No Goodbyes (canción de Dua Lipa)

in a dark room we don't have to see the light of truth between me and you. We can stay blind in the meantime, let our bodies say what we can never seem to communicate even though it's too late

Regina

En la sala de profesores, un reportaje cualquiera pasaba en la pequeña televisión. Yo intentaba aliviar mi dolor de cabeza con el mejor remedio del mundo: café. Era así, para desestresarse, el vino; para el dolor de cabeza, el café.

La voz de la reportera me incomodaba un poco, y como nadie parecía estar prestándole atención, le quité todo el volumen, dejando a la muchacha muda.

Habían pasado algunos días desde la no tan agradable reunión con la directora Miller y ya había llegado el viernes. No sabía qué esperar de aquella cena, además de una discusión segura. Quizás solo fuera eso, pero definitivamente tenía que preocuparme menos y focalizarme en lo que debería estar haciendo en esta mañana, mi trabajo.

‒ Vas a acabar haciendo un agujero en el suelo‒ Graham, el profesor de matemáticas de secundaria dijo con su voz grave al acercarse a mí y darse cuenta de que andaba de un lado a otro.

‒ Buenos días, Graham‒ sonreí brevemente y dejé de andar, acercándome a él. Algunas miradas se dirigieron a nosotros, pero no me importó.

‒ ¿Algo te está carcomiendo? Pareces tensa‒ preguntó mientras se servía un poco de café que había en la mesa del desayuno.

Graham era un hombre alto, de ojos azul oscuro, cabellos castaños con algunos tirabuzones y una barba bien hecha. Y de ciencias. Era lo único que sabía sobre él, además de, claro estaba, saber que era también responsable de muchos acelerados corazones durante sus clases, tanto de chicos como de chicas. Varias, numerosas, incontables veces me tiró los trastos, queriendo intentar algo que pasara de la relación profesional, pero yo nunca di mi brazo a torcer.

‒ Solo pensando en mis clases de hoy‒ mentí. Estaba claro que mi cabeza se resumía en pensar solo en la conversación que Emma y yo tendríamos en la cena y a dónde nos llevaría eso. Quiero decir, sabía, obviamente, que hablaríamos de los chicos, buscando una manera de arreglar las cosas, pero aún así estaba nerviosa ante la posibilidad de que todo saliera mal, y una vez más no pudiéramos mantener una amigable conversación ‒ La semana tras las vacaciones de invierno siempre me deja muy estresada.

‒ Sí, sé cómo es. Yo también me estreso bastante y tengo mucho que hacer‒ rió bajito y se acercó más. Yo di unos pasos hacia atrás, apoyándome en la pared más cercana ‒ Si quieres, podemos encontrar una manera, no sé, de desestresarnos juntos.

Arqueé una ceja y entrecerré los ojos hacia él.

‒ Eres de lo que no hay‒ dije firme, intentando no dejar ver la sonrisa que quería brotar en mis labios

‒ Lo sé‒ mordió un bizcocho y me guiñó un ojo antes de apartarse y dejar la sala.

Respiré hondo, o mejor dicho, resoplé, incómoda al haber sentido un frío en la barriga ante aquella provocación. Después de la separación, la única promesa que me hice a mí misma fue que no me relacionaría con nadie del trabajo. No había roto esa regla y quería seguir así. O al menos lo intentaría.

‒ ¿Qué ocurre? ¿Qué están mirando?‒ pregunté, irritada, cuando noté que un grupo de profesores, sentados en la mesa del centro, me miraban. Automáticamente desviaron las miradas hacia sus cafés, cuadernos y móviles de nuevo, como si nada hubiera pasado, y me sentí bien con eso. Me gustaba ver lo mucho que intimidaba a las personas en aquella escuela, y no solo a los alumnos.

Cuando el primer timbre sonó, caminé con mis carpetas en las manos hasta el aula de noveno curso. Eran, sin lugar a dudas, los más difíciles de lidiar.

‒ Todos sentados. Alineen las sillas, están torcidas‒ dije en cuanto entré en el aula, dejando las cosas sobre la mesa. Obedecieron inmediatamente ‒ Buenos días

"Buenos días, señorita Mills", dijeron todos a la vez.

Comencé las clases tras algunos minutos, llenando la pizarra de ejercicios para que ellos los copiaran en sus cuadernos. De vez en cuando conseguía escuchar a alguien susurrando que las manos le estaban doliendo o preguntando cuánto tiempo faltaba para la próxima clase.

Algunos golpes en la puerta llamaron mi atención, y enseguida la secretaria de la directora pasó su cabeza por la puerta.

‒ Señorita Mills, buenos días. Hay una madre en el pasillo que quiere hablar con usted‒ dijo educadamente. Aunque la conocía hacía años, me di cuenta de que no sabía su nombre.

‒ Hum…¿Les puede echar un ojo mientras me encargo de eso?‒ pregunté y ella asintió ‒ Gracias. ¡Vosotros!‒ señalé al grupo ‒ Cuando terminen de copiar, respondan al cuestionario de la página 34.

En el pasillo, vi, apoyada en las taquillas de hierro, a una mujer alta, de cabellos castaños ondulados, parecía afligida. A su lado, un pequeño de aproximadamente 12 años con la nariz hinchada y con una tirita. Tardé en reconocer que era uno de mis alumnos, de la misma clase de Henry, y solo entonces recordé que mi hijo le había roto la nariz a alguien, y allí estaba él: la víctima de Henry Mills. Mi corazón se encogió a medida que caminaba hacia los dos.

‒ Hola, Buenos días‒ dije suavemente, pero por dentro solo conseguía pensar que probablemente ella me iría a pegar para vengar a su hijo, ya que si alguien golpeara a Henry, lo más seguro es que a mí me llevaran presa.

