People you know (Selena Gomez)
Emma
Los largos y espaciosos pasillos del aeropuerto me ponían nerviosa. Mucha gente de un lado a otro con sus gigantescas maletas, algunos de traje y chaqueta hablando por teléfono.
Nunca pensé que algún día me acostumbraría a estar siempre en un aeropuerto con el pasaporte y los billetes listos en la mano. Acostumbrarme a, al menos, tres veces al mes estar en la primera clase de un avión. Y en aquella mañana de domingo estaba en el embarque internacional destino Londres.
No sería la primera vez que estuviera allí desde el intercambio, pero sería la primera vez desde la separación. Cuando aún estaba con Regina, ella y yo pasamos algunas navidades y festivos en casa de Fiona, un verdadero viaje en familia. Pero hacía más de un año que no ponía los pies en suelo británico.
Sentada en el asiento de al lado, Gabrielle leía una revista de cotilleo mientras yo me miraba a los pies y pensaba en lo ocurrido a lo largo de la semana. La primera sesión de terapia no había estado tan mal, aunque incómoda. La psicóloga era encantadora, Kathryn, y los chicos se sintieron a gusto conversando con ella. Ella, obviamente, percibió la distancia emocional entre Regina y yo, pero al final de la sesión, cuando dejó salir primero a los niños, garantizó que nos volvería a reconectar como la familia que deberíamos ser, y que todo sería cuestión de tiempo, empatía y aceptación.
‒ ¿Estás bien?‒ me preguntó Gabrielle mientras hojeaba las páginas de la revista y se detenía en un artículo sobre Angelina Jolie.
‒ Sí. Solo algo cansada‒ me estiré en la silla.
Desde la breve conversación y el pequeño "disentimiento" entre Gabrielle y yo la mañana de mi cumpleaños, las cosas entre nosotras se habían enfriado un poco, quizás por mi única y exclusiva culpa. Quizás pensara que era mejor así, ya que mi cabeza era un mar de confusión. Pero a cada momento que ella se acercaba a mí en un gesto que iba más allá de lo profesional, Regina aparecía en mi mente y me desestructuraba por entero. Terminaba por recordar nuestra memorable noche que se suponía que solo iba a ser una cena para tratar asuntos familiares, y acabó con dos cuerpos desnudos y encajados en el sofá de la sala de estar.
‒ Puedes dormir en el avión. El vuelo será largo‒ estaría algo más de ocho horas sentada en un asiento y temiendo las turbulencias ‒ Y cuando lleguemos a Londres por la noche, creo que lo mejor es que te vayas a descansar para lo de mañana.
El evento duraría tres días, y el lunes sería el primero. Tenía que cumplir mis horarios, estaría horas por la mañana en algunos stands firmando libros, dando entrevistas, sacándome fotos, intercambiando ideas con lectores y participando en paneles y mesas redondas.
‒ El hotel al que vamos está cerca del sitio del acto, ¿no?
‒ Sí, lo está‒ cerró la revista ‒ Incluso se me olvidó decirte que hice la reserva mucho antes y no había habitaciones suficientes. Ya sabes, no solo el hotel sino Londres entera está lleno a causa de ese evento.
‒ ¿Qué quieres decir con eso? ¿No conseguiste reservar una habitación?‒ pregunté confusa
‒ No, querida, estoy diciendo que solo reservé un cuarto. Para las dos.
‒ Ah‒ dije sin reacción, no sabía si me iba a sentir mínimamente bien con aquello.
Me gustaba, antes de cada compromiso profesional, tener mi tiempo y mi espacio. Y tener a Gabrielle cerca significaba escuchar de trabajo las 24 horas del día y como consecuencia acordarme de Regina, y echar de menos los masajes que me daba para calmarme antes de cada entrevista, sus modos serenos al echarse a mi lado y no hablar nada para no molestarme y cómo siempre conseguía que su presencia fuera lo más necesario para mí.
"Primera llamada para el vuelo 274 con destino el aeropuerto de Londres, Heathrow"
Se escuchó por los altavoces y rápidamente nos levantamos para embarcar. Mis maletas ya habían sido facturadas y lo único que llevaba en las manos era una pequeña bolsa con lo esencial: auriculares, un libro y pastillas para dormir.
‒ Voy rápido a comprar un café. Te veo en el avión‒ Gabrielle me dijo, echando a andar hacia una cafetería que había allí cerca.
Yo solo asentí y seguí caminando hacia la simpática mujer que recogía las tarjetas de embarque y comprobaba los pasaportes.
"¡Buen viaje!", me dijo con una gran sonrisa y yo le agradecí.
Los sillones de primera clase eran algo de otro mundo. Grandes, de cuero, más mullidos que mi cama y con un enorme espacio entre asiento y asiento. Me tranquilizaba saber que el pasajero de atrás no podría darme patadas en mi espalda. En cuanto localicé el asiento y me senté, una azafata me sirvió una copa de champán que acepté sin pestañear. El alcohol descendió quemándome. No estaba muy acostumbrada a beber champán.
