Happiest year (Jaymes Young)

I'm really on the ropes this time

I've been fighting all my life for you

I never should've said goodbye

Maybe that's what stupid people do

Cuz you gave me peace and I wasted it

I'm here to admit that you were my medicine

Oh I couldn't quit and I'm down on my knees again

asking for nothing

Regina

Aquella mañana apenas había llegado y ya era un caos. Henry y Hope apenas durmieron la noche pasada debido a la ansiedad por el viaje al chalé. Y cuando el despertador sonó a las siete tuve que lidiar con dos niños corriendo y gritando por toda la casa.

Las maletas ya estaban listas y las llevaría en el coche al trabajo, ya que Emma pasaría por allí a la hora de la salida a buscarnos. No sería la primera vez que mi coche se quedaba en el aparcamiento de la escuela en mi plaza reservada. Era verdad que a los de seguridad y a la señora Miller no les gustaba mucho la idea, pero siempre me hacían una excepción. Es una de las ventajas de ser una de las profesoras más respetadas de la institución. Probablemente solo por detrás de Marian.

No podría decir cómo me sentía, a fin de cuentas, ni yo lo sabía. Sí había cierto entusiasmo, pero quizás mezclado con recelo. No sabía lo que podría suceder, si Emma y yo íbamos a suavizar la situación en la que nos metimos o si solo íbamos a empeorar todo.

Conduje hasta la escuela con mis dos ansiosos hijos en el asiento trasero. Solo me preocupaba que se quedaran dormidos en clase por no haber dormido la noche anterior o acabar en el mundo de la luna. De todas formas, ya me enteraría de su rendimiento después de primera mano en la sala de profesores.

Aparqué en mi plaza de siempre entre un árbol y el coche de la vicedirectora. Una voz femenina e infelizmente familiar llamó mi atención cuando descendí de mi coche y vi a mis hijos sonreír y echar a correr hacia ella. Mi estómago se revolvió y sentí que mi sangre comenzaba a hervir.

‒ ¡TÍA GABRIELLE!‒ gritaron al mismo tiempo mientras corrían hacia la mujer rubia que estaba algo alejada, plantada al lado de un poste en un sitio más aislado del patio, como si estuviera esperando a que llegáramos.

Respiré hondo dos veces antes de acelerar el paso hacia ella, y cuando finalmente me vi a pocos centímetros de ella, empujé a mis hijos hacía mí, apartándolos de Gabrielle antes de que ellos pudieran abrazarla.

‒ Buenos días, Regina‒ dijo en un tono suavemente forzado, con una sonrisa cínica en los labios.

‒ ¿Qué estás haciendo aquí?‒ pregunté entre dientes, sin lograr disimular ni un poco el descontento por estar cara a cara con la mujer que había destruido mi familia.

‒ Ah, tenía unas cosas de Emma en mi casa‒ alzó una bolsa de papel ‒ Y como no me quiere ver ni pintada en oro, pensé que podía venir y dártela a ti para que se la dieras. Eso sin contar que me moría de ganas de ver a estas cositas...‒ intentó apretar la mejilla de Hope, pero me puse delante, impidiendo que tocara a mi hija.

‒ ¿Qué te lleva a pensar que quiero tenerte delante?‒ mi tono fue más bajo de lo que esperaba. Apreté los ojos y ella seguía sonriendo cínicamente de una manera que hacía que mi corazón acelerara de pura rabia.

‒ Regina, no sé por qué eres así conmigo. ¡Yo te adoro, a ti y a tus hijos!‒ mi garganta se secó y podía sentir el aire caliente saliendo de mi nariz como si en cualquier momento pudiera estallar de rabia. Su tono sonaba tan falso y era más que palpable que decía eso delante de los niños para ponerlos en mi contra.

‒ ¿Qué pasa? ¿Por qué estás peleando con ella, mamá?‒ Hope preguntó algo triste y yo tragué en seco, pero sin apartar los ojos de la mujer que tenía delante.

‒ Henry, mi amor, el timbre ya va a tocar. ¿Por qué no llevas a tu hermana adentro?‒ le pedí con una sonrisa y él asintió, pero parecía algo desconfiado, al igual que Hope. Los besé en sus cabezas y les di una caricia rápida ‒ Os veo más tarde.

