Habits of my heart (Jaymes Young)
"In a dark room in cold sheets I can't feel a damn thing. I lost myself between your legs, your medicine is in my head"
Miré sus ojos levemente iluminados por la débil luz de la luna que entraba desde afuera y me sentí, de repente, mareada de estar ahí, sintiendo el olor de su perfume que aún era el mismo, estando tan cerca de sus ojos que un día fueron lo primero que veía al despertar. Tragué en seco, intentando buscar qué responder, pero la verdad es que no lo sabía, o fingía que no. No me sentía preparada para responder. Mi corazón quería gritar hasta estallar, pero mi razón me mandaba a hacer lo contrario. No digas nada, Regina, me decía una y otra vez.
Fue como si pudiera sentir mi corazón salírseme del pecho cuando su mirada cayó hacia mi boca una vez más. Un nudo se formó en mi garganta y tuve unas ganas inmensas de salir corriendo de aquel sitio e ir bien lejos, pero estábamos en medio de la nada. Solo árboles y más árboles nos rodeaban.
‒ ¿No me vas a responder?‒ preguntó tras un tiempo en silencio esperando mi respuesta, que yo no di.
Me senté en la cama bruscamente sin romper el contacto visual. Emma me miraba con curiosidad, como si esperara que fuera a hacer algo serio, como ahogarla con una almohada en cualquier momento. En un acto impulsivo que me acometió me vi tirando hacia arriba mi camisón, quedando sin nada debajo. Absolutamente nada. Emma, completamente perpleja, desconcertada, me miraba boquiabierta, pasando su mirada por todo mi cuerpo, lentamente.
Ella se fue acomodando en la cama, y yo me acerqué y me senté en su regazo. Ya no era rabia lo que me invadía, ni odio. Al contrario que la otra vez, ya no tenía ganas de sacar afuera todas mis frustraciones, en aquel momento solo quería llenar un vacío. No solo quería lo que ella tenía para ofrecerme debajo del pijama. Yo quería estar con ella. La quería a ella.
Era un sentimiento conocido y antiguo el que corría en mí, pero que aún no me sentía preparada para asumir. Quizás fuera algo de orgullo, sí, pero mi ego continuaba bastante herido.
‒ Tú...‒ Emma estaba ahora sentada, y yo tenía una pierna a cada lado de su regazo. Ella me miraba a los ojos y brillaban más de lo que yo esperaba ‒ ¿Por qué estás haciendo esto?
‒ No me preguntes‒ agarré su rostro con las dos manos y sentía las suyas subir por mi espalda, acariciando ligeramente toda la zona ‒ Vamos a hacerlo ya. Por favor‒ susurré pegada a su boca y ella suspiró.
Su mano firme subió hacia mi nuca, me agarró con fuerza y me atrajo hacia un beso lento, extremadamente sensual y de quitar el aliento. Mi cuerpo no tardó nada en comenzar a responder a los toques de Emma y durante el beso provocativo, ya podía notar el frío presente en mi barriga y el palpitar entre mis piernas comenzó a surgir.
‒ Eché de menos esto‒ comentó ella jadeante cuando nos apartamos ‒ Tu beso.
Mi respuesta fue otro, esta vez totalmente guiado y bajo mis órdenes. Tiré ligeramente de su labio inferior, mirándola a los ojos y ella me sonrió.
Mis manos encontraron la parte baja de su camisa, que saqué por encima de su cabeza y tiré, segundos después, hacia cualquier lado de la habitación. Como ya esperaba, no llevaba nada debajo. Emma se recostó en la cama, incentivándome a hacer lo mismo, pero sobre ella. Nuestras narices se tocaban y nuestras respiraciones jadeantes se mezclaban en aquella ínfima distancia que nos separaba. Parecía que quisiéramos recuperar todo ese tiempo perdido en los últimos meses en que nuestros besos quedaron olvidados en algún sitio, y los de esa noche eran aún más intensos que el único de la noche de la cena en mi apartamento. Me besó aún más lentamente que las otras veces, esta vez parecía contener más sentimientos. Mi pecho sobre el de ella parecía incendiarse, mi corazón acelerado y todo mi cuerpo estremecido demostraba lo nerviosa que estaba por estar ahí, pero al mismo tiempo aliviada, como si fuera algo que ya quisiera desde hacía cierto tiempo. Y en realidad lo era.
‒ ¿Esto será sexo de reconcialiación?‒ preguntó Emma con una sonrisa nada ingenua cuando acabamos el beso.
‒ No te emociones‒ respondí suavemente, haciéndola sonreír aún más ‒ Solo...‒ humedecí los labios y tragué en seco‒ Solo estate callada.