Estaba a punto de activar el modo avión de mi móvil cuando sonó, y para mi sorpresa, era un mensaje de Regina. Una foto, para ser más exacta. Henry y Hope con pijamas parecidos sonriendo mientras sostenían sus platos con unos pedazos de torta de manzana. En seguida un mensaje abajo que decía:
"Me suplicaron que la hiciera y me pidieron que te la mandara. Según ellos, te pondría los dientes largos"
Leí el mensaje , y sin darme cuenta, sonreí de oreja a oreja. Y sí, salivé al pensar en comerme un trozo de aquella torta que echaba de menos. Respondí con un corazón, que enseguida fue visto.
‒ Hola‒ dijo Gabrielle apareciendo, y sentándose a mi lado ‒ ¿Quieres café?
‒ No. Estoy con el champán‒ alcé la copa.
‒ Chic
Le entregué la copa vacía a la azafata tras el último sorbo. Antes de que el avión despegara, me tomé la pastilla para, más o menos, estar dormida casi todo el trayecto.
‒ ¿Ya vas a dormir?‒ me preguntó al ver que me ponía por encima la manta y reclinaba el asiento.
‒ Sí, despiértame solo cuando estemos en Londres, por favor. No quiero comer nada.
Regina
Sentí un peso en mi espada cuando abrí los ojos aquella mañana. El reloj de la cómoda, al lado de la cama, marcaba las siete. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el peso, en realidad, era Hope echada literalmente encima de mí.
Nada mejor que despertar sonriendo y con un ligero dolor en la columna.
‒ ¡Hope!‒ la llamé, zarandeándola por donde podía alcanzar. Henry dormía en la cama, a mi lado, y el enorme colchón de matrimonio específicamente para ellos en el suelo del cuarto, estaba vacío ‒ ¡Hope! ¡Despierta!
Ella rezongó, pero no se movió, solo se hizo más pesada.
Usé la fuerza que pude para rodar y echarla junto a Henry, y los dos siguieron durmiendo.
‒ Despertad los dos. ¡No quieran retrasarse!‒ era lunes, la semana previa a los exámenes estaba comenzando. Tendría que trabajar cinco veces más de lo que ya lo hacía para preparar a mis alumnos y que sacaran buenas notas.
Aquella semana sería en la que Emma tendría que haberse quedado con los chicos, pero debido a su viaje de trabajo, me he quedado con ellos. Me encogió el corazón recordar que ese día sería el primero del evento y que en algunas horas la televisión y las redes sociales estarían llenas de fotos, vídeos y entrevistas de ella. Me hizo echar de menos el comienzo, cuando aún la seguía en su trabajo y me sentía parte de ello, parte de ella.
‒ ¿Podemos desayunar la pizza que sobró de anoche?‒ preguntó Hope somnolienta sentándose en la cama
‒ ¡Pues claro que no!‒ respondí prontamente
‒ Mamá Emma siempre nos deja comer pizza fría por la mañana‒ refunfuñó Henry.
‒ Bueno, pero no soy la mamá Emma que os ha acostumbrado muy mal. Soy la mamá Regina que va a preparar tortitas y tostadas mientras os preparáis. ¡Ahora! ¡Arriba!‒ golpeé fuerte las manos para despertarlos, y aunque a regañadientes, los dos se levantaron casi arrastrándose de la cama y fueron a prepararse para el colegio.
Me puse el albornoz blanco y me fui a la cocina. Puse a hacerse el café, y como siempre, recordé que ni aunque lo intentara mucho, quedaría igual al que Emma me hacía todas las mañanas. Era casi una ley. Ella apenas bebía café, no era muy fan, pero hacía el mejor del mundo, y todos los días se despertaba temprano, sin necesidad alguna, para hacer mi día mejor con una taza del mejor café del planeta. Nunca tuve motivos para quejarme de eso.
Rápidamente preparé tortitas con fruta y tostadas para Henry y Hope, que aparecieron en la cocina algunos minutos después aún sin peinar.
‒ Comed, que yo voy a darme un baño, y ya salimos, ¿ok?
El agua caliente golpeó mi espalda, relajándome y aliviándome el dolor que allí sentía. Cogí lo primero y más cómodo que vi: un vestido azul. Mi reloj de muñeca me decía que no tenía tiempo suficiente para prestar atención y paciencia a mi cabello, así que decidí quebrar los protocolos de apariencia de Regina Mills y salí a trabajar con el cabello aún húmedo, sabiendo perfectamente que el clima frío y húmedo me lo ondularía levemente.
‒ ¿Terminaron de comer?‒ pregunté al entrar en la cocina y pillar a Henry dándole un pedazo de manzana a Lola ‒ A cepillarse los dientes, salimos en diez minutos.
