Hold on (Chord Overstreet)

Regina

Eran poco más de las seis de la mañana cuando me desperté asustada con el canto de un pajarillo en mi ventana. El primer pensamiento que me vino a la cabeza fue: me tengo que levantar para ir a trabajar. Ruby llevaría a Heny y a Hope a la escuela directo desde su casa, y eso me dejaba más libre para prepararme psicológicamente para un largo día de clases.

En la cama, a mi lado, Graham dormía como un tronco. No voy a negar que mi primera reacción fue llevarme un susto, pero entonces recordé lo que había pasado tras varias copas de vino durante la cena.

La noche pasada me había revigorizado. Era como si el peso de los obsesivos pensamientos hubiera desaparecido de mis hombros dejándome más ligera para seguir la semana sin tantas preocupaciones.

Me senté en el borde de la cama y me estiré. Hacía un frío agradable y mi cuerpo caliente se estremeció cuando me destapé, implorando con urgencia algo caliente. Me puse mi albornoz de todas las mañanas y mis zapatillas que dejaba al lado del armario.

‒ Graham‒ lo llamé, sacudiendo levemente su brazo ‒ Despierta. Tienes que marcharte, tengo que ir a trabajar, y tú también.

La noche pasada quedamos en que no íbamos a llegar juntos a la escuela bajo ningún concepto. Él se despertaría, se vestiría, y como máximo se tomaría una taza de café y se marcharía a su casa para prepararse.

Tras llamarlo, refunfuñó un poco y yo salí del cuarto para bajar a la cocina. Estaba aún sin recoger. La mesa seguía puesta, la camisa masculina tirada en el suelo entre la cocina y el comedor, la botella de vino sobre la encimera junto a las copas sucias. Me dio dolor de cabeza solo de mirar todo aquello y pensar que gastaría mi precioso tiempo limpiando al salir del trabajo.

Estaba mirando mis uñas mientras el café se hacía y recordaba algunos momentos en particular entre Graham y yo en aquella estancia. No estuvo mal. Estuvo bien, muy bien. Pero diferente. Quizás estuviera buscando algo que superase mi cena con Emma, pero creo que podría dar la vuelta al mundo entero y no lo encontraría. Y definitivamente debería dejar de intentar buscar.

Fruncí el ceño cuando escuché que llamaban al timbre. Tuve, incluso, que comprobar el reloj para ver si de verdad eran menos de las siete de la mañana y no se me había pasado la hora de ir a trabajar. Cuando comprobé que sí eran las siete, pensé quién en su sano juicio llamaba a la puerta de alguien a las seis y veinte de la mañana de un martes. Probablemente sería una girl scout vendiendo galletas, pensé. Ya había pasado antes.

Me até más fuerte el cinto del albornoz y me pasé la mano por el pelo con la intención fallida de peinarlo con mis dedos, y caminé hacia la puerta.

Sentí que mi corazón se paraba por breves segundos al encontrarme a Emma allí. Era la última persona que esperaba ver parada en mi porche a aquella hora, o en cualquier otra. Tenía los ojos hinchados y rojos, la boca entreabierta y una expresión de culpa, tristeza.

‒ Tenemos que conversar‒ dijo con la voz tomada mientras entraba en mi casa, pasando por mi lado

‒ ¿Qué…?‒ estaba demasiado confusa para siquiera pensar en una explicación obvia para lo que estaba sucediendo. Sus dos grandes maletas estaban junto a mi puerta, haciendo todo más extraño ‒ ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar en Inglaterra?

‒ Cogí un avión ayer y he venido directa desde del aeropuerto‒ dio un paso largo ‒ Tengo que hablar con…

‒ Regina, ¿has visto mi camisa por ahí?‒ dijo Graham saliendo del cuarto, interrumpiendo a Emma, que se paralizó al verlo. Él solo llevaba puesto los pantalones de la pasada noche ‒ Ah, hola‒ dijo avergonzado al encontrarse a la rubia.

Por más esfuerzo que yo hiciera, no podía apartar mis ojos de ella. Su reacción al verlo ahí fue una mezcla de decepción y sorpresa. Y me culpé por escuchar que mi corazón se rompía.

‒ Tu camisa está ahí, Graham‒ dije en tono bajo señalando para la prendra encima de una pequeña estatua que decoraba la pared.

Emma volvió a mirarme, ahora sus ojos parecían a punto de derramar algunas lágrimas.

