Someone you loved ( Lewis Capaldi)

Emma

Abrí rápidamente los ojos aquella mañana, sintiendo inmediatamente un intenso e interminable dolor de cabeza. Tardé algunos segundos en recordar dónde estaba. ¿Qué techo de madera era aquel y por qué había dormido en un incómodo sofá? Pero todas mis dudas se resolvieron cuando miré a mi lado y vi a Regina allí, a pocos centímetros de mí. La débil luz del sol batía en su piel de gallina, y me hizo ver que aún así tenía frío.

Haciendo esfuerzo para no despertarla, me levanté refunfuñando de dolor por dentro. Me dolía todo el cuerpo y tenía marcas, pero no lo consideraba como algo malo. Fui recogiendo mis ropas que estaban tiradas en la cocina y me las puse con dificultad, sintiendo dolor y prometiéndome un baño relajante en la bañera con mucha espuma cuando regresara a mi casa.

En la sala, pasé la mirada por toda su extensión para encontrar algo con la que poder taparla, aunque mi mirada siempre caía en su cuerpo desnudo, que era la pieza de decoración que más llamaba mi atención. Al lado del sillón en que dormía Lola había una manta enrollada. La cogí y la extendí encima de Regina y ella, automáticamente se acurrucó como si me agradeciera por aquello.

Me agaché delante de ella, y admiré durante largos segundos su rostro sereno mientras dormía. Cuando me di cuenta, una pequeña sonrisa idiota se apoderó de mis labios. Involuntariamente mis dedos tocaron ligeramente su rostro, y ya estaba acariciando su mejilla y cabello.

‒ Ciao‒ susurré, aunque sabía que no me escuchaba, y antes de salir le di un beso en la cabeza, sintiendo cómo mi corazón se encogía de pura culpa por, quizás, echar de menos hacer esto todas las mañanas.

Antes de ponerme la chaqueta y atravesar la puerta, saqué del bolsillo de mi abrigo un bolígrafo y un bloc que siempre llevaba conmigo. A veces me venía una inspiración repentina y tenía que tener papel y boli para anotar. Por ese lado, yo era más a la moda antigua. Las notas en el móvil me desconcertaban.

Escribí un pequeño párrafo inventado por mí en aquel mismo momento y di una última mirada antes de salir. Aún acostada, durmiendo serenamente. Saludé a Lola, que giró su cabecita hacia mí, abrí la puerta y sentí el aire helado chocar contra mí. Nevaba menos que la noche anterior y las calles estaban mejor para conducir.

En el coche puse la calefacción y conduje hacia casa. Escenas de la noche anterior pasaban por mi cabeza como en un flashback, acelerando mi corazón, pero no sabía si en un buen sentido. No me arrepentía de manera alguna. Quizás haya sido mi primera y única buena decisión en muchos meses. Pero la añoranza de esos pequeños momentos me invadieron. Despertarme a su lado, cenar con ella o incluso verla preparando sus clases. Momentos que quizás he dejado que se perdieran por puro descuido, indiferencia.

Eran las ocho de la mañana cuando aparqué en casa. Abrí la puerta con cautela para no despertar a nadie en caso de que aún estuvieran dormidos, pero para mi mala suerte, no lo estaban. Sentados en el sofá, me encontré a mis hijos y a Ruby, a quien llamé para que se quedara unas horas con los niños mientras yo asistía a un compromiso, y ha tenido que quedarse la noche entera sin un aviso siquiera.

‒ ¡Ah, miren quién ha aparecido!‒ exclamó Ruby al verme, levantándose del sofá. No sabía si su tono era de furia o de curiosidad. Quizás los dos. No le había contado que el compromiso nocturno se llamaba Regina Mills.

‒ ¡Mamá!‒ gritó Hope, feliz, al verme vino corriendo hacia mí. Henry se acercó trás ella y los dos me abrazaron al mismo tiempo.

‒ Hola, mis amores. ¡Ay, ay! Cuidado‒ refunfuñé de dolor cuando me apretaron muy fuerte. Todo mi cuerpo estaba dolorido y lleno de hematomas de la noche anterior. Ruby me miraba con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados ‒ Seguid viendo la tele. Yo voy a hablar con Ruby.

Dando saltitos de felicidad, volvieron al sofá y continuaron comiendo cereales mientras veían los dibujos animados.

‒ Ah, ya, tenemos que hablar. ¿Sabes que aquel tío buenorro que conocí en Tinder iba a ir a casa cuando yo saliera de aquí?‒ dijo carraspeando ‒ Pero va y no apareces y sencillamente no voy a dejar a dos niños solos, o mejor dicho, a mis ahijados solos. ¡No me avisaste que ibas a pasar toda la noche fuera, Emma! ¿Qué jodido compromiso es ese que dura una noche entera?

Puse los ojos en blanco y resoplé. Como si no fuera suficiente, también me dolía la cabeza por culpa de la resaca.

Mi amiga me miró con el ceño fruncido y, de repente, desorbitó los ojos y entreabrió la boca, como si hubiera entendido todo, o mejor, casi todo, de lo ocurrido. En cuestión de segundos, Ruby agarró mi brazo y me arrastró hacia el cuarto para tener más privacidad para conversar.

‒ ¿Con quién estabas?‒ me preguntó ‒ Es decir, es obvio que has dormido con alguien, ¿no? ¿No me vayas a decir que has hecho que me quede aquí para verte con aquella mujer en un hotel? Porque ahora vas a tener que follar lo mínimo en casa cuando tus hijos estén por aquí.

‒ ¿Con "aquella mujer" quieres decir Gabrielle?‒ Ruby asintió furiosa ‒ No, no estuve con ella. Ni está en la ciudad. ¿Y quién te dice que me he acostado con alguien esta noche? ¡Cualquier otra cosa puede haber pasado, Ruby Luccas!

‒ ¿Ah sí?‒ preguntó sarcástica y, sin esperarlo, me desabrochó toda la camisa de una vez, dejando a la vista mi cuello, pecho y abdomen llenos de marcas de chupetones y hematomas ‒ Entonces explícame eso. ¡Eres una hija de PUTA, Emma! ¡Me robaste Mi oportunidad de follar para que TÚ pudieras hacerlo en paz!

‒ ¡Ruby, escúchame, joder!‒ sacudí sus hombros ‒ No tenía intención de pasar la noche fuera, lo juro. Sé que debería haber llamado para avisar, pero...Solo pasó. Sencillamente pasó. Solo debía ser una cena, pero acabamos bebiendo y…

‒ Espera un momento‒ me interrumpió y me apuntó con el dedo ‒ Si no fue con Gabrielle…¿Con quién fuiste a cenar?

Retorcí la boca y rezongué. Me tiré boca abajo en la cama, hundiendo la cara en la almohada sintiendo todas las sensaciones de la noche anterior en mi cuerpo como si Regina estuviera ahí tocándome de nuevo.

