Two hearts in one home
Música: Sweet Creatue- Harry Styles
"We're still young, we don't know where we'ew going but we know where we belong. We started two hearts in one 's hard when we argue, we're both stubborn, I know. But, sweet creature, wherever I go, you bring me home. When I run out of road, you bring me home"
Según fueron pasando las semanas desde la reconciliación, las cosas fueron volviendo a su redil. Volvieron a ser frecuentes los planes en familia, también los almuerzos en casa de Sarah, y ya era común que todos los domingos, los cuatro, como la familia que siempre habían sido, se abrigaran y pasaran la tarde juntos en un parque cercano a la casa de cada una.
Henry y Hope estaban radiantes, incluso estaban yendo mejor en la escuela. No solo ellos, sino que el comportamiento de Regina, de repente, había cambiado, su humor era mejor y era menos rígida en las clases, cosa que llamó la atención de sus alumnos y compañeros de trabajo.
Sin embargo, aún había algo importante que las mantenía distantes, en el sentido literal de la palabra: seguían viviendo en casas separadas. Se visitaban de vez en cuando, pero nunca dormían bajo el mismo techo si este era el de la casa de Emma o el del apartamento de Regina. Y frecuentemente era tema de discusión que normalmente no acababa muy bien.
La morena, con toda su razón, se negaba a volver a aquel sitio y a aquella cama que un día fue de ella, pero que dejó de serlo durante más de un año siendo ocupada por otra persona. Su esencia ya no estaba en aquella casa. Y Emma, aunque entendía la postura de su mujer, tenía dificultades para entender que, estando ya todo bien y habiendo reconstruido la relación comenzada años atrás, aún vivieran a kilómetros de distancia como dos adolescentes enamorando bajo la autorización de los padres y bajo el techo de ellos. Las dos, ya que estaban recomenzando, estaban yendo lento y poco a poco, preocupándose qué hacer en relación al hogar que un día tendrían que volver a compartir.
En la primera semana de marzo, con la aproximación de la primavera, Emma comenzó a distanciarse de todo y de todos. Raramente atendía alguna llamada y casi nunca estaba en casa o disponible. Daba como disculpa que había encontrado una buena oportunidad de trabajo, y que, aunque había dicho que se daría un tiempo, no podía estar sin hacer nada durante tanto tiempo. Pero, como ya era de esperar, su ausencia comenzó, poco a poco, a incomodar a Regina, quien, rápidamente, se sintió exactamente como un año antes, cuando su matrimonio pendía de un hilo.
‒ ¿Por dónde anda tu madre?‒ preguntó Regina a Henry en cuanto el timbre tocó y los alumnos salieron disparados del aula, quedando solo su hijo dentro. Ella juntó sus cosas y organizó todo en sus carpetas y bolso, preparándose para salir ‒ Intenté hablar con ella ayer y no pude. Y hoy tampoco cogió el teléfono.
‒ No sé‒ respondió él encogiéndose de hombros, pero Regina percibió que Henry evitaba mirarla a los ojos ‒ Hope y yo nos hemos quedado toda esta semana con Ruby o con la abuela. Mamá no ha estado mucho en casa.
‒ ¿Y no dice a dónde va?‒ su tono salió indignado. Se levantó y se colocó el bolso al hombro y las carpetas bajo el brazo.
‒ Hum…No‒ carraspeó ‒ Solo dice que tiene trabajo que hacer. Sale temprano y llega tarde, normalmente yo ya estoy dormido.
‒ No me trago eso– reviró los ojos ‒ Me está escondiendo algo. Cuando lo descubra…Se va a enterar.
‒ ¡No te está escondiendo nada!‒ golpeó el suelo con los pies ‒ ¡No te pongas como loca, mamá!
Regina arqueó las cejas inmediatamente y cruzó los brazos bajo los pechos, lanzándole una fría mirada al pequeño
‒ ¿Que no me ponga como loca?‒ profirió en tono ronco, acercándose a Henry, quien rápidamente se encogió ‒ ¿Qué es eso, niño? ¿Esa es forma de hablar conmigo?
‒ Tú y mamá nos lo decís continuamente‒ argumentó él con la nariz empinada. Genial, pensó Regina. Estamos en la fase de la pre-adolescencia en que los mocosos ya se piensan que son grandes.
‒ Lo que ocurre es que nosotras somos madres y podemos decirlo‒ apretó la nariz del pequeño y se la torció, provocándole un poquito de dolor ‒ ¡Qué no se repita!
‒ Está bien. Disculpa‒ dijo, avergonzado ‒ ¿Podemos irnos?
‒ Vamos‒ pasó su brazo alrededor de los hombros de su hijo y caminó hasta la puerta del aula.
Hope, sentada al lado de su mochila rosa-que era de su tamaño, o incluso mayor, estaba esperando en las sillas al lado de la sala de profesores, y cuando divisó a su madre y a su hermano al final del pasillo, suspiró aliviada. Ya había salido hacía más de quince minutos y había pasado todo ese tiempo-que en la cabeza de un niña de seis años es una eternidad-sola, contando los trofeos que había por ahí cerca.
‒ ¡Menos mal!‒ exclamó al verlos ‒ ¡Llevo aquí una hora! ¡Pensé que me habíais olvidado! ¡Me estaba muriendo de hambre, a un paso de entrar en aquella sala y practicar canibalismo, de devorar a tus compañeros de trabajo!
‒ ¡Deja de ser una dramática exagerada! ¡No te pongas como loca!‒ dijo Regina a la hija y Henry la miró de manera indignada al escucharla decir eso ‒ Y ese canibalismo es algo que tú nunca harías‒ le di un golpecito en la cabeza a la pequeña, que refunfuñó ‒ Voy a guardar las cosas y ya vengo. Esperadme aquí
En cuanto Regina entró en la sala, Henry se sentó al lado de la hermana y suspiró, tenso, pasándole a Hope todo su nerviosismo y ansiedad.
‒ ¿Qué pasa?‒ preguntó Hope
‒ Ella‒ señaló a la sala de profesores con la mirada. Pudieron ver a través del cristal de la puerta a Regina, de pie, conversando con sus compañeros al mismo tiempo que guardaba sus cosas en su taquilla ‒ Está desconfiando. ¿Sabes qué tuve que hacer para distraerla?
‒ ¿El qué?‒ abrió sus grandes ojos claros
‒ ¡Tuve que decirle que dejara de ponerse como loca!‒ rio. Hope se llevó las manitas a la boca y soltó una risa baja ‒ Así rápido se olvidó de mamá y comenzó a pelear conmigo.
‒ ¿Entonces cada vez que empiece a interrogarnos…tenemos que portarnos mal?‒ preguntó nerviosa ‒ ¿Y si nos castiga?
‒ ¡Valdrá la pena!‒ dijo confiado ‒ En algunos días valdrá la pena
‒ Mamá Emma me va a pagar caro‒ dijo Hope cruzando los brazos.
Segundo después, ahora solo con su bolso de mano, Regina apareció en el pasillo.
‒ Venga, vamos a mi casa‒ dijo Regina cogiéndolos a los dos por las asas de las mochilas y arrastrándolos hacia fuera del pasillo.