‒ Creo que es mejor que me vaya. He llamado a un taxi‒ dijo Graham, tímido mientras se abotonaba la camisa. Probablemente notó el clima y prefirió marcharse antes de que las cosas empeorasen ‒ ¿Nos vemos más tarde?

‒ Sí...Claro‒ sonreí levemente

Él se acercó y me besó en el canto de los labios antes de marcharse, dejándome a solas con una Emma extraña, distante.

Graham sabía que yo había estado casada con una mujer. Las noticias corren por los pasillos de un colegio, sobre todo en un aula llena de adolescentes. Pero no sabía nada sobre mi "ex" esposa. No sabía que la ilustre visita en mi apartamento esa mañana era la mujer con la que un día compartí una cama, un hogar.

‒ ¿Quién es él?‒ me preguntó cuando escuchó que la puerta se cerraba

‒ Él...‒ tragué en seco ‒ Es un amigo

‒ ¿Un amigo?‒ frunció el ceño ‒ Ah, ya, ¡ya sé qué tipo de amigo es! ¿Dónde están los niños?

‒ ¡Están con Ruby! ¡Y espera un momento! ¿Qué pasa? ¿Tú puedes tener amigos y yo no?‒ pregunté frustrada ‒ ¿Y qué mierda estás haciendo en mi casa a las seis de la mañana? ¡Debías estar en Londres!

‒ Tenemos que hablar urgentemente

‒ ¿Ahora quieres conversar?‒ reí sin gracia ‒ ¡Pues ahora tengo que prepararme para ir a trabajar! ¡No puedo retrasarme!

Intenté salir de ahí, pero me agarró ligeramente el brazo y me obligó a mirarla a los ojos.

‒ Por favor, escúchame‒ pidió suavemente ‒ He despedido a Gabrielle

Prendí la respiración y me quedé callada unos segundos al escuchar aquello. Emma siquiera pestañeaba, su respiración parecía trémula.

‒ ¿Cómo es eso?‒ pregunté tan bajo que más pareció un susurro.

‒ Estuve con Fiona. Fui a visitarla en Londres, a ella y a las chicas. Ella me contó todo‒ tragué en seco ‒ Lo sé todo, lo de las fotos, lo de los mensajes, las cosas que ella te decía. Cosas que yo nunca hice. Las cosas que tú nunca me contaste porque preferiste sencillamente marcharte.

Reí sarcástica. Un sentimiento ruin se extendió por mi pecho a medida que escuchaba a Emma hablar. Todo lo que me traía la imagen de Gabrielle a la mente me ponía así. Emma intensificó su mirada en mí, esperando alguna reacción.

‒ Ok, ¿entonces me estás diciendo que nunca tuviste una aventura con ella mientras estábamos juntas?‒ pregunté

‒ ¡No, Regina! ¿No lo ves? ¡Ella lo estuvo tramando todo durante años! ¡Su plan principal era separarnos!‒ exclamó intentando controlar el tono de voz ‒ ¡Lo planeó todo!‒ reviré los ojos sin disimular ‒ Regina, me he marchado de unos de los eventos más importantes para mi carrera para estar aquí hablando contigo. Intentando aclarar las cosas. Escúchame bien, por favor. Sé que usas tu sarcasmo e ironía para protegerte, pero no lo hagas conmigo. No va a funcionar.

‒ La metiste en casa en menos de un mes. En nuestra casa, en nuestra cama. ¿Sabes? No me importa si ya estabas con alguien en tan poco tiempo. Cada uno tiene su forma de seguir adelante. Pero, ¿en nuestra casa?‒ sentí un nudo formándose en mi garganta ‒ Ok, no me engañaste, Gabrielle es la villana, la que lo tramó todo. Pero, ¿y después? Después sencillamente metiste a la villana bajo tu techo, junto con tus hijos. ¡Le confiaste tu carrera, tu vida! ¿Has abandonado un evento? ¡Vaya, qué tragedia! Yo abandoné toda una vida entera por ti, Emma. Me mudé de mi propia casa para evitar conflictos con tu madre solo para que pudieras acabar el curso. Dejé un gran empleo en España y me vine al otro lado del mundo, a un país que no es mío, dejando a mi hermana, mis amigos y mis sobrinas, ¿para qué? Para estar contigo. Y todo para que en menos de un mes de separación metas a otra mujer bajo nuestro techo. ¿Aún crees que no tienes algo de culpa en todo esto?

