CAPÍTULO 6

SVETLOBA

Harry Potter

Me atemorizaba ir al mundo mágico, cualquier cosa podía pasar, no sabía si los cambios se observarían de inmediato, o con el pasar del tiempo. Salí del hospital psiquiátrico y me aparecí en Hogwarts, el silencio se observaba a lo lejos, un claro cielo estrellado adornaba el fondo del lugar, y algunas lechuzas volaban con tranquilidad.

Fui hacia donde estaba descansando el profesor Snape, todo parecía sin ningún cambio, eso no me daba la valentía de ir al castillo, ni a Grimmauld Place.

Espero haber hecho lo correcto, profesor.

Me aferraba a la idea de que ella merecía ser feliz, y también él. En toda esa guerra consideraba que él había sacrificado más de la cuenta, había purgado sus pecados y faltas protegiéndome, Hermione había aparecido al fondo de toda esa oscuridad, siendo una pequeña luz en su vida, no tenía por qué haber más sacrificios, no en nombre de la pureza de la sangre, no por mí.

Narrador

Había cosas que se salían de las manos del pocionista, por ejemplo tener que quitarle la vida a gente inocente, presenciar torturas de personas que no lo merecían, sin embargo, su postura siempre era la misma, inquebrantable e indiferente, Voldemort ordenaba él obedecía, por el bien mayor, siempre se repetía. Tenía que jugar en ambos lados, en ocasiones se preguntaba realmente de qué lado estaba, sabía que al final de toda esa guerra no había espacio para él, ya había comedido muchos crímenes para que la Orden pudiera lograr la amnistía para él, y se encontraba muy asqueado para mantenerse del lado oscuro, sólo ansiaba el final cuanto antes, las situaciones fuera de control aumentaban cada día más, y él sólo parecía coleccionar malas decisiones.

Cerró los ojos con pesar al ver a la joven dormida en su lecho, no era un hombre que estuviera en celibato, acostumbraba a salir con algunas mujeres, nada serio para no comprometerse, nada intenso para seguir satisfaciendo sus gustos, relaciones esporádicas, donde se establecían los términos con anticipación, mujeres en su mayoría del círculo fuera de Hogwarts, de buen apellido y familia, que ya tenían un prospecto para perpetuar su linaje, y esas noches figuraban tan sólo como la diversión del momento, y el calor que sofocaba sus cuerpos, buscando ansiosos el placer.

Se maldijo entre dientes, esa niña sin lugar a dudas no entraba en ninguna de sus categorías, tomó algo, pensó toda la noche, se aseguró que no estuviera hechizada, así que lo descartó casi de inmediato, pero la interrogante seguía en el aire, cómo una jovencita como ella, la alumna más madura y centrada había terminado en su cama desnuda.

Por tu falta de ética y autocontrol, se respondió a sí mismo, la joven se removió inquieta y él se pegó a ella para que no despertara, había notado que si hacia eso, ella volvía a acomodarse y seguía durmiendo. Sabía que en cualquier momento ella se despertaría, había estado pensando en todas sus posibilidades, lo más probable que pasara es que ella se arrepintiera y lo culpara, nada que un obliviate no solucionara, podría confesar que alguien la había dado algún tipo de poción que inhibía el control de su cuerpo, o alguna poción que la pusiera sensible a las atenciones masculinas, cada idea era más descabellada que la otra.

Y todas esas ideas se fueron por la borda, cuando en medio de la noche pedía ser acompañada en la cama, no tenía una alternativa para eso, y no la tuvo al día siguiente cuando volvió a tener sexo con ella.

Debía frenar toda aquella locura, no era sano, ni ético, no debía arruinarle la vida a una mujer que comenzaba a vivir, e intentó decírselo de mil formas, los primeros días le hizo ver quién era, el papel que forzosamente tenía que representar cada día de su vida, el peligro al que se sometía cada noche que era llamado, cuando nada de eso funcionó, mencionó la edad, una edad inmensa recalcó en esa conversación, y cada vez que él ponía un pero, la mirada de ella se ensombrecía, entonces él empezó a sospechar que eso no era un capricho juvenil, si el peso de rechazarla era mucho, al descubrir la devoción que ella le tenía, le fue imposible abandonarla, no si ella pensaba que no podía corresponderle por su estatus de sangre.

