Love me or leave me- Little Mix

"cause I could still be the only you need, the only one close enough to feel you breathe, I could still be that place where you run instead of the one that you're running from"

Aquella cama no era tan cómoda como en la que yo estaba acostumbrada a dormir todos los días desde hacía un buen tiempo. Algo en aquel colchón no me agradaba, creo que, quizás, fuera el hecho de ser demasiado blando, pero tampoco era algo que me fuera a molestar mucho. Solo una noche más.

El cuarto estaba bastante oscuro. Lo único que conseguía vislumbrar era el reloj en la pequeña cómoda al lado de la marca que marcaba las ocho y media de la mañana. Al menos las cortinas eran realmente buenas. Según mis ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, pude ver con algo más de claridad algunas partes de la habitación, incluido el espacio vacío a mi lado en la cama. Emma ya estaba ahí y me extrañó, a fin de cuentas, nunca había sido de despertarse primero.

Me levanté aún somnolienta y abracé mi propio cuerpo cuando pisé la madera helada del suelo, sintiendo aquel frío intenso y repentino recorriéndome de arriba a abajo. Aún llevaba puesto el albornoz de la noche anterior, así que rápidamente me lo quité para ponerme ropa cálida y cómoda para estar dentro de casa. Me acerqué a la gran y rústica ventana del cuarto y descorrí las cortinas, dejando que la débil claridad entrara. Me quedé admirando, por unos instantes, el paisaje de las montañas a lo lejos, algunas estaban bien cubiertas de nieve. El cielo estaba nublado y el bosque, cubierto por una capa espesa y blanca conocida como neblina. Al pasar la cabeza por la puerta del cuarto de los niños y ver sus camas vacías y sin hacer, me di cuenta de que los dos, obviamente, ya habían despertado. Entré en el cuarto, arreglé las camas rápidamente y bajé la escaleras mientras escuchaba ya el jaleo.

Emma estaba en la cocina y el olor a café recién hecho era intenso. La chimenea estaba encendida y mis hijos se entretenían frente al fuego. Hope, como siempre, pintaba en alguna hoja y Henry, a quien se le prohibió traer videojuegos, tiraba dardos en una diana que había en la pared.

‒ Buenos días‒ dije cuando me acerqué a Emma. Ella aún no había notado mi presencia y dio un pequeño salto de susto cuando escuchó mi voz. Se giró hacia mí ya con una amplia sonrisa en el rostro. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo y aún llevaba puesto el pijama de la noche anterior ‒ Disculpa, te asusté

‒ No, está bien. Buenos días‒ dijo suavemente y disminuyó la sonrisa, mirándome a los ojos ‒ Te he hecho café

Ni Dios es capaz de entender lo mucho que había echado de menos eso, pensé

‒ Amo tu café‒ comenté casi en éxtasis y ella rió por la bajo.

‒ Lo sé‒ dijo mientras me servía una taza de ese líquido negro y caliente. Respiraba ese humo caliente aprovechando para calentar mi nariz roja y helada ‒ ¡Henry, Hope! Miren quién despertó finalmente.

Los dos pares de ojos de la sala de estar se posaron en mí y yo sonreí. Los dos vinieron hasta mí a paso acelerado y me dieron un fuerte y caluroso abrazo de buenos días, pero no se demoraron mucho porque ciertamente estaban más interesados en lo que estaban haciendo antes.

‒ ¿Por qué te has despertado temprano? Normalmente eres tú la que te despiertas después de las diez‒ pregunté después de dar un sorbo al café. Emma se sentó a mi lado en la mesa y colocó un plato con tostadas entre las dos.

‒ Henry y Hope me despertaron, en realidad‒ fruncí el ceño cuando habló ‒ Yo...Dormí aquí en la sala

‒ ¿Y por qué?‒ sinceramente no podía pensar en una respuesta válida para aquello, incluso con todo lo que había pasado entre nosotras.

‒ Creí que estabas muy incómoda conmigo en la cama‒ dijo en un tono bajo mientras partía la punta de la tostada que tenía en las manos ‒ Y antes de que digas que no lo estabas, bueno, me quedé despierta después de que tú te durmieras. Estabas como un mueble, quieta, como si tuvieras miedo de tocarme sin querer, así que...‒ tragó en seco. No era mentira. Aquella situación realmente fue un poco embarazosa después de tanto tiempo sin vivirla ‒ Únicamente no quería que durmieras mal por mi culpa.