Las palabras salieron de mi boca sin que me diera cuenta, pausada y suavemente. No me di cuenta de que lloraba hasta que las lágrimas comenzaron a nublar mi visión. Swan estaba como yo, ojos rojos, llorosos, hinchados. Su boca temblaba y podía sentir en su mirada todo el arrepentimiento por los meses que se estuvo engañando a sí misma.

‒ ¿Por qué no me dijiste nada antes? ¿Por qué preferiste estar callada y sencillamente marcharte? Te busqué durante semanas para entender lo que había pasado y tú…¡Tú desapareciste! ¡Literalmente te esfumaste, Regina! ¡Una semana después fue cuando descubrí que estabas en Londres con Fiona! ¿No confiabas lo suficientemente en mí para saber que nunca te engañaría? ¡Mierda, Regina! ¿Por qué no me contaste nada?‒ atropelló las palabras mientras me agarraba por los hombros. Cada vez más cerca de mí, en su rostro un mezcla que iba de la tristeza a la desesperación.

‒ ¿Sabes lo que es escuchar indirectamente durante años que eres una traba? ¿Un obstáculo que dificulta la vida profesional de alguien? No lo sabes, ¿no? Porque tú eras el tal alguien al que estaban dificultando su vida profesional‒ dije entre dientes ‒ Escuché durante años a aquella mujer decir que te estaba atrasando. Sí, desgraciadamente supo convencerme. Pero aparentemente no fui la única. Decía que por mi culpa no ibas a cumplir con la editorial, que me prestabas más atención de lo que yo merecía. Hasta que un día, paraste. Ya no tenías más tiempo para mí, para nada a no ser trabajo. Te olvidaste de algunos de nuestros aniversarios, Emma. ¡Sí, nuestro matrimonio pendía de un hilo, pero tu carrera estaba despegando! ¿Qué podía hacer? MARCHARME. Para ver cómo triunfabas como te merecías. ¡Me marché porque me hicieron creer que era lo correcto! ¡Me marché por TU bien!‒ decía tan cerca de su rostro que nuestras respiraciones se mezclaban.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Podía escuchar mi corazón partiéndose cada vez más. La conversación que durante tanto tiempo fue aplazada finalmente estaba teniendo lugar y traía con ella un dolor inigualable, pero al mismo tiempo, cierto alivio por estar finalmente pudiendo hablar lo que durante meses tenía trabado en la garganta.

‒ Ok, asumo mi culpa. Asumo que me equivoqué, que me dejé llevar, que fui una idiota...‒ humedeció los labios y suspiró ‒ Pero, por favor, perdóname.

Fruncí el ceño ante aquello. Intentaba ignorar lo máximo que podía a mi corazón acelerado.

‒ No puedes hacer esto, Emma‒ dije en un susurro, balanceando la cabeza de un lado a otro. Su rostro mostró una expresión de confusión ‒ No puedes sencillamente volver aquí, pedir disculpas y pensar que todo va a estar bien después de más de un año fingiendo que nunca pasó nada.

‒ Lo sé‒ tragó en seco ‒ Lo sé, pero...solo quiero hacer lo que sea necesario, aunque sea tarde. Cometí el error de no insistir una vez, no quiero cometerlo de nuevo.

Estábamos más calmadas. Más de lo que deberíamos estar. No recordaba la última vez que la había visto de esa manera, frágil.

‒ Vete‒ dije con voz trémula

‒ Pero…

‒ Emma‒ interrumpí ‒ ¿Sabes? He tenido una noche muy buena ‒ intensifiqué el "muy"‒ Y esperaba tener también una semana buena. Y ahora sucede esto, entras aquí de la nada, me lanzas todo esto y...Solo que no estaba preparada. Así que, por favor, vete. Tengo que ir a trabajar.

‒ Me voy. Solo dime una cosa, Regina ‒ alzó un poco más la mirada ‒ ¿Los malos sentimientos que sientes hacia mí son mayores que los buenos? ¿O ya no hay ninguno bueno?

No podía pensar. Mi cabeza estaba a punto de estallar, quería verme libre de esa conversación lo más rápido posible. Mi corazón aún latía por ella, todas mis células aún gritaban por su roce, pero era difícil, después de tanto tiempo sufriendo, reconocer eso como si fuera la primera vez. Su pregunta resonaba en mi cabeza mientras miraba los orbes verdes con las pupilas dilatadas que tenía delante. ¿Sería posible que toda mi rabia se hubiera impuesto al amor?

