Tied Down (James Young)

Regina

El ruido de mis tacones golpeando el suelo de madera de mi apartamento resonaba en el ambiente. Yo caminaba como una boba, de un lado para otro a la vez que daba sorbos a la copa de vino que tenía en la mano. Era un calentamiento. Parecía una adolescente en la primera cita de su vida. El frío en la barriga, la piel en carne de gallina al pensar en lo que podría suceder, el miedo de que -una vez más- todo saliera mal. Me repetía a mí misma: no, Regina, no tienes diecisiete años y no estás yendo al cine con el primer novio o novia. Tienes una cita de reconciliación con la madre de tus hijos, y bueno, la persona que es dueña de tu corazón.

Lola, echada en el sofá de la sala, me seguía con la mirada a cada movimiento que yo hacía. Parecía estar curiosa o, incluso, podría estar sintiendo el clima tenso que planeaba en el aire. Cuando el timbre sonó, inmediatamente abrí los ojos de par en par e intenté que no se me notaran los nervios. Frente al espejo, pasé la mano por el pelo con la intención de peinarlo con los dedos y por el vestido negro que llevaba para quitarle las arrugas. Solté la copa sobre la encimera y fui hasta la puerta, respirando hondo antes de abrir.

‒ Buenas noches, Regina‒ dijo ella en cuanto mis ojos se cruzaron.

Noté la garganta seca en cuanto la vi ahí. Emma lleva puesto unos ceñidos pantalones negros de cinturilla alta, blusa blanca con los primeros botones abiertos, dejando ver la prenda negra y de encaje que llevaba debajo, un chaleco haciendo conjunto con los pantalones y altísimos tacones negros. En su rostro había un ligero maquillaje, marcado un poco más en la zona de los ojos, con un sombreado entre marrón y negro que destcaba el verde natural de sus ojos, y el rímel que alargaba sus pestañas.

‒ Bu…Buenas noches‒ tartamudeé al pasar mis ojos por todo su cuerpo y ella sonrió, victoriosa, al ver cómo ya me había desconcertado ‒ ¿Entonces?

‒ No tenemos que preocuparnos por Lola, ¿no? ¿Se queda bien aquí?‒ preguntó Emma al ver a la perra en el sillón.

‒ Sí, se queda tranquila. Mi vecina tiene la llave del apartamento y me dijo que vendría a ponerle agua, pienso y a echarle un ojo‒ expliqué‒ ¿Podemos ir?

‒ Claro

Cogí mi abrigo del perchero que hay al lado de la puerta y me lo puse. Saludé a Lola antes de salir. Emma me rodeó la cintura delicadamente y echamos a andar hasta el coche. Hacía un poco de frío fuera, y los cristales de todas las ventanas de las casas y coches estaban empañados.

‒ ¿A dónde me vas a llevar?‒ pregunté curiosa mientras ella me abría la puerta del coche.

‒ Ya lo verás‒ respondió mientras se sentaba al volante ‒ Estás hermosa‒ Emma encendió la luz interior del coche y paseó su mirada desde mis piernas hasta mis ojos.

‒ Gracias‒ respiré avergonzada ‒ Tú también. ¿Vas a seguir sin decirme a dónde vamos?

Ella puso los ojos en blanco y soltó una carcajada que ni yo sabía que necesitaba tanto escuchar en aquel momento.

Emma se acercó peligrosamente a mi rostro, haciendo que nuestras narices chocaran. Sus ojos estaban fijos en mis labios y su boca entreabierta dejaba evidente cuánto quería y necesitaba un contacto mayor.

‒ ¿Puedo ganar ya aquel beso que me prometiste en el aparcamiento de la consulta de Katheryn?‒ susurró

‒ No‒ susurré a su vez y ella me miró con furia ‒ Ya veremos si mereces un beso. ¡Anda, llévame a ese lugar tan misterioso, Swan!

Riendo y poniendo los ojos en blanco, Emma se apartó y finalmente pisó el acelerador, comenzando un camino que yo desconocía. Me di cuenta de que las canciones que salían por la radio, durante los veinte minutos que duró el viaje, me recordaban a momentos nuestros vividos en Londres, pero pensando que era solo una coincidencia, decidí no comentar nada.

El coche se detuvo en el aparcamiento de un restaurante que estaba bastante alejado de la ciudad. A su alrededor solo había árboles y montañas. Pero tenía pinta de ser elegante, fino, caro. Sus dos plantas estaban bien iluminadas y su parte delantera estaba decorada con árboles y luces de Navidad, creando un acogedor ambiente.

Cuando bajamos del vehículo, Emma dejó la llave al simpático guardacoches, que rápidamente se llevó el coche.

‒ Un restaurante‒ dije al sentir una vez más su brazo rodeándome ‒ Sabes que me encantan los restaurantes, Swan, pero dime, ¿por qué tanto misterio para una cena?

‒ Si cierras la boca, lo verás dentro de poco‒ respondió bajito pegada a mi oído mientras me guiaba hacia la entrada.

Esperamos menos de cinco minutos en una pequeña fila hasta que fue nuestro turno para hablar con la recepcionista pelirroja que sostenía una gran lista en sus manos.

‒ ¡Buenas noches, señoras! ¿La reserva está a nombre de quién?‒ "Hailey", como decía en su placa, nos preguntó en cuanto nos pusimos las primeras en la fila.

‒ Emma Swan, por favor

‒ Sí, aquí está‒ señaló en la lista ‒ Nuestra relaciones públicas las acompañará a su mesa. ¡Tengan una buena noche!

En cuanto entramos en el salón, me llevé un susto. Sencillamente estaba a rebozar y no veía siquiera una mesa vacía. Había mucha gente hablando y ciertamente sería imposible tener allí un buen clima para una cena de reconciliación. Pero no iba a quejarme. No de momento.

La relaciones, agitada, nos iba guiando por entre las mesas rápidamente y Emma y yo, sobre nuestros altos tacones, intentábamos seguirle el ritmo.

Fruncí el ceño, completamente confusa, cuando la muchacha, en vez de detenerse en una mesa de dos sitios, se detuvo frente a una puerta blanca de madera.

‒ Señoras…Pueden entrar. El sitio es todo para las dos hasta el final de la noche‒ abrió la puerta y Emma, amablemente, me dejó entrar en primer lugar.

Mis ojos, seguramente, estarían brillando. Eso sin hablar de mi corazón que parecía que iba a estallar en cualquier momento. Era una gran sala con una mesa redonda puesta para dos en el centro. Pero no solo eso. La iluminación amarillenta y acogedora, los sofás rojos diseminados por el lugar y toda la decoración remitía a la ciudad donde todo comenzó: Londres.

‒ Bueno…‒ escuché la voz de Emma tras unos segundos. Ella cerró la puerta y ya no estaba presente la relaciones pública ‒ Como dijiste aquel día, no podemos ir a Londres, así que…Intenté traer Londrés hasta nosotras.

En un gran estante, miniaturas de la London Eye, la clásica cabina telefónica roja, el Big Ben, el Palacio de Buckingham, la Tower Bridge, y muchas más adornaban el ambiente.