Aunque no podía ver a Ruby, noté cuando se sentó a mi lado y me miró fijamente, esperando a que yo dijera algo.

‒ Regina y yo teníamos que hablar de los chicos‒ dije de forma ahogada por la almohada.

‒ ¿QUÉ?‒ Ruby inesperadamente golpeó mi brazo bien fuerte, haciéndome gritar de dolor e hizo que me pusiera boca arriba, y se sentó sobre mí ‒ ¡TE ODIO! ¡EMMA! ¿Cómo es eso? Tú y Regina…¡EMMA!

Parecía asombrada, entusiasmada y sorprendida, todo al mismo tiempo. Alternaba la mirada entre los moratones de mi cuerpo y mi mirada. Sus ojos azules estaban como platos y su boca entreabierta

Me reí de puro nervio y me tapé la cara en el momento en que Ruby intentó golpearme de nuevo por la euforia.

‒ ¡Calma, Ruby! ¡RUBY!‒ grité y me la saqué de encima, haciéndola a un lado ‒ Deja que te explique.

‒ ¡Vaya que sí me vas a explicar! Ya te he perdonado. ahora, cuéntame, ¿os...habéis reconciliado?

Negué con la cabeza y Ruby resopló.

‒ Ella me pegó. Dos veces. En plena cara‒ Ruby se echó a reír y aplaudió ‒ Me odia.

‒ Ya, se ve‒ señaló mis hematomas. Me abroché la blusa de nuevo. ‒Entonces…¿Fue bastante agresivo, no?

‒ No tienes idea. Parecía que quería volcar todo su odio hacia mí‒ respiré hondo y me quedé mirando el techo ‒ Pero...Echaba de menos eso. La echo mucho de menos.

‒ ¿El sexo con ella?‒ preguntó Ruby

‒ No. A ella‒ confesé, sintiendo que mi corazón me dolía ‒ Nos besamos.

‒ Ay, os besasteis...‒ Ruby comentó como si lo lamentara

‒ Sí, nos besamos‒ pasé la mano por la cara ‒ ¿Y sabes? No fue un beso cualquiera. Fue EL beso, ¿sabes?

‒ Ah, Dios mío...Sigues tan enamorada de ella‒ mi amiga afirmó y yo ni hice esfuerzos por negarlo, nunca los he hecho, al menos no delante de Ruby.

‒ Y lo estropeé todo.

‒ Aún hay tiempo para arreglarlo

Chasqueé los dientes y me senté en la cama, mirándome a mí misma en el pequeño espejo redondo que estaba en la cómoda que tenía delante. Mi rostro parecía estar mejor que los días pasados, mi piel estaba más brillante y hasta mi pelo aparentaba estar más sedoso.

‒ Vamos a comenzar la terapia familiar esta semana. Espero que eso nos ayude al menos a estar cerca una de la otra, y quién sabe, podamos algún día conversar sobre nosotras.

Ruby se echó a mi lado y se quedó mirándome en silencio.

‒ Y está claro que la vas a invitar a que venga mañana, ¿no?‒ me preguntó

‒ ¿Mañana? ¿Qué hay mañana?

‒ ¡Emma! ¿Cómo que qué hay mañana? ¿Qué persona se olvida de su propio cumpleaños?

Sí, me había olvidado por completo. Mi cumpleaños, cumpliría la edad a la que solían llamar "la edad del éxito": 30 años. Al igual que la comedia romántica, El sueño de mi vida, mi vida estaba igual a la de la protagonista, vacía. Mi carrera, que tardé en construir, estaba despegando, pero todo lo de mi alrededor estaba acabado por mi culpa y por mi fijación en el trabajo y en las cosas materiales. Mi familia pendía de un hilo y ahora era plenamente consciente de que tenía gran parte de culpa.

‒ Me olvidé por completo‒ refunfuñe‒ Claro que voy a invitarla. Pero no sé si vendrá, el año pasado no lo hizo.

Al igual que en todos mis cumpleaños, habría una cena solo para la familia y amigos más cercanos en mi casa. Regina no apareció el año pasado y el clima fue pésimo. Todos se miraban unos a otros, probablemente preguntándose si yo en algún momento me iba a echar a llorar, porque mi cara no era de las mejores.

‒ No vino el año pasado porque no había pasado ni una semana desde que os habíais separado, Emma. ¡Follastéis anoche, por el amor de Dios! Todavía intento procesar esa información.

‒ Créeme, yo también. Lo que no haga el vino, ¿no? ‒ pregunté sarcástica mientras me levantaba, y entraba en el baño ‒ Ya puedes irte a casa, si quieres. Necesito un baño. Un largo y relajante baño.

‒ Sí, lo vas a necesitar‒ rió ‒ Yo me voy entonces. Te veo mañana.


El día transcurrió como cualquier otro. En mi despacho, escribiendo, escribiendo y escribiendo. Marcando citas. Escribiendo de nuevo. Alguna que otra vez Henry o Hope entraban quejándose de hambre o de aburrimiento, y yo sacaba algunos minutos para atenderlos. No voy a decir que concentrarme en el trabajo fue tarea fácil, porque no lo fue. A cada tecla que apretaba, ella se hacía presente en mi cabeza, provocándome un torbellino de sentimientos, a veces felices y a veces tristes.

Después de lograr, con mucho esfuerzo, poner a dormir a las dos sabandijas, me di otro baño caliente para relajarme y, al salir, me miré en el espejo. Tenía algunas marcas desde el comienzo del cuello hasta el interior de los muslos. No recordaba si alguna vez había quedado en tal estado, pero no me importaba. Quedarían en mi piel para hacerme recordar cada mañana la tórrida noche que tuve, la tenue línea entre el odio y la atracción.

Con otro intento fallido de sacarla a ella y a su caricias de mi cabeza, me puse el pijama caliente y me eché sin acordarme de tomar las pastillas para dormir, pero caí redonda y ni siquiera recuerdo haber soñado. A la mañana siguiente, desperté con risas nerviosas a cada lado de mis oídos y, al abrir los ojos, me encontré con Henry y Hope.

‒ ¡BUEN DÍA!― gritaron en cuanto desperté, haciéndome dar un salto por el susto.

‒ ¿Qué es esto?‒ pregunté somnolienta y me restregué los ojos ‒ Buenos días

‒ Feliz cumpleaños, mamá. Lo hemos hecho para ti‒ dijo Hope entusiasmada empujando una bandeja con el desayuno hacia mí. Había tostadas, algo quemadas, una tortita con fresas por encima y un café un poco...aguado ‒ ¿Te gusta?