‒ Emma, vete. Vete ahora‒ pedí una última vez, con los ojos cerrados y el corazón encogido. Escuché su pesada respiración y después sus pasos hacia la puerta. ‒Necesito un tiempo sola.

‒ Nunca fue mi intención herirte‒ dijo con cierto pesar en la voz antes de abrir la puerta de nuevo ‒ Perdóname que tardara tanto tiempo en darme cuenta.

Pude sentir su última mirada puesta en mí antes de escuchar el ruido de la puerta al cerrar y el de mi corazón al despedazarse. Durante largos meses fue todo lo que más quise. Durante largos meses soñé con el día en que ella, finalmente, estuviera abierta para escucharme, para disculparnos y para que todo volviera a ser como antes. Pero nunca de esta manera, de repente, sin que yo tuviera que haber ido detrás. Nunca había sido ella la que viniera. Nunca había conseguido nada tan "fácil". La facilidad me asustaba, los amores fáciles me asustaban.

El primer jarrón que vi estampé contra la pared con todas mis fuerzas. Era un deseo de echar fuera mi tristeza, mi rabia, mi odio por Gabrielle. El ruido fue alto y probablemente los vecinos se quejarían al presidente de la comunidad, pero no me importó. Solo junté todos los trozos como si todo estuviera bien, me tomé tres tazas de café y me preparé para un largo día de trabajo.


Tras salir de clase, me dirigí, casi arrastrándome, a la sala de profesores. La noche anterior había sido movida, me dolía el cuerpo, mi cabeza estaba a punto de estallar.

Todas las miradas se dirigieron a mí cuando abrí la puerta. En la gran mesa del centro, los profesores estaban corrigiendo trabajos y exámenes. Graham, concentrado en su calculadora y papeles, ni siquiera notó mi presencia.

‒ ¿Todo bien?‒ Marian, una de las profesoras de biología del centro, me preguntó cuando me senté a su lado en el pequeño sofá. El silencio allí dentro me incomodaba porque me hacía pensar en Emma ‒ Pareces…

‒ ¿Exhausta? ¿Acabada? ¿Derrotada? Lo estoy‒ suspiré e incliné la cabeza hacia atrás ‒ Solo quiero llegar a casa pronto y poder descansar un poco.

‒ ¿Noche agitada, señorita Mills?‒ Graham se metió en medio de la conversación mientras se dirigía a la cafetera. Preferí no responder y mantuve mi mirada en el techo ‒ ¿Quieres café?

‒ Sí, por favor‒ ya debía ser mi quinta taza del día, y seguramente no sería la última.

‒ Graham, mira a ver si puedes echarle un ojo‒ Marian bromeó‒ Yo tengo que ir ahora a clase. Estate tranquila, ¿ok?‒ ella apretó ligeramente mi hombro, se despidió de los otros profesores y salió, dejándome a "solas" con Graham.

El reloj de la pared emitía su tic tac incesante e irritante. El tiempo se arrastraba, no eran ni las diez.

‒ Era tu ex mujer, ¿no?‒ preguntó sentándose a mi lado, y dándome la taza de café. Miré tensa hacia él, que parecía relajado y cómodo ‒ Puedes hablar, no te preocupes ‒ yo asentí‒ Me lo imaginé. ¿Te dio muchos problemas que me viera allí?

‒ No. Tú no eres un problema‒ di un sorbo al líquido caliente y negro ‒ Ella y yo ya no tenemos nada.

Graham rió socarrón y balanceó la cabeza

‒ ¿Puedo saber cuál es la gracia?‒ pregunté irritada

‒ Ni tú te lo crees, Regina

‒ Pero realmente ya no tenemos nada.

‒ Sí, en teoría. Pero, ¿en la práctica?‒ arqueó una ceja ‒ Se vio en tus ojos durante esos poquísimos minutos en que estuve en presencia de las dos‒ hablaba sinceramente, mirándome a los ojos ‒ ¿Lo vas a negar?

Me mojé los labios y resoplé. Tenía razón, desgraciadamente tenía razón. Cuando ella me preguntó qué sentimiento era más fuerte, el malo o el bueno, no supe qué responder. Todo mi cuerpo estaba tomado por el odio y por la rabia acumulada durante tantos meses, pero mi corazón no podía decir lo mismo.

‒ ¿Por qué no consigo sentir nada? Ya sabes, con otras personas, contigo. Anoche, yo...‒ gesticulé algo sin sentido para expresar intensidad ‒ No conseguí sentir aquello, ¿entiendes?