Me bebí el fuerte y no tan buen café, y apenas le di una mordida a la tostada que Henry había dejado en el plato. Salimos de casa faltando 20 minutos para la entrada y el aparcamiento ya estaba lleno, pero felizmente yo tenía mi sitio exclusivo de profesora.
‒ Venid acá‒ llamé a mis hijos cuando bajamos del coche y tocó el primer timbre. Arreglé el pelo de Hope y el cuello del uniforme de Henry ‒ Listos. Ciao, portaos bien y esperadme frente a la sala de profesores al final de las clases, ¿ok?
‒ Ok‒ dijeron a la vez
Apunté un dedo a cada una de mis mejillas, y ellos me dieron un beso a cada lado antes de echar a correr en dirección al grupo de pequeños alumnos en uniforme que entraba en el colegio.
‒ Vaya, vaya...‒ escuché una voz masculina detrás de mí, y al girarme, no pude evitar revirar los ojos cuando me di cuenta de que se trataba de Graham ‒Tenemos un acontecimiento raro por aquí. ¿Regina Mills con el cabello mojado? ¿Se quemó el secador?
‒ Buenos días, Graham‒ abrí el maletero del coche para coger mis bolsos y carpetas ‒ ¿Ya arreglaste tu coche?‒ pregunté ignorando completamente su comentario.
‒ No, el mecánico aún está con él. Debe tardar‒ metió las manos en los bolsillos laterales ‒ Quería saber si puedo hacerte...Una invitación
‒ ¿Una invitación?‒ cerré el maletero, arqueando una ceja hacia él ‒ ¿Y qué sería? ¿Te echarás en medio de la carretera para que de nuevo casi pase por encima de ti?
‒ No es que la propuesta no sea tentadora, pero...‒ se acercó un poco ‒ En realidad solo quería invitarte a cenar conmigo cualquier día de estos.
‒ ¿Cenar?‒ pregunté confusa. Graham siempre me ha parecido el tipo de persona al que no le gusta marear la perdiz y para quien la primera invitación a salir acaba en un motel barato ‒ ¿Quieres cenar conmigo?
‒ Bueno, sé que no todos los días se invita a salir a alguien que casi te mata‒ se encogió de hombros ‒ Pero resulta que sé preparar una comida decente
‒ Ah, espérate ahí, ¿además de invitarme a cenar, te estás ofreciendo a cocinar para mí?‒crucé los brazos
‒ Esta noche. ¿Va a aceptar mi propuesta, señorita Mills?
Respiré hondo y me puse el pesado bolso en el hombro. Debía haber unos cinco gruesos libros en él.
‒ Mis hijos están conmigo esta semana‒ comenté
‒ Déjalos con alguien. Solo hoy‒ pidió
Suspiré y pensé por unos segundos. Me miraba ansioso, algo aprensivo. Probablemente se le pasaba por la cabeza que yo estaba jugando con él de alguna forma, ya que durante muchas veces lo único que había arrancado de mí fueron rechazos bien certeros.
‒ En mi casa. Y cocino yo‒ dije suavemente alzando un dedo en su dirección, rindiéndome finalmente a lo que durante años había intentado resistir ‒ Sin peros.
Él sonrió discretamente, pero victorioso y alzó las manos como si estuviera rindiéndose a mis condiciones.
‒ Sin peros‒ repitió él ‒ ¿A las ocho?
‒ A las ocho
Sonreí levemente y me giré, echando a caminar hacia el colegio, y sintiendo su mirada en mí.
POV Narrador
Al otro lado del mundo, en Europa, Emma se sentía inmensamente amada y feliz por estar rodeada de tanta gente que admiraba su trabajo. Ya le dolía la mano de tanto firmar autógrafos en sus libros. Se había sacado miles de fotos y respondido a millones de preguntas, pero no se cansaba de estar allí interactuando con todos los que habían hecho posible que su sueño se hiciera realidad.
Solo con lo que haría en ese evento, tendría suficiente para estar tranquilamente sin trabajar en los próximos meses.
‒ Emma, todas tus actividades acabarán en algunos minutos‒ dijo Gabrielle entre intervalo e intervalo ‒ ¿Qué quieres hacer después al salir de aquí? Me gustaría tanto dar un vuelta por la ciudad. Lo echo de menos.
Gabrielle había nacido y sido criada en Londres. Se mudó a Canadá en busca de una vida mejor profesionalmente hablando. Todavía le quedaba acento y aún hacía gala de toda la elegancia con la que fue enseñada desde que aún estaba en el útero de su madre. Visitaba Londres anualmente para ver a su familia o simplemente por viajar, eso sin contar las veces que tenía que hacer las maletas rápidamente y comprar un billete de última hora a causa del trabajo.
‒ Yo creo que iré al hotel a descansar‒ dijo Emma mientras saludaba a una chica, probablemente una admiradora, que pasó por allí sonriendo de oreja a oreja ‒ Me duele la mano.