Echaron a andar dados de la mano y yo los seguí con la mirada hasta que se juntaron a los demás niños en la puerta de la escuela, entonces me giré de nuevo hacia Gabrielle y di un paso largo hacia ella, quedando a pocos centímetros de su cara.

‒ Si vuelves a hacer eso otra vez, una sola vez, intentar hacerme pasar por la villana enfrente de mis hijos, juro por los más sagrado de este mundo que te rompo todos los dientes de la boca‒ dije en tono bajo,entre dientes, manteniendo mis ojos en los de ella.

‒ ¿Cómo te sientes ahora, Regina, sabiendo que una vez más tienes vía libre para acabar con la vida profesional de Emma?‒ provocó‒ Sabes que mientras estés cerca de ella, nunca va a crecer profesionalmente, lo sabes, ¿no? Eres un obstáculo en su vida, en la de todo el mundo. Incluso en la de tus hijos.

Aquellas últimas palabras fueron suficientes. Fue lo último que dijo antes de que mi puño cerrado alcanzara su rostro con toda la fuerza que pude reunir. Tambaleó hacia atrás, la agarré por el cuello de su abrigo antes de que incluso pudiera recuperarse del golpe y la acorralé contra el frío poste, me importó poco la fuerza con que su cabeza batió contra él.

Cuando Gabrielle finalmente consiguió alzar el rostro hacia mí, percibí que su nariz estaba sangrando, pero no sentí ningún arrepentimiento. Los nudillos de mis dedos también estaban manchados de rojo, pero no me importó, al final, ese era el menor de mis problemas en aquel momento.

‒ Sé que es difícil, poca gente lo consigue, pero intenta olvidarme‒ dije en tono suave, cerca de su cara ‒ Desaparece de mi vida. Mantente lejos de mí, de Emma, y sobre todo, de mis hijos. Si me entero de que vuelves a acercarte a ellos, haré algo peor que solo romperte la nariz‒ Gabrielle jadeaba y aunque no decía nada, sabía que por dentro estaba retorciéndose de dolor ‒ Acepta que esta vez has perdido y desaparece de mi vida.

Solté su ropa con brutalidad y ella tropezó en sus propios pies, casi cayendo al suelo. Miré alrededor para comprobar que no había nadie allí, pero ya el timbre había tocado y todo el mundo ya estaba dentro de la escuela. Ella, con la nariz chorreando sangre y la blusa manchada de rojo, me miraba con furia, pero se veía también aceptación, como si supiera que aquel juego había llegado al final y que, definitivamente, no había ganado.

Di unos pasos hacia atrás antes de sonreírle cínicamente, exactamente como ella había hecho unos minutos atrás y me giré, dándole la espalda y caminando hacia la escuela, más animada para dar mis clases esa mañana.


El timbre de salida tocó y me vi obligada a interrumpir mi explicación. Mis alumnos comenzaron, alegres, a recoger sus cosas y a echar a correr fuera del aula. Podía escuchar a la señora Miller en el pasillo gritando y ordenando que dejaran de correr y caminaran de forma civilizada.

Junté mis papeles y carpetas, metí todo en mi bolso y salí del aula, cerrando inmediatamente la puerta. Solo tendría que pasar por la sala de profesores para devolver las llaves, dejar el diario de clase en orientación y finalmente marcharme. Sonreí de lado a lado al ver a Henry y Hope ya sentados en sillas al lado de la puerta de la sala, esperándome como siempre hacían.

‒ Ya vengo, ¿ok?‒ les acaricié la cabeza, y ellos asintieron.

Saludé a todos dentro de la sala cuando entré, hice lo que tenía que hacer, me bebí rápidamente un café y salí, echado a andar hacia el aparcamiento con mis hijos a mi lado, cogidos de la mano. Algunos niños aún estaban sentados en los bancos y las escaleras, probablemente esperando a sus responsables, cosa que hacía que los de seguridad tuvieran que estar alertas, porque la última vez que dejaron a niños solos en el aparcamiento sin supervisión muchos cristales de ventanas aparecieron rotos debido a pelotazos de fútbol.

