me gusta. Es que hace un tiempo que no venías aquí. Siempre que te he visto es porque estás en casa de mi madre

‒ Ah, sí. Tu madre y yo somos amigas, ya sabes, y quiero a tus hermanos y a Archie ‒ se dejó caer en uno de los puffs que había allí y yo hice lo mismo, sentándome a su lado ‒ Y no piso este sitio cuando la propia madrastra malvada de las pelis de princesas está aquí

Reviré los ojos ante el comentario. Ruby no tragaba de ninguna manera a Gabrielle, y siempre que podía lo dejaba claro.

‒ ¡Para con eso! ¿Qué tienes en su contra?

‒ ¡TODO!‒ exclamó con bastante énfasis ‒ Solo fue la persona que acabó con tu matrimonio.

‒ Estoy segura de que es Regina quien te llena la cabeza de cosas negativas sobre Gabrielle‒ dije ‒ Gabrielle no tiene nada que ver en esa historia.

‒ ¿De verdad estuviste casada con aquella mujer? Regina tiene suficiente autoestima como para hacer algo tan bajo. Me sorprende que pienses eso de ella. Regina no necesita decir nada malo de Gabrielle porque se sabe mejor que ella‒ suspiré. No lo negué ‒ Y tú estás de acuerdo conmigo.

‒ Cierra la boca‒ cerré los ojos y me pasé la mano por la cara

‒ ¡No, cierra la boca tú! Sabes que tengo razón. ¿Durante cuánto tiempo vas a estar saliendo con alguien para tapar el agujero que otra persona ha dejado?

‒ Gabrielle y yo no estamos saliendo juntas. Nosotras solo…

‒ ¡Ah, ya, la tal aventura pasajera!‒ interrumpió. Ruby sacó del bolso un paquete de cigarros y encendió uno. Hacía algún tiempo había adquirido el horrible hábito de fumar ‒ Lo que pasa es que usas esa aventura pasajera para estar follándote a alguien a quien de verdad no te gustaria estar follándote.

‒ ¡RUBY!‒ le di un golpe fuerte en su pierna y ni se inmutó ‒ ¿Estás loca? ¿Borracha? ¿Por qué estás diciendo todo esto?

‒ No, Emma, no estoy borracha ni estoy loca. Solo frustrada. Antes de venir para acá, estaba en casa de tu madre‒ ¡Qué sorpresa!, pensé ‒ Estuvimos hablando sobre Regina y tú

‒ ¡No tenéis derecho a conversar sobre mi vida con mi ex esposa!‒ argumenté

Ahora ya estábamos sentadas una frente a la otra en medio del despacho.

‒ Bueno, soy madrina de tus hijos con Regina, y tu madre, claro está, es tu madre y consecuentemente abuela de tus hijos. Tenemos derecho, sí‒ dio una calada al cigarro ‒ Pero la cuestión aquí es...Tenéis que poner un punto final a esta historia‒ Cuando no era mi madre o mi amiga alertándome de esto, era mi subconsciente. Ya estaba cansada de escuchar eso a todo momento. Escuchar lo que sabía que tenía que hacer, pero estaba dejando pasar, quizás esperando un milagro del cielo, no lo sé ‒ Emma, ¿la semana que viene qué va a hacer, un año? ¿No fue algunos días antes de tu cumpleaños?‒ asentí medio cabizbaja ‒ Entonces. Aún estáis casadas ante la ley, eso está bien. Todavía podéis conversar y ver si vale la pena salvar esa relación. Simplemente decidisteis acabar con todo de un día al otro sin ninguna conversación saludable. ¿Tienes noción de lo malo que es eso?

‒ Yo no le hacía bien. Ella misma me lo dijo cuando peleamos‒ mi voz estaba algo tomada y mi corazón se encogió

‒ No. Eso no es verdad. Regina puede ser muy impulsiva en una discusión, dice cosas sin pensar, lo sabes. Estábais pasando por momentos difíciles. Las dos necesitáis reparar vuestros errores‒ Ruby agarró mi mano y me miró a los ojos ‒ Confianza y diálogo.