‒ Muy bien. Yo voy a aprovechar para hacer unas compras. Me he enterado de que las tiendas de ropa del centro comercial que está aquí cerca están de liquidación ‒ dijo mirando el móvil ‒ Bueno, ¿me vas a necesitar para algo?
‒ Creo que no. Ahora solo queda el resto de autógrafos, ¿no?‒ asintió ‒ Entonces, no, no te necesito. Ya puedes irte.
‒ ¡Ok!‒ dijo animada ‒ Te veo más tarde en el hotel.
Se acercó a besar a la rubia, pero esta consiguió desviarse lo suficientemente rápido para que sus labios tocaran solo su mejilla, acto que dejó a Gabrielle un poco avergonzada. Emma no se sentía nada cómoda besándola delante de todo el mundo cuando no tenían nada serio. Si es que aún existía algo aparte de trabajo entre las dos. Era difícil de decir.
Gabrielle salió del local y Swan regresó a la mesa para charlar un poco y autografiar los últimos libros de quienes se habían quedado al final de la cola.
En el aparcamiento exclusivo para los invitados al acto, Emma desbloqueó el móvil con la intención de llamar a un coche que la llevara al hotel. No estaba cansada, pero sentía que necesitaba relajar la mente y prepararse para el próximo día que sería tan intenso como el primero. El conductor aceptó el viaje y llegó en menos de dos minutos al sitio indicado.
‒ ¡Buenos días!‒ dijo él educadamente cuando la rubia entró en el coche ‒ London Mariott Hotel, ¿verdad?‒ preguntó al comprobar el móvil preso en un soporte.
Emma pensó antes de responder. Se quedó mirando las gotas de lluvia en la ventana del coche. Podía ver un pedazo de la London Eye desde donde estaba, y por su cabeza pasó una película de todos los buenos momentos vividos en aquella ciudad años atrás, cuando estaba embarcando en el comienzo de su sueño y de su nueva vida. Sintió añoranza, echaba de menos todo aquello.
‒ Pensándolo mejor…¿Puede cambiar la ruta hacia Pimplico?‒ preguntó sin pensarlo
‒ Claro. Pero el precio se verá alterado‒ explicó
‒ Sin problema.
Emma le pasó la dirección que quería al conductor que, inmediatamente, se dirigió hacia Pimplico, el oasis del lujo y la calma. Una de las zonas residenciales más lujosas de toda Inglaterra. Regina Mills no podría haber vivido en un lugar distinto.
Swan, en el asiento trasero del pequeño coche negro, sintió su corazón encogerse cuando se vio delante de la enorme casa blanca de las Mills. Aún tenía luces de Navidad en la puerta, pero seguía igual que nueve años atrás.
‒ Señorita, son quince libras‒ dijo el hombre mientras se detenía.
‒ Tome‒ Emma le entregó el dinero ‒ ¡Gracias! ¡Buen día!‒ bajó del coche que rápidamente desapareció de su campo de visión.
A paso corto y receloso, Emma se dirigió al porche y dudó cinco veces antes de tocar al timbre. La única persona que durante toda su vida le había dado libertad para ir a verla sin avisar era Ruby. La rubia tenía la costumbre de llamar, no era muy fan de las visitas sorpresas.
La puerta fue abierta por una Bella de cabello recogido en un moño y un delantal de cocina. La mujer desorbitó los ojos al encontrarse con Emma y se quedó como una estatua durante largos segundos.
‒ Vaya, parece que no estás feliz de verme‒ comentó Emma riendo cuando se dio cuenta de la falta de reacción de Bella.
‒ ¡DIOS MÍO! ¡EMMA!‒ finalmente pareció despertar del pequeño trance y voló hacia el cuello de la rubia, abrazándola fuertemente ‒ ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Vaya, qué gran sorpresa! ¡MAMÁ!‒ gritó ‒Ven, entra, estoy terminando el almuerzo, ¿ya comiste?
‒ Aún no‒ respondió algo avergonzada entrando en la casa.
Observó cada pequeño detalle, todo seguía en el mismo lugar. Ya había visitado la casa otras veces, pero ahora parecía todo diferente, a fin de cuentas, ahora no estaba Regina. Pero aún parecía presente en aquella casa como si nunca se hubiera mudado de allí.
‒ ¿Qué gritería es es…?‒ la voz de Fiona se hizo presente junto con sus pasos bajando las escaleras, pero se calló inmediatamente cuando se encontró cara a cara con Emma ‒¿Emma?‒ entreabrió la boca y pestañeó algunas veces para tener la certeza de que no estaba viendo alucinaciones ‒ ¿EMMA? Pero qué…
‒ Hola‒ saludó la rubia, tímida
‒ ¡EMMA!‒ Kitty surgió de la nada y saltó encima de la rubia, casi tirándola al suelo.
‒ ¡Kitty!‒ dijo Swan en medio del caluroso abrazo de Katherine ‒ Cómo os echaba de menos. Si parece que no nos vimos en Navidad.