Él sabía bien que aceptando esa locura, las cosas cambiaban por completo, había aceptado a Granger porque se sentía culpable de haber invadido su cuerpo de la manera en que lo hizo, extrañamente esa chiquilla se sentía atraída o encaprichada con él, al ser el adulto él debía frenar aquel comportamiento y remitirla con la jefa de su casa, pero después de haber compartido la cama esa ya no era opción para él, entonces compartieron intimidad, y la aceptó en su vida, por culpa, por remordimiento, porque le dolía rechazarla, porque el dolor que había visto en sus ojos era lo menos que quería causarle, y de pronto la taza de café aparecía por las mañanas, los libros que necesitaría estaban listos en el escritorio, y siempre había tinta en el tintero, sonreía ante las cosas absurdas que ella hacía, de pronto una noche se giró buscándola y no la sintió, despertó extrañado hasta recordar que esa noche no había ido por estar estudiando.

El sexo era más fácil en ese momento, ella ahora tomaba su placer y se dejaba guiar por él, sin pena, sin frenos, pero no era lo que le preocupaba a Snape. Sino las otras cosas, esas pequeñas insignificancias que tomaron poder en su vida, cómo corría ella aún descalza hasta él a abrochar su levita despacio en silencio, mientras su mirada se perdía en sus dedos finos y delicados, y la pudo ver escondiendo todas las botellas de whisky de fuego, sin que ella se diera cuenta que él la había descubierto. La encontró en su despacho preparando un café, hasta darse cuenta que lo hacía cada vez que ella notaba que su mal humor acrecentaba en la clase, ella no le decía nada, no quería arriesgarse a ser un motivo más de sus quejas, sólo dejaba el café y se escabullía sin decir nada. Y las noches que parecían más oscuras, cuando la madrugada llegaba a ambos y los pecados de él se presentaban sin piedad ante sus ojos, ella lo sentía, no se lo decía él y ella no lo mencionaba, pero el pocionista sabía que esa joven se daba cuenta de su oscuridad, y en la lúgubre habitación ella se ponía hablar, de cualquier cosa, simplemente no paraba y él en algún momento, el hombre entraba a la conversación, entraba a esa pequeña luz que era Granger.

No, ya no solamente era la intimidad de sus cuerpos, esa niña había cruzado el límite.

Y la vio al día siguiente que inconscientemente la había buscado en su lecho sin encontrarla. Estaba acomodando sus cuadernos al terminar la clase de pociones, y veía al pelirrojo insistentemente querer llevársela.

Granger, ¿puede quedarse unos minutos?

Ella se acercó ocultando su sonrisa, tenía marcadas sus ojeras pero aun así se mantenía optimista, no quería que ella se ilusionara, cosa absurda después de haber compartido tantas veces intimidad, esa niña debía estar esperanzada, sólo esperaba que en su mente no figurara ningún amor romántico e intenso, porque se enfrentaría a la terrible decepción, esperaba que con el tiempo ella girara sus ojos hacia un hombre de su edad, o al menos no marcado por la oscuridad.

Está en exámenes.

Sí, empezaron ayer —dijo ella dudosa.

En estas épocas la biblioteca no suele ser el área ideal para el estudio.

En ocasiones hay mucho ruido para ser una biblioteca —admitió frunciendo el ceño.

Un rizo se escapó de su peinado y el pocionista se distrajo, era el maestro, era el adulto, y en esos días comenzaba a ponerse ansioso, mantener esa distancia con ella ya no parecía un requerimiento, además aunque buscaba alejarla a toda costa, darle la libertad para que se enamorara de otra persona, le costaba admitir que la buscaba en las noches, mientras el silencio los penetraba, y ella se apartaba precavida, él lo notaba, y se maldecía por lastimarla, siempre quitaba el cabello de su frente y la tomaba con delicadeza, ella era diferente, ella no era una de esas mujeres atrevidas a las que se había acostumbrado en los últimos años, ella era única, era una joven que se había enamorado de la persona equivocada, en esas noches la besaba entregado, y poco a poco la sedosidad de su personalidad le fueron ganando, y ya no era necesario ese juego absurdo de seducción, la deseaba, siempre la había deseado a partir de esa noche, pero ya no tenía que fingir, ya no tenía que respetarla, ya era parte de él, había dejado de pelear consigo mismo.

¿Profesor?

Perdón, estaba recordando algo.

¿Me quería decir algo?

En mi despacho hay bastantes libros que podrán ayudarle a su formación, puede venir cuando guste, si alguien le pregunta puede decir que cumple una detención conmigo, y… si estoy ocupado, puede pasar a mis habitaciones y estudiar ahí.