‒ ¿Te gusta?‒ me preguntó, recelosa, cuando se dio cuenta de que estaba muy distraída admirando la decoración del local.

Me giré hacia ella con una pequeña sonrisa en el rostro, y se sintió más tranquila.

‒ Eres tan boba‒ dije con naturalidad acercándome ‒ Me ha encantado. Todo está…Perfecto.

‒ Mandé poner un papel en la pared con La London Eye, ¿viste?‒ señaló hacia la pared con la imagen de la noria gigante ‒ Así parece que de verdad estamos allá.

‒ Perfecto. No me esperaba nada de esto, lo confieso‒ sonreí rodeando su cuello con mis brazos ‒ Es mucho mejor aquí, en esta sala solo nuestra, lejos del barullo, de la aglomeración de hombres trajeados…

‒ Sí, va a parecer que estamos aisladas en cuarentena o algo así, pero estará bien. El local está insonorizado, así que no vamos a escuchar nada de fuera, al igual que nadie de fuera nos escuchará‒ su tono al decir lo último no fue nada ingenuo.

‒ Así que…‒ agarré el cuello de su camisa, atrayéndola más cerca ‒ ¿Comprobamos primero esa insonorización y después cenamos? ¿O lo quieres hacer al contrario?‒ dije, siendo menos ingenua aún.

‒ ¡Eres increíble, Regina Mills!‒ exclamó ella ‒ Siéntate, vamos a cenar primero.

Emma apartó la silla y yo me senté. No conseguía contener la sonrisa que a cada momento insistía en aparecer en mi rostro.

‒ No me voy a cansar de decir lo mucho que me ha gustado esto‒ dije sinceramente mientras pasaba mi mirada por todo el local ‒ Todo tan hermoso, acogedor…Realmente hace que me sienta en casa de nuevo.

‒ ¡Y eso no es todo!‒ dijo Swan entusiasmada

‒ ¿Cómo?‒ pregunté ansiosa, nerviosa.

‒ ¿Quieres ver qué pasa si aprieto este botón verde?‒ señaló un pequeño control encima de la mesa. Normalmente, en restaurantes muy sofisticados, se usa cuando el comensal ya está listo para hacer el pedido.

‒ Hm…¿Viene el camarero a anotar la comanda?‒ dije como si fuera obvio.

‒ ¡Casi! Lo que ocurre es que nuestros pedidos ya están listos. Pedí que dejaran todo preparado y…‒ apretó el botón ‒ No son camareros comunes.

La puerta se abrió segundos después dejando ver a dos hombres con bandejas en las manos. Cuando los vi, me eché a reír. Pensé que estaba presa dentro de un episodio de alguna sitcom o de un reality show de comedia. Pero era más real de lo que esperaba.

‒ ¡Son los guardias reales de la Reina!‒ exclamó Emma alegre al verlos entrar.

Ellos, en sus uniformes rojos y con el característico sombrero negro y peludo, entraron y caminaron hacia nosotras. La pose era seria y las expresiones faciales rígidas como la de la verdadera guardia británica, aunque notaba que, en cualquier momento, los dos iban a estallar en una alta carcajada, ya que yo, roja como un pimiento de tanto reír, no estaba colaborando para que ellos siguieran en sus personajes.

‒ No has hecho esto…‒ comenté sin aliento

‒ ¡Ah, sí, lo he hecho!‒ Emma dijo radiante cuando ellos ya estaban lo suficientemente cerca de nuestra mesa.

Nos sirvieron dos copas bien llenas de uno de mis vinos favoritos, y, para aumentar aún más la sonrisa en mi rostro, dos platos de Wellington Beef. Ya doliéndome las mejillas, alcé la mirada hacia los camareros, o mejor dicho, hacia los Guardias Reales, y les agradecí amablemente y los dos simplemente me hicieron una reverencia, haciéndome reír más.

‒ ¿Me han hecho una reverencia? ¿De verdad?‒ pregunté aún riendo cuando se retiraron. Me limpié las lágrimas acumuladas en los ojos de tanto haber reído y respiré hondo intentando recomponerme.

‒ Claro que sí. Esta noche tú eres la reina de este sitio que he montado‒ dijo Emma cogiéndome la mano sobre la mesa.

Un clima intenso nos rodeó en el momento en que nuestras manos se tocaron. Ella acariciaba ligeramente mis dedos en un silencio absoluto y ahora era yo la que ya no conseguía reír. Estaba completamente prendida en su rostro, sus ojos y su suave piel tocando la mía.

‒ ¿Comemos?‒ pregunté bajito, rompiendo el silencio y el clima que se había instalado.

‒ Vamos‒ ella sonrió y rápidamente soltó mi mano para coger los cubiertos.

Comenzamos la cena en silencio, aunque nuestros intercambios de miradas dijeran más que cualquier palabra. Ella me contaba detalladamente lo que tuvo que hacer para conseguir reservar la sala exclusiva en el restaurante y encima decorar, no solo las paredes y el techo, sino también a los trabajadores. Mis ojos probablemente estaban brillando más que cualquier estrella del límpido cielo de esa noche templada, y ni siquiera necesitaba un espejo frente a mi cara para saberlo.

‒ Esto…Está una delicia. ¡Que no me escuche Fiona, pero creo que es el mejor Wellington Beef que he probado!‒ dije con entusiasmo ‒ Creo que nunca he comido algo tan sabroso en toda mi vida

Emma rió bajito pegada a la copa de vino, y después le dio un sorbo.

‒ Yo sí

Le lancé mi mejor mirada de indignada y asombrada, intentando no reír de la sonrisa y mirada completamente maliciosa que me lanzaba.

‒ No tienes vergüenza‒ le contesté mientras surgía una media sonrisa en mis labios

‒ Nunca he dicho que la tenga‒ se encogió de hombros‒ Y a ti te encanta.

Puse los ojos en blanco y reí.

Cuando acabó la cena, los mismos "Guardias Reales" volvieron a la sala para retirar nuestros platos y servirnos el postre, que era una tarta de queso con frutos rojos.

Emma me contó, mientras comíamos el postre, que Fiona había sido una gran aliada durante los días que estuvo organizando la cena. Mi hermana, aparentemente, le había dado ideas para que la noche, ya perfecta, fuera mejor.

Tras algunos minutos solo conversando, el camarero, en su uniforme de Guardia Real, regresó con la cuenta en un discreto cuadernillo de cuero negro. Emma siquiera me dejó ver el total y aportar algo de mi dinero.

‒ Me ha encantado‒ dije antes de dar el último sorbo a mi vino, dejando la copa vacía ‒ Tengo que decir, Swan, que me has sorprendido. No me imaginé que, incluso, fueras a sobornar a los trabajadores para que se vistieran como la guardia británica.

‒ Quise hacer algo que nos llevara de regreso allá, al comienzo‒ marcó con el dedo una línea recta de un extremo a otro de la mesa ‒ ¿Funcionó?

‒ Funcionó‒ respondí suavemente y esta vez fui yo quien alcanzó su mano sobre la mesa ‒ ¿Y ahora? ¿Acaba aquí nuestro recomienzo o…?