‒ ¡Me encanta!‒ exclamé‒ ¿Quién ha hecho la tortita? Debo asustarme con la cocina toda quemada o…

‒ Mamá me enseñó. La he hecho yo‒ dijo Henry todo orgulloso de sí mismo ‒ ¡Feliz cumpleaños!

‒ Gracias, mis amores‒ acaricié el rostro de los dos y mordí la tostada.

El desayuno en la cama en el cumpleaños siempre fue una tradición en la familia de Regina, y como consecuencia en la nuestra. Todos tenían sus desayunos en la cama en su cumpleaños, y siempre era una verdadera fiesta. Nos quedábamos horas en la cama, en familia, conversando, comiendo, riendo y jugando. Y este era mi segundo cumpleaños sin tenerla en la cama con nosotros.

‒ Todo está delicioso‒ dije tras beber el café que, no, no estaba nada bueno. Nunca fui fan del café, esa era Regina, pero haría eso por ellos. Ya era bastante que faltara alguien en la cama, cosa que ellos claramente estaban notando.

‒ ¿Mamá viene a cenar hoy con nosotros?‒ preguntó Hope algo recelosa, como si temiera mi respuesta.

Pasé el tenedor por la tortita varias veces, pensando en qué responder. Le había mandado varios mensajes a Regina la tarde anterior invitándola, pero ni siquiera había respondido. No sabía qué se le estaba pasando por la cabeza tras la noche del viernes, pero conociéndola bien, diría que nada bueno. Quizás ya no quisiera hablar conmigo nunca más, me ignorara o sencillamente quisiera agredirme. Todo era posible y no la juzgaría si optara por alguna de ellas.

‒ No lo sé. Ojalá que sí, ¿verdad?‒ respondí intentando transmitirles esperanza, o al menos a Hope, ya que Henry no funcionaba de la misma manera que ella.

‒ ¿Quién te hizo daño, mamá?‒ preguntó ella de nuevo, señalando mi cuello marcado

‒ Nadie‒ respondí nerviosa y enseguida me tapé con el pelo ‒ Me golpeé el cuello con la estantería del despacho ‒ sonreí‒ Entonces…¿quién quiere ver ahora una buena peli?

‒ ¿Qué tal aquella de zombis?‒ sugirió Henry animado

‒ ¡No!‒ gritó Hope con expresión de asco ‒ No me gustan los zombis. Teníamos que ver aquella de la princesa y…

‒ Hope...‒ la reprendí ‒ Tú escogiste las últimas dos películas que vimos. Le toca a tu hermano elegir.

Henry sonrió victorioso, cruzando los brazos y mirando en su dirección, y ella solo reviró los ojos y resopló, asintiendo, aunque por dentro estuviera royendo de rabia.


Todavía era de mañana cuando se abrió la puerta del salón, y apareció una figura rubia, de cabellos cortos. Gabrielle, con varias bolsas y vestida como una actriz de Hollywood, había por fin vuelto de su corto viaje de trabajo.

‒ Hola‒ dije algo sorprendida al verla. Para ser sincera, me había olvidado por un momento de su existencia. Estaba muy ocupada pensando en otra cosa y en otra persona. Y pensar demasiado ya me estaba consumiendo y llevándome al borde del ataque ‒ Has...Has vuelto‒ Me levanté para recibirla y los chicos siguieron enfocados en la película. Hope, con miedo, se agarraba a Henry.

‒ Sí, y no pareces muy feliz de verme‒ sonrió y me dio un piquito que, definitivamente, no esperaba y no correspondí ‒ Feliz Cumpleaños

‒ Gracias‒ sonreí ligeramente, casi forzada ‒ ¿Puedo...Hablar contigo? En la cocina.

‒ Claro. ¿Todo bien?‒ me preguntó medio preocupada y no respondí, solo la agarré levemente por el brazo y la conduje a la otra estancia ‒ Emma, ¿qué...qué ocurre?

‒ Han pasado cosas mientras has estado fuera y...Algunas cosas tienen que cambiar por aquí‒ dije de un tirón. Ella frunció el ceño, probablemente intentando entender a qué venía todo aquello ‒ Me gustas. Te conozco hace años, antes que nada fuiste mi amiga y aún lo eres, pero...Tengo que pedirte, por favor, que dejes de venir tanto por aquí

‒ ¿Qué?‒ rió sin humor ‒ ¿Estás...terminando conmigo? ¿Es eso?

‒ Gabrielle, no es difícil de entender. Para empezar, las dos sabemos que no puede terminar algo que nunca ha empezado‒ ella tragó en seco y me arrepentí de haber sido tan ruda ‒ Y todo viene a que Regina y yo hemos hablado y...Vamos a comenzar una terapia familiar. Por los niños, ¿sabes? Y ella cree que tu presencia aquí puede dificultar el proceso, y esta vez estoy de acuerdo con ella.

La mujer que tenía delante solo respiró hondo y retrocedió un poco. Con la mirada distante, torció la boca y sacudió ligeramente los hombros.

‒ Vale, está bien‒ no parecía muy satisfecha y su tono de voz y expresiones lo dejaban claro ‒ Pero, ¿no vais a volver, no? Porque sabes que eso...‒ su pregunta me pareció recelosa, y su mirada también.

‒ No es el propósito de la terapia‒ la interrumpí. No estaba dispuesta a escuchar de nuevo lo que llevo oyendo durante años ‒ El propósito es que nuestros hijos no crean que ya no somos una familia‒ me pasé la mano por el pelo, haciéndolo a un lado y crucé los brazos.

La mirada de Gabrielle recayó en mi cuello, que antes cubría el pelo, y sentí que mi corazón se aceleraba. Ella se acercó a paso corto, sus tacones hacían ruido. A medida que iba acercándose, yo retrocedía, hasta que me vi presa contra una pared. Gabrielle pasó la punta de sus dedos por la smarcas expuestas en mi cuello y sonrió antes de decir

‒ Ya, veo cúal es el propósito de todo esto‒ susurró mirándome fijamente a los ojos ‒ Te veo más tarde, ¿ok? Voy a comprarte un regalo y traértelo a la noche‒ hablaba sonriendo como si nada hubiera pasado ‒ Por cierto, conseguí meterte en el programa de aquel enorme evento en Inglaterra. Salimos la semana que viene, el domingo por la tarde.

‒ Ok‒ fue lo que respondí. Ya no sentía las mismas ansias por los viajes de trabajo como en un primer momento. Antes era divertido estar siempre en un avión yendo a un sitio diferente, conociendo el mundo entero, pero tras tantos años ha pasado a ser algo fatigante. Ya era demasiado rutinario.

Antes de salir, intentó acercarse más y darme un beso que yo no logré devolver, algo dentro de mí me lo impidió e hizo que desviara el rostro, apartándome de su trayectoria. Nada feliz con aquella reacción, ella se pasó las manos por la ropa y se fue sin despedirse, desfilando con las botas de tacón que probablemente se hundirían en la nieve.