‒ Como quieras‒ susurró antes de, hábilmente, empujarme, haciéndome caer en la cama, a su lado, e invertir las posiciones, quedando ella encima de mí. Su cabello caía sobre sus pechos, cubriéndolos, y aún llevaba puestos los shorts del pijama ‒ ¿Puedes ser silenciosa?
Arqueé una ceja como respuesta y ella sonrió. Pasó la punta de sus dedos desde el valle de mis pechos hasta mi muslo, provocando,con su toque, que la carne se me pusiera de gallina.
Emma dejó besos mojados que comenzaron en el lóbulo de la oreja y fueron bajando hacia mi abdomen. Mis dedos, automáticamente, se hundieron en los suaves cabellos dorados, tirando de ellos ligeramente. Ahora, aún con más intensidad, podía sentir el Efecto Emma Swan en mí. Mi cuerpo, poco a poco, empezaba a incendiarse.
Los besos lentos y pausados se desplazaron hacia la cara interna de mi muslo, haciendo que la palpitación entre mis piernas aumentara su frecuencia. Ella me torturaba de la manera más deliciosa que conseguía en aquel momento. Regresó sobre mí, quedando a milímetros de distancia de mi rostro, y yo empecé a sentir sus dedos tocando levemente la parte baja de mi tripa. Me hubiera gustado poder mirar hacia otro lado, pero me vi presa en los ojos brillantes sobre mí. En un acto involuntario llevé mis dos manos hacia su rostro y pude ver cómo sus expresiones se suavizaban, de una más firme hacia una más serena.
Emma separó sutilmente mis piernas y pasó un dedo por mi interior, ya mojado y caliente. Un gemido ahogado escapó de mi garganta y pude ver los labios de Emma curvándose en una leve sonrisa, sin romper el contacto visual por nada. Ella suspiró cuando añadió otro dedo, paseando ahora los dos lentamente por toda la extensión y por el nervio hinchado que ya imploraba por sus caricias. No sentía la más mínima vergüenza en mantener aquel intenso intercambio de miradas, como queriendo ver más allá de lo que los ojos veían. Su pulgar, lento y torturador, comenzó a masajear mi clítoris, que ya hacía tiempo que palpitaba. Me mordí el labio con fuerza y me negué a cerrar los ojos, por más que los movimientos de Emma en mí me obligaran a hacerlo. Swan se acercó aún más a mi rostro, y con la lengua, rodeó mis labios despacio, en una provocación antigua y nuestra que ella sabía que, en cualquier momento, podía volverme loca, y en ese momento no fue diferente. Inmediatamente llevé mis manos hacia su espalda y la arañé intentando depositar ahí los efectos de lo que ella me había causado. Cuando sus movimientos con el pulgar se hicieron más rápidos, y aunque lo intentara lo máximo posible, no conseguía contener los gemidos cortos y bajos que insistían en salir de mi boca. Pude ver su mirada de satisfacción y victoria aparecer encima de mí, viéndome allí, a milímetros de distancia de su rostro, gimiendo, tan entregada y sin un atisbo de vergüenza en la cara.
‒ ¿Puedo lamerte?‒ preguntó con un tono ronco y arrastrado interrumpiendo los movimientos con el pulgar.
Completamente jadeante, llevé mi mano hasta su rubio cabello, haciéndolo hacia un lado.
‒ No tienes que pedirlo.
Emma sonrió levemente, victoriosa, antes de descender una vez más. Me miró desde abajo, buscando analizar y estudiar cada una de mis reacciones y yo le devolvía la mirada. Podía sentir mi boca seca y mi corazón más acelerado a cada segundo que pasaba, a medida que sentía su respiración en la zona. Con la intención de torturarme aún un poco más, le dio un beso mojado a mis labios mayores, amenazando con ir a donde realmente me interesaba, solo para dejarme más nerviosa. Con una mano agarró mi pierna, que yo insistía en cerrar y con dos dedos de la otra separó los pliegues ya bien mojados, dejando mi interior expuesto para ella.
Yo la observaba con atención, tragando en seco cada diez segundos. Cada vez que hacía amago de pegar su boca, mi corazón daba un salto y me agarraba a las sábanas que tenía debajo de mí.
Arqueé la espalda y contuve un gemido alto cuando finalmente su lengua helada entró en contacto con mi caliente interior. Mis piernas automáticamente rodearon sus hombros y ella apretó con más fuerza mi pierna, probablemente quedaría una marca donde me estaba apretando. Ella me lamía mirándome, de una manera que parecía que su mirada pudiera quemar mi piel. En determinado momento, cuando casi suelto un alto gemido que tanto intentaba contener, Emma usó una de sus manos para callarme, colocándola sobre mi boca, impidiendo que lo soltara.