Algunos días después, ya en viernes, Regina se había levantado a su hora habitual, con el estridente sonido de su despertador. Y como ya era de esperar, encontró la cama de sus hijos, en el suelo, completamente vacía, ya que los dos estaban tirados sobre ella, en su cama.
Hope estaba acostada literalmente sobre la morena, acurrucada en su pecho, mientras Henry formaba una cucharita con ella. Y Lola dormía encogida a los pies de la cama.
Fue inevitable no sonreír bobaliconamente.
‒ Hope, cuando comiences a trabajar, me vas a pagar varias sesiones de pilates‒ Rezongó Regina notando cómo su columna pedía socorro ‒ Eh, vamos, despertad los dos‒ dijo cariñosamente, pero ellos ni siquiera se movieron ‒ Si despertáis ahora, os preparo un suculento desayuno.
‒ ¿Con tortitas en forma de corazón?‒ preguntó rápidamente Hope con voz somnolienta.
Regina rio bajito y acarició a su hija en la cabeza.
‒ Con lo que queráis‒ respondió
‒ Ok, toy despierta‒ dijo saliendo de encima de la morena y sentándose en la cama, restregándose los ojos. El cuarto estaba oscuro, iluminado apenas por la poca luz que entraba por debajo de la puerta ‒ Henry, levanta‒ sacudió al hermano con agresividad.
‒ Vestíos‒ dijo Regina mientras se levantaba y se ponía su bata. Abrió las cortinas de la ventana, dejando entrar la luz del sol que dio en la cama, haciendo que Henry se cubriera la cara con la almohada ‒ Yo voy a preparar el desayuno. ¡No tardeis!
Antes de ir a la cocina, se lavó la cara y se cepilló los dientes. Después comenzó a preparar el desayuno como ella sabía y que normalmente sacaba de quicio a Emma: haciéndolo todo al mismo tiempo. Freía el bacón en una sartén, los huevos en otra, hacía las tortitas, preparaba el zumo y su café. Todo al mismo tiempo y nada se quemaba o salía mal.
Sonó el timbre, dándole un pequeño susto a la morena. Pensó que podía ser el mensajero, así que apartó todas las sartenes del fuego, se pasó la mano por el cabello en un vano intento de peinarlos con los dedos.
Al abrir la puerta, tensó todo su cuerpo y contrajo los músculos del rostro, al ver, después de días, la figura rubia de sonrisa angelical a algunos centímetros de distancia.
‒ ¿Recordaste que tienes mujer?‒ preguntó antes de nada. Su tono salió firme y rabioso.
‒ ¿Acaso se puede olvidar?‒ Emma entró en el apartamento, importándole poco si era invitada o no ‒ Para ti‒ sacó de detrás de la espalda una rosa roja y se la puso a la morena en la mano ‒ Ya han comenzando a florecer algunas flores. Le robé esta a la vecina.
‒ Emma, ¿cuál es tu problema?‒ Regina colocó la rosa sobre la mesa y dirigió su indignada mirada a Swan ‒ Desapareces, no atiendes ninguna llamada, apenas respondes a mis mensajes y de la nada, apareces aquí a las siete de la mañana en un día laboral. Con una rosa como si nada hubiera pasado. ¡Joder! ¿En qué estás pensando?
‒ Estoy pensando…‒ se acercó, rodeando a Regina por la cintura ‒ Que te amo…‒ besó su cuello
‒ ¡Vete a la mierda!‒ empujó a la rubia, apartándola de ella ‒ ¡Estoy hablando en serio! ¡Me he pasado los últimos días intentando hablar contigo durante más de dos minutos o de dos mensajes diarios! ¡Cuando intento hablar contigo, intentar saber el motivo de tu desaparición, me mandas unas fotos, unas figuritas y gifs de gatitos, de perritos haciendo muecas! ‒ Emma sonrió de oreja a oreja, irritando más a la morena ‒ ¡Qué te den, Emma! ¿Por qué me estás evitando?
‒ No te estoy evitando, mi amor‒ pasó un mechón oscuro por detrás de la oreja de la mujer ‒ Me hubiera gustado estar contigo todos los días. ¡Es solo que ando muy ocupada!
‒ ¿Ocupada en qué? ¿Qué tipo de trabajo es ese que te ocupa todas las horas del día? Dijiste que te ibas a tomar un tiempo. ¡Dijiste que financieramente estabas cubierta por los próximos años!
‒ ¡Y de verdad lo estoy!‒ exclamó ‒ Pero esta oportunidad…No puedo dejarla pasar. Pero tampoco puedo, de momento, decir lo que es.
‒ Estás bien alegre para ser las siete de la mañana de un viernes. ¿Cómo sé que ese trabajo tuyo no tiene nada que ver con follar la noche entera con alguien, toda la semana?‒ Regina apretó los ojos
‒ Ah, por favor, ¿no confías en mí?‒ se acercó de nuevo, agarrando el rostro de la morena ‒ Y por el amor de Dios, llevo sin follar el mismo tiempo que tú. Bueno, espero que lleves el mismo tiempo que yo‒ dijo en tono guasón, pero Regina no esbozó sonrisa alguna. Permaneció seria, enfurruñada ‒ ¿No me vas a dar una sonrisa? ¿No me vas a dar un beso?
‒ ¿Y te lo mereces?‒ ella luchaba contra su propio deseo de bajar la mirada hacia los labios rosados de Emma
‒ Quizás no‒ suspiró ‒ Pero querría un beso tuyo…‒ agarró el mentón de Regina antes de pasar el pulgar por su labio inferior.
La morena relajó el cuerpo, odiándose por haberse entregado tan fácil. Puso los ojos en blanco y finalmente descendió la mirada hacia el rostro de Emma, posándola en los llamativos labios que tanto le gustaban.
Suspiró antes de decir
‒ Hija de puta‒ susurró a milímetros de distancia del rostro de Swan. La rubia sonrió de oreja a oreja, nada ingenua, al escuchar aquello saliendo de la boca de la morena ‒ Cómo odio lo que haces conmigo
‒ ¿Qué hago contigo?‒ la empujó hasta la pared más cercana, acorralandola ahí. Su mano fría subió hasta el cuello de Regina, sujetándola levemente y erizando a la morena por entero.
‒ Me sacas de quicio en el buen sentido hasta cuando quiero que sea en el malo‒ dijo entre dientes
‒ Qué tóxico‒ bromeó y Regina puso los ojos en blanco.
Swan atrajo a Regina por el cuello y comenzó un beso lento, muy sensual y cargado de añoranza, deseo, amor. Las manos de la morena rodearon el cuello de Emma, quien descendió la mano desde el cuello de la morena hasta la cintura mientras que con la otra acariciaba su rostro.
‒ Es una pena que tengas que irte a trabajar dentro de poco‒ dijo Emma jadeante al terminar el beso
‒ Aunque no fuera…‒ Regina dijo inclinando la cabeza hacia un lado al notar a Emma distribuyendo provocativos besos por toda la extensión de su cuello ‒ Los niños están en casa‒ dijo ‒ ¡Joder, Emma!‒ farfulló en un susurro al sentir la punta de la lengua de la rubia recorrer su cuello.
‒ Déjalos en el colegio y falta al trabajo. ¡Vamos a alquilar un Airbnb solo por hoy!‒ sugirió Emma en broma-aunque en el fondo tenía algo de verdad.