Inhala y exhala, Emma. Me repetía a mí misma para intentar controlar la respiración, demasiado entrecortada por algún motivo que aún no conseguía entender bien.

Salí de la cocina cuando ya estaba más calmada. Intentaría, como fuera, apartar los pensamientos obsesivos de mi cabeza, al menos en aquel día. Era suficiente con que mi último cumpleaños hubiera sido pésimo.

Observé el piano de cola negro que estaba en un lugar privilegiado en la sala de estar. Había sido un regalo de Fiona cuando nos casamos, y pasamos buenos momentos allí. Óptimos, diría yo. Regina y yo. Al igual que pasamos buenos momentos en el piano de Londres. Una vez más estaba pensando en ella, y deseando tenerla allí.

Quizás yo estaba confundiéndolo todo. Quizás no debí dejar que el alcohol dominara mi cuerpo y me hiciera entregarme a ella. ¿Y si realmente me odia y no significó nada para ella? ¿Y si no estaba pensando tanto como lo estoy yo? Me preguntaba sin parar, y así estuve el resto de la tarde, aunque intentara evitarlo.

Por la noche, cuando el cielo ya tenía esa tonalidad azul oscuro y la nieve caía más intensamente, mi familia y amigos ya estaban en mi casa. Todos conversaban y reían alrededor de la mesa de centro mientras mi madre daba algunos detalles de la maravillosa y especial cena de cumpleaños que me había preparado. No había mucha gente, aunque mi familia no era nada pequeña. Apretándose en el sofá estaban mi madre, mis tres hermanos, hijos, Archie, Ruby, Chelsea-quien tras esos años habían seguido adelante y era novia de un tipo importante en Bélgica- Milah, Gold y Gabrielle. Faltaba una persona, probablemente la que más deseaba yo que estuviera. Pero ya estaba mentalizada de que no vendría.

Los regalos amontonados al lado de la chimenea eran la única decoración de la "fiesta". No me importaban esas cosas. Lo esencial para mí era tener cerca a la familia, a los amigos, y la deliciosa comida de la señora Sarah.

‒ Hija, la calefacción está puesta. ¿No te parece mejor ponerte algo más fresco?‒ me preguntó mi madre al ver que llevaba puesta una blusa negra de cuello alto. Bueno, tenía un motivo para estar llevando eso.

Ruby arqueó las cejas e intentó esconder la sonrisa maliciosa dentro de la copa de champán. En cambio, Gabrielle solo reviró los ojos disimuladamente y se quedó mirando el fuego de la chimenea. Nadie allí aparte de Milah conversaba o le gustaba ella, y yo, de vez en cuando, me sentía mal por verla sola la mayor parte del tiempo, pero infelizmente yo tenía que repartir mi tiempo entre todos.

‒ No, mamá. Estoy bien así‒ sonreí y me puse mejor el cuello ‒ Voy a buscar los refrescos al garaje antes de que a estos críos les de un ataque‒ señalé a los cinco que estaban reunidos jugando, algo apartados, al monopoly. Eleanor y Hope siempre estaban en desventaja por ser las más pequeñas y no prestar atención en ese tipo de juegos.

Yo estaba a punto de decir en voz alta que solo quería que aquella noche acabase pronto, que aquel día finalmente llegase al fin para poder tomarme unas pastillas y dormir doce horas seguidas como si no hubiera un mañana. Poder librarme finalmente de ese clima tenso que se instalaba siempre que juntaba a mi familia con Gabrielle en el mismo sitio, y sobre todo, poder sacármela de la cabeza, a menos que Regina decidiera pasarse a visitarme también en mis sueños. De verdad iba a pensarlo en voz alta, pero abrí la puerta principal y me encontré a quien ya no esperaba ver. Regina desorbitó los ojos cuando me vio con su mano en lo alto en dirección al timbre.

‒ Iba a...Tocar‒ dijo tragando en seco y bajando la mano

‒ Has venido‒ respiré aliviada y sonreí nerviosa, sin querer disimular mi enorme felicidad al verla ahí.

‒ Sí, ya sabes...Por los niños‒ respondió prontamente, y yo lo sentí como una pequeña puñalada ‒ Pero...Feliz cumpleaños‒ alzó una pequeña cajita azul hacia mí. Me sorprendí, confieso, a fin de cuentas no esperaba su presencia, mucho menos un regalo.

Antes de que alguien pudiera aparecer por detrás de mí, cerré la puerta, dejándonos a las dos a solas en el frío porche. Abrí la pequeña caja y saqué de ella una delicada pulsera dorada con dos colgantes, uno era una figura de un niño, y el otro el de una niña.

‒ Ya...Henry y Hope‒ rió‒ No tenía idea de qué comprarte, ya lo sabes, tienes de todo.

Me coloqué la pulsera en la muñeca y me quedé mirándola con una pequeña y bobalicona sonrisa.

‒ No tengo de todo, no‒ dije mirándola a los ojos y su sonrisa fue desapareciendo poco a poco, y su mirada volviéndose más intensa ‒ Me encanta. Gracias. La voy a usar todos los días.

Ella asintió e intentó contener la sonrisilla que insistía en brotar.

El viento soplaba fuerte y la nieve no dejaba de caer, cierta tensión, no sé decir si buena o mala, había surgido, haciendo que fijáramos nuestras miradas en puntos distantes.

‒ Puedes ir entrando. Yo voy a buscar los refrescos en el garaje‒ dije

‒ ¿Puedo ayudarte?‒ Regina me preguntó prontamente, en un tono desesperado ‒ No quiero entrar sola, y ya sabes, volverme la atracción principal. Esa deberías ser tú.

Reí avergonzada y asentí

‒ Claro. Vamos.

Por un segundo, cuando echamos a andar hacia el garaje, me dio unas ganas locas de agarrar su mano, incluso hice el amago, pero me detuve. Cada una cogió dos botellas de refresco de una nevera sin decir nada más y volvimos a casa, y al entrar, todas las miradas se volvieron hacia nosotras. La de Gabrielle fue la que más me llamó la atención, porque mientras mi madre sonreía y Ruby parecía radiante de repente, mi agente solo golpeaba las uñas contra la copa y miraba a Regina de arriba abajo.

‒ ¡Miren quién llegó!‒ dije evitando sonreír demasiado

Diferentes gritos entre "mamá" y "tía Regina" se escucharon y Regina, en poco tiempo, ya estaba rodeada de niños queriendo abrazarla.

‒ Regina...‒ mi madre dijo suavemente mientras se levantaba, enarbolando una sincera sonrisa al ir a abrazar a la morena ‒ Qué bien que hayas venido. ¿Quieres quitarte el abrigo?

‒ Ah, por favor, hace calor aquí‒ dijo ella cuando empezó a desabotonar el abrigo negro que llevaba.