‒ ¡MAMÁ!‒ gritó Hope, feliz, al divisar a Emma de lejos, apoyada en su coche. Ella, rápidamente, soltó mi mano y corrió hacia la rubia. Henry hizo lo mismo, pero menos eufórico.

Swan vestía pantalones negros, blusa de cuello alto del mismo color, un abrigo rojo y botas de tacón. Su pelo estaba liso, brillante e impecable, como siempre. Intenté ignorar que mi corazón, de repente, comenzó a latir acelerado y continué caminando en su dirección. Ella estaba agachada abrazando y bromeando con los chicos.

‒ Hola‒ dije cuando llegué lo suficientemente cerca. Emma se levantó, tenía una pequeña sonrisa, algo tímida, en su rostro.

‒ Hola. ¿Estás lista?

‒ Sí, claro. Solo tengo que coger las maletas de mi coche. Dame un minuto.

‒ Te ayudo‒ se ofreció ‒ Eh, pimpollos, entrad y esperadnos‒ abrió la puerta de atrás y los dos entraron dando saltitos.

En silencio, fuimos caminando lado a lado hacia el otro lado del aparcamiento donde estaba mi coche. Solo eran tres bolsas, Emma cogió dos y yo una, que era la rosa y brillante de Hope.

‒ Antes de entrar en tu coche, tengo que decirte una cosa‒ le dije sin que ella se lo esperase y paramos de andar al mismo tiempo. Me miró curiosa, recelosa ‒ Gabrielle estuvo aquí esta mañana.

‒ ¿Cómo?‒ preguntó furiosa ‒ ¿Qué quería? ¿Acaso te hizo daño? Porque si ha…

‒ ¡No!‒ reí nerviosa ‒ No me hizo daño de ninguna manera. Bueno, vino para intentar salirse con la suya, y recordarme que soy un obstáculo en tu vida y provocarme, pero...No creo que vuelva a molestarnos. Ya me encargué.

‒ ¿Cómo que ya te encargaste, Regina? ¿Qué has hecho?‒ había preocupación en su pregunta, en su mirada.

‒ Espera un momento, ¿crees que yo, no sé, la he matado?‒ resoplé‒ Solo...Bueno, puede que le hayarotolanariz‒ dije bajo y rápidamente

‒ ¿Qué? ¿Que hiciste qué?‒ Emma desorbitó los ojos y soltó una breve carcajada.

‒ ¡Se metió con nuestros hijos! ¡Fue un impulso! Le di un puñetazo y le rompí su nariz de Barbie. ¿Y quieres saber? No me arrepiento‒ crucé los brazos bajo el pecho y me puse seria.

Al contrario de lo que esperaba, Emma se echó a reír. Rió de verdad, inclinando la cabeza hacia atrás y todo.

‒ También quería darme unas cosas tuyas que dejaste en su casa, era una bolsa, pero olvidé cogerla‒ dije

Emma dejó de reír, se secó las lágrimas que se acumularon en sus ojos y me lanzó una mirada más amena.

‒ Está bien. Fuera lo que fuera, ya no lo necesito‒ sacudió los hombros y respiró hondo ‒ ¿Vamos?‒señaló el coche con la cabeza y yo asentí.

Las dos horas de viaje se resumieron en escuchar a Henry y Hope cantando sin parar y a Emma discutiendo con la mujer del GPS. Y a veces yo peleaba con Emma por estar corriendo demasiado. Teníamos que ascender una sierra peligrosa que pedía toda la calma y lentitud del mundo, cosa que Swan no lograba tener al volante. Pero dejando de lado todo el canto exagerado-pero armonioso- el viaje entero fue tranquilo. Me sentía bien. Incluso después de más de un año sin hacer nada parecido, no fue incómodo. Ver a los chicos felices, verdaderamente felices, me ponía de buen humor y me motivaba, como si fuera capaz de olvidar todos los problemas a mi alrededor.

Después de contar innumerables árboles, coches rojos, animales por el camino, finalmente encontramos el chalé que habíamos alquilado para aquel fin de semana. Estaba en medio de la nada, rodeado de bosque. Había una pequeña zona de juegos con columpios y toboganes. Parecía mayor en los folletos, pero no era tampoco pequeño.