‒ Las Navidades no fueron suficiente para acabar con las ganas de verte‒ dijo Bella ‒ Bueno, Emma, creo que será mejor que nos expliques qué está pasando, porque estamos...Perplejas‒ rió
‒ Antes de eso...‒ Emma dio unos pasos hacia Fiona y respiró hondo, mirándola a los ojos. Después de la separación, la relación entre ellas también se había enfriado un poco. Obviamente Fiona se puso del lado de la hermana, y como consecuencia la amistad con Emma se resintió, aunque nada muy serio ‒ Hola
Fiona sonrió ligeramente y pasó la mano por el rostro de la mujer.
‒ Ven acá‒ atrajo a Emma a un cariñoso y reconfortante abrazo ‒ Bienvenida de nuevo.
‒ Gracias‒ Swan lo dijo tan bajo que casi pareció un susurro.
‒ Ahora, ¿podrás explicarnos a qué esta sorpresa?‒ preguntó Kitty ‒ Quiero decir, ¿en un momento estás en Canadá, y de repente aquí?
‒ En realidad llegué anoche y…
‒ ¡Ya sé!‒ Bella interrumpió ‒ ¿Por qué no te quedas a almorzar y nos lo cuentas mientras comemos? Estoy que me muero de hambre.
‒ ¡Me apunto!‒ dijo Emma animada al oler el rico y familiar aroma de alguna receta de las Mills emanando de la cocina.
En el comedor, la mesa estaba puesta para cuatro personas. Emma, de primera, se sentó allí y se quedó por minutos en la silla que solía ser el sitió de Regina cuando se conocieron. Esa sala le traía buenos recuerdos.
Swan explicó el motivo de su inesperada llegada y todas se mostraron muy felices. La comida se extendió durante más de una hora debido a la conversación, a ponerse al día. El tema Regina Mills no fue citado ninguna vez, por más que todas allí, en algún momento, sintieran ganas de nombrarla. Emma no pudo dejar de sentir orgullo por la mujer responsable e inteligente en que Kitty se había convertido con el pasar de los años. Ya no era la pre adolescente que Emma había conocido.
‒ Me gustaría tanto quedarme un poco más, pero tengo que ir a clase‒ se lamentó Kitty.
‒ Sí, y yo tengo que ir a trabajar, y llevar a Kitty a clase‒ dijo Bella mientras recogía los platos de la mesa ‒ ¿Hasta cuándo te quedas por aquí?
‒ Hasta el jueves por la mañana. Podemos hacer algo mañana por la noche, si vosotras podéis‒ sugirió Emma
‒ Apoyo la propuesta, pero ya te digo, que ellas ‒ Fiona señaló a las hijas ‒ se estén marchando no significa que tú también tengas que irte. Yo no me marcho a ningún sitio, así que quédate un poco más aquí conmigo y ponme al día.
‒ Está bien‒ Emma rió y terminó de beberse el zumo de fresa.
Emma se despidió de las chicas con besos y abrazos y ellas no tardaron en salir. La rubia ayudó a Fiona a lavar, secar y organizar la loza mientras comentaban los más variados asuntos. Cuando acabaron, se dirigieron a la sala de estar y se sentaron frente a frente en el gran sofá. La televisión encendida en volumen bajo estaba ahí solo para no sentirse muy solas y para ahogar un poco el sonido del fuerte viento que venía de fuera de la casa. Estuvieron más de dos horas charlando sobre los chicos, sobre el éxito de Emma y sobre cualquier cosa que les venía a la mente.
‒ ¿Entonces? ¿Has venido sola?‒ preguntó Fiona mientras se servía una copa de vino blanco.
‒ No. Yo...He venido con mi agente‒ respondió medio cabizbaja, esperando la reacción negativa de la mujer, y así fue. Fiona arqueó una ceja y resopló, apenas disimulando su incomodidad ‒ ¡Fiona! ¿Qué ocurre?
‒ No es nada, Emma, tienes todo el derecho del mundo de seguir con tu vida. Es solo que...‒ chasqueó los dientes ‒ Ya le he dicho esto tantas veces a Regina, sabes...Sencillamente no consigo creer que la hayas engañado con Gabrielle.
‒ Qué bien que no lo creas, pues nunca la engañé‒ Emma respondió prontamente.
Fiona entrecerró los ojos y balanceó la cabeza de un lado al otro.
‒ No tiene sentido‒ comentó riendo sin gracia, pasándose la mano por el pelo.
‒ ¿Qué no tiene sentido?
‒ Las fotos. No la engañaste, ok. Pero, ¿y las fotos, Emma?
‒ ¿Qué fotos?‒ Emma preguntó nerviosa
‒ ¿Regina nunca te contó lo de las fotos?‒ preguntó con los ojos abiertos como platos, y Emma negó ‒ Ella...Me dijo que te lo había contado.