‒ Señorita Mills‒ dijo ella con una sonrisa nerviosa en los labios ‒ Hola. He venido a hablar con usted sobre el incidente entre Henry y Kyle…

‒ Mire‒ la interrumpí suavemente ‒ le pido mil disculpas, desde el fondo de mi corazón. Henry está pasando por momentos difíciles dentro de casa y…

‒ No, todo bien. Lo entiendo‒ ella me interrumpió. Kyle permanecía callado y con la mirada distante, como si estuviera en la luna ‒ Conversé con su esposa y…

‒ Ex‒ corregí con una sonrisa pequeña ‒ Ex esposa

‒ Cierto, disculpe. Ella me llamó para pedir disculpas y me dijo que no sabía por qué Henry había hecho eso, me dijo que él le había dicho que solo había sido un mal entendido entre los dos. Hizo que Henry pidiera disculpas por teléfono, pero...Kyle también tiene que disculparse‒ fruncí el ceño y posé mi mirada sobre mi alumno ‒ ¿Kyle? Explica a la señorita Mills lo que hiciste. Todo lo que me has contado esta mañana.

Él reviró los enormes ojos verdes y me miró.

‒ Henry me golpeó porque yo lo estaba irritando. Yo estaba...― respiró hondo ― metiéndome con él, diciendo que ya no tenía familia porque usted y su otra madre se habían separado, y que no era como la mía en la que todos vivimos juntos.

Mi mandíbula iba cayendo cada vez más con cada palabra que salía de la boca de aquel muchacho. Su madre, a su lado, parecía avergonzada con toda aquella situación.

‒ Disculpe, señorita Mills ‒ dijo por fin, cuando se dio cuenta de que yo permanecía callada.

Respiré hondo tres veces seguidas. Me agaché un poco, quedando a su altura, y le agarré levemente sus hombros, mirándolo a los ojos.

‒ Kyle…¿Reconoces que los dos os equivocasteis, verdad?‒ él asintió ‒ Henry es...Sensible, ¿sabes? Y nosotros sí seguimos siendo una familia. No es justo que él escuche cosas malas sobre eso viniendo de personas que no saben, de hecho, lo que está sucediendo. Continuamos siendo una familia, queriendo o no.

‒ ¡Pero no es eso lo que él dijo! ¡Él dijo que todo el mundo ahora parecía extraño! Dijo que el clima era pesado y que ya no puede estar cerca de ustedes…

‒ ¡KYLE!‒ su madre lo reprendió, interrumpiéndolo. Noté que mis ojos comenzaban a arder al escuchar aquello. Saber que mi hijo ya era lo suficientemente grande para sentir y entender todo lo que estaba pasando y se guardaba todo para sí mismo, rompió mi corazón ‒ Regina, perdóneme. No tiene filtro…

‒ Está bien‒ me levanté, aguantando el llanto ‒ Mire, está todo bien, de verdad. Lo que importa es que él está bien y su nariz pronto sanará‒ sonreí débilmente ‒ Perdóneme por la actitud de Henry. Todo va a arreglarse y espero que puedan convivir en el aula.

‒ Sí‒ ella sonrió y pasó la mano por los cabellos rubios de Kyle ‒ Gracias, señorita Mills, por escucharnos. He tenido que venir aquí para contarle que Henry no lo hizo porque hubiera querido, fue provocado. Y en casa Kyle está castigado por esa horrible actitud que ha tenido.

‒ Bien. Bueno, ahora, si me permite...Tengo que retomar mis clases.


La espuma y el agua caliente de la bañera me abrazaban. Llevaba allí dentro, al menos, más de un hora, intentando olvidar cada palabra dicha por Kyle. ¿Cómo pude haber sido durante meses el tipo de madre que siquiera percibe que algo malo estaba sucediendo en la vida de su hijo? ¿Cómo no percibí que todo el asunto de la separación le estaba afectando más de lo que dejaba ver? ¿Por qué no se abría a mí o a Emma? ¿Prefería, de verdad, hacerle eso a los compañeros de clase? Las preguntas se mezclaban, se arremolinaban en mi cabeza, estresándome, afligiéndome.

Ya me preparaba psicológicamente para lo que estaba por venir, y lo hacía con el mismo método de siempre: alguna bebida alcohólica. Esta vez era vino tinto suave, allí mismo en la bañera, directamente de la botella. Era un calentamiento.

‒ Lola, ¿qué pasa?‒ pregunté a la perrita que estaba sentada al lado de la bañera, mirándome fijamente, como si pudiera responderme. A veces deseaba que pudiera hablarme para no sentirme tan sola ‒ ¿Tampoco estás preparada para la llegada de Emma? ‒ resoplé y cerré los ojos ‒ Es mejor que salga de aquí y me arregle…

Preparé la cena rápidamente antes incluso de vestirme, andando de un lado a otro de la cocina solo con un albornoz blanco y una toalla enrollada en la cabeza. Me sentía un poco mareada, quizás fueran los efectos del alcohol, que ya quería actuar. Los minutos fueron pasando deprisa y ni me di cuenta de que afuera la nieve caía con mucha intensidad, dejando todos los coches con aquella gruesa capa blanca y helada. Aumenté la temperatura de la calefacción cuando sentí el frío correr por mi espina. Aproveché que la cena ya estaba lista para subir a vestirme. No quería arreglarme mucho y dar la impresión de que quería impresionarla, pero tampoco quería que pareciera que me había puesto lo primero que había pillado del armario.

Me puse un vestido rojo, sencillo, a la altura de las rodillas. Era elegante, con algo de escote en la espalda, me lo había puesto muy pocas veces. Era bastante ceñido, y hacía resaltar mucho más de lo que imaginaba mis curvas. Dejé el cabello suelto para que se secara al aire, y debido al clima frío, se formaron algunos rizos ligeros. Me puse los mismos zapatos de la mañana, color carne con suela roja. Las gafas y el labial color vino eran lo único en mi cara.