‒ ¿Tú puedes trabajar y yo no?‒ empujó a la mujer, apartándola e intentando ignorar sus trémulas piernas.
Volvió a la cocina, pasó la comida de las sartenes a los platos y los decoró de forma atractiva para sus hijos. Emma la siguió y la abrazó por detrás, colocando su cabeza en su hombro.
‒ Muy pronto este trabajo va a acabar y voy a poder darte más atención.
‒ ¿De verdad o lo dices para calmar el ambiente?‒ preguntó Regina con un tono abatido. Aquello era algo que realmente la entristecía
‒ Lo haré. Te digo la verdad‒ Emma la giró hacia ella ‒ No quiero cometer el mismo error. Y tampoco quiero que tú lo cometas‒ hablaba en tono bajo y con sinceridad en su voz, mirando profundamente los ojos castaños ‒ Prométeme que me hablarás si algo te está incomodando.
‒ Lo prometo‒ sonrió débilmente
Se perdieron, una en la mirada de la otra, durante largos segundos antes de que Emma diera comienzo a otro beso, esta vez más lento, con más suspiros y toques más suaves.
Regina sonrió entre beso y beso cuando sintió la mano de la rubia invadiendo la parte interna de su bata, agarrando con fuerza su trasero sobre la tela del camisón.
‒ ¡Eh, qué hay niños en casa!‒ exclamó Hope al aparecer de repente, al lado del hermano. La pareja, rápidamente, se apartó, ambas jadeantes debido al beso de quitar el aliento. Regina tenía las mejillas rojas de vergüenza mientras Swan intentaba contener la gran sonrisa ‒ ¡Mamá!‒ dijo la pequeña, feliz, corriendo hacia Emma y saltando a sus brazos.
‒ ¡Hola, mi amor! ¡Cómo os he echado de menos!‒ dijo apretándola fuerte. Henry se juntó al abrazo y besó a su madre en la mejilla ‒ He venido para acompañaros hoy a los tres al cole.
Regina sonrió disimuladamente contra la taza de café, dando un corto sorbo al líquido.
‒ Hoy tengo examen de matemáticas‒ refunfuñó Hope sentándose a la mesa. Regina sirvió a los chicos, poniendo el colorido y decorado plato frente a ellos ‒ Es muy difícil. No me entero de esas cosas de restar, subir número, multiplicar…‒ resopló‒ ¡Voy a sacar un cero!
‒ No, no lo harás‒ Regina levantó un dedo ‒ Te va a salir bien. Eres lista‒ besó la parte alta de la cabeza de la pequeña ‒ Voy a vestirme. ¿Te quedas aquí con ellos?‒ le preguntó a Emma
‒ ¿Estás segura de que no necesitas ayuda para vestirte?‒ susurró al oído de la morena, erizándole la piel de la zona.
‒ No seas tan descarada. ¡Son las siete de la mañana!‒ dijo entre dientes, intentando controlarse para no reírse ‒ Ya vuelvo.
Durante el camino a la escuela, Henry ayudaba a Hope en el asiento de atrás con las matemáticas, mientras Regina, que conducía, conversaba tranquilamente con Emma en la parte delantera. La mano de la rubia estaba posada en la pierna de la morena, apretando de vez en cuando, hasta el punto de casi romperle las medias, pero Regina le llamaba la atención con frecuencia.
‒ ¿No prefieres que te deje en casa?‒ preguntó Regina al parar en un semáforo en rojo
‒ No, cuando lleguemos a la escuela, llamo a un taxi. Estate tranquila.
‒ Ok‒ dijo Regina. Miró de reojo a la mujer que tenía al lado, reparando mejor en la ropa que llevaba puesta aquella mañana. Unos vaqueros ceñidos, negros, una fina blusa de manga larga verde musgo y botas en los pies. Sin embargo, lo que realmente llamó la atención de Regina fue una pequeña mancha blanca en los pantalones de Emma. Perfeccionista como era, no soportaba ver algo fuera de lugar, un botón flojo o una mancha en alguna ropa. La ponía de los nervios ‒ ¿Qué es esto?‒ tocó la mancha que era bastante espesa.
Emma desorbitó los ojos y tapó la mancha blanca con la mano.
‒ Solo una manchita. Estos pantalones son viejos‒ dijo rápidamente
‒ Compraste estos pantalones la semana pasada cuando fuimos a la tienda a comprar un regalo de cumpleaños para Archie‒ dijo Regina acelerando en cuando el semáforo se abrió ‒ Parece pintura.
‒ No sé lo que es. Estos últimos días mi madre me ha lavado la ropa, Eleanor debe haber tirado algo encima cuando estaban secándose. Ya saldrá en el próximo lavado.
‒ Hm…Está bien‒ decidió ignorar su extraño comportamiento y volvió a centrar su atención en la carretera.
Algunos minutos después, estacionó en el aparcamiento de la escuela en el exacto momento en que el primer timbre tocaba. Bajó del coche y sus hijos corrieron rápidamente hacia dentro del edificio. Las profesoras de las primeras clases de los viernes eran muy rígidas y exigían que todos los alumnos estuvieran en sus correspondientes sitios cuando tocara el segundo timbre.
‒ Entonces…¿Podremos vernos este fin de semana?‒ preguntó Regina, ya sin expectativas.
‒ En realidad…Tengo que resolver unas cosas mañana y el domingo también‒ explicó la rubia, y Regina resopló ‒ No te pongas así, ¿ok?‒ le dio un beso en la cabeza ‒ Ahora voy a dejar que entres a trabajar. ¿Puedo darte otro beso?
Regina miró alrededor, percibiendo que algunos de sus alumnos, desde pequeños hasta mayores, aún estaban por el aparcamiento esperando a que tocara el último timbre para entrar.
‒ Hay alumnos míos aquí– susurró
‒ ¿Y no pueden saber que eres mía?‒ se acercó peligrosamente, pasando la nariz por el rostro de la morena.
La mujer sintió que se derretía al escuchar a Emma referirse a ella como "suya"
‒ ¿Por qué eres tan pesada?‒ preguntó Regina con una sonrisa antes de pegar su cabeza a la de la rubia, rozando sus labios en los de ella ‒ Hay gente mirando. Bésame ya antes de que cambie de opinión.
Tras poner una sonrisa boba, Emma selló el pequeño espacio que las separaba con un beso, esta vez más rápido y más caluroso. Tuvo que controlarse para que sus manos no pasaran de los límites de la cintura, a fin de cuentas, estaban en un ámbito que no solo era escolar, sino el ámbito profesional de la morena.
‒ Ciao‒ dijo Emma pegada a la boca de la morena tras acabar el beso ‒ Que tengas un buen día de trabajo.
‒ Tú también‒ dijo en tono punzante, endureciendo la mirada, pero de nada sirvió ya que en pocos segundos ya estaba perdida en los ojos verdes que tenía a centímetros ‒ Te amo
‒ Yo también te amo‒ le dejó un beso cariñoso en la nariz ‒ Hasta luego
Regina se despidió con un ciao y caminó hacia la escuela, sintiendo las miradas de todos los alumnos que aún estaban por allí posadas en ella. Algunos susurraban entre ellos, otros parecían sorprendidos, otros parecían envidiar la relación. El resto de la mañana, Regina dio unas clases dinámicas a sus alumnos, sorprendiendo con su buen humor.