‒ ¿Qué?‒ fruncí el ceño

‒ La base de cualquier relación‒ solté la respiración que ni cuenta me había dado que había prendido ‒ Sé que...tienes miedo de herirla aún más o de acabar fastidiando todo de una vez, pero...Ella está dispuesta, Emma. Y quizás no lo estaba en su momento, pero ahora lo está. Deja de ser una orgullosa del carajo. Estás equivocada si piensas que lo que estás haciendo es la mejor salida. ¿Evitar el diálogo? ¡De qué vas! Habla. Haz todo lo que ella no hizo cuando todo estuvo reciente. Una buena conversación hace que todo se encamine hacia una conclusión, ya sea buena‒ suspiró‒ o mala. Ella está confiada en que la engañaste…

‒ No. Nunca hice eso‒ interrumpí inmediatamente. Yo no sabía de dónde Regina se había sacado, con tal convicción, la certeza de que la había engañado, de que me había acostado con Gabrielle mientras aún estábamos juntas. Eso nunca sucedió, pero ella estaba segura de que sí ‒ Nunca. No sé por qué sigue diciendo eso con tanta convicción.

Fue un fin de semana como cualquier otro, yo estaba de viaje de trabajo. Estaba en California en unas entrevistas, y cuando regresé a casa el lunes, Regina simplemente ya no estaba. Sus ropas ya no estaban en el armario y sus perfumes ya no adornaban la cómoda. Henry y Hope estaban en casa de mi madre y ella solo me decía que Regina se había ido así como así, con las maletas hechas. Debo haber pasado cerca de un mes entero corriendo tras ella, buscando explicaciones, intentando entender, intentando saber el motivo de todo aquello, pero ella simplemente me ignoraba, huía de mí y seguía diciéndole a toda la familia que yo la había engañado. Quizás fue algo que se le metió en la cabeza al darse cuenta de que nuestro matrimonio ya estaba pendiente de un hilo con tantos problemas. Se aferró a esa mentira y hasta hoy a ella se agarra.

Se hizo un silencio de varios minutos. Yo observaba la ventana, mirando los árboles de ramas secas del lado de fuera, y la nieve que caía.

‒ Tengo miedo de intentar reparar esto y terminar percibiendo que realmente ya no hay vuelta atrás‒ continué diciendo, sintiendo cómo mis ojos ardían por las lágrimas que, por orgullo, no quería dejar caer, pero al final fallé.

Mi amiga secó mis lágrimas con la manga del abrigo negro que llevaba y agarró levemente mi mentón, obligándome a mirarla. Su expresión era serena e intentaba transmitirme calma.

‒ No habéis entrado con la petición de divorcio por una razón, ¿no?

La pregunta, aunque era retórica, me golpeó en el pecho como una puñalada. No quería demostrarlo. Con el pasar de los años, aprendí a controlar mis sentimientos, a no demostrar debilidad, aunque fuera muy difícil. Quizás eso hacía que los demás — y con eso digo Regina — pensaran que no importaban los sentimientos ajenos, aunque me rompían por dentro.

Regina y yo nos separamos, nos apartamos. Si no fuera por los niños, quizás ella habría vuelto a Londres y sencillamente ya no nos hablaríamos más. Pero la palabra divorcio nunca fue mencionada. Para mí, al menos, estaba claro, cristalino: no queríamos dar un paso tan serio sin tener la certeza de que realmente era lo que deseábamos. Pero la cuestión era: ¿cómo tendríamos esa certeza?


Los días de aquella semana pasaron lentos. Mi cabeza estaba a mil, pensaba y hacía miles de cosas al mismo tiempo, eso cuando mis hijos me daban algo de sosiego. Estaban en la escuela y yo preparaba el almuerzo para que estuviera listo para cuando volvieran de clase, y no tardó mucho, a fin de cuentas, hice una de las únicas cosas que estaba segura que podía cocinar sin incendiar la casa: macarrones.