Solté la respiración, que ni cuenta me di que estaba reteniendo, y tuve que contener una sonrisita pegada a la taza de café.

‒ Pero debes haber dormido mal. ¿No te duele la espalda?‒ pregunté

‒ Un poco‒ sonrió como si no fuera nada ‒ Pero está todo bien

‒ No era necesario que lo hicieras.

‒ Tú habrías hecho lo mismo si hubieras sentido que yo estaba incómoda.

‒ Sí, lo habría hecho.

‒ Lo sé.

Sonreímos juntas y desviamos la mirada al mismo tiempo, ella hacía su tostada y juego, y yo hacia mi tostada y café.

Terminamos el desayuno en silencio. Me gustaría decir que en absoluto silencio, pero el ruido del viento y el de los dos niños en la sala de al lado lo impedían. Emma se ofreció a lavar la poca loza del desayuno y mientras lo hacía, yo jugaba a los dardos con Henry. Él era mucho mejor que yo, siempre daba en la diana, mientras yo siempre daba en el cuadro que había colgado al lado del juego.

La mañana pasó en armonía y calma. Dedicamos aquellas pocas horas a los niños y ver el brillo en sus miradas me hacía tener la certidumbre de que todo aquello estaba valiendo la pena, desde la terapia hasta el momento que nos ha traído al chalé. Conforme pasaban las horas, el clima mejoró, aún estaba nublado y oscuro, pero no ya no había tanto niebla alrededor de la casa. Era algo más de mediodía cuando Henry y Hope se cansaron de jugar con lo que había en la casa y Hope, con sus grande ojos de cachorrito, nos preguntó a Emma y a mí

‒ ¿Podemos jugar afuera en los columpios?‒ señaló hacia la ventana que daba una visión perfecta de la pequeña zona de juegos en el jardín del chalé.

Emma y yo nos miramos y supe inmediatamente que sus hombros encogidos y cejas alzadas eran una forma de decir "Ah, deja que se diviertan"

‒ Podéis ir, pero abrigaros un poco más y quedaos donde podamos veros‒ alerté, apuntando con un dedo.

Los dos corrieron hacia el piso de arriba y volvieron en pocos minutos abrigados de los pies a la cabeza, y pude entonces dar el beneplácito para la diversión. Enseguida, desde la sala de estar, pude ver a Henry y Hope jugando en el pequeño parque.

Una película cualquiera estaba pasando en la pequeña televisión que teníamos delante y yo le estaba prestando atención, pero sentía que, a mi lado, Emma me miraba a mí. Podía notar su mirada, discretamente, sobre mi rostro, mientras yo intentaba seguir prestando atención a la película. En mi interior, mi corazón encogido y ligeramente acelerado intentaba darme señales de que aquello me estaba afectando de cierta manera, pero lo ignoraba completamente e intentaba centrarme en la televisión o en los niños jugando fuera del chalé.

‒ ¿Qué vamos a almorzar?‒ pregunté, rompiendo el clima algo tenso que se había instalado.

‒ Ah...No sé, podemos improvisar algo. ¿Alguna pizzería entregará aquí en lo alto de las montañas?‒ dijo en tono bromista‒ Pero para el postre sé perfectamente qué hacer, incluso podemos hacerlo ahora.

Le lancé una mirada entrecerrada acompañada del ceño fruncido. Había tantos sentidos para lo que acaba de decir que intentaba discernir qué sentido era el que ella quería que yo entendiera.

‒ Hay manzanas en la nevera...‒ continuó y yo suspiré en tono alto

‒ Claro, debí imaginarlo‒ reviré los ojos

‒ ¿Por qué? ¿Pensaste que podía ser otro postre?‒ arqueó una ceja y cruzó los brazos. Nuestras miradas ahora estaban fijas una en la otra, y mi garganta seca por los nervios repentinos ‒ ¿Quieres que sea otro? ¿Acaso alguno en especial?

Mi única reacción fue coger el primer cojín que vi y tirarlo hacia su rostro, escuchando segundos después su estruendosa carcajada.

