Georgia (Vance Joy)

Regina

Las horas que se extendieron desde el domingo, en cuanto llegué a casa tras recoger a Lola en la guardería de perros, hasta el miércoles, parecieron una eternidad. En esos días, a todo momento, mi cabeza solo estaba en un lugar: Emma. Escenas del fin de semana me atormentaban en el más hermoso de los sentidos, y a cualquier hora, ya fuera en el baño o en el aula de clase. Apartarla o sacarla de mi mente era inútil, y la certeza de eso era absoluta cada vez que lo intentaba. Se hacía más presente a cada segundo que pasaba. Cada cierto tiempo mandaba mensajes, fotos de los chicos, que estaban con ella esa semana, audios para decir cualquier cosa…La mayoría de las veces yo no respondía, aunque siempre prestaba atención a cada uno de los mensajes con una sonrisa estampada en la cara. De hecho, nada había cambiado. Mis sentimientos por ella eran los mismos de años atrás, los más puros y verdaderos posibles.

Sin embargo, sentir demasiado me ahogaba. Me ahogaba saber que, quizás, mi razón estaba pidiéndome que volviera con ella, pero al mismo tiempo mi corazón aún se encontraba algo herido y desorientado.

En aquella mañana de miércoles, abrí los ojos rápidamente, sin ninguna dificultad. La claridad que provenía de la ventana ni siquiera me molestaba. Me quedé unos minutos en la cama, pensando solamente en aquel día, en algunas horas estaría lado a lado con ellos y nuestros hijos en esa sesión de terapia familiar. No sabía cómo íbamos a actuar delante de Kathryn. Ella, como profesional bien reputada, ciertamente se daría cuenta de que había un clima diferente, y me arriesgaría a decir, que era un mejor clima. El fin de semana había sido bastante intenso y Emma y yo estábamos verdaderamente conectadas después de los momentos vividos en el cuarto de aquel pequeño chalé.

Me levanté tras reflexionar mucho sobre la situación de mi desamparado corazón. En la cocina, me preparé un café fuerte y me lo bebí rápidamente acompañado de unas tostadas integrales. Mientras me bañaba, intentaba prepararme, tomar valor para enfrentar la larga mañana que tendría dando clases a cerca de treinta niños ruidosos nada más comenzar, y sí, mi hijo estaba incluido.

Me puse medias negras, una falda lápiz del mismo color, blusa de seda azul y tacones color beige. Cuando me di cuenta del frío que haría fuera, cogí el primer abrigo que vi en mi armario, y me lo puse. Salí del apartamento y conduje hacia la escuela.

Aparqué en mi sitio reservado de siempre, al lado de los otros coches de los otros profesores, y al salir de mi vehículo, me sentí observada desde el otro lado del aparcamiento, y al seguir esa fuerte presencia que me prendía, me encontré con nada más y nada menos que Emma, apoyada en su gran coche color vino, observándome de brazos cruzados. Había acabado de dejar a nuestros hijos en la escuela, ellos ya no estaban allí, a fin de cuentas, ya había tocado el primer timbre y los dos habían echado a correr hacia dentro del edificio.

Con mis piernas temblorosas, caminé a paso cauteloso en su dirección y pude ver una sonrisa nada ingenua creciendo en sus labios. Pero yo seguí seria, aunque por dentro sintiera que todo, de repente, estuviera más iluminado solo por verla allí.

‒ Buenos días‒ dije suavemente cuando ya estaba lo suficientemente cerca ‒ ¿Cómo estás?

‒ Bien, yo…Estoy bien ‒ respondió dando un paso hacia delante, quedando a pocos centímetros de mi rostro ‒ No consigo dejar de pensar en el fin de semana que tuvimos

Puse los ojos en blanco y dejé escapar una sonrisa.

‒ ¿Puedo saber por qué?‒ pregunté arqueando una ceja

‒ Porque tú eres un vicio‒ dijo rápidamente ‒ Y porque fue distinto a aquella noche en tu apartamento. En el chalé…Fue como las primeras veces. Hubo más que solo deseo.

Respiré hondo y desvié la mirada, fijándola en un punto cualquiera.