Era poco más de mediodía cuando estaba sentada en el sofá disfrutando de la relectura de uno de mis libros preferidos con la compañía de un gran vaso de refresco. Los tés pegaban mucho más con la literatura inglesa, lo sé, pero no hacían muy buena pareja conmigo.

El timbre sonó y suspiré al pensar en quién podría estar molestándome en una mañana tranquila de un jueves, sin los chicos en casa. Me levanté sin ganas, incluso estaba en pijama.

‒ ¡Mamá! Hola‒ me sentí aliviada cuando abrí la puerta y me encontré con la figura rubia con olor a hogar.

El viento frío de fuera hizo que me encogiera un poco.

‒ ¿Puedo entrar?‒ le cedí paso y ella entró. Cerré la puerta ‒ Archie fue atender a unos clientes. Creo que va a conseguir vender aquella casa azul de tres pisos cerca del gimnasio.

‒ ¿De verdad? ¡Ya era hora! Lleva en venta mucho tiempo‒ nos sentamos lado a lado en el sofá y recogimos las piernas, encogiéndonos a la vez ‒ Entonces, ¿algún motivo específico para que estés aquí?

‒ No, no. Ninguno‒bostezó ‒ ¿Gabrielle está?

‒ Tuvo que viajar esta semana, ya sabes, trabajo. Pero sé que Ruby ya debe habértelo dicho‒ se encogió de hombros y barrió el ambiente con la mirada, respirando hondo enseguida ‒ ¿Quieres beber algo o…?

Decidiendo interrumpirme, el teléfono fijo comenzó a sonar en la la sala, en el aparador al lado de la puerta. No era algo común, ya que la gente prefería mandar mensajes o llamar a los móviles. Mi madre gesticuló señalando el teléfono, aconsejándome atender.

‒ ¿Diga?‒ dije después de un suspiro

¿Señorita Swan?‒ una voz femenina grave dijo al otro lado de la línea ‒ Soy la directora Miller

‒ Ah‒ me limpié la garganta y lancé una mirada de sorpresa a mi madre, que no escondía su curiosidad ‒ Hola, señora Miller. ¿Ha...Ha pasado algo con Heny y Hope?

En realidad, señorita Swan, llevo tiempo queriendo tener una conversación con usted y con la señora Mills sobre sus hijos‒ hizo una pequeña pausa. Yo chasqueé los dientes y empecé a pensar en las mil posibilidades de la necesidad de aquella conversación ‒ ¿Podría venir a la escuela a la hora de la salida de los chicos?

‒ Sí, sí, puedo. Pero…¿Qué han hecho? ¿Qué ha sucedido?‒ pregunté una vez más y conseguí escuchar la respiración pesada y hasta algo impaciente de la mujer al teléfono.

Hasta dentro de un rato, señorita Swan‒ fue todo lo que dijo antes de, sencillamente, colgar.

Colgué el teléfono y me quedé unos segundos pensando si Hope habría tirado otra vez del pelo a alguien o si Henry, una vez más, habría comenzado una guerra de comida en la cafetería.

‒ ¿Todo bien?‒ preguntó mi madre

‒ Sí, creo. Era la directora de los chicos. No sé lo que han hecho, pero tengo que ir hoy para una...Charla‒ resoplé ‒ Regina va a estar allí.

‒ Oh‒ ella desorbitó los ojos detrás de las gafas ‒ Entonces sería mejor que te...arreglaras un poco, ¿no? ¿Qué tal si te pones aquel abrigo hermoso que tu tío te regaló por Navidad?

Yo reí, incrédula.

‒ ¿Estás hablando en serio?‒ coloqué las manos en la cintura y mi madre me lanzó una mirada confusa ‒ Voy a una reunión con la directora de la escuela de mis hijos, muy probablemente porque han hecho algo y…¿Tú quieres que me arregle porque mi ex mujer va a estar también allí?