No quiero molestar —dijo de pronto—, sé que usted no…

No quiero que tome un mal concepto de mí Granger, para mí usted no es —alzó la vista hacia el fondo del aula buscando las palabras precisas, siempre se decía que no debía ilusionarla de más, pero tampoco quería que ella se formara una mala impresión de él, y que solo la aceptaba en sus habitaciones cuando había sexo de por medio—, no quiero que tenga la idea que usted es una aventura, si necesita estudiar puede hacerlo aquí si se siente cómoda, o en sus habitaciones, sólo no quiero que crea que cada vez que viene a mis aposentos sea para tener intimidad, no debe sentirse obligada o comprometida a ello.

¿Podría… —ella se sonrojó y negó con la cabeza arrepintiéndose.

Dígame.

¿Podría dejar un par de cosas en sus habitaciones? Quisiera tener mi cepillo de dientes y una peineta tal vez, para cuando se me hace tarde —dijo ella precipitándose en dar sus explicaciones.

Granger tiene invadido mi armario con sus cosas, un cepillo de dientes no creo que haga la diferencia —respondió él, haciendo que ella se sonrojara.

Él sonrió de lado y la joven sonrió nerviosa, no creyó que él le tomara importancia a esas cosas que ella inconscientemente había olvidado ahí con el pasar de los días, pero él lo había notado, y ella debió intuirlo cuando vio sus prendas dobladas en un cajón en vez de estar en la esquina de una silla donde las había dejado.

Ella se acercó un poco y él se removió incómodo, pero él sentía que era lo que necesitaba, era ese vínculo, el afecto que él no estaba seguro de un día poder darle. Le quitó el mechón de su frente y sus ojos ámbar brillaron, él sonrió de lado. Ella se levantó en puntillas y le dio un beso tímido en sus labios, temerosa que la rechazara, él tomó su cintura con el brazo derecho con fuerza y profundizó el beso.

Cuando se separaron ella enrojeció, lo cual era absurdo pensaba él. Ella quiso despedirse, pero no lo hizo, tomó sus cuadernos de pociones y se fue ante la mirada viva de él.

Cayó de bruces sobre el suelo del calabozo, éste se encontraba frío y lleno de sangre de las víctimas, las muñecas le lastimaron más que cuando lo tenían sujeto con las cadenas, escuchó a los mortífagos reírse mientras uno de ellos le dio una patada hasta sacarle el aire, seguido por otro y otro, no supo en qué momento cerró los ojos rindiéndose, no tenía varita, estaba débil, estaba sediento, no tenía posibilidades contra aquellos malditos.

Una luz lo hizo abrir los ojos, y se dio cuenta que estaba en los límites del bosque prohibido, no sabía cómo había llegado ahí pero no tenía tiempo para averiguarlo. Intentó levantarse, fue entonces que se dio cuenta que no podía llegar a la habitación así, lo más probable es que ella estuviera ahí y se pondría histérica. Con dificultad llegó a uno de los pasillos, Filch lo ayudó a llegar hasta la enfermería, cuando se dejó caer sobre el cama respiró agotado, como si hubiera gastado todas sus energías en ello.

Sintió la fuerza con la que fue desprendido de sus ropas, escuchó algunas palabras de preocupación de la medimaga, pidiéndole al director que consiguiera más y más pociones para la pérdida de sangre, deliraba, se dio cuenta cuando creyó llegar a sus aposentos y acercarse a la joven que lo recibió con una sonrisa llena de vida.

Svetloba.

¿Severus? —Escuchó que alguien lo llamó—, debemos bajarle la fiebre.

Cuando intentó abrir los ojos se dio cuenta que todas esas visiones no eran otra cosa más que delirios, había estado en la enfermería en todo ese momento, pero en el fondo seguía estando ella, entonces luchó con todas sus fuerzas, tenía que llegar a sus aposentos, así tuviera que maldecir a esa medimaga y al director, pero no pudo lograrlo.

Unos días después ella se asomaría a través de las cortinas, era cuestión de tiempo que ella se enterara que ya estaba en el castillo, esperaba que su apariencia fuera mejor que la de hacía unos días, se mordió el labio y se acercó a él en silencio.

Escuché a un prefecto de su casa decir que estaba aquí —dijo ella disculpándose—, esperé a que la medimaga se fuera a sus aposentos.

Y usted debería estar en los suyos.

Ella no respondió nada, tomó un paño y limpió la poción que éste tenía en la frente, él notó que ella limpió rápidamente sus lágrimas, creyendo que él no la había visto, y le dolió lastimarla de esa manera.