‒ Eres de lo que no hay‒ dije intentando aguantar la risa y ella se encogió de hombros como si ya estuviera acostumbrada.

Emma se levantó del sofá y me extendió la mano que dudé un poco en agarrar, y cuando nos tocamos sentí adrenalina corriendo por mis venas.

‒ Te ayudo a hacer la tarta‒ dijo en tono suave al tirar de mí y levantarme del sofá, quedando las dos a pocos centímetros ‒ ¿O no me quieres tener cerca?

‒ ¿Acaso tengo elección?‒ resoplé y me sentí más irritada aún cuando ella se echó a reír de mi frustración ‒ Venga, vamos

Coloqué todos los ingredientes necesarios sobre la pequeña encimera de mármol. Y como siempre hacía, fue dividiendo los pasos a seguir: ella se quedaba con las etapas más fáciles, así que mientras yo preparaba la masa, Emma pelaba y cortaba las manzanas, siempre procurando hacer láminas finas porque yo le tenía pavor a las gruesas. No quedaban bien en la tarta. Obviamente ella terminó de pelar y cortar antes que yo y se quedó mirando cómo preparaba la masa, queriendo, en ciertos instantes, meterse en lo que yo hacía, y riendo cada vez que dejaba claro que estaba irritada con sus intromisiones.

‒ No veo la hora de comerla‒ farfulló mientras yo forraba el molde con la masa ‒ Hace tanto tiempo que no la como.

‒ No soy la única persona del mundo que sabe hacer tarta de manzana. Podrías perfectamente comprarla o pedir que otra persona la hiciera.

‒ ¡Pero nadie la hace tan bien como tú! La tuya es única‒ argumentó ‒ ¿Y si comemos la tarta como almuerzo?

‒ ¿Almorzar tarta? Solo puedes estar loca, Emma‒ pude escuchar cómo gimoteaba ‒ Vamos a comer...Mac and Chesse. Y después comemos la tarta.

Ella no dijo nada más, solo se encogió de hombros y aceptó callada. Coloqué la tarta en el horno y preparé el almuerzo rápidamente durante ese tiempo. Los niños ya habían vuelto a entrar y veían la misma película de animación de la noche anterior en la tele, riendo como si fuera la primera vez que la veían. Veinticinco minutos después, saqué la tarta del horno e hice el proceso final, echar la crema sobre la masa, la decoración, dorar las manzanas de arriba y sabiendo que a Emma le iba a gustar, espolvoreé un poco de canela por encima. Dejé la tarta caliente encima de la encimera para que enfriara y serví el almuerzo en la mesa redonda y ridículamente pequeña.

‒ ¡A comer! ‒ llamé

Los tres vinieron dando saltitos y nos sentamos alrededor de la mesa. Henry y Hope estaban radiantes y también parecían hambrientos, porque sus ojos brillaron al ver macarrones. Era un plato sencillo, pero también uno de sus favoritos. Nos servimos por turnos y almorzamos escuchando a Hope hablar sin parar, uniendo un tema con otro. Yo fingía que entendía cada cosa que ella decía.

‒ ¡Qué pena que mañana tengamos que irnos!‒ se lamentó Henry mientras se llevaba el tenedor a la boca ‒ Me ha gustado mucho esto

‒ Sí, esto está guay. Pero podemos ir a otros lugares tan guays como este‒ dijo Emma y yo sonreí débilmente a los dos pequeños que teníamos delante.

‒ ¿Los cuatro?‒ preguntó Hope

‒ Sí, los cuatro‒ afirmó Swan acariciando el cabello de nuestra hija.

‒ ¿Entonces vosotras ya estáis bien?‒ ¡qué niña más habladora!, pensé cuando Hope volvió a preguntar.

Emma y yo nos miramos al mismo tiempo, buscando en los ojos una de la otra una respuesta para aquella pregunta. Ella se había disculpado, yo me había disculpado. Todo debería estar bien, maravillosamente bien, pero aún era reciente y extraño. Puede que hubiera olvidado dónde estaba, quién era o qué ocurría cuando la mirada de Emma se dulcificara posada en mí y sonriera ligeramente. De repente, fue como si todo a nuestro alrededor hubiera desaparecido y allí estaban una vez más esos ojos irritantemente hermosos frente a mí.