‒ ¡Ok, disculpa!‒ alzó los brazos como si estuviera rindiéndose y enseguida nos echamos a reír juntas

Como vio que estaba ocupada, mi madre se volvió a su casa y yo fui directa a darme un baño caliente— hirviendo—y rápido. Mis ropas de abrigo eran siempre las mismas: oscuras y sin gracia. No era común encontrar ropa amarilla o azul en época de frío, y era lo que me gustaba vestir. Así que, aunque refunfuñando mientras veía cómo caía la nieve del lado de afuera, me puse uno de los abrigos negros y medias térmicas del mismo color. Al menos mi gorro era rojo, de aquellos tonos de rojo bien fuerte y vivo, como una mañana de sol. Dejé mi cabello suelto y mi rostro libre de maquillaje, apenas me puse una hidratante, ya que con el frío se me resecaba mucho la piel.

Conduje hasta la escuela de los chicos y aparqué en el exacto momento en que el timbre de la salida comenzó a tocar. Pocos segundos después los enanos uniformados comenzaron a salir uno a uno mientras yo iba en el sentido contrario, entrando en el colegio. El colegio era un centro de referencia, la mejor escuela de la región, quizás hasta del estado. Las mensualidades eran caras, pero Henry y Hope tenían una beca por ser hijos de una de las profesoras más respetadas y aclamadas de la institución: Regina Mills.

Anduve por los enormes y espaciosos pasillos llenos de armarios de hierro y estantes con trofeos hasta la recepción de la directora Miller. Atraía algunas miradas de algunas personas que ya conocía de vista. En la gran recepción, había apenas una pre adolescente sentada en uno de los muchos sofás que allí había, probablemente esperando para llevarse una bronca de la directora, ya que su cara no era de las mejores.

Me senté en uno de los sillones y cogí una revista educativa que había para matar el tiempo. El ruido del reloj de pared hacía un incesante tic tac que me molestaba un poco. Aquel lugar no era, definitivamente, como el sitio donde yo estudié, en el que escuchabas a los chiquillos gritando y jugando en cualquier lugar, en cualquier momento. Era una escuela más rígida donde los chicos estaban callados la mayor parte del tiempo, pero no era una tortura, al menos no para mis hijos. Ellos nunca se habían quejado del método de enseñanza y aprendizaje. Les gustaba la escuela, los amigos y los profesores, aunque Henry a veces se quejaba de lo rígida que era su profesora de inglés.

‒ ¿Qué haces tú aquí?‒ escuché detrás de mí una voz ronca, más aguda por la sorpresa al verme. Y era una voz que yo conocía bien.

Me giré y me encontré a Regina en la puerta de la sala. Vestía una blusa de seda azul marino, falda lápiz negra y perfectos tacones del mismo color. El cabello estaba suelto, siempre perfectamente peinado y sus gafas de vista rojo oscuro combinaban con el color de su clásico lápiz labial. También llevaba un pequeño vaso con café, y parecía bien sorprendida por verme allí.

Siempre supe que Regina era de quitar el aliento desde la primera vez que puse mis ojos en ella, pero ese día era algo fuera de los límites.

‒ No sé si lo sabes...‒ me levanté y di algunos pasos hacia ella. Puse mis manos en los bolsillos de mi abrigo y respiré hondo antes de decir ‒ pero yo también soy madre‒ ella reviró los ojos y desvió su mirada de mis ojos hacia sus propios pies ‒ ¿Tú ya estabas aquí?

‒ Sí. Acabo de salir de la clase de 2º de la ESO‒ bebió todo el café de un solo trago ‒ ¿Tienes idea de lo que han hecho?

‒ Ni idea. ¿Y tú?‒ negó con la cabeza.

Unos segundos torturantes pasaron en aquella sala, en silencio absoluto, solo el tic tac irritándome.