Sonó el timbre, provocándome un ligero susto en el baño, mientras me estaba mirando al espejo. El reloj marcaba las ocho en punto. Parecía un sueño, pero realmente no se había retrasado. Intentando disimular mis manos temblorosas y el corazón acelerado fui a abrir la puerta, y allí estaba Emma. Su largo cabello estaba liso y perfectamente peinado, el rostro libre de maquillaje y la ropa escondida por el enorme abrigo negro.

Paseó descaradamente su mirada por todo mi cuerpo, haciéndome revirar los ojos.

‒ Tu cabello está increíble‒ dijo al posar su mirada en mi rostro

Resoplé y desvié los ojos hacia un lado

‒ Entra.

Entró cautelosamente como si hubiera colocado trampas por el suelo o en la puerta, como una de aquellas que cuando abres cae una lata de pintura en la cabeza.

Se quitó el abrigo y lo colgó en uno de los percheros que allí había, dejando ver su blusa verde de botones por dentro de unos vaqueros de cinturilla alta. De unos años para acá comenzó a llevar ese estilo de ropa más maduro. Raras eran las veces que usaba un mono o ropa más estampada, como solía vestir cuando nos conocimos, pero los colores continuaban siendo los de siempre, vivos y fuertes. Me gustaban los dos estilos y, en verdad, me estaba culpando en ese exacto momento por estar pensando demasiado en eso.

‒ Huelo un aroma familiar‒ dijo mientras se agachaba para jugar con Lola, que en cuanto la vio se tiró en el suelo con la barriga hacia arriba, esperando recibir cariño ‒ ¡Hola, mi amor! ¡Cuánto te he echado de menos!― depositó algunos besos por todo el hocico y la barriga de la perra.

‒ He hecho Ternera Wellington‒ puse dos platos y cuatro cubiertos sobre la mesa redonda ‒ No debe estar tan bueno como el de Fiona, pero…

‒ No te preocupes‒ ella se levantó y escondió sus manos en los bolsillos traseros. Estábamos a más de un metro de distancia, pero nuestras miradas se sustentaban de una manera que conseguía ahogarme como si estuviera a milímetros de su rostro ‒ Todo lo que tú haces es bueno.

Inmediatamente arqueé una ceja y ella entrecerró los ojos, probablemente arrepintiéndose amargamente de lo que había acabado de decir sin ninguna intención de sonar malicioso.

‒ En fin. ¿Vamos?‒ preguntó Emma señalando con la mirada la mesa. Yo apenas asentí.

El ambiente era acogedor. Las pocas luces iluminaban la mesa redonda donde estábamos sentadas, una frente a la otra, y la chimenea encendida en la sala de al lado calentaba el lugar. La botella de vino entre nosotras traía cierta nostalgia que, al recordar, me encogía el corazón.

Iniciamos la cena en silencio, dando pequeños bocados e intentando fingir que el clima no estaba algo pesado entre nosotras, aunque aún no hubiéramos dicho nada.

‒ La madre de Kyle estuvo hoy en la escuela. Quiso hablar conmigo‒ decidí comentar tras un rato en silencio. Llené mi copa un poco más, dándome igual si ya podía sentir el alcohol removiéndome todos los sentidos ‒ Dijo que había hablado contigo por teléfono

‒ Sí, llamé para pedir disculpas por...Ya sabes. Incluso me ofrecí a pagar los procedimientos médicos y…

‒ ¿Henry te contó el motivo de por qué le había pegado al chico?‒ pregunté interrumpiéndola

‒ Me dijo lo que supongo que te ha dicho a ti. Que fue un malentendido durante la clase y él...Perdió los estribos‒ negué con la cabeza y Emma frunció el ceño ‒ ¿Qué sabes tú?

‒ La madre de Kyle le hizo confesar y contarme lo que de hecho ocurrió. ¿Sabías que nuestro hijo le ha estado diciendo a sus compañeros que ya no tiene familia? ¿Que todos nos hemos convertido en extraños, en desconocidos? Y bueno, aparentemente Kyle usó eso como una fuente de…¿Diversión? Y se burló de Henry con eso, y pasó lo que pasó‒ lo conté con tal naturalidad que asombró a la rubia que tenía delante.

Swan respiró hondo y se dejó caer contra el respaldo de la silla, dio un sorbo a la copa de vino y se quedó unos segundos callada, pensativa, con rostro triste.

‒ Eso es lo que piensa de nosotros‒ afirmó, riendo sin humor. Se pasó la mano por el rostro en un acto de nerviosismo e impaciencia ‒ ¿Cómo dejamos que esto llegara a ese nivel?

‒ ¿De verdad quieres que hable?‒ repliqué y pude ver que se tensaba por completo ‒ Ya, no quieres tener esa conversación

‒ Dijiste que esta noche sería una conversación sobre los cuatro. Centrándonos en nuestros hijos.

– ¿Sabes? Tienes razón. Tampoco quiero tener esa conversación hoy, ahora‒ acabé con lo que me quedaba en la copa ‒ Lo único que quiero saber es si guardaste la tarjeta de la psicóloga ‒ asintió ‒ Genial. Llama y pide una cita. Lo más próximo que te puedan dar.

‒ ¿Estás segura de que quieres hacer esto?

‒ Por ellos, sí. Por ellos hago lo que sea‒ respondí firmemente, mirándola a los ojos ‒ Si tienes tiempo, también puedes hacerlo‒ aquello sonó como una provocación y Emma tragó en seco, pero prefirió no replicar, solo asintió.

Continuamos la cena hablando sobre Henry y Hope, cosas básicas como horarios de estudio, notas, alimentación, tareas de casa y tiempo libre. Lo mejor que podía hacer era evitar mirarla a la cara, al final cada vez que nuestras miradas se encontraban mi pecho era dominado por un sentimiento que no sabría definir. Una gran mezcolanza de rabia y deseo. Cuando me di cuenta, ya estábamos al final de la segunda botella.