‒ ¿Estamos...Bien, no?‒ preguntó bajo, alternando su mirada entre mis dos ojos. Desperté del pequeño trance cuando escuché su voz y suspiré en tono alto.

‒ Sí, creo que sí‒ respondí con voz trémula.

Ella me sonrió, yo le sonreí, y nos quedamos así algunos segundos. Ya estaba yo en trance de nuevo, envuelta en aquel momento que habíamos creado cargado de intenciones. Un silencio ensordecedor se había instalado y ni parecía que había dos niños en la misma estancia. Su mirada fue cayendo, y por más que me di cuenta de que ella intentaba luchar contra ello, no lo consiguió, y miró mis labios con la boca entreabierta.

Una risita nerviosa nos hizo parpadear fuerte y despertar. Al otro lado de la mesa, Henry y Hope nos miraban con los ojos como platos y sus mejillas algo sonrojadas. Cuando se dieron cuenta de que podrían haber interrumpido algo, rápidamente volvieron a centrar su atención en sus platos y cubiertos como si no estuvieran muriéndose por echarse a reír y probablemente celebrar. Pero ahora quien se encontraba con las mejillas rojas de vergüenza era yo, y me odiaba por haber sentido todo eso, aunque por dentro, extrañamente, me dejaba más ligera.

Fingimos que nada había sucedido y al final de la comida, después de comernos la famosa y deseada tarta de manzanas, Emma se ofreció a lavar todo y yo ni dudé en aceptar. La regla estaba clara, quien cocina, no lava.

La tarde fue pasando lentamente. Yo estaba echada en la cama del cuarto hojeando un libro de suspense que llevaba un mes para acabar de leerlo. Estar un tiempo en ese sitio era agradable, pero mi estómago siempre se revolvía solo de pensar en la cantidad de emails que se estarían acumulando en mi bandeja de entrada. La cantidad de trabajo que tendría la próxima semana…

‒ Los niños están comiendo palomitas y viendo la continuación de la peli de anoche‒ dijo Emma apareciendo en el cuarto. Se dirigió a las maletas y sacó algo que cabía en su mano con el puño cerrado ‒ ¿Recuerdas esto?‒ se sentó a mi lado y abrió la mano, dejando ver el familiar collar plateado con el colgante de pájaro.

Sonreí sin pensar, involuntariamente.

‒ Te di ese collar cuando tu madre descubrió lo nuestro y tuve que mudarme‒ reí débilmente y ella asintió ‒ Ni sabía que aún lo guardabas. Hace nueve años que te lo regalé.

‒ Suelo llevarlo conmigo arriba y abajo. Siempre me lo pongo en las entrevistas‒ dijo jugueteando con la cadena.

Puede que haya dejado ver lo feliz que me había hecho esa confesión.

Emma se puso la cadena al cuello y nos quedamos durante unos instantes en silencio. Todavía se podía escuchar el ruido de la televisión en el piso de abajo y el de las hojas de los árboles balanceándose a causa del viento.

‒ Yo voy a bajar y comer más tarta. ¿Quieres?‒ me preguntó recorriendo mi cuerpo con su intensa mirada, deteniéndose suavemente en mi rostro.

Quedé paralizada, mi visión se nubló. Odiaba cómo me quitaba el aliento cuando menos me lo esperaba, de las maneras más inusitadas.

‒ N...No‒ sacudí la cabeza de un lado a otro y levanté el libro ‒ Me quedo aquí leyendo.

‒ Está bien.

Pero se quedó aún ahí, cosa de segundos, completamente callada. Era como si no quisiera que el mínimo asunto muriera y esperara que yo sacara otro tema para quedarnos ahí conversando y provocándonos, pero yo estaba muy nerviosa para eso. Me sentía igual de nerviosa que casi una década atrás. Emma salió del cuarto cuando se dio cuenta de que yo no diría nada más, y me vi una vez más sola, motivada para hojear el resto de páginas del libro que me venía atormentado hacía semanas.