‒ ¿Señorita Mills, señorita Swan?‒ la secretaria de la directora abrió la puerta de la sala y nos llamó. La miramos al mismo tiempo ‒ La señora Miller ya puede recibirlas. Pueden entrar.

Noté la mirada recelosa de Regina posada en mí antes de entrar, pero no se la devolví. Imaginaba lo que debía estar pasando por su cabeza: ¿qué podían haber hecho mal sus hijos tan perfectos con la mejor educación posible?

En la gran mesa de madera estaba sentada la directora Miller y una muchacha alta de cabellos rojos.

‒ ¿Ariel?‒ dijo Regina medio confusa en cuanto vio a la mujer ‒ ¿Por qué estás tú aquí?

‒ ¿Quién es?‒ pregunté bajito, pero no me respondió

‒ Hola, señorita Swan, Regina‒ la directora Miller nos saludó, pero con cierto tono de indirecta por no haber saludado nosotras primero ‒ ¿Por qué no se sientan?‒ nos sentamos en las dos sillas frente a la directora y la tal Ariel ‒ Señorita Swan, esta es Ariel Fisher, es nuestra pedagoga. Regina, tú obviamente ya la conoces porque es tu auxiliar en algunas clases de primaria, ¿cierto?

‒ Sí, lo es‒ dijo Regina cruzándose de brazos. Parecía algo afligida.

‒ Últimamente hemos recibido quejas de los profesores sobre Hope y Henry‒ ella continuó‒ ¿Sabían que su hijo hoy le dio un puñetazo en la cara a un compañero de clase?

‒ ¿Que ha hecho qué?‒ preguntó Regina asombrada, algo irritada

‒ Pero…¿qué dijo el chico para que él respondiera así?‒ pregunté

‒ Swan, sinceramente no me importa saber la razón. Cualquier tipo de violencia física está estrictamente prohibida en esta escuela. Cualquier tipo. El chico salió de aquí sangrando mucho, con la nariz rota‒ la directora cruzó los brazos y respiró hondo. Regina se pasó la mano por el rostro y se masajeó las sienes, como si estuviera controlándose para no estallar ‒ También está yendo mal en las actividades de clase y en la convivencia con el grupo. No hace los deberes, no quiere formar pareja con nadie, ha respondido a los profesores...Y Hope, bueno, ha sido bien respondona, rebelde e incluso ha soltado palabrotas dentro del aula.

‒ ¿Qué?‒ Regina y yo dijimos a la vez y nos miramos sorprendidas.

‒ Sí. Palabrotas. De las feas. Saliendo de la boca de una niña de seis años. Sin contar las veces que ha contado inocentemente, al grupo sobre los ruidos extraños que escucha dentro de casa algunas noches, como si fueran fantasmas gritando y resoplando. Todo cuando está en casa de mamá Emma.

Regina inmediatamente me miró boquiabierta, con los ojos como platos.

‒ Ah, joder‒ escondí el rostro entre las manos para que nadie viera mi cara roja y mi expresión de culpa.

‒ Sí, señorita Swan. Quizás tengamos que llamar a los Cazafantasmas para investigar los fenómenos paranormales de su casa

‒ Ni sé qué decir‒ dije apartando las manos de mi cara. Conseguía ver, por el rabillo del ojo, a Regina que seguía mirándome. No sabía decir muy bien si era una mirada de sorpresa o de tristeza, decepción. Quizás un poco de las tres.

‒ Lo sé‒ se manifestó Ariel ‒ Es por eso que estoy aquí. Acompaño algunos días a la semana el comportamiento de los de infantil y primaria. Creo que no hay que ser ningún especialista para entender que traen ese comportamiento de casa. ¡No es que vosotras los hayais criado así, por favor, no me malinterpretéis! ‒ ella rápidamente dijo cuando vio que Regina se alteraba‒ Hace unos años que ellos están aquí, y vaya, son niños increíbles. Habéis hecho un trabajo genial criándolos, pero en estos últimos meses...Algo ha pasado. Ya lo sabéis.