‒ ¡Wow!‒ se llevó la mano al pecho ‒ ¿Fui tan malo? Porque no fue lo que pareció…

‒ No‒ interrumpí riendo ‒ Estuviste bien. Muy bien. Incluso muy bueno para ser un hombre.

Reviró los ojos y yo sonreí

‒ Pero...‒ continué‒ No tuvo aquello. Aquello especial.

‒ Porque eso especial solo lo vas a tener con ella. Eso es obvio. Estás enamorada de ella, y probablemente siempre lo estarás ‒ posó levemente la mano en mi pierna, pero no con intención lasciva ‒ Y creo que apareció en tu casa con la intención de volver contigo

‒ ¿Cómo lo sabes?‒ crucé los brazos

‒ Mira, puede que no lo parezca, pero sé analizar bien el comportamiento humano, ¿ok? Los ojos hinchados, rojos, las maletas en la puerta…¡Qué cliché!‒ infló el pecho y sacó el aire por la boca ‒ ¿A qué estás esperando para volver con ella?

‒ No es tan fácil como parece‒ respondí tras unos segundos en silencio ‒ Su vida es muy ajetreada...No sé si sabría lidiar con todo eso de nuevo. Tengo miedo de salir herida una vez más.

‒ Si ese fue uno de los motivos de la separación, entonces estoy seguro de que ella intentará hacer algo. No creo que vuelva a equivocarse otra vez. Ni tú‒ colocó la taza sobre la mesa ‒ Solo basta que las dos estéis dispuestas a enfrentaros a todo de nuevo, a recomenzar. Borrón y cuenta nueva.

Me sorprendió que el hombre que estaba ahí, a mi lado, estuviera, por primera vez desde que nos conocíamos, siendo transparente, sincero.

‒ Sí‒ resoplé ‒ Quizás sea un miedo tonto, o no. ¿Sabes?...Salir herida.

No era sorpresa para nadie que antes de Emma mis relaciones siempre habían sido limitadas. Pasé por situaciones muy difíciles a lo largo de mi vida, y no solo amorosas, y había decidido que, por ahora, volvería a usar una vieja estrategia para protegerme: apartando a todos de mí y usando a las personas para alimentar cierto deseo carnal. Hasta que ella apareció y cambió todos los recorridos del camino que yo quería seguir en mi vida. Y lo que yo más temía, pero que nunca esperé que sucediera, sucedió: salí herida. Herí y fui herida, sí, aunque aún estuviera en el proceso de reconocer mis propios errores. La falta de confianza por mi parte, la falta de diálogo. Yo tenía mi parcela de culpa, lo sabía. Solo que no me veía preparada para decir, asumir que, de cierta forma, contribuí a mi propia herida.

‒ Gracias, Graham‒ dije tras suspirar

Él sonrió y se levantó del sofá, y recogió sus carpetas de la mesita de al lado.

‒ Sé que ya hemos tenido nuestros altos y bajos...O mejor, nuestros bajos y un único alto, el de la noche pasada‒ rió ‒ pero debes saber que no soy tan gilipollas. Te encuentro agradable.

‒ ¡Pues yo creo que eres demasiado chulo!‒ me levanté, quedando frente a él ‒ Pero consigues ser agradable cuando quieres

‒ Gracias‒forzó un tono snob, empinando la nariz ‒ Bueno, me tengo que ir. Me esperan los de tercero.

‒ Buena clase‒ dije antes de que me diera un beso en la cabeza y dejara la sala de profesores.

Emma

Una pesadilla me despertó con un grito aquella mañana. O mejor dicho, tarde. Ya pasaba de la una de la tarde cuando finalmente conseguí despertar del horrible sueño en que toda mi familia había sido presa por una banda. Me había pasado la última noche en blanco. Escenas y trozos de la corta y dolorosa conversación con Regina de un día atrás me visitaban cada cinco minutos, dejándome aprensiva. Los chicos no estaban conmigo, Ruby estaba de viaje de trabajo, mis hermanos en un campamento de la escuela y mi madre ocupada ayudando a Archie con su trabajo. Estaba sola por primera vez en meses y no estaba logrando lidiar con la nueva realidad. Y no era solo un "sola" en sentido literal. Me estaba sintiendo así, como si hubiera perdido toda mi felicidad por puro descuido.