El domingo por la mañana, mejor dicho, ya tarde, Regina amaneció con un fuerte dolor de cabeza debido a la cantidad de vino que había tomado la noche anterior. No, no había sido ninguna ocasión especial, solo se había quedado sola. Sus hijos habían dormido en casa de la abuela y Emma ni siquiera dio señales de vida. Había sido una noche de sábado solo de Regina, Lola, palomitas y comedias tontas en la tele.
Se levantó con la mano en la cabeza, muriendo ante la dificultad para abrir los ojos. Se dirigió a la cocina y no dudó en tomarse un vaso de agua y una aspirina.
Tenía el pelo recogido en una coleta bastante despeinada en el centro de la cabeza, su pijama no era ni de lejos lo que solía ponerse-algo sensual, generalmente seda. La morena llevaba puesto unos pantalones de franela roja y una enorme camisa gris. Tampoco la calentaba una bata corta, sino un largo albornoz de algodón azul.
‒ Lo sé, Lola, estoy horrible‒ refunfuñó mientras se apoyaba en la nevera. La perrita, sentada correctamente en el suelo, la miraba con sus pequeños y brillantes ojitos ‒ ¿Sabes por qué? Emma ni piensa en mí. Me está cambiando por el trabajo. Una vez más‒ resopló ‒ No he aprendido nada, ¿verdad?‒ abrió la nevera y sacó un gran pedazo de queso, metiéndoselo de una vez en la boca ‒ ¿Pero qué puedo hacer? Estoy loca por esa hija de pu…
Y el timbre sonó, interrumpiéndola.
‒ Ah, por favor. ¡Es domingo! ¡No quiero recibir a nadie!‒ gritó para que quien fuera escuchase
Pero los toques se hicieron insistentes, y Regina, para parar aquello, decidió atender. No sabía por qué se había sorprendido tanto al ver a Emma allí, dado que esta tenía la manía de aparecer por sorpresa.
La rubia llevaba un largo vestido azul bebé de asillas. Su pelo estaba suelto, como siempre brillante y sedoso. El delicado collar con el colgante de pájaro rodeaba su cuello y en su muñeca, una pulsera que también le había regalado Regina.
‒ Estás tan sexy así‒ dijo Emma poniendo énfasis en el "tan"
‒ ¿Qué coño haces aquí? ¿No debías estar trabajando?‒ preguntó irritada y un tono alto que hizo que su cabeza le doliera.
‒ ¿Me vas a recibir así siempre?‒ forzó una pose de ofensa ‒ Mi trabajo finalmente ha acabado, conseguí meterme prisa. Ahora estoy libre para ti.
‒ ¿Ah sí?‒ arqueó una ceja. Emma asintió ‒ ¿Y puedes decirme qué trabajo era ese, ahora que ha acabado?
‒ ¿Por qué no hacemos una cosa? Deja que te lleve a un sitio. Te tengo una sorpresa‒ sonrió y rodeó a la mujer por la cintura, acercándose a su rostro ‒ ¿Ya te lavaste los dientes?‒ Regina negó con la cabeza ‒ Ok, entonces no te voy a besar ahora‒ dijo riendo y la morena puso los ojos en blanco ‒ Arréglate, venga. Vamos a salir.
‒ ¿Es otra sorpresa como la cena en aquel restaurante?‒ entrecerró los ojos
‒ Mejor que eso, confía‒ sonrió‒ Venga. ¡Ve a vestirte!
En menos de treinta minutos, Regina se transformó completamente. El pijama largo y el pelo despeinado fueron sustituidos por un vestido rojo a la altura de las rodillas, escotado en la espalda. El cabello estaba ahora milimétricamente perfecto, bien peinado y puesto hacia un único lado. En los pies se calzó unos sencillos zapatos negros, y en el rostro, solo lapiz labial que pegaba muy bien con el tono de su piel y el color de su vestido.
Ella observó el propio reflejo en el espejo, dando algunas vueltas para comprobar que estaba bien en aquella ropa. Y cuando finalmente constató que mejor no podría estar, volvió a la sala de estar donde Emma estaba poniéndole la correa a Lola.
‒ ¿Ella también viene?‒ Regina frunció el ceño
‒ Sí, vamos a sacarla a pasear un poco‒ dijo tranquilamente mientras acariciaba su hocico ‒ Ella también puede aprovechar la sorpresa.
‒ ¿Estoy vestida apropiadamente para ese evento?‒ señaló la ropa que llevaba puesta
‒ Perfectamente, como siempre‒ dijo Emma mirando a la morena de la cabeza a los pies ‒ Es mejor que salgamos
Regina comprobó que todo estaba apagado, y finalmente las dos salieron de casa. Lola, como se había acostumbrado a vivir en un apartamento pequeño y sin terraza, se ponía eufórica cada vez que salía a la calle y podía ver árboles y pájaros-a veces intentaba correr tras ellos. Pero se puso mucho más feliz y saltarina cuando vio el coche de Emma aparcado cerca. Le gustaban los paseos en coche y ciertamente reconocía el de sus dueñas, así, cuando divisó el gran coche color vino, fue ella quien comenzó a arrastrar a Emma, ya que la perra salió corriendo descontrolada hacia el coche. En cuanto la puerta de atrás fue abierta, saltó dentro y colocó la cabeza hacia fuera de la ventana.
‒ Entra‒ dijo Emma al abrir la puerta del pasajero para Regina ‒ Y ponte…‒ sacó una venda de dentro de la guantera, y se la puso en la mano a la morena ‒ Esto
‒ ¿Una venda?‒ frunció el ceño. Esperó a que Emma entrara en el coche para seguir con el tema ‒ ¿Por qué una venda?
‒ Porque es una sorpresa. Y no quiero que veas a dónde vamos‒ respondió como si fuera obvio.
‒ ¿Esto realmente tiene que ver con tu trabajo, Emma?‒ suspiró ‒ ¿Qué es? ¿Están transformando el libro sobre nuestra historia en una película y me llevas a conocer el set? ¿Han recreado la casa de Fiona en Londres? Perdóname, pero si es eso, quiero hacer de Colleen. ¡No soy actriz, pero haría cualquier cosa para hacerlo! Nadie podría interpretarme tan bien como yo misma‒ se atropelló con las palabras, quedando sin aliento al terminar.
‒ ¡Solo ponte la venda, Regina!‒ pidió y la morena, aunque en contra de su voluntad, obedeció ‒ Mira que eres difícil‒ Finalmente pudo arrancar.
‒ Yo no soy difícil, solo que no me gusta que me tapen los ojos‒ dijo ‒ Bueno, quiero decir, solo en situaciones específicas, y de preferencia sin la luz del día‒ se corrigió y Emma rio bajito ‒ ¿Y los niños? ¿Aún están con Sarah?
‒ ¡Deja de hacer preguntas, por Dios! ¡Tranquilízate!
‒ ¡No puedes meterme en un coche, vendarme y encima esperar que me esté callada, Emma, no puedes!‒ resopló ‒ Al menos pon algo de música
‒ Siempre que te haga cerrar la boca…‒ Emma encendió la radio, y la conectó por bluetooth al móvil.