‒ No sé…¿Tú quieres que acabe?‒ ella se levantó, alentándome a hacer lo mismo.

Nos colocamos frente a frente, y pude, una vez más, sentir cómo nos envolvía un intenso clima. Emma, manteniendo su mirada fija en mí, llevó su mano a mi cuello, que agarró y apretó ligeramente, limitando mi respiración, que inmediatamente, comenzó a salir jadeante.

‒ ¿Tú quieres que se acabe?‒ ella susurró la pregunta, acercándose a mi rostro.

‒ No‒ respondí lentamente, recorriendo su rostro con la mirada. Sentí su mano apretar con un poco más de fuerza mi cuello, lo que me hizo cerrar los ojos y entreabrir la boca ‒ ¿Pretendes llevarme a algún sitio ahora? ¿O de verdad vamos a comprobar la insonorización del local?‒ arqueé la ceja al preguntar.

‒ Lo vas a descubrir‒ soltó mi cuello y se apartó, dejándome algo tambaleante y desconcertada ‒ ¿Nos vamos?

Antes de salir, lancé una última mirada a mi pequeña y particular Londres, sintiendo cómo mi corazón se calentaba por enésima vez esa noche.

POV Narrador

En el aparcamiento, Emma abrió la puerta del coche para Regina y en cuestión de segundos, las dos ya estaban dentro del vehículo. En cuanto Swan se colocó en el asiento del conductor, su mano entró en contacto con la parte expuesta de la pierna de la morena, acariciando levemente y erizando toda la zona.

‒ ¿Entonces?‒ preguntó Regina cuando Emma arrancó ‒ ¿Qué va a hacer? ¿Un hotel?

‒ ¿De verdad crees que frecuento hoteles?‒ su tono fue de ofensa ‒ Ruby trabajó en uno de lujo algún tiempo atrás, antes de que despegara su carrera de modelo. Me contaba que reutilizaban las toallas, la ropa de cama, los albornoces…Y ni siquiera limpiaban la bañera. ¿Quieres coger alguna enfermedad?

Regina rió alto ante su tono desesperado y exagerado, cosa que la irritó.

‒ Ok, no será un hotel, por lo visto. Esperaré a ver‒ dijo ella dulcemente mientras seguía recuperándose de la carcajada.

Al contrario de Regina, que había tomado varias copas, Emma se había conformado con una, a fin de cuentas, conducía aquella noche. Ella, completamente sobria, intentaba no reír en todo momento por las payasadas que la morena hacía o decía cada cinco segundos.

Algunos minutos después, para sorpresa y confusión de Regina, Emma aparcó el coche frente al edificio que la morena conocía muy bien, al final era donde vivía. Regina la miró con duda y confusión, y Swan solo sonrió maliciosa.

‒ ¿Este es el sitio tan misterioso? ¿Mi apartamento?‒ su voz salió aguda, quizás indignada.

‒ Oh, no, querida, no vamos a quedarnos aquí‒ respondió lentamente con su voz ronca

‒ Pero entonces…

Pero antes de que pudiera acabar la frase, Emma bajó del coche y dio la vuelta, abriéndole la puerta, para que Regina bajara del coche.

‒ Ven‒ agarró delicadamente la mano de su ex esposa y la guió hacia dentro del edificio, hacia las escaleras ‒ ¿Dónde están tus llaves?

‒ Emma, ¿qué está pasando?‒ preguntó nerviosa. Las sorpresas, en opinión de la morena, a veces tienen que tener sus límites ‒ Si no vamos a quedarnos aquí, ¿por qué estamos aquí?

Emma nada respondió. Las dos simplemente subieron el pequeño tramo de escaleras hasta el primer piso, donde estaba el apartamento de la morena, y cuando ella sacó la llave del bolso, Emma inmediatamente la cogió de su mano y abrió la puerta, siendo recibida por una saltarina Lola, con la barriguita llena de quien había acabado de comer.

‒ Ok…‒ dijo Emma tras saludar a Lola ‒ Debe estar en tu cuarto, ¿no?

‒ ¿El qué?‒ preguntó Regina completamente perdida. No entendía nada de lo que estaba hablando, no sabía por qué estaban allí.

Emma, con una expresión seria, a paso lento y con un verde oscuro en sus ojos, se acercó a la mujer y en el tono más ronco posible, dijo

La caja. ¿La guardas en tu cuarto?

Y entonces, de repente, todo se esclareció. Regina no pudo controlar que apareciera una sonrisa en sus labios. La piel de ambas se erizó en aquel momento.

‒ En el último estante del armario‒ respondió cruzándose de brazos y mordiéndose el labio inferior. Ya podía sentir todo su interior a punto de incendiarse.

‒ Bien. Ven conmigo.

Emma agarró con delicadeza el brazo de la morena y la guió hasta el dormitorio. Inmediatamente se dirigió hacia el armario y sacó del último estante, como había dicho Regina, una gran caja negra de terciopelo. Provocando un estremecimiento en todo el cuerpo de Regina, abrió la tapa y allí encontró esposas, látigo, vendas, un collar de cuero negro, mordaza, plumas y otros objetos que hacía muchos años había guardado en aquella caja, actualizando y sustituyendo por nuevos siempre que era necesario.

‒ Ahora podemos ir al sitio tan misterioso‒ dijo Emma cerrando de nuevo la caja.

‒ Claro. Yo me niego a ir a tu cama contigo, y tú te niegas a venir a la mía conmigo.

‒ Sí, es exactamente eso. Lo que es justo, es justo‒ se acercó de nuevo, esta vez quedando a milímetros de la mujer ‒ ¿Vamos ahora?‒ susurró pegada a su boca.

‒ Por favor‒ prácticamente imploró

Swan cogió la caja, se la puso debajo del brazo y rápidamente salieron del edificio. En el coche, la respiración de Regina ya estaba jadeante solo de imaginar qué vendría ahora. En menos de dos minutos, Emma ya había arrancado y ahora la concentración la tenía puesta en la calle desierta y oscura que tenía delante.

En un intento de provocación, una vez más, llevó su mano a la pierna de la mujer a su lado, esta vez apretando ligeramente y amenazando con ir subiendo. Regina, ya con la boca seca, agarró con firmeza la mano de la rubia y la incentivó a hundir los dedos por debajo del vestido. Emma, entonces, pudo alcanzar el interior del muslo de la mujer y el encaje de las bragas, posiblemente muy pequeñas, que ella llevaba puestas. Se obligó a retirar la mano de allí para no causar ningún accidente por la distracción.

Minutos después- que más les parecieron a las dos años- Emma estacionó frente a una pequeña casa. Al igual que el restaurante, también estaba bastante apartada de la ciudad. A su alrededor había árboles y otras pocas casas, todas del mismo estilo: pequeñas y con un pequeño jardín en la parte delantera.

‒ ¿Una casita?‒ preguntón Regina mirando el sitio

‒ Sí, una casita. Es más cómoda que nuestras casas o algún sucio hotel, ¿no te parece?‒ irguió una ceja y Regina sonrió ‒ Es nuestra hasta mañana por la tarde.