Lo que me levantaba un poco el ánimo era saber que en algunas horas tendría otra sesión de terapia familiar. Las casi dos horas que nos sentábamos frente a una mujer y conversábamos sobre las cosas más aleatorias posibles, aunque para ella sí tenían sentido, valían la pena si podían reconectarnos como familia.

Hice lo que tenía que hacer de mi trabajo. Todos mis compromisos habían sido cancelados. Entrevistas, paneles, reuniones. Ya no tenía a nadie que me llevara eso y de alguna manera era como si me hubiera quitado un peso enorme de los hombros. Al menos en los meses siguientes tendría tiempo para reorganizarme y recomenzar. Sin Gabrielle. Y me dolía saber que podría, una vez más, ser sin Regina.

No tuve mucho tiempo para quedarme en la cama. Simplemente me levanté y me fui derecha al baño, dejando que el agua caliente de la bañera me abrazara. Me puse una ropa de abrigo sencilla, uno de mis habituales gorros de para dar la nota de color y salí de casa. La consulta de Katheryn no quedaba muy lejos, así que no tardé mucho en llegar. La sala de espera estaba vacía y silenciosa. El único ruido era el de los dedos de la secretaría golpeando el teclado. Parecía ser una mujer simpática, pero siempre de mal humor.

Unos minutos después de llegar, la puerta de la consulta se abrió, y apareció Regina acompañada de nuestros hijos, forrados hasta el último de sus cabellos.

‒ Hola‒ dije al verlos ‒ ¡Hola, mis amores!

Los dos saltaron a mi cuello y me llenaron de besos toda la cara. Regina, que observaba de lejos, escondía una pequeña sonrisa en los labios.

‒ ¡Mira lo que el amigo de mamá me hizo!‒ Hope me mostró un origami en forma de cisne.

‒ ¡Qué bonito, hija!‒ dije apretando sus mejillas ‒ ¿Tu amigo?‒ pregunté a Regina

‒ Sí. Graham. Lo llevé en coche‒ respondió ella algo aprensiva ‒ ¿Algún problema?

‒ Ninguno‒ respondí intentando parecer despreocupada ‒ ¿Tú estás bien?

Ella me lanzó una mirada profunda y me perdí allí durante un momento. Y entonces negó, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro.

‒ Kathryn ya está lista para atenderlos‒dijo la secretaría con una sonrisa algo forzada ‒ Pueden entrar.

Kathryn estaba sentada a su mesa con su ropa clara en su consulta escandalosamente blanca. Había algunos detalles algo más coloridos para que los ojos no dolieran tanto. Todo perfectamente ordenado, en su lugar, como si Regina hubiera pasado por ahí y lo hubiera decorado a su gusto.

‒ ¡Hola! Qué bueno veros‒ se levantó y nos saludó ‒ ¿Nos sentamos allí en el sofá?

Lado a lado, Regina y yo nos sentamos en el sofá, frente al sillón en que Kathryn se colocó, mientras que los niños se quedaron en unos cómodos almohadones en el suelo. La consulta fue transcurriendo, Hery y Hope parecían divertirse. Me parecía increíble cómo algunas personas tenían, además de estudios y dedicación, un don para transformar una situación que los niños podrían ver cómo aburrida en algo que captaba su atención. Sin exagerar, ellos preferían hablar con ella que conmigo.

Regina estaba más callada de lo normal, medio ida. Se me pasó por la cabeza que quizás estaba teniendo los mismos pensamientos obsesivos que yo. Nuestra conversación nos desestabilizó, y eso era palpable.

‒ ¿Entonces? Emma, Regina… ¡Contadme! ¿Qué os gustaba hacer cuando aún estabais juntas?‒ preguntó la doctora.

Regina y yo nos miramos de reojo y fruncimos el ceño al mismo tiempo. Una divertida incomodidad surgió por unos breves segundos. Sería algo fácil de responder si no hubiera menores en la consulta.

‒ Ok, voy a cambiar de pregunta ‒ rió discretamente y se recolocó mejor las gafas en el rostro ‒ ¿Qué es lo que más os gustaba hacer a los cuatro juntos?

‒ Normalmente veíamos una película‒ Regina respondió en voz baja mientras se miraba las manos

‒ O mirábamos cómo mamá hacía una tarta. ¡Tía Kath, tienes que probar su tarta de manzana!‒ comentó Henry entusiasmado, haciendo que la morena a mi lado sonriera.