Canciones que hacían pensar en años atrás, más precisamente en la época del intercambio, comenzaron a sonar, golpeando a las dos mujeres con una onda de nostalgia. Regina se relajó un poco y se acomodó mejor en el asiento. La curiosidad hacía que quisiera quitarse la venda y espiar, pero sabía que si lo hiciera, tendría que aguantar a una Emma quejándose, probablemente, por el resto de la vida.
‒ ¿Estamos yendo muy lejos?‒ preguntó Regina palpando el asiento de al lado, buscando la pierna de Emma. Cuando la encontró, dejó la mano allí y apretó ligeramente.
‒ No, estamos llegando‒ respondió
Swan miró alrededor, viendo solo la carretera rodeada de árboles y más árboles. Un poco más adelante, un letrero con un mensaje "Bienvenidos a North Shore" adornaba el lado derecho de la carretera.
North Shore, una ciudad famosa por sus grandes senderos y variedades de tiendas y restaurantes con el mejor pescado frito del país. Estaba algo más apartado del centro de Vancouver, pero no era lejos de donde solían vivir y estaba más cerca de la escuela de los niños, y por tanto del trabajo de Regina.
Emma entró en una calle más residencial, con grandes mansiones y segundos después, finalmente estacionó el coche.
Regina, al notar que el coche se paraba, escuchó cómo su corazón palpitaba más fuerte y su piel se erizaba ante la curiosidad y la excitación.
La rubia salió del coche, abrió la puerta de Lola, quien bajó de un salto, y finalmente dejó que Regina saliera, agarrando su mano para que no pisara en falso, ya que todavía estaba vendada.
‒ Ok…‒ dijo Emma colocándose al lado de la mujer y mirando hacia delante. Pasó la mano por su cintura, atrayéndola más hacia ella ‒Primero que nada…Sabes cuánto te amo, ¿verdad?
‒ ¿Acaso es una sorpresa mala? ¿Me has traído aquí para ver, no sé, el pelo de Hope pintado de verde? No soporto el verde‒ dijo nerviosa.
‒ Solo responde
‒ Claro que lo sé‒ giró la cabeza hacia un lado como si pudiera ver a la rubia ‒ Yo también te amo
‒ Y también sabes que haría todo por ti, ¿verdad?
La morena cruzó los brazos y frunció el ceño
‒ Lo sé, creo que sí‒ replicó
Emma sonrió ansiosa y respiró hondo antes de decir
‒ Puedes quitarte la venda.
Cuando Regina finalmente retiró la venda que tapaba sus ojos, automáticamente aguantó la respiración y su boca de tan abierta que quedó podría perfectamente tocar el suelo. Sus ojos castaños, desorbitados, siquiera parpadeaban y seguía estática, sin creer lo que realmente estaba viendo.
‒ Es en esto que llevo trabajando semanas‒ dijo Emma tras unos segundos
‒ ¿Has…‒ finalmente parpadeó, notando los ojos húmedos‒ Has comprado esta casa?
Definir aquello de "casa" era muy poco. Una mansión, así podría ser llamada. Un enorme jardín frontal con muchos arbustos y parterres de flores, una fuente a un lado y tres enormes pisos. La casa era toda blanca con algunos detalles en negro, bien trabajada en las ventanas y había un balcón en el tercer piso. El barrio era silencioso y había muchas casas como esa en el vecindario, pero aquella era la mayor, y probablemente también la más disputada.
‒ Dije que financieramente estaba bien, ¿o no?‒ se puso frente a Regina, mirando sus ojos sorprendidos que lloraban ‒ Bueno, ahora no tanto‒ rio ‒ No tanto, pero aún tengo unos buenos ahorros.
‒ Emma…‒ intentó hablar con la voz tomada, pero la rubia la cortó
‒ Queda cerca de tu trabajo, de la escuela. Hay siete habitaciones, tres en suite. Nuestra familia es grande, da para acogerlos a todos. Hay biblioteca, despacho, gimnasio, una sala de estar enorme, una hermosa cocina, piscina en la parte de atrás, sala de televisión…‒ suspiró satisfecha ‒ Archie me ayudó a buscar la casa perfecta, y estoy segura de que es esta.
Regina respiró hondo y se humedeció los labios, mirando una vez más hacia la enorme y hermosa construcción de detrás de la rubia.
‒ Si estamos recomenzando…‒ Emma continuó, entrelazando sus dedos a los de la morena ‒ Vamos a hacerlo como Dios manda, ¿no? Un nuevo lugar. Tú, los niños y yo.
‒ Tú…‒ se llevó las manos a la boca, buscando las palabras correctas ‒ ¿Estuviste aquí todas estas semanas mientras decías que estabas trabajando?
‒ Bueno, de cierta manera estuve trabajando‒ arqueó una ceja ‒ He ayudado a pintar las paredes para adelantar. ¡Los brazos me están matando!
Mills rio sin poder creérselo.
‒ No sé qué decir…‒ dijo en tono bajito, casi un susurro
‒ No digas nada. Vamos a entrar, se te va a caer más la baba‒ agarró delicadamente a Regina por la muñeca y la guió hasta la entrada de la casa.
En cuanto entraron en el inmueble, Emma soltó la correa de Lola y dejó que ella explorase el sitio a su gusto. Y Regina, como ya era de esperar, estaba parada en la misma posición, admirando el lugar por dentro. Era, al mismo tiempo que elegante, acogedor. Nada minimalista, a decir verdad, la decoración era incluso exagerada, y con certeza la mano de Ruby estaba allí metida, pensó la morena. Pero todo estaba perfecto, dejando el local con un maravilloso clima de comodidad.
‒ Es hermoso. ¡Todo hermoso! Dios mío…‒ dijo admirada dando unos pasos hacia delante, entrando en la sala de estar completamente amueblada ‒ ¿No has reutilizado nada de la otra casa? ¿Ningún mueble?
‒ Solo una cosa‒ enfatizó el una ‒ Después te enseño‒ Se acercó, abrazó a la mujer y quedó a centímetros de su rostro ‒ ¿Te gusta?
‒ Yo…‒ humedeció los labios y suspiró, entregándose al momento y a los cautivadores ojos verdes que la miraban ‒ Lo amo. Consigo verme cenando allí‒ señaló la mesa del comedor ‒ Consigo ver a los niños jugando allí…‒ señaló hacia la puerta de cristal que dejaba ver la parte de atrás de la casa con la gran piscina de azulejos azul claro ‒ Consigo verte leyendo aquí…‒ apuntó al sillón de cuero marrón ‒ Consigo vernos aquí
‒ ¿Consigues ver a nuestra familia aquí en la semana de vacaciones de primavera?‒ preguntó de sopetón
Regina frunció la nariz y respondió con extrañeza en la voz
‒ Sí, pero, ¿a qué viene esa pregunta tan específica?
Un ruido se oyó proveniente de las habitaciones de al lado y Regina pensó que podría ser Lola tirando algo nuevo y caro, pero su teoría se vino al suelo cuando nada más y nada menos que Fiona apareció allí con una enorme bandeja de comida hirviendo en las manos.