Emma había quedado con el dueño el día anterior para coger las llaves, así que en cuanto salimos del coche, sacó del bolsillo del abrigo la llave dorada y abrió la puerta.

El interior era acogedor. Había una gran sala con una chimenea, una televisión antigua y pequeña y varios sofás alrededor. Una alfombra redonda y también muy fea. La cocina era pequeña, pero bien decorada y toda la iluminación era amarilla. Nunca fui muy fan de las mesas redondas, pero el comedor, de madera rústica, era bonito. Las flores amarillas artificiales sobre ella hacían que todo pareciera mejor.

‒ Está muy bien‒ comentó Emma al dejar los bolsos que llevaba en el suelo. Yo hice lo mismo, dejándolo todo en una esquina del hall de la entrada.

‒ Sí, lo está

Henry y Hope se quitaron los zapatos y echaron a correr hacia dentro, tirándose en los sofás y riendo sin parar.

‒ ¿Qué podemos hacer primero?‒ preguntó Henry, llamando nuestra atención ‒ ¡Traje varias películas guays! Y juegos también. ¡El monopoly!

‒ ¿Por qué no nos instalamos primero en las habitaciones, nos ponemos ropa cómoda y después jugamos y vemos pelis?‒ sugerí y él concordó ‒¡Bien, todo el mundo para arriba! ¡Cada uno carga su bolsa!

La escalera de madera hacía ruido según íbamos subiendo, parecía que en cualquier momento podría romperse, pero no nos importó mucho eso. En la planta de arriba solo había dos cuartos, uno era una habitación de matrimonio y el otro con dos camas individuales.

‒ Hum, bueno...‒ dije mientras miraba los dos cuartos con la puerta abierta ‒ ¿Creo que tú y yo podemos quedarnos en este, no?‒ pregunté a Emma, señalando la habitación con las dos camas individuales‒ Los niños pueden dormir en la cama de matrimonio.

‒ ¡Pero mamá, esta tiene vista al lago!‒ Hope refunfuñó entrando en el cuarto ‒ Hay patitos. Querría tanto quedarme en este‒ puso morritos y yo retorcí la boca.

‒ Regina...‒ Emma dijo y yo la miré, rendida ‒ Deja que ellos duerman en esa. Nosotras podemos dormir en la doble, no hay ningún problema. No es que nunca hayamos compartido una cama.

‒ Hace más de un año que ya no compartimos‒ respondí rápidamente y ella aguantó la respiración. Sacudí la cabeza y suspiré ‒ Está bien. Dormimos en la doble‒ desvié la mirada hacia abajo, pero pude sentir su sonrisita sobre mí.

Después de dejar las maletas en los cuartos y ponernos ropa cómoda y de abrigo, bajamos a la sala de estar, montamos el tablero del monopoly en el centro de la fea alfombra, y nos sentamos alrededor de él. Jugamos un montón de partidas hasta cansarnos y nos dimos cuenta de que el sol ya se estaba poniendo, dándole al cielo ese bonito tono anaranjado tan característico. Al final, Emma fue la vencedora con más propiedades y dinero acumulado. Yo, como de costumbre, me arruiné.

Pusimos uno de los DVDs que Henry había alquilado y nos sentamos a verla. Era una comedia infantil, dibujos animados que para mí no tenían la menor gracia, pero los otros tres no dejaban de reírse hasta casi dolerles la barriga. Henry y Hope estaban sentados en el suelo comiendo palomitas y Emma y yo, en el sofá, cada una en una esquina. De vez en cuando yo la espiaba por el rabillo del ojo, encontrando graciosa la manera en que se reía con el film infantil, y esos fueron los únicos momentos en que esbocé una sonrisa durante la sesión de cine.

Emma les preparó a Henry y Hope unos macarrones instantáneos. Yo me ofrecí a cocinar algo para que no tuvieran que comer esa porquería, pero dijeron que tenían mucho sueño como para esperar. "Cenaron" cuando ya eran las nueve pasadas y entonces subieron a dormir.