‒ Tengo que ir a trabajar. Va a tocar el segundo timbre y todavía tengo que coger unos libros de la biblioteca‒ cambié de tema rápidamente y pude verla suspirar ‒ Te veo más tarde

‒ Regina, espera‒ agarró con delicadeza mi muñeca cuando yo me giré, obligándome a mirarla a la cara de nuevo ‒ ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Sé que necesitamos hacer las cosas con calma, que aún estás herida y necesitas colocar el corazón en su sitio, pero… ‒ entrechocó los dientes ‒ Es muy angustioso saber que las cosas están, entre comillas, bien, pero no poder tenerte todas las noches a mi lado. Así que, si hay algo que pueda hacer para acelerar ese proceso de curación, dímelo y lo haré.

Tragué en seco al sentir toda la sinceridad de aquellas palabras y de aquella mirada.

‒ Puedes dejarme ir a trabajar‒ dije tras unos segundos en silencio

‒ ¡Regina, es en serio!

‒ Emma…Ya dije que quiero estar contigo, y lo haré‒ me acerqué aún más, quedando lo bastante cerca de su rostro como para sentir su respiración golpeando mis mejillas ‒ ¿A qué tanta prisa?

‒ Porque no quiero perder un minuto más de estar a tu lado‒ dijo inmediatamente, pegando su cabeza a la mía ‒ Me arrepiento de cada segundo de todos estos meses y solo quiero recompensarte. Déjame hacer algo, por favor

Agarré su rostro con las dos manos y deslicé mis dedos por sus mejillas, ligeramente rojas por el intenso frío.

‒ Vamos a hacer todo de nuevo entonces

‒ ¿Qué? ‒ preguntó confusa

‒ Vamos a salir, a conversar, a ir a ver algo juntas…Solo nosotras dos. Hacer todo lo que hacíamos años atrás, cuando comenzamos a relacionarnos. Hemos construído vidas aquí, así que infelizmente no podemos hacer esto en Londres, donde todo comenzó, pero…Creo que Vancouver puede ser un bonito escenario para nuestro recomienzo.

Emma sonrió con lágrimas en los ojos y asintió antes de decir, en un tono bajo, casi un susurro.

‒ Si pudiera traer la London Eye a Vancouver, puedes estar segura que lo haría. Solo para ti.

Suspiré, completamente rendida a aquel momento y a ella.

El segundo timbre sonó, haciéndonos dar un pequeño brinco por el susto.

‒ Tengo que irme‒ dije cerca de su boca

‒ ¿Dejas que te dé un beso? Por favor. Siempre te besaba antes de que salieras a trabajar, y si vamos a hacer todo de nuevo, tenemos que hacerlo bien.

Reí sin pensar, poniendo los ojos en blanco y en cuestión de segundos, sellé el casi inexistente espacio que aún nos separaba con un beso lento y cargado de todos los sentimientos que había en nuestros pechos en aquel momento. Emma me rodeó con sus brazos, pasándolos por mi espalda, al mismo tiempo que mis manos paseaban de su cabello a su cintura. Ya no me importaba si alguien nos veía allí. El momento era único y estaba entregada a él.

‒ Ahora déjame ir a trabajar‒ dije tras el beso, pero parecía que ella nunca me iría a soltar ‒ Si no me sueltas ahora, probablemente vamos a acabar en el asiento de atrás de tu coche.

‒ ¿De verdad crees que ese es un argumento para que te suelte? Regina, adoraría que eso pasara‒ dijo en tono malicioso antes de darme otro profundo beso.

‒ ¡Ya, Emma!‒ exclamé al soltarme de sus brazos. Su boca estaba manchada de rojo y sonreía delante de mí ‒ ¿No son ni las ocho de la mañana y ya estás pensando en sexo?

‒ ¡Venga ya, Regina! ¿Cómo no voy a pensar en sexo teniéndote a ti?‒ replicó. Quitó el seguro a las puertas y abrió la del conductor ‒ Ve a dar clase. Nos vemos más tarde

Con una sonrisa bobalicona en el rostro, esperé a que arrancara y se marchara.

Respiré hondo un millón de veces antes de entrar en la escuela. Sabía que ya no había lapiz de labio en mi boca y que mi cabello podría estar despeinado, pero no me importó. Fui a la sala de profesores, recogí el material necesario, pasé rápidamente por la biblioteca para coger los libros que iba a necesitar aquel día y entré en el aula que me tocaba.

‒ Buenos días, chicos‒ dije suavemente al entrar en el aula y dejar mis cosas sobre la mesa ‒ Hoy vamos a hacer una lectura de este libro que he cogido de la biblioteca. Henry, cariño, ¿puedes repartirlos?