Acabé perdiendo totalmente la noción del tiempo y me di cuenta de que ya pasaban de las nueve cuando el despertador sonó. Era la hora de mi medicación diaria. Di un pequeño salto de la cama, cerré el libro de cualquier manera y busqué mi móvil en medio de las sábanas para parar el toque estridente de la alarma del despertador. Aproveché el vaso de agua que había encima de la pequeña cómoda al lado de la cama y me tomé la pastilla de un tirón, sin ninguna dificultad.

Hacía más frío que unas horas antes y me vi obligada a ponerme calcetines, aunque odiara la sensación de tener los dedos presos en una especie de preservativo para los pies. Pero o era eso, o se me congelarían. Bajé las escaleras del chalé y me encontré a Emma y a nuestros hijos en la cocina comiendo las sobras del almuerzo.

‒ ¡Mamá!‒ Henry y Hope dijeron al mismo tiempo

Estaban sentados a la mesa y me junté a ellos con una sonrisa pequeña y sincera.

‒ ¿Estabas durmiendo?‒ preguntó Henry

‒ No, solo estaba leyendo. Perdí la noción del tiempo, lo siento. Sé que tendríamos que pasar este tiempo todos juntos‒ me disculpé sinceramente.

Vi a Emma robar una porción del plato de Hope sin que esta se diera cuenta y me reí bajito.

‒ No hay problema. Ayer fue todo muy divertido y hoy también‒ comentó mi hija con una sonrisita ‒ ¡Ah! ¡He pintado una cosa para ti!

Hope salió corriendo de la cocina hacia la sala de estar en donde revolvió entre sus materiales de dibujo, y volvió a paso acelerado en pocos segundos llevando en las manos un pequeño lienzo rectangular.

‒ Es para las dos‒ ella parecía nerviosa ante nuestra posible reacción. Agarraba el lienzo contra el pecho con el dibujo virado hacia ella, escondiéndolo de nosotras. Emma y yo nos miramos rápidamente y volvimos a mirar a Hope, que sonría ansiosa.

‒ Deja que lo veamos‒ pidió Emma delicadamente

Hope, entonces, gritó el pequeño lienzo y nos lo dio, dejando ver uno de los dibujos más bellos que había hecho en su corta vida. Noté que mi corazón comenzara a latir de forma desacompasada y no pude evitar el sonoro suspiro que me salió. A mi lado, Emma parecía actuar de la misma forma, al menos era lo que su lenguaje corporal manifestaba. En colores vivos, Hope había pintado el momento que había presenciado con anterioridad: Emma y yo, para nada discretas, mirándonos y la tarta de manzana encima de la mesa entre las dos.

‒ Mi amor...Es tan bonito‒ dijo Emma con sus ojos empañados y la voz algo trémula. Hope sonrió orgullosa ‒ Está lindo, lindo...‒ ella pasaba la punta de los dedos por la pintura ‒ Tienes un gran talento, Hope...‒ Emma estaba encantada, y no era la única. Yo aún estaba mirando como boba el dibujo, sintiendo cómo todo mi ser se llenaba de un poco más de amor.

‒ ¿Y a ti, mamá? ¿Te gusta?‒ preguntó Hope cuando notó que yo aún no había dicho nada.

Sonreí al mismo tiempo en que intenté esconder que mis ojos no ardían con unas ganas enormes de llorar. Sí, de emoción. Las madres orgullosas somos así, ¿no?

‒ Quedó perfecto. ¡Perfecto! Me ha encantado, hija, de verdad‒ dije sinceramente y ella me agradeció con una sonrisa.

‒ Podemos enmarcarlo y colgarlo en la pared de casa. De nuestra casa‒ sugirió Hope y mi corazón se encogió un poco.

‒ Claro, claro que podemos‒ dijo Swan rápidamente intentando escapar de aquel tema ‒ Y otra vez, cariño, quedó hermoso. ¡Eres una artista, pequeña!‒ rió ‒ Pero ahora creo que ya es hora de que os vayáis a dormir, ¿no?

Los dos resoplaron en sincronía y reviraron los ojos.

‒ ¡A lavarse los dientes y a la cama! ¡Ya!‒exclamé yo y ellos, aunque a regañadientes, obedecieron.

Me quedé sola con Emma por enésima vez en aquel día y aún no me había acostumbrado. Nos quedamos admirando la pintura, cada pequeño detalle y cómo en el lienzo se veía la forma en que nuestros hijos nos veían: bien.