Estuve durmiendo en las mazmorras estas noches.

Lo lamento Granger, no quise asustarla.

Ella asintió y se acercó una silla para sentarse, se acostó sobre el torso del profesor ocultando sus lágrimas, pero a él no lo podían engañar, ella estaba llorando, y no había palabras de consuelo que le ayudaran, sintió cuando su cuerpo se relajó y se durmió sobre él, como siempre, sonrió y notó que la respiración de él había vuelto a la normalidad, ahora con ella volvía a sentir seguridad. Acarició sus bucles, abriendo esa puerta peligrosa, quería a Granger, la amaba, y ahora tenía que admitirlo quería vivir para ella.

Svetloba —susurró continuando con esa caricia.

Hermione

Caí sobre en el césped mojado, llovía a cantaros, al parecer el hospital psiquiátrico no estaba construido aún, me aparecí en la calla de la Hilandera y caí de bruces sobre el piso encharcado, vi que a media cuadra estaba la casa de Severus, pero sentía como el sedante estaba haciendo de mi lo que le placía, me levanté con dificultad y me fui tomando de las paredes hasta llegar a la puerta negra toqué con fuerza y desesperación.

Dios, que sean vacaciones en Hogwarts por favor, que este en casa, te lo suplico, necesito verlo.

Se abrió la puerta por fin y lo primero que vi fueron los zapatos relucientes negros, subí la vista hasta poder ver su levita negra pegada a su cuerpo, necesitaba tocarlo, apoyándome de la pared toqué los botones de la levita temblando, hasta llegar a su cuello y ver sus ojos negros que podían analizarme a la perfección, lo había logrado, estaba en casa.

Eres tú —le dije tocando su rostro, palpando sus mejillas, su cabello largo y suave, estaba temblando, pero no por el frío sino por miedo, tenía mucho miedo pero de sorpresa: había vuelto... había roto mi promesa, y él me odiaría por ello.

¿Disculpe? —me preguntó alzando la ceja algo molesto.

Algo no está bien, maldición ¿qué año es? No...

Lo observé con más atención a pesar de que los ojos se me cerraban por el medicamento.

Abre los ojos Hermione...

Era más joven... mucho más joven... debía tener entre 27-30 años.

¡Por Dios! —maldije.

Cierra la boca Hermione, no hables.

Eres tú —y en ese momento todo se volvió negro.

Severus Snape

¿Señorita? —La chica comenzó a tambalearse mientras se sostenía de la pared— ¿señorita? — apenas pude sostenerla antes de que cayera al piso, la tomé en brazos y la metí a la casa acostándola en el sillón—, pero qué demonios —la observé y era apenas una chiquilla, tendría quizás veinte años, puede que más o menos.

Llevaba un camisón blanco delgado como si hubiese salido de un hospital, pero por la zona no había uno cerca, su pelo se le pegaba a su cara por lo mojada que había llegado, lo tenía rizado, café y muy corto y desarreglado, la única prenda que llevaba se le pegaba a la piel también mojada dejando su cuerpo totalmente expuesto, notándose sus pezones, tenía las rodillas raspadas, y se veía delgada y demacrada, se veía un camafeo en su cuello como única pertenencia.

Jelyus —llamé a mi elfina.

¿Si amo? —apareció la elfina inclinándose.

Sígueme —le dije como siempre inexpresivo e indiferente, volví a tomar a la muchacha en brazos y la subí a mi habitación recostándola en la cama—, encárgate de ella, sécala y... busca algún vestido de mi madre y pónselo, estaré en la sala —bajé e intenté retomar mi lectura, cosa que no logré satisfactoriamente, de cuando acá aparecía una muggle en mi casa, minutos después bajó mi elfina.

Lo que el amo le ordenó a Jelyus ha sido realizado.

Muy bien ¿despertó?

No amo.

Genial, bonita forma de empezar el verano, pensé molesto.

Bien, subamos a ver que tiene la chica —subí con mi elfina y le hice un par de hechizos—, parece dormida... como si la hubieran sedado, —guardé la varita confundido, no tenía ningún objeto de identificación y eso no me gustaba—. Déjala dormir, mañana veremos quién es y por qué llegó a esta casa, quédate con ella toda la noche y guarda los objetos de magia que pueda extrañarse —me acerqué a la puerta pero mi elfina corrió hasta mí desesperada.

Ella es una hechicera amo —regresé inmediatamente hasta a joven.

¿Por qué dices eso? ¿Traía varita?

No amo.

¿Entonces?