Mi hijo se levantó y cogió algunos de los libros. Mientras yo repartía por un lado, él lo hacía por el otro.

‒ Quiero que leáis el primer capítulo entero con atención, y después, cuando todos hayáis acabado, vamos a debatir. A finales de este mes, quiero que todos hayáis leído el libro entero porque haré un examen, ¿habéis escuchado bien?‒ pregunté sonriendo al terminar de repartir los libros. Henry volvió a su mesa y me lanzó una sonrisita. Fue inevitable apretar ligeramente su nariz ‒ Bien, ya podéis comenzar. Yo estaré sentada en mi mesa, y si tenéis alguna duda o alguna palabra que no conozcáis, podéis preguntarme.

Fui a mi mesa, todos estaban en silencio leyendo. Organicé mis carpetas sobre la mesa, dejándola perfectamente organizada. Aprovecharía aquellos minutos de silencio para adelantar la corrección de algunos trabajos de otros grupos.

‒ Señorita Mills, hoy está muy bonita ‒ una de mis alumnas, Alice, dijo repentinamente ‒ Parece feliz

‒ Gracias, Alice‒ sonreí sincera ‒ Y sí, hoy estoy feliz

Mi mirada, automáticamente, se cruzó con la de Henry, que me miraba con sus ojos brillantes. Alice volvió a concentrarse en su libro, pero antes, pude escucharla susurrarle al oído de mi hijo lo guay que sería tenerme como madre.


Ya habían pasado cuarenta minutos del comienzo de la clase, y mis alumnos y yo debatíamos sobre el primer capítulo del libro. Se trataba de una novela de fantasía destinada a lectores de entre diez y doce años.

Yo estaba sentada en el borde de mi mesa escuchando lo que cada uno tenía que decir sobre el argumento del libro cuando fui interrumpida por golpes en la puerta.

‒ Solo un minuto, chicos

Abrí la puerta y me encontré con el bedel de la escuela, Edgar. Llevaba en las manos un enorme ramo de rosas rojas.

‒ Hola, Edgar. ¿En qué puedo ayudarte?‒ pregunté educadamente

‒ Han dejado estas flores en la consejería. Son para usted, señorita Mills ‒ dijo al pasarme el ramo.

‒ ¿Para mí?‒ pregunté confusa‒ ¿De quién?

‒ Bueno, hay una tarjeta‒ señaló el papel amarillento doblando en medio de las flores ‒ ¡Buen día, señorita Mills!

‒ Buen día, Edgar‒ dije, aún poco poco asombrada abrazando aquel ramo contra mi pecho.

Cuando volví a entrar en el aula, un largo murmullo de "hum" de mis alumnos se hizo presente, lo que hizo que mis mejillas se sonrojaran rápidamente. Dejé las flores sobre las mesa y me quedé observándolas. Mi corazón acelerado ya me decía que sabía quién me había enviado aquel ramo, pero aún me sentía en las nubes como para creerlo. Cogí la pequeña tarjeta y la abrí, y pude ver la fina, marcada y reconocible caligrafía. La misma que estaba en mi certificado de casamiento.

"Nuestra segunda oportunidad me separó las rosas más hermosas de todo Canadá especialmente para ti. ¿Quieres cenar conmigo el fin de semana?

Emma"

Sonreí como una boba al leer la tarjeta. No lograba decidirme si mirar la tarjeta o las flores, así que alternaba la mirada entre los dos. Pude escuchar a los alumnos riendo y susurrando.

"La señorita Mills está enamorada", escuché a algún alumno del fondo decir

Devolví la tarjeta al ramo y olí las flores, inhalando aquel aroma agradable y romántico que me hacía flotar. Cuando, finalmente, volví a centrar mi atención en mis alumnos, todos inmediatamente fingieron que no me habían estado prestando atención y miraron fijamente hacia sus libros sobre las mesas, haciéndome reír por dentro.

La mirada de mi hijo buscó la mía, y sus ojos estaban más brillantes que antes. Percibí sus mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisita boba queriendo aparecer en sus finos labios. Le sonreí, y mi pequeño no dudó en devolvérmela. Él sabía exactamente lo que estaba sucediendo.