Agarré aún más fuerte las sábanas que tenía debajo cuando sentí dos de sus dedos curvándose, entrando en mí sin interrumpir los movimientos con la lengua, explorando cada centímetro, que ya ella conocía muy bien. Cuando notó que me estaría callada, retiró la mano de mi boca y la bajó hasta mi pecho, apretándolo levemente. Los gemidos ahora salían bajos y desesperados a medida que la lengua de Emma ejecutaba los movimientos más diversos en mi clítoris. Era inevitable querer buscar más contacto. Yo me movía buscando su rostro y ella ponía los ojos en blanco como si delirara. Pocos minutos después de que la presión en mi vientre se hiciera presente, sentí espasmos por todo mi cuerpo y, junto con un puñetazo que dí sobre el colchón, mis músculos se relajaron y me corrí en los dedos de Emma, dejando salir todo lo que llevaba acumulado en los últimos días. El estrés, la rabia, el vacío y, sobre todo, el deseo por ella.
Ella se recostó a mi lado y, aunque yo tenía los ojos cerrados, podía sentir su mirada recorriendo todo mi cuerpo sudado y débil. El frío proveniente de la ventana abierta ya no me molestaba, a fin de cuentas, ahora tenía calor, mi cuerpo estaba caliente. Finalmente, abrí los ojos, encontrando los de ella a mi lado, mirándome con una ternura fuera de lo normal. Sonreímos levemente, en sincronía y yo me acerqué, pegando nuestros cuerpos una vez más. Ella pasaba la punta de las uñas por mis muslos, me puse de rodillas sobre la cama, y Emma, echada, me observaba con atención, con sus ojos oscurecidos por el deseo.
De un tirón bajé sus shorts y sus bragas, haciéndolos deslizar por sus piernas y tirándolos en cualquier lado. Ella entrecerró los ojos y sonrió cuando percibió que yo solté un sonoro suspiro al mirar su cuerpo completamente expuesto para mí.
Con una mano, agarré, presionando ligeramente, su cuello, limitando su respiración y me quedé así unos buenos segundos solo disfrutando de aquel intenso intercambio de miradas. Y a ella parecía gustarle cada vez más. Solté su cuello―que ahora estaba ligeramente enrojecido― y, tomándola de sorpresa, intercalé nuestras piernas, poniéndome frente a ella y sentándome en su regazo, haciendo que nuestras vulvas se tocaran. Suspiramos a la vez al sentir aquella fricción. Para facilitar el contacto, levanté una de sus piernas, y la apoyé en mi hombro, y a Emma pareció no importarle.
‒ Joder...‒ susurró cuando comencé a moverme lentamente, manteniendo el contacto visual. Emma subió sus manos hacia mi cintura, agarrándola firmemente e incentivándome a ir aumentando la velocidad de los movimientos a medida que lo pedía el momento. Las venas de su frente saltadas y su rostro enrojecido eran bien visibles debido al esfuerzo que hacía por contener los gemidos que intentaban escapar de su garganta.
Una de sus manos encontró la mía, cogiéndome desprevenida. Entrelazó nuestros dedos e intensificó nuestras miradas, dejándome aún más presa en aquel momento extremadamente envolvente. Sus ojos se cerraron cuando comencé a moverme más deprisa sobre ella, quien a esas alturas ya no conseguía estarse callada y los sonidos bajos y llorosos salían descontrolados de su boca, volviéndome cada vez más loca.
‒ Regina… ‒ dijo en tono bajo y jadeante, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Yo me movía, alternando entre movimientos rápidos y lentos, provocando que de su boca salieran millones de exabruptos por minuto. No podía disimular la sonrisa en mi rostro al verla ahí, de esa manera, en exclusiva para mí como siempre debió ser. Cuando noté que mi orgasmo se acercaba, me separé bruscamente y me coloqué entre sus piernas, entrando de una sola vez en su interior ya totalmente encharcado. Mi lengua pasó de arriba a abajo, permitiéndome aprovechar aquel momento y sentir su gusto que me hizo poner los ojos en blanco de puro placer. Chupaba y lamía su palpitante e hinchado nervio con ferocidad mientras ella se retorcía sobre el colchón e intentaba cerrar las piernas en un acto de pura desesperación y excitación ‒ ¡La madre que me parió!‒ exclamó ella algo más alto cuando introduje dos dedos en su entrada, pero no lo suficiente para que el sonido se oyera desde fuera del cuarto.