‒ Yo subo a arroparos‒ dije levantándome del sofá ‒ Denle las buenas noches a Emma

La rubia abrió los brazos y los dos se anidaron en ellos. Sonreír fue inevitable.

Subí tras ellos las escaleras, y en cuanto entraron en el cuarto, se metieron en las camas. Me senté en el borde de la cama de Hope, la tapé con la manta y le di un beso en la frente, y después hice lo mismo con Henry.

‒ Mamá‒ él me llamó cuando me levanté ‒ ¿Qué pasó entre la tía Gabrielle y tú?

Odiaba estar en aquella posición. Odiaba el hecho de que hubiera entrado tanto en la vida de mis hijos hasta el punto de conquistarlos y tener que pasar por esto cuando la villana de toda la historia era ella.

Hope me miraba ansiosa, también esperando mi respuesta.

‒ Es...Complicado‒ respondí algo cabizbaja mientras me sentaba en su cama. Alternaba mi mirada entre los dos ‒ Ella no es tan buena como pensáis, pero ahora no se preocupen de eso, ¿está bien? Es cosa de adultos‒ apreté ligeramente su mejilla y él sonrió ‒ Os quiero mucho. Lo sabéis, ¿no?‒ los dos asintieron y suspiré aliviada ‒ Menos mal

Un carraspeo proveniente de la puerta llamó mi atención, y cuando miré hacia, Emma estaba allí, apoyada en el marcó de brazos cruzados, mirándonos.

‒ Buenas noches‒ le dije una vez más, dándoles a cada uno un beso.

Fui hasta la puerta, me puse al lado de Emma, y antes de apagar la luz, los dos dijeron a la vez.

‒ Buenas noches, mamás

Sonreímos ampliamente, apagamos las luces y cerramos la puerta.

‒ ¿Y tú? ¿También te vas a dormir?‒ pregunté a Emma

‒ No, tengo algo de hambre...― refunfuñó poniendo la mano sobre la barriga.

Reviré los ojos y resoplé.

‒ Voy a preparar algo para comer

‒ ¿De verdad?‒ sus ojos brillaban

‒ No me lo preguntes mucho más, o cambio de idea. ¡Venga, bajemos!

En la cocina poco iluminada, cogí los ingredientes suficientes para preparar una tortilla de queso y bacón. No era mi favorita, ni de lejos, pero además de ser la más fácil de hacer, era la favorita de Emma.

‒ ¿Quieres vino?‒ me preguntó cuando empecé a cocinar

‒ No traje vino. Solo refresco y juego para los chicos‒ respondí sin mirarla. Estaba concentrada en lo que hacía.

‒ Yo traje. Pensé que ibas a querer.

Y creyó bien, pensé

Emma volvió de no sé dónde con una botella de uno de mis vinos favoritos. Abrió los armarios de encima del fregadero, probablemente buscando unas copas, pero no las encontró.

‒ Creo que vamos a tener que beber en vasos de yogurt‒ rió ‒ ¿Te molesta?

‒ Claro‒ dije como si fuera obvio ‒ Pero qué se le va a hacer.

Pude ver cómo reviraba los ojos y reía al mismo tiempo mientras servía los vasos y me pasaba uno.

Emma se sentó en la encimera y se quedó en silencio viéndome preparar la tortilla. Sus miradas me dejaban algo intimidada, pero no era necesariamente un sentimiento malo, solo que me había desacostumbrado a ser observada por ella.

Apagué el fuego cuando estuvo lista y la pasé al plato, parecía una obra de arte. Grande, redonda y amarilla con pequeñas partes rojas. Perfecta.

‒ ¡Quita la mano!‒ exclamé golpeando su mano cuando fue a robar un trozo de bacón ‒ Voy a cortarla por el medio y entonces podrás hacer lo que quieras. De momento, no.

‒ Vale‒ respondió enfurruñada.