‒ ¿Pueden ir directo al grano?‒ dijo Regina en tono firme ‒ Quiero decir, sí, sabemos lo que ha sucedido. Emma y yo nos hemos separado y obviamente nos estáis diciendo que eso puede haber interferido en su comportamiento. Ok. ¿Y qué hacemos con eso?

Tragué en seco y observé el perfil de Regina. Su mandíbula y todos sus músculos contraídos, los ojos una vez más que amenazaban con humedecerse.

‒ Mira, Regina, no sé lo que ha sucedido entre vosotras, y, ¿sinceramente? No me interesa saberlo. El problema aquí son Henry y Hope‒ Ariel continuó hablando ‒ Y yo, como alguien que ha pasado por la experiencia de padres divorciados y también como profesional, os sugiero que hagáis terapia.

‒ ¿Te...Terapia? ¿Nosotras dos?‒ pregunté

‒ No. Los cuatro. Para que podáis reconectaros como familia. Ellos pueden entender que sus madres están separadas, sí, pero tienen que ver amistad entre las dos. Ahora, hablando no como una profesional, sino como una persona cualquiera...Se nota que hay tensión entre vosotras, como si no pudieran estar cerca la una de la otra sin pelear‒ aquello fue como una puñalada en mi pecho, porque era la más pura verdad ‒ El comportamiento abusivo y rebelde de los chicos puede estar sucediendo porque quizás estén notando eso entre vosotras. Necesitan ver que aún sois una familia, separados o juntos.

El silencio se hizo presente en el despacho. Regina tenía su mirada fija en sus propias manos y yo quería tener el poder de leer mentes en aquel momento. Yo miraba hacia la pared llena de certificados y trofeos, pensando en el tema. No lograba llegar a una conclusión. De hecho no lográbamos ya estar juntas ni cinco minutos sin discutir o volver al tema que condujo a nuestra separación, ¿y ahora tendría que estar encerrada en una sala con ella y con los chicos como mínimo una hora a la semana?

‒ No podemos admitir ese tipo de comportamiento en nuestra escuela‒ Miller dijo tras minutos de silencio ‒ O llegan a un acuerdo para que se retracten, o pierden la beca y serán invitados a marcharse‒ Ah sí. La amable forma de decir "expulsión"

‒ Conozco a una gran terapeuta familiar. Es mi amiga, se llama Kathryn. Aquí está su tarjeta‒ Ariel empujó el cartón hacia nuestra dirección por encima de la mesa.

Escuché la pesada respiración de Regina, que se volvió a masajear los lados de la cabeza.

‒ Haremos lo que sea necesario. De momento, vamos a prometer que mejorarán, ¿no, Regina?‒ pregunté y ella asintió sin mirarme ‒ Pedimos disculpas y...Si puede pasarme el contacto de la madre del chico a quien Henry le ha roto la nariz...Me gustaría disculparme con ella.

‒ Claro, señorita Swan‒ la directora anotó rápidamente en un pequeño pedazo de papel el número de la mujer, y enseguida me lo pasó ‒ ¿Podemos contar con su ayuda y comprensión también, señorita Mills? ‒ preguntó al notarla muy callada.

‒ Sí, directora Miller. Puede contar con las dos‒ escondí una sonrisa que casi había surgido en mi cara.

‒ Bien, entonces les agradezco que hayan venido. Por hoy solo eso.

Nos despedimos con un asentimiento de cabeza y dejamos el despacho en silencio. La pre adolescente entró en el despacho en cuanto nosotras hubimos salido, dejándonos solas allí. Regina caminaba de un lado a otro con las manos en la cintura, echando la cabeza hacia atrás de vez en cuando.

‒ Tenemos que ver lo que vamos a hacer con esto. No puede quedar así‒ dijo impaciente.