Emma gozó unos segundos después con un gemido ahogado contra la almohada. Me quedé ahí, mirando cómo su pecho subía y bajaba a medida que intentaba normalizar la respiración. Su rostro enrojecido y con gotas de sudor brillaba. Mi corazón se encogió cuando percibí que aún sujetaba fuertemente su mano, y poco a poco fui disminuyendo la fuerza. Me eché a su lado, ahora admirando su cuerpo en el que se reflejaba la luz de afuera. Solté su mano con delicadeza, y me quedé allí solo esperando a que abriera los ojos y me viera a su lado, y cuando lo hizo, lo único en lo que pude pensar fue en lo hermosa que estaba. Natural, con el cabello revuelto, el rostro brillando por el sudor, las pupilas dilatadas y una expresión más ligera en su cara.
‒ Por el amor de Dios...‒ dijo Emma tras unos segundos ‒ ¿Cómo es que aún sabes de qué manera volverme loca?
‒ Fueron nueve años de práctica‒ sonreí y ella intensificó la mirada
‒ ¿Puedo preguntarte una cosa?‒ pidió con voz suave y yo afirmé con la cabeza ‒ ¿Has salido con alguien aparte de aquel...Cómo es su nombre? ¿Gabriel?
‒ Graham‒ corregí ‒ Y sí. Hubo más gente. Hombres, mujeres...No he estado completamente sola. No, en el sentido físico.
Ella sonrió, algo entristecida, y pasó la punta de dos dedos por mi rostro.
‒ ¿Y tú? ¿Solo Gabrielle?‒ pregunté
‒ No vamos a hablar de ella ahora, ¿vale
‒ Solo responde
Respiró hondo antes de decir
‒ Sí. Solo Gabrielle
‒ Habría sido mejor millares de mujeres en vez de haber sido solo ella‒ dije en tono irónico y Emma rió bajo ‒ ¿De verdad ha acabado? ¿Tú y ella?
‒ Claro que ha acabado. Quiero que se joda. ¡Jódete, Gabrielle! Y ya no tengo interés ninguno en estar con nadie más a no ser contigo‒ dijo sinceramente agarrando mi rostro con sus dos manos ‒ ¿Aún quieres estar conmigo?
Apreté los labios y tracé su rostro con la punta de mis dedos, delicadamente, acariciándolo.
‒ Quiero, claro que quiero. Solo que...Vamos con calma. Si vamos a hacer esto de nuevo, vamos a hacerlo bien.
‒ Estoy de acuerdo‒ sonrió y besó mi cabeza ‒ ¿Quieres dormir?
‒ ¿Estarás aquí cuando despierte?‒ mi tono salió más quejica de lo que esperaba. Emma no podía dejar de acariciarme. Asintió sonriendo a mi pregunta ‒ Bien. Entonces vamos a dormir. Estoy cansada.
Swan permaneció en silencio, pero una pequeña sonrisa boba, que decía mucho, apareció en sus labios al mismo tiempo que me miraba intensamente.
‒ ¿Será que merezco un besito de buenas noches?‒ retorció la boca al preguntar ‒ ¿Uno que no incluya puñetazos o...Bueno, agresión en general?
‒ Quizás‒ dije antes de acercarme a su rostro y comenzar un beso calmo y lento. Sentí sus manos descender desde mi espalda hasta mi culo que apretó con fuerza, haciéndome intensificar el beso, agarrando su cabello con más fuerza ‒ Es mejor que paremos aquí antes de que me vea tentada a recomenzar todo de nuevo...‒ dije en medio del beso y ella rió
‒ Buenas noches‒ susurró Emma pegada a mi boca, dándome después varios piquitos.
‒ Buenas noches, Emma‒ me giré hacia el otro lado de la cama, tirando del edredón para taparme, pero me di cuenta de que aquello era inútil en el momento en que noté su cuerpo pegado al mío, dándome calor, como solía hacer en los años que estuvimos juntas. Me abrazó y pude sentir su respiración en mi cuello. Yo no estaba tensa o incómoda. En realidad, aquello me hizo respirar aliviada y relajarme por completo.
‒ ¿Te importa si te abrazo así?‒ preguntó cerca de mi oído.
‒ No...No me importa‒ acaricié su mano sobre mi barriga.
‒ Entonces bien. Buenas noches‒ besó mi hombro, mi cuello y por fin mi mejilla.
Por primera vez en más de un año, concilié el sueño con el corazón y la conciencia tranquilos. La cama no era tan cómoda como a la que yo estaba acostumbrada, pero los brazos que me rodeaban, el perfume cítrico, la respiración serena contra mi cuello, definitivamente, eran además de cómodos, conocidos.
Emma
Algo en mi interior me hizo despertar a las ocho en punto. La habitación estaba fría e iluminada. La ventana no había sido cerrada, y mucho menos se había encendido el radiador. Y lo primero que mis ojos tuvieron el privilegio de ver fue a ella. A mi lado, Regina dormía tranquilamente enrollada en el edredón, mientras yo solo tenía una pequeña parte. Siempre había sido así, siempre tiraba de los cobertores hacia ella durante la noche, dejándome destapada la mayoría de las veces e irritada, pero aquella mañana en particular, me desperté feliz por estar casi sin edredón encima.