‒ Estaba todo una delicia‒ dijo Emma cuando notó que el asunto de los hijos había acabado, y todo estaba resuelto. O casi resuelto ‒ Es tan bueno como el de Fiona.

‒ Gracias‒ sonreí débilmente, casi forzada, y nos levantamos al mismo tiempo.

Ella me ayudó a quitar la mesa y se ofreció a fregar la loza mientras yo secaba. Podría negarme y verme libre de ella y de ese clima extraño de una vez, pero, por una extraña razón, no quería que se marchara en aquel momento. La quería ahí un poco más, aunque estuviera callada. Estábamos por primera vez en meses juntas durante más de dos horas sin sacar las uñas.

‒ Nos hemos olvidado de un tema durante la cena‒ comenté mientras me pasaba un plato ‒ Hope. Los fenómenos sobrenaturales

‒ Vale, sobre eso…

‒ ¡Sobre eso, tengo un consejo!‒ interrumpí ‒ ¿Qué tal si no follas cuando ellos estén en tu casa? Quiero decir, ¡están en el cuarto de al lado! ¿Crees que yo meto a alguien aquí cuando ellos están? Es una absoluta falta de respeto, Emma.

‒ Regina, no se va a volver a repetir, ¿ok? Yo...‒ dejó de hablar, interrumpiéndose a sí misma y entrecerró los ojos mirándome ‒ Espera, ¿has salido con alguien?

Reí, sin gracia, sarcástica, y sequé la última pieza que me pasó.

‒ Eso no es problema tuyo‒ respondí breve y seca, y ella solo arqueó las cejas ‒ El problema en cuestión es que Hope está hablando para toda la clase que los fantasmas de nuestra...De tu casa se quejan durante toda la noche. Está bien, sé que debe ser difícil para Gabrielle intentar ser silenciosa, sobre todo porque tú haces...― iba hablando hasta que me di cuenta de que estaba hablando demás, quizás debido al alcohol. Sentí la pesada mirada de Emma en mí y la sonrisa pequeña e irritante que insistía en brotar en sus labios ‒ Bueno, eso. Solo es eso. Que nunca más se repita, por favor. Son unos niños.

Emma se secó las manos con el paño de cocina y se apoyó en la encimera al otro lado de la estancia, de frente a mí.

‒ ¿Ibas a decir que yo hago qué?‒ preguntó con los brazos cruzados

‒ Ya no importa‒ ella humedeció los labios y bajó la mirada, riendo bajito ‒ Te quería pedir una cosa más. Solo una.

‒ Dime

Me acerqué unos pasos, sintiéndome sofocada de nuevo.

‒ No quiero que ella esté allí con ustedes‒ pedí con la voz ya tomada ‒ No es por mí, sino por ellos. Bueno, por mí también. Que ella esté allí me afecta como madre‒ podía notar un nudo en mi garganta y luché contra él hasta que desaparecieron las ganas de llorar.

‒ ¿Sabes? Ella no está allí de forma fija. Solo a veces y ni siquiera es porque estemos teniendo...una aventura. Es porque es mi agente, trabaja para mí y está siempre ahí resolviendo mi vida profesional‒ explicó suavemente ‒ Además, lo que tenemos...Es algo sin compromiso alguno.

‒ Pero toca el piano para ti‒ solté sin pensar

‒ Regina…

‒ Emma, por favor‒ interrumpí acercándome más ‒ Solo te pido eso. Solo eso. No es que no quiera que ella esté en tu casa. Eso no puedo ni quiero prohibirlo, es solo...‒ me faltaron palabras y no conseguí terminar de hablar

‒ Está bien. Yo...Voy a hablar con ella, ¿ok?‒ agarró mis hombros y cosa rara, me relajé al segundo.

Susurré un "gracias" y una onda de aquel silencio incómodo y ensordecedor nos golpeó de nuevo. La cocina no era una estancia pequeña, pero la presencia de Emma la transformaba en un cubículo.

‒ ¡Solo que sigue sin entrarme en la cabeza cómo aquella mujer, de repente, ha tomado mi sitio en tu vida y en la vida de mis hijos!― dije de la nada, cogiendo por sorpresa a Swan. Mi tono era impaciente y no medí las palabras, sencillamente se acumularon en mi garganta y las solté de una vez, sin ningún filtro.

‒ ¡Regina!‒ exclamó ― ¡Íbamos bien hasta ahora! ¿No iba a ser una conversación sobre los cuatro? ¿Por qué has tenido que meter a Gabrielle en esto?

‒ Porque ella FORMA parte de este asunto‒ grité ‒ Se ha quedado en MI casa, ha dormido en MI cama, ha cuidado a MIS hijos, tocado MI piano, despertándose todos los días al lado de MI...‒ me callé, mirando la mirada triste en el rostro de Emma. Ella sabía cómo hubiera terminado si no me hubiera callado. Me sentía una idiota por haber comenzado todo aquello, pero cuando me di centa, las palabras, sencillamente, salían de mi boca sin percibirlo ‒ A la mierda. Eso no va a dar en nada. No ha cambiado en nada hasta hoy. ¿Por qué lo haría ahora?

Le di la espalda, apoyándome en un armario. Lo hice con el propósito de que no vieran mis intenciones de tragarme el llanto preso en la garganta. No era un llanto de tristeza. Era de rabia y odio. Odio hacia mí misma por una vez más no haber conseguido mantener la boca cerrada, por haberlo estropeado todo, por haberme humillado una vez más.

‒ Regina, habíamos quedado en que no íbamos a discutir. Iba a ser una cena...Tranquila. ¿Ya estamos peleando de nuevo? ‒ noté su voz acercándose mientras iba hablando. Me giré, encontrándome a menos de un paso de ella ‒ Tenemos que arreglar esto. Por ellos.