‒ ¿Vas a comer algo? Sobró Mac y que…

‒ No‒ interrumpí‒ Estoy bien. Creo que voy a acostarme

‒ Ah. Está bien‒ sonrió débilmente y miró alrededor ‒ Entonces, yo también haré lo mismo

‒ Sí, arriba, en la cama

‒ Regina…

‒ ¡Nada de Regina, Emma, sin peros! No puedes estar así. No voy a dejar que duermas en el sofá‒ dije firmemente y ella alzó la manos como si estuvieran rindiéndose.

‒ Tú eres la que insiste. Solo espero que mañana no despiertes de mal humor por haber dormido mal.

‒ ¡No voy a dormir mal!‒ quizás, solo quizás, fuera mentira‒ Deja de ser tonta. Vamos a ver a esos dos y después a dormir

Subimos las escaleras juntas y abrimos lentamente la puerta del cuarto de nuestros hijos. Los dos ya estaban echados en sus camas, que habían juntado para formar una cama de matrimonio. Aún estaban despiertos. Me quedé observándolos apoyada en el dintel de la puerta mientras Emma entraba y les dejaba un beso a cada uno en la cabeza.

‒ Buenas noches mamá. Buenas noches, mamá‒ dijeron cuando Swan se apartó y se colocó a mi lado en la puerta. Pude ver cómo se miraban y se sonreían el uno al otro, lo que hinchó mi corazón.

‒ Buenas noches, mis ángeles‒ dije antes de cerrar la puerta cautelosamente, intentando hacer el menos ruido posible.

La respiración de Emma a mi lado, mientras estábamos allí paradas sin decir nada, era pesada, ella jadeaba un poco. Intenté no centrarme en eso para no hacer lo mismo y caminé hacia el cuarto. Las cortinas aún estaban abiertas y la luz de la luna, aunque por entre las nubes, iluminaba parcialmente el cuarto, pero sobre todo la cama. Se podía escuchar el ruido de los insectos nocturnos y por un momento me pregunté cuántos bichos habría en el bosque que nos rodeaba y si podríamos estar en peligro.

‒ ¿Vas a querer ducharte en este baño?‒ preguntó Emma, haciendo que dejara mis paranoias de lado.

‒ Hum...Puede ser

El hecho de que ella haya tenido la certeza de que yo iba a tomar un baño me hizo querer sonreír, pero no lo hice. Ella, más que nadie, sabía lo insoportable que me ponía si me acostaba sin antes tomar un baño, aunque fuera uno rápido.

‒ Está bien. Yo uso el de abajo‒ separó una muda de ropa, la toalla y dejó el cuarto sin decir nada más.

Una vez más, dejé que el agua caliente cayera por mi espalda y hombros, relajando los músculos que antes estaban tensos. Intentaba apartar de mi cabeza, al menos en aquellos pocos minutos, cualquier cosa relacionada a ella, pero era prácticamente imposible. En algunos minutos estaría en la misma cama que ella.

Me quedé en la ducha solo algunos minutos y salí temblando de frío, y me enrollé rápidamente en la toalla blanca y calentita. Como el radiador del cuarto se quedaría encendido durante la noche, no me importó ponerme un camisón, pero me dejé los calcetines en los pies que parecía que nunca se calentaban. Hice mi rutina nocturna en mi piel frente al espejo, me cepillé el cabello, me cepillé los dientes y finalmente regresé al cuarto. Emma ya estaba allí, sentada en la cama, escribiendo algo en un pequeño cuaderno con capa de cuero marrón.

‒ ¿Qué estás haciendo?‒ pregunté algo extrañada.

Aún concentrada en lo que hacía, no me respondió, ni siquiera me miró, solo levantó un dedo que decía "espera" y continuó escribiendo. Me senté en el borde de la cama y me quedé observándola, intentando ser lo más discreta posible. Su cabello estaba recogido en un moño revuelto, vestía unos shorts de pijama y una blusa de manga larga medio caída en los hombros. Me recorrió un frío por la barriga cuando pude distinguir algunas de sus pecas que se extendían desde ahí hacia las costillas.

‒ Inspiraciones repentinas‒ dijo Emma tras un rato cuando cerró el cuaderno y guardó el bolígrafo en la cómoda ‒ Sucede algunas veces, ya lo sabes

‒ Sí, lo sé‒ sonreí ‒ ¿Estás escribiendo algo nuevo?