‒ Me gustaba el piano‒ dijo Hope. Se abrazaba sus rodillas ‒ Cuando mamá tocaba para nosotros, pero...Nunca más lo ha hecho. Entonces la tía Gabrielle comenzó a tocar, pero no era lo mismo. Ella no toca muy bien.

‒ Es verdad. Y siempre que mamá Regina tocaba, mamá Emma se quedaba mirándola durante toda la canción ‒ Henry completó

‒ ¡Admirando!‒ corrigió Hope con una sonrisita

‒ Sí, admirando‒ volvió a hablar mi hijo ‒ Y nunca vi a mamá Emma admirar a tía Gabrielle al piano.

Pude ver cómo quería brotar una sonrisa en el rostro de Regina mientras escuchaba todo eso.

‒ Me gustaba todo eso‒ dije yo por fin ‒ Y también lo echo de menos‒ confesé ‒ Sé que no lo aproveché mucho cuando tuve la oportunidad.

Se hizo un silencio y Katheryn nos analizó a cada uno atentamente. Removió sus papeles y, tras respirar profundamente, sonrió ligeramente hacia los cuatro y dijo

‒ Tengo una sugerencia que daros. Esos momentos en familia, así...No tienen que acabar. Siempre seréis una familia, queriendo o no. Tenéis un lazo. Y aún podéis seguir viendo pelis juntos, estar cerca del piano cuando Regina toca, cocinar tartas de manzana juntos...Esas cosas no tienen que acabar. Y podemos comenzar a trabajar en ello. Reconexión física‒ Hope recostó la cabeza en el hombro de Henry y yo no puede evitar sonreír por encontrarlo lo más mono del mundo ‒ Bien, puedo sugeriros una cosa que siempre ha dado resultado con mis pacientes. Confiad en mí, son años tratando a familias con problemas. ¿Por qué no hacéis un viaje?

‒ ¿Un viaje?‒ preguntó Regina en tono alto y claro, recolocándose mejor en el sofá.

‒ Sí, Regina, un viaje. Algo pequeño y aislado de todo y de todos para que podáis tener un tiempo en familia. El primer paso para una buena reconexión es saber si hay alguna posibilidad de que eso suceda, y para ello… Necesitamos una prueba. El viaje puede ser una‒ explicó con paciencia.

‒ Pero no puedo viajar, doy clases. ¡Los chicos tienen clase!‒ argumentó Regina

‒ Solo sería un fin de semana. Salís un viernes después de clase, regreso el domingo ‒ abrió el cajón de la cómoda de al lado y sacó unos folletos, le dio uno a Regina y otro a mí ‒ Estos chalés quedan a más o menos dos horas de aquí, en lo alto de una montaña. No hay internet, no llega la señal de móvil. Lo máximo que hay de tecnología es un DVD y una televisión de 20 pulgadas para que veáis vuestras películas. Es un oasis de paz.

El folleto mostraba las fotos de unos agradables chalés de dos pisos. Parecían acogedores y apartados de cualquier problema del mundo real.

‒ No digo que sea obligatorio ir. También podéis reconectar aquí en Vancouver sin ningún problema. Pero ese sitio...‒ señaló los papeles en nuestras manos. Regina analizaba con atención las fotos y las reseñas ‒ Es mágico. Sin trabajo ni preocupaciones durante algunas horas. Desligarse del mundo real, de los problemas, ya sabéis, a veces es algo bueno. Y me parece que vosotros, especialmente vosotras dos‒ nos señaló a Regina y a mí‒ Lo necesitáis.

‒ ¡Yo quiero!‒ exclamó Hope

‒ ¡Yo también! Podemos alquilar algunas pelis en el videoclub y llevarlas‒ comentó Henry entusiasmado como la hermana.

Sonreí ante la animación de los dos. Después de la separación, raros han sido los momentos en que han viajado o siquiera se han divertido. Las salidas se han resumido en ir de casa de una de las madres a la casa de la otra, la escuela y como máximo la heladería de la esquina del mercado.

‒ Podéis pensar con más calma y madurar la idea‒ miró el reloj y suspiró ‒ Nuestra sesión de hoy ha acabado

Nos levantamos todos al mismo tiempo, el clima estaba medio tenso. Yo quería aceptar el corto viaje, alquilar un chalé y tener un momento de paz. Solo paz con mi familia. Pero vista mi relación con Regina, ya no estaba segura si podríamos conseguirlo, ya que siempre acabábamos discutiendo por algo, por muy nimio que fuera.