‒ Sí, es lo que le dije a Emma, pero no quiere por nada quitarse ese cuello alto‒ dijo mi madre.

Regina me lanzó una discreta mirada, pero aún así era posible ver cierta malicia en ella. Pues claro que había comprendido, y yo me sorprendí cuando finalmente se quitó el abrigo y dejó a la vista el mono de asillas que llevaba puesto. Era liso, elegante, negro y dejaba su cuello y clavículas al aire, y no había allí ni una marca.

‒ Estás bonita, tía Regina. Yo también quiero usar labial rojo como tú, pero mi madre y mi padre dicen que soy muy pequeña para usar maquillaje‒ dijo Eleanor de brazos cruzados, algo enfadada, igualita a Eloise cuando tenía su edad, revirando los ojos en dirección a mi madre y a Archie.

‒ Es porque tú ya eres demasiado bonita, no necesitas estas cosas‒ Eleanor era algo más joven que Hope, y lo mismo que pasaba con Henry, Ernest y Eloise, ellas eran inseparables. El cariño que Regina sentía por mis hermanos me encantó desde el primer día que ella los conoció, y a veces sospechaba que quizás a ellos les gustara más ella que yo ‒ Y gracias, mi amor

Ella saludó a todos con un abrazo, incluso a Chelsea. No eran tan cercanas como lo eran Regina y Ruby, quizás por causa del pasado, pero eran lo suficientemente maduras para poder estar en el mismo sitio durante una fiesta. Cuando llegó a la última persona, Gabrielle, Regina solo la saludó con un movimiento de cabeza. La rubia le devolvió una forzada sonrisa y un apretar de ojos.

Todo el mundo se quedó en silencio cuando percibieron que una tensión se había instalado, pero Ruby la quebró al poner música y contar chistes que nadie encontraba graciosos, pero todos reían ante su entusiasmo.

Regina

Los minutos fueron pasando y al contrario de lo que me había imaginado, estaba siendo agradable estar allí. Ruby, Archie y Sarah me prestaban toda la atención del mundo, y me daba cuenta de lo mal que eso sentaba a Gabrielle, aunque intentara disimularlo.

Emma charlaba un poco con cada persona, pero a mí me evitaba. Cada cierto tiempo nuestras miradas se encontraban, pero yo era siempre la primera en desviarla.

Nunca fui de las de echarle la culpa a la bebida. Cuando hacía algo era porque, en aquel momento, quería hacerlo, independientemente de si mi cuerpo estaba reaccionando al alcohol o no. Pero aquella mañana de sábado, cuando desperté desnuda y amoratada en el sofá de mi sala, hice eso. El culpable era el vino. El culpable de haber hecho que perdiera todos mis sentidos y mi vergüenza, de haberme hecho pensar demasiado y de querer aún más.

No necesitaba ningún superpoder para saber qué pasaba por la cabeza de Emma cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Delataban el posible deseo de repetir la dosis que yo, probablemente, no repetiría tan pronto.

La música se mezclaba con los gritos y risas de los niños que jugaban al otro lado y, claro estaba, con el tono de voz escandaloso de Ruby siempre que anunciaba que iba a decir algo gracioso. Bueno, ya había bebido su cuarta copa de vino, se le perdonaba que estuviera algo...Alterada.

El aroma inconfundible de la comida de Sarah venía de la cocina y, al mismo tiempo que mi olfato agradecía por estar aspirando aquel aroma, mi estómago me torturaba. La enorme mesa estaba puesta en el comedor, algunos girasoles adornaban el centro. Ignoré que mi corazón se encogiera al ver aquellas flores. Era inevitable recordar nuestra fiesta de boda, decorada con rosas rojas y girasoles, e incluso su despedida en el aeropuerto de Londres, cuando le entregué un ramo con esas flores amarillas que eran su viva imagen. Aún lo son, y creo que siempre lo serán.

‒ La comida está servida, gente‒ dijo Sarah, convocándonos a todos a la mesa.

En las cenas normales de mí día a día, cuando aún vivía con Emma, nosotras siempre nos sentábamos en la punta, una frente a la otra. Era mi primera cena en más de un año en la casa que un día fue mía. Me quedé sin reaccionar al ver a todo el mundo tomando sus lugares, por mi cabeza solo pasaba "¿Qué hago ahora?"

‒ Tu sitio‒ dijo Emma detrás de mí, haciendo que diera un pequeño salto de susto. Ella me retiró la silla, la silla de la punta. De mi extremo.

‒ Gracias‒ le sonreí ligeramente y juraría que vi que sus mejillas se enrojecían.

Sentí la mirada nada discreta de todo el mundo sobre nosotras, pero decidí ignorar y tomé mi sitio. Emma hizo lo mismo, sentándose en el otro extremo, frente a mí, como solíamos hacer.

Sobre la superficie de mármol había varios tipos de comida, desde las más sencillas a las más elaboradas. Sarah no sabía ser humilde cuando se trataba de comida o de servir bien a sus invitados. No en vano todas las celebraciones que ella hacía eran las más comentadas del barrio.

La botella de vino pasó de mano en mano y todos se sirvieron un poco del líquido rojo-menos los niños, cuyos vasos estaban llenos de refresco de uva. Me prometí a mí misma que, por más que quisiera, no iba a abusar esa noche, a fin de cuentas, tenía que conducir y no quería provocar un accidente.

‒ Bien...Quería proponer un brindis‒ dijo Emma suavemente al pasar la mirada por cada uno que estaba en la mesa, y cuando por fin se detuvo en mí, yo desvié la mirada, y la fijé en el pollo que tenía delante ‒ Todo el mundo que está aquí es...Muy importante para mí y estoy más que grata por pasar este día con vosotros. Así que...‒ alzamos las copas y entre aquel mar de brazos y copas de cristal, nuestras miradas se cruzaron ‒ Por nosotros

"Por nosotros", repetimos a la vez.

Comenzamos la cena en un clima agradable. Solo algo me dejaba incómoda: Gabrielle. A cada cinco minutos me miraba con cierta soberbia, para nada discreta.

Permanecí callada durante toda la cena, riendo a momentos por alguna payasada de Ruby o por algún chiste filosófico de Archie.

Ayudé a Sarah a retirar la mesa cuando acabamos de comer. El postre sería el pastel que Ruby traía en sus manos mientras cantaba el cumpleaños feliz. Era grande, redondo y decorado con un "Feliz Cumpleaños, Emma" en la superficie. El momento de las felicitaciones me trajo ese clima nostálgico de todos los cumpleaños que ya habíamos pasado juntas en familia. Lado a lado de Emma, Henry y Hope soplaron las velas del número 30 junto con ella.

‒ ¡Vamos a sacar una foto de toda la familia!‒ dijo Sarah entusiasmada cuando las luces se encendieron de nuevo tras haber soplado las velas.