En mi cabeza, la noche de la cena no contaba. Estábamos bebidas, dejándonos llevar más por el odio que por cualquier otra cosa y terminamos desnudas en un sofá. La noche pasada había sido diferente, aunque ella me hubiese dado algunos golpes por impulso en el pecho. Sin alcohol, sin -mucho-odio. Estábamos conectadas por un antiguo y conocido sentimiento.
Mi corazón estaba tranquilo por primera vez desde hacía meses. Mi conciencia no estaba pesada, sentía que, finalmente, todo estaba bien.
Toqué levemente su rostro, introduciendo enseguida mis dedos en su cabello, algo revuelto, pero aún así suave. Regina respiró hondo y se movió en la cama, buscando otra posición más cómoda, y acabó más cerca de mí. Sonreí sin pensar. Ella realmente estaba allí, a mi lado, en una cama, pensé.
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo, acostumbrándose a la claridad que golpeaba en su rostro. Cuando, al fin, su mirada encontró la mía, pareció asustarse brevemente, su rostro y cuerpo se pusieron rígidos, como si por algunos segundos se preguntara dónde estaba y por qué, pero entonces se relajó, y sonrió débilmente, entrecerrando los ojos.
‒ Buenos días‒ dijo somnolienta, con la voz ronca y arrastrada ‒ Hace frío‒ se encogió en la cama y se tapó más con el edredón.
‒ Sí, lo sé. Yo estoy casi destapada‒ señalé mi cuerpo y ella puso los ojos en blanco, riendo
‒ Disculpa‒ dijo tirándome el cobertor blanco ‒ ¿Dormiste bien?
‒ Maravillosamente bien‒ besé su cabeza y ella suspiró tranquila, aliviada‒ Eché de menos esto‒ Decía mientras pasaba ligeramente la punta de mi dedo por el espacio vació en su anular izquierdo, en el que un día habitó el símbolo de nuestro matrimonio.
‒ Yo también.
Me perdí en la profundidad de su mirada durante largos segundos, y no me importaría continuar ahí el tiempo que fuera.
Escuchamos golpes en la puerta y las dos desorbitamos los ojos al mismo tiempo. Nuestros hijos tenían la costumbre de levantarse temprano sin que nadie se lo dijera.
"¿Mamás? ¿Podemos entrar?" escuchamos a Hope preguntar desde el otro lado de la puerta.
‒ ¡NO!‒ Regina exclamó asustada y paralizada, sin saber cómo actuar. Yo reprimí una carcajada al notar su desesperación.
"¿Por qué no?", esta vez fue el turno de Henry
‒ Porque...‒ iba diciendo aguantándose para no reír por mi rostro todo rojo por estar aguantándome la carcajada ‒ Porque hay un BICHO enorme aquí. Emma y yo estamos intentando echarlo.
Con la intención de provocarla, besé ligeramente su cuello, amenazando con descender cada vez más. Ya podía notar su piel erizándose bajo mis labios a la vez que su respiración se intensificaba.
‒ ¿Por qué no hacen lo siguiente…?‒ Regina continuó, pero esta vez apretaba con fuerza los ojos, intentando mantener la normalidad en su voz mientras hablaba ‒ ¡Pueden ir a la cocina y prepararnos un desayuno! En un momento podéis volver‒ apretó con fuerza mi brazo cuando yo bajé los besos hacia sus pechos ‒ ¡Que ya el bicho no estará!
"¡Está bien! ¡Ya volvemos!", gritó Hope y enseguida escuchamos pasitos desesperados bajando las escaleras.
‒ Eres de lo que no hay‒ dijo ella riendo cuando los niños ya no estaban en la puerta. Yo seguía distribuyendo besos mojados desde su cuello hasta su abdomen ‒ ¡Para ya!‒ me empujó a lo lejos y casi caigo de la pequeña cama ‒ Dentro de poco vuelven. Tenemos que espantar a ese bicho…
‒ ¿Nos dará tiempo para un baño?‒ pregunté levantándome, sintiendo la mirada de Regina paseándose por mí
‒ Uno muy rápido, quizás. Lo que tarden ellos en preparar un café aguado o una tostada quemada‒ nos echamos a reír al mismo tiempo ‒ ¿Vamos? ¿Juntas?
Asentí, sonriendo. Agarré delicadamente su mano y ella se levantó, y las dos echamos a andar hacia el baño. Fue rápido y cálido, hicimos lo posible para no mojarnos el pelo y captar miradas sospechosas de nuestros hijos. Si dijera que no nos acariciamos en los pocos minutos en que el agua caía sobre nosotras, estaría ciertamente mintiendo.