‒ Regina nunca ha hablado conmigo sobre la tal traición. Nunca. ¿Qué fotos son esas?
Fiona se levantó y buscó el móvil en la cocina. Se sentó al lado de Emma mientras buscaba en su llena galería las dichas fotos.
‒ Regina me las mandó el año pasado y nunca las borré...‒ pasó por miles de fotos ‒ Aquí.
Le pasó el móvil a las manos temblorosas de Swan. Su boca se entreabría a medida que iba pasando de una foto a otra.
‒ Esto...No. ¿Qué es esto? ¡Ni me acuerdo de esto! ¿Cuándo fue?‒ su corazón inmediatamente se aceleró y Emma sintió que en cualquier momento podría detenerse.
‒ Fue en el viaje a California que hiciste por trabajo el mismo fin de semana que os...separasteis‒ Fiona explicó completamente asombrada con la reacción de la rubia ‒ Emma, ¿no tenías idea de estas fotos?
Ella negó.
Se trataba de algunas fotos movidas de Emma durmiendo en la cama al lado de Gabrielle. Fotos que, quien las viera de fuera, podría muy bien ver en ellas una segunda intención.
‒ Gabrielle mandó estas fotos a Regina junto con mensajes diciendo que había aprovechado bien la noche y...Después dijo que se había equivocado de número y que Regina no tuviera en cuenta ni las fotos ni los mensajes ‒ Fiona explicó ‒ Pensé que tú lo sabías.
Trastornada, Emma miraba el móvil sintiéndose la mayor estúpida del universo. "No puedo creer lo idiota que he sido", se repetía a sí misma. De repente todo adquirió sentido. Regina había recibido las fotos mientras Emma aún estaba en Las Vegas, y cuando volvió a Canadá al día siguiente, ella ya no estaba en casa. Ni ella, ni sus ropas, ni su coche.
‒ Sin contar todas las veces que ella le dijo a Regina que tú decías que ella te entorpecía en el trabajo. Emma, hizo creer a Regina que tú trabajarías mejor sin tenerla cerca. Llenó la cabeza de mi hermana durante meses con eso. ¿Realmente no tenías idea de eso?
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas en el momento en que se dio cuenta de que, por un descuido, una estupidez, por falta de atención, quizás había perdido lo más importante de su vida. Por haberse vuelto una persona obcecada en bienes materiales había perdido a Regina.
‒ Regina nunca me dijo nada de esto. Ella solo se marchó. Se marchó sin decir nada.
Fiona soltó aire de los pulmones, respirando hondo. Observó todo con mirada triste, sorprendida. Puso una de sus manos en la espalda de Emma y la acarició, intentando transmitirle a través de gestos algún tipo de consuelo y confort.
‒ Emma...‒ la mujer dijo bajo y suave ‒ Hizo de todo para separaros.
‒ Yo nunca traicioné a Regina. Nunca traicionaría a Regina. ¡Eso es ridículo! ¿Cómo ella pudo creerlo? ¿Cómo sencillamente pudo marcharse sin decirme nada?‒ preguntó Emma con la voz tomada.
‒ Querida, ahora a quien menos debes culpar es a Regina. La villana en esta historia no es ella, no eres tú. Es la persona a quien le confiaste tu carrera. Claro que las dos errasteis mucho, ella por, sencillamente marcharse y tú por rendirte tan fácil, entre otras miles de cosas, pero hubo alguien detrás de todo dispuesto a hacer cualquier cosa para veros lejos la una de la otra, y mira por donde, lo consiguió.
‒ ¡Qué tonta he sido!‒ escondió el rostro en las manos y dejó que las lágrimas cayeran ‒ ¿Cómo no pude percibir que todo este tiempo he estado al lado de alguien que solo quería acabar con mi vida?
‒ No es que nadie no haya tratado de avisarte, ¿verdad?‒ Fiona fue directa ‒ A nadie de tu familia le ha gustado nunca.
‒ Esto podría haberse evitado si yo hubiera sabido toda la verdad‒ tragó en seco, hablando en medio de las lágrimas que resbalaban sin parar.
‒ Regina no suele ser el tipo de persona que habla cuando algo la está molestando en el momento, ¿sabes? Va acumulando y esperando a que te des cuenta de que estás haciéndole daño, y de repente sencillamente se cansa de intentar hacerte ver lo obvio‒ explicó suave, removiendo el líquido que le quedaba en la copa ‒ ¿Qué vas a hacer ahora?
Emma se levantó, se secó las lágrimas y se puso la chaqueta que antes había dejado en uno de los sillones de la sala de estar.
‒ Voy a regresar al hotel y esperar a Gabrielle‒ dijo firme
‒ Emma‒ agarró la muñeca de la rubia ‒ Rezo mucho por ti y por mi hermana. De verdad, mucho.
Ella sonrió algo triste al pasarle por la cabeza que, posiblemente, ya era demasiado tarde.
‒ Gracias‒ suspiró ‒ Dale un beso de mi parte a las chicas, ¿ok?