Yo me encogí en una esquina del comedor fingiendo que no estaba notando las miradas insoportables que Gabrielle me lanzaba todo el rato.

‒ ¡Regina, ven!‒ Sarah me llamó, y todos se callaron de repente, virando sus ojos hacia mí. Ella, Emma, Archie y los niños ya estaban colocados al otro lado de la mesa, ya en pose de foto.

‒ Pero...‒ intenté dar una disculpa, decir algo como "ah, no, es foto de familia". Teóricamente yo ya no formo parte de ella. Pero Emma me interrumpió

‒ Sin peros. Ven acá‒ dijo en tono firme, pero suave a la vez.

Sonreí algo tímida, sintiendo cómo cierta mirada me quemaba, y me coloqué por detrás de la mesa. Archie me colocó al lado de Emma. Contuve la respiración al verme tan cerca de ella una vez más. Su perfume, que era el mismo de siempre, invadió aquel pequeño espacio que nos separaba, y por más que intentara que nuestras pieles no se rozaran, era prácticamente imposible.

‒ Gabrielle, querida, ¿puedes sacar la foto?‒ preguntó Sarah con una pequeña sonrisa cínica, extendiendo el móvil en su dirección.

Tuve que contener mis enormes ganas de reír al ver a Gabrielle tragando en seco y sonriendo forzadamente mientras asentía y cogía el móvil.

‒ Claro‒ dijo forzando un tono suave y amistoso ‒ Sonreían...– sentía la mano de Emma rodear mi cintura, atrayendome más hacia ella, cosa que me tensó un poco ‒ Listo

‒ ¡Genial!‒ conmemoró Archie ‒ ¿Ahora por qué no nos comemos el pastel mientras alguien toca algo al piano?

‒ Gabrielle podría tocar‒ sugirió Milah y yo por dentro puse los ojos en blanco ‒ Ella toca bien

Puede ver cómo la arrogante mujer sonreía victoriosa, amenazando con levantarse de la silla en la que estaba.

‒ No, Regina tocará. Ella toca muy bien, siempre lo ha hecho‒ dijo Sarah, cogiéndome de sorpresa. Mi mirada, automáticamente, se cruzó con la de Gabrielle, y ella me fusilaba con sus irritantes ojos azules, y eso infló un poco mi ego, lo admito. Me gustaba ver cómo, de cierta forma, yo la incomodaba y la dejaba insegura cuando se trataba de la familia de Emma. Estaba claro como el agua que Archie, Sarah y Ruby hacían y seguirían haciendo lo posible por incluirme en todo.

Mi corazón aceleró y mi boca se entreabrió varias veces, sin saber qué decir, cómo reaccionar. Todas la miradas se posaron en mí, incluidas las ansiosas de mis hijos y sobrinos.

‒ Yo no…

‒ Por favor, mamá. Toca aquella música que nos gusta‒ pidió Hope con tono llorón

La verdad es que no estaba preparada para tocar mi propio piano por primera vez en tanto tiempo. El piano que, desde hacía unos meses, ya no era tan mío, tan único. Pero ver a mis hijos con ojillos de cachorrito, prácticamente suplicándome para que me sentara allí y tocase, reblandeció mi corazón. No necesitaba mirar directamente a Emma para saber que ella me miraba aprensiva, incluso un poco triste.

‒ Está bien‒ asentí casi susurrando

Juré ver una pequeña sonrisa en los labios de Emma. Estaban pintados de rojo aquella noche, y me gustaba verla así. Era diferente, en un buen sentido.

Todos me siguieron hasta la pequeña elevación de la sala de estar donde estaba colocado el piano. Me senté allí, mirando aquellas teclas que hacía mucho tiempo no sentían mis dedos. Era, como poco, extraño estar ahí, ya no parecía más mi sitio, mi casa.

Sonreí levemente a Henry y a Hope antes de que la melodía de Someone You Loved comenzara a llenar el ambiente. Yo no cantaba, ni lo precisaba. Todo el mundo conocía la letra y pasaba por mi cabeza a medida que iba tocando y sintiendo el dolor de cada nota.

Al final de la música, nos quedamos todos en silencio durante algunos segundos, y yo, estática, miraba fijamente mis dedos sobre las teclas intentando aguantar aquel llanto que amenazaba con visitarme, haciendo que mis mejillas dolieran y ardieran.

Archie fue el primero en empezar a aplaudir, y enseguida todos hicieron lo mismo. Sonreí tímida, sabiendo que mi rostro estaba rojo debido a la vergüenza repentina. Apoyada en la pared al otro lado de la estancia, Swan tenía los brazos cruzados y me miraba con mirada serena, casi imposible de analizar, pero no me quedé presa mucho tiempo en sus orbes verdes.

Sarah, Archie y los niños fueron los primeros en marcharse disculpándose porque necesitaban acostarse temprano debido al trabajo y a la escuela del día siguiente. Emma se despidió de ellos con calurosos abrazos y sinceros agradecimientos por la cena y por los regalos. Siempre consideraba gracioso la manera de despedirse, parecía que se marcharían muy lejos y estarían meses sin verse, cuando solo tenían que cruzar la calle, y listo ya estabas en la casa de su familia. Al contrario que yo, que necesito un taxi hasta el aeropuerto y un avión a Londres si quiero ver a la mía

‒ Ay, nosotras ya nos vamos también ‒ dijo Ruby mientras se levantaba junto con Chelsea ‒ Aún te queda media hora de cumpleaños, así que, felicidades una vez más ‒ se abrazaron fuertemente

Las tres charlaron cerca de la puerta mientras yo seguía sentada en el sillón, al lado de la chimenea, frente a la aburrida e envidiosa rubia sentada en el sofá, bebiendo lo que parecía la copa cien de la noche. Henry y Hope jugaban en sus cuartos, Milah y Gold también se habían ido ya. ¿Y yo? Yo solo estaba esperando mi momento para despedirme y finalmente marcharme. Ya podía notar mi no tan cómoda cama recibiéndome.

‒ Bueno...‒ Emma se acercó a las dos cuando sus amigas se marcharon ‒ Estuvo bien la cena, ¿no?

Swan preguntó con la intención de suavizar el pesado clima, intentando sacar tema de conversación.

‒ Sí, y yo ya me voy‒ me levanté, cogí mi bolso ‒ Las dos tendréis mucho de que…

‒ No, Gabrielle ya se marcha‒ Emma me cortó suavemente, y se giró para mirar a la mujer en el sofá ‒ ¿No, Gabrielle?

Ella arqueó una ceja y asintió un poco contrariada, irritada. Yo sonreí por dentro, no voy a negarlo.