Con algo más de dificultad para concentrarme, continué la clase con normalidad, teniendo que escuchar, de vez en cuando, a los alumnos metiéndose conmigo y cómo, de repente, me había quedado boba, distraída, como yo misma diría, en las nubes.


Cuando el último timbre del día sonó, me dirigí a la sala de profesores para dejar mis carpetas y diarios de clase en mi casillero. Todas las miradas se giraron hacia mí cuando entré con el enorme ramo en mis manos.

‒ Parece que alguien lo está arreglando con su ex…‒ dijo Graham bajito al acercarse mientras yo guardaba mis cosas ‒ ¿Está todo bien entre vosotras?

‒ Sí, lo está…Todo está yendo bien‒ sonreí sincera ‒ Los niños están radiantes

‒ Me lo imagino. Bueno, te dejo ir. ¡Manda un beso a aquellos dos! Te veo mañana, Regina‒ dijo Graham antes de salir de la sala de profesores

Después de guardar todo, salí de la sala y encontré a mis hijos esperándome en las sillas del pasillo. Hope desorbitó los ojos al ver las flores en mis manos y le susurró algo al oído a Henry, que pareció vibrar de felicidad.

‒ Venga, fieras. ¡Vámonos!‒ dije bromeando con los dos y juntos caminamos hacia el aparcamiento de la escuela.

Dejé el ramo, con cuidado, en el asiento del copiloto, y conduje hasta la consulta. Al llegar, saludé a la simpática secretaria y me senté en una de las acolchadas sillas que se ponía a disposición del público. En la sala de espera, Henry y Hope jugaban en una esquina donde había juguetes para que los niños se entretuvieran. Comprobé el reloj unas mil veces para comprobar que estaba dentro de la hora, y sí, lo estaba. Quince minutos adelantada, la verdad.

A menos de cinco minutos para comenzar la sesión, Emma entró en la sala de espera, y eso hizo que mi corazón casi se me saliera por la boca. Saludó educadamente a las personas que allí estaban, incluido nuestros hijos y enseguida vino en mi dirección, y se sentó a mi lado.

‒ Hola, señorita Mills‒ dijo, dándome un beso en la mejilla ‒ ¿Recibió mi regalo?

‒ Sí, lo recibí, y debo decirle que recibirlo frente a toda una clase hizo que perdiera mi postura rígida y seria frente a los alumnos‒ dije arqueando una ceja ‒ Me encantó

‒ ¿Y lo que dije de la proposición?‒ preguntó con su mirada clavada en la mía

‒ ¿A dónde quieres llevarme?

‒ Eso solo lo sabrás si aceptas

‒ ¿Ninguna pista?

Negó con la cabeza

‒ Ninguna pista

Resoplé, haciéndola reír

‒ ¿Y los niños?‒ pregunté señalando a los pequeños con la mirada

‒ Se quedan a dormir en casa de mi madre

‒ ¿Dormir? ¿Eso quiere decir que la cena se extenderá toda la noche?‒ tenía que contenerme para no abrir una gran sonrisa

‒ Depende. ¿Quieres que se extienda? ‒ devolvió la provocación a la altura, y sentí que mi garganta se secaba

‒ Ok, Swan, aceptó la proposición‒ respondí ignorando completamente el último comentario

‒ ¡Perfecto!

La puerta de la consulta se abrió y Katheryn apareció con su gran sonrisa, acompañando a sus pacientes a la salida. Cuando ellos se marcharon, su mirada se posó inmediatamente en nosotros cuatro, y alegre dijo

‒ ¡Swan-Mills! ¿Entramos?

Los chicos entraron dando saltitos, tirándose enseguida en los puffs blancos que había alrededor del sofá. Emma y yo nos sentamos lado a lado y Katheryn, frente a nosotros. Ella tenía una mirada curiosa y ansiosa, y apenas conseguía disimularlo.

‒ Entonces, ¿cómo fue el fin de semana?‒ preguntó mientras se ponía las finas gafas.

‒ ¡Las dos se besaron! ¡Yo lo vi!‒ soltó Hope

‒ ¡HOPE!‒ exclamamos a la vez Emma y yo

‒ ¡Es verdad, tía Kath, tenías que verlo! Las dos estaban besándose así…‒ cerró los ojos y puso morritos, representando un beso. Lo único que pude hacer fue esconder mi rostro con las manos ‒ No tienes que tener vergüenza, mamá Regina. ¡Todo está bien! Los adultos se besan, las personas que se aman también. Las dos están en esas dos categorías.