Aunque quisiera mantener la conversación que llevaba meses siendo aplazada, en aquel momento, jamás lo conseguiría. Estaba alterada, moviéndome solo por el alcohol que desde temprano estaba en mi organismo.

Allí, frente a ella, deseé estar en cualquier otro sitio que no fuera bajo su mirada. No quería estar cerca de ese rostro, sintiendo ese olor, mirando esos ojos y sintiéndome a cada segundo más perdida en ellos al igual que todos los días desde la primera vez que los míos se cruzaron con los de ella. Odiaba estar allí, odiaba mi corazón acelerado, mi pecho encogido, mi garganta seca y mis manos temblorosas. Lo único que dominaba mi cuerpo en aquel momento era el odio. Hacia mí misma, hacia ella, hacia todo.

En cuestión de segundos, y de forma involuntaria, sentí mi mano chocar abierta contra el rostro de Emma, una fuerte bofetada que le dejó en seguida una marca roja.

‒ ¿CUÁL ES TU JODIDO PROBLEMA? ¿Qué es esto? ¿Estás loca?‒ preguntó furiosa, gritando, con la mano sobre la mejilla roja ‒ ¿Por qué has hecho esto, Regina?

‒ Porque te lo mereces‒ dije entre dientes al acercarme a milímetros de su rostro ‒ Dime solo una última cosa. ¿Qué te ha dado ella de especial?‒ pregunté con los ojos entrecerrados. Emma me miraba con todos los músculos de su rostro tensos, como si sus ojos pudieran echar fuego en cualquier momento ‒ Quiero decir…¿Hace algo tan bueno además de ser tu agente?‒ entreabrió la boca, respirando hondo. Nuestros fuertes alientos a alcohol se mezclaban y podía notar que mi visión se nublaba ante eso, haciéndome perder buena parte de mis sentidos ‒ ¿Cómo es en la cama? ¿Te folla tan bien como yo?‒ susurré

Emma humedeció sus labios secos y no se atrevió a apartarse de mi rostro. La punta de nuestras narices se tocaban y nuestras miradas se sustentaban dentro de una burbuja de tensión que había surgido por causa del alcohol, del odio, de la rabia, del deseo, de la nostalgia.

‒ Nadie lo hace como tú‒ respondió tras unos segundos en un perfecto tono de malicia que a mí me sonó como una perfecta provocación.

Sin pensar, una vez más, le golpeé en el rostro con la mano abierta, esta vez en la otra mejilla, provocando que con el impacto su cara se girara hacia un lado. Ella dio unos pasos hacia atrás, y se llevó la mano a la cara. Su respiración se intensificó, volviéndose jadeante. Emma giró, muy lentamente, el rostro hacia mí. Los dos lados estaban rojos, se podían ver las marcas de mis dedos en ambas mejillas. No me arrepentía, ni un poco.

Me lanzó una mirada furiosa antes de avanzar a paso largo hacia mí, y agarrarme con fuerza por el cuello, limitando mi respiración al mismo tiempo que me acorralaba contra el armario cercano.

‒ ¿Cuál es tu problema? Dime, Regina, ¿cuál es tu jodido problema?‒ preguntó entre dientes con la boca a milímetros de la mía ‒ ¿Qué quieres?

‒ Quiero que te follen‒ dije con algo de dificultad, a fin de cuentas, estaba siendo ligeramente ahogada ‒Pero...― nuestros pechos bajaban y subían en sincronía a un ritmo frenético. Era como si su mirada fuera brasa y la mía las llamas. Me quemaba, y nada ni nadie conseguiría apagar ese incendio que hacía amago de surgir. ‒ Hoy...Déjame hacer eso por ti

‒ Pensaba que estábamos peleando‒ dijo apretándome un poco más y usando la mano libre para tirar ligeramente de mi cabello.

‒ Hoy, Swan, quien no quiere tener esa conversación soy yo. Ya no.

Ella usó menos fuerza en la mano que aún estaba en mi cuello y respiró hondo unas tres veces seguidas. Mis manos alcanzaron mi cremallera trasera y no pestañeé en bajarla por completo. El vestido rojo deslizó por mi cuerpo hasta caer al suelo, dejando ver la lencería negra y de encaje que llevaba puesta.

La respiración pesada de Emma empañaba mis gafas, así que me las coloqué sobre la cabeza, incluso porque sabía que eso la sacada de sus casillas, en el buen sentido.

‒ Sabes que cualquier intento en resistirte será en vano, ¿no?‒ pregunté al darme cuenta de que evitaba mirar mi cuerpo ‒ Porque, Swan, estoy segura de que si mano desaparece en la cinturilla de tus pantalones, alcanza tus bragas y la meto dentro, voy a encontrar nada más que humedad. Mucha humedad‒ dije suavemente, sin balbucear, alternando la mirada entre sus ojos y su boca entreabierta y seca.

‒ Eres una hija de puta‒ dijo ella en tono bajo, casi un susurro

‒ No más que tú‒ me solté de sus manos y la empujé hacia la silla más cercana, donde ella se sentó, o más bien, cayó.

Me devoró con la mirada, esta vez, entregándose. Me senté sobre su regazo, poniendo una pierna a cada lado. Podría jurar haber escuchado un gemido ahogado saliendo de su garganta en el momento en que me moví sobre ella. Sus manos, inmediatamente, encontraron mis piernas, y fueron subiendo por mis muslos hasta mis caderas, como si me estuviera dibujando.

‒ Estuve pensando hace poco...‒ dije comenzando a desabotonar su blusa ‒ ¿Acaso pensará en todas las tórridas noches de sexo que tuvimos? A fin de cuentas, hubo cada maratón de sexo imposible de olvidar, ¿no?