‒ No he traído ropa‒ comentó Regina, lamentándose

‒ No vas a necesitarla‒ replicó Emma rápidamente, haciendo que la morena estallara en una carcajada.

Las dos bajaron del coche y en unos segundos ya estaban dentro de la pequeña casa. Consistía solo en dos habitaciones, una de ellas era la cocina americana, y un baño. Era acogedora y ciertamente sería excelente para que las dos pasaran la noche.

‒ ¿Y ahora?‒ preguntó Regina sonriendo nada ingenua al girarse hacia la rubia.

Emma dejó la caja sobre la mesita de noche y encontró los ojos castaños con un intenso brillo, fuera de lo normal. Se libró de su propio chaleco y lo tiró a una esquina cualquiera, incentivando a Regina a que hiciera lo mismo con su abrigo.

‒ Ahora me das el beso que tanto deseo‒ dijo Swan rodeando la cintura de la morena con brusquedad, pegando sus cuerpos ‒ Y después hablamos…

Emma rozó los labios con los de Regina, haciendo que sus alientos con olor a vino se mezclaran, volviéndose uno solo. Regina respiró hondo, tragando en seco al mismo tiempo que sentía cómo los ojos verdes quemaban su piel de forma lenta y torturadora.

La morena, solo para provocar, tiró con los dientes del labio inferior de Swan y se lo mordió ligeramente, provocando una mezcla entre dolor y placer en la rubia, que como respuesta lo único que hizo fue agarrar con firmeza las caderas de la morena y empotrarla contra la pared más cercana. Regina gimió quedamente al sentir su piel caliente en contacto con la pared fría a medida que Emma iba presionando cada vez más su cuerpo contra el de ella, como si en cualquier momento fueran a fundirse.

‒ ¿Todo este teatro solo para besarme, Swan? Te he conocido más rápida‒ provocó Regina

Al notar que aquella frase fue dicha con tono de sarcasmo y de manera sensual, a Emma no le llevó más que dos segundos para acabar con el mínimo espacio que quedaba entre las dos en un beso urgente, caluroso. Agarraba con fuerza el rostro de la morena y la besaba como si el mundo fuera a acabar en algunos minutos. Regina, cuando la lengua helada de Emma finalmente comenzó a explorarla, notó cómo una sensación de frío empezó a subirle por la barriga. La necesidad de tocarla era enorme, así que la morena usó sus dos manos para desabotonar la camisa de Emma, quien inmediatamente se lo impidió.

‒ No‒ Emma susurró tras el beso ‒ No vas a tocarme. Al menos de momento.

‒ ¿Puedo saber por qué?‒ dijo Regina fallándole la voz cuando los besos de la rubia bajaron hacia su cuello

Emma se hundía en la línea del cuello de la morena, sintiendo el aroma dulce y sexy que emanaba de aquella zona. Dejaba besos, mordidas y leves succiones por toda su piel, y sentía cómo su entrepierna palpitaba cada vez que la escuchaba gemir bajito.

‒ Porque, Regina, es lo quiero‒ dijo firmemente cuando terminó con los besos. Emma agarró el cuello de la mujer con las dos manos y apretó levemente, solo limitando su respiración, volviendo aquel momento entre las dos más excitante ‒ Y así va a hacer.

La sonrisa maliciosa que apareció en el rostro de la morena, que estaba allí, siendo ligeramente ahogada, con el rostro enrojecido, el lápiz labial corrido y la vena de la cabeza queriendo aparecer, fue la gota de agua que colmó el vaso de Emma. Para Swan aquello perfectamente podría ser considerado una de las maravillas del mundo.

‒ ¿Ah sí?‒ Regina provocó, con dificultad en la voz, ya que las manos firmes de Emma aún estaban en su cuello ‒ ¿Y a qué estás esperando para mostrarme lo que sabes hacer?

Emma rió nerviosa, sintiéndose desafiada. Soltó con brutalidad el cuello de su esposa, quien se quedó ahí con una enorme sonrisa socarrona en su rostro. Sus manos ágiles encontraron la cremallera del ceñido vestido que, en segundos, ya estaba en el suelo, dándole a Emma la visión privilegiada de Regina vistiendo nada más que unas pequeñas braguitas de encaje color vino.

‒ De repente, te has quedado sin saber qué hacer, Swan‒ comentó Regina al percibir lo desconcertada que Emma se había quedado mirando su cuerpo ‒ ¿Acaso te gusta mucho lo que estás viendo?

Los ojos de Emma pasearon por el cuerpo de Regina, desde los tacones hasta los ojos castaño oscuro cargados de deseo. Seguidamente, en menos de tres segundos, Swan acorralaba con fuerza otra vez a la morena contra la pared y agarraba sus muñecas por encima de su cabeza, aprisionándola ahí.

‒ ¿Es todo lo que sabes hacer, hum? ¿Prenderme aquí, en esta fría pared?‒ Regina sabía bien cómo provocar a aquella mujer, a fin de cuentas, la conocía como a la palma de su mano. Y sabía bien que aquellas provocaciones la estaban enfureciendo, en el mejor sentido posible para aquel momento ‒ Pensé que podías hacer más, pero estoy viendo que…has perdido habilidad. ¿O es que nunca la tuviste? Oh, Swan, ya has sido me…

Con la intención de callarla, Emma colocó su rodilla entre sus piernas, presionado contra la intimidad aún cubierta de la morena, quien gimió quedamente al segundo interrumpiendo sus palabras.

‒ Cierra esa jodida boca‒ dijo Emma entre dientes y Regina sonrió satisfecha, presionando aún más su vagina contra la rodilla ‒ Mira que eres insoportable, Regina…

‒ Lo sé muy bien‒ dijo jadeante, buscando más contacto a cada segundo ‒ ¿Por qué no lo resuelves de una vez entonces?

Emma bajó la rodilla de nuevo, haciendo suspirar a Regina. La morena notaba sus bragas cada vez más húmedas, y Emma, aunque había conseguido controlar un poco el deseo que la embargaba, no estaba de diferente manera. Su centro palpitaba y se humedecía con cada segundo que pasaba.

Con sus manos posadas firmemente en la cintura de Regina, la rubia la agarró y con cierta brutalidad la tiró sobre el blando colchón de la cama de matrimonio que allí había. Regina se apoyó en sus codos, encarando a la rubia que tenía delante envuelta en una tensión que se podría cortar con un cuchillo.

Swan cogió la caja que estaba en la cómoda, al lado de la cama, y sacó de allí cuatro esposas con las argollas blancas y acolchadas. La morena tragó saliva al verla con aquellos objetos y sonrió cuando Emma puso la primera en su tobillo, prendiendo la otra argolla a los pies de la cama, después hizo lo mismo con el otro tobillo, imposibilitando a la morena mover las piernas.

Emma, con las dos esposas que quedaban, gateó sobre el cuerpo de Regina, que iba echándose a medida que la otra ascendía. La rubia se sentó en el regazo de la morena y observó, en silencio, cómo su pecho, jadeante, subía y bajaba sin parar. Sintió un absurdo deseo de tocarla y de explorar cada centímetro de aquella piel erizada y apetitosa, pero, por ahora, no le daría lo que tanto quería. Por ahora.