‒ Sí, parece que sí me voy‒ ella se levantó y se acercó a Emma ‒ Me voy, entonces. Te veo…

‒ El domingo que viene‒ Swan dijo con media sonrisa

‒ Ok. Hasta el domingo que viene entonces‒ respiró hondo, y simplemente me hizo un movimiento de cabeza antes de marcharse. Parecía completamente insatisfecha, incómoda, como si se le hubiera estropeado la noche, y eso de cierta forma había mejorado la mía.

Cuando se marchó, una onda de alivio me invadió, e incluso el ambiente se sintió más relajado. De repente era como si toda la mala energía que se había apoderado de mi cuerpo y de mi mente con su presencia se hubiera esfumado en cuanto ella hubo atravesado la puerta y me hubo dejado sola con Emma.

‒ Pensé que iba a quedarse aquí y dormir contigo‒ dije por comentar

‒ No. Hablé con ella hoy. Solo se quedará en casa cuando quiera tratar de trabajo.

‒ Gracias‒ dije sinceramente, apretando su hombro ‒ Creo que es mejor que yo también me vaya.

‒ No, espera‒ Emma dio un paso hacia delante ‒ Dos cosas. La primera de ellas estoy loca por preguntarte desde que te quitaste el abrigo‒ sonreí, ya viendo por dónde iban sus intenciones ‒ ¿Qué has hecho con todos los…? ¡Ya sabes! Las marcas, los...Los hematomas

Reí de forma guasona y sacudí la cabeza de un lado a otro.

‒ ¿Sabes, Swan? Hay una cosa nueva que se llama maquillaje, ¿ya oíste escuchar? No hace mucho que fue inventado‒ ella reviró los ojos y sonrió ‒ Hay algo que se llama base. Es increíble. Es una cobertura del color de tu piel que te pones por encima y disimula las imperfec…

‒ ¡Ok!‒ interrumpió con una carcajada, haciéndome también reír a mí‒ Ya entendí, señorita maquilladora. Infelizmente no tengo esas habilidades, así que preferí actuar a la moda antigua y usar cuello alto. No es ningún crimen.

‒ ¿He dicho que lo sea?‒ repliqué y ella entrecerró los ojos hacia mí ‒ ¿Y entonces? ‒ respiré hondo ‒¿Cuál es la segunda cosa?

Emma pasó la mano por su cabello, retirándolo todo hacia un lado e inmediatamente me culpé por haberme perdido de más en ese movimiento. Me miró profundamente y dijo

‒ He pedido la primera cita para el miércoles después de las clases de los niños. Y estaba pensando si...Si no sería mejor hablar con ellos antes de, ya sabes, ir a terapia. Solo decirles cómo va a ser, dulcificar la situación.

‒ Sí, es una gran idea. ¿Vamos a hablar con ellos ahora?

Emma asintió y echó a andar hacia las habitaciones. Los grititos y risas estridentes no provenían de sus habitaciones, sino del cuarto principal. Swan abrió la puerta y los encontramos a los dos encima de la cama haciendo un puzzle, y al vernos, desorbitaron los ojos sorprendidos y culpados.

‒ ¡Eh! ¿Por qué estáis aquí?‒ Emma preguntó sentándose en la cama junto con ellos.

‒ Nos gusta más vuestro cuarto‒ dijo Henry y sentí que mi corazón se encogía un poco ‒ El nuestro es muy pequeño y hay demasiados juguetes tirados, no tenemos espacio para hacer el puzzle.

‒ ¿Y por qué hay juguetes tirados? Emma, ¿no les dices a estos niños que recojan su cuarto?‒ pregunté firme. Cuando yo vivía bajo ese techo, todo estaba en su debido lugar y nadie nunca se quejó del tamaño de los cuartos, no había nada que los hiciera parecer una prisión.

‒ Regina, relaja. No hemos venido para hablar de eso‒ dijo suavemente con una calma que conseguía sacarme de quicio.

‒ ¿Qué pasa entonces? ¿Vas a dormir aquí con nosotros hoy, mamá?‒ preguntó Hope con los ojitos brillando y, Emma y yo nos miramos inmediatamente con cierto pesar.

‒ No, mi amor, no voy a quedarme. Hemos venido solo a hablar de una pequeña cosa con vosotros‒ miré alrededor buscando algo donde sentarme, porque me negaba a tocar aquella cama con olor a perfume barato. Y no era el de Emma ‒ Bien...‒ Me senté en un pequeño banco que allí había – ¿Qué os parece si cada semana, al menos una vez a la semana, los cuatro pasamos un tiempo juntos?

‒ ¿De verdad?‒ Henry preguntó animado ‒ ¿Dónde? ¿En un parque? ¿En el cine? ¿Aquí en casa?

Desvié la mirada hacia Emma, implorándole prácticamente que continuara. Aquello pedía calma, paciencia, y yo era bien directa.

‒ No, no es ese tipo de tiempo‒ Emma comenzó ‒ En realidad seríamos nosotros cuatro y una mujer que va a charlar con nosotros, a haceros preguntas…

‒ Pero eso es un rollo‒ Hope se cruzó de brazos y resopló ‒ Yo quería que volviéramos a ir al parque, a la playa...Como hacíamos antes de que te fueras, mamá‒ mi hija dijo con su naricita ya roja, señal de que iba a echarse a llorar en cualquier momento.

Noté que mis ojos ardían y las mejillas me dolían.

‒ Amor, necesitamos que entendáis‒ dije agarrando las manitas de Hope‒ Esto puede ser bueno para los cuatro. Es para que entendáis que...A pesar de todo, aún somos una familia

‒ ¡Y sí, puede ser que los paseos vuelvan! A fin de cuentas, no están prohibidos‒ Swan continuó ‒ Solo necesitamos dar un paso cada vez, y el primero será ir a visitar a esa mujer que va a charlar con nosotros.

Ellos resoplaron a la vez. Henry jugueteaba con una pieza del rompecabezas en sus dedos y la miraba, como si estuviera pensando y reflexionando sobre algo.

‒ Está bien. Estamos de acuerdo‒ dijo por fin ‒ ¿No, Hope?

‒ Sí‒ respondió ella aún un poco contrariada ‒ Está bien

‒ Genial‒ Emma les dio un beso en lo alto de la cabeza ‒ Ahora, despedíos de vuestra madre y ya para la cama. Ya es tarde y hay cole mañana.

Rápidamente desmontaron el puzzle y saltaron a mi regazo, abrazándome y besándome.

‒ Os recojo mañana después de las clases, ¿ok? Esperadme frente a la sala de profesores‒ besé sus mejillas ‒ Buenas noches. Os quiero.

Recibí un "ciao" en coro y salieron corriendo hacia su cuarto.

El famoso silencio, una vez más, se apoderó del lugar cuando Emma y yo nos volvimos a encontrar solas.