Retiré el cabello hacia un lado y observé el definido abdomen de Emma, pude notar cómo su centro comenzaba a palpitar. Me había olvidado de que últimamente se estaba dedicando a hacer más deporte. Llevaba puesto un sujetador blanco sin copa, de delicado encaje. Parecía que Emma no estaba en condiciones de responder a ninguna de mis preguntas, ella apenas subía y bajaba su pecho y me miraba con odio.

‒ ¿Sabes?‒ Me levanté y cogí la botella con el vino que quedaba encima de la mesa. Emma observó cada uno de mis movimientos hasta que volví a sentarme en su regazo. Terminé de quitarme la blusa, tirándola en cualquier lado ‒ Eres una gran hija de puta‒ abrí el enganche de su sujetador, dejando sus pechos al aire, revelando los pezones ya endurecidos ‒ Y odio que me dejes así

Mi voz salía arrastrada y cargada de deseo

Tiré lo poco que quedaba del vino sobre su cuerpo, dejando que resbalara desde la clavícula hasta su barriga, y lamí cada centímetro que mojaba el líquido rojo. Emma gimió alto al notar mi boca sobre su duro pezón, que yo chupaba, lamía y mordía ligeramente. Sus dedos, entrelazados en mis cabellos, hacían que yo quisiera cada vez más.

‒ Levanta‒ ordené firmemente agarrando su cuello ‒ Ahora

Salí de su regazo y me divertí al ver a Swan toda temblorosa, jadeante y mareada intentar levantarse de la silla.

Parecía un espejismo. Ella, con el cabello rubio despeinado, respiración intensa, llevando puesto nada más que unos vaqueros y lanzándome la mirada más ardiente del mundo.

La rodeé por la cintura y la acorralé contra la pared. Pegué nuestros cuerpos y nuestros rostros, pudiendo sentir el dulce aroma de su perfume y el fuerte olor a vino proveniente de su boca. Mis dedos alcanzaron la cremallera de sus pantalones al mismo tiempo en que decidí explorar con la boca una región que ya conocía bien, pero que aún así me viciaba: su cuello. Encajé mi pierna entre las suyas, tocando su intimidad aún por encima del grueso tejido de los pantalones, pero aún así ella jadeó. Dejaba besos mojados y mordiscos desde el lóbulo de la oreja hasta el lateral de su cuello expuesto, provocando algunas marcas mientras escuchaba sus quedos e incesantes gemidos a la vez que deslizaba sus pantalones por sus piernas, dejándolos caer en el suelo.

‒ Regina...― me llamó con voz arrastrada, pero antes de que continuara, llevé mi dedo a su nervio hinchado y palpitante, sin ninguna ceremonia, y comencé a masajear. No sé si el alto y ronco gemido que salió de su garganta fue de placer, de sorpresa, o de los dos ‒ Puta mier…

Me humedecí los labios y sonreí, sin interrumpir los movimientos. Emma levantó una pierna para facilitarme la tarea, rodeando mi cintura y así yo poder con mi pulgar masajear mejor su punto de placer. Ella movía la cintura buscando más contacto, haciéndome perder los sentidos, que ya no tenía.

‒ Joder...― dije yo en un gemido cuando ella hundió la puntas de sus uñas en mi trasero, para enseguida darme dos fuertes nalgadas.

Llevé mi mano a su cuello de nuevo, esta vez con más delicadeza y la guié hasta la mesa, donde se apoyó para no caer debido a sus temblorosas piernas.

Miré a la mujer que tenía delante, y podía sentir, ahora más intensamente, cómo mi centro palpitaba y se mojaba cada vez más por ella.

Emma retiró el cabello hacia un lado y se mordió ligeramente el labio inferior, y ese sencillo acto hacía que esa escena fuera la más sexy del mundo.

‒ Vamos a hacer así...‒ me acerqué y enrollé su cabello en mi mano, tirando hacia atrás ‒ Si me tocas, paro.

‒ ¿Qué?‒ preguntó nerviosa, mirándome a los ojos

‒ No voy a esposarte ni nada parecido, pero si me tocas, me detengo‒ susurré en su oído y noté que toda su piel se ponía de gallina. Quería torturarla y volcar en ella, y sobre todo en aquel momento, toda mi rabia, mi odio.

Volví a dejar besos, mordiscos y chupetones desde el lóbulo de su oreja hasta abajo. Parecía que ella estaba haciendo un esfuerzo fuera de lo normal por no agarrarme del pelo, y volcaba ese deseo en la mesa, que agarraba con fuerza y en la que clavaba sus uñas. Yo sentía en mi boca el gusto de su piel mientras bajaba los besos por el valle de sus pechos, a los que de vez en cuando volvía para prestarles mi atención. Marcaba su piel sin pensar en las consecuencias. A medida que iba bajando, más esfuerzo parecía que hacía ella por no tocarme, golpeando la mesa y retorciéndose. Yo sabía mejor que nadie cuánto quería ella eso en esos momentos.

Me arrodillé, quedando frente a su intimidad aún cubierta por las bragas blancas en las que se destacaba un punto oscuro. Alcé la mirada, y me encontré sus ojos más oscuros que nunca y su pecho subiendo y bajando con rapidez.

Besé despacio y agónicamente su intimidad por encima de la fina tela, y ella inclinó la cabeza hacia atrás y ahogó un gemido en su garganta. Aparté sutilmente sus piernas, dejando leves mordidas en el interior de sus muslos. Con los dientes, agarré la costura de sus bragas y tiré de ellas hacia abajo lo más lentamente que pude. Sentí que podría tener el primer orgasmo de la noche solo al ver, por primera vez en tanto tiempo, a Emma completamente desnuda y vulnerable ante mí.