Regina, osada como era, intentó subir sus manos aún libres por las piernas de Emma, pero la rubia la agarró con fuerza por las muñecas y la miró fijamente a los ojos, embargados por el deseo, diciendo

‒ ¿Tengo que decirte de nuevo que no me vas a tocar? No hasta que yo te lo ordene‒ dijo Emma firmemente.

‒ Lo que ocurre, Emma…Es que no soy muy buena con las reglas‒ se retorció, buscando más contacto con la rubia, que se estremeció de los pies a la cabeza ‒ Infelizmente vas a tener que solucionar eso, o voy a tocar cuando bien me plazca.

Emma usó la mano que no sujetaba las muñecas de Regina y la llevó hasta el rostro de la morena, pasando ligeramente el dedo índice y corazón sobre los labios con el lápiz corrido. Sin perder tiempo, Regina abrió la boca y sintió los dedos de la rubia entrar en contacto con su caliente lengua. Swan intentaba ignorar el insistente palpitar entre sus piernas mientras asistía a la morena morderle y chuparle los dedos de forma tan erótica.

‒ Me gustaría tanto tenerlos en mí. Ahora‒ comentó Regina, lloriqueando, manteniendo el contacto visual.

‒ Ahora no, querida‒ dijo Emma rápidamente saliendo de encima de la mujer.

Sintiéndose completamente desconcertada y temblorosa, Emma prendió las muñecas de Regina a la cabecera de la cama, dejándola ahora totalmente inmovilizada. Observó por unos segundos aquel paisaje- sí, paisaje- antes de regresar a la caja, y pasar sus dedos por las ondulaciones de cada objeto que en ella había.

‒ ¿Quieres que te enseñe cada uno de ellos?‒ preguntó Regina, despertando a la rubia de su ensimismamiento.

‒ No será necesario‒ dijo Swan sacando de la caja una venda negra.

‒ ¿No me vas a vendar, no?‒ preguntó en tono bajo y ronco ‒ Ya no puedo tocarte‒ tiró de las piernas y manos, haciendo que las cadenas de las esposas causaron un ruido delicioso ‒ ¿ahora también me vas a quitar la oportunidad de ver? ¿Cuál será el próximo paso? ¿Ponerme la mordaza e impedirme hablar?

‒ Confieso que lo pensé, pero sucede, Regina‒ Emma dijo colocando delicadamente la venda sobre los ojos de la morena. Se agachó hasta el oído de Regina, susurrando ‒ Que quiero muchísimo escucharte gemir mi nombre e implorar por mis toques esta noche

Regina se humedeció los labios y sonrió, notando sus bragas mojarse un poco más. Los efectos que Emma le causaba eran de otro mundo. Cada célula de su cuerpo gritaba ya por ella hacía tiempo y aquel juego de provocaciones solo la excitaba más a cada segundo que pasaba.

‒ Entonces…‒ Regina añadió cuando transcurrieron unos segundos en silencio ‒ Estoy completamente vulnerable ante ti. No puedo verte, no puedo tocarte. ¿Qué vas a hacer conmigo, Swan?

Emma, a su lado, exploraba la caja llena de los más diversos juguetes sexuales, pero escogió el más pequeño y más liviano que había: una pluma negra, más o menos del tamaño de su mano. Observó el objeto antes de ponerse de rodillas en la cama y por la milésima vez, en menos de cinco minutos, admirar el cuerpo casi desnudo de la mujer que allí estaba acostada.

‒ ¿Qué te gustaría que hiciera?‒ preguntó Swan al pasar la punta de la pluma por su cuello, provocándole cosquillas.

‒ Me gustaría que me quitaras estas esposas y me dejaras desabotonar, botón a botón, tu blusa‒ contestó directamente

‒ ¿Y quién dijo que todavía llevo la blusa?‒ Emma provocó al descender la pluma hacia el hueco entre sus pechos ‒ Puedo estar sin ropa alguna y tú no lo sabrías.

‒ ¡Joder, Emma! ¿De verdad vas a torturarme de esta manera?‒ preguntó retorciéndose. La rubia pasó ligeramente la pluma por los pezones ya endurecidos de Regina, provocando que un quedo gemido saliera de su boca ‒ Eres imposible‒ dijo en tono quejica cuando la rubia iba descendiendo lentamente la pluma por su abdomen. Cuanto más intentaba librarse de las esposas, más se excitaban las dos ‒ Juro que en cuanto me libre de estas esposas, acabo contigo‒ dijo seriamente, haciendo que la rubia sonriera y pensara que, quizás, no sería una mala idea.

Cuando la pluma finalmente tocó ligeramente la intimidad de Regina-aún cubierta por el fino tejido de las bragas-la morena gimió algo frustrada y arqueó la espalda. Maldecía e intentaba librarse de aquella prisión, excitando cada vez más a Emma solo al verla de aquella manera. La rubia torturó a Regina con la pluma, pasándola lentamente sobre su vagina durante largos segundos.

‒ ¿Cuánto tiempo vas a aguantar torturándome así? Sé que debes estar más sedienta por tocarme de lo que estoy yo por recibir tus toques‒ provocó Regina ‒ Confiesa, Swan, me deseas tanto como lo hago yo.

Emma, una vez más, gateó sobre el cuerpo de la mujer, y pegó su boca a su oído, susurrando

‒ Te deseo, sí, más de lo que puedas imaginar‒ tragó en seco y pudo ver una sonrisa naciendo en los labios enrojecidos ‒ pero soy mucho más fuerte que tú, Regina.

‒ ¿De verdad?‒ dijo Regina bajito. La rubia pegó su cabeza a la de ella, sintiéndose cada vez más envuelta en aquel momento. La venda lo hacía todo más subyugante ‒ Y si hago así…‒ pasó lentamente la lengua por los labios de Emma, en una antigua y conocida provocación de ambas, haciendo movimientos lentos y circulares.

Emma notó cómo su garganta se secaba y no pudo contener un quedo gemido ahogado que hizo que la morena sonriera victoriosa.

‒ ¿Fuerte, hum?‒ dijo Regina, aún sonriendo

Furiosa, Emma agarró el cuello de la mujer con fuerza antes de decir

‒ ¿Cómo es posible? Incluso tras todos estos años sigues siendo la misma.

‒ ¿Cómo?‒ preguntó con dificultad

‒ Una gran perra

‒ Nunca he hecho por esconderlo de nadie, querida.

Con cierta firmeza en los movimientos, Emma llevó la mano, bruscamente, a la intimidad aún cubierta de Regina, que no pudo evitar que un alto gemido escapara de su garganta. Swan dejó la mano allí, estudiando, analizando cada una de las reacciones de la mujer. Aun con la tela de la prenda, Emma conseguía notar lo mojada que estaba Regina, hecho que la desconcertaba y hacía que sintiera deseos de perderse allí de una vez por todas. Masajeó el palpitante e hinchado nervio de la morena por encima de las bragas, haciéndola gemir bajo y descontroladamente al mismo tiempo que tiraba más de las manos a cada segundo.