‒ Nos vemos la semana que viene, ¿ok?‒ ella nos acompañó a la puerta ‒ Hasta pronto

Nos despedimos rápidamente para no atrasar a los próximos pacientes y salimos de la consulta. No estaba nevando, pero hacía mucho frío y amenazaba una posible tormenta.

‒ ¿Por qué no vais yendo al coche mientras mamá y yo hablamos?‒ les dijo Regina a los niños que no se lo pensaron dos veces antes de salir corriendo hacia el gran aparcamiento.

Ella y yo caminamos hacia un árbol y nos quedamos por un tiempo calladas viendo cuál de las dos iba a tomar la iniciativa para decir algo. Me sentí con dieciocho años de nuevo.

El aparcamiento estaba vacío y en silencio, cosa que hacía que el ambiente fuera más incómodo. Mis deseos eran de hablar mucho más, de hacerle entender cada pequeño detalle de los últimos meses y arreglarlo todo aunque fuera para recuperar la amistad, en caso de que ya no pudiéramos volver a estar juntas. Pero aquel no era el lugar perfecto, ni el momento perfecto.

‒ ¿Puedo preguntarte una cosa?‒ rompí el silencio. Ella asintió ‒ ¿Tú y Graham…?

‒ Somos amigos‒ me interrumpió suavemente, cruzándose de brazos ‒ Su coche está en el taller y su casa queda de camino a la consulta.

‒ ¿Pero vosotros ya…?

‒ ¡Emma!‒ levantó un dedo, haciéndome callar ‒ No te debo satisfacciones hace tiempo

‒ Ok, disculpa‒ me abracé a mí misma, encogiéndome ‒ ¿Entonces? ¿El chalé?

‒ ¿De verdad lo estás considerando? No sé si es una buena idea.

‒ ¿Por qué quieres evitarme? Regina, ese no es el objetivo de la terapia. Tenemos que reaproximarnos por el bien de ellos‒señalé hacia su coche donde ya estaban Henry y Hope

‒ No quiero evitarte‒ respondió prontamente ‒ Es solo...Extraño. Después de tanto tiempo, ¿sabes?‒ sonrió algo tímida, pero sincera ‒ Olvídalo. ¿Guardaste el folleto?‒ asentí ‒ Entonces, puedes reservar. Para este viernes.

‒ ¿Este? ¿Ya?‒ abrí los ojos de par en par

‒ ¡Sí! La semana que viene ni hablar. Tengo mucho trabajo que hacer. ¿Puedes esta semana o estarás ocupada?

‒ No estaré ocupada durante un largo tiempo‒ controlé las ganas repentinas que me entraron de tocar su pelo y apartar el insistente mechón que caía en su cara ‒ Puedo, sí

‒ Genial. Tengo que irme. Nos vemos pasado mañana, entonces. Paso por tu casa después del trabajo y…

‒ ¡No, de ninguna manera! ¡Vamos en mi coche! Paso por la escuela para recogeros a la salida.

‒ ¿Por qué no podemos ir en mi coche?‒ preguntó irritada

‒ Porque tu coche lo que tiene de coche lo tiene de pequeño. Vamos en el mío. Hay espacio de sobra en el maletero‒señalé el gran coche color vino que estaba a mi lado.

‒ A veces se me olvida de que ya no tienes el escarabajo‒ comentó suavemente

‒ Aún lo tengo. Solo que está guardado.

Suspiramos a la vez. Fue la primera en bajar la mirada, jugueteando con los botones del abrigo. De repente me sentí bien ahí. El silencio entre nosotras ya no era tan incómodo.

‒ Bueno, cuando hables con el dueño del chalé, dime qué te ha dicho. Me tengo que ir. Voy a adelantar algo de trabajo hoy para así no dejarlo todo para los últimos días.

‒ Está bien. Hasta el viernes.

Ella se giró, pero antes de que pudiera echar a andar hacia su coche, la llamé una vez más, agarrándola a la vez de su brazo.

‒ Regina‒ parecía que ella aguantaba la respiración ‒ Espero que sepas que estoy dispuesta a hacerlo todo de nuevo, a hacer lo correcto. No es demasiado tarde, ¿o lo es?

Ella frunció el ceño y asintió. Se acercó algunos pasos y llevó la mano hacia el cuello de mi chaqueta, reajustándolo.

Más vale tarde que nunca‒ sonrió ligeramente ‒ Hasta el viernes, Swan