Tiene algo en su antebrazo.

¿Es una mortifaga? —pregunté incrédulo, pero mi elfina negó y me acerqué a la chica tomando su brazo percibiendo cicatrices de un intento de suicidio y otras heridas iguales pero más recientes, las cuales tenían curaciones lo más seguro hechas por mi elfina, pero más arriba llevaba una cicatriz con las palabras "Sangre sucia", toqué la herida llenándome de rabia por quien hubiera osado grabarla de esa forma...

"No necesito la ayuda de una asquerosa sangre sucia", recordé las palabras que le dije a Lily grabadas con una maldición poderosa, en esa chica.

Malditos..., vete —le dije a la elfina y desapareció, quité los cabellos de la cara de la chica mientras observaba incrédulo sus cicatrices, hechas por ella y las que alguien le hizo con las peores palabras—, ¿Quién te hizo esto? ¿Qué te pasó para que intentaras acabar con tu vida?

Ordené a la elfina que se quedará con ella y me fui a dormir a la habitación de mis padres, a las pocas horas tocó a la puerta con violencia.

¿Qué sucede? —le pregunté impaciente en cuanto entró, agitaba sus manos nerviosa y asustada.

Jelyus no lo sabe amo, la señorita habla dormida y se mueve mucho, Jelyus ha intentado despertarla pero no puede —me levanté y fui a verla, debía de tener una pesadilla pues se movía inquieta y parecía estar sufriendo mucho.

¿Señorita? —intenté despertarla pero no logré nada.

Por favor... no... ya no quiero estar aquí... no... no... no me toquen —sus quejas comenzaron a verdaderos pesares, la moví buscando a toda costa despertarla, pero no lo conseguía.

¿Qué le hicieron a esta chica?

¿Señorita? —me senté en la orilla de la cama y la incorporé con la varita y abrió los ojos extrañada por el lugar, y sus ojos se abrieron más asustada que nunca.

No... no… no —empezó a moverse con mucha fuerza y la tomé de los brazos para que no se abriera las heridas y se lastimara más.

Cálmese... no voy a lastimarla.

Tenía sus ojos color miel pero terriblemente vacíos, me observó con miedo, luego con sorpresa, y de pronto se calmó, me vio diferente, ¿tranquilidad? ¿Paz? Después ella se incorporó arrojándose a mi pecho abrazándome con fuerza y rompiendo en llanto, me quede pasmado ante tal acto tan íntimo y buscando de manera desesperada que se alejara de mí, pero sin tener el valor de quitarla.

Su llanto era lo único que escuchaba de su parte, sollozaba como nadie en el mundo, nunca había visto tanto dolor en una persona, como si hubiera cargado ese dolor durante mucho tiempo, sus brazos rodeaban mi cuello y su cuerpo completamente pegado al mío, hundía su cabeza en mi pecho y sentía resbalar sus lágrimas una tras otra sin parar, su llanto era inconsolable, se aferraba a mí como si no tuviera a nadie en el mundo y yo tenía mis manos en la cama aún sorprendido por el acto de la muchacha, nunca había abrazado a nadie de esa manera y en esta ocasión no era la excepción: no la iba a abrazar.

¿Señorita? —intenté separarla pero más lloraba y más fuerte me abrazaba extrañamente, no me gustaba ver llorar así a alguien es más me molestaba profundamente, estaba enganchada a mí tan fuerte como si creyera que si al soltarme ella caería, mis brazos se suavizaron y los deposite en su espalda y la estreche a mi cuerpo buscando que se calmara de una vez para que me soltara—, tranquila, nadie le hará daño aquí —y no fue tan malo como yo creía, estaba abrazando a esa chica.

¿Por qué lo hice? No lo sé, quizás la vi tan indefensa, o quizás recordaba esas palabras grabadas en su brazo y quise reparar el daño, no sé porque lo hacía.

No me suelte por favor.

No lo haré, tranquilícese por favor —me costó mucho tiempo que ella dejara de llorar pero no la solté ¿por qué? No lo sé, en cuanto la abracé no la dejé sola, quise separarme pero al hacerlo ella se aferraba con más fuerza, no pude hacer otra cosa más que quedarme en esa posición sobando su espalda hasta que se controló.

Por fin logré que se serenara, pero la veía nerviosa e intranquila, con mucho miedo en sus ojos, temblaba y estaba seguro que no era de frío, veía continuamente a la puerta y se pegaba cada vez más a la pared, era muy hermosa pero con la mirada vacía, triste, alguien había opacado su vida.