Al volver al cuarto, nos pusimos unos pijamas abrigados. Cerramos la ventana del cuarto y esperamos a Henry y Hope en la cama. No pasó mucho tiempo para volver a escuchar los pasitos- esta vez más cautelosos- y los golpes en la puerta.
"¿El bicho se fue?", preguntó Hope
Regina y yo reímos bajito.
‒ Se fue, cariño‒ dijo la morena de mi lado
Los dos entraron en el cuarto sonriendo nerviosa y ansiosamente. Hope llevaba un plato con tostadas, que para mi sorpresa, no estaban quemadas, y Henry, una pequeña bandeja con sobras de la tarta de manzana y dos tazas de café recalentado del día anterior.
‒ ¡Yo he hecho las tostadas!‒ dijo Hope al subirse en la cama, metiéndose en medio de las dos.
‒ Yo lo intenté, pero las quemé‒ se lamentó Henry y yo apreté sus mejillas‒ Buenos días
‒ ¡Buenos días!‒ dijimos Regina y yo a la vez
‒ ¿Dormisteis juntitas?‒ preguntó mi hija con un brillo en su mirada, y cuando asentimos, ella sonrió de oreja a oreja ‒ ¿Está volviendo a ser como antes?
Una vez más, mi mirada se encontró con la de Regina, pero esta vez era algo más intenso, como si intentáramos encontrar una respuesta para la pregunta de nuestra hija, que ciertamente nos pilló desprevenidas.
‒ Cómete la tostada, mi amor‒ le dijo Regina, intentado desviar el centro de atención ‒ Cuando acabemos de tomar este delicioso desayuno, vamos a prepararnos para ponerme en camino de nuevo
‒ Me ha gustado mucho esto. Qué pena que tengamos que irnos‒ Henry resopló
‒ Sí, es una pena, pero Regina tiene que trabajar, yo también, vosotros a estudiar...‒ dijo Emma acariciando su cabello ‒ Pero como dijimos ayer, haremos más viajes guays como este
‒ Henry tiene que estudiar porque su nota en Historia está baja, mamá, ¿lo sabías?‒ Hope me preguntó y recibió una mirada de reprobación de Henry ‒ Mamá Regina seguro que lo sabía porque seguro que en la sala de profesores se lo han chivado
‒ ¡Hope!‒ Henry exclamó furioso ‒ ¡Deja de ser pesada y metomentodo!
‒ ¡Tú eres el pesado! ¡Debías haberlo contado antes! ¡Yo solo paso la información!‒ argumentó ella
Los dos comenzaron a intercambiar zarpazos que, probablemente, se extenderían durante largos minutos.
‒ ¡Ya paren los dos!‒ puso orden Regina ‒ Hope, ¡qué feo chivarte de tu hermano! Henry, no puedes llamar pesada a tu hermana. ¿Qué sois? ¿Hermanos o enemigos?‒ se hizo el silencio en el cuarto. Yo me aguantaba para no reír de la carita de furia de nuestra pequeña ‒ ¡Contestad!
‒ Hermanos‒ respondieron al mismo tiempo
‒ Eso está mejor. Ahora, dense un abrazo de perdón‒ Regina hablaba seria, en un tono amenazante que me daba miedo incluso a mí, imagínense a ellos.
Enfurruñados y evitando mirarse, completamente contrariados, se dieron un débil abrazo. Pensé por algunos segundos que no me imaginaba viendo todo eso una vez más, de manera tan ligera y delicada, aunque en aquel momento en cuestión fuera una pelea entre dos niños.
Regina, al mismo tiempo que miraba con una sonrisa a nuestro hijos, buscó mi mano en medio de las sábanas. Pude sentir mi corazón casi salírseme por la boca ante aquel toque tan sencillo y común, pero que desde hacía más de un año significaba mucho. Era como si del contacto salieran chispas y una corriente eléctrica atravesara todo mi cuerpo. Miré su mano sobre la mía con cierta sorpresa en la mirada. Regina no se atrevía a mirarme, pero sentía su tensión. Ella aguantaba la respiración a la vez que acariciaba mi mano con el pulgar.
Me acerqué sutilmente a su rostro y, cuando mis labios tocaron levemente su mejilla, dejando un beso rápido, ella se relajó y finalmente me sonrió. Respiré aliviada, y nos quedamos allí, intentando contener las risas al ver a nuestros hijos furiosos el uno con el otro, exactamente como solíamos hacer en una mañana de domingo cualquiera.