Un incómodo silencio se hizo y mi voluntad era coger aquellos cabellos rubios y arrancarlos de la pequeña cabecita, uno a uno.

‒ Ok, vamos a olvidar la parte de los besos por ahora…‒ Katheryn continuó, lanzándonos una aguzada mirada a Emma y a mí ‒ ¡Contadme todos, chicos! ¿Cómo fue para vosotros, qué hicisteis, qué sentisteis, cómo os sentís después de ese viaje…?


Al final de la sesión, Henry y Hope se ganaron dos piruletas cada uno. Emma y yo casi no hablamos nada, en cambio, Hope tendría que descansar la garganta los próximos tres días.

Había sido la sesión más ligera y tranquila que habíamos tenido. La conexión era fuerte. Estábamos más unidos, cercanos. Algunas veces sentía que Kathryn nos pillaba a la rubia y a mí mirándonos, mientras los chicos hablaban de sus increíbles experiencias del fin de semana. Yo también podría hablar, pero sería impropio.

‒ ¡Bueno, os veo la semana que viene, entonces!‒ dijo la psicóloga acompañándonos a la puerta ‒ ¡Ciao, mis amores!‒ apretó la nariz de mis hijos y nos abrió la puerta.

Henry y Hope salieron dados de la mano de la consulta al mismo tiempo que peleaban a causa del color de la piruleta. El equilibrio lo es todo, pensé.

Como seguía siendo la semana en que Emma se quedaba con ellos, volverían a casa con ella.

‒ Hasta el viernes, entonces‒ dijo Swan acercándose a mí en el aparcamiento ‒ ¿Puedo ganar otro beso?

‒ Ya tuviste tu cota de besos por hoy‒ crucé los brazos

‒ ¿De verdad me vas a hacer esperar hasta el viernes?‒ se quejó

‒ ¿Y quién dice que el viernes te voy a besar, Swan?‒ pregunté sonriendo, nada ingenua

‒ Ah, créeme…lo harás‒ sonó más como una amenaza que cualquier otra cosa. Se acercó a mi rostro, me besó en el canto de la boca y se apartó lentamente ‒ Ciao, Regina

Me apoyé en la pared más cercana solo para no perder el equilibrio, ya que mis piernas estaban temblorosas.

Saludé de lejos a mis hijos, los tres entraron en el coche que, en segundos, ya había desaparecido. Entonces, volví corriendo a la sala de espera, donde Katheryn y su secretaria conversaban despreocupadas. Me di cuenta de que mi psicóloga llevaba el bolso en el hombro, como si estuviera preparada para marcharse.

‒ ¡Regina!‒ exclamó confusa al verme, interrumpiendo su propia conversación ‒ ¿Olvidaste algo en la sala?

‒ N…No…En realidad, Katheryn, me gustaría mucho hablar contigo‒ prácticamente imploré

‒ Bien, es mi hora para el almuerzo…

‒ Por favor. Es muy importante que mi familia se entienda, se reconecte…Pero también siento que lo necesito yo. Solo yo.

Me miró con compasión y repiqueteó los dientes, rindiéndose.

‒ Ok. Ven, entra‒ abrió la puerta de la consulta de nuevo. Me senté en el gran sofá blanco y ella en el sillón, enfrente. Tras respirar hondo y ponerse las gafas, dijo ‒ Di, Regina…¿Qué te aflige?

‒ Quiero tanto volver con ella. Quiero acostarme con ella todas las noches y despertarme junto a ella todos los días. Quiero compartir esos momentos pequeños con ella de nuevo, quiero llamarle la atención por poner mucha sal en la comida…‒ me pasé la mano por el cabello ‒ La necesito.

‒ ¿Y qué te impide hacer todo eso?

‒ Yo misma. Mi miedo a salir herida de nuevo.

Katheryn respiró hondo y me miró durante largos segundos en un silencio absoluto.

‒ Este fin de semana fue intenso, ¿verdad?‒ preguntó

‒ ¡Dios, sí que lo fue! Parece que tras eso mi deseos por ella solo han aumentado. El deseo en todos los sentidos posibles‒ Kath rió‒ Solo me sirvió para mostrarme lo que nunca cambió. La amo. Amo a Emma, siempre la amé y siempre voy a amarla‒ dije con naturalidad, pero sintiendo el peso de cada una de aquellas palabras.