‒ No, no. Solo anoté esas ideas ahora porque, bueno, no sé, quizás en el futuro las pueda usar. Pero de momento no tengo proyectos nuevos‒ suspiró algo aliviada ‒ Yo...Creo que voy a hacer un descanso

‒ ¿Un descanso?

‒ Sí. Mira, he trabajado demasiado estos últimos años, sin parar‒ asentí sin pensar dos veces y vi la culpabilidad apoderarse de su mirada ‒ Fui encadenando proyecto tras proyecto, apenas paraba en casa y...Fue muy agotador y me costó tanto, pero tanto...Necesito parar un poco, darme tiempo para hacer cosas nuevas, ¿sabes? Y sobre todo porque, hoy veo que no fui la única que salió mal de toda esta situación. En fin…

El peso de la sinceridad en sus palabras era enorme, su tono era suave y su respìración ahora parecía más calmada. Yo no tenía mucho que decir, porque estaba totalmente de acuerdo en todo, y aunque no lo estuviera, eran sus decisiones, su vida.

‒ Sí, una pausa puede estar bien. Quiero decir, los libros publicados seguirán vendiéndose‒ dije, intentando dar lo mejor de mí.

‒ Sí‒ ella se levantó y se dirigió a la cómoda que quedaba frente a la cama donde estaba el espejo redondo. Se colocó unas bolitas de loción hidratante por todo el rostro y después se las extendió. Me pilló mirándola por el reflejo y sonrió débilmente, desviando la mirada hacia abajo ‒ ¿Vamos a dormir?

Algo desconcertada, balanceé afirmativamente la cabeza. Emma apagó las luces y nos echamos lado a lado. La bola de tensión comenzó a crecer en ese momento.

‒ ¿Quieres que cierre las cortinas?‒ pregunté al ver que seguían abiertas

‒ Si quieres, bien, pero creo que así está bien. De esa manera no corro el riesgo de tropezar con tus tacones cuando me despierte a oscuras‒ dijo con tono de risa

‒ ¿Tacones? ¡Si no traje tacones!

‒ Solo estaba bromeando. ¿No recuerdas que solía tropezar con tus zapatos cuando despertaba?

‒ Ah, sí. Incluso recuerdo que me despertabas con el ruido‒ solté una carcajada y puse los ojos en blanco.

‒ ¡Pero la culpa NO era mía!‒ argumentó

Reímos juntas, llenando el silencio del cuarto con el sonido de nuestras carcajadas entremezcladas, hasta que cesaron y comenzamos solo a escuchar de nuevo a los insectos nocturnos. Me quedé mirando el techo de madera sobre mí, y Emma, a mi lado, hacía lo mismo. Ya no estaba tan inmóvil como la noche pasada, aunque aún sentía mariposas en mi estómago solo de saber que ella estaba a pocos centímetros de mí y que podríamos, accidentalmente, tocarnos en cualquier descuido.

‒ Buenas noches‒ dijo ella, suave, y aunque no la estaba mirando, sabía que estaba sonriendo, conseguía oírlo.

‒ Buenas noches, Emma‒ respondí mientras me giraba hacia el otro lado, y ella hacía lo mismo.

Durante unos minutos, siquiera cerré los ojos, y por lo general era de las que me acostaba y enseguida me quedaba dormida, solo no sucedía cuando algo o alguien me lo impedía. Y el algo o alguien en cuestión estaba echada a mi lado. Respirar solo por la boca fue el intento para no sentir el olor dulce de su perfume que me volvía loca― en el buen sentido. Tragué en seco varias veces seguidas e intenté obligarme a dormir, pero sencillamente de nada servía. Algo dentro de mí me gritaba y hacía que mi corazón acelerara y ralentizara a un ritmo frenético.

Entonces, decidí cambiar de posición en la cama, girando hacia el otro lado buscando más comodidad, pero ni en un millón de años habría esperado que Emma fuera a hacer exactamente lo mismo al mismo tiempo, y allí estábamos las dos, aguantando la respiración en la pequeña cama que, sin quererlo, dejó a poquísimos centímetros de distancia nuestros rostros. Sus ojos estaban abiertos de par en par, sin rastro de que hubiera estado durmiendo, igual que yo. Nuestros pechos subían y bajaban rápidamente en perfecta sincronía debido a nuestras respiraciones que ya se habían intensificado, volviéndose jadeantes.