El cuarto estaba igual, la única diferencia era que mis zapatos ya no estaban al lado de la puerta ni mis perfumes estaban ya sobre la cómoda, al lado del baño. Ya no estaba mi olor ni mi albornoz colgado en la puerta del armario.

‒ Creo que es mejor que me vaya‒ dije mientras me levantaba, y Emma hizo lo mismo

‒ Calma, hay dos cosas más‒ ella tragó en seco y yo reviré los ojos ‒ Necesito que te quedes con los niños no solo esta semana, sino la próxima también, que sería la mía.

‒ Deja que adivine, ¿viaje de trabajo?‒ crucé los brazos y arqueé una ceja

‒ Sí...Yo…¿Sabes aquel evento que tiene lugar cada año en Londres? ¿Aquel al que Bella le encantaba ir, que reúne a diversos autores y lectores en paneles, entrevistas…?‒ asentí ‒ Pues, Gabrielle consiguió meterme.

‒ Vaya...Felicidades, Emma. Es increíble. De verdad, enhorabuena‒ dije sinceramente

‒ Sí, gracias‒ dijo algo avergonzada‒ Salgo el domingo y regreso el jueves. Creo que podemos tener otra sesión el sábado, la víspera del viaje, si fuera necesario.

‒ Por mí todo bien. ¿Y la segunda cosa?

‒ ¿Qué?

‒ Dijiste que había dos cosas más. ¿Cuál es la segunda?

‒ Ah...‒ se rascó la nuca y sonrió ‒ Solo iba a elogiarte. Tocaste muy bien. Adoro esa canción.

No estaba hablando por hablar, podía ver la sinceridad en su tono y en su mirada.

‒ Gracias. A mí también me gusta‒ sonreí débilmente y desvié mi mirada hacia la salida ‒ Bien...Ciao. Me voy

‒ Espera, te acompaño‒ dijo agarrando mi brazo, girándome de nuevo hacia ella.

Reviré los ojos de manera divertida y reí.

‒ Conozco la salida, Swan. Ya viví aquí.

Aquello sonó más triste y pesado de lo que hubiera querido, tanto que ella siquiera me respondió, solo me soltó y asintió ligeramente. Salí sin más ceremonias, solo me puse el abrigo y me marché. Entré en el coche y me dirigí a casa. Ya era medianoche pasada y las calles estaban desiertas, las luces de las casas apagadas y lo único que se escuchaba era la mujer del GPS dándome las coordenadas del destino que yo ya me sabía de memoria.

Cuando menos lo esperaba, algo surgió delante de mí, haciéndome frenar con fuerza. No sabía qué o quién era, pero mi coche golpeó algo y tiró ese algo al suelo.

‒ Ay...― desesperada abrí la puerta del coche y salí, eché a andar hacia el bulto y vi que era una persona ‒ ¡Mierda, mierda, mierda, mierda!‒ me agaché, y pude ver que era un hombre echado boca abajo en el suelo nevado ‒ ¿Señor? ¿Se encuentra bien? ¡Eh! ¡Muchacho! ¡Despierte!‒ sacudí su cuerpo y él refunfuñó, suspiré aliviada. Al menos estaba vivo, pensé.

‒ ¿Sabes que tienes que señalizar cuando vas a girar, no?‒ dijo girándose boca arriba con dificultad. Y ya noté que afloraba mi mal humor cuando nuestras miradas se cruzaron y vi que el hombre al que había atropellado era el último al que pensaba pasarle por encima con el coche.

‒ ¿Graham?‒ puse los ojos en blanco ‒ Tanta gente que podría atropellar, ¿por qué precisamente tú?

‒ ¿Además de estresada eres mala al volante, Mills?‒ sonrió burlonamente y yo, resoplé.

Me levanté, ofreciéndole ayuda para que hiciera lo mismo.

‒ ¿Estás bien?‒ pregunté mientras le quitaba la nieve de la chaqueta.

‒ Sí, lo estoy. Solo fue un susto. No todos los días tu compañera de trabajo te intenta matar‒ respondió riendo

‒ Yo no...‒ comencé furiosa, pero me calmé cuando me di cuenta de que solo quería meterse conmigo ‒ ¿De dónde sales, eh? Hace frío y está oscuro. ¿Por qué estás en la calle solo y a pie?

‒ ¿Por qué no me alcanzas y te explico todo por el camino?‒ se apoyó en mi coche de brazos cruzados.

‒ Si no te hubiera atropellado, la respuesta sería no‒ dije firme, alzando un dedo hacia él ‒ Sube al coche.

Tras ponernos el cinto, arranqué de nuevo el coche, pero esta vez hacia la casa de Graham, quien metió la dirección en el GPS.

‒ Entonces…¿Qué estabas haciendo en mitad de la nada con este frío?‒ pregunté bajando el volumen de la música ‒ ¡Deja adivinar! ¿Estás saliendo con alguna alumna?

‒ ¿Eso es lo que piensas de mí?‒ preguntó ofendido ‒ Ah, venga ya. No soy ningún depravado, Regina. No salgo con alumnas, nunca lo he hecho.

‒ ¿De verdad?‒ pregunté

‒ De verdad. Además de problemático y anti ético, prefiero a las mujeres...Mujeres, ya sabes, maduras. Como tú

Puse los ojos en blanco y reí.

‒ Aún no me has contado qué estabas haciendo.

‒ Solo fui a visitar a mi madre. Está algo enferma. Fui en coche, pero no quiso arrancar, y no pude regresar con él ‒ bostezó ‒ Lo dejé allí y mañana mandaré a la grúa por él.

‒ ¿Y te iba a echar a andar todos esos kilómetros hasta tu casa?‒ reí sin humor ‒ Claro, los autobuses ya terminaron su jornada, ¿no?

‒ En realidad, sí, iba a caminar. Pero felizmente mi colega de trabajo favorita me atropelló y me he ganado que me lleve a casa‒ reímos juntos ‒ ¿Y tú, dónde estabas?

Le lancé una mirada desconfiada, pero enseguida volví a mirar la carretera.

‒ No es que te incumba, pero fui al cumpleaños de mi ex esposa. Tuve una cena en su casa‒ comenté y él se mantuvo en silencio ‒ ¿Es aquí?

Pregunté algunos minutos después al parar frente a una pequeña casa de dos pisos. Nunca fui muy fan de los estereotipos, pero aquella casa era su viva imagen, y la de cualquier persona de ciencias.

‒ Sí, es aquí‒ soltó el cinto ‒ ¿Te veo mañana en la escuela, entonces?

‒ ¿Qué se le va a hacer, no? Infelizmente aún no disponemos de una sala de profesores para cada uno‒ bromeé y él rió

‒ Va a parecer que no te gusta verme todos los días‒ resoplé‒ Gracias por traerme, ¿ok? Pero me debes algo más que esto por haberme atropellado.

‒ Ciao, Graham.