‒ ¡Quema, quema! ¡Está MUY caliente!‒ dijo desesperada colocando la comida en el centro de la mesa de madera. Otra sorpresa para el saco, pensó Regina. Su mandíbula, una vez más, se abrió cuando su mirada se encontró con la de su hermana a la que no veía desde año nuevo ‒ He hecho Wellington Beef para todo el mundo
‒ ¡Fiona!‒ exclamó Mills corriendo hacia la hermana y abrazándola durante unos segundos ‒ ¡Dios mío! ¿Desde cuándo estás aquí?‒ apretaba sus brazos para tener la certeza de que era real.
‒ Desde anteayer, cariño. ¡He dormido en tu casa nueva antes que tú!‒ rio ‒ Pero no te preocupes, no estrené la cama de la habitación de matrimonio. ¡Eso os toca a las dos!‒ susurró, pero aún así Emma pudo escuchar, lo que la hizo reír algo avergonzada.
‒ No puedo creer que esto esté realmente pasando…‒ se llevó la mano a la cabeza y suspiró. No conseguía dejar de sonreír.
‒ Pues creetelo, querida, porque…
Antes de que Fiona concluyera la frase, Henry y Hope aparecieron allí de repente , y como de costumbre, discutían por algo.
‒ ¡NO, HENRY!‒ gritó la pequeña ‒ YO voy a quedarme con el cuarto que tiene vistas a la piscina!
‒ ¡Pero YO la escogí primero!‒ argumentó él, completamente indignado ‒ ¡Mamá, dile que es injusto!‒ pidió ayuda a las madres, que parecían confusas ante la situación.
‒ ¡Por el amor de Dios, dejad de pelear! ¡Ya me está doliendo la cabeza!‒ dijo Katherine saliendo de la cocina junto con Bella, acercándose a donde todo el mundo estaba ‒ ¡Tía Regina!‒ dijo ella entusiasmada volando hacia los brazos de la mujer, descargando en ese abrazo todo lo que ambas se habían echado de menos, cosa que hizo también Belle a continuación.
‒ ¡Cómo os había echado de menos a las dos, Dios mío…!‒ dijo con satisfacción en en la voz al besar las mejillas de las sobrinas ‒ Hoy es definitivamente el mejor día de mi vida en más de un año
‒ Y se pondrá mejor‒ Emma la abrazó por detrás, besando su hombro ‒ Dentro de poco vendrá mi madre con Archie, con los niños y con Ruby, y los trece vamos a almorzar juntos. ¡Dios mío, qué familia gigantesca!
‒ Y aún sobre un sitio en la mesa‒ dijo Kitty al constatar que la mesa estaba compuesta por catorce sillas.
Belle respiró hondo y carraspeó, atrayendo las miradas hacia ella. Parecía tensa y ansiosa, todo al mismo tiempo.
‒ En realidad…También en breve será ocupado‒ dijo suavemente, pasando su mirada por todos
Fiona entrecerró los ojos en su dirección, intentando entender lo que su hija estaba diciendo. Y también lo hicieron Regina, y Emma y Katherine también. Henry y Hope, buenos, ellos ni siquiera estaban interesados en lo que allí estaba pasando, al fin de cuentas, la mayor preocupación era saber quién se quedaría con el cuarto con vistas a la piscina.
La hija mayor de Fiona colocó su trémula mano en la barriga antes de decir
‒ Estoy embarazada‒ su voz le tembló de la emoción
Todas, absolutamente todas las mujeres, abrieron la boca en un "O" al mismo tiempo, emitiendo ese corto sonido de sorpresa.
Estáticas y en silencio. Eso las definía a las cuatro por cinco segundos, pero Regina fue la primera en romper el clima y dar un susto a todo el mundo al gritar
‒ ¡VOY A SER TÍA ABUELA!‒ el desespero en su voz era nítido ‒ ¡Dios mío! ¡Voy a ser tía abuela!‒ se abanicó ‒ Amor…‒ agarró la mano de Emma, pareciendo que en cualquier momento se iba a desmayar ‒ ¡No me encuentro bien!
‒ ¡Para con eso!‒ Emma exclamó y sonrió de oreja a oreja ‒ ¡Bella! ¿Embarazada? ¡Dios mío! ¡Felicidades! ¡Dios mío!‒ se emocionó por su antigua hermana de acogida.
‒ Gracias, Emma‒ devolvió con cariño el abrazo que la rubia le daba ‒ Mamá…‒ se acercó a Fiona, que ni siquiera parpadeaba ‒ ¡Di algo!
‒ ¡Voy a ser abuela sin haber cumplido aún los cincuenta! ¿De verdad?‒ dijo tras unos segundos, provocando carcajadas en las otras tres ‒ Hija…‒ se encogió de hombros antes de atraer a Bella a un fuerte abrazo ‒ Estoy tan feliz. TAN feliz‒ la apretó más fuerte ‒ Felicidades, mi amor
‒ Ahora voy a llevar ese título de tía que tú…‒ Kitty señaló a Regina ‒ has llevado con nosotras todos estos años. ¡Felicidades, Bella!
‒ Gracias, hermana‒ sonrió amorosamente ‒ Lo supe hace poco tiempo. Estoy de diecisiete semanas. Richard, mi novio, y yo apostamos a que es un niño.
‒Voy a ser tía abuela de un niño‒ Regina dijo desesperada y emocionada ‒ Mi amor…‒ se acercó a la sobrina y agarró su rostro con las dos manos ‒ A veces olvido que ya tienes casi treinta años, que ya no eres aquella adolescente que aún eras cuando Emma te conoció…
‒ Tengo que confesar, a veces hasta yo lo olvido‒ sonrió entre lágrimas ‒ Pero este bebé me lo recordará todos los días.
‒ Felicidades‒ susurró sintiendo cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas
‒ Gracias‒ abrazó a la tía ‒ Te quiero
‒ Yo también.
Se quedaron unos minutos más hablando del embarazo. Bella les contó sus planes y cómo ella y su novio, que en cualquier momento se convertiría en su marido, estaban ansiosos por la llegada del nuevo o nueva Mills a la familia. Fiona y Regina, escuchándola hablar, no dejaron de llorar en ningún momento, mientras que Emma y Katherine se entusiasmaban con cada palabra y celebraban la futura llegada de otra criatura para sembrar el caos en las Navidades y Acciones de Gracia.
Tras eso, Sarah llegó con Archie, los niños y Ruby y en seguida fueron recibidos con las buenas nuevas. Se pusieron inmensamente felices, era imposible no estarlo. Ambos conocieron a Bella cuando aún era una adolescente recién salida del instituto, cursando Administración, y ahora, de repente, trabaja en el equipo administrativo de una gran empresa en Londres, ya casi tenía los treinta años y estaba embarazada de su primer hijo. Era imposible no emocionarse con lo mucho que todos allí habían crecido, evolucionado y, sobre todo, caminado juntos.
Sarah, Fiona y Archie se ocuparon de terminar el almuerzo y poner la mesa mientras Katherine, Ruby y Bella vigilaban a los niños en la parte de afuera para que ninguno terminara cayéndose o tirando a los otros a la piscina. Eleanor, Ernest, Eloise, Henry y Hope. Eran gritos por todos lados, no sabían controlarse.