‒ La madre que...― ella gimió cuando sintió, una vez por todas, mi boca en contacto con su vulva mojada y palpitante. Distribuí besos por los labios mayores y, con mis dedos, abrí sus pliegues e introduje mi lengua helada en su interior caliente ‒ ¡Re...Regina!‒ Percibí el momento en que ella amenazó con agarrarme del pelo, pero retrocedió, probablemente al recordar la regla básica.

Puse, involuntariamente, los ojos en blanco al notar cómo el placer se apoderaba de mí cuando finalmente pude sentir el sabor de Emma de nuevo. Ella oscilaba sobre mi boca y gemía cada vez más alto mientras mi lengua exploraba su interior que latía y se mojaba más a cada segundo. Percibía que ella se estremecía un poco más cada vez que pasaba ligeramente mi lengua por su clítoris, alternando la velocidad, los movimientos y chupaba con intensidad. Abrí los ojos, y vi que los de ella estaban cerrados. Su rostro estaba enrojecido y sudado y algunas venas pronunciadas se dejaban ver en su frente. Me aparté un poco, notando mi boca dormida e hinchada, y ella me miró furiosa por haber parado.

‒ Calma, Swan, te voy a dar lo que tanto quieres‒ sonreí y me lamí la boca. Me levanté con algo de dificultad, al final, mis piernas estaban tan temblorosas como las de ella, y empujé su cuerpo sobre la mesa con agresividad.

Sin darle muchas vueltas, aparté sus piernas y volví a chuparla sin interrupciones. Pasaba la lengua por toda su cálida extensión, variando la velocidad y las maneras, y ya no me importaba si ella me agarraba por el pelo y me empujaba cada vez más contra su centro. Sin parar los movimientos de la lengua, introduje todos los dedos en su entrada, curvándolos hacia dentro. Era melodía para mis oídos el dulce sonido de sus gemidos quejumbrosos y ahogados. Su forma de arquear la espalda y la manera en que se apretaba sus propios pechos como si necesitara de algo más que apenas mi pelo para sacar todo el placer que se apropiaba de su cuerpo.

No pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir las paredes de Emma contrayéndose en mis dedos, apretándolos, y en pocos segundos ella alcanzó su orgasmo, deshaciéndose en mis dedos en un alto gemido y golpeando la mesa de madera.

Jadeante, me senté en la silla que encontré al lado y esperé su buena voluntad para levantarse y reaccionar. Llegué a preguntarme si mis bragas podrían caer con el peso de la humedad, no es broma.

Emma se levantó pocos minutos después, en silencio absoluto. Aún desde la mesa, sentada, me miraba. La luz golpeaba en ella, permitiéndome ver su silueta. El cabello tapaba sus pechos, cosa que volvía la escena más hermosa y sexy. Me extendió la mano y yo me levanté, volviendo a pegar nuestros cuerpos.

Sus manos recorrieron los flancos de mi cuerpo, delineando cada pedazo con precisión hasta alcanzar el cierre de mi sujetador, que enseguida desapareció de mi cuerpo y voló hasta adornar el escurridor de platos. Por primera vez en meses, me sentía verdaderamente entregada a alguien.

Swan me guió delicadamente hasta la sala de estar, me recostó sobre el sofá y se colocó encima de mí. La leña en la chimenea, consumiéndose, hacía un ruido irritante, pero pronto sería apagado por nosotras dos, por lo que saldría de nuestras gargantas.

Me sentí idiota por estar expectante para ser besada. Quería ser besada, besada de verdad. Un beso largo, lento y cargado de deseo, de añoranza. Pero ella no lo hizo. Rozó nuestros labios, pero no insistió.

Marcó mi piel de las más variadas formas. Con chupetones, con mordiscos, dejando huella del labial claro que había quedado en sus labios. Si tuviera el poder de congelar un momento, un sentimiento, ciertamente sería ese exacto instante. Su delicadeza me sacaba de quicio, pero me dejaba aún más rendida. Emma sujetaba mis muñecas por encima de mi cabeza a la vez que rodeaba mi pezón con la lengua y usaba la mano libre para acariciar mi pierna expuesta.

Nuestras intimidades se tocaban, provocándome una presión en el bajo vientre que me volvía loca. Emma, aunque era jodidamente delicada en cada uno de sus movimientos, sabía torturar muy bien.

‒ Eres tan...‒ dijo susurrando mientras se sentaba en mi regazo, rozando nuestras vulvas, moviéndose de adelante hacia atrás, estudiando mis reacciones ‒ caliente…

Pasé una mano por su rostro y clavé la punta de las uñas de la otra en la superficie del sofá mientras Emma se movía sobre mí, provocando aquella fricción que me aceleraba el corazón y que hacía que quisiera gemir lo suficientemente alto para despertar a todo el vecindario. Me mordí el labio con tanta fuerza que podría sangrar en cualquier momento. Sin parar los movimientos, ella se recostó sobre mí, y con las dos manos, me agarró el cuello. Su lengua deslizó, delicada, por mis labios, moviéndose circularmente, variando la velocidad. Probablemente la provocación que más efecto me causaba, y ella bien lo sabía.

Gemí pegada a su boca y la agarré firme por la cintura, instándole a que aumentara los movimientos.

‒ Para abajo‒ dije firme intentando empujar su cabeza para que descendiera, pero se hizo la fuerte ‒ Emma, para abajo, ahora. Baja‒ mi tono era firme, grave. La empujé más fuerte, pero ella no se movió del sitio.

Me lanzó una mirada perversa y una sonrisa ancha y maliciosa.

‒ ¿A qué viene toda esa prisa?‒ preguntó forzando un tono ingenuo ‒ ¿Qué es lo que quieres?

Reí sin gracia y tiré hacia atrás su cabello rubio.

‒ Baja‒ siseé ‒ Sabes bien lo que quiero‒ susurré pegada a su cara, haciéndola tragar en seco. Llevé mis propios dedos a mi boca, los lubrifiqué y los llevé a mi intimidad aún cubierta por las bragas ‒ ¿O prefieres que lo haga sola?