Como si mis manos no me respondieran, una de ellas, involuntariamente, tocó ligeramente el rostro de Emma, y ella, automáticamente cerró los ojos como si se relajase ante mis toques. Tracé su rostro entero con la mirada, aunque ya me lo hubiera memorizado hacía años. Poco a poco, lentamente, ella fue abriendo los ojos, fijándolos en los míos.

‒ Regina… ‒ ella susurró sin fuerzas cuando dejó caer su mirada hacia mi boca.

‒ Por favor, cierra esa dichosa boca‒ imploré colocando dos dedos sobre sus labios con la intención de impedir que dijera nada más ‒ No digas nada, no…

‒ Pero…

‒ Te he dicho que cierres la boca, Emma‒ dije firme, y ella humedeció los labios, atrayendo mi mirada directamente hacia ellos.

‒ Vas a tener que hacer algo mejor que solo decirlo

Aquellas únicas palabras me bastaron. Respiré hondo y, en un impulso, sin pensarlo dos veces, atraje su nuca más hacía mí y cerré el casi mínimo espacio entre las dos, transformándolo en inexistente y comenzando un beso feroz y cargado de agresividad por mi parte. Ella, aunque se quedó paralizado unos segundos, como si realmente no esperara mi acción, no tardó mucho en corresponder el beso e intentar seguir mi ritmo. Sus manos agarraban mi rostro mientras las mías agarraban con fuerza su cabello. Cada célula de mi cuerpo se encendió al sentir su lengua en sincronía con la mía al paso que mi corazón latía fuerte en mi pecho.

Jadeante, Emma se apartó bruscamente, pero nuestros rostros aún estaban próximos. Ella me miraba asombrada, alternando su mirada entre mis ojos y mi boca, probablemente roja e hinchada. Mi expresión debía ser la misma: respiración alterada, ojos desorbitados. E intentando entender lo que había acabado de suceder, lo que había pasado exactamente por mi cabeza. Ella, posiblemente, pensaba lo mismo, pero para mi sorpresa, Emma solo me atrajo para otro beso, esta vez más lento y delicado, agarrando suavemente mi nuca. Pude entonces relajar los músculos de mi cara y cuerpo entero, y decidí entregarme a aquel momento, experimentando lo que hacía ya un tiempo no era mío.

‒ Para...― dije en medio del beso, apartándome ligeramente y cerrando los ojos con fuerza.

‒ ¿Qué fue? ¿Qué pasa?‒ preguntó, preocupada, la voz le fallaba un poco.

Sentí mis ojos arder y un nudo formarse en mi garganta.

‒ ¡No tenía que ser así, Emma! ¡Mierda, mierda!‒ exclamé pegada al colchón, provocando que mi voz saliera ahogada.

‒ Regina, ¿de qué estás ha…?

‒ ¡No debería entregarme tan fácil a ti, ni tú a mí, pero, mira! ¡Mírame, míranos! ¿Tardamos tanto tiempo en arreglar algo de peso y ahora es como si nada hubiera ocurrido? ¿Tan rápido así?

‒ Las cosas se están resolviendo, Regina, todo está bien‒ intentó calmarme, mirándome a los ojos

‒ ¡No, no lo está!‒ dije entre dientes ‒ ¡Qué mierda! Te odio. Odio que seas así, tan calmada, tan comprensiva. Te ODIO. ¡Odio, odio, odio!‒ repetía mientras golpeaba sus hombros, pero ella permanecía inmóvil y callada.

‒ Escuché decir en una serie que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia, y si me odias es porque aún estamos conectadas‒ dijo Emma firmemente agarrando mis muñecas y obligándome a mirarla ‒ Ahora, dime, Regina, ¿de verdad me odias?

‒ Odio

‒ No odias, no

‒ No odio, no

Ella se acercó más y, susurrando pegada a mi boca, haciendo que mi cuerpo entero se estremeciera, preguntó

‒ Entonces, ¿qué sientes por mí?