Mientras tanto, Emma aprovechó para llevar a Regina a conocer el resto de la casa. La morena no podía disimular lo encantada que estaba. Cada detalle era perfecto y de buen gusto, hecho con mucho cariño y celo. Al entrar en la habitación principal, suspiró de pura satisfacción. Era enorme, la gama de colores alternaba entre blanco y gris, los muebles era de madera de color claro, dando al mabiente un toque chic.
‒ Todo esto debe haber costado una fortuna, Emma…‒ dijo Regina al pasar la punta de los dedos por el mueble que estaba bajo el gran espejo, al lado de la cama ‒ ¿Cuántos libros vas a tener que escribir para estar más relajada financieramente?
‒ Algunos‒ rio ‒ Pero todo está bien. Voy a volver a trabajar en breve, en cuanto nos establezcamos aquí. Haré entrevistas, turnés, iré a convenciones…‒ suspiró ‒ Ya he contratado a una nueva persona para que me lleve la parte profesional.
Regina se giró hacia ella rápidamente, sintiendo que se le encogía el corazón.
‒ ¿Ah sí? ¿Quién es ella?‒ su voz falló
‒ Su nombre es Freddie‒ alzó un dedo ‒ Estuve con él ayer y él me dijo que no tenía que preocuparme por el hecho de no pasar tiempo con vosotros. Que todo será conciliado. No voy a matarme a trabajar como antes e incluso así, estaré bien económicamente. Todo tiene un límite, ¿cierto?‒ dio unos pasos hacia delante, acariciándole el rostro de la mujer.
‒ Cierto. Entonces, estoy feliz‒ dijo sinceramente, sonriendo de oreja a oreja ‒ ¿Y cuál es la posibilidad de que ese Freddie ceda a tus encantos y se tire sobre ti?
‒ Bueno…‒ rio y humedeció los labios ‒ Teniendo en consideración que he conocido a su marido, diría que nula.
‒ Oh, Dios mío, te amo‒ dijo inesperadamente y pegó su cabeza a la de Emma, riendo alto ‒ Gracias por eso
‒ Tú hiciste mucho por mí en el pasado. Cediste en muchas cosas que nadie haría por otra persona, pero tú lo hiciste. Creo que es mi turno para recompensarte‒ le besó la punta de la nariz ‒ No tienes que agradecer. Al menos no de esa forma.
‒ ¿Cómo quieres que te agradezca entonces?‒ Regina preguntó en un tono sexy y ronco al mismo tiempo que tiraba del labio inferior de la rubia con sus dientes
‒ Más tarde, cuando todo el mundo esté dormido, hablamos sobre eso‒ susurró pegada a la boca de la morena y las dos sonrieron maliciosamente ‒ Vamos a bajar para almorzar. Pero antes quiero enseñarte una cosa.
‒ ¿Otra sorpresa más?‒ preguntó Regina al ser empujada fuera del cuarto.
Bajaron tres tramos de escalera como un tiro.
‒ Bueno, entiéndelo como quieras…‒ Emma se detuvo frente a una puerta al final del pasillo del primer piso ‒ Abre
Regina llevó su mano al pomo y lanzó una mirada ceñuda a Emma antes de girarlo, y cuando lo hizo, sintió, una vez más, por milésima vez en aquella tarde, sus ojos humedecerse con lágrimas de emoción.
Una pequeña sala bien ventilada y luminosa. Había grandes estantes a lo largo de las paredes llenos de libros de todos los géneros posibles, pero esa no era exactamente la biblioteca. En el centro de la pequeña sala, un familiar piano de cola negro.
‒ Eso fue lo único que conservé de nuestra antigua casa‒ dijo Emma entrando en la sala y colocándose al lado del piano, pasando la mano por la superficie ‒ Solo le he cambiado la cara, una pasada general. Parece otro, ¿no?‒ sonrió al ver que Regina no sabía ni qué decir ‒ Fiona nos lo dio como regalo de cumpleaños. Pensé que era importante que siguiera siendo nuestro.
‒ Este sitio…‒ la morena dio una vuelta, observando la estancia desde todos los ángulos posibles ‒ Es igual a la sala del piano allí en Londres, en casa de mi hermana.
‒ La intención era exactamente esa. Quise recrear al menos una de las tantas estancias que marcaron nuestro comienzo‒ cruzó los brazos y se apoyó en el instrumento ‒ ¿Te ha gustado?
Finalmente mi piano, mi casa, mis hijos, mi esposa. Mi vida, pensó Regina. Lo tenía todo de vuelta, tras un largo año y, esta vez, era aún mejor. Más emocionante, más amoroso, más excitante.
‒ ¿De verdad necesito responder?‒ su voz salió entrecortada ‒ ¡Debo estar hinchada de tanto que he llorado en esta última hora!‒ Swan rio ‒¡Lo amo, Emma, lo amo!
‒ Qué bien‒ dejó un beso en su frente ‒ El piano nunca dejó de ser tuyo. Ni él, ni yo‒ sonrió débilmente, mirándola a los ojos con todo el amor del mundo.
"¡A ALMORZAR!", escucharon a Sarah gritar desde la cocina.
‒ ¡Por favor, mi estómago está gritando por el Wellington Beef de Fiona!‒ exclamó Emma ‒ ¡Vamos!
Ya sobre la medianoche, cuando la casa estaba finalmente más silenciosa, ya con todos, sobre todo los niños, durmiendo, Emma y Regina se encontraban en el cuarto enroscadas una sobre la otra en la cama tras dos tórridas horas de sexo.
La rubia le contaba a Regina historias de su infancia que ya estaba cansada de escuchar, pero que de alguna manera no perdían la gracia. Estaban abrazadas, de vez en cuando interrumpían la conversación para prodigarse algunas caricias- en su mayoría bastante maliciosas- y besos a cada momento.
‒ ¿Sabes?‒ dijo Regina bajito, captando la atención de Swan ‒ Eché mucho de menos esto
‒ ¿El sexo? Pero no nos faltó sexo desde que comenzamos la reconciliación‒ dijo Emma pasando la punta de los dedos por los costados de la morena
‒ No, no exactamente. Eché de menos el sexo en una cama que pudiéramos llamar nuestra. Nuestra cama, nuestro cuarto, nuestra casa‒ sonrió ‒ Hemos vuelto a compartir un techo, y eso lo eché de menos.
‒ ¿Lo dirás cuando vuelva a dejar la ropa tirada en el baño?‒ frunció la nariz
‒ Por favor, no toques ese tema ahora‒ rio ‒ Estoy demasiado feliz, no quiero estresarme
‒ Está bien‒ rio bajo y besó a la morena una vez más, sonriendo en el beso ‒ ¿Quieres algo?
‒ Tengo un poco de sed. ¿Bajarías tres tramos de escaleras hasta la cocina para traerle agua a tu mujer?‒ mordió su labio inferior
‒ Mañana mismo voy a una tienda a comprar una nevera para este cuarto. ¡La cocina está demasiado lejos!‒ exclamó‒ Ya vengo
‒ Anda ve.
Cuando Emma salió y Regina se vio sola en aquel cuarto parcialmente oscuro, iluminado solo con la luz de la luna que entraba por el balcón, la morena se levantó, sintiendo dolorido todo su cuerpo, sobre todo las piernas, pero era un dolor bueno que le recordaba un gran momento vivido.