Emma, antes de recostarse sobre el trémulo cuerpo de Regina, se libró, con algo de dificultad, ya que sus manos estaban temblorosas, de su propia blusa y de los pantalones. Cuando su piel entró en contacto con la de la mujer, recostándose sobre ella, aunque sin dejar caer todo el peso, las dos jadearon al mismo tiempo.

‒ Querría tener las manos libres para quitarte de una vez ese sujetador que aún llevas puesto‒ susurró Regina al sentir la tela del sujetador de Emma rozar su expuesto torso.

‒ ¿Puedes ser paciente?‒ susurró Swan a su vez antes de depositar besos y mordidas por todo el cuello de la mujer, que se retorcía sin parar.

La pierna de la rubia se encontraba entre las de Regina, presionando su palpitante y mojada vulva, proporcionándole un gran placer a través de una deliciosa y lenta torturra.

Swan descendió los besos, depositándolos ahora en los pechos de la morena, que en aquel momento, se mordía con fuerza el labio inferior en el intento de, por puro orgullo, contener los gemidos que insistían en salir de su boca. La lengua de Emma deslizó por el pecho de Regina, lamiendo y chupando ligeramente su pezón ya endurecido, causándoles a ambas una corriente de aire frío en el bajo vientre. Emma, a medida que se deleitaba con el dulce sonido que ahora escapa descontroladamente de la boca de la morena, chupaba con fuerza y dejaba mordiscos ligeros por toda la zona.

‒ Emma…‒ lloriqueó la morena ‒ No aguanto un segundo más con esto‒ se retorció sobre la cama, tirando de las esposas que la prendían.

‒ Pídeme, entonces, que haga más‒ dijo Swan mareada por el deseo acumulado ‒ Anda, Regina, pide, ¿qué quieres?

‒ A ti

‒ Puedes ser más grosera, querida, a mí me gusta.

La morena sonrió y se humedeció los secos labios.

‒ Quiero que…Entres en mí de una vez. Y también adoraría que me chupases…‒ gimió bajito al sentir que Emma presionaba aún más la pierna contra su centro ‒ Fóllame, Emma

Emma, al escuchar aquello de tan cerca y en el más sensual de los tonos, tuvo que controlarse para no gemir alto. Era como si Regina, sin ni siquiera tocarla, pudiera proporcionarle su primer orgasmo de la noche.

‒ Tu pedido es una orden‒ susurró al oído de la mujer

Antes de partir hacia lo que realmente interesaba, la rubia salió de la cama, con algo de dificultad, dado que sus piernas temblaban sin parar, y fue hasta la nevera, apretó unos botones que había en la puerta, y automáticamente cayeron algunos cubos de hielo dentro de un vaso que ya estaba colocado. Regina, encima de la cama, escuchaba con curiosidad los ruidos que se producían y se preguntaba lo que estaba por venir. Una cosa era cierta: estaba a nada de estallar por el deseo de tener a Emma que llevaba aculumando desde temprano.

Emma volvió segundos después y observó, por enésima vez, el cuerpo de su esposa allí, vulnerable, para ella, y sonrió satisfecha. Le gustaba sentir que, de vez en cuando, tenía el poder. Cogió un pequeño cubo de hielo de dentro del vaso, se lo puso en la boca y dejó el vaso con el resto en la mesilla de noche.

‒ ¿Puedo saber lo que vas a hacer?‒ preguntó Regina tras escuchar el ruido del vaso siendo dejado sobre la madera ‒ Pensé que mi pedido era una or…¡Oh, joder!‒ dijo en medio de un gemido, interrumpiéndose a sí misma al sentir el hielo en contacto con su piel.

La rubia colocó el cubo de hielo, que antes estaba en su boca, en el abdomen de Regina y fue guiándolo con la lengua cada vez más hacia abajo, dejando la piel de la mujer erizada no solo por la sensación fría, sino, sobre todo, por toda la tensión que iba apoderándose de su cuerpo. Cuando Emma se vio frente a la vagina de la morena, tuvo la certeza de que su visión se nubló y respiró hondo algunas veces seguidas antes de recoger el hielo otra vez en su boca, dejando que se derritiera para que su lengua quedara bien helada para lo que vendría después. Regina, que notaba la respiración jadeante de Swan contra su centro, se retorcía e intentaba contener los altos gemidos de su garganta. La rubia analizó aquella imagen y pensó en cómo retiraría la única prenda que aún quedaba en aquel cuerpo jadeante, dado que las piernas estaban sujetas con las esposas a los pies de la cama.

‒ Espero que no le tengas mucho apego a esta prenda‒ dijo Emma pasando ligeramente la punta de los dedos sobre el encaje de las bragas ‒ Prometo que te compro unas nuevas.

Antes de que Regina pudiera responder, Swan rasgó la prenda roja y la tiró a cualquier esquina del cuarto, dejando a Regina completamente desnuda, a excepción de los tacones que aún llevaba en sus pies, dando a la escena un toque mucho más sensual. La morena, al sentir que la prenda era rasgada y tirada por ahí, soltó un bajo y ahogado gemido.

‒ Daría todo por ver tu reacción ahora. Probablemente estás babeando‒ Regina rió maliciosa ‒ ¿Vas a tardar mucho, Swan? ¿O quieres soltarme para que yo misma pueda satisfacerme?

Emma rió nerviosa por las provocaciones, tragó en seco y se colocó entre las piernas de la mujer, separándolas cuanto pudo. Acercó dos dedos a sus pliegues mojados, separándolos lentamente y notando cómo su propia intimidad palpitaba aún más al ver a la morena tan expuesta ante ella. Su pulgar comenzó un masaje lento y torturante en el clítoris de la morena, que gemía, adrede, de la forma más sensual posible para sacar de sus casillas a la rubia.

‒ ¡Qué deliciosa eres!‒ comentó Emma prácticamente en un susurro, pero Regina consiguió escucharlo.

‒ ¿Cómo lo sabes? Aún no me has probado‒ replicó rápidamente en una provocación.

Emma, como respuesta, introdujo, sin ceremonias, dos dedos curvados en el interior caliente de Regina, quien gimió alto y ronco al sentir a la rubia finalmente dentro de ella. Swan entraba y salía de Regina a un ritmo acelerado, con fuerza y siempre curvando los dedos ya dentro, buscando proporcionarle todo el placer posible.

‒ Emma…‒ gimió desesperada cuando la rubia interrumpió los movimientos ‒ Por favor‒ imploró retorciéndose. Emma sonrió satisfecha al verla, prácticamente, suplicar por sus toques ‒ ¡Necesito más!

‒ ¿Más?‒ Emma arqueó las cejas ‒ ¿Y qué gano yo a cambio?

‒ Chúpame ahora y lo descubriremos después.

Sin aliento, sintiendo su piel quemar de tanto deseo, Emma se recogió el cabello en un moño mal hecho y se agachó, invadiendo el interior de Regina con la lengua helada, enloqueciendo a la mujer. Ella chupaba y lamía haciendo los más diversos movimientos al mismo tiempo que volvía a penetrarla con sus dos dedos, llevando a Regina a la locura.