‒ ¿Vuelves mañana?‒ preguntó
‒ Yo...No lo sé. Me tengo que ir. Gracias por todo, Fiona.
El timbre de Regina tocó a las ocho en punto. El olor a comida casera inundaba el apartamento mientras la morena andaba de un lado a otro sobre sus altísimos tacones, terminando de preparar la cena. No estaba acostumbrada a recibir a nadie en su casa un lunes por la noche, pero decidió que aquel día huiría de la rutina.
Abrió la puerta y se encontró a Graham, vistiendo unos vaqueros básicos y una camiseta tipo ajedrez de botones. Su mirada recorrió discretamente el cuerpo de la mujer y ella arqueó una ceja hacia él.
‒ Hola‒ dijo Regina, desviando la atención de su vestido negro hacia su rostro ‒ ¿Vas a entrar?
‒ Claro, si me permites‒ dejó los zapatos y la chaqueta‒ Huele muy bien.
‒ Gracias. Ya está listo‒ dijo mientras se agachaba para sacar del horno el pollo asado con patatas y zanahorias ‒ Mi madre siempre hacía este plato cuando mi hermana cumplía años. Es sencillo, pero sabroso.
‒ No tengo duda.
‒ ¿Quieres vino?‒ preguntó sacando de la bodega su vino favorito, aquel que Emma le había regalado por Navidad ‒ ¿O no vas a beber porque estás conduciendo?‒ dijo burlona sabiendo que temporalmente estaba sin coche.
‒ Estás tan graciosa‒ él forzó una risa a la vez que cogía la copa que Regina le estaba llenando con el líquido rojo ‒ ¿Y tus hijos?
‒ Están con su madrina. Se los ha llevado al cine y después se quedan a dormir con ella‒ dio el primer sorbo a la bebida, sintiendo todo su cuerpo y mente llenarse de energía con aquel sabor.
‒ Ah, entonces, ¿no vuelven a casa hoy?‒ preguntó el hombre con mirada y sonrisa de satisfacción ‒ Es bueno saberlo.
Regina rió y puso los ojos en blanco ante el comentario. Se acercó peligrosamente a Graham, dejándolo completamente paralizado y le dijo bajito al oído
‒ Vamos a comer antes de que se enfríe, ¿ok?
En el oscuro cuarto del hotel, Emma estaba sentada en la silla al lado de la cama de matrimonio, frente a la puerta. Llevaba allí más de dos horas, esperando quieta, en silencio. Los peores sentimientos posibles llenaban su cabeza, su corazón. Se echaba a llorar cada vez que recordaba lo manipulada que había estado durante tantos meses, y no solo ella, también Regina. Gabrielle calculó todo muy bien ejecutando un plan que tuvo éxito. Le llenó la cabeza a Regina de mentiras y llenaba a Emma de compromisos para que estuviera tiempo fuera de casa, y así, poco a poco, consiguió las dos cosas que más quería: Emma y dinero. Cuanto más trabajo Emma tuviese, más dinero Gabrielle recibiría por ser su agente.
El error había sido que las dos se habían dejado llevar por las mentiras y el juego sucio de alguien que estaba dispuesto a derrumbar cualquier obstáculo que se le ponía delante solo por alcanzar su victoria, por pequeño que fuera. Y ese alguien obviamente era Gabrielle. Gabrielle, la mujer alta, rubia de ojos claros, de voz suave, acento cerrado que siempre intentaba causar buena impresión a quien conociera. Conquistó a Emma, conquistó a los hijos de Emma y se empeñó en destruir todo lo demás. Acabó con una familia y una relación de años.
La puerta se abrió, y el cuarto fue invadido por la claridad que venía de afuera. Gabrielle entró en silencio pensando que Emma dormía. Llevaba un montón de bolsas en las manos.
‒ ¿Por qué hiciste eso?‒ preguntó Emma, rompiendo el silencio. Gabrielle dio un salto por el susto, llevándose la mano al pecho.
‒ ¿Emma?‒ encendió las luces‒ ¿Qué estás haciendo ahí? ¡Qué susto! Pensé que estabas durmiendo.
‒ ¿Por qué hiciste eso? ¿Durante cuánto tiempo pensaste que ibas a seguir manteniendo tu ardid?‒ preguntó una vez más, levantándose.
‒ ¿De qué estás hablando?‒ frunció el ceño
‒ Sabes muy bien de lo que estoy hablando‒ cruzó los brazos y caminó en su dirección, quedando bien cerca ‒ He estado con Fiona, hermana de Regina. Me lo ha contado todo.
Emma pudo ver que la mujer que tenía delante se puso pálida como nunca. Sus ojos se abrieron de par en par y su respiración falló.