Algunas horas más tarde, nuestras maletas ya estaban todas dentro del coche de nuevo. Henry y Hope estaban en el cuarto comprobando si no se habían olvidado nada y Regina y yo hacíamos lo mismo en la planta baja. Ella, como siempre, andaba de un sitio para otro, sobre sus botas de alto tacón haciendo anotaciones mentales de lo que podría haberse olvidado.
‒ No me voy a perdonar nunca si me olvido de algo‒ comenzó a abrir, por milésima vez, la puerta del armario de la cocina, comprobando si algo había allí.
‒ ¡Ya has mirado todo veinte veces! Relaja. Si nos olvidamos de algo, yo vuelvo y lo cojo‒ agarré su brazo con delicadeza y la atraje hacia mí. Ella fue poco a poco suavizando su expresión ‒ ¿Ya metiste todo lo tuyo en el coche?
‒ Sí﹘ respondió ella desviando la mirada hacia abajo, agarrando el cuello de mi chaqueta vaquera. Mis manos encontraron su cintura, atrayéndola más hacia mí, uniendo nuestros cuerpos. Regina soltó el aire que estaba aguantando y sonrió ligeramente, alzando la mirada hacia mí ‒ Hoy al llegar a casa me queda adelantar mis clases de la semana.
‒ Te dará tiempo. Iré rápido en la vuelta
‒ ¡De eso nada! La carretera estará mojada, con hielo...‒ exclamó cerca de mi rostro ‒ ¿Quieres matar a tu familia?
Mi familia
‒ Obvio que no. Lo sois todo para mí
Vi cómo sus mejillas se sonrojaban y sus ojos brillaban. Sus manos heladas tocaron mi cuello y, de repente, ya nuestras narices se tocaban. Su respiración golpeaba mi rostro y se mezclaba con la mía que ya se había vuelto jadeante.
‒ Estás fría‒ susurré al sentir su nariz helada pegada a la mía
‒ Quizás yo sea fría
‒ No lo eres. Lo fuiste, pero ya no‒ humedecí los labios, atrayendo su mirada hacia ellos ‒ Te conozco bien.
Regina sonrió antes de besarme suave y delicadamente, agarrando mi rostro con las dos manos. Mi corazón aceleró y un calor subió por mi cuerpo como si fuera la primera vez que hiciera aquello. Siempre me parecería la primera vez. Su sabor aún era el mismo, su beso aún era el mismo, ella aún era la misma, solo algo herida.
‒ ¡DIOS MÍO!‒ una voz infantil, estridente y femenina hizo que cortáramos el beso. Regina, en un parpadeo, estaba a dos metros de distancia de mí. Y Hope estaba allí, en la puerta de la cocina, con los ojos como platos y la boca abierta ‒ ¡NO ME LO PUEDO CREER!‒ saltó de felicidad, sonriendo sin parar
‒ Hope...‒ Regina, con la pintura de labios borrada y las mejillas rojas de vergüenza, intentó explicarse, pero falló miserablemente cuando nuestra hija la interrumpió
‒ ¡HENRY!‒ la pequeña salió corriendo por la casa, volviendo a subir al piso de arriba, con seguridad, para ir a contarle al hermano lo que había acabado de ver.
Cuando Regina y yo nos vimos solas de nuevo, el incómodo silencio se apropió del sitio, pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, comenzamos a reírnos nerviosas y desesperadas. Obviamente nuestros hijos ya habían visto a sus madres besarse antes, pero era la primera vez desde la separación, y eso definitivamente era un motivo de celebración y felicidad para las dos personitas que más habían sufrido en todo el proceso.
‒ No debió haberlo visto‒ se quejó Regina ‒ Quiero decir…¿Qué les explicamos ahora?
‒ No explicamos nada. Son niños, no tienen que entender todo lo que ha sucedido. Vamos a dejar las explicaciones para cuando todo esté bien de nuevo‒ di unos pasos hacia su dirección y pasé el pulgar por sus labios ligeramente borrados ‒ Creo que es mejor que nos vayamos.
‒ Sí, vamos, sí‒ ella suspiró y me lanzó una sonrisa antes de apartarse sutilmente y volver a comprobar la casa por última vez.
Durante todo el camino de vuelta, nos vimos obligadas a escuchar bromas de los pequeños en el asiento de atrás, pero ni siquiera estábamos prestándoles atención. Estaba bien estar ahí y escuchar todo eso. El clima era de armonía, Regina parecía de buen humor y nuestros hijos, radiantes como nunca. Algunas veces me invadían unas ganas incontrolables de colocar mi mano sobre la pierna de Regina, como siempre hacía, pero pensar que ella podría sentirse incómoda me echaba para atrás, hasta el momento en que decidí hacerlo y a ella pareció no importarle. Tras varias canciones, bromas y risas, finalmente estacioné frente a mi casa. Los pequeños fueron los primeros en salir corriendo del coche y, ya afuera, comenzaron a tirarse bolas de nieve. Regina y yo sacamos las maletas del maletero y yo abrí la puerta de casa, siendo acogida por el buen y familiar olor que allí había.