‒ Listo. Ahora puedes comer‒ dije mientras terminaba de cortar la tortilla, dejando una mitad mayor para ella, incluso sabiendo que pediría un trozo de mi parte cuando acabara la de ella. Me senté a su lado y di un sorbo al vino, sintiendo el líquido descender quemando mi garganta, como si me revitalizase ‒ Emma...‒ dudé antes de hablar, perdiéndome en sus ojos que se alzaron hacia mí. Mi corazón se descompensó y sentí que mi respiración fallaba ‒ Discúlpame‒ dije tan bajo que apenas pude escucharme, pero ella ciertamente lo hizo, porque me miró sorprendida.

‒ ¿Por qué, exactamente?‒ preguntó después de beber de su vino

‒ Por la falta de comunicación‒ confesé. Finalmente confesaba ‒ Sé que no has sido la única culpable de esta historia. Yo también tengo mi parte de culpa.

Ella suspiró como si se sintiera aliviada y sonrió ligeramente. Removió el tenedor en la comida unos segundos, mirando fijamente al plato, dejándome aún más afligida.

‒ Gracias‒ dijo tras unos segundos, volviendo a mirarme ‒ Por reconocerlo.

No dije nada más, solo sonreí agradecida. Seguimos comiendo en silencio, y como ya esperaba, terminó primero que yo y encima me preguntó si me iba a comer el trozo que quedaba en mi plato. No, no me lo comería, así que lo hizo ella.

Llevamos la botella de vino y los vasos de yogurt a la sala de estar y nos sentamos frente a la chimenea encendida. Hacía más frío de lo normal afuera, a veces olvidaba que estábamos en lo alto de una montaña. Los cristales de las ventanas estaban ahumados.

‒ ¿Recuerdas nuestro primer beso?‒ preguntó Emma de sopetón mientras me servía más vino. Una sonrisa quería brotar en sus labios.

‒ Depende, ¿cuál consideras que fue nuestro primer beso? ¿En el asiento de atrás del coche después del bar o en la salita del piano que duró tres segundos?‒ pregunté a mi vez.

‒ El de la salita del piano, claro. Fue lo más inesperado del mundo. Estábamos allí, tú estabas bebiendo vino y de la nada...Me besaste. Yo había llegado a Londres hacía pocos días y ya estabas loquita por mí.

‒ ¡Deja de ser tan engreída, Emma!

‒ ¿Acaso estoy mintiendo?‒ arqueó una ceja y no pudo retener la risa

‒ No‒ respondí en voz baja, desviando la mirada ‒ ¿Y el día que saliste con tus amigos y volviste a casa borracha? Tuve que curarte una herida en la rodilla.

‒ Sí, lo recuerdo muy bien‒ rió avergonzada por probablemente acordarse de los momentos en que estando alcoholizada se había lanzado sobre mí ‒ Cuidaste de mí.

‒ Como siempre

‒ Sí

Respiramos hondo y en sincronía, sonriéndome débilmente.

En aquel momento quise saber lo que ella pensaba, pues parecía distante como si estuviera perdida en sus propios pensamientos, y de cuando en cuando sonreía a la nada. Sentí, repentinamente, añoranza de más momentos así en que las dos sencillamente nos sentábamos y charlábamos. En verdad, echaba de menos sentir algo. Tener a alguien con quien dormir y despertar todos los días, a alguien con quien poder compartir buenos momentos. Pero no era cualquiera. Era la rubia tonta que tenía al lado. Una vez ella, siempre ella.

‒ Me está entrando sueño‒ dije, rompiendo el silencio

‒ Ven‒ Emma se levantó, estiró la mano. Yo me levanté, y quedé frente a ella ‒ Vamos a subir. Hoy te despertaste temprano, necesitas descansar

‒ Sí‒ me estiré ‒ Vamos, sí. Solo voy a tomar un baño antes de saltar a la cama.

Noté que me miraba intensamente, y se centraba solo en mis ojos. Su pecho subía y bajaba debido a su respiración que, sin motivo alguno, estaba entrecortada. De verdad quería tener fuerzas para darme la vuelta y subir las escaleras, pero era como si mis pies estuvieran pegados al suelo y nuestras miradas clavadas como imanes. No decíamos palabra alguna, el único ruido era el de la leña consumiéndose en medio de las llamas.