Se puso una bata negra que tenía por allí y se acercó al balcón de la habitación, sintiendo cómo el viento helado y agradable daba contra su cuerpo, erizándola por entero. Apoyó los codos en la barandilla, observando el nuevo vecindario. Las montañas, a lo lejos, aún no tenían mucha nieve y el cielo estaba estrellado, lo que indicaba una mañana de sol al día siguiente, aunque el tiempo estuviera frío.
Regina se quedó allí durante largos minutos y entonces se dio cuenta de que Emma estaba tardando más de lo que debería. Sí, la cocina estaba lejos del cuarto, pero no era para tanto. Y para alguien que llevaba visitando la casa, ayudando en su reparación, ya debería conocer bien el camino y no haberse perdido.
La morena entró de nuevo en la habitación, se puso sus zapatillas acolchadas que usaba todas las noches y descendió las escaleras intentando hacer el menor ruido posible. Los pasillos estaban oscuros, y eran bastante sombríos por la noche.
Al llegar al primer piso, un ruido proveniente del fondo del pasillo hizo que su corazón se acelerara del susto, pero se calmó al constatar que el ruido, en realidad, era el sonido de las teclas de un piano.
Regina sonrió y respiró aliviada, poniendo los ojos en blanco, pero sin abandonar la sonrisa boba en su rostro.
Fue hasta la cocina y sacó de la mini bodega que había al lado de la nevera uno de sus vinos favoritos, y admiró por un momento la perfecta botella y la etiqueta los armarios, encima de la encimera, cogió dos copas, y con todo el cuidado del mundo, caminó agarrando las tres cosas, hasta el final del primer piso.
Al abrir la puerte de la pequeña sala del piano, encontró allí a Emma, sentada ante el instrumento, vistiendo apenas una blusa larga y shorts negros de pijama. Su cabello estaba recogido en un moño mal hecho y sus dedos intentaban tocar correctamente las teclas del piano.
‒ No sé tocar muy bien‒ dijo la rubia tras unos segundos, direccionando su mirada a Regina
La iluminación que venía de afuera, tanto de la luna como de los postes del patio trasero de la casa, apenas iluminaba el piano.
‒ No me llevaste el agua‒ dijo Regina cerrando la puerta con el pie
‒ Pero tú has traído nuestro vino‒ sonrió y se hizo a un lado, dio unos golpes en la butaca llamando a Regina para que se sentara junto a ella, y así lo hizo la morena ‒ Sabía que vendrías hasta mí
‒ Eres tan creída‒ dijo como si hubiera acabado de escuchar la mayor de las tonterías ‒ Pero esta vez no estás equivocada‒ sonrieron al mismo tiempo.
Regina abrió la botella de vino y sirvió las dos copas a la mitad.
Las dos mujeres brindaron, haciendo el famoso ruido de "chin-chin" al entrechocar las copas. Le dieron un corto sorbo al líquido fuerte y oloroso, y entonces, al mismo tiempo, dejaron las copas sobre el piano, bien puestas para que no se cayeran.
‒ Tócame algo‒ dijo Emma y Regina sonrió de lado, entrecerrando los ojos
‒ ¿De nuevo?‒ arqueó una ceja, haciendo reír a la rubia
‒ Al piano‒ señaló las teclas del instrumento con la mirada
‒ Oh, ok‒ se hizo la tonta, provocando de nuevo una carcajada en la rubia
Regina estiró y chascó los dedos antes de llevarlos a las teclas del instrumento, dando comienzo a una melodía antigua y conocida por ellas.
Al escucharla tocar, Emma sintió que su corazón se llenaba, si eso era posible, de amor y solo de todas las cosas bellas que existen en el mundo. Reclinó la cabeza en el hombro de su esposa y la admiró tocar hábil, hermosa y perfectamente como siempre hacía.
Era la primera vez en más de un año que hacían eso: solas al piano, pasando el tiempo, tocando y cantando juntas. Y aquello, ciertamente, era algo que había marcado el comienzo de aquella relación, el medio, y marcaría todos los días hasta que en algún momento, por el ciclo natural de la vida, marcara también el final.
Al acabar la música, Regina prefirió sentarse en el regazo de Emma, frente a ella, en vez de usar otro banco. Apoyó la espalda en el instrumento y cogió, de nuevo, su copa y admiró el rostro angelical de la rubia, iluminada por la tenue luz que venía de afuera.
‒ He guardado esto durante todo el día ‒ dijo Emma metiendo la mano en el bolsillo de los shorts y sacando una fina alianza dorada, que un día, por muchos años, había ocupado el dedo anular izquierdo de la morena.
‒ Mi alianza‒ Regina sonrió débilmente
‒ Cuando llegué de aquel viaje de trabajo aquel día y encontré esto ‒ alzó el anillo ‒ encima de nuestra cama, yo…‒ suspiró ‒El suelo se abrió bajo mis pies. Pero me prometí a mí misma que un día te lo volvería a colocar en el dedo.
Regina sonrió y pasó la copa a la mano derecha, extendiendo la izquierda hacia Emma, quien ya usaba su alianza en su dedo.
Lenta y delicadamente, Swan deslizó el delicado anillo por el dedo de la morena hasta el final, y ambas se sintieron aliviadas de que finalmente estuviera ahí, de donde nunca debió haber salido.
‒ Te amo‒ susurró Regina pegada a la boca de la rubia, mezclando su hálito de alcohol al de ella.
‒ Yo te amo, Regina. Ardientemente‒ siseó la última palabra.
‒ He reconocido esa referencia‒rio‒ ¿Orgullo y prejuicio?
Emma asintió y siguió hablando
‒ Hechizaste mi cuerpo y mi alma, y te amo, te amo, te amo. Deseo nunca más separarme de ti a partir de hoy‒ dijo, recitando una de las partes más importantes del libro y de la película.
‒ Ok, Darcy…‒ bromeó ‒ Ahora, por favor, di que me amas como Emma se lo diría a Regina, y no como Darcy se lo dice a Elisabeth‒ pidió con suavidad, tocando la mano de la rubia.
‒ Te amo. Mucho‒ dijo con sinceridad y amor en su voz ‒ Y amo amarte
‒ Yo también amo amarte.
Emma sonrió antes de atraerla hacia un beso tan fuerte e intenso que hizo que el resto de vino en su copa se derramara, pero eso no les importó, así como no les importó que los codos de Regina, sin querer, apretaran las teclas del piano de vez en cuando, haciendo un ruido nada agradable.
Dentro de aquella pequeña sala, pasaron el resto de la madrugada bebiendo copas y más copas de vino, tocando música que las llevaba de regreso a Londres y, claro, recordando momentos especiales que habían vivido en esos casi diez años juntas.
Sentadas allí, frente a aquel instrumento y bebiendo aquella bebida que, ciertamente, marcaba su amor incondicional, tuvieron la certeza de que aquella historia de amor no terminaría con un punto y final. Terminaría con secuelas, pues cuando algo se termina solo con un punto y final al final del párrafo, indica un término. Y cuando el amor es fuerte y avasallador, es importante que siempre haya una continuación, aunque sea en un universo paralelo, para siempre ser recordado.
Siendo así, aquella noche, amándose como siempre lo habían hecho, Emma y Regina se sentaron al piano y abrieron otra botella de vino…
FIN