‒ ¿Qué es lo que más te gusta de ella exactamente?

‒ Todo. Me gusta todo de Emma. Tanto por dentro como por fuera. Bueno, por fuera…‒ reviré los ojos como si delirara y Katheryn rió ‒ Ella es tan boba, siempre consigue hacerme reír. Me gusta la forma en que trata a nuestros hijos, me gusta cómo consigue ser el perfecto equilibrio entre juguetona y responsable. Me gusta cómo escribe, la manera en cómo vive el día a día. Me gusta el sexo…

‒ ¡Ok!‒ me interrumpió con una carcajada ‒ Regina…Es necesario que te permitas todo eso de nuevo como si no fuera un crimen, porque no lo es, lo sabes, ¿no? No es crimen alguno volver a amar a alguien, independientemente de quien sea. No mandamos en nuestro corazón.

‒ Lo sé, lo sé. ¡Lo estoy intentando, juro que lo intento! Hoy…Me mandó flores al trabajo‒ sonreí al recordar y Katheryn suavizó la mirada, sonriendo ante mi reacción ‒ Y vamos a cenar juntas el fin de semana. No quiere decirme a dónde vamos.

‒ Ese es el camino correcto, Regina. Necesitáis también esos momentos solo de vosotras si queréis que todo salga bien. Lo conseguireis‒ hizo una pausa dramática ‒ ¿Sabes? No debería decirte esto, y seguro que ya lo sabes, pero…Emma está completamente enamorada de ti. Desde la primera sesión, cuando las cosas aún estaban frías entre vosotras, lo percibí. La manera en que te mira…Es como si el mundo entero desapareciera y solo quedaras tú‒ escuchaba con atención cada palabra sincera que salía de la boca de la profesional que tenía delante ‒ Ella también te ama, Regina. Las relaciones no son perfectas. Cada cierto tiempo necesitamos choques como estos para mostrarnos cómo hacer que dure aún más, cómo hacer que sea mejor aún. Permítete, Regina. Te lo mereces. Y ella también.

Solo me di cuenta de que las lágrimas resbalaban por mis mejillas cuando una cayó sobre mi mano. Katheryn me ofreció un pañuelo de papel y yo, delicadamente, sequé todo mi rostro y parpadeé algunas veces seguidas, obligándome a parar de llorar.

‒ Gracias, Katheryn. Creo que necesitaba sacar todo esto fuera‒ sonreí aliviada ‒ No te voy a quitar más tiempo de tu almuerzo, sé que tu agenda está llena y cada minuto es precioso.

Ella se acercó y cogió mis manos.

‒ Solo te voy a decir un "de nada" cuando ya no tenga que veros a ninguno en esta consulta cada semana, ¿ok?‒ asentí levemente ‒ Así que, eso es todo. Recuerda lo que te he dicho

‒ Te debo un almuerzo.

Me despedí de la psicóloga y volví a dejar la consulta, esta vez marchándome de verdad. En el camino hacia casa, Emma poblaba mis pensamientos, desde los más inocentes hasta los más impuros.

Cuando llegué a casa, cogí el ramo de dentro del coche y lo entré como si fuera un bebé en mis brazos. Lola saltó sobre mis piernas al recibirme, haciendo gracietas para recibir mis caricias en la barriga, y yo, obviamente, no se las negué. Llené su barriguita peluda de cariños y besos, y ella pedía más y más.

‒ Lola, ¿echas de menos a Emma? ‒ pregunté como si ella pudiera responderme ‒Yo la echo de menos. ¡Mira estas flores!‒ señalé el ramo que había dejado en la mesa de la cocina ‒ Me las ha dado ella. ¿No son hermosas?

Llené de agua un jarrón y coloqué las flores, dejando que adornaran el centro de la mesa de la cocina.

Puse a funcionar la cafetera mientras me daba un baño caliente. Solo el agua hirviendo sería capaz de relajarme en aquel momento. Al salir, vestida solo con un cómodo albornoz, cogí mi taza de café ―que no era tan bueno como el de Emma― y me senté en mi único y favorito sillón de la sala.

Pensar en ella fue inevitable.

Y pensando únicamente en lo que sucedería aquel fin de semana me quedé dormida allí mismo, en el sillón de la sala, sabiendo plenamente que en algún momento Emma visitaría mis sueños más inusitados.