Me di cuenta de que, en el exacto momento en que la morena entró en la casa a mi lado, su expresión cambió completamente. Observaba atentamente cada detalle de la sala de estar que estaba algo diferente. Pasó su mirada por el sofá nuevo, por los muebles diferentes, por la alfombra que no era la que ella había escogido y, por fin, por el piano, que era el mismo, en el mismo sitio, y aún de ella. Regina tragó en seco y respiró hondo.
‒ ¿Todo bien?‒ pregunté recelosa acercándome. Ella evitaba mirarme a los ojos.
Henry y Hope entraron en ese momento en casa corriendo y tuve que llamarles la atención para que se quitaran los zapatos mojados.
‒ Bien, todo bien‒ forzó una sonrisa que desapareció inmediatamente cuando su mirada encontró la mía ‒ Solo...Me tengo que ir
‒ ¿No te quedas?‒ pregunté en un tono desesperado, decepcionado
‒ Emma, yo...No puedo quedarme aquí
‒ Pensé que todo estaba bien‒ argumenté
‒ Sí, todo está volviendo a sus cauces‒ dio una larga y dramática pausa ‒ Pero esta casa..Ya no es mía. Ya no logro verme aquí. Aquí ya no está mi yo, ¿entiendes? ¿De verdad piensas que iba a poder acostarme en la misma cama, en la cama que fue mía y en la que ella se ha acostado contigo durante más de un año?
Juro que pude escuchar mi corazón romperse al escuchar las últimas palabras. Mis ojos ardieron y noté que las lágrimas se acumulaban.
‒ No puedo‒ Regina continuó. Se acercó y pasó la punta de sus dedos por mi rostro ‒ ¿Recuerdas lo que dije? Si vamos a hacer esto de nuevo, lo haremos de la manera correcta. Aún tenemos mucho que poner en su lugar. La cabeza, el corazón. Vamos con calma, ¿ok?
Respiré hondo y asentí, algo cabizbaja. No estaba equivocada. Para nada. Pero mis deseos de tenerla allí de una vez por todas para recuperar todos esos meses perdidos eran enormes.
‒ Tengo que ir a buscar a Lola al hotel de perros‒ sonrió ‒ Los niños se quedan esta semana contigo, ¿no?
‒ Sí‒ le devolví la sonrisa un poco triste ‒ Te veo…¿Cuándo te veo de nuevo?
‒ En la próxima sesión, creo‒ ella cogió su bolso de viaje y se lo puso al hombro.
‒ ¡Te llevo a casa!
‒ No es necesario. Ya llamé a UBER. Ya está llegando‒ movió el móvil dejando ver la interfaz de la aplicación ‒ Bueno, ellos deben estar haciendo un desastre en el cuarto y...No quiero ni verlo, dales un beso de mi parte, ¿ok?
‒ Está bien. Te acompaño a la puerta.
El coche rojo de la aplicación ya esperaba por Regina en la calle. El chófer parecía algo impaciente, pero apenas llevaba allí treinta segundos.
‒ Hasta el miércoles‒ dije despidiéndome
‒ El fin de semana ha sido...Agradable‒ sonrió algo maliciosa ‒ Gracias por eso‒ me besó levemente en la mejilla
‒ Gracias a ti, por esta segunda oportunidad‒ dije de inmediato
‒ No te estoy dando una segunda oportunidad, ni tú a mí. Creo que es el destino quien nos la está dando a las dos‒ frunció la nariz y sonrió. El chófer apretó el claxon impacientemente varias veces.
‒ Creo que es mejor que te vayas‒ reí bajito para que él no se diera cuenta de que el motivo de la risa era su falta de paciencia y decidiera salir del coche y golpearme ‒ Llámame cuando llegues sana y salva
Ella me dejó un beso en la punta de la nariz y antes de girarse y caminar hacia el coche, dijo pegada a mi boca
‒ Nada ha cambiado
Fruncí el ceño, intentando entender a qué se refería.
‒ ¿Qué?‒ grité desde el porche. Regina, ya con la mano en la puerta del coche, se giró hacia mí una última vez y dijo
‒ ¡Lo que siento por ti! ¡Nada ha cambiado!
Siento la tardanza. Pero han sido semanas de preparar clases, rellenar papeles, que llegaba a casa tan cansada que no encontraba un momento para ponerme a traducir. Pero aquí está. No voy a decir para cuándo el otro, ya seguro que para el puente de diciembre.