‒ No sé de qué estás hab…
‒ Deja de hacerte la idiota‒ Emma decía suavemente, apenas tenía fuerzas o paciencia para gritar ‒ He visto las fotos, vi los mensajes. ¿Por qué sacaste aquellas fotos? Yo solo estaba durmiendo. Ni siquiera compartimos cuarto en Las Vegas. Entraste en mi dormitorio y sacaste una foto nuestra en la cama, se la mandaste a mi esposa y…¿Para qué? ¿Por qué le decías a ella que yo afirmaba que ella me molestaba? ¿Cuál es tu jodido problema? ¿Por qué hiciste eso?
‒ Porque estás mejor sin ella, Emma. ¡Ella solo te atrasa!‒ dijo rápidamente y entre dientes, delatándose ‒ ¿Acaso no ves cómo ha despegado tu carrera desde que la dejaste? ¡Te di una oportunidad de tener una vida nueva!
‒ Estás enferma. Enferma‒ tragó en seco ‒ Yo nunca quise una vida nueva. Tú has destruido la que yo tenía. ¡Has traído enormes problemas a mi vida! Mis hijos tienen problemas en la escuela por TU culpa, porque has destruido su familia. ¿A cambio de qué? ¿De algunos miles de dólares más en tu cuenta a final de cada mes? ¿O a cambio del sexo que teníamos? ¿Cómo puedes estar tan vacía, Gabrielle?
Ella rió sin gracia, tirando las bolsas sobre la cama.
‒ Nunca has olvidado a Regina, ¿verdad? Aquello de "ah, estoy bien, ya no me importa", siempre fue una mentira. Por eso nunca me has dejado sentar en aquella estúpida silla. Era su sitio. Nunca me has preparado café, nunca me has llevado a conocer la casa de tu madre‒ sus ojos se humedecían mientras intentaba luchar contra el llanto ‒ Si hice todo eso fue porque me importas. Me importaba tu carrera‒ intentó tocar el rostro de Emma, pero la rubia fue más rápida, y agarró la muñeca de la mujer, evitando aquel contacto.
‒ Tú solo te preocupas por ti, Gabrielle. Y yo me odio por no haberme dado cuenta antes. Estaba hipnotizada con tantas cosas nuevas y ni siquiera me di cuenta de que estaba, literalmente, acostándome con la cobra que eres. Regina nunca me entorpeció. Y tú estabas todo el tiempo ahí queriendo apartarnos cada vez más. Llenabas su cabeza y la mía. ¡Montaste un plan para que pareciera que yo había engañado a mi mujer! ¡Eso es cosa de gente sin carácter, Gabrielle! ¿Qué quieres ahora? ¿Hum? ¿Lo has conseguido, verdad? ¿Quieres aplausos? ¿Un aumento? ¡No VALES nada!
‒ ¿Lo que hemos tenido nunca significó nada para ti?‒ preguntó llorando ‒ Fui yo quien se quedó contigo cuando ella se marchó. ¡He estado contigo todos los días! ¿No significó nada para ti?
Lo que sucedía ahí estaba claro, cristalino. Gabrielle, ambiciosa, cegada por el dinero, por el glamour hizo lo posible e imposible para poder controlar la vida de Emma. Así conseguiría cada mes más de lo que ya solía recibir y encima se llevaría un bonus llamado Emma Swan por la que siempre estuvo colada.
‒ ¡NO, NUNCA! Estuviste ahí porque desde el comienzo siempre fue lo que quisiste. ¡Lo dirigiste, lo planeaste todo muy bien, felicidades! Pero siempre te dejé claro que lo que teníamos era...Casual. Yo estaba sola, tú también. Era eso‒ exclamó ‒ ¡Y tú SIEMPRE lo has sabido! Nunca significó nada, Gabrielle. ¡Y si había posibilidades de que alguna vez significara algo, las has destruido TODAS! ¡Quiero que te vayas al INFIERNO! ¡Quiero que te JODAS y que NUNCA más aparezcas delante de mí!
Emma se agachó y sacó de debajo de la cama sus maletas ya hechas. Gabrielle desorbitó los ojos, confusa.
‒ ¿Qué...Qué estás haciendo? ¿A dónde vas?‒ preguntó desesperada cuando vio que Swan llevaba las maletas hacia la puerta
‒ Me marcho al aeropuerto a comprar el primer billete a Canadá‒ dijo entre dientes mirando a la mujer a los ojos.
‒ ¿Canadá? Pero…¿Y el evento?
‒ ¡Que le den! ¡Cancela mi presencia, apáñatelas!‒dijo con desprecio.
Gabrielle tragó en seco y vio cómo su mundo desmoronaba. El plan que durante años orquestó y alimentó se iba por el desagüe por culpa de unas horas de descuido.
‒Te vas corriendo con ella, ¿no?‒preguntó. Swan ignoró completamente la pregunta retórica y abrió la puerta ‒ ¿Y yo, Emma?
Emma tragó en seco y antes de golpear la puerta al salir del cuarto, con la voz más suave que consiguió sacar en aquel momento, dijo
‒ Tú estás despedida.