‒ Daremos con la manera. Vamos a hablar de ello, sí, pero no aquí, no ahora‒ me acerqué, toqué su hombro con la intención de calmarla, pero ella se puso más tensa y enderezó todo su cuerpo ‒ Mira allí‒ señalé hacia la pequeña ventana de vidrio que había en la puerta de la sala de recepción y, a través de ella, pudimos ver a Henry y a Hope sentados en la sillas, esperándonos.

Regina suavizó la expresión y la respiración al verlos.

No fue necesario decir nada para entender que ya era hora de ir hacia su encuentro. Cuando nos vieron pasando por la puerta, se miraron con ojillos desorbitados y aguantaron la respiración. Nos sentamos una al lado de cada uno, en las sillas libres y los observamos calladas durante un minuto.

‒ La directora Miller ha hablado con nosotras‒ dije después de un tiempo ‒ Nos ha contado todo lo que habéis estado haciendo…

‒ ¡Henry, le pegaste a un chico! ¿Qué se te pasó por la cabeza? Les vas a pedir discul...‒ Regina comenzaba a alterarse. La interrumpí con una dura mirada, reprendiéndola ‒ Emma, habla tú. Yo no puedo.

‒ Las cosas van a tener que empezar a cambiar. Sinceramente yo me he sorprendido mucho. No sois así en casa‒ dije y ellos se encogieron un poco en la silla.

‒ ¿Estamos en un aprieto?‒ preguntó Hope.

‒ Adivina‒ Regina cruzó los brazos

‒ ¿No?‒ preguntó bajito Henry, forzando una sonrisa

‒ Respuesta equivocada‒ le di un golpecito, pero más como un juego, en su cabeza ‒ Castigo. Sin videojuegos para ti. Dos semanas‒ señalé a Henry ‒ Eso por la nariz rota de tu compañero. Y tú...Sin pintar durante dos semanas. Por las palabrotas, ¿ok, mocita?‒ Una de las grandes pasiones de Hope era pintar. Nació con un don para los lienzos y pinceles. Lloriqueó al escuchar que se quedaría sin su mayor hobby durante catorce días.

Regina asintió hacia mí, como si aprobase el castigo y me sentí aliviada con aquello. Siempre era ella la que ponía los castigos y yo, normalmente, se los levantaba antes de tiempo.

‒ ¿Algo más?‒ preguntó Henry rezongando

‒ De momento no. Vuestra madre y yo aún tenemos que ver lo que vamos a hacer sobre vuestro comportamiento en la escuela‒ dijo Regina ‒ Pero espero que esto sirva de aviso para que comencéis a portaros mejor, o seréis expulsados. ¿Queréis ser expulsados?

‒ ¡No!‒ dijeron a la vez, desesperados

‒ Entonces, vamos a empezar a trabajar en ese comportamiento, ¿hum?‒ definitivamente tenían mucho más miedo de Regina que de mí. Se estremecían solo con una mirada o con algunas palabras salidas de su boca ‒ Ahora vayan hacia el coche. Emma ya va.

Se levantaron y de manos dadas caminaron hacia el aparcamiento de la escuela.

‒ Tenemos que conversar sobre esto muy bien. Terapia…¿Piensas que es una buena idea? ¿Crees que vale la pena?‒ me preguntó

‒ Creo que cualquier cosa por ellos vale la pena. ¿Oíste todo lo que dijo la directora Miller? ¡Se están comportando fatal en el aula! Eso no puede seguir así‒ comenté con cierto pesar en la voz ‒ Tenemos que hacer algo.

‒ Antes de esto tenemos que hablar. Tú y yo, solas. No sobre nosotras dos, sino sobre los cuatro‒ dijo ella cogiéndome de sorpresa ‒ Si queremos que esto cambie, tenemos que comenzar por nosotras mismas. La terapia será una ayuda.

‒ Ok, entonces…

‒ Cena en mi casa el viernes. Sin peleas. Dile a Ruby o a tu madre que se quede con los niños‒ me interrumpió y se levantó. Antes de salir desfilando en dirección a la sala de profesores, dijo ‒Estate a las ocho, y no te atrases.