Jelyus tráeme la poción —mi elfina no tardó en llevármela y se la extendí con suavidad—, tómela.

No, por favor, se lo suplico, —me imploró.

¿Sabe lo que es? —ella asintió temerosa—, solo la dejará descansar, sin soñar, tómela.

No, por favor, déjeme dormir sin tomar nada, no me obligue.

¿Qué le hicieron en ese hospital? Y peor aún ¿realmente estaba en un hospital? Quizás la utilizaban para estúpidos experimentos... ¿dónde la tenían y qué le hacían?

Desistí y le pedí a la elfina que se llevara la poción.

Muy bien, entonces necesita descansar, mañana hablaremos, duerma —me levanté despacio, y entonces sentí como su mano se aferraba a la mía.

No se vaya —me suplicó, sentí como el borde de su mano temblaba.

¿Por qué? Usted necesita descansar señorita... no sé por lo que ha pasado pero tranquilícese, en esta casa solo estamos mi elfina, usted y yo, y no voy a permitir que nadie se la lleve, sea brujo o muggle, voy a cuidar de usted.

Por favor... —me dijo haciendo fuerza en sus manos.

Está bien, intenté dormir —me quedé en el sillón alto de piel que estaba frente a la cama y estuve dormitando pero ella despertaba continuamente inquieta diciendo muchas cosas que no comprendía, a la tercera vez me paré justo a su lado con la poción en la mano, si por mí fuera y dado mi carácter se la hubiera vertido a la fuerza pero sabía que eso hicieron con ella y dadas las cicatrices lo pensé dos veces, abrió los ojos observándome con temor—, si toma la poción dormirá de corrido y tranquila, no voy a obligarla pero creo que es lo mejor.

Lo sé —dijo a penas en un susurro.

¿Por qué no quiere tomarla entonces? —bajó su vista con temor.

Porque... —se quedó callada mientras empezaba a llorar de nuevo, tuve una teoría y me senté en la cama a su lado de nuevo.

Yo Severus Snape haciendo estas cosas y jugando a la adivinación.

¿Por qué crees que cuando despiertes estarás donde estabas antes? — le dije tuteándola para poder ganarme su confianza y hacer que se tomara la poción.

Algo así.

Confié en mi señorita.

Confío en usted, —me dijo y fruncí el ceño sorprendido, todo lo que le pasó la está llevando a confiar en alguien que ni siquiera conoce.

Dime... ¿Qué es lo que tanto te da miedo?

—... Que despierte y... sea un sueño más... todo esto... que... este de nuevo en aquel lugar... que usted no esté aquí conmigo —alcé la ceja sorprendido, si supiera quién soy no diría eso.

Escúcheme muy bien, no sé dónde estaba y no se lo preguntaré en este momento, pero ahora está aquí y no va a cambiar, no sé quién te tenía ahí y qué fue lo que le hicieron, pero aquí estoy, no dejaré que nadie se la lleve ni le haga daño, puedo defenderla, tome la poción por favor —nunca en mi vida pedía algo de favor pero esta vez algo me incitaba a hacerlo.

Está bien —tomó la poción completa y me retiré sintiendo de nuevo sus dedos sobre mi brazo—, quédese por favor.

Está bien me sentaré en el sillón y verá que nada pasara.

No —volteé a verla otra vez ya perdiendo mi paciencia.

¿No qué? —siseé.

Quédese aquí conmigo, se lo suplico.

Pero señorita yo...

Por favor.

Desde cuando yo Severus Snape se dejaba convencer por alguien que no fuera Albus Dumbledore.

Muy bien —dije ya cansado de aquella noche tan larga—. Duerma ya —se dejó caer en la almohada agotada pero tranquila y yo estúpidamente me senté del otro lado recargándome en la cabecera de la cama viéndola como la poción comenzaba a surgir efecto en ella.

Gracias señor...

Severus Snape —le dije presentándome, viéndola más tranquila.

Severus Snape —repitió haciendo lo mismo que cuando llegó: acarició mi rostro hasta que se quedó dormida y de nuevo esa chica me sorprendía, con aquella mirada llena de agradecimiento y tranquilidad, aunque triste... cerró sus ojos con una tímida sonrisa en sus labios.

Estuve tiempo viéndola; pensaba irme a dormir a la otra recamara pero le había dado mi palabra de quedarme, así que decidí ir al sillón y ahí dormir, pero en algún mal momento yo me dejé vencer por el sueño también, acomodándome a su lado sintiendo su placida respiración.