‒ Me gustaría verlo‒ respondió medio mareada, con una sonrisa socarrona.

Entrecerró los ojos y comencé yo misma los movimientos en mi clítoris, masajeando lentamente, mirando profundamente aquellos ojos verdes que estaban encima de mí.

Mi boca se secó solo con la forma en que ella me miraba, como si pudiera devorarme en aquel momento. Y no me quejaría si lo hiciera cuanto antes.

‒ Eres un pecado, Regina Mills‒ dijo susurrando en mi oído

‒ La misma personificación‒ continué. Mi tono salía ahogado, arrastrado debido a los movimientos que aún me hacía en mí misma ‒ Ahora baja y chúpame‒ ordené entre dientes y ella obedeció sin pestañear.

Arrancó mis bragas en menos de dos segundos y no mareó la perdiz antes de chuparme con ferocidad, arrancándome un gemido que vino de lo profundo de mi garganta. No tenía idea de que cada célula de mi cuerpo pedía y gritaba tanto por Emma hasta no tenerla de nuevo, ahí, entre mis piernas, haciendo esos movimientos con la lengua que solo ella sabía hacer de manera certera para debilitarme.

‒ Emma...― gemía su nombre sin pensar. Me retorcía en el sofá con cada embestida que me daba, penetrando sus dedos en mí al mismo tiempo que succionaba y lamía mi nervio palpitante e hinchado ‒ ¡Emma!‒ arqueé la espalda, notando que mi orgasmo se acercaba. Cuanto más gemía yo, más intensificaba ella los movimientos, convirtiendo en gelatina mis piernas, haciendo que un frío me subiera por la barriga y que pareciera que mi corazón iba a estallar en cualquier momento ‒¡Puta...Mierda!‒ grité cuando todos los músculos de mi cuerpo se relajaron y aquella presión en la barriga desapareció. Gocé en los dedos de Swan, que sonreía victoriosa mirándome a mí y mis líquidos en sus dedos.

Parecía que un tractor me hubiera pasado por encima. Me dolían las piernas, la garganta, todo mi cuerpo pedía socorro. Suspiré alto y me quedé mirando la lámpara de cristales del techo, intentando entender lo que había acabado de suceder allí.

Solo me di cuenta de que todavía llevaba los zapatos cuando noté que Emma me los estaba quitando delicadamente para acostarse después a mi lado.

‒ Esto ha estado bien‒ comentó después de un momento. Su tono era miedoso, como si temiera alguna reacción negativa de mi parte

‒ Lo ha sido, sí

‒ ¿Puedo quedarme esta noche?

‒ ¿Qué? ¿Por qué?‒ me giré hacia ella. Ahora estábamos las dos echadas de lado mirándonos. Un mínimo espacio separaba nuestros rostros.

‒ Creo que he bebido demasiado y...No quiero tener un accidente de camino a casa. Estoy algo mareada a causa del vino y...Por ti.

Apreté los labios y puse los ojos en blanco.

‒ Puedes quedarte.

Ella sonrió débilmente y agarró mi mandíbula, reposando su mirada en mi boca. Me sentí atrapada ahí, no podría soltarme aunque quisiera. Dejé caer mi mirada en sus labios, fue algo inevitable. Nos quedamos así unos largos segundos, me perdía en la inmensidad que era el océano de sus ojos.

Emma, cogiéndome desprevenida, selló el pequeño espacio que nos separaba con un beso que ya había perdido la esperanza de recibir. En un primer momento, me trabé, no conseguía moverme ni siquiera cerrar los ojos, pero en pocos segundos ya estaba entregada a aquel momento y la besaba como si fuera de nuevo la primera vez. Un beso lento y que dejaba a la vista todo lo que habíamos acabado de hacer: la satisfacción, la sensación de deseo realizado, y la añoranza una de la otra. Sus dedos, delicadamente, pasaron por mi rostro cuando la necesidad de aire se hizo presente y acabamos el beso con una secuencia de piquitos, intercambiando miradas de sorpresa e incredulidad.

Caímos dormidas pocos después, en el sofá mismo. No habíamos planeado dormir allí, mucho menos habíamos planeado follar la noche entera hasta el punto de dejar moretones por todo nuestro cuerpo, pero buena parte de mí se sentía saciada. Y la otra parte se sentía extrañamente más segura por tenerla ahí a mi lado, durmiendo conmigo por primera vez en tanto tiempo, con la nariz cerca de mi cuello y el brazo rodeando mi cintura, atrayéndome en una cucharita.


A la mañana siguiente, la claridad proveniente de la enorme ventana de la sala hizo que abriera los ojos lentamente. En primer lugar, me extrañé, preguntándome por qué diablos había dormido en la sala, pero en milésimas de segundos un film de la noche pasada pasó por mi cabeza, haciéndome sonreír.

Ella no estaba en el sofá, la casa estaba silenciosa. Lola dormía en el sillón al lado de la chimenea.

Con dificultad y doliéndome todo el cuerpo, me levanté enrollada en la manta que, misteriosamente, había aparecido durante la noche.

‒ ¿Emma?‒ llamé y no obtuve respuesta.

Suspiré, triste y decepcionada, pero no sorprendida. Sus ropas, que la noche anterior estaban tiradas por mi cocina, ya no estaban allí, pero encima de la mesa divisé algo que no formaba parte de mi decoración. Un trozo de papel de color rosado doblado por la mitad con mi nombre escrito en boli negro

"Los cuerpos calientes, los corazones acelerados y las miradas declaradas durante el vendaval carnal desvelaban la necesidad que tenían el uno del otro. Dejaron de lado los miedos, las inseguridades, los porqués y se volvieron una sola, apenas por una noche.

Emma"