Tenían suerte de que la casa más cercana estuviera a cincuenta metros de distancia, en caso contrario, los vecinos se despertarían con los secos sonidos que salían de la garganta de Regina.

‒ ¡La madre que me parió, Emma!‒ dijo Regina, entre gemidos ahogados. La rubia, entre las piernas de la morena, estaba casi delirando. Notaba cómo las paredes de Regina se contraían alrededor de sus dedos, avisando de que el orgasmo estaba cada vez más próximo ‒ ¡Emma!‒ si pudiera estaría tirando de aquellos cabellos rubios para echar fuera todo el placer que sentía en aquel momento.

No pasaron sino dos minutos hasta que Regina, finalmente, alcanzara su primer orgasmo de la noche, corriéndose en los dedos de Emma. Gimió alto, aliviada, relajando todos los músculos de su cuerpo.

Swan, algo mareada, desconcertada, se levantó y vió cómo el pecho de la morena subía y bajaba frenéticamente. Gateó por encima de la mujer y le quitó de sus ojos la venda que le impedía ver, cruzando después de tantos minutos su mirada con los castaños aún más brillantes que antes.

La mirada de Emma cayó en la boca seca, y en pocos segundos, las dos ya habían sellado el espacio con un beso desesperado y cargado de deseo y sentimientos.

‒ Suéltame ya‒ dijo Regina tras el beso ‒ Ahora, Swan‒ mordió el labio de la rubia que gimió bajito sintiendo una mezcla de dolor y placer.

‒ ¿No será peligroso?

‒ Depende de tu concepción de peligro

Regina parecía insaciable. Emma notó que cada una de aquellas palabras la golpeaban, formando, una vez más, una burbuja de tensión sexual.

Trémula, Emma buscó las llaves de las esposas y las soltó una a una, dejando las de las muñecas para el final. Cuando Regina se vio, finalmente, libre de aquellas esposas, le lanzó una mirada ardiente a la rubia, quien pudo sentir como si aquellos orbes castaños pudieran transformar su piel en brasas en cualquier segundo.

Regina se levantó de la cama, equilibrándose sobre los altos tacones y delicadamente agarró la mano de la rubia, invitándola también a levantarse, y cuando lo hizo, la morena, bruscamente, la empujó contra la pared más cercana, acorralandola allí. Colocó una pierna de Emma alrededor de su propia cintura, para encajar mejor en ella y dejó sus bocas a escasos centímetros una de la otra.

‒ Ahora, vamos a ver cuánto me deseabas…‒ susurró Regina antes de colocar su mano abierta sobre el abdomen de Swan, amenazando descender cada vez más. Cuando alcanzó el borde de las braguitas negras que ella llevaba, no tardó más de un segundo en hundir su mano en ella, entrando en contacto con la intimidad que parecía expulsar fuego de lo caliente que estaba, haciendo que ambas gimieran al unísono ‒ Si supieras, Emma, lo mucho que te imagino así para mí todas las noches…‒ comentó casi en un gemido. Llevó dos dedos hacia los pliegues encharcados de la rubia que jadeó ante el toque ‒ Mira cómo ya estás entregada a mí. No parece que hace unos minutos era yo la esposada a aquella cama‒ mordió el lóbulo de la oreja de la rubia, depositando besos que comenzaron allí para luego descender hasta la línea del cuello ‒ Dime, Emma, ¿cuánto deseas correrte para mí?

Emma tragó en seco ante la pregunta y contrajo todos los músculos del rostro. No quería dar su brazo a torcer, pero sentir cómo Regina la exploraba lentamente con sus dedos provocaba que los gemidos se acumularan en su garganta.

‒ Eres el diablo, Regina‒ dijo sin aliento

‒ No, amor, soy peor que él‒ sonrió abiertamente ‒ Pero no has respondido a mi pregunta. Dime, Emma…¿cuánto deseas correrte para mí?

‒ Mucho‒ respondió ya sin soportar más aquella tortura.

‒ Entonces, pídeme que te folle de la forma en que sé que te gusta‒ dijo entre dientes con una firmeza que daba miedo ‒ A nuestra manera, de la misma forma que hace años.

La rubia sonrió, mordiéndose el labio inferior y clavó su mirada en los ojos castaños que tenía delante. Regina estaba embargada por el deseo, de los pies a la cabeza.

‒ ¿Tengo que pedirlo?‒ la provocó Emma

‒ Tienes que suplicarlo‒ Regina replicó prontamente

‒ Entonces… ‒Swan llevó la mano al enganche del propio sujetador, liberándose de la prenda enseguida. La mirada de Regina, inmediatamente, cayó en los pechos medianos y firmes que tenía delante, provocando que su centro volviera a palpitar ‒ Por favor, Regina…‒ se acercó al oído de la mujer susurrando ‒ Fóllame. A nuestra manera: con fuerza y sin piedad alguna.

Regina se sintió extasiada ante las palabras proferidas en el más dulce y ronroneante tono. Apartó las bragas de Emma hacia un lado y sin ceremonia o piedad alguna, introdujo dos dedos con fuerza en la entrada de la mujer, haciéndola cerrar los ojos e inclinar la cabeza hacia atrás. La morena curvó los dedos ya en el interior, estimulando toda la zona. Emma ponía interés en mantener el contacto visual, rodeando a las dos cada vez más en ese momento único. Regina comenzó con un movimiento de vaivén lento en su vagina y poco a poco, a medida que el cuerpo de la rubia lo pedía, fue aumentando la intensidad de las embestidas, entrando y saliendo sin una pizca de piedad, como había sido pedido. La espalda de Swan batía fuertemente contra la pared a causa de la fuerza con la que la morena entraba y salía de ella, y Regina aprovechaba para besar todo su cuello, morder y chupar su piel, sin importarle las consecuencias.

La mano libre de Regina se desplazó, como un collar, al cuello de Emma, apretando ligeramente, dejando limitada la respiración. Emma, gustándole aquello, sonrió de la forma más lujuriosa que pudo, provocando que la morena apretara un poco más.

‒ ¿Te gusta esto, eh?‒ preguntó con la voz fallándole, sin parar las embestidas que ahora eran más lentas y torturadoras.

Como no podía decir nada, Emma solo asintió. Antes de que la morena soltara su cuello, Swan susurró un "zorra", y le dio una fuerte palmada en el trasero a la morena, quien gimió ahogadamente como respuesta.

Regina torturó a la rubia con lentos movimientos de su pulgar en su hinchado nervio, escuchándola gemir bajito en su oído en todo momento. Emma se estremecía a cada toque, sintiendo que, en cualquier momento, podría llegar al clímax, pero quería aguantar un poco más por puro orgullo. Cuando sus bocas, desesperadas, se unieron en un beso feroz, Swan pasó las piernas alrededor de la cintura de la morena, quien, con facilidad, la llevó hasta la cama, tirándola con brutalidad sobre el colchón. En el momento que cayó, la rubia, para provocar, cerró las piernas con fuerza y apretó sus pechos manteniendo el contacto visual con la sedienta morena que tenía delante, y Regina, sin resistir, separó las piernas de Swan y en pocos segundos, la única prenda negra que la cubría estaba adornando el pomo de la puerta.