Con la boca entreabierta, Emma se acercó sutilmente y yo no pude evitar dejar caer mi mirada ahí, entregándome completamente a lo que intentaba, por orgullo, evitar. Su rostro a milímetros del mío hacía que pudiera percibir el fuerte olor a alcohol que provenía de su boca y ella seguramente percibiría lo mismo.

Automáticamente cerré mis ojos cuando su mano tocó el lateral de mi rostro. Ella respiró hondo, acercándose aún más y pasando ligeramente los labios sobre los míos. Podía escuchar mi corazón latir, mis piernas temblaban y mi cuerpo entero estaba caliente y como un flan.

Y entonces un trac proveniente de la cocina nos asustó y nos separamos bruscamente. Era la nevera con sus ruidos de media noche.

Me apoyé en la pared más cercana con la intención de recuperar el aliento y entender lo que casi había hecho. No quería mirar a Emma. Quería evitar más incomodidad.

‒ Regina...‒ dijo intentando acercarse a mí, pero yo la interrumpí

‒ Voy a tomar un baño‒ dije y rápidamente salí de allí, subiendo las escaleras y entrando directamente en el baño de la habitación.

Abrí la ducha en la temperatura más caliente que pude hasta ver cómo toda la estancia se cubría de humo y el espejo quedaba completamente empañado. Allí dentro, en cuanto el agua caía por mi espalda, me sentí una tonta por estar pasando por todo aquello. A los 40 años. El deseo, la añoranza enfrentándose al miedo, la inseguridad y el orgullo. Me quedé allí dentro varios minutos.

Cerré el agua, salí del box y me puse el albornoz negro que había traído con mis cosas. Me puse delante del espejo y pasé la mano abierta por su superficie, desempañando una pequeña parte para poder ver mi propio reflejo, pero puse los ojos en blanco al no gustarme lo que vi. Me cepillé los dientes al mismo tiempo en que intentaba apartar esos pensamientos obsesivos de mi cabeza.

Abrí la puerta y noté el choque térmico al salir del baño completamente caliente y lleno de vaho para el cuarto helado. Emma estaba de pie, al lado de la cama, arreglando las sábanas. Las puntas de su cabello estaban mojadas y llevaba puesto el pijama, lo que me hizo pensar que se había duchado en el baño de abajo.

‒ Mira...Si quieres que duerma en el sofá, yo duermo‒ dijo ella al notar que yo estaba mirando la cama con cierta incomodidad. No era porque me fuera a costar de nuevo a su lado, pero aún era extraño.

‒ No, no vas a hacer eso. Aquel sofá es incómodo y tu columna siempre ha tenido problemas ‒ dije sin pensar y ella sonrió ‒ Dormirás aquí

‒ ¿Estás segura?

‒ No es que nunca hayamos compartido antes una cama…

Me eché sobre la cama y ella me acompañó. Era pequeña, incluso menor que la de mi apartamento, así que ni esforzándonos todo lo posible podríamos estar un poco apartadas la una de la otra.

Solo las luces de las lámparas de las pequeñas mesillas de noche estaban encendidas.

‒ Está guay que estemos haciendo esto por los niños‒ Emma comentó después de unos minutos en silencio

‒ Sí, sí lo es. Están muy felices.

‒ Podemos hacer esto más veces, ¿no? En el verano, quién sabe. Podemos llevarlos a Disney‒ se recostó de lado mientras lo decía

‒ El verano aún está lejos. Ya tendremos tiempo de pensar en ello‒ también me giré, y nuestros rostros quedaron una vez más a centímetros de distancia.

Su mirada vagaba entre mis ojos y mi boca de una manera nada discreta, y yo no quería rendirme. Ignoré a mi corazón que inmediatamente se aceleró, mi cuerpo estremecido y me puse boca arriba otra vez, mirando fijamente al techo de madera.

Ella soltó una risita.

‒ Duérmete, Emma. Buenas noches.

‒ Buenas noches, Regina‒ sin esperarlo, se acercó y me dio un ligero beso en la mejilla, provocando que un frío me subiera por la barriga y un estremecimiento me recorriera la columna ‒ Que duermas bien

So wake me up when they build that time machine

I want to go back

Wake me up when you were sleeping next to me

Cuz I really loeved you

Thank you for the happiest years of my life.