‒ ¿Todo esto se debe al deseo de probarme, Regina?‒ Emma preguntó cuando sintió besos mojados y urgentes en la parte interna de su muslo ‒ Antes, tengo una petición.

Regina, con el rostro entre sus piernas y a un segundo de probar su gusto, alzó la mirada, arqueando una ceja.

‒ Quiero contacto visual‒ exigió Emma en tono autoritario ‒ Chúpame, sí, pero hazlo mirándome.

La morena sonrió y se humedeció los propios labios antes de, finalmente, lanzarse, explorando cada centímetro de aquel interior caliente y mojado de cuyo gusto jamás se cansaría. Emma gemía descontroladamente sintiendo aquellos movimientos y se esforzaba para no cerrar los ojos. Como le había pedido, o mejor dicho, exigido, Regina mantenía el contacto visual en todo momento, excitándose más a cada segundo. Swan tenía el rostro enrojecido, sudado y con algunas venas hinchadas. Su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético, y cuánto más gemía, con más fuerza e intensidad Regina chupaba.

Los largos y finos dedos alcanzaron los cabellos negros, y tiraron de ellos con fuerza. Descargaba en ese acto todo lo que estaba sintiendo. Y no solo eran los movimientos de lengua que Regina ejecutaba con maestría en su vagina, sino la sensación de tener aquellos ojos clavados en los suyos con una intensidad que solo existía en el universo.

‒ Regina…‒ Emma gimió, desesperada, apretando sus pechos con la intención de depositar allí toda la placentera agonía presente en su barriga ‒ ¡La madre que…!

Al notar que el orgasmo de Swan estaba próximo, Regina volvió a introducir dos dedos curvados, notando cómo Emma se contraía alrededor de ellos, y segundos después, acompañando un gemido alto de alivio, la rubia se corrió en los dedos de la morena.

Regina la observó durante algunos segundos, admirando su cuerpo cansado y sudado sobre la cama. Fue dejando besos desde su intimidad hasta su húmeda frente, donde dejó un último, demorado y delicado beso.

‒ Has acabado conmigo. Ciertamente más de lo que yo acabé contigo‒ comentó Emma algunos segundos después mientras intentaba normalizar su alterada respiración.

‒ Y diría que aún estoy preparada para más‒ respondió la morena con una sonrisita maliciosa en el rostro.

‒ No te cansas, ¿verdad?‒ rió

‒ ¿De ti? Nunca, Emma‒ respondió serenamente, acariciando el rostro de la mujer a su lado ‒ De verdad que nunca.

Emma sonrió abiertamente antes de atraer a Regina a un beso, esta vez delicado, calmado, cargado de lo que ambas llamarían amor. Los dedos de la morena se introdujeron de manera suave en los cabellos rubios y las manos de Emma se deslizaron por la espalda de la morena, acariciando toda la región. Tímidas sonrisas aparecieron en medio de aquel beso que duró bastante tiempo.

‒ ¿Quieres más?‒susurró Emma tras el beso, y sonriendo, Regina asintió ‒ Está bien.

Emma se arrodilló en la cama antes de intercalar sus piernas con las de Regina-que seguía echada- y se sentó sobre su regazo, haciendo que sus intimidades descubiertas y mojadas se tocaran, causando una fricción que provocó que ambas gimieran al mismo tiempo. Swan comenzó a moverse lentamente y las manos de la morena se colocaron en su cintura, agarrándola firmemente para motivarla a ir aumentando el ritmo de los movimientos. La rubia, sin dejar de mirar sus ojos favoritos, se movía según iba exigiendo el momento. Las dos emitían quedos y ahogados gemidos al mismo tiempo que sentían una presión ir formándose en el bajo vientre.

‒ Más rápido, Emma…‒ gimió Regina al agarrar aún con más fuerza la cintura de Swan ‒ Joder, qué sexy eres‒ dijo bajito, haciendo que brotara una sonrisa en los finos labios de la mujer que ahora se movía frenéticamente.

Swan quitó las manos de la morena de su cintura y entrelazó sus dedos, apretando fuerte sus manos. Inclinó el tronco hacia delante y besó amorosamente a Regina sin interrumpir los movimientos que hacía sobre su regazo.

‒ Voy a…‒ dijo Regina con dificultad cuando se dio cuenta de que ya no iba a aguantar mucho más tiempo.

‒ Shhh…‒ Emma susurró y continuó con los movimientos.

Las dos alcanzaron el segundo orgasmo de la noche a la vez, gimiendo alto una pegada a la boca de la otra. Swan, sin poder aguantar el peso de su propio cuerpo, ahora trémulo, cansado y pesado, cayó sobre el de Regina, y de aquella manera, quedaron durante unos buenos segundos. Regina fue la primera en moverse, paseando ligeramente la punta de sus dedos por la espalda húmeda de la mujer que tenía encima de ella, uniendo las pecas cuya posición ya hacía tiempo que había memorizado.

‒ Creo que nunca hemos tenido un sexo tan bueno como este‒ comentó Emma un minuto después, deslizándose al otro lado de la cama, obsevando el techo blanco encima de ellas.

‒ Este me ha hecho retrotraerme a Londres, cuando comenzamos la relación‒ Regina respiró hondo y sonrió ‒ Estoy exhausta, Swan. Apenas siento las piernas. Debo haber perdido unos tres kilos en estos juegos‒ pasó la mano por la cabeza y rió nerviosa.

‒ ¿Tienes fuerzas para levantarte y tomar un baño?

‒ Dame un tiempo‒ rieron‒ Vamos a esperar un poco. Mi cuerpo, del cuello para abajo, ahora no está funcionando.

Emma, echada de lado, admiró cada pequeño detalle de aquel cuerpo y de aquel rostro que tan bien conocía. Se acordó de los años pasados y de cómo aquella mujer, a su lado, había conseguido estar más guapa con el pasar de estos. Sus dedos, involuntariamente, se deslizaron desde la barriga de Regina hasta su rostro, que acarició con toda la delicadeza del mundo, dibujando cada centímetro.

‒ ¿Regina?‒ con el corazón acelerado, Emma la llamó

La mirada castaña y ahora algo cansada se giró hacia ella.

‒ ¿Sí?‒ respondió la morena con una pequeña sonrisa

Cuando aquellos dos pares de ojos se encontraron tras aquel intenso momento vivido, ambos estaban brillando. Y fue en ese preciso momento en que ambas tuvieron la certeza de que nunca se habían olvidado de lo que una sentía por la otra.

En tono receloso y bajo, tras suspirar, Emma dijo

‒ Te amo tanto

Regina se sintió aliviada, como si, finalmente, pudiera respirar tranquilamente. Se recostó de lado, acercando su rostro al de Emma y antes de deslizar su mirada por él con ternura, respondió

‒ Yo también te amo. Nunca